04 enero 2008

Informe Especial sobre Cultura/ Nicolás Casullo

Cultura: Mercancía diaria de alto valor agregado.

Por Nicolás Casullo
(para La Tecl@ Eñe)

Es el propio mercado, en sus diferentes ofertas estratificadas, quien sigue manteniendo el concepto de cultura como una mitológica manera que fija la modernidad desde un canon de saber-verdad-belleza. En la actualidad, las nuevas dimensiones de la sociedad trasnacionalizada y globalizada culturalmente dan pie a permanentes polémicas en cuanto al significado de los consumos culturales cultos.



Ilustración: Cao María José



El concepto de cultura no ha variado con relación al siglo pasado en tanto el propio mercado, en sus diferentes ofertas estratificadas, sigue manteniendo esa dimensión "letrada" como mitológica manera que fija, desde hace mucho, la modernidad desde un canon de saber-verdad-belleza. Podría decirse que en las bellas artes - que termina de consagrar la ilustración francesa desde su racionalismo clásico, y el re "descubrimiento", desde el idealismo y el romanticismo alemán, de lo griego como apoteosis de la formación de lo humano a tener como medida para la Nueva Edad - ambas variables van a contrastar con el legado cristiano precedente, más popular, misionero, amplio, nivelador, evangelizador, unificador de valores para una comunidad orgánica, desde un corte que hoy interpretaríamos como populista. La cultura culta como espacio social de primer orden para la nueva sociedad burguesa se impone en la medida que la propia cultura se desagrega, pierde unidad, estilo epocal, sentido trascendente, fondo sagrado.
Si uno analiza el pensamiento del germano Frederich Schlegel a fines del siglo XVIII, comprueba que la cultura, utopizada desde la nueva poética romántica, exige pensar, como nunca antes, de qué se trata el presente. Y en esta interrogación el problema del arte y la literatura cobran una inusitada fuerza de clase tratando de fijar valores, éticas, gustos, nociones, estados del alma, capacidades formativas de lo individual. La cultura necesita convertirse en un puente valorativo que vuelva a relacionar lo subjetivo con lo objetivo, el espíritu con la historia, perdida la antigua ligazón - religión - que estructuraba conducta y sentido en el siempre amenazante posible caos del mundo
Esta fuerte impronta conformadora de la cultura moderna jamás se desestructuró, en tanto hizo y hace las veces, de un campo de búsqueda de lo que eternamente parece extraviarse, perderse, melancolizarse, precisarse: Las artes, la cultura, el pensamiento profundo, el filosofar sobre las cosas; un tiempo intelectual sublimado y acompañante del mundo y del fragor de la vida. En la actualidad, sin duda, la sociedad del capitalismo de consumo desde hace medio siglo, las estéticas de masas de la sociedad de mercado, la supraculturización de las relaciones sociales, las capacidades tecnocomunicativas y expresivas de las sociedades massmediáticas, y la ya clásica democratización de la cultura ( "compre todo Mozart en el supermercado de la vuelta de su casa por $99,90") han modificado ese mundo de unos pocos habitantes selectos.
Estas nuevas dimensiones de la sociedad trasnacionalizada y globalizada culturalmente da pie a permanentes polémicas en cuanto al significado de los consumos culturales cultos. Para ciertos teóricos franceses la democratización de la cultura, a partir de una radicalización de la mercancía cultural en oferta, trae aparejado irónicamente un mayor elitismo de parte de los poderes y autoridades de la cultura culta. Lo que se consume a escala gigante es puro mito, puro fetichismo, argumentan estas posiciones, lo que genera un inmenso mundo social incapacitado de superar el puro consumismo, sin pasar a participar nunca, sin embargo, de aquel universo de los entendidos, de los conocedores de la historia de la cultura, de los expertos, de los verdaderos amantes, que siguen siendo "diferentes". A la vez, esta democratización crea un público silvestre que se vuelve más dependiente de los autorizados a hablar, evaluar, considerar, criticar, recomendar, guiar, decidir sobre creación y valores. Estas posiciones conservadoras, claramente antidemocratización de la cultura y las bellas artes, polemizan duramente con aquellos que reivindican el pasaje de la cultura culta a una amplia audiencia de un mercado abarcativo. Para eso valorizan todo aquello mediador que el propio mercado pone entre cultura culta y arte por un lado, y sociedad compradora por otro: suplementos culturales, espectáculos públicos, libros, folletos, publicidad, programas televisivos, y distintas formas vulgarizadoras a amplia escala.

Ilustración: Pablo Patza

En realidad, y más allá de estas dos tendencias interpretaivas de un fenómeno de masificación, es indudable que la cultura culta dejó de ser aquel mundo cerrado en sí mismo que representaba una suerte de reserva para cierta burguesía alta. Si uno lee los "Diarios" de Thomas Mann, por ejemplo durante las primeras décadas del siglo XX, encontramos que su experiencia con el arte, sin estar atravesada ni por la radio ni por la televisión ni por el gran consumo en ese entonces, reúne todos los requisitos tradicionales de la cultura ilustrada: entendimiento, linaje, fineza, educación, formación espiritual, compartir mundo de valores, capacidad crítica frente a los signos del mundo, alma conservadora frente a la realidad de las cosas. En la actualidad sería imposible reencontrarse con ese universo personal, casi todavía situado en la belle epoque, donde reinaba pletórica esa idealidad humanista de la cultura, las artes, el mundo de la alta sensibilidad, del gusto, de la creación e imposición del canon.
Habría en el presente un estadio civilizatorio que en este terreno va imponiendo cada vez de manera más evidente una nivelación, una suerte de procuración de "un único texto de cultura" de carácter a la vez desmitificador de aquello que se llamó cultura culta, ciudad letrada. Desde esta perspectiva, por cierto, el "uso de la cultura" es hoy un negocio de primera importancia para la rentabilidad del capital invertido. Es en la dimensión de los mundos simbólicos, que hacen presente los factores artísticos y culturales, que se expande un consumo de masas: Museos shooping, muestras plásticas, ferias del libro, festivales de cine de amplios públicos, campañas publicitarias, mega eventos, hoy trabajan, por una parte, con la idea de una popularización de la cultura y, a la vez, de una mitificación de una cultura privilegiada al alcance de todos. En este sentido podría decirse que el mercado ha llevado a la cultura a una mercancía diaria de alto valor agregado.

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