07 septiembre 2009

El Estado y sus relatos/ La naturaleza social del gaucho/Fabián Harari

Sin temor a Dios, al Rey, ni a la ley
La naturaleza social de los gauchos


Fabián Harari
Grupo de Investigación de la Revolución de Mayo-CEICS

“En cada pulpería hay una guitarra y el que toca bebe a costa ajena. Cantan yarabís o tristes, que son cantares inventados en el Perú, los más monótonos siempre y tristes, tratando de ingratitudes de amor y de gentes que lloran desdichas por los desiertos”

Félix de Ázara, Descripción é historia del Paraguay (escrito hacia 1796)

“El gaucho no es una raza, como en muchos países lejanos se cree, es una clase social”

Emilio Daireaux, Vida y costumbres en el Plata, 1888.

“Primero muerto que rendido”, solía decir Juancho Barranco. En mejores tiempos, podría habérselo visto en compañía de tres o cuatro mozos como él. Con el sable y el puñal bajo el poncho, pero con el trabuco a la vista. Al fin y al cabo, él era Juancho Barranco, qué embromar. Pero ahora las cosas se le habían puesto difíciles: el párroco lo había acusado de amancebamiento. Sí, su mujer estaba casada, pero eso era algo sabido. Hacía años que se la llevó y hacía años que la trataba como su esposa, “obsequiándole una soba que la dejó imposibilitada, que mucho tiempo estuvo enferma”.[i] ¿Por qué no podía, él también, tener mujer? Había algo más, sospechaba: quienes solían darle “aviso y noticia”, hombres de hacienda propia, le habían negado el “cobijo”. Tal vez había vendido algún animal indebido o tal vez mató a la persona equivocada, o quizá ya eran muchos los changadores. Sospechaba bien: en el pago, las condiciones de trabajo habían cambiado mucho desde sus primeras “changas”.
Barranco se dirigió a la parroquia para hacer justicia: “estuvo acechando de la puerta de la Iglesia al Señor Vicario para tirarle un trabucazo”.[ii] Llegó con tres compañeros y preguntó a la servidumbre por el cura: “¿Adónde anda el picazo de tu amo, que le he de beber la sangre?”.[iii] Pero el denunciante no estaba y Juancho tuvo que irse con las manos vacías.
Su nombre de pila era Juan González, pero su oficio le deparó el nombre de Barranco, por sus viajes al interior de las sierras, donde habitaban las tribus pampas. Solía comerciar cueros, tabaco, yerba y aguardiente, a su nombre y al de otros. En temporada alta, salía de excursión en las expediciones que armaban los accioneros[iv]. Pero siempre, siempre dejó en claro su condición y oficio: “peón de campaña”.[v] Y no se equivocaba. Tal vez haya tenido mejor percepción que varios de aquellos que contaron su historia y la de sus semejantes.
El día de la huída, Barrancos repasó junto a su compadre las rutas posibles. Ya no quedaba más que establecerse con los indios, a la espera de tiempos mejores. Pero con animales cansados y la partida avisada, lo alcanzaron saliendo de la Guardia (hoy Mercedes). Rodeado, Barrancos se sacó el poncho. Con el sable en una mano y el cuchillo en la otra gritó: “Háganse a un lado, déjenme al Alcalde que quiero pelear con él”.[vi] No hubo caso, la autoridad no estaba allí. Ante una batalla inútil, el reo decidió dejar sus principios y se entregó prisionero. Corría el año 1759, en la Villa de Luján.

El nombre y la condición

El caso parece tener muchos puntos en común con historias conocidas como el Martín Fierro o Juan Moreira, a excepción del poco épico (pero más sensato) final. Encontramos un poblador pobre de las campañas, diestro en las tareas y en el combate, perseguido por las autoridades. El individuo parece no comprender o no poder adaptarse a una nueva situación y sus costumbres son condenadas. Estas historias parecen recorrer las reflexiones sobre el gaucho. Los textos clásicos sobre el tema lo señalan como un poblador nómade y solitario de las campañas, cuyo atributo más importante sería su “libertad”: no responde a nadie y cuando tiene hambre carnea una vaca para comerse la lengua. Sus necesidades (elementales, por cierto) se cubrirían con el cuero del animal sacrificado, canjeado oportunamente por dinero en las pulperías.
Partiendo de esta caracterización, los intelectuales se han pronunciado a favor (gauchofilia) o en contra (gauchofobia) del personaje histórico. Los primeros rescataron la “libertad” y la “insujeción”. Su desapego a las instituciones y a la civilización. Casi una reedición del “buen salvaje” roussoniano. Estamos hablando de autores como José Hernández. Por su parte, autores como Sarmiento, lo declararon “salvaje”, haciendo hincapié en sus rudas formas. Según esta perspectiva la condición ciudadana debía fundarse en su desaparición. A su vez, señalaron el carácter primitivo de la economía que lo sostuvo. En todos los casos, la asociación entre el gaucho y el “carácter nacional” o “el pueblo”, fue un denominador común.
Para poder discutir estas ideas hay que comprender, primero, qué fueron, concretamente, los gauchos. En principio, debemos comenzar por reconocer que la palabra no es el fruto de una reflexión científica, sino la expresión que encontraron los antiguos habitantes para denominar un fenómeno de la realidad, tal y como lo percibían ellos. Los términos que la propia época utiliza para nombrar episodios o a determinados individuos se denominan categorías históricas. Entonces, “gaucho” es una categoría histórica. Pero hay un segundo problema. Al utilizarse en el transcurso de aproximadamente 150 (muy convulsionados) años, esta categoría se empleó para señalar fenómenos distintos. Esto es así, no sólo porque la realidad era ya muy diferente, sino porque también lo fueron quienes le dieron contenido a la palabra. Se trata, entonces, de una categoría histórica en reformulación.
El término en cuestión surge alrededor de 1750 en la Banda Oriental y tiene una acepción con pocos matices: ladrón de ganado. La primera mención de la que se tiene noticia es de 1763 y aludía a la voz “gauderio”, que viene de “guadério”, en portugués, malviviente.[vii] La primera voz “gaucho”[viii] puede datarse, en 1790, en la Banda Oriental. En el documento, Lorenzo Figueredo propone la creación de guardias de la campaña.[ix] Hasta 1810 “gaucho” se utilizó, generalmente, como contracara de “peón”. Este último, obediente y “trabajador”. Lo cierto es que se trataba de un término remitido a la campaña del litoral: la Banda Oriental, Buenos Aires y Santa Fe (amén del sur de Brasil).
En el período de las guerras de independencia, el término se generalizó geográficamente. La causa es que los ejércitos con tropa reclutada en la campaña del litoral, marchan hacia las provincias del norte. La expresión “gaucho” comienza a perder el contenido despectivo, en la medida en que los comandantes exhortan a la tropa en términos condescendientes. En 1816, el General español José de la Serna e Hinojosa le advirtió al Comandante Pérez de Uriondo, bajo las órdenes de Güemes, a pocas horas del combate:

“¿Cree usted que un puñado de hombres desnaturalizados y mantenidos con el robo […] puede oponerse a unas tropas aguerridas y acostumbradas a vencer a las primeras de Europa, a las que se haría un agravio comparándolas a esas que llaman gauchos…?”

A lo que Uriondo contesta:
“Los gauchos son, Excelentísimo Señor, los que tuvieron parte en la rendición de la Plaza de Montevideo, guarnecida con cerca de 6.000 hombres, casi todos españoles de bigote, fornidos y robustos como los que acompañan a Vuestra Excelencia. Los gauchos son los que derrotaron en Tucumán al Ejército Grande [de] Goyeneche que […] pidió misericordia y aprendió a rezar la magnífica, para librarse de otra semejante tempestad. Los gauchos son los que forzaron al Señor Pezuela, antecesor de Vuestra Excelencia, a abandonar la plaza de Salta y Jujuy, haciéndole componer un papel tan lastimero…”

Es decir, la expresión dejó de designar al delincuente y se transformó en el nombre que recibía el habitante humilde de la campaña, sea de Buenos Aires o del interior. Ahora bien, hasta aquí vimos a qué designaba como categoría histórica. Veamos ahora cuál es la realidad social que oculta el término. Para ello, volvamos a la historia de nuestro Juancho Barrancos.

Los orígenes de la clase obrera

En el acápite anterior observamos al gaucho como categoría histórica. Vamos a examinar el término como categoría científica, es decir, a qué clase social realmente correspondía el gaucho. Aquí también nos enfrentamos al problema de la transformación que sufre la sociedad que estamos analizando.
El caso de Juancho Barrancos representa los conflictos que resultan de una sociedad en transición. La historia acontece en el año 1759, en la Villa de Luján. Hacía ocho años que las milicias blandengues rondaban la campaña, cuidando el rodeo sujeto (el que tiene marca de propiedad) y hacía tres que se había levantado el Cabildo de la ciudad. Antes de 1750 la estancia aún no se había conformado. Por lo tanto, la actividad giraba en torno a la caza de ganado cimarrón para obtener cuero y venderlo en el puerto o para consumo local. Sin embargo, estas vaquerías eran esporádicas, pues dependían de la llegada de un buque. La frontera con el indígena estaba aún muy cerca: sólo 90 km. separaban el límite con Santa Fe del fuerte más austral. Quienes se encargaban del transporte de mercancías o de la caza de ganado vacuno o caballar eran llamados “changadores”, del portugués “jangadas” (viajes con mercancías). Éstos podían cazar y comerciar por su cuenta y acumular una pequeña fortuna. También solían contratarse como peones en las vaquerías.
Contrariamente a lo que se cree, los pequeños productores de cuero y jornaleros temporales no eran libres. Debían pasar gran parte de su tiempo recorriendo la pampa en busca de ganado. La competencia por hacerse de animales los obligaba a poner en riesgo su vida constantemente. La necesaria movilidad les impedía establecerse en un hogar sólido. Por último, no es él quien pone los precios de su faena, ¿era el productor expoliado por esa vía?: es una investigación por hacerse. Lo cierto es que estaba atado a la más cruda necesidad.
Hacia 1750/1760, en Buenos Aires, las vaquerías fueron dejando el paso a la estancia, que utiliza el ganado sujeto a rodeo y tareas más sistematizadas, temporales y permanentes. Hacían falta, por lo tanto, peones y respeto a la propiedad del ganado. En ese contexto comenzaron a aparecer las menciones a los “gauderios” o “vagamundos”, como sinónimo de delincuentes. La caza y venta de ganado por cuenta propia, actividad antes aceptada, comenzó a ser progresiva y parcialmente reprimida a partir de la creación de mecanismos de coacción en la campaña. Por eso, el caso relatado es un síntoma, pero de ningún modo es la regla aún. Había otros “Barrancos”, que todavía eran tolerados. Sin embargo, no debe darse demasiada fe a las fuentes, pues provienen de la autoridad y de los hacendados. En primer lugar, una misma persona podía ser “peón con oficio”, en un momento, y “gaucho” en otro. Se utilizaba este segundo término cuando aparecía un conflicto.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII la campaña bonaerense comenzó a recibir una fuerte migración del interior. La expansión territorial permitió que una importante proporción de la población accediera al cultivo de la tierra, bajo la forma de arrendatario, arrimado o agregado. No obstante, comenzó también un proceso de diferenciación. Algunos lograron acumular y comenzaron a contratar mano de obra, o adquirieron esclavos. Otros, tenían que emplearse estacionalmente para cubrir la subsistencia suya y de su familia. Este proceso de diferenciación se acentuó luego de la Revolución de Mayo. Las disposiciones sobre el control de la población rural perjudicaron a los más pequeños productores. En 1829, Rosas inició un proceso definitivo de proletarización rural, que culminó en 1850.
Entonces, lo que luego de 1750 se comenzó a llamar “gaucho” no difiere científicamente del término “peón”. En cualquiera de los dos casos, se trata de un productor pequeño o mediano en vías de desposesión. Entre 1810 y 1850 fue adquiriendo un carácter más cercano a lo que puede llamarse “clase obrera”. La relativa “libertad” a la que se alude tiene su fundamento en el carácter de la producción ganadera extensiva. Los peones permanentes eran destinados a cuidar rodeos en lugares lejanos. El trabajador disponía de los tiempos de trabajo y hasta podía faenar para sí algunas cabezas, ya que la contabilidad no era minuciosa. A su vez, el trabajo descansaba en su particular destreza como domador, como castrador, como jinete y como desollador. Estas características se perdieron cuando, luego de 1860, comenzó a predominar la agricultura, cuyas tareas son más fácilmente controlables y exigen una menor pericia. El gaucho, en definitiva, es nuestro antepasado: el primer obrero. Brotó del mismo manantial del que tuvo que abrevar el capitalismo argentino: del campo y de las vacas.
[i]Archivo General de la Nación (AGN), Sala IX, Criminales, leg. n º2, Autos criminales de Oficio de la Real Justicia contra Juan (Gonzales), alias Varranco.
[ii]Idem
[iii]Ibidem
[iv]Accionero: Quien tiene permiso del Cabildo de Buenos Aires para perseguir y extraer cueros del ganado cimarrón. Estos permisos se compraban.
[v]AGN, Sala IX, op. cit.
[vi]Idem
[vii]Coni, Emilio: El gaucho, Solar/Hachette, Buenos Aires, 1969 (1era edición, Sudamericana, Buenos Aires, 1945), p. 156.
[viii]No se ha registrado, hasta hoy día, un acuerdo sobre la etimología de la palabra. En general, se reconoce cuatro orígenes. Pudo haber derivado del guaraní “ca´u”, que remite a una bebida alcohólica. Otra acepción es la palabra “gabacho”, que en España designaba a la primitiva población nómada del Languedoc. También pudo provenir del quechua “wajcha” (huérfano), castellanizado “guacho”. Por último, se sitúa a la palabra portuguesa “garrucho”, de significado incierto.
[ix]Informe de Lorenzo Figueredo a José Varela y Ulloa. Montevideo, 30 de abril de 1790, Archivo General de Indias, Audiencia de Buenos Aires, Expediente del Virrey Loreto con Sanz par el arreglo de los campos de Montevideo, en Coni, Emilio: op. cit., p. 166.

El Estado y sus relatos/ Todo lo que pidas/Sebastián Olaso

Todo lo que pidas


Por Sebastián Olaso


(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: Aimée Zito Lema



Y todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis.
Mateo 21,22



Esa mañana de abril me desperté como tantas veces en aquellos tiempos, concentrado en los nuevos poderes que mi cuerpo adolescente se empecinaba en ofrecerme. O en imponerme. Y quizás esa mañana era una de las más indicadas para elucubrar acerca del poder, acerca de si mi cuerpo se estaba volviendo poderoso o de si algo poderoso estaba esclavizando mi cuerpo, apoderándose de mí, a la vez que me convencía de que el portador del poder era yo.
Pero no fue posible.
Mi padre entró a la habitación con el diario en la mano, y no pude escuchar lo que me decía: la radio, con un volumen considerablemente alto, me aturdió desde la cocina. La cara desencajada de mi padre, presa de una euforia que nunca más demostró, fue más que elocuente. Yo no sabía qué había pasado, qué estaba pasando, pero no me quedaron dudas de que se trataba de algo importante.
Y claro que era importante: Habíamos vencido al imperialismo británico. Eso decía el discurso oficial. Para nuestros gobernantes de turno no era necesario haber vencido nada, alcanzaba con hacernos creer en su ficción. Y eso fue sólo el comienzo: Muchos argentinos comenzamos a repetir como loros lo que se nos indicaba que repitiéramos. No sabíamos muy bien qué decíamos y no contábamos con la información adecuada: Como se supo apenas dos meses más tarde, los famosos comunicados eran ficcionales, manipulatorios, perversos. Pero mientras tanto, había millones de argentinos felices explicando que después de, en ese entonces, seis años de sangre, la dictadura se había redimido con un acto revolucionario, descomunalmente revolucionario, como pocas veces se había visto en la historia de la humanidad. Que los argentinos habíamos demostrado que teníamos fuerza y dignidad, que éramos soberanos, valientes, implacables. Que a partir de ahora, ya nadie nos subestimaría, finalmente seríamos reconocidos con justicia: como una nación con mayúsculas que merece el respeto, la consideración y la admiración de todo el mundo.
No fue necesario esperar demasiado para que la ficción no soportara su propio peso y la realidad nos fuera arrastrando hacia un agujero negro, con barcos hundidos, comunicados falsos, fervor popular por la violencia y la muerte, visita del papa y una rendición incomprensible para los ciudadanos confundidos. Sin embargo, recordemos, los gobernantes insistían en continuar con el desarrollo de la ficción. Los gobernantes indicaban y nosotros, una vez más, repetíamos, convencidos, que no había habido fallas en nuestra grandeza. Que había intereses de por medio, intereses extranjeros, que debían unirse (de a uno no iban a poder contra nosotros) para combatirnos. Estábamos dentro de un pequeño teatro de cartón, la República, aprendiendo de memoria los argumentos que los dictadores, devenidos en dramaturgos aficionados pero con un buen acceso a los medios, habían escrito para nosotros. Entonces, sin saber que estábamos en medio de una campaña publicitaria dirigida a nosotros mismos, fuimos actores y público a la vez, y postulábamos que había intereses extranjeros empecinados en que un gobierno como el que teníamos, devaluado ante los ojos del mundo por cuestiones que no comprendíamos, siguiera devaluado. O que eran los otros los que no comprendían y devaluaban injustamente al gobierno a partir de la ignorancia.
El empeño ficcional de la dictadura, además de crear un discurso ficcional, creaba ficciones a partir del silencio. A partir del vacío. A partir de la desaparición de ciudadanos, fundamentalmente (de más está decirlo) y también a partir de la desaparición de documentación, de palabras que nombraran lo que debían nombrar. Vivíamos en una ficción, porque los desaparecidos no desaparecieron: el aparato terrorista del Estado se tomó el trabajo de dar uno a uno todos los pasos necesarios para que esto sucediera. Y esto que sucedió se llama asesinato, ejecuciones sin juicio previo, violación de los derechos humanos, crímenes de lesa humanidad, terrorismo de Estado. Sin embargo, todos estos rótulos, que habrían servido para ayudarnos a comprender, desaparecieron también del discurso nacional y con ese vacío se hizo posible la continuidad de la dictadura. Dictadura: palabra que también desapareció, para ser reemplazada por el promisorio y loable lema de proceso de reconstrucción nacional. Promisorio y loable pero ficcional, claro, pero lo de ficcional todavía estaba en discusión.
Pero, en realidad, ¿había tanto fervor a favor de la dictadura? Más o menos. Lo tristemente cierto, lo trágico, lo vergonzosamente imperdonable, es que nos estaban instruyendo para que nos enfervorizáramos. Y no nos sucedió solamente esa vez. Y no nos sucede sólo a los argentinos. Y también es probable que pase mucho tiempo antes de que deje de suceder.
Recordemos el caso de la bomba de Hiroshima. Los estadounidenses jamás negaron el hecho. Pero su discurso ficcional hablaba (y habla, no nos olvidemos de que todavía habla) de un acto heroico que terminó con una guerra sangrienta y que, de paso, con un puñado de cientos de miles de muertos a causa de la bomba evitaron la muy trágica suma de cientos de miles de muertos que habríamos lamentado si la guerra hubiese continuado. El argumento no resiste el menor análisis. Con este discurso intentaron confundir a un mundo que opinaba que se había tratado de un genocidio, de una de las masacres más crueles de la historia. Sin embargo, muchos ciudadanos estadounidenses incorporaron este discurso ficcional del Estado, y por eso sigue vivo. Aunque sólo sea en su propio territorio, el discurso del papel heroico de Estados Unidos en Hiroshima sigue vivo.
Más allá de las diferencias entre una nación y otra, que pueden ser muchas y muy significativas, hay elementos comunes en la construcción del vínculo entre el Estado y los ciudadanos. Este vínculo tiene un primer eslabón, que es el discurso. Pero hay un elemento muy curioso anterior a los funcionarios de cada Estado y a la mirada de cada ciudadano en particular: Hacerse cargo de la tarea de administrar un Estado, de buscar alternativas para resolver los conflictos existentes, de evitar la aparición de conflictos nuevos, de estar atento a las necesidades y ofrecer modos de resolución, tomar esas responsabilidades de servicio social a gran escala, en muchos idiomas, se denomina asumir el poder.
La palabra poder está muy presente en el discurso de todos cuando nos referimos a los representantes de los ciudadanos, a los funcionarios del Estado. ¿Por qué esa palabra, que no se refiere a la función de un representante, ha tomado tal jerarquía? ¿Por qué no se habla de asumir el servicio, de asumir la responsabilidad de la administración o, mejor todavía, de asumir la representación?
Bien. Se trata de un mecanismo lingüístico más, uno como tantos, que evita decir lo que debe ser para decir lo que se pretende que sea. Y en algunos de estos casos, lo que se pretende que sea, para bien o para mal, es lo que termina siendo.
Los estados, gracias al poder que ostentan, más como una profecía autocumplida que como una actividad inherente a su esencia, son los grandes generadores de ficciones. ¿Como los escritores? No. Los escritores tienen un pacto ficcional con los lectores que los estados no tienen con los ciudadanos. Retomo lo que dije en el párrafo anterior y le doy una vuelta de tuerca: los estados se toman la atribución de crear ficciones, pero no revelan el carácter ficcional, no establecen ningún pacto de este tipo con los ciudadanos; simple o complicadamente, por necesidad o por abuso, crean a través de sus discursos ficciones que no asumirán como tales.
Quizás la más representativa de estas ficciones es la que imponen en tiempos previos a una guerra. Y durante. Y después. La guerra, según la ficción del Estado, es necesaria, heroica, salvadora. Quien note un oxímoron en la frase guerra salvadora, se verá en serios problemas: la lucidez atenta contra las ficciones del Estado y no será tolerada.
Quitando del medio el escollo que traen los lúcidos, quedamos los demás. Los que creemos en esas ficciones, los que tenemos la desgracia de ser manipulables. Y a veces, incluso, somos los encargados de hacer realidad la ficción.
Porque esto también sucede. Porque los verdaderos gestores del poder de un poderoso, en algunos casos, son los débiles. Donde manda capitán no manda marinero, dice el grumete. Si lo dijera el capitán, hasta sería comprensible. Pero ¿qué es lo que lleva al grumete a detener al marinero lúcido y de este modo favorecer al capitán? ¿Acaso el capitán se entera de las intenciones del marinero? Tenemos que admitirlo, tenemos que hacernos cargo: La mayoría de las veces, el capitán ni se entera. El grumete se encarga de hacer realidad el poder del capitán. El débil construye el poder del poderoso porque ha sido convencido. ¿Puede un grumete, entonces, allanarle el camino al capitán? Sí que puede. Sin saberlo, sin proponérselo, sin siquiera tener la voluntad de ser ejecutor o cómplice, el grumete puede ser un partícipe necesario. Y es inimputable en la mayoría de los casos, porque ha sido manipulado. Le han vendido pescado podrido. Le han impuesto la ficción.
¿A qué llegamos con esto? A que con las ficciones, los poderosos (y el poderoso por excelencia suele ser el Estado) construyen su poder. A que consiguen quién construya su poder. A que el poder se cimienta en esas ficciones. A que la ilusión de poder deja de ser ilusión si se encuentra un grumete adecuado. A que el discurso ficcional no siempre queda reducido a una locura descabellada, a un delirio, a una utopía, a una expresión de deseos.
El discurso cambia la realidad. La mentira se diluye por la fuerza del discurso. Miente, miente que algo quedará. Cuidado con lo que deseas, que puede hacerse realidad.
Pide, que todo lo que pidas te será dado. Esta frase, con diferencias de forma, está varias veces en la Biblia. Y parece que los estados saben mucho acerca de las escrituras. Sus discursos ficcionales no son otra cosa que pedidos de poder. O pedidos de reafirmación del poder. Confirmaciones de que conservan el poder que asumieron, de que asumimos que el poder lo tienen ellos. No sabemos si, como dice Mateo en la Biblia, se trata de un pedido en oración, creyendo. Quizás sólo sean pedidos ambiciosos, pedidos desesperados.
Como el pedido que hizo la dictadura, en aquel abril, cuando mi padre se sintió parte de un país digno y poderoso. Pero no había ningún poder. Había un pedido de recuperación del poder por parte de un gobierno agonizante.
Y el mecanismo era sencillo o complejo, se puso en marcha por necesidad o por abuso, pero fue un mecanismo discursivo. Pretendían el poder. Imponiendo su ficción, pidieron a los ciudadanos que se lo dieran. Y cuanto pidieron, nosotros dimos.
Sin embargo, lo que nosotros creímos que era poder, era sometimiento. Un sometimiento parecido al que ejercía mi cuerpo sobre mí. La diferencia radica en que un adolescente puede vanagloriarse del poder ilusorio que le otorga su cuerpo mientras lo somete, pero un adulto, mi padre por ejemplo, no perdió jamás la vergüenza del poder ilusorio con que lo había manipulado el Estado en manos de la dictadura.


Poeta

Agosto de 2009

Sociedad/El cuerpo insiste/Jorge Garaventa

El cuerpo insiste

Por Jorge Garaventa
(para La Tecl@ Eñe)

La “democratización” de las trasmisiones de fútbol nos confronta con una tendencia que ya se viene consolidando en otras cuestiones…todo en casa al alcance de la mesa.
No es este un escrito que intente polemizar sobre el indelegable y necesario rol del Estado de ponerle límites a las corporaciones empresariales ya que se sabe, libertad de mercado, consumidor cautivo.
Es correcto que el estado intervenga para desarticular intereses que se acumulan sectorialmente y los distribuya en función social, pero tan importante como esto es recrear las condiciones para que la gente deje de apoltronarse en un autismo lúdico y pueda volver a las canchas, los cines, los teatros…
La gripe porcina agudizó por un lado pero puso en evidencia por otro, la existencia de un proceso de resguardo hogareño en preocupante crecimiento donde apenas las actividades obligatorias actúan como factor de estímulo para deambular las calles.
Se podría decir que estamos hablando de un fenómeno sectorial o de clase, pero no exclusivamente. Hay pocos sectores donde el “autismo voluntario” y la caja de herramientas que permiten disimular la soledad no se haya instalado de manera significativa.
Hace años, muchos años, al menos 40, Dalmiro Sáenz escribía una hermosa obra de teatro, “El Televisor”. El personaje principal se quejaba de la llegada de la tecnología: “Perón sacó la gente a la calle y vino el televisor y la metió de nuevo adentro”.
Esto que hoy suena hasta inocente fue, sin dudas, una paradoja sociológica de época. Décadas después hablamos de individuos metidos dentro, pero de sí mismos.
Suena interesante hoy internarnos en los efectos que las nuevas tecnologías diseñan en los comportamientos de niños y adolescentes, incluyendo esta cuestión de que la adolescencia ha perdido los límites etarios aproximados que la enmarcaban hace unas décadas y que se ha hecho flexible de forma tal que muchas personas que otrora estarían inmersos en plena adultez, transitan hoy aún por este controvertido período.
No desdeñamos la evidencia de que no pocos quedan al margen del desarrollo tecnológico, y seguramente los efectos de esta exclusión podrán ser objeto de otro escrito. Sólo agregamos que desde el comienzo de la democracia se han diseñado planes para poner la tecnología al alcance de todos, mediante planes comerciales y/o educativos, pero estamos lejos de que esa brecha haya podido ser angostada de manera significativa.
Esta brecha a la que nos referimos no es obstáculo para intentar pensar que es lo que ocurre con los niños, adolescentes y jóvenes que hacen uso y abuso de las aplicaciones de la tecnología.
Nos pre- “ocupan”, entonces hoy, los efectos no deseados, depende por quién, de esas herramientas que revolucionaron las comunicaciones y los espacios lúdicos. Damos por sentado que quien se interna en estas líneas no cuestiona la evidente y necesaria crisis positiva que esto produjo. Nada impide poner el eje en lo paradójicamente aislante de una tecnología que prometió achicar las distancias planetarias y termina distanciando las vecindades.
Hoy nos fraternizamos cotidianamente con aquel amigo en China, y chateamos con quien se encuentra en otra habitación de la casa.
No es una escena extraña la de los amigos que corren separados hacia sus domicilios para ponerse en red vía internet con aquellos a quienes acaba de dejar.
Estas escenas, harto conocidas por todos, y que seguramente se pueden multiplicar hasta el infinito en el anecdotario de cada quién, no habla precisamente de la necesidad viscosa de mantenerse en contacto indiscriminado con el semejante, sino justamente de lo contrario, la preferencia de lo virtual para escatimar los cuerpos.
Si se habla de uso es inevitable interrogarnos sobre el abuso ya que el exceso es un estigma de época.
Sostenemos no obstante que las tecnologías, las drogas, el alcohol y cualquier otro conductor de impulsos o adicciones es precisamente eso, un mero conductor. Si se busca el origen de “todos los males” en aquello que es un mero sostén, nos regodeamos en la ignorancia de las causas y recreamos el espíritu “tatista”(*) que nos lleva a prohibir el fútbol, combatir la nocturnidad, prohibir a los jóvenes entrar en los videojuegos, criminalizar al adicto…y siguen las firmas. La pulsión mientras tanto continuará su porfiado derrotero buscando otras formas de expresión que siempre hallará en la vida porque es precisamente la vida lo que finalmente no se puede prohibir…creo.
Lejos ando, por supuesto de glorificar los excesos o el uso de época que se le pueden dar a los avances tecnológicos, sencillamente muestro el camino que me parece erróneo.
Tratemos entonces de reflexionar acerca de cual es el anclaje psico sociológico en el que se funda alguna sintomatología moderna derivada del uso estos vehículos tecnológicos.
No se puede soslayar que la modernidad tiene precisamente un nudo con los efectos de la dictadura. Se dice que hay que terminar con seguir responsabilizando, casi 30 años después, de lo que ocurre hoy, a lo acontecido en un “pequeño” período de 6 años. Al decir esto se obvia un mecanismo harto conocido tanto en cuestiones psíquicas como sociales que es que aquello que no ha sido procesado adecuadamente insiste en lo social, o en lo psíquico como síntoma.. No se trata de hacer una transferencia epistemológica de la psicología a la sociología, o viceversa, sino de reconocer el ineludible entramado entre lo social y lo psíquico.
Efecto de dictadura entonces ha sido la ruptura de lazos sociales y sus concomitancias conductuales que crearon nuevas tipologías, no en el estricto sentido psiquiátrico y que hoy se regodean al amparo de nuevas tecnologías.
Los niños y adolescentes en mayor medida, y los adultos que acceden a Internet, chat, juegos en red, redes sociales y otras formas comunicacionales suelen ser población en riesgo de esta sintomatología psicosociológica.
Se necesitan actitudes pero por sobre todo políticas sociales inclusivas que puedan pensar lo tecnológico y prever sus efectos no deseados. La escuela y la familia son agentes ideales para revolucionar la revolución. Pero la palabra inclusiva no está puesta al azar pues la fobia tecnológica es tan nociva como el uso indebido.
Claro que si los organismos estatales se han visto aún hoy impotentes para aplicar contundentemente una ley sobre educación sexual, como hacer para que no asuste una intención que apunta a volver el cuerpo al cuerpo, colocando la distancia y el aislamiento sólo como un inevitable que entonces sí necesita determinados accesorios virtuales para estar con el otro pero con los cinco sentidos en juegos de proximidades.
Decíamos hace un tiempo que la humanidad ha evolucionado raramente. Hoy nuestros propios fluidos son peligrosos para el otro. Portamos armas que nos protegen del afecto. Pero este insiste y a la larga no pretende rendirse ante ninguna tecnología.
Tal vez con muchos CU.JU.CA abriríamos una interesante ventana. La Cumbre de Juegos Callejeros funciona dos veces por año en las calles de Almagro, organizada por la Casona de Humahuaca. Es un día de recreación de “aquellos” juegos que alguna vez tuvieron cautivas a las pandillas. Es cierto que abunda el entusiasmo nostálgico de adultos que recrean su niñez o adolescencia generalmente trunca, pero no menos evidente es el entusiasmo de los niños y niñas que se encuentran lanzados a un universo que desconocían y donde su cuerpo es el protagonista porque… el cuerpo no se rinde aunque todo apunte a tenerlo sitiado.
Septiembre de 2009
(*) Hugo Paulino Tato fue un censor de los productos culturales que tuvo su reinado más floreciente en la última dictadura militar.

Cultura y Sociedad/ Volnovich Juan Carlos

El sexo oculto de los videojuegos

Por Juan Carlos Volnovich
(para La Tecl@ Eñe)



Lamento no poder ahorrarles a los lectores algunos comentarios acerca del contexto histórico-ideológico y teórico que alberga la aventura de transitar por el camino de las relaciones entre las tecnologías de avanzada y el feminismo desde el punto de vista del psicoanálisis. De modo tal que es al impacto que las máquinas tienen para las mujeres y para los varones a lo que me voy a referir.
Comenzaré afirmando, entonces, que la etapa del capitalismo que nos ha tocado vivir tiene características más explotadoras, más parasitarias, más autoritarias, más excluyentes, más injustas en cuanto a la distribución de bienes materiales y simbólicos y –por sobre todo-- más devastadora del medio y de las poblaciones, que todas las etapas anteriores.
Comenzaré denunciando sin hesitar que los Estados Unidos han emprendido una campaña de recolonización global imponiendo la libertad de mercado y la guerra como principal recurso. De modo tal que ese dominio capitalista ha devenido tanto contexto que nos incluye como texto que nos constituye.
Comenzaré afirmando, también, que nada más lejos de mí que encontrar una relación de causalidad a la casualidad, a la coincidencia del expansionismo imperialista con la popularidad adquirida por las nuevas tecnologías y, muy especialmente, por los videojuegos, coto privado de los varones. Pero diré que renunciar a esa vulgaridad no ha de impedirme reflexionar acerca de la complejidad del fenómeno y a investigar los modos de construcción del sujeto psíquico y las modulaciones tecnológicas en la subjetividad tanto como en las posiciones adoptadas por los diferentes grupos feministas. Porque en una primera etapa (1960-1980) muchos grupos feministas alertaron acerca del peligro que encarnaban las nuevas tecnologías en la medida que convalidaban el dominio masculino y reforzaban los estereotipos patriarcales más tradicionales. En última instancia: la guerra. Guerra y nuevas tecnologías han transitado su camino tan solidarias como guerra y masculinidad. Si, como afirmamos los psicoanalistas, en el origen está el destino, en el origen de Internet estuvo la guerra. Internet nació con una clara connotación militar. Internet nació con cuatro computadoras conocidas como ARPANET, proyecto diseñado para investigar la posibilidad de crear un sistema descentralizado de comunicación que pudiera sobrevivir a una guerra nuclear. Y el interés militar estaba también presente en la realidad virtual considerada como una herramienta privilegiada para simulaciones en el campo de batalla.
De ahí en más, acceder a las máquinas y a la tecnología ha sido siempre considerado como un privilegio masculino. A la hora de mantener el control de las nuevas tecnologías, promoverlas e imponerlas, los varones hemos monopolizado la escena. Y las feministas se encargaron muy bien de denunciarlo. Esto fue así hasta que, en 1984 apareció un texto fundamental, el Manifiesto para Cyborgs[1] de Donna Haraway, que marcó un antes y un después. (Fue recién a partir de 1991 que el Manifiesto tuvo difusión global).
1989 es el año en que con el Muro de Berlín, cayó el mundo bipolar. 1989 no es el año cero de los videojuegos pero si es el año en que Nintendo introduce en el mercado el gameboy, el rey de los aparatitos portátiles diseñado por Gunpei Yokoi. Tal vez por su tamaño, tal vez por la facilidad con que podía manipularse, la consola gameboy se popularizó vertiginosamente y como un virus contagioso a través del Tetris –el videojuego que se regalaba cuando uno compraba el aparatito— inició a una multitud de pibes, y también de adultos, en el universo de las nuevas tecnologías dedicadas al entretenimiento.
Decía que en el origen está el destino. Los psicoanalistas lo sabemos bien y también sabemos el poder significante del nombre. ¿Por qué gameboy? Ya que el inglés, a diferencia del castellano, es tan generoso en el neutro para aludir a varones y mujeres ¿por qué no gamekids o gamechild? La respuesta es muy simple: estaba destinado al segmento de público integrado por varones niños y adultos jóvenes. Tal parecería ser que ese puntapié inicial –ese comienzo respetuoso de la ley ineludible que supone la apropiación de los varones de las nuevas tecnologías; tecnologías que recién después que se han popularizado son puestas a disposición de las mujeres-- nos autorizara a suponer que los videojuegos no sólo son “cosa de hombres” sino que están ahí, dispuestos a convalidar los valores patriarcales más convencionales, a reforzar los estereotipos tradicionales masculinos que nos suponen fuertes, violentos, dominantes y siempre dispuestos a denigrar de las mujeres.
Y, si bien es cierto que a lo largo de la historia de los videojuegos han aparecido figuras femeninas como Lara Croft en Tom Rider y Bombón, Bellota y Burbuja, las Chicas Superpoderosas, todavía está por verse el grado de innovación que tienen en cuanto al sexismo que inunda el campo.
Decía que 1989 no es el año cero de los videojuegos pero si es el año en que Nintendo introduce en el mercado el gameboy, el rey de los aparatitos portátiles. Pero ¿cuándo empezó todo esto? Tal vez pueda considerarse a 1958 el año cero cuando Willy Higginbotham, que trabajaba en los laboratorios Brookhaven National, inventó el primer juego interactivo; o 1961, cuando Steve Russell, por entonces un estudiante del Instituto de Tecnología de Massachussets, diseño el Space War, un juego para dos jugadores tan simple como atractivo: quienes lo operaban disparaban torpedos desde sus respectivas naves tratando de destruirse mutuamente al tiempo que evitaban la fuerza de gravedad. (Claramente, no era un juego para señoritas, sobre todo teniendo en cuenta que aun no habíamos transitado por los efectos del Mayo francés del 68). Pero, definitivamente, fue Ralph Baer quién –a partir de la primera consola adaptable al televisor —instituyó en 1966, con Odyssey, los videojuegos. Y fueron Nolan Bushnell y Ted Dabney quienes a principios de los 70 con Atari iniciaron la industria de los videojuegos que ya en 2003 llevaba vendidos en el mundo 375.550.000 unidades.[2]
1966, quiere decir que cumplimos más de cuarenta años con los videojuegos. Aunque es lógico reparar en que sólo a partir de la década del 80 la ola expansiva ha tomado el envión que conocemos hoy en día. Los 80 fueron decisivos para la expansión ampliada de los videojuegos. En 1981, hace su aparición en escena el gigante Nintendo con el famoso Donkey Kong, diseñado por Shigeru Miyamoto. Junto a él nace el personaje más estable, el más emblemático de la historia de los videojuegos: Mario. La narrativa del juego es elocuente. Un gorila que huye de su amo --el carpintero (Mario)--, le secuestra a la novia. El carpintero tiene que perseguir al gorila a través de una serie de escenarios industriales para rescatar a la chica. La chica es, claro está, un personaje secundario, pretexto para que los varones rivalicen entre sí. Y la rivalidad se justifica: la chica es una rubia atractiva que insinúa generosamente sus pechos a través del escote y unas piernas esculturales a través de la pollera hecha jirones. Si ella aparece llorando y gritando de terror, el carpintero se muestra canchero y seguro de sí, enfrentando al gorila. Todo un clásico.
Una vez más: ¿nos autoriza esto a suponer que los videojuegos no sólo son “cosa de hombres” sino que están ahí, dispuestos a convalidar los valores patriarcales más convencionales, a reforzar los estereotipos tradicionales masculinos que nos suponen fuertes, violentos, dominantes y denigrantes de las mujeres?
Sin duda, si es que nos basamos en la narrativa de la representación; en el juego como relato con personajes que interactúan de acuerdo a reglas estrictamente pautadas que generan un efecto identificatorio en los usuarios. Pero, clausurar la cuestión con recursos psicológicos, semióticos y lingüísticos convencionales como si nada nuevo hubiera en los videojuegos, analizarlos con los instrumentos que fueron eficaces para los juegos que le precedieron haciendo caso omiso a su potencia interactiva, podría llevarnos a aplanar justamente aquello que los videojuegos aportan como novedoso.
Decía que en 1984 apareció el Manifiesto para Cyborgs de Donna Haraway, ese texto fundamental que marcó un antes y un después, pero también señalaba que fue recién en 1991 cuando el Manifiesto tuvo difusión global.
A partir de entonces las nuevas tecnologías se plantearon como un desafío novedoso para las feministas académicas.
La mitología que Donna Haraway introduce con el cyborg está apoyada en la crítica al sujeto autónomo y centrado de la modernidad. Haraway afirma que en el mismo instante en que las nuevas tecnologías impactan en los cuerpos de las personas, empiezan a generar nuevos tipos de subjetividades y nuevos tipos de organismos: organismos cibernéticos, cyborgs. Un cyborg es un sujeto que se sabe "no todo", que se reconoce incompleto y, por lo tanto, dispuesto a identificarse con el "otro" --con las mujeres, con las minorías étnicas y raciales, con los homosexuales, incluso como un otro "masculino"--; sujeto en condiciones de identificarse y renunciar a cualquier intención de dominio, liberado de toda pretensión hegemónica, centrada y estable. Un cyborg es un trasgresor del orden de la cultura dominante, y no tanto por ser una naturaleza construida, sino por su diseño híbrido. Un cyborg está abierto a todas las posibilidades del ser. No es un ser que proceda de la transmisión especifica de un código heredado, sino el resultado de una ingeniería, resultado del laboratorio, de una aplicación del conocimiento al deseo o la voluntad. Por esta razón, el cyborg nos proporciona también un contexto privilegiado para estudiar la identidad de género como resultado de una producción simultánea de materia y ficción, cuerpo y cultura
La aventura del cyborg es, bajo esa perspectiva, la aventura misma del sujeto contemporáneo. Pero nada del orden de la ingenuidad o del candor romántico la habita. Haraway alerta contra esas nuevas configuraciones posmodernas del poder en manos de las corporaciones multinacionales, los ingenieros genéticos o los magnates de los medios de comunicación. El Manifiesto para Cyborgs es, así, un grito de alarma. Una llamada política y estratégica para evitar caer en una realidad marcada de nuevo por la opresión. Reclama una participación en la construcción de un futuro mejor cuando afirma que "… nuestro reto es luchar por un cyborg emancipado: por la fluidez, por lo heteromórfico y por la confusión de los límites; por el control de las estrategias posmodernas, por las condiciones y las interfaces limítrofes…."
A pesar de haber sido ella quién anunció el cambio, Donna Haraway no se reconoce ciberfeminista. Es Sadie Plant[3] quién nos recuerda en Ceros y Unos –el texto donde construye la historia de la tecnología desde el punto de vista de la mujer [her-story]-- que a principios de los noventa surgió en Adelaide (Australia) un grupo de artistas y activistas que se dieron en llamar VNS Matrix y que fueron ellas las que redactaron el primer Manifiesto Ciberfeminista. Desde la aparición de esa primera convocatoria, el movimiento ciberfeminista empezó a crecer y a difundirse por el mundo. Llegó a Europa y el 20 de septiembre de 1997, celebró la Primera Internacional Ciberfeminista en la Documenta X, una muestra internacional de arte contemporáneo.
De modo tal que si los varones nos reservamos los videojuegos, las mujeres se desplegaron en lo que dio en llamarse netart, la utilización de las nuevas tecnologías para la expresión artística.
El libro de Sadie Plant es fascinante. Contrariando todos los prejuicios acerca de la tecnofobia “esencial” de las mujeres, ella afirma que no hay nada más afín para las mujeres que las máquinas modernas. “Hardware, software, wetware, antes de su origen y más allá de su fin, las mujeres han sido simuladoras, ensambladoras y programadoras de las máquinas digitales."
Volveré a Sadie Plant.
Pero, ahora, quisiera reparar en el territorio que el cyberfeminismo está disputando, teorizando y ocupando activamente. ¿Cuál es ese territorio?
Claro está: el ciberespacio. Pero no sólo eso. El cyberespacio es solo una pequeña parte del territorio que el feminismo pretende, ya que la infraestructura que crea este mundo virtual es inmensa. La fabricación y diseño de hardware y software es de una importancia clave, aunque mucho más importantes aun son las instituciones que capacitan a los que diseñan los productos de la “Cybercultura”. Obviamente, la inmensa mayoría de los productos que circulan en el mercado están diseñados por hombres para hombres de negocios y por hombres para operaciones militares. Desde sus orígenes la alta tecnología ha sido proyectada, consumida y manipulada en favor del sexo masculino. Desde sus orígenes de la socialización y de la educación la tecnología junto al proceso tecnológico han sido desplegados en clave masculina. Cuando las mujeres manipulan tecnología compleja de forma productiva, el hecho se registra como antinatural. Esto no quiere decir que las mujeres no usen tecnología compleja. Las mujeres integran un segmento de población consumidora nada despreciable y colaboran generosamente en la reproducción de los valores instituidos. Por ejemplo, la mayoría de las empresas comerciales y las industrias están encantadas cuando ponen computadoras en manos de las mujeres empleadas para que manejen las comunicaciones a través del correo electrónico o administren las finanzas de las empresas con sofisticados programas matemáticos y financieros. Si las computadoras las hace más productivas, más eficaces…todo bien. De ahí que debamos sospechar del avance que supone el creciente número de mujeres que circulan por la red. Ese dato no necesariamente debe leerse como índice de una anhelada igualdad con los varones. Es una situación muy similar a la que ocurrió en los Estados Unidos (y en las clases acomodadas de los países periféricos) cuando a finales de los años 50 y principios de los 60 los maridos de clase media estaban más que satisfechos de comprar un segundo coche para sus mujeres en tanto y cuanto eso contribuyera a hacerlas más eficientes en sus labores domésticas y en las tareas de crianza. En ese caso la tecnología fue usada para aumentar el confinamiento de las mujeres dentro de su rol tradicional y no para liberarlas. De todos modos, si bien el acceso de las mujeres a la tecnología es una consecuencia de necesidades económicas estructurales, eso no quiere decir que la liberación de las mujeres pase por la renuncia a la tecnología. Antes bien, de lo que se trata es de producir cambios ideológicos que ayuden a la emancipación on line de las mujeres.
Entonces: decir que el ciberfeminismo se despliega en el ciberespacio es decir bien poco si no se acota acerca del acceso de las mujeres a los centros de poder de la “Cibercultura”.
Faith Wilding[4], en contradicción con Donna Haraway, sostiene que es vana la ilusión de poder circular por el ciberespacio haciendo caso omiso de los determinantes de edad, raza o sexo. Esos rasgos identitarios importan –y, mucho-- en el ciberespacio. Faith Wilding sostiene que la capacidad para atribuirse características sociales on line es solamente una coartada para lo que en la práctica termina siendo una división del trabajo muy tradicional y explotadora, afín a la sociedad de clases. Se hace necesario recordar que la mayoría de las mujeres que trabajan con computadoras en el mejor de los casos son magníficas mecanógrafas que usan la máquina para intensificar su eficiencia laboral lo que quiere decir profundizar el nivel de explotación y extracción de plusvalía por parte de las empresas para las que trabajan.
Anticipé que iba a volver a Sadie Plant. Es que desde un punto de vista histórico, el ciberfeminismo se ha desarrollado en dos direcciones: por un lado, el activismo político radical de Sadie Plant y de VNS Matrix, y por otro, el trabajo más moderado de la Old Boys Network y el de la comunidad de correo electrónico FACES.
Old Boys Network es un consorcio de ciberfeministas integrado principalmente por europeas que ha tomado su nombre de una expresión idiomática sajona; expresión que alude a una relación informal entre hombres. Usualmente los Old Boys de una red van a la misma universidad. De lo que se ocupa entonces una Old Boys Network es de ser el apoyo para estos profesionales, y a la vez fortalecerse con el apoyo de los mismos. Los “muchachos” más viejos, que están en una posición poderosa ayudan a los más jóvenes. Curioso nombre para feministas, ¿No?
Además de estas dos tendencias, también existen varias publicaciones en línea que abordan el tema de feminismo y tecnología. Entre otras: la nueva propuesta para el arte multimedia, RHIZOME, la comunidad Nettime, la página web de las pop~TARTS, una sección regular en Telepolis (foro on line sobre teoría y pensamiento que se especializa en material sobre mujer y tecnología y que tiene su base en Alemania). Y la teoría ciberfeminista también ha florecido en el mundo editorial, con la publicación de libros tan recientes como el Zeros and Ones, de Sadie Plant, The War of Desire and Technology, de Sandy Stone y el para mi más interesante de todos: Tecnofeminismo de Judit Wajcman[5].... Las raíces teóricas del ciberfeminismo parecen nacer de una interesante fusión entre Donna Haraway, el feminismo francés de Luce Irygaray, Helene Xixius y Julia Kristeva, y el postestructuralismo. Pero, sin dudas, Sadie Plant y Sandy Stone[6] son los mejores puntos de acceso a la teoría ciberfeminista contemporánea. Plant opina que la tecnología es fundamentalmente femenina y no masculina, como quieren hacernos creer legiones de lumbreras de las computadoras, profesores de informática y redactores de la revista Wired. Stone, por su parte, se centra en investigar cómo las comunidades virtuales producen cosas como cuerpos, identidades o espacios.
El libro de Sadie Plant gira en torno a la historia de Ada Lovelace, la primera programadora de ordenadores del mundo. La historia de Ada es apasionante. Siendo ayudante de Charles Babbage, Ada colaboró en la construcción de las primeras máquinas de cálculo, la máquina diferencial. Ada nació en 1815 y era la única hija legítima de Lord Byron. Sus padres se separaron legalmente cuando ella tenía dos meses de edad. Su padre abandonó definitivamente Gran Bretaña y Ada nunca llegó a conocerlo en persona. Su madre, temerosa de las malas influencias que podría aportarle un padre poeta, romántico y bohemio, puso especial énfasis en educarla lejos de las artes y cerca de las ciencias. Siguió estudios particulares de matemáticas con Augustus De Morgan, primer profesor de matemáticas de la Universidad de Londres. Y fue así como conoció a Charles Babbage --el padre de las computadoras— con quién trabajó desde muy joven. Babbage quedó muy impresionado por la manera como ella entendía su “máquina analítica” para la cual escribió un plan con los pasos que permitirían calcular los valores de los números de Bernoulli. A Ada le pertenece, también, el concepto de “lenguaje de programación” (conjunto de instrucciones que permiten que otras se repitan en un bucle o subrutina). Siendo muchas las mujeres que han realizado grandes aportes a la informática, Ada Byron es considerada, hoy en día, como la madre de la programación informática y cuenta con un lenguaje de programación que lleva su nombre: en 1979 el Departamento de Defensa de los Estados Unidos creó en honor de Ada Byron un programa llamado lenguaje de programación Ada. Ada Byron que, a raíz de su casamiento en 1835 con William King, octavo barón de King, nombrado más tarde conde de Lovelace, pasó a ser lady Ada Augusta Byron King, condesa de Lovelace, fue una mujer muy adelantada a su época y murió de cáncer a la temprana edad de 37 años.
Volviendo al libro de Sadie Plant. El objetivo de Plant es denunciar, una vez más, como los varones nos hemos apropiado del capital intelectual de las mujeres. Por lo tanto, sugiere la necesidad de recuperar ese eslabón perdido femenino en la historia de la tecnología. En su manifiesto, Feminisations: Reflections on Women and Virtual Reality, Sadie Plant no se propone rescatar las tecnologías para las mujeres. Ella va más allá. Ella afirma que las tecnologías le pertenecen por entero a las mujeres desde siempre. Esta es, en última instancia, una estrategia mucho más efectiva. La cibernética es feminización. Ceros y unos nos demuestra como las mujeres han estado siempre inextricablemente unidas a la tecnología. Utilizando la figura de la telefonista como ejemplo, Sadie Plant defiende la idea de que las mujeres han constituido siempre el núcleo laboral de todo tipo de redes, particularmente de la telefonía. Desde el telar eléctrico a la máquina de escribir, llegando incluso al descubrimiento de los "virus" informáticos, Plant define la tecnología como un objeto primordialmente femenino. Afirma que las mujeres son máquinas inteligentes, que la robótica es femenina, que el cero (la nada dentro del código binario) siempre ha sido considerado el 0-tro, lo femenino.
La matriz es una metáfora esencial en la obra de Plant. Esta metáfora se materializa en la imagen de la mujer como programadora informática (Ada Lovelace, Grace Murray Hopper) y en la estructura de red que tiene el ciberespacio. Si la tecnología es esencialmente femenina, entonces la mujer es la computadora. O más exactamente, la mujer, como la máquina Turing (la máquina que se puede transformar en cualquier máquina), puede imitar a la computadora. La mujer es la fuerza mimética definitiva. Plant lo dice así: "Las mujeres no pueden ser cualquier cosa, pero pueden imitar todo lo que es valioso para el hombre: inteligencia, autonomía, belleza... quizás, incluso, la posibilidad misma de la mimesis". La fuerza mimética se ve reforzada por el surgir de lo digital como una poderosa red semiótica. Lo digital proporciona un espacio de valencias que existe más allá de las estructuras patriarcales y que potencialmente las supera. "El ciberfeminismo para mí implica que se está desarrollando una alianza entre mujeres, máquinas y las nuevas tecnologías que las mujeres están usando".
Comencé afirmando que no pretendía encontrar una relación de causalidad entre el expansionismo capitalista y patriarcal y la popularidad adquirida por las nuevas tecnologías a pesar que los videojuegos tienen un marcado carácter sexista y capitalista. Terminaré, entonces, sosteniendo que la alianza entre mujeres y las nuevas tecnologías está destinada a abrir nuevos caminos no sólo pero también en el ciberespacio. Y que antes que repudiar a las máquinas para convalidar el prejuicio que separa a los tecnofílicos varones de las tecnofóbicas mujeres, el ciberfeminismo entiende que, el lazo que une a las mujeres con las máquinas, puede aportar a construir la identidad, la sexualidad, e inclusive el propio género por fuera de la prisión con la que una lógica binaria pretende limitarla. Diseñando alter egos a medida, entornos de realidad virtual para suspender una identidad y construir otra -second life- es un mundo insospechado el que se abre, también, para las consideradas a veces nativas y otras doblemente inmigrantes digitales.
[1] Donna Haraway; A Cyborg Manifesto: Science, Technology, and Socialist-Feminism in the Late Twentieth Century. En Simians, Cyborgs, and Women, Routledge, New York 1991
[2] 1. Wii Sports
41.78 millones de copias para Wii
Hasta hace apenas un mes, Pokemon Red, Blue and Green sostenía el título del más vendido desde su lanzamiento hace 10 años, ahora el juego de deportes para Wii con el que puedes jugar tenis, box, beisbol, boliche y golf le ha arrebatado el primer lugar con una diferencia de 10.4 millones de copias. Un dato importante es que Wii Sports venía incluido en la compra de la consola.
2. Pokemon Red, Blue and Green
31.38 millones de copias para Game Boy
Se lanzó el 30 de septiembre de 1998 con tres versiones diferentes: Rojo, Azul y Verde. Distribuido por Nintendo y desarrollado por Game Freak, Pokemon es un clásico RPG (juego de rol, o Rol Playing Game por sus siglas en inglés) que innovó en el modo multijugador entre consolas a través del cable link, que permitía intercambio de contenidos.
3. Super Mario Bros. 3
17.28 millones de copias para Nintendo (NES)
Uno de los clásicos de plataforma en 2D de Nintendo para Nintendo, que data de 1990, febrero 12 para ser exactos. Super Mario Bros. 3 ofrecía una nueva aventura en el Reino de los Hongos, que desde 2007 también se puede disfrutar a través de la consola virtual de Wii.
4. The Sims
16.08 millones de copias para PC
Desarrollado y distribuido por Maxis (ahora propiedad de Electronic Arts). Autores también de The Sims 2 y Spore. El 31 de enero de 2000, el popular simulador de vida virtual llegaba a las manos de todos los videojugadores de PC, que a través de él creaban su mundo ideal.
5. Nintendogs: Best Friends
14.75 millones de copias para Nintendo DS (primera generación)
El 24 de octubre de 2005 Nintendo lazó al mercado Nintendogs, en un bundle (paquete consola y cartucho) edición especial en color rosa y perla, título dirigido a un público joven que ofrecía una nueva experiencia bajo el concepto de mascotas virtuales, como los legendarios Tamagotchis, sólo que aquí se trataba de cachorritos con opción a más de 18 razas.6. Super Mario Land
14 millones de copias para Game Boy
Con este título de 1989 debutó Mario en una portátil. Super Mario Land es un juego de plataforma en 2D, que ofrecía la típica historia de “rescatemos a la Princesa”. Es todo un clásico.
7. Grand Theft Auto: Vice City Stories
13 millones de copias para PlayStation 2
Protagonizado por Tommy Vercetti, desarrollado por Rockstar North y distribuido por Rockstar Games, Vice City de octubre de 2002 superó en aquél entonces a su predecesor -que de por sí ya había sorprendido- no sólo aspectos básicos de storyline, sino de jugabilidad, gráficos y física. Se puede decir que con él dio inicio la nueva generación de la franquicia.
8. Grand Theft Auto: San Andreas
12 millones de copias para PlayStation 2
Y si Vice City había sorprendido a los videojugadores, Rockstar North lo hacía de nuevo, también en octubre, pero dos años más tarde con San Andreas, expandiendo el juego con tres ciudades para recorrer y un nuevo protagonista: Carl “CJ” Johnson. Considerado como uno de los mejores de la serie GTA.
9. Super Mario 64
11 millones de copias para Nintendo 64
Uno más de Nintendo, esta ocasión como estandarte para el 64. En septiembre de 1996 el mundo de los videojuegos recibía con euforia otro título de plataforma con interesantes innovaciones: Lakitu-cam que permitía seguir a Mario en 3D, logrando así mucha más inmersión en el vasto y colorido Mushroom Castle.
10. Gran Turismo 3: A-Spec y Grand Theft Auto III
11 millones de copias para PlayStation 2
El primero desarrollado por Polyphony Digital (creadores de la franquicia) y distribuido por Sony Computer Entertainment America el 9 de julio de 2001, A-Spec es la tercera entrega de uno de los juegos que, si bien no fue el mejor simulador de carreras, sí ofrecía a cambio una verdadera experiencia de manejo para principiantes y expertos, con alrededor de 150 autos reales, pistas y rutas inspiradas en diferentes locaciones alrededor del mundo, así como la opción de manejar autos Fórmula 1 de principios de los 80.
Una vez más octubre fue el mes para otra entrega de la franquicia de Rockstar. El 22 de 2001 los estantes estaban listos para Grand Theft Auto III; entonces uno de los juegos más violentos y de contenido clasificado M (mature, mayores de edad). DMA Designs (desarrollador) conservó lo mejor de los títulos anteriores y reinventó la serie con escenarios 3D. Fue calificado como el mejor juego de acción para PS2.
Otros títulos vendedores
Gran Turismo, 1988: 10.5 millones de copias para PlayStation
Super Mario Bros. 2 para NES, 1988: 10 millones de copias
Final Fantasy VII para PlayStation, 1997: 9.8 millones de copias
Mario Kart 64 para Nintendo 64, 1997: 8.47 millones de copias
Halo 2 para Xbox, 2004: 8 millones de copias
Donkey Kong Country para Super Nintendo, 1994: 8 millones de copias
Super Mario Kart para Super Nintendo, 1992: 8 millones de copias
GoldenEye para Nintendo 64, 1997: 8 millones de copias
Y los más vendidos de 2008 en Estados Unidos (en millones de dólares)
1. Wii Sports de Nintendo: 12,230,473
2. Wii Play de Nintendo: 5,712,966
3. Mario Kart Wii de Nintendo: 5,701,087
4. Wii Fit de Nintendo: 5,166,662
5. Super Smash Bros. Brawl de Nintendo para Wii: 4,762,958
6. Grand Theft Auto IV de Take 2 para Xbox 360: 4,237,455
7. Call of Duty 4: World at War de Activision para Xbox 360: 2,885,446
8. New Super Mario Bros. de Nintendo para DS: 2,848,289
9. Gears of War 2 de Microsoft para Xbox 360: 2,754,056
10. Grand Theft Auto IV de Take 2 para PlayStation 3: 2,282,006
11. Call of Duty 4: Modern Warfare de Activision para Xbox 360: 2,102,505
12. Pokemon Diamond / Pearl de Nintendo para DS: 2,021,738
13. Nintendogs de Nintendo para DS: 1,989,565
14. Mario Kart de Nintendo para DS: 1,948,544
15. Madden NFL 09 de Electronic Arts para Xbox 360: 1,947,107
16. Brain Age: de Nintendo para DS: 1,891,233
17. Lego Indiana Jones: The Original Adventures de LucasArts para Xbox 360: 1,839,610
18. Guitar Hero III: Legends of Rock de Activision para Wii: 1,786,005
19. More Brain Training de Nintendo para DS: 1,737,804
20. Super Mario Galaxy de Nintendo para Wii: 1,662,111

[3] Sadie Plant: Zeros and Ones. HarperCollins Publishers. 1997
[4] Faith Wilding, "Notes on the Political Condition of Cyberfeminism."[http:// mailer.fsu.edu/~sbarnes]
[5] Wajman, Judy: Tecnofeminismo. Cátedra, Ediciones. 2006
[6] Stone, Allucquére Rosanne. The War of Desire and Technology at the Close of the Mechanical Age. MIT Press. 1995.

Literatura/Fernando Sorrentino

Fernando Sorrentino

La albufera de Cubelli

Ilustración: Fernando Andriacci

Hacia el sudeste de la llanura de Buenos Aires se encuentra la albufera de Cubelli, a la que familiarmente se conoce con el nombre de “laguna del Yacaré Bailarín”. Este nombre popular es expresivo y gráfico, pero —tal como lo estableció el doctor Ludwig Boitus— no responde a la realidad.
En primer lugar, “albufera” y “laguna” son accidentes hidrográficos distintos. En segundo, si bien el yacaré —Caiman yacare (Daudin), de la familia Alligatoridae— es propio de América, ocurre que esta albufera no constituye el hábitat de ninguna especie de yacaré.
Sus aguas son salobres en extremo, y su fauna y su flora son las habituales de los seres que se desarrollan en el mar. Por este motivo, no puede considerarse anómalo el hecho de que en esta albufera se encuentre una población de aproximadamente ciento treinta cocodrilos marinos.
El “cocodrilo marino”, o sea el Crocodilus porosus (Schneider), es el más grande de todos los reptiles vivientes. Suele alcanzar una longitud de unos siete metros y pesar más de una tonelada. El doctor Boitus afirma haber visto, en las costas de Malasia, varios ejemplares que superaban los nueve metros, y, en efecto, ha tomado y aportado fotografías que pretenden probar la existencia de individuos de tal magnitud. Pero, al haber sido fotografiados en aguas marinas, y sin puntos externos de referencia relativa, no es posible determinar con precisión si estos cocodrilos tenían, en verdad, el tamaño que les atribuye el doctor Boitus. Sería absurdo, claro está, dudar de la palabra de un investigador tan serio y de tan brillante trayectoria (aunque de lenguaje algo barroco), pero el rigor científico exige validar los datos según métodos inflexibles que, en este caso puntual, no se han puesto en práctica.
Ahora bien, sucede que los cocodrilos de la albufera de Cubelli poseen exactamente todas las características taxonómicas de los que viven en las aguas cercanas a la India, a la China y a Malasia, por lo cual, con toda legitimidad, les cabría ese taxativo nombre de cocodrilos marinos o Crocodili porosi. Sin embargo, existen algunas diferencias, que el doctor Boitus ha dividido en características morfológicas y características etológicas.
Entre las primeras, la más importante (o, mejor dicho, la única) es el tamaño. Así como el cocodrilo marino de Asia alcanza los siete metros de longitud, el que tenemos en la albufera de Cubelli apenas llega, en el mejor de los casos, a dos metros, medida que se verifica desde el comienzo del hocico hasta la punta de la cola.
Con respecto a su etología, este cocodrilo es “aficionado a los movimientos musicalmente concertados”, según Boitus (o, de modo más simple, “bailarín”, como lo llaman las gentes del pueblo de Cubelli). Es harto sabido que los cocodrilos, estando en tierra, son tan inofensivos como una bandada de palomas. Sólo pueden cazar y matar si se hallan en el agua, que es su elemento vital. Para ello, atrapan las presas entre sus mandíbulas dentadas e, imprimiéndose a sí mismos un veloz movimiento de rotación, la hacen girar hasta matarla; sus dientes no tienen función masticatoria sino que están diseñados exclusivamente para aprisionar y tragar, entera, a la víctima.
Si nos trasladamos hasta las orillas de la albufera de Cubelli y ponemos a funcionar un tocadiscosreproductor de música, habiendo elegido previamente una pieza musical adecuada para el baile, en seguida veremos que —no digamos todos— casi todos los cocodrilos surgen del agua y, una vez en tierra, empiezan a bailar al compás de la melodía en cuestión.
Por tales razones anatómicas y conductuales, este saurio ha recibido el nombre de Crocodilus pusillus saltator (Boitus).
Sus gustos resultan ser amplios y eclécticos, y no parecen distinguir entre músicas estéticamente valiosas y otras de méritos escasos. Reciben con igual alegría y buena predisposición tanto composiciones sinfónicas para ballet como ritmos vulgares.
Los cocodrilos bailan en posición erecta, apoyándose sólo sobre sus patas traseras, de manera que, verticalmente, alcanzan una estatura media de un metro y setenta centímetros. Para no arrastrar la cola por el piso, la elevan en ángulo agudo, poniéndola casi paralela al lomo. Al mismo tiempo, las extremidades delanteras (que bien podríamos llamar manos) siguen el compás con diversos ademanes muy simpáticos, mientras los dientes amarillentos dibujan una enorme sonrisa de optimismo y satisfacción.
A algunas personas del pueblo no las atrae en absoluto la idea de bailar con cocodrilos, pero otras muchas no comparten este rechazo y lo cierto es que, todos los sábados al anochecer, se visten de gala y concurren a las orillas de la albufera. El club social y deportivo de Cubelli ha instalado allí todo lo necesario para que las reuniones resulten inolvidables. Asimismo, las personas pueden cenar en el restaurante que se levanta a pocos metros de la pista de baile.
Los brazos del cocodrilo poseen poca extensión y no llegan a tocar el cuerpo de su compañero. El caballero o la dama que baile, según el caso, con el cocodrilo hembra o con el cocodrilo macho que los haya elegido, apoya cada una de sus manos en uno de los hombros de su pareja. Para realizar esta operación, conviene estirar al máximo los brazos y mantener cierta distancia; como el hocico del cocodrilo es muy pronunciado, la persona deberá tener la precaución de echarse, lo más posible, hacia atrás: si bien en pocas ocasiones se han registrado episodios enojosos desagradables (como ablación de nariz, estallido de globos oculares o decapitación), no debe olvidarse que, como en su dentadura se encuentran restos de cadáveres, el aliento del cocodrilo muy rara vez resultade este reptil dista de ser atractivo.
Entre los cubellianos corre la leyenda de que, en la isleta que ocupa el centro de la albufera, residen el rey y la reina de los cocodrilos, quienes, según parece, no la han abandonado nunca. Se dice que ambos ejemplares han superado los dos siglos de vida y, tal vez por causa de la avanzada edad, tal vez por mero capricho, jamás han querido participar en los bailes que organiza el club social y deportivo.
Las reuniones no duran mucho más allá de la medianoche, pues a esa hora los cocodrilos empiezan a cansarse, y acaso quizás a aburrirse; por otra parte, sienten hambre y, como les está vedado el acceso al restaurante, desean volver a las aguas en busca de comida.
Cuando llega el momento en que ningún cocodrilo ha quedado en tierra firme, las damas y los caballeros regresan al pueblo bastante fatigados y un poco tristes, pero con la esperanza de que, quizás en el próximo baile, o tal vez en alguno menos cercano en el tiempo, el rey, o la reina, de los cocodrilos, o acaso ambos simultáneamente, abandonen por unas horas la isleta central y participen de la fiesta: de cumplirse con esta expectativa, cada caballero, aunque se cuide de manifestarlo, abriga la ilusión de que la reina de los cocodrilos lo elija como compañero de baile; lo mismo ocurre con todas las damas, que aspiran a formar pareja con el rey.



Publicado por primera vez en Cuadernos del Minotauro (director: Valentín Pérez Venzalá), año IV, n.º 6, Madrid, 2008, págs. 117-120.
La presente versión registra ligeras modificaciones con respecto a la mencionada.

Informe Poesía y Mercado - Segunda Entrega

Poesía y Mercado - Segunda Entrega

Informe sobre Poesía y Mercado: Los senderos de la voz poética
Ilustración: Carlos Gorrianera

Silvia Long-Ohni: Entre la mercadotecnia y la poesía el abismo es grande


- ¿Cómo observa Usted la relación de la poesía con el mercado editorial del libro?
Es decir cuál es la relación de la poesía con la mercadotecnia?


- La falta de vínculo entre poesía y mercado editorial es absoluta y, en especial en lo que se refiere a la producción de poetas que no se encuentran en el podio de los consagrados, aun cuando su poesía se corresponda con altos niveles de lo poético. El mercado editorial tiene hoy un objetivo claro: la ganancia económica y lejos está de sus preocupaciones el descubrir voces poéticas valiosas. Edita lo que tiene seguridad de poder introducir en el mercado, lo que el menguado lector de poesía consume. Ese lector consume lo ya consagrado, lo que lleva implícito un cierto sello de seguridad. Dentro de este circuito delimitado hay obras de calidad y otras que dejan mucho que desear. La “otra” poesía circula a través de editoriales pequeñas, editada por cuenta y cargo del autor, no participa del mercado editorial y llega a un sector muy delimitado de lectores, en general, personas vinculadas con el propio autor y con el ambiente de los poetas. Entre la mercadotecnia y la poesía el abismo es grande y, en el medio, está el posible lector/comprador completamente subyugado y desamparado, ignorante del más allá existente fuera del mercado editorial.

- ¿Y cómo observa el panorama de la creación y difusión de la poesía en la actualidad?


- En cuanto a lo que podría entenderse como voluntad de creación poética veo una inabarcable profusión. Día a día son más las personas que intentan transitar escribiendo el terreno de lo poético y que, por supuesto, editan en papel si es que les es asequible. Dentro de este circuito, la cantidad de libros editados llega a transformarse en un material inabarcable para cualquiera y el producto queda reducido a las manos de los pequeños grupos que participan de esta tarea. La difusión, por lo tanto, es reducida y estrecha: los poetas leen a los otros poetas (si es que los leen), pero no creo que resulte posible hablar de un lector de poesía no condicionado por lo que ofrece el mercado editorial.

- ¿Tiene alguna opinión formada sobre el fenómeno de Internet y su relación con la literatura?


- Internet ha venido a ser una tabla de salvataje para muchísima gente que escribe poesía en tanto el encuentro con los lectores posible es amplio y extenso. Un poeta puede llegar con sus obras a lectores de lugares remotos sin demasiado costo, como no sea su empeño, su voluntad y sus horas disponibles de trabajo frente a un teclado. Desde luego, esta apertura sin vallas permite la democrática inclusión de todos aquellos que escriben en verso y que saben manejar una computadora. Ello hace que, en semejante multitud, pueda un lector hallarse con todo lo posible, desde excelente o buena poesía hasta material de muy poca monta, pasando por sus intermedios. Es mediante Internet que el propio lector está obligado a cumplir, además, una función de crítico. Sabemos que la crítica literaria, antaño floreciente y desinteresada del mercado, que guiaba al lector hacia el encuentro con obras de calidad desconocidas o poco conocidas, hoy se ha abandonado.


- ¿Existe algún fenómeno de tipo disruptivo de la llamada generación de poetas de los 90 con el relato poético hasta ese entonces?


- Sí, se ha producido, notoriamente, un corte que podría ubicar temporalmente, de manera tentativa, en la primera mitad del siglo XX. Hasta ese momento se podían detectar, con cierta claridad, tendencias más o menos definidas. A partir de la época mencionada, más o menos, entiendo que la poesía se ha estancado, se ha encharcado, no hay corrientes literarias nuevas, sustanciales y definidas. La mayoría de lo que se produce en poesía responde, a mi ver, a un cartabón neo-neo-neo surrealista, aventado por los múltiples “talleres literarios”, una especie de poesía de corte masificado cuyo producto suele ser, si bien en ocasiones formalmente correcto, absolutamente seco y vacuo en cuanto a contenidos, aun atendiendo a la inefabilidad propia de lo poético.

- Para finalizar, ¿cuál es la función de la poesía, si es que posee alguna?

- La finalidad de la poesía es la misma poesía. Ella es, en su esencia, finalidad. El hecho de que, desde este lugar, la poesía pueda ejercer en los diferentes lectores cualquier tipo de consecuencia resulta una probabilidad que no atañe a la función poética en sí.

Long-Ohni Silvia
Argentina



Roberto Cignoni: Devolver el vacío a la palabra sobre la razón del discurso
Ilustración: Mauricio Nizzero

1) Alumbrándose en lo inconcebible, ella sólo se intercambia por la diferencia consigo misma; en el desprendimiento de lo dado hace permanente el poder de sus signos. Cuando el mercado propone sus monedas, ella revela su falta de equivalencia como un bien inconquistable.



2) Sólo se crea lo que no está donado desde siempre; apenas necesita difundirse aquello que no se alienta en el vacío de todo. Ella permite que hechos y cosas se susciten en la arbitrariedad de ser tales; iluminando misterio, los acoge en su puro e insoluble acontecer. Así, puesto que sólo hace presente, no deja que aparezcan creador ni creado; en tanto se realiza como el abandono, no encuentra dominio por el cual difundirse.

3) A estos dos aparatos los conecta diestramente el operador social.

4) Las benditas generaciones regurgitan aún los distintivos de lo nuevo y de lo antiguo. Cuando la poesía se ofrece, lo más arcaico y ausente de rastro, lo más inaudito y desapercibido de excepción, se resuelven el solo instante que ningún celo temporal se hace capaz de alinear. Lo que ya no arraiga ni transforma, lo que ya no recuerda ni despide: beso de la incomparable palabra en su amoroso ahora.

5) La no-funcional función: devolver el vacío a la palabra sobre las razones del discurso apropiador.


Roberto Cignoni Publicó 5 libros de poesía, el último en el año 2001, "CEROS DE LA LENGUA". Fue coeditor de la revista Xul, signo viejo y nuevo y colaborador de las revistas Tsé-Tsé y Tokonoma. Fundó junto a Carlos Estevez el espacio experimental de poesía "Paralengua" en 1989.



Jorge L. López Aguilar: La poesía es una vía de conocimiento tan potente como la ciencia


Ilustración. Mauricio Nizzero


- Estoy convencido de que la poesía no se vende. En todos los sentidos: no está al servicio rentado de nadie, pero tampoco hay (mucha) gente dispuesta a pagar por un libro de poesía. Alguna vez oí decir a un escritor consagrado que si los poetas nos leyéramos entre nosotros, cualquier libro de poemas vendería miles. Yo pienso que realmente es así, pero no sé porqué no ocurre. En cuanto a la mercadotecnia, quién sabe nos ha faltado alguien que encontrara la manera de impulsar el “producto”. Mi libro más reciente se llama “Cantor Secreto” en parte por cuestiones como ésta. Cantamos en secreto, y no nos importa si hay alguien oyéndonos. Nuestros libros son trescientos o cuatrocientos ejemplares, para 400 millones o más de personas que hablan castellano en el mundo. Y hay que pagar las ediciones y los envíos por correo. No hay distribuidoras que coloquen libros de poesía en los kioscos, y hasta el correo es caro. Y no creo que el Estado pueda resolver esto, porque terminaríamos en un juego de amiguismos y acomodos que no permitiría la circulación irrestricta de la poesía.


- Igual que siempre. En cuanto a la difusión, ha habido algún proyecto exitoso como el “Diario de Poesía”, pero siempre terminamos en procesos de revistas, algunas muy interesantes, que se terminan y no dejan seguidores. La creación es otra cosa: No dejaremos de trabajar nunca, y la poesía guardará siempre las màs trascendentes inquietudes humanas: el amor, la muerte, la vida. Preocupaciones por el mundo en que vivimos, o cuestiones políticas y sociales que tratamos de entender. La poesía es una vía de conocimiento tan potente como la ciencia.

- Quién sabe sea la Internet la respuesta para estas inquietudes: los blogs, la posibilidad de comunicarse sin fronteras y con velocidad. Mecanismos que hacen posible el “avisa a los demás” de Vallejo. Pero, como todo en Internet, se mezclan cosas valiosas con zonceras, todas esas “cositas” en Powerpoint que en su mayoría no sirven para nada, y la sobreabundancia de mensajes que hacen difícil clasificar todos los mensajes que uno recibe.

- No tengo la menor idea. Es posible que el modernismo, el minimalismo y esas cosas dejen su huella en la poesía que se escribe actualmente, pero no tengo tanta información como para opinar al respecto. Me dedico a la poesía como a mi principal oficio, y sin embargo no podría nombrar cuatro poetas vivos del Chaco o de Mendoza. Qué hablar de la poesía que hoy se puede estar escribiendo en Perú, o en Uruguay.

- Algo ya mencioné anteriormente, pero esta es una pregunta que amerita respuestas larguísimas, ensayos muy sesudos, o por ahí un solo gesto, que pretenda responderlo todo. La poesía, como todo el arte, es una potente manera de expresar las mayores dudas que la filosofía ha intentado aclarar, es el resguardo de nuestro idioma y nuestras ideas. Es algo que escribiríamos aunque supiésemos que nadie va a leer. Es algo que haríamos en plena luna de miel, y esperando a la madrugada en que nos van a fusilar. La poesía nos redime, nos explica, deja testimonio de los que somos y lo que no somos. El arte tiene una función que supera las épocas, las modas, y los mercados. Y la poesía es el arte por excelencia, aún con la barrera del idioma que otras artes, como la pintura, no tienen. Cuando queremos explicar algo, siempre hay una línea de algún poema que lo dice rotundamente: “el misterio de adiós que siembra un tren” o “su cadáver estaba lleno de mundo”.

Jorge L. López Aguilar
Ramos Mejía, Prov. Buenos Aires



Ronaldo Wright: Pisarle los cayos a la cultura de Mercado



Iustración: Carlos Gorrianera

Creo que la Poesía -al igual que el Psicoanálisis (entendido éste como una Poética y una Erótica)- son fieles representantes de otra voz en su relación con el mercado. Si el mercado es el representante de una cultura falsa, mentirosa y deformada; a través de la Poesía (y del Psicoanálisis también) el sujeto tiene mayores y mejores posibilidades de acceder a su verdad, a un otro modo de pensar, de sentir y de hacer. Tanto la producción poética como la psicoanalítica se caracterizan por "pisarle los cayos" a la Cultura del Mercado. Entiendo, entonces, que las ideas dominantes del mercado no son las de los poetas... como sí digo que Psicoanálisis y Poesía tienen mucho en común. Respecto del Mercado, ambas están situadas en la vereda de enfrente y, desde allí, nos dicen lo mucho que tienen por decir.


Ronaldo Wright - Psicoanalista y Poeta




Alejandro Mauriño: La creación poética está incólumne
Ilustración: Carlos Gorrianera


1. El negocio editorial nunca va de la mano con la poesía. De cada cien libros que se venden en una librería, el porcentaje de títulos líricos nunca supera el 5% (en el mejor de los casos). En los tiempos más exitosos de Jorge Luis Borges, sus títulos no superaban los 5.000 ejemplares. Los libros de prosa de Paulo Coelho (conocido plagiario, mediocre guionista devenido en escritor) tienen tiradas de 50.000 ejemplares.
Me parece que -salvo excepciones- no hay relación entre la poesía y la mercadotecnia.

2. La creación poética está incólumne. La débil difusión de la poesía, también.
Pero la calidad y trascendencia poética, en relación a los numerosos títulos editados, es muy pequeña.

3. Es curioso el fenómeno Internet. La gente lee y escribe mucho más que antes de su aparición, pero ha descendido notablemente la calidad de esa lectura y del ejercicio rituálico de escribir diariamente. Incluso ha aparecido un sub-idioma, es decir el que se aplica en el "chateo".

4. No tengo idea.

5. Llena una franja difusa de cada sujeto. Antes y ahora, lo que primero intenta escribir un adolescente es un verso. No intenta un cuento o un ensayo, sino que trata de producir un poema.
Pero la pregunta es muy ambiciosa. Podríamos llenar páginas intentando una respuesta certera.

Alejandro Mauriño
Escritor - Librero - Publicista