28 julio 2008

Una discusión con Mopy/ Por Horacio González


Horacio González, Sociólogo y Director de la Biblioteca Nacional, nos ofrece este texto como amistoso ejercicio polémico en respuesta a la nota El Peor Acuerdo publicada por Martín Caparrós en el diario Crítica de la Argentina.





Una discusión con Mopy
Por Horacio González
(para La Tecl@ Eñe)

Solo como ejercicio polémico, desde ya amistoso, quisiera ensayar algunas respuestas a Martín Caparrós. Se trata en este caso de su artículo sobre las declaraciones del ex general Luciano Benjamín Menéndez, respecto a que los represores habían triunfado sobre una guerrilla marxista, no democrática, que quería abolir las condiciones de vida social que se sobreentendían como apropiadas para el país. “Es cierto”, nos dice Caparrós, no podemos ahora fraguarnos retrospectivamente democráticos. Se puede “coincidir”, pues, con ese “hijo de puta”. “No peleábamos por la democracia”, sostiene Mopy, y conjetura que no es injusto decir –declarado también por Menéndez- que “los guerrilleros del 70 están en el poder”. Solo que hay que matizar: son personas que estuvieron “alrededor de la guerrilla”, y –remata Martín- “cambiaron, como todo cambió, tanto en los últimos treinta años que ya no tienen nada que ver con todo aquello, salvo usarlo como figura retórica”.
Se trata de una ardua discusión. Caparrós pone el dedo en la llaga, pero no me convence el modo en que resuelve el dilema. En primer lugar, no veo porque decirse “de acuerdo con el hijo de puta”. El hecho de coincidir con una frase de Menéndez pero para interpretarla al revés – Caparrós lo hace para fijar y saludar un momento único que atesora el pasado en relación a esos jóvenes idealistas- no parece adecuado, salvo como golpe de efecto, que solo se salva de inmediato diciéndole, obviamente, hijo de puta. Entiendo el recurso efectista, pero pienso que había muchas posiciones en la época en relación a la cuestión democrática, lo que hace difícil decir que las declaraciones del ex general sean aceptables, siquiera como mera descripción de un tema. No voy a abundar en eso, pero el movimiento por el regreso de Perón –con el papel específico que en él jugaron las organizaciones insurgentes de todo tipo, y que culminaron en las fuertes formaciones guerrilleras producto de varias fusiones políticas-, puede considerarse de contornos democráticos. Aún en los grupos guerrilleros mismos, en los que, concuerdo con Caparrós, existían mayoritariamente análisis que desdeñaban la articulación de socialismo y democracia, de todas maneras flotaba, en tono un tanto espectral, la reflexión clásica del marxismo en torno a la “etapa burguesa”, más perceptible en montoneros –todo lo débilmente que se quiera-, pero también en los grupos armados que provenían del marxismo más singularizado, en éstos con más peso teórico aún.
De modo que hay muchos matices a comprobar respecto a la afirmación de que no existía una preocupación democrática en los grupos activistas de la época, quizás más implícita que explícitamente. Por otro lado, hay un derecho a la interpretación “retrospectiva”. Las personas cambian, como afirma muy bien Caparrós. La cuestión es que esos cambios puedan ser parte de la construcción de memorias personales y colectivas que tengan en sí mismas el recurso a una hipótesis mayor en término de biografías: los cambios deben ser modos de autoreflexión, prudencia y desdicha. Sé que esta afirmación puede aparecer como carente de enjundia histórica, pero estas tres prevenciones que señalo en el caso de los cambios personales deben formar parte de las éticas personales que acompañan lo que todo militante político debe saber: se empeñan acciones en mundos políticos y culturales que pueden desvanecerse sin que desaparezcan los compromisos subjetivos y objetivos en los que nos movemos. Siendo así, podemos decir que nuestra permanencia en ideas muy firmes más allá de las épocas es coherencia y no obsecación. El tema ya está muy bien planteado en Maquiavelo -¿hay que cambiar cuando cambian las circunstancias?- y por supuesto en Sartre, sobretodo en Las manos sucias. Hago algo que posee justificaciones de época. Éstas desaparecen y lo que hice ya queda expuesto al mundo como un hecho desnudo de razón. Bueno: todos estos son planos de la cuestión que me parece que Martín no analiza adecuadamente.
Pienso entonces que se puede cambiar e incluso que hay que cambiar, dependiendo de hacer con un arte de la mudanza biográfica cuyas reglas no están escritas. No hay voluntad monolítica sino escisiones permanentes de la voluntad. Esa es la historia. Por eso, el secreto de cómo mirar el pasado en donde nosotros estuvimos –Mopy dice “yo allí estaba” y yo digo también que estaba, asimismo, aunque de manera igual y diversa a la de él- es que en primer lugar nuestra fatalidad es que no hay otra posibilidad que ser “otro” cuando miramos después. Es cierto que hay que saber ser otros. Empleo esta palabreja otro, porque ya cité a Sartre, pero no quiero hacerme el vivo con artificios del lenguaje. La política es lo que nos convierte en otros, no hay vuelta que darle, y digo esto no sin preocupación. Diluirnos en la época y en cada situación, es torpeza oportunista. No pensar en cómo nos vamos desmenuzando en el tiempo y en los límites de nuestras palabras, es un error autobiográfico.




Pero lo que Caparrós quiere discutir en verdad es otra cosa: es al “kirchnerismo”, denominación difícil de sustentar, porque “no me incluyo aunque te incluyen”. Mopy cree que hay un kirchnerismo como vástago de una vasta falsificación. Una “figura retórica”, dice en el artículo que estoy comentando, publicado en el diario Crítica de la Argentina. Esas personas hablarían de los 70 solo para justificar sus deficiencias actuales, revestidas de derechos humanos solo para aprovechar –impostoras que son- el mundo político que se abre luego de la victoria militar y las visicitudes complejas que de ellas devinieron. Los juzgan y los condenan, a los militares, pero no hacen cosas muy distintas en materia económica o en el resto de las cuestiones. Estamos en el país sojero e injusto que siempre conocimos.
Pues bien, no concuerdo con estas apreciaciones, que sería largo discutir. Solo me detengo en el punto en que se desea atesorar la experiencia de los 70 como un diamante refulgente, en pureza irredimible, pero incorporada hoy como cartilla política de buen tono, oratorio para las juras de funcionarios progres, pero para completar acciones esencialmente falsas. Caparrós, mi amigo, escribió una novela sobre el tema, A quién corresponda, que leí con mucho interés y tristeza. Es una reflexión muy sensible sobre el tema de la degradación, la pérdida de autenticidad, la traición a un sentido primigenio de las cosas. Digo nuevamente: no concuerdo con el modo en que se juzga el pasado y el presente desde este andamiaje moral, surgido de una aflicción existencial. Concuerdo con que el tema es abrumador y su trato es necesario. En cambio, no es necesario proponer las ventajas de ningún gobierno, ni éste ni otro, para imaginar que hay muchas maneras de hablar del pasado. No veo porque usar el recurso estrepitoso de elogiar a la inversa al asesino, provocación para nuestras bellas almas, –desea que se pudra en la cárcel pero para decir que sus dichos refieren con paradojal exactitud el impulso revolucionario, “no democrático” de una generación-, no lo veo, sinceramente, porque ahí el tema es otro, y Caparrós también lo alude. Es otro caso paradojal: quienes los juzgan, a estos asesinos, modestos jueces de una maltrecha democracia, representan en la letra de la ley el más grande aprendizaje colectivo en materia de cómo una época juzga a otra. Es una circunstancia excepcional poder juzgarlos así, y a la vez, percibir que muchas consecuencias de ese comportamiento militar están vivas entre nosotros, de manera oscura o sigilosa. Ni hay que repetir la historia –eso en verdad no es posible- ni hay que revestirse de “retóricas” para desvirtuarlas en nombre de otra cosa. Pero no veo que ocurra eso, sino más bien el intento de juzgar como hacen los jueces, pero sin los incisos o reglamentos de una figura legal en el caso de los que vamos y venimos en torno de acontecimientos ya lejanos pero tan conmovedores. Que las figuras legales y las retóricas existan y la comunidad las sostenga. Pero en lo más profundo, juzgar el pasado siendo otros no nos hace inauténticos ni obliga a nadie salir a pelear contra las imposturas, salvo que quiera escribir las buenas novelas que escribe Mopy. Es lo que siempre ocurre, y mejor ocurre cuando actuamos sin piedad hacia nosotros mismos sino con pudor. Menéndez no describe bien la época. Nosotros tenemos el derecho, aún hoy, de describirla mejor. Y al tratar de hacerlo, también debemos evitar coincidir en la misma descripción. Esta es mi discusión con Martín Caparrós, viejo amigo, que con razón, desde hace mucho tiempo llama novela, entro otras cosas, a la crónica de las almas que velan los muertos.

Julio 2008


El Peor Acuerdo/Martin Caparrós
http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=7983

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