31 octubre 2012

Memoria y Sociedad/Memorias en Conflicto VIDELA: Una relación dialéctica con el olvido/Por Martín Kohan


 
Memorias en Conflicto
VIDELA: Una relación dialéctica con el olvido


Videla habló. Y  al hablar tornó evidente lo que, en el fondo, ya sabíamos: que no se libra una lucha de memoria contra olvido, sino una lucha entre diversas memorias en conflicto; que cada una de esas memorias entabla su propia relación dialéctica con el olvido, la nuestra y también la suya, aunque tenemos derecho a suponer que la suya lo hace con mayor intensidad y malicia que la nuestra, y con menos dialéctica que la nuestra también, para chocar luego a su vez con las memorias antagónicas en disputa.
               

Por Martín Kohan*
(para La Tecl@ Eñe)



Pero ahora Videla habló. Mientras se mantuvo callado, y se mantuvo callado por largo tiempo, fue más sencillo disponer la distribución más habitual, más previsible y más cómoda: de este lado, el nuestro, la memoria y el testimonio; del otro lado, el suyo, el olvido y el silencio. Pero ahora Videla habló. Y  al hablar tornó evidente lo que, en el fondo, ya sabíamos: que no se libra una lucha de memoria contra olvido, sino una lucha entre diversas memorias en conflicto; que cada una de esas memorias entabla su propia relación dialéctica con el olvido, la nuestra y también la suya, aunque tenemos derecho a suponer que la suya lo hace con mayor intensidad y malicia que la nuestra, y con menos dialéctica que la nuestra también, para chocar luego a su vez con las memorias antagónicas en disputa. Videla habló, Videla se dispuso a entregar, después de tanto mantenerse callado, su propio relato de la historia. Que ese relato consista ante todo en un relato de guerra no es un dato menor. En la celda donde paga sus condenas, el ex general Videla accedió a conversar con periodistas que tomaron nota de sus declaraciones; la más extensa de esas entrevistas es la que Ceferino Reato retomó e incorporó en el libro Disposición final. Dado que lo que cuenta Videla es guerra, ¿qué clase de guerra cuenta? Queda claro que no se nos pasa por alto que en esa elección de género hay ante todo una coartada; lo sabemos, por lo pronto, desde que el ex almirante Massera, respecto de quien Videla no deja pese a todo de marcar sus diferencias, declaró ante el tribunal en los juicios a las juntas de 1985: “Nadie tiene que defenderse por haber ganado una guerra justa”. Pero también sabemos que ese propósito ideal de cambiar el mundo, que hasta hoy reivindicamos, asumió la decisiva forma de la lucha armada en una cierta proporción; como por otra parte no nos plegamos a la teoría de los idiotas útiles ni a la de los mesiánicos de una violencia demente, les otorgamos a esas organizaciones armadas un poder de acción y un poder de fuego suficientes como para considerar que ese propósito genérico de cambiar la sociedad pudo haberse conseguido en lo concreto: no fue posible, pero no era imposible. Si a esas organizaciones colectivas dispuestas para la lucha armada el Estado les opone, como era de esperar por otra parte, su propio aparato de violencia armada, ¿qué otra cosa, sino una guerra, es posible designar en ese choque?
                No importa lo especulativas ni tampoco lo despreciables que puedan ser las razones que llevaron al ex general Videla a salir de su casi completo mutismo y a tomar por fin la palabra; no importa si en última instancia lo hizo, como él mismo lo reconoció, porque el resultado de las elecciones nacionales de octubre de 2011, y en ellas la derrota de Eduardo Duhalde, lo dejaron sin la esperanza de recibir un nuevo indulto presidencial. Lo cierto es que ahora habló, y al hablar contó una guerra. Tampoco importa ya, en este sentido al menos, las razones por las que antes callaba, diciendo poco o diciendo nada, más allá de los requerimientos judiciales, manteniendo un prolongado silencio en apariencia impasible que, como suele pasar con los silencios de apariencia impasible, despertó no pocas veces la inquietud de un impulso hermenéutico: ¿callaba por puro cinismo, callaba por presunto estoicismo, callaba por mera especulación, callaba por afán de encubrimiento? Es decir, ¿callaba para tratar de favorecer su apretada situación judicial? ¿Callaba por inspiración sacrificial, porque es el modo en que padecen los estoicos? ¿Callaba para no brindar información alguna, como de hecho tampoco la brindó ahora, sobre el destino de los desaparecidos ni sobre la situación de los niños apropiados, es decir sobre las investigaciones todavía en curso? ¿O callaba para reprochar, a los muchos que lo apoyaron, que le dieran la espalda más tarde, cuando viró el sentido de los vientos de la historia?
                El libro Disposición final fue lanzado por Editorial Sudamericana con una tirada inicial de 26.000 ejemplares, el décuplo de una tirada promedio, lo que expresa las expectativas que podía despertar el hecho de que Jorge Videla hablara. La repercusión que el libro tuvo justificó tales expectativas; más allá de las novedades que pudiesen allí revelarse (poco y nada, a decir verdad), se advertía un cambio crucial en el paso a la primera persona, esto es, que todo aquello que hasta ahora había sido dicho o denunciado, ahora fuera en cambio asumido. La novedad del cambio en el lugar de enunciación se impuso a la novedad o la falta de novedad del contenido del enunciado. Eso indujo al entrevistador Reato a insertar la palabra “confesión” en el subtítulo de Disposición final. No obstante, la tesitura de Videla (“No estoy arrepentido de nada” (34)) declina la opción confesional, y se ofrece más bien como un alegato, si es que no, más decididamente aun, como una reivindicación. El que confiesa asume una culpa, y a la vez la validez de la acusación que se le dirige; Videla elige reivindicar su accionar como comandante en jefe en guerra, en la convicción de que, vencedor vencido, victorioso pero preso, necesita despejar y ajustar el tramado narrativo de ese capítulo de la historia argentina que le tocó protagonizar, y que es también, como tantos, como casi todos, capítulo de un relato de guerra.
                Videla dice que no se arrepiente de nada y ese aserto, en lo sustancial, es verdadero; pero en el desarrollo de las sucesivas entrevistas (Disposición final se nutre de varios encuentros de Reato con Videla) es posible detectar algunas consideraciones que implican, si no un arrepentimiento en el sentido cabal de la expresión, sí por lo menos una actitud de retractación o de autocrítica. Videla afirma, por caso, que no deberían haber dado el golpe el 24 de marzo, que tendría que haber dejado el poder en 1978, que cometieron un error al no haber sido precisos en la información que suministraban sobre la situación de los desaparecidos; del robo de bebés no se hace cargo, porque asegura no haber dictado al respecto otra orden que su restitución a las familias o su derivación a un juzgado de menores, pero tampoco defiende lo ocurrido, como otras veces se hizo, alegando que era preciso apartar a esos niños de unas familias que ya habían producido subversivos, para que no los convirtieran, también a ellos, en subversivos.
                Queda claro que estas concesiones son tramposas y bien calculadas: la causa por sustracción de bebés es la que estaba más inmediatamente en curso al producirse estas entrevistas y por las que, meses después, Videla resultaría condenado; su versión del golpe del 24 de marzo lo coloca en el lugar de quien se vio casi forzado a darlo, habiendo hecho todo lo posible para no tener que llegar a eso, envuelto casi a su pesar en un enredo de inepcias (Isabel), vacilaciones (Luder), prescindencias (Balbín), etc.; lo que revisa a propósito de la desaparición forzada de personas (no la manera de actuar, sino la manera de comunicar) sería exclusivamente cínico, y no también siniestro hasta la patología, sino fuera porque Videla parece estar convencido, del todo y para siempre, de haber procedido bien (bien incluso, y sobre todo, en un sentido moral). Pero todas estas salvedades y autorreproches no hacen sino despejar un espacio narrativo de forma tal que la memoria que Videla entregue sea, en lo principal, nada más que una memoria de guerra.
                A esa memoria (como a toda memoria) se la podría interrogar acerca de sus funcionales olvidos; también se la podrá confrontar con una memoria que no esa de guerra, o bien con una memoria que sí es de guerra pero es otra memoria, es decir otra memoria de esa misma guerra. Porque hay un punto en que la elección de la impronta bélica, que a mi criterio es posible considerar al mismo tiempo como calculada y como sincera, como conveniencia oportuna y a la vez como franqueza, reparte de modos distintos los respectivos posicionamientos. Por supuesto que su efecto inmediato es el corte ríspido de amigos y de enemigos, los que pelearon de un lado y los que pelearon del otro. Pero en las cosas que va diciendo Videla también aparece una distribución diferente: de un lado, los que sí combatieron; del otro, los que en cambio no. En la elección narrativa de la guerra (que no puede sino ser, por eso mismo, explicativa), se marca que ese entendimiento constaba por igual en el otro bando: la guerra era guerra también para el ERP y para los Montoneros. El combate los opone de la forma más visceral posible, pero la común condición de combatientes al mismo tiempo los vincula. En un plano más devaluado Videla sitúa a Alfonsín, que es apenas un “aliado” (125) de los que pelearon y perdieron, y que monta los juicios de 1985 a manera de venganza personal por la derrota sufrida. Pero hay un plano aun más bajo y más despreciable, que es el que Jorge Videla reserva para el matrimonio Kirchner: también ellos arremeten por revancha, pero eso sí: sin siquiera haber peleado (“El matrimonio Kirchner (...) viene a cobrarse lo que no pudieron cobrarse en esa década, y lo hacen con un espíritu de absoluta revancha, con el complejo y el agravante de quien, pudiendo haberlo hecho, no lo hizo en su momento. Estos señores eran burócratas que repartían panfletos y no mataron ni una mosca entonces” (125)). La guerra sirve de validación no sólo para lo actuado, sino también para los actores. El prestigio que eso irradia alcanza a los adversarios de combate, pero postra a los adversarios sin combate al lugar del resentimiento indigno.
                Por todo eso Videla habla de guerra, además de hacerlo, claro está, para justificar ciertos hechos cometidos. La premisa de que el “estado de excepción” emana de la propia ley, aunque la suspenda, premisa que diversos teóricos vienen elaborando de manera sostenida, funciona en el relato que ofrece el ex general Videla con una exactitud estremecedora. Ante todo, la guerra es legal; la ley la impulsa y también la regula. Videla es el primer interesado en subrayar, y de hecho lo hace muy a menudo, que el accionar de las Fuerzas Armadas en el combate contra la subversión contó con la validación legal del decreto que a esos efectos firmó Ítalo Luder. Y aun más, especifica Videla: ahí donde el aval de las instituciones proponía la palabra exterminio (“exterminio” era del gusto de Luder, porque era el término utilizado por Perón para responder a un ataque guerrillero al regimiento de Azul), el propio Videla argumentó, más sereno y más moral, que en lugar de “exterminio” había que poner “aniquilación”, porque este término, a diferencia del primero, sí consta en el Código de Honor militar, y por ende permitiría regular mejor la rectitud moral de las conductas.
                La guerra en cuestión queda insertada así, y a instancias de Videla en buena parte, tanto en los códigos como en la ley. Pero la ley no va sino a producir su régimen de excepción. Y Videla no deja de tomar nota al respecto. La guerra emana de la ley, adquiere un sustento moral, se ve sujeta a reglas; pero a la vez, y por ser guerra, implica un estado de excepción para la ley, para la moral, para las reglas: “El reglamento militar dice que nadie está obligado a cumplir una orden inmoral (…). El problema es qué orden es inmoral en una situación de guerra. En una guerra se trata muchas veces de matar y eso no es inmoral. Usted dirá: pero hay formas y formas de matar. No sé si es tan así” (36), se explaya Videla, especificando que esta guerra interna era “muy particular, porque se daba sin una declaración formal de guerra” (147), y asumiendo que “la guerra es siempre algo horrible, sucio” (32), que “los medios para ganar la guerra fueron tremendos” (14), que “nadie puede haber escapado a lo que había que hacer en aquella guerra. ¡Para qué vamos a entrar en detalles sobre lo que había que hacer!” (127). Cuando Videla desaprueba la designación de esa guerra como guerra sucia (a menos que se acepte que toda guerra es horrible y sucia), lo hace contraponiendo otra clase de adjetivación: “guerra defensiva”, “guerra justa” (32). Decir guerra defensiva supone decir que a ellos esa guerra se les impone. Pero esa guerra que se les impone luego se impone, ella misma, en tanto que guerra; es decir que impone lo sucio, lo horrible, los medios tremendos. Y lo justo de esa guerra justa es lo que los ampara de esa indigna imposición, o sea de todo eso que “había que hacer”. Sólo que luego hay que hacerlo, de todas formas. La guerra por lo tanto es lo que se hace, pero también es lo que hace hacer. Su imposición es doble en ese sentido. Y Videla va a situarse como objeto de esa imposición, para poder derivar de eso el lugar de sujeto de decisión que no sólo va a admitir, sino también a reivindicar. Ese mismo lugar, sin dejar de ser poderosamente afirmativo, es el que lo habilita a matizar un “no sé si es tan así”, o a sugerir la inconveniencia de “entrar en detalles”.
                La guerra es el objeto primordial de la narración de Jorge Videla, pero también, y sobre todo, es lo que le sirve de encuadre para esa narración. Aquello que Videla incluye en su relato es lo que puede insertar en una sintaxis bélica, y esto vale aun para la tortura o para la desaparición forzada de personas. Aquello que hace a un lado, como el plan de sustracción de menores por lo pronto, se excluye por no caber en esa sintaxis de guerra. La tortura sí: “La urgencia de los interrogatorios se debía a la necesidad de evitar que los compañeros del detenido se alertaran y se dispersaran” (75). La desaparición de personas también: “era el precio a pagar para ganar la guerra y necesitábamos que no fuera evidente para que la sociedad no se diera cuenta” (57). Pero el secuestro de bebés no: “Nunca hubo la orden de sustraer menores; por otra parte no tenía razón de ser dicho plan, en el marco de la guerra contra el terrorismo, cuyo aniquilamiento se buscaba” (46).
                A Videla ya no le hace falta dar un sentido a esta guerra, más bien convierte a la guerra en un instrumento para dar sentido. Tanto que, cuando se reprocha “el uso abusivo que hicimos del término desaparecidos”, lo que en rigor se reprocha es no haberlo insertado más decididamente en el marco de un relato de guerra: “Pero tendríamos que haber dejado en claro rápidamente lo que sucede en toda guerra; que hay muertos, heridos y desaparecidos” (205). Al decir, como dice, “en toda guerra”, Videla se remite a las generales de la ley: en toda guerra desaparece gente. Pero al particularizar que esta guerra fue “distinta, irregular” (74), le abre a las generales de la ley la excepción a la ley, y por esa vía la desaparición de personas se vuelve a validar: es la modalidad que se impone en una guerra contra combatientes irregulares, en las que las tareas de inteligencia priman y en las que la necesidad del secreto es mayúscula. Al enemigo que no se da a ver, se lo debe eliminar sin darlo a ver. Cuando Videla en el presente habla de “aceptar como realidad irreversible la penosa figura del desaparecido” (35), alude a que, en el pasado, él mismo tuvo que aceptarla. Como si se tratara, al igual que la propia guerra, de algo que él mismo resuelve pero que a la vez en cierto modo se le impone. Y es la guerra la que se lo impone.
                Más allá de los argumentos que Videla va esgrimiendo para dar una justificación a lo actuado (el acto de servicio para salvar las instituciones, el cumplimiento de un deber patriótico, etc., etc., etc.), sujetas a la refutación lisa y llana no menos que cualquier falacia, aparece en su exposición una articulación narrativa más compleja, más sinuosa, menos lisa, más intrincada. Una parte de su relato se resuelve mediante una combinación escabrosa de gerundios e impersonales. Y es la parte más terrible, por cierto. Porque Videla en lo más general asume “la responsabilidad del comandante en jefe del Ejército, tomada en la más absoluta soledad del mando” (35). Pero también, y no en menor medida, va dejando su relato librado al poder de cierta inercia basada por completo en implícitos. Reconoce haber dado órdenes y reconoce haber dispuesto un plan. Pero también, en otras partes, se apoya en sobreentendidos y en resoluciones sobre la marcha. Entonces Videla dice por ejemplo así: “La solución fue apareciendo de una manera espontánea, con los casos de los desaparecidos que se fueron dando” (52). O así: “No hubo una reunión de Junta `para decidir esto; cada Fuerza lo fue decidiendo a medida que se iban produciendo los hechos” (56). O así: “para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera” (57).
                “Se fueron dando”, dice Videla: los gerundios y los impersonales se adueñan de su narración (“fue apareciendo”, “se iban produciendo”, “se llegó a la decisión”). “Sobre la marcha”, dice Videla: otra clase de relación entre el tiempo y las decisiones domina la dirección de su relato (la de la “manera espontánea”).¿De qué forma se concilia, en esta singular historia de guerra, los giros de la responsabilidad asumida (y reivindicada) con la turbia vaguedad de los que se fue dando? Videla dice esto: “Frente a estas situaciones, había dos caminos para mí: sancionar a los responsables o alentar estas situaciones  de manera tácita como una orden superior no escrita que creara la certeza en los mandos inferiores de que nadie sufriría ningún reproche. No había, no podía haber, una Orden de Operaciones que lo dijera. Hubo una autorización tácita. Yo me hago cargo de todos esos hechos” (56).
                Videla entonces rompe ahora el silencio, pero al hacerlo lo que señala es la significación histórica de su silencio. Porque, de acuerdo con su narración, las determinaciones cruciales las tomó callando: “A mí los comandantes o jefes de zona no me pedían permiso para proceder: yo consentía por omisión” (63). Videla dirige esta guerra, pero no diciendo, sino callando. General del consentimiento y la omisión, se erige en el dominio de lo tácito; funciona como una especie de esfinge pero militar, que no expide profecías o sentidos a discernir, sino órdenes a ejecutar. La guerra en gerundio y en impersonal, la del “se fue dando”, la guerra del “sobre la marcha” y la “manera espontánea”, encuentra así su núcleo narrativo crucial y terrible como guerra de lo implícito, la guerra del que calla y otorga, la guerra del consentimiento tácito. Videla se ha mantenido aparte de la sórdida realidad de las ejecuciones, para situarse tanto mejor en la colocación del que dicta las instrucciones. Pero aun esta función la describe desde la figura del conductor impasible, que da a ver y deja entender, en un arte perverso de la omisión y el sobreentendido. Comandante de lo implícito, decide porque no dice nada. Y esta guerra que, por ser “distinta, irregular”, derivó en la disposición “distinta, irregular” de hacer desaparecer a los detenidos, es remitida por el ex general Videla a la escena “distinta, irregular”, y aun más: inconcebible y pasmosa, del comandante en jefe que se hace responsable por medio del asentimiento tácito.
                Es interesante notar que esta técnica de mando que se asigna Jorge Videla aparece igualmente en otras circunstancias referidas por él en las entrevistas que ha dado. Así explica, por ejemplo, la tesitura que adoptó en ocasión del conflicto del Beagle con Chile en 1978, en la perspectiva de una guerra que de existir no habría sido tan distinta ni tan irregular: “Dejé en claro cuál era mi opinión: una respuesta favorable al ofrecimiento del Papa; y di a entender que si decidían otra cosa, yo no seguía. No lo dije directamente, pero les quedó claro” (231). Es notorio que Videla se coloca en un mismo lugar, el lugar del que da a entender pero no dice, del que deja en claro pero no con expresiones directas. Respecto del alzamiento del brigadier Orlando Capellini en diciembre de 1975, dice que “nosotros lo apoyamos por la pasiva, demorando la represión” (187).
                Claro que Videla, al contar su conducción de guerra en clave de omisiones elocuentes y dando por supuesta siempre la evidencia de lo tácito, va a sentirse habilitado también para ocupar el lugar del hermeneuta de lo implícito. Él ofrece su silencio a los demás para que los demás interpreten lo que ese silencio implica. Pero también se ubica en ocasiones en el lugar del que va a interpretar lo que significan las omisiones ajenas. Es decir que Videla va a considerar también que recibe asentimientos cuando los otros no le dicen nada. La guerra de sobreentendidos lo va a encontrar sobreentendiendo a él también. ¿Qué otra cosa está queriendo decir cuando afirma que “a Balza no se le escuchó nunca una queja” (127)? ¿Y qué otra cosa cuando sostiene que “los políticos no demostraban mayor prisa por recuperar el poder” (205)? ¿Y qué otra cosa cuando especifica que “nadie estuvo en contra de eso en el Ejército ni en las Fuerzas Armadas” (62)?
                La misma presunción de consentimiento tácito que reclama para sí cuando, en su balance de situación a mediados de 1978, considera convencido: “El país había dejado atrás la anarquía y estaba en paz, en conformidad; sin aplausos, pero también sin quejas” (204). Esa fórmula, sin aplausos pero también sin quejas, en un relato de guerra que cede al consentimiento tácito la función primordial de la toma de decisiones, adquiere el carácter de un aval generalizado que se puede dar por cierto. Este aserto no es olvido: es memoria de Videla. ¿Qué olvido se le puede achacar, en su proceso de constitución de memoria? ¿Qué memoria se le puede contraponer, para demostrar que su memoria es falsa?
                El cristiano que es Videla admite: “tengo sí un peso en el alma” (34). En eso sí puede decirse que brota una confesión: “Confieso que tengo una molestia en el alma, que es cómo hacer para darle una solución a este problema” (32). No obstante Videla dice que duerme tranquilo. Y duerme tranquilo porque descuenta que tendrá el perdón de Dios, si es que no su aprobación, ya que salvó a la sociedad cristiana del acecho de una revolución atea. No le consta esa validación, no es nada que Dios haya manifestado de manera expresa o directa. Es algo que él cree discernir cuando escruta su inconmensurable silencio.


*Escritor y Ensayista



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