El presente es un extenso
ensayo de Ricardo Forster sobre Nicolás Casullo, que la Tecl@ Eñe publica en
forma exclusiva. Agradecemos la generosidad de Forster por permitirnos dar a
conocer este fundamental trabajo que aborda la escritura y el trabajo
ensayístico de uno de los grandes intelectuales argentinos contemporáneos.
Por Ricardo Forster
(para La Tecl@ Eñe)
Fotos: Archivo personal de Conrado Yasenza
“La historia siempre asemeja
esconder, por debajo de sus razones y órdenes secuenciales, lo que sería su
auténtico rostro, el de su imposibilidad, el de la locura. El asombro,
finalmente, es que la historia pueda darse, pactarse, reproducirse, en lugar
del puro caos, más natural y espontáneamente humano. En este sentido, la
historia es siempre una costosa e inaudita sobriedad atada con alambres en
relación con la naturaleza y los intereses de los hombres: un milagro
sostenido.” Nicolás Casullo (Entre épocas)
“Nada puede quedar de una
historia si no la inventamos en cada escritura, si no la forzamos a ser por
primera vez (…) Los datos objetivos pocas veces dicen algo que valga la pena,
hasta tanto no se inventa la narración que los dispone en escena.” Nicolás Casullo (París del 68)
“La historia de las ideas no
es una historia, son piolines invisibles, babas del diablo, palabras antiguas
que mortifican, diría Karl Kraus, palabras que entretejen fábulas como si las
cosas hubiesen sido así. Pero la historia nunca es nada hasta que el narrador
la cuenta, la arma siempre ‘por primera vez’: esto es algo digno de ser
contado.” Nicolás Casullo
(París del 68)
1. La escritura de Nicolás Casullo logra algo difícil de alcanzar. Con
equilibrio de malabarista es capaz de balancearse entre una reflexión de la
catástrofe y una meditación sobre la espera en la historia que no elude la
clave teológica; con la misma sutileza logra internarse en el alma desgarrada
de un borrachín del Abasto que le permite desentrañar su visión del peronismo y
adentrarse en la poética del romanticismo alemán siguiendo las huellas dejadas
por el Hiperión de Hölderlin. Su
escritura que se desliza por un estilo absolutamente personal se trate de una
novela como El frutero de los ojos
radiantes –vertiginosa, aluvional, barroca, alucinada, espléndida en sus
descripciones de una ciudad fantasmagórica y más potente todavía en su
literaturalización de las ideas y de los mitos- o de una cumbre del ensayo
crítico como lo es Las cuestiones,
siempre va en busca de lo no dicho, de lo escondido en el corazón de una vida o
en el interior enigmático de una época que muestra sus ruinas para quien sabe
interpretarla. Su pluma laberíntica se desplaza, sin ánimo de encontrar la
solución mágica que logre sacar al lector de la incertidumbre que emerge,
poderosa y convulsionante, de un presente que parece devorar, a un mismo
tiempo, su pasado y su futuro, por la geografía accidentada de una época del
mundo más dispuesta a las estéticas crepusculares que a las exaltaciones
nacidas de ilusiones impertérritas ante las brutales violencias, materiales y
discursivas, a las que esa misma historia demasiado sobrecargada de tragedias,
errores, derrotas y quimeras no ha dejado de lanzar, como escribiera Walter
Benjamin en otra encrucijada dramática, al frágil cuerpo humano a la
inclemencia de fuerzas que no parecen hacer otra cosa que recordarle su
infinita pequeñez.
Y, sin embargo, no es, la escritura de Casullo, de aquellas que se quedan
cristalizadas en la abrumadora certeza de un fin de ciclo, en la consumación,
como si fuera una letanía, de un lamento que arrastra antiguas y recientes
frustraciones y que apenas si se prepara para entonar los cantos fúnebres ante
la inclemencia de una realidad que se ríe de las devastadas ilusiones de un
tiempo ido. En su nostalgia hay cuestionamiento y desagregación, agudeza y
crítica que construyen el itinerario rememorativo sin edulcorar el punto de partida y menos, aún, el de
llegada. Casullo sabe recoger, con prestancia de artesano que guarda saberes
amenazados y antiguos, los restos, que son huellas que hay que aprender a
descifrar, de legados, herencias, tradiciones, experiencias, escrituras y
resistencias que nos recuerden, le recuerdan, que nada de lo acontecido en la
historia permanece a salvo cuando sopla el viento huracanado de los vencedores
pero, del mismo modo, que nada de lo que ha dejado marca en lo más recóndito de
la memoria se despide de esa misma historia sin ejercer su derecho a la
ruptura, a la novedad, a la disconformidad y a la espera de una redención que,
no por postergada, sigue siendo una “débil fuerza mesiánica”, de esa que ha
alimentado los sueños, las utopías, las leyendas, las acciones alocadas, los
giros inesperados y la infinita tozudez de los incontables, de esas
muchedumbres que pasaron por la historia bajo la estampa de los primeros
forjadores griegos de la democracia, de la plebe romana y de sus tribunos
populares, de las masas milenaristas de la Edad Media, del pueblo
revolucionario de las barricadas parisinas, del gauchaje mestizo y bárbaro de
las montoneras federales, de los obreros y campesinos del Octubre ruso, de los
trabajadores argentinos que se llegaron a una plaza en otro Octubre, de las
multitudes de ésta y de otras épocas que, como diría Castoriadis, con sus
inagotables rebeldías impidieron que todo fuese aún peor y, al decir soñador de
Ernst Bloch, proyectaron el todavía no de
la utopía. En Nicolás, con sus desencantos y sus contramarchas, permaneció,
siempre, una fidelidad última a esas muchedumbres tantas veces derrotadas y
tantas otras resucitadas del olvido. Quizás la persistencia, en él, del sermón
de la montaña y de algunas páginas de Marx junto con ciertas historias contadas
en las noches de Almagro, le impidieron acomodarse a la captura que un sistema
infinitamente astuto hizo de tantos y tantos intelectuales que, bien arropados
en el reconocimiento académico o en el éxito profesional, prefirieron arrojar a
las multitudes al páramo de lo imposible, de lo irracional y de lo radicalmente
ajeno[1].
En el momento de mayor descarga antiutópica, en ese giro desencantado de la
modernidad hacia la exaltación posmoderna del aquí y ahora y de un realismo a
prueba de balas que infectó como una peste la vida intelectual y a la academia,
cuando la misma palabra utopía cayó
en el más absoluto de los descréditos, Nicolás se dedicó a estudiar
concienzudamente el largo historial de las tradiciones utópicas y, recuerdo, le
dedicó una parte significativa de su biblioteca, un largo estante, a acomodar
los libros sobre esas “vanas ilusiones” que persiguieron los sueños de los
seres humanos, en especial los desposeídos de todas las épocas, que se le iban
juntando peligrosamente hasta tapar su escritorio. Había, en ella, una decisión
de ir a contrapelo de modas y abandonos sin, por eso, convertir a sus
reflexiones sobre la utopía en una suerte de exaltación acrítica o en un giro
nostálgico[2]. Por el
contrario, Casullo sabía, desde el comienzo de la indagación, que se movería
por terreno minado y no sólo por lo que sus enemigos habían hecho con la utopía
sino por la profunda contradicción que se guardaba en su despliegue por la
historia. Para él asumir el carácter antiutópico de la época no podía
significar plegarse al festejo de una posmodernidad vacía, cínica y
desencarnada. Mucho de este espíritu alcanzó el núcleo de sus destempladas reflexiones
sobre la política en un tiempo de abandonos múltiples y declaraciones de muerte
de la historia y de fin de las ideologías; reflexiones que abarcaron, como no
podía ser de otro modo, al peronismo pero sin aceptar plegarse a las críticas
algo ramplonas del giro liberal republicano tan de moda entre los antiguos
izquierdistas e, incluso, ex peronistas revolucionarios. Sospechaba, en medio
de la desesperanza de los años menemistas, que no todo estaba dicho aunque no
pudiera ni se pudiera vislumbrar lo que, al girar el siglo, acontecería en el
país de las interminables sorpresas y de la anomalía (hasta el punto de que en
los departamentos de estudios latinoamericanos de las universidades
estadounidenses hay una sección que se dedica a estudiar esa condición y a la
creencia, también muy argentina, de asumirse como una nación anómala en su
excepcionalidad que la vuelve un territorio solitario e inconfundiblemente
original, eso piensan sus habitantes, respecto al resto de las naciones
latinoamericanas. El desemboque de la década neoliberal en la mayor de las
crisis sociales por las que atravesó el país hizo trizas, entre otros sueños,
el de la especificidad de una nación europea en medio de los bárbaros). Nicolás
no dejó de saborear esa brutal confusión que invadió a la clase media en medio
de su irrefrenable decadencia[3].
2. En su deriva hacia esos otros tiempos, en su buceo de experto buscador de
perlas por la geografía de la modernidad sabe encontrar los puntos de contacto,
aquello que permanece en nosotros y aquello otro que se ha vuelto experiencia
anacrónica pero que, sin embargo, guarda en su interior una profunda intensidad
que espera, paciente, su actualización. Sin ánimo del arqueólogo que se distrae
con objetos muertos, Casullo asume la tarea del genealogista, de quien sigue
rastreando las huellas de nuestra decadencia incluso allí donde el esplendor no
hace sino ocultar el rostro de la obsolescencia. Ante las inclemencias de una
época termidoriana (eso al menos fue para Nicolás la que encuentra su punto de
partida en la noche de la dictadura, pareció desviarse de ese destino en los
primeros años de la transición democrática, para hundirse en los noventa en el
fango de la banalidad y la insustancialidad posmoderna) de lo que se trató fue
de refugiarse en medio de los saberes amenazados por la mercadolatría y el
posibilismo, sustrayéndose, hasta donde fuera posible, de la brutal resignación
de esos años devorados por el fetichismo de la mercancía y la hegemonía, que
parecía absoluta y eternizada, de un capitalismo triunfante y cínico hasta la
medula. Si bien toda escritura es hija de su tiempo a veces se trata de ir
contra el clima de época resistiendo sus aires aniquiladores, tratando de
refugiarse en medio de la tormenta y permaneciendo en disponibilidad para
sustraerse a esas determinaciones que terminan por justificar todas las
defecciones. En Nicolás nada resultaba más indignante que la facilidad de
algunos por acomodarse a las exigencias del fin de la historia encontrando, en
esa supuesta extenuación de su potencialidad transformadora, la excusa perfecta
para adaptarse a las nuevas demandas del sistema. Con gesto irónico solía
desentenderse de las modas intelectuales que, bajo la seudo sofisticación de
las teorías provenientes de Francia y de la academia anglosajona, se dedicaban
a sumergirse en la frivolidad de lo insustancial. Su paso fugaz por la academia
estadounidense lo curó de sentir cualquier nostalgia por, como los llamaba un
amigo español, “esos féretros de lujo” en los que florecían los estudios
culturales que encontraban, entre nosotros, sus puntuales imitadores.

3. A Casullo siempre le agradó, si es que vale este término, el lugar del
margen, el sitio de frontera, las geografías del fin del mundo desde las cuales
indagar mejor el crepúsculo de la modernidad y del proyecto civilizatorio
encarnado por un Occidente extraviado de sus propias tradiciones. Recuerdo la
fascinación compartida ante un artículo de Richard Morse, “Las ciudades
periféricas como arenas culturales”, en el que el crítico norteamericano pasaba
revista a San Petersburgo, a Viena, a Río de Janeiro y a Buenos Aires como esos
enclaves urbanos colocados en la periferia que, sin embargo, pudieron, a través
de ciertas literaturas, ver mejor y más profundamente lo que el centro
metropolitano no alcanzaba a ver de sí mismo y de su decadencia (allí estaban
algunas páginas memorables de Dostoievski, de Musil, de Machado de Asís y de
Estanislao del Campo para seguir las huellas de ciudades espectrales en las que
la modernidad había dejado una marca cuya visibilidad ofrecía contornos que no
eran observables en las urbes del centro más dispuestas a vivir su esplendor
enceguecedor que a transitar por esos bordes del sentido que sólo suelen
habitar los sitios del margen, esos que la literatura alcanza a vislumbrar con
mayor profundidad que las indagaciones de las ciencias sociales. Nicolás
siempre siguió al pié de la letra la convicción benjaminiana de buscar en
poetas y novelistas esa cualidad anticipatoria que solía extraviarse en los
pasillos del mundo académico). A Casullo siempre le fascinaron esos sitios a
deshora, esos rincones urbanos que parecían remitir a un tiempo acontecido,
esos bares y cafés que atesoraban la memoria de conversaciones antiguas. Su
fascinación por la Viena fin de siglo se relaciona directamente con esa mirada
crepuscular y decadente que se desplegó, casi como una segunda naturaleza, por
la ciudad mítica de ese extraordinario tiempo de una modernidad que se
preparaba para entrar en su propia noche. Viena fue, para Casullo, la ciudad de
las contradicciones y las opacidades, el sitio del esplendor y de la
hipocresía, el del refinamiento mayúsculo de la cultura y el de la
miserabilidad obrera; la ciudad de Freud, de Klimt, de Mahler y de Schoenberg,
pero también la que vio deambular por sus cafés y calles espléndidas a un joven
aspirante a pintor frustrado que dejaría su impronta brutal en el siglo que
estaba comenzando. O esa otra ciudad trajinada pobremente por exiliados rusos
que, reunidos en sus cafés, soñaban con una revolución que, aunque no lo
supieran, estaba a la vuelta de la esquina mientras León Trotsky –“La pluma”-
escribía sus artículos incendiarios y las prostitutas satisfacían lo que las
elegantes mujeres vienesas, respetables e histéricas que tanto hicieron para inspirar
al fundador del psicoanálisis, no podían hacer con sus esposos y pretendientes.
De Viena lo fascinó su decadentismo cultural, esa manera tan extraña de
caminar al borde del precipicio como si nada pudiera suceder; pero también le
impactó su cosmopolitismo que le permitió mezclar desde el conservadurismo más
anacrónico de un emperador que vivía sin luz eléctrica, sin teléfono ni ninguna
otra tecnología de una modernidad que lo abrumaba y lo aterrorizaba y a la que
no podía entender, pasando por las primeras formulaciones del antisemitismo
devenido en política de masas con el famoso alcalde Lüger, hasta llegar al
austromarxismo y a las más diversas experimentaciones vanguardistas que no
dejaron ningún lenguaje del arte por tocar. Viena fue para Nicolás un viaje por
la literatura de von Hofmannsthal y de Musil, de Hermann Broch y de Elías
Canetti (todos amparados bajo la sombra desbordante de Karl Kraus, personaje de
ese tiempo vienés que tanta influencia tendría sobre ciertas interpretaciones
casullianas ligadas a los medios de comunicación y a la industria de la
cultura, allí donde un discurso irreverente y subversivo lograría anticipar la
catástrofe que se avecinaba y que en la indagación de Kraus asumía la forma de
la degradación del idioma). Pensando en la significación que podía tener ese
largo viaje hacia una geografía temporal y espacial tan aparentemente alejada
de nuestras problemáticas de sociedades tercermundistas en medio de una crisis
cuyo final no se avizoraba en el inicio de los años 90, Nicolás se ocupó y se
preocupó por señalar los vasos comunicantes y las potencialidades iluminadoras
de la que era portadora esa época crepuscular de principios de siglo XX: “Como si aquel tiempo centroeuropeo entre dos
siglos –escribió en La remoción de lo
moderno. Viena del 900-, pudiese emblematizar la crónica de los sub-pueblos
de la cultura moderna, aquellos pueblos que desde sus regiones de lejanía, le
regresaron a la modernidad un espejo crítico inusual y anticipado […]. Como si
la frontera, ese ser ‘al sur de una punta’ como comienza Sarmiento su primer
capítulo del Facundo, sería en lo
moderno, algo similar a lo que expresa Magris para Viena-Mitteleuropa: ‘ese
arte de vivir en el borde de la nada como si todo estuviese en su sitio’”[7]. Nicolás
fue a buscar a la ciudad-marca del Imperio no sólo las evidencias de una
modernidad en crisis sino que, como si fuese un espejo, indagó, a través de ese
viaje, la actualidad argentina que, en su mirada crítica y conocedora de las
“ruinas de la historia”, se acercaba fatídicamente a esa escenografía “de los
últimos días de la humanidad”. También descubrió, leyendo principalmente a
Hofmannsthal y su famosa Carta a Lord
Chandos lo que significaba despedirse “de un mundo antes de su derrumbe.
Muchos ya lo saben, y un sentimiento indefinible los convierte en poetas”, en
buceadores del lenguaje en un tiempo de extenuación y de ruinas de una historia
cuyo sentido, eso pensaba Hofmannsthal, se guardaba, quizás, en lo recóndito de
palabras que permanecían inaudibles.
Nicolás Casullo piensa “Viena” como un laboratorio que anticipó en gran
parte el devenir posterior de una modernidad burguesa que era incapaz de eludir
su propia crisis, del mismo modo que en ese “estallido del sentido” era posible
vislumbrar a un sujeto atravesado por la ilusoriedad y “un preanuncio de corte
posmoderno de lejanía y descentramiento”. En el cierre de la década del 80, y
cuando la hiperinflación hacía estallar los últimos entusiasmos democráticos
abiertos por el gobierno de Alfonsín, Nicolás viajaba en el tiempo para
intentar comprender un presente en estado de zozobra, una época que se movía
entre el derrumbe de la Unión Soviética que terminaba por demoler las ilusiones
de ese otro gran relato de la modernidad que fue el socialismo, y el anuncio
del fin de la historia y de la muerte de las ideologías. Tiempo de una
posmodernidad triunfante y agresiva que se mezclaba con filosofías de la
deconstrucción del sujeto y de la radical puesta en cuestión de los últimos
principios actuantes de un proyecto, que si bien Jürgen Habermas declaraba
“inconcluso”, parecía estar recorriendo su último camino hacia la disolución
mientras, en paralelo, la economía-mundo de un capitalismo dominado por su
matriz financiera se desplegaba sin contrincantes y rompiendo los últimos
diques de contención que hasta ese momento le planteaban los “socialismos
reales” (definitivamente agusanados por sus propias falencias y horrores) y una
socialdemocracia que también iniciaría su tiempo de ocaso y de repliegue hasta
convertirse, incluso, en funcional a la cristalización del modelo neoliberal.
En todo caso, Casullo encontró en Viena el anticipo de “un mundo de ruinas” que
se proyectaba, bajo la forma de la anticipación, al cierre de una época
iniciada con la ilustración y que estallaría a partir de la Primera Guerra
Mundial. Viena Fue también el jeroglífico que le permitió desentrañar de qué
modo en esa ciudad mítica la revolución no fue otra cosa que una conversación
erudita, un juego de innovación estética o la pura evidencia de su
imposibilidad en el mismo momento histórico en el que asumía todo su esplender
incendiando las estepas rusas y proyectando hacia Occidente el sueño realizado
de las insurrecciones obreras. Mientras eso sucedía en San Petersburgo y en
Moscú, en Odessa y en Bakú, mientras Lenin, con su Marx releído con los prismas
de un Hegel recién descubierto, no sólo teorizaba sino que lideraba la
revolución bolchevique, la de los obrero, soldados y campesinos, y John Reed
viajero y cronista de la revolución escribía Diez días que conmovieron al mundo, en Viena lo importante podía
discutirse cómodamente sentados a la mesa de algún café de la Ringstrasse. Mucho tiempo después, en
otra encrucijada de la historia moderna, Casullo recurriría a Viena para pensar
una Buenos Aires espectral que emergía, alocada y desorbitada, de la noche de
la dictadura, de la desilusión democrática y del aquelarre hiperinflacionario[8].
Por eso nunca dejaba de mencionar que Buenos Aires, “su” ciudad, guardaba,
gracias a las crisis recurrentes, algo de un pasado que la piqueta
modernizadora no había terminado por disolver y que, siguiendo otras pistas y
otras historias, le permitían comprender la dialéctica entre esplendor y
obsolescencia. Su fidelidad por el barrio de la infancia y la adolescencia, por
ese Almagro de milongas y de tanos verduleros, se entrelazó, qué duda cabe, con
esas otras fidelidades a saberes, ideas, lecturas y tradiciones que nunca lo
abandonaron aunque en cada momento de su vida pudieron asumir distintas
características o, algunas, permanecer a un costado a la espera de su
oportunidad.
Buenos Aires siempre fue para él la ciudad de las mezclas y de los
intercambios, el sitio de las confluencias y de las tradiciones múltiples;
lugar mítico en el que el centro se vuelve periferia y la periferia se vuelve
centro enlazando lenguas que viniendo de los distintos confines terminan por ir
dándole su fisonomía a la lengua de los argentinos. Una ciudad de aperturas
pero también de estrecheces y prejuicios que siempre parecía avergonzada por
extraviar su origen europeo en medio del avance irreversible de la barbarie.
Para Nicolás la ciudad de los márgenes remitía a la oportunidad de ver lo que
el centro hegemónico no alcanza a ver de sí mismo, como si todavía persistiesen
esos anacronismos que, de algún modo, interrumpen la fatalidad de la
modernización y que alcanzan para auscultar el rostro de la herrumbre en medio
de los esplendores de las ciudades del capitalismo triunfante. De ahí la
atracción de ese artículo de Richard Morse y la empatía con la que leyó las
reflexiones que hiciera Emile Cioran al morir Jorge Luis Borges: para el
filósofo rumano la coincidencia que se daba entre el escritor argentino y él
era, precisamente, que los dos venían de extramuros, de rincones apartados del
centro del mundo y que, justamente por eso, estaban obligados al
cosmopolitismo, a la indagación que transgrede las fronteras y el
provincianismo que Cioran le achacaba a los parisinos que, eso escribió, son
incapaces de ver más allá de sus narices. Nicolás jugaba con esta imagen de una
Buenos Aires babélica aunque también, y sobre todo al enfrentarse a la
degradación cultural y social de las últimas décadas del siglo XX, no podía
dejar de señalar su profundo deterioro, su extravío hacia el páramo de la
pasteurización de época que le iba rapiñando sus enigmas y sus especificidades
de ciudad moderna que supo cobijar en su seno historias míticas enhebradas con
multitudes desafiantes del poder establecido y empecinadas en dejar su marca en
la vida argentina. Pero también la ciudad del dolor y la violencia, la de los
grandes sueños transformados en pesadillas por un poder criminal que alteró
para siempre su fisonomía de ciudad burguesa para ofrecer, en muchos de sus
rincones, la huella de lo siniestro[9]. A lo
largo de su vida insistió en caminar y vivir Buenos Aires como si, de algún
modo, siguiera siendo la de sus grandes escritores y la de esos acontecimientos
vueltos míticos que le otorgaban una rara atmósfera de anacronismo en medio de
una época absolutamente homogeneizadora de experiencias, estilos, lenguajes y
tradiciones. En su obra literaria dejó constancia de su entrañable relación con
Buenos Aires hasta convertirla en personaje central y en clave de sus propias
búsquedas (allí están la ciudad iniciática y mítica de El frutero de los ojos radiantes, la ciudad de las conspiraciones y
los enigmas en La cátedra y la ciudad
estallada y posapocalíptica de Orificio).
Pero también hay otra lectura en la que se juzga muy duramente la ciudad
del olvido, la que va dejando brutalmente atrás la memoria de un pasado que se
quiere tabicar bajo los signos de la especulación inmobiliaria o las elegías de
un progreso que siempre tenía el rostro girado hacia el futuro y como negadora
de sus noches de sangre y fuego que van desde los progroms de la Semana Trágica
a las cacerías nocturnas de los años de la dictadura de Videla. “La propia
ciudad de Buenos Aires –escribe en Pensar
entre épocas- es la monografía insuperable de cómo jamás supimos vivir
sintiendo que habría cosas que guardar, no demoler, pero sin referirlo. Hay
algo que no debe ser violentado aunque no tenga decreto protector, ese algo a
reencontrar se da en el supuesto silencio arquitectónico de una calle que no
está ahí para la memoria, y sin embargo es eso: el imprescindible ser hacia
atrás para poder mínimamente concebirnos. Seguimos siendo la tierra urbana
arrasada y sin historia de la especulación inmobiliaria del 900, que mudó de
barrio, de nombres de calles y de amores y aniquiló todo resto colonial.
Nuestra historia de ojos siempre empieza en el último diseño de pizzería o en
ocho restaurantes caros que fundan ‘un barrio’. Se dice y se repite que la
dictadura del 1976 cortó una historia intensa con nuestro pasado, mal o bien
entrelazada. Nosotros, los de mi generación, seríamos aquella juventud que pudo
asistir o intervenir en la última disputa por la historia: creer que en la
memoria falaz o cierta de las cosas ocurridas hacía mucho anidaba el secreto
como resolución nacional postergada”[10].
En todo caso, Nicolás no dejó de perseguir, tanto en sus recuerdos como a
través de su escritura, las huellas, las marcas y los restos de una ciudad en
la ciudad, de una Buenos Aires espectral que guardaba, pese a todo, la memoria
que, eso no dejaba de señalarlo enfáticamente, es siempre de un pasado
construido bajo los prismas y las urgencias del presente. “Memoria
involuntaria, parafraseando a Proust. La memoria que se pretende tapiar es la
que repta, otro tejido del mirar, no lo que nos hace virtuosos. Un saquear el
misterio de lo que perteneció a otras miradas. La memoria es fragmentaria,
intrusa, indispuesta; en definitiva, siempre fracasada en la totalidad del
presente que ya venció y dejó todo atrás”[11].
4. Si se trataba de aceptar la inclemencia de la derrota era preferible viajar
hacia lejanas comarcas en las que se pudiera todavía entrar en contacto con lo
perdido que dedicarse a amontonar conceptos vacuos que habilitasen la
justificación de lo existente. Casullo, y eso lo hizo en distintos momentos,
optó por rumbear hacia las regiones de los antiguos milenarismos (supo
internarse, de la mano de Ernst Bloch, por las tierras utópico-redencionales de
Thomas Müntzer y de los campesinos alemanes del siglo XVI que se enfrentaron al
poder inmisericorde de los príncipes luteranos mientras soñaban con vivir como
los primeros cristianos sin amos y sin propiedad; y, siguiendo las pistas de
las fabulosas sagas reconstruidas con celo erudito por Norman Cohn persiguió
las huellas de los Hermanos del Libre Espíritu y de los anabaptistas de Münster
que le mostraban la vía genealógica que, iniciada entre los antiguos gnósticos
de los primeros siglos cristianos, alcanzaría a la prosapia del anarquismo); se
detuvo en las historias paridas por la Revolución francesa y en los múltiples
personajes que nacieron de la alquimia de una época fabulosa y desafiante que,
como no dejó de escribirlo con amargura, concluyó en catástrofe. Indagador de
personajes derrotados y de figuras espectrales le interesó detenerse en
aquellos hombres y mujeres que, de diversas maneras, dejaron su impronta en una
modernidad cargada de claroscuros y que supo encontrar en poetas,
conspiradores, revolucionarios, viajeros enfebrecidos, dandys, librepensadores,
aventureros y artistas de vanguardia, una estirpe que nunca dejó de fascinarlo
por lo que guardaba de promesa y de fracaso, de locura revolucionaria y de
ensoñación utópica. Mucho más que la modernidad ilustrada y positivista le
interesó seguirle la pista a los zigzagueos de esas experiencias y esas ideas
capaces de interrogar, con subversiva potencia, lo absolutizado por la
racionalidad triunfante. Su indagación por la genealogía de la revolución y de
su crepúsculo tiene mucho de una nostalgia por lo fallido de un tiempo
histórico que llevaba en su interior las exigencias de los sueños soñados por
otros hombres y mujeres en otras encrucijadas civilizatorias, sueños
redencionales que encontraron otra lengua, la del materialismo revolucionario,
para intentar, una vez más, tomar el cielo por asalto.
Lector atento y apasionado de los itinerarios benjaminianos por la saga de
los derrotados de la modernidad, Nicolás supo seguirle la pista al conspirador
y al revolucionario, al poeta romántico que se enfrentaba a un mundo imperfecto
proyectando su ideal imposible y al dandy que hacía de su cuerpo no sólo una
obra de arte sino un desafío de la propia moral burguesa, de la misma manera
que siempre se interesó por la genealogía que desde los comuneros del París de
1870 llegó hasta el canto de cisne de los ideales revolucionarios en las tierras
calientes del Tercer Mundo. Un escenario del riesgo y el fracaso, de la
aventura y de la pérdida, un mosaico bizantino en el que quedarían grabados los
mil rostros de la promesa incumplida de una sociedad de iguales. En El frutero de los ojos radiantes dejó
constancia literaria de esa pasión por las conspiraciones y las sectas
milenaristas, por el dibujo laberíntico dejado por personajes fabulosos nacidos
de historias mágicas y truncadas, de mitos y leyendas que le dieron su espíritu
al tiempo de la revolución. Y también supo dejar entrar, en su poética y en su
reflexión crítica, a la peste de la desesperanza y el desencanto, ese rostro
cadavérico que habitó el otro lado de los sueños utópicos y que le dio su forma
compleja e inusual a la dialéctica de la modernidad.
Un espíritu frankfurtiano acompañó sus andanzas eruditas por la historia de
una humanidad entre soñadora y desquiciada. Por eso no fue casual, a modo de ejemplo, que
el Sarmiento que le interesó no fue el de la exaltación del progreso, de la
filosofía spenceriana y el de las interpretaciones racistas y eugenésicas
predominantes en el aire de los tiempos en los que las ideas de Darwin eran
atrapadas en las reflexiones seudo científicas de una nueva sociología de la
superioridad de una raza sobre el resto, ni tampoco el del ideal civilizatorio
que había que importar de Europa y de Estados Unidos para impregnar a esta
tierra de bárbaros con algo de la cultura que venía allende los mares; sino que
le apasionó el Sarmiento de los viajes, el que se internó, siendo joven, por
las ciudades del Viejo Continente y descubrió sus opacidades y sus zonas
oscuras; el Sarmiento que le devolvía otro rostro de esa modernidad tan añorada
y tan difícil de traer a estas geografías de un sur indómito y el que, más allá
de sus profundas convicciones, terminó por inmortalizar a la figura de Facundo.
Un cierto Sarmiento desmesurado, afiebrado por una escritura imprescindible
para intentar comprender nuestro sino como una nación imposible. Nicolás no
sentía ningún apreció por los simplificadores de la historia, por aquellos que
canibalizan la complejidad tanto de una época como de un personaje. Hubiera
esbozado una sonrisa sarcástica ante los nuevos adalides de un revisionismo
apolillado del mismo modo que hubiera rechazado la defensa corporativa y
reaccionaria de algunos historiadores que se creen los dueños del “saber
científico”. Lo que no hubiera rechazado es la oportunidad de revitalizar el
debate, político, por la historia y sus consecuencias en el presente[12].
5. Recuerdo las conversaciones interminables en medio de una Buenos Aires
fantasmal, una ciudad aturdida por la inédita vivencia de la hiperinflación y
extraviada de sus mejores historias, conversaciones que nos conducían hacia la
necesidad imprescindible de indagar por una modernidad estallada y sin dejarnos
ganar por la doble tenaza del pragmatismo y el esteticismo poshistórico y
pospolítico. Fueron los años de la ardua y solitaria labor de revisión crítica
de las certezas setentistas (que Nicolás había iniciado en el exilio mexicano y
junto con quienes fundaron la revista Controversia,
en la que participaron, entre otros, el inolvidable Pancho Aricó, el Negro
Tula, Toto Schmucler, Oscar del Barco, Juan Carlos Portantiero, Oscar Terán y
Sergio Caletti) pero sin asumir con trabajado cinismo que la despedida de
aquella época de ilusiones y apuestas a todo o nada era compensada por la
entrada a un tiempo que nos hacía mejores respecto a quienes fuimos en los años
de la revolución. Nicolás nunca aceptó las mieles de un liberaldemocratismo
recién encontrado y que deslumbró y sigue deslumbrando a tantos antiguos
cultores de la subversión de la república burguesa[13].
Sus afanes de genealogista de la modernidad no estuvieron destinados a cambiar una tradición desplazada del centro
de la historia por otra que, ahora, se ofrecía como portadora de todas las
virtudes. Una sospecha nunca abandonada hacia el capitalismo, hacia el
dispositivo racional científico y hacia la violencia del sistema le permitió,
cuando reinaban los sepultureros, sostener una débil pero consistente fidelidad
a lo que había quedado a nuestras espaldas. Tal vez esperando el giro de los
tiempos, esa emergencia de lo imprevisto capaz de ofrecernos otra oportunidad.
Fue, y así lo recuerdo a nuestro encuentro, allá por el año 1985, para mi
memorable y decisivo, una amistad sellada bajo el signo saturnino de Walter
Benjamin, un modo de interrogar que nos permitió, eso creo, atravesar mejor una
época inclemente y antiutópica. De esas conversaciones apasionadas y tocadas
por la atmósfera crepuscular de un pesimismo irreverente nació la revista
Confines y se solidificó, bajo la forma de un pequeño grupo de amigos
(principalmente conformado además con Alejandro Kaufmann y Matías Bruera), el
proyecto intelectual-político del cual Nicolás fue su máximo inspirador.
Nicolás puso en esa empresa una vitalidad y un entusiasmo que marcaron su
derrotero y definieron una mística de grupo por la que no puedo sino sentir una
intensa y dulce nostalgia. Cada día, permítame el lector esta confesión,
extraño la ausencia de esa amistad lúcida y sin concesiones, capaz de iluminar,
con una frase, una idea o la recomendación de una lectura las oscuridades del
presente.
Una escritura que supo internarse por distintas comarcas del pensamiento
crítico, que fue en busca del tiempo perdido de una modernidad agusanada por
sus propias violencias aunque, también, portadora de poderosos lenguajes
libertarios y que, cuando fue necesario, no eludió el reclamo de la hora
histórica y asumió, no sin la persistencia solapada de la inquietud y la duda,
la responsabilidad de hacer pública una palabra que recordaba tradiciones
populares y esperanzas emancipatorias sin, por eso, abandonar esa inquietante
actitud de sospecha que supo acompañarlo en gran parte de su itinerario
intelectual (allí están, como mojones de su travesía, libros ineludibles en los
que la tragedia de la modernidad, sus opacidades, su dialéctica y sus espectros
se convirtieron en “los” temas casullianos; pienso en el magnífico prólogo a El debate modernidad-posmodernidad al
que le sucedió la introducción renovadora y cautivante de La remoción de lo moderno. Viena del 900, en las clases plasmadas
en Itinerarios de la modernidad, en
ese libro-bitácora en el que narra, haciendo acopio de sus experiencias in situ, el París del 68 y en esos otros –Modernidad
y cultura crítica y Pensar entre
épocas- en los que regresó, como tantas otras veces, sobre la cuestión de
la memoria, de las herencias, de los autores amados, de lo indecible bajo la
forma del horror concentracionario y, como siempre, de la revolución y de los
años sesenta y setenta que lo tuvieron como un lúcido protagonista que eludió
concienzudamente convertirse en un escritor de nostalgias y melancolías
definitivamente perdidas).

Su aproximación al kirchnerismo (cuando todavía ese nombre, hoy caudaloso
de la vida política argentina, no ocupaba el lugar que ocupa en la disputa
contemporánea) no fue la del converso ni la del oportunista, tampoco se dejó
atrapar, en esa primera hora, por un entusiasmo desmedido que le era tan poco
consustancial con su carácter siempre ácido y algo escéptico pero, no por eso,
menos comprometido, cuando fue necesario, con la emergencia de una oportunidad
a deshora que, a él como a tantos otros, no dejó de sorprender y, también, de
incitar. Quizás, en el último recodo de su vida, pudo disfrutar, con la
imprescindible dosis de pesimismo y de humor algo sarcástico, de un
sorprendente giro de la historia nacional que lo volvía a confrontar, aunque
bajo nuevas condiciones, con antiguos fantasmas. No tengo dudas de que sus
recorridos críticos de los años posdictatoriales, su inquebrantable fidelidad a
herencias que le remitían a días de barrio, a una madre que en una noche aciaga
protegió el busto de la más aborrecida, a su extraña religiosidad convertida,
por un lado, en memoria familiar y, por el otro, en inquietud metafísica, como
a su deseo de sumergirse en las sagas de una modernidad en crisis sin por eso
abandonar ese resto de espera mesiánica entramado con un pesimismo
civilizatorio al que cortejaba no sin una intensa ironía, le permitieron abrir
de nuevo sus expectativas, en este caso políticas (pero en un sentido
profundamente reparatorio de la memoria, de la historia y de la propia
política) y convertir, el último y muy breve tramo de su vida, en una clara
toma de partido por esa extraña figura venida del sur patagónico y a la que él,
en un anticipador artículo, supo reconocer antes de que sucediera lo que luego
sucedió.
En ese artículo de extraño contenido premonitorio –fue escrito y publicado
en mayo de 2002-, Nicolás dejaría estampada una sorprendente semblanza de quien
se convertiría, en mayo del siguiente año, en el inesperado presidente de un
país desquiciado, desorientado y fragmentado. “Néstor Kirchner –escribió con
tono entre nostálgico y picaresco en esos meses abrumadores de un año que
quedará marcado en la memoria como un tiempo de imágenes fantasmagóricas y de
abismos varios que se abrían, amenazantes, delante de una sociedad extraviada-
representa la nueva versión de un espacio tan legendario y trágico como
equívoco en la Argentina: la izquierda peronista. En su rostro anguloso, en su
aire desorientado como si se hubiese olvidado algo en la mesa del bar, Kirchner
busca resucitar esa izquierda sobre la castigada piel de un peronismo casi
concluido después del saqueo ideológico, cultural y ético menemista.
Convocatoria kirchnerista por lo tanto a los espíritus errantes de una vieja
ala progresista que hace mucho tiempo atrás pensaba hazañas nacionales y
populares de corte mayor. Revolotean escuálidos los fantasmas de antiguas
Evitas, CGT framinista, caños de la resistencia, Ongaro, la gloriosa JP, la
tendencia, los comandos de la liberación, ahora solo eso, voces de la casa
vacía. Por eso un Néstor Kirchner patagónico, atildado en su impermeable, con
algo de abogado bacán casado con la más linda del pueblo, debe lidiar con la
peor (que no es ella, inteligente, dura, a veces simpática) sino recomponer,
actualizar y modernizar el recuerdo de un protagonismo de la izquierda
peronista que en los 70 se llenó de calles, revoluciones, fe en el general,
pero también de violencia, sangre, pólvora, desatinos y muertes a raudales (…)
Desgarbado, lungo, de palabra directa, está último en esa lista (de candidatos
peronistas con chances ciertas), cuando cada tanto viene del sur para exigir
elecciones ya. Para decir que va por dentro o va por fuera pero no va a entrar
en ninguna trenza. Lo converso con mis amigos y el 80% no lo ubica, lo
semitienen en algún rincón de las imágenes del conciente pero no del todo. Les
digo que es el fantasma de la tendencia que vuelve volando sobre los techos y
sonríen como si les hablase de una película que no se va a estrenar nunca
porque falta pagar el master. Si
rompe con el peronismo corre el eterno peligro de quedarse solo, ser simple
izquierda, ser no ‘negocio’. Si se queda adentro, ya nadie sabe en qué paraje
en realidad se queda: corre el peligro de no darse cuenta un día que él tampoco
existe. En este maltrecho peronismo que vendió todas las almas por depósitos
bancarios, Kirchner es otra cosa: insiste en dar cuenta de que esta no fue toda
la historia. Que hay una última narración escondida en los mares del sur”[16]. Nicolás
vio un Kirchner que, en aquel año de locura y desagregación, de carnaval y
muerte en el que todo era posible bajo la forma de una decadencia interminable
y en apariencia irreversible, era portador de una historia olvidada, de una
epopeya arrojada al basurero de una historia que parecía haber clausurado
cualquier posibilidad de redimir a una generación castigada por el doble mazazo
criminal de la dictadura y de un país que solo deseaba cerrar los expedientes
de una memoria atravesada por demasiada crueldad, ilusiones devastadas y
extravíos intraducibles a los cánones de otra época del mundo que se había
tragado aquellos fuegos y aquellas ideologías de la revolución. Algo intuyó en
ese flaco desgarbado que venía de un sur desconocido, algo quiso ver en lo que le
contaba su cuñado y amigo Elvio Vitali en noches de la Gandhi condimentadas de
tango y vino que, debo confesarlo, el resto de sus amigos no veíamos aunque nos
cayera más o menos simpático ese personaje algo exótico. Una pincelada
memorable de ese Kirchner patagónico “casado con la más linda del pueblo”. Una
bella e intensa parábola que hablaba, con la picaresca casulliana, de sus propios
deseos de reencontrarse con una historia que le seguía quemando el alma y sobre
la que siempre regresó.
Claro que ese regreso se negó a ser complaciente, a dejarse confundir con
la melancolía de una juventud “maravillosa” que se había quemado en los fuegos
de la revolución. El peronismo, su deriva compleja y laberíntica por la
historia del país, constituyó para Casullo un problema poderosamente
irresoluble, un retorno de lo imposible y una continua necesidad de indagar lo
que parecía sellado por derrotas, errores, brutalidades fascistoides,
indignidades, aventurerismos, corrupciones varias y traiciones múltiples que,
sin embargo, no dejaba de mostrar ese otro rostro en el que se dibujaban, como
arrugas profundas, las herencias de la lucha obrera, la emergencia impensada y
escandalosa de los negros de la historia, la memoria de la resistencia, la
metamorfosis revolucionaria de la generación de los setenta, los exilios, la
militancia barrial, los muertos, los debates interminables en noches de
insomnio cuando lo abrumador de la derrota y de las ausencias pesaba en el
alma, el gordo Cooke y Rodolfo Walsh como nombres propios de intelectuales
comprometidos que parecían remitir a otra galaxia, todo eso también y,
fundamentalmente, era para Casullo el peronismo que amenazaba, y de la manera
más ignominiosa como producto del prostíbulo menemista, con concluir su
itinerario desmontando el andamiaje que lo constituyó en otra edad del país
cuando su aparición histórica se dio en el interior del fervor popular. Creyó
ver, con intuición anticipatoria, en lo que todavía no llevaba el nombre de
kirchnerismo un extraño, sorprendente y anómalo retorno de lo espectral
peronista materializado cuando ya nadie lo imaginaba ni lo esperaba.
La irrupción del kirchnerismo –al que todavía no terminaba de otorgarle ese
nombre que iría delineándose con el paso del tiempo y la profundización de su
impronta en la escena nacional- removió aguas estancadas, despertó viejos
entusiasmos y le permitió regresar sobre la lengua política, una lengua de la
que nunca se desdijo y que siempre estuvo ahí, incluso en los momentos de
agobio y derrota, como vigía de una espera de lo por venir. Su antigua y
compleja relación con el peronismo, que hundía sus raíces en un suelo mítico
que siempre permaneció en todas sus indagaciones históricas, se encontró con
una inesperada oportunidad que ya parecía definitivamente saldada por una
realidad pospolítica y desesperanzadora de todo giro que reabriera las puertas
del entusiasmo y de la participación. Si bien en los años del gobierno de
Néstor Kirchner ya fue expresando su satisfacción por lo que se iba suscitando
(incluso, y con cuidado, le permitió regresar, sin perder su mirada crítica y
desconfiada, sobre ese peronismo de tantos y encontrados travestismos a lo
largo de más de medio siglo pero sabiendo, como no podía ser de otro modo
después de la implacable revisión iniciada en los tiempos del exilio y luego
profundizada cuando regresó al país hasta ser parte de una renuncia colectiva
en 1985, que simplemente consolidó su certeza cuando llegó la época más
miserable bajo la impronta bizarra del imitador del Tigre de los llanos, de los
propios límites del movimiento fundado por Juan Perón). Su ilusión nació de la
potencia de lo imprevisto y de la excepcionalidad de un momento de la vida
argentina que no estaba previamente escrita y de la inquietante certidumbre de
un nuevo llamado de la siempre añorada disputa política. Nicolás, y por eso su
ausencia es demasiado significativa, no era de aquellos que simplemente se
dejaban llevar por el frenesí sino que, incluso en medio de los festejos, no
dejaba de introducir cierta mirada ácida y de sospecha como queriendo
prevenirse de falsos triunfalismos o de exagerados optimismos que, desde su
perspectiva crítica y tocada por el aliento de lo trágico, le estaba no sólo
prohibido sino que constituía un juramento intelectual innegociable: permanecer
alerta ante los peligros que podían provenir no sólo del campo enemigo sino,
más grave, de las propias obsecuencias y dogmatismos de las fuerzas amigas[17].
6. Hay en Nicolás una potente presencia, si es que
puedo utilizar esta palabra tan connotada y ambigua, de lo sagrado entendido
como la alquimia de un viejo texto escrito por Dios en el lenguaje de los
hombres y de la profanación libertaria de esa misma escritura que se ha topado
con sus propias incertidumbres al volverse sobre las incontables vicisitudes de
quienes se tomaron en serio el ofrecimiento de hacer de la historia el
territorio de sus propias aventuras y de la realización de sus incontables
sueños redencionales. En Casullo lo religioso viene de la infancia, la propia y
la más lejana, aquella que nos recuerda los días de la espera y de la
maravilla, del terror y de lo inconmensurable, de la oportunidad y de la salvación,
de la pérdida y de la culpa, de la acción y de la fragilidad. En El frutero de los ojos radiantes, como
ya lo señalé, la religión o, como no deja de recordarlo Nicolás, el espíritu de
lo religioso no sólo que ocupa un lugar privilegiado (entre otras cosas por la
brutal experiencia mística del abuelo que lo llevó hacia la conversión y luego
a volverse un importante pastor metodista) sino que marca, con trazos
fascinantes, la importancia que adquiriría, desde sus días de infancia, en su
propia vida (en sus últimos años volvió a vincularse con el metodismo, no por
afán de regresar a la comunidad de los creyentes sino como inquietud de quien,
de algún modo, salió a reencontrarse con sus recuerdos y ansioso de seguir
hurgando en sus interrogaciones espirituales añorantes de una cierta trama de
lo sagrado, y lo hizo a través de largas
conversaciones, cargadas de erudición religiosa y debate político, con un par
de pastores que fueron los encargados de darle la última despedida en el
cementerio británico de Buenos Aires). Nicolás desdeñaba a aquellos que nunca
se habían dignado a abrir una Biblia, que no habían conocido ese mundo mítico e
inabarcable que se le abría a un niño al amparo de ese libro único e
inconmensurable que guardaba tantas cosas en las que se mezclaban el bien con
el mal, lo permitido y lo prohibido, lo deseado y lo delirante, la humildad y
el poder y, sobre todo, donde, como en un arcón de cosas fabulosas, se
guardaban historias e interrogaciones, búsquedas y promesas, sueños y extravíos[18]. Esas
lecturas de infancia, hechas también al compás de los rezos familiares y a las
que luego le agregaría un condimento profano y herético, lo acompañaron a lo
largo de toda la vida. ¿Acaso puede ser algo casual, una mera decisión
editorial, que su último libro, el que encierra sus inagotables búsquedas, el
que se interna por las zonas más significativas de su inquietud intelectual
(que siempre ha sido filosófica y política, estética y atravesada por las
demandas de su tiempo), se cierre con ese espléndido y autobiográfico –podría
definirlo así- capítulo dedicado a la “religión”?
En un apartado cuyo título es “Palabra de Dios”, Nicolás, con algo de un
pudor que lo acompañó a lo largo de su vida, recorre esa influencia: “Si
rastreo lo religioso en mi propia biografía, mi niñez y el principio de mi
adolescencia en el mundo del cristianismo metodista, eso consistió en deletrear
y crecer desde la experiencia de un texto vivido familiarmente como numinoso:
aquello que era palabra de Dios, la Escritura sagrada, la Biblia. Ella estuvo
siempre a mano, desde un enorme ejemplar del siglo XVII de mi abuelo, pastor
laico, ministro de Dios, plagado de láminas encandilantes, hasta mi Biblia en
la mesa de luz ya casi adolescente. Esto lo conversaba hace poco con un amigo,
de fe judía, que también vivió una infancia religiosa. Yo tuve un hogar
protestante, con un abuelo metodista con vocación de teólogo, severo, duro, que
constituyó la casa y el vivir la vida de una manera semejante a la atmósfera
que algunas veces relata el cineasta Ingmar Bergman sobre su hogar. Reconozco
que la Biblia y sus relatos es mi primera lectura extensa, diaria, abarcadora y
fuerte. Fueron la primera fuente de escenas y rostros del Antiguo y el Nuevo
Testamento. Narrativa que luego, sin duda con los años, debió visitar
fantasmalmente mis inaugurales relatos de ficción escritos: ciertos cuentos,
una novela. Durante aquel tiempo, por lo tanto, a la manera protestante, la
Biblia fue en mi caso una lengua inevitable y todopoderosa para una visión del
mundo y de la historia”[19]. Insisto
con la no casualidad de elegir, como cierre de su último libro, ese texto
entrañable en el que se permitió, como quizás no lo había hecho fuera de la
literatura, darle una y mil vueltas a lo religioso.
Y no porque, tal vez anticipándose a la fuga apresurada de su propia vida
que iniciaba su irreversible crepúsculo, buscó reencontrarse con la huella del
origen, con esa trama entre familiar y extraña que siguió, siempre, presente y
activa a lo largo de sus múltiples peripecias existenciales, sino porque desde
que inició el camino de la meditación, ese que lo llevó por los territorios de
la creación literaria y de la pasión y el compromiso político, ese que le hizo
respirar el aire cargado de promesas de la revolución y que también le mostró
la mueca horrorosa de la derrota y la intemperie, ese que le hizo internarse
por las barriadas nunca olvidadas del peronismo y que, al mismo tiempo, le
exigió desviarse (¿para encontrar lo mismo?) por esas otras sendas de la alta
cultura de un Occidente en estado de irreversible decadencia que, sin embargo,
todavía le podía ofrecer, a un espíritu inquieto y movedizo como el de Casullo,
los tesoros de algunas tradiciones sin las cuales resulta imposible siquiera
atreverse a pensar el presente; siempre, en esas búsquedas, estuvo, como una
brújula antojadiza que al mismo tiempo que le recordaba el rumbo no dejaba de
extraviarlo, la enigmática lengua de lo religioso incluso allí donde la
sospecha profana y materialista constituyó una parte de su travesía intelectual.
Si algo no le interesó fue pagar el tributo a un racionalismo blindado tan
propio de ciertos espacios académicos o de viejas militancias desprovistas del
fulgor de lo trascendente y de lo misterioso. En Nicolás el enigma y las formas
espectrales de un origen lejano pero próximo constituyeron claves para
desentrañar la tragedia de la cultura en la modernidad tardía[20].
Todo en él fue un interminable “diálogo” con ese libro de la infancia (que,
insisto, guarda, a la vez, la maravilla y el terror, la hondura de una pregunta
metafísica junto con el temblor ante lo inconmensurable, la potencia del sueño
salvífico con la espera del Apocalipsis), de ahí, que en el final de Las cuestiones (las que lo obsesionaron,
las que le incitaron a la acción y a la escritura, las que lo entusiasmaron y
lo desilusionaron, las que fueron revelación y misterio, inquietud hasta la
despedida apresurada, demasiado apresurada…) escribiera con pluma resuelta y
temblorosa: “La condición humana en el contexto de habitar el mundo, de poder
emprender una historia y convivir en creación cultural colectiva, implicó la
dimensión de un diálogo único. De una relación otra. De un vínculo de
sentimiento e intelecto con lo trascendente. Con lo metafísico. Con la
necesidad de ese absoluto que fijase las causas y la forma de los cursos: el
por qué, el para qué, el cómo, cuestiones sentidas como imprescindibles a la
vida. Pensar los dioses, pensar un dios más íntimo e irregresable en presencia,
pensar un dios salvador, configuró para el pensamiento ilustrado el tiempo del
mito, para otros el más majestuoso, sin parangón e infinito cobijo del hombre.
Desafiar en eso cósmico, que integraba como una partícula, el orden de su
propia significancia y la necesidad inaudita de honrar la existencia expuso la altura de una conciencia tan
in-creíble, que sólo un dios pudo otorgarla. Y ese sería el debate, o el
Misterio. En todo caso, la pobreza y la miserabilidad de nuestra época secular
no puede arrogarse nada que esté por encima de esa respuesta primera. Se trata
por eso de cuidar –aun los no creyentes- ese antiguo lenguaje sagrado con que
el hombre le puso sentido, imaginación y capacidad de escucha de la zarza
ardiente. Cuidarlo, más allá de que ese cuidado nos lleve a posturas que a lo
mejor el pensamiento laico, científico, racionalista o progresista cuestiona,
sabiendo en este tema que mucho de lo que hoy ese pensamiento letrado cuestiona
o desconsidera, sería en realidad lo que importa”[21].
Toda la irreverencia casulliana para cuestionar la actualidad se encierra en
este último párrafo. No había (no hay, porque la escritura del pensar se vuelve
siempre presente) en Nicolás la persistencia, como una pátina de barniz
nostálgico, de una memoria religiosa por completo divorciada de una realidad
definitivamente secular y desmitificadora; no prefería desgarrar dos
dimensiones en estado de imposible correspondencia para finalmente dejarse
convocar por el lenguaje “serio y legítimo” de una época “científica e
ilustrada” que poco o nada conserva del espíritu religioso. Su inquietud, su
única posibilidad (al menos no creía poder recorrer otras sendas) pasaba por la
contaminación de esas dimensiones desencontradas sabiendo, como sabía, cuál
sería, en última instancia, “en realidad lo que importa”.
Casullo, que se interesó por otra de las marcas dejadas por lo religioso,
nunca dejó de pensar la modernidad como un tiempo en el que lo
teológico-político se había transfigurado en la figura, fulgurante y decisiva,
de la revolución, del mismo modo en que, en el momento crepuscular, supo
reconocer lo que de “caída de los dioses” también conllevaba un lenguaje y una
experiencia que supuestamente había intentado tomar el cielo por asalto para
hacer enmudecer, de una vez y para siempre, al dios bíblico reemplazándolo por
el espíritu de una humanidad autosuficiente. El agotamiento del sueño
revolucionario no dejó intocado el núcleo teológico que atravesó, bajo la
vestimenta del ateísmo, una época que, en un doble movimiento, arrinconó y
desgastó a ambas dimensiones dejando exhausta de ilusiones redencionales a una
sociedad sin brújula y derivando hacia el nihilismo. No por casualidad buscará
en el pensar crítico y desesperanzado de Walter Benjamin, particularmente en su
idiosincrásica interpretación del mesianismo judío, una pequeña rendija por la
que, todavía, se puede seguir aspirando al giro de los tiempos. Benjamin le
permitió procesar sus propias relaciones con lo religioso sin, por ello,
abandonarse a un espiritualismo anacrónico; le abrió el complejo mundo de las genealogías
mesiánicas y sus imbricaciones con la lengua política sabiendo reconocer la
gravedad de una época ausentada de aquellos ideales que le habían permitido a
la modernidad desplazar a Dios bajo la impronta de la revolución. En todo caso,
lo que le importó a Nicolás fue no despedirse sin inconvenientes de ese mito
que galvanizó por más de dos siglos a una porción de la humanidad, sino poder
internarse por las fisuras que su derrumbe habilitó.
En el capítulo de Las cuestiones
dedicado a “La revolución como pasado”, capítulo que también puede ser leído
como una suerte de autobiografía político-intelectual del mismo Casullo que no
deja de recorrer, uno tras otro, sus propios involucramientos con el mito de la
revolución, escribió lo siguiente: “Desteologizado, el mundo deja atrás sus
míticas temerarias y ciegas, pero a la vez se sitúa con una referencia temporal
menguada, astillada, atendiendo más a sus implosiones que a una trayectoria a
cumplir por las sociedades que ponga fin a los peores males. Mundo consciente
de sus inescrupulosidades en los pasados recientes, enlutado –desde el campo
cultural, intelectual y académico- por sus desastres y responsabilidades y sus
aprendices de brujo. Desde este nuevo himeneo, la política real se transforma
en progresiva ceremonia de la buena forma. En despolitización final. Se pierden
los énfasis programáticos para resaltar en cambio los ‘aspectos’, el estilo, lo
procedimental por sobre los objetivos. La idea y el valor de lo democrático se
tornan práctica de lo bizantino, formalista, privilegiando el modo, el tono, la
envoltura inerte de una política. La sociedad des-orientada es una experiencia
de lucidez y pesimismo sobre el comportamiento social del hombre, una
retracción censora, un contrato de conductas que busca no reanudar la
violencia, el decisionismo y lo destemplado de todo viento político cierto con
su providencialismo y morales impuestas. A la par, este formalismo deviene
retórica de la pura administración de las falencias, entropías y desigualdades
extremas, se convierte en problemática de la gobernabilidad a ultranza con sus
ajustes, en afianzamiento cultural del statu quo, de las formas de dominio y de
lo policíaco. Del temor a hacer la historia. Se trataría, ahora,
dificultosamente, sólo de soportarla ya sin aura”[22].
Texto de un duro pesimismo que, sin embargo, no deja de señalar el itinerario
de un ideal, “la revolución”, que buscó desplazar y reemplazar a Dios en el
interior de la peripecia humana e histórica y que acabó, como antes el espíritu
religioso, marchitándose y dejándose absorber por una época desorientada y
nihilista que pareciera ser el final de un camino que llevaba, en su interior,
promesas que nunca pudo realizar.
Y, cuando todo parece concluir en una oscuridad sin salida, Casullo da una
nueva vuelta de tuerca y agrega con ánimo de encontrar un resquicio por el que
seguir desplegando la indagación crítica y la posibilidad de nuevas formas de
acción, que “a su vez, ese lugar pretérito de la revolución al que hoy se
asiste lleva a un pensar mucho más abierto y desperfilado sobre las sociedades,
que las programáticas y verdades santificadas por la fe de esa revolución.
Desliga de una historia de adhesiones perniciosas e hipócritas que hizo crisis
terminal con la caída de los totalitarismos socialistas a raíz de rebeliones
populares democratizadoras. Permite romper con una lógica política, hija
dilecta de modos productivos barbarizantes. Repone en la ecuación histórica más
inmediata el valor intransferible de lo individual en el marco de las agudas problemáticas
de lo social colectivo. Obliga a una etapa de desmitificación, de crítica a la
relación racionalidad-irracionalidad, a los oscuros vínculos entre historia y
naturaleza. Sitúa el quid de la historia en el pasado, desde una tensión entre
balances sobre la llamada criminalidad revolucionaria, posturas del puro olvido
de la revolución, y los deseos para otros de su regreso, como si se tratara
simplemente de un interregno o una convalecencia”[23].
En todo caso, impide que se clausure una actualización de un pasado que, aunque
haya quedado a nuestras espaldas, sigue insistiendo sobre las vicisitudes del
presente al recordarnos que su derrumbe no solucionó ninguno de los problemas y
de las inquietudes que habían posibilitado su emergencia en la historia. Para
Nicolás religión y revolución siguen siendo dos huellas centrales y decisivas
de las peripecias humanas sin las que todo se vuelve más banal y oscuro.
7. “Lo iluminante en términos intelectuales sería el sueño de plasmar la inactualidad de un asunto: un
destiempo explicativo, una palabra que nadie en verdad demanda diría Roland
Barthes, un texto que le vuelve a discutir los tiempos a esta ‘eternidad’ de un
presente post”[24]. Esta
frase sintetiza, tal vez, el modo de pensar y de interrogar propio del trabajo
intelectual de Casullo. En él se trataba, casi siempre, no de adaptar las ideas
al “clima de época” sino, por el contrario, lo significativo comenzaba cuando
lograba hacer saltar el sentido común dominante y eso implicaba interrumpir los
discursos que suelen circular entre nosotros abriendo otra dimensión del
preguntar que no se correspondiese con lo unánimemente aceptado. La idea misma
de “lo inactual”, de lo “fuera de tiempo”, de lo “a deshora”, de “lo
anacrónico”, recorrió como un hilo dorado toda su escritura una vez que no pudo
sino iniciar el proceso, de desgarramiento e inquietud, que lo llevó a
deconstruir, con severidad conceptual, el largo relato de la revolución en el
que tan profunda y decisivamente se involucró. Con una cierta melancolía escribió
que el “pasado necesita hablar, testimoniar, dar fe de que el presente no es
solo bruma, llovizna cultural, festejo o nostalgia, sino algo poblado de un
sentido abarcador, comunitario. Reanudar el pasado de la historia es a veces el
esfuerzo de preguntarse por la historia que viene. ¿Qué hay atrás que sigue
latiendo?”[25].
Internándonos por esta senda reflexiva podemos, quizás, desmentir la presencia,
supuestamente dominante, de un pesimismo irrebasable en Casullo afirmado en la
constatación del final de la época dominada por el espíritu de la revolución o
la inocultable sensibilidad de quien se ha despedido de toda posibilidad de
interpelar el pasado para seguir preguntando “¿qué hay atrás que sigue
latiendo?”[26]. Lo
cierto es que hay en él una insistente búsqueda actualizadora del pasado pero
no con el afán del arqueólogo o el historiador que intentan dar testimonio de
una lejanía absoluta e inaferrable salvo en términos teóricos propios de un
trabajo de reconstrucción erudita.
A través de Walter Benjamin, pero
pasando sin dudas por Gershom Scholem y por Y. H. Yerushalmi, Casullo se
encontró recorriendo las sendas laberínticas de la tradición judía, sendas que
en su caso le condujeron a la región donde habita la compleja trama de la
memoria y la original concepción hebrea de la “actualización”, es decir, de una
relación con el pasado que, bajo la forma de la rememoración, rompe las
distancias temporales y juega con la cercanía de lo lejano o, en términos del Zakhor de Yerushalmi, se desentiende de
la historiografía para adentrarse en el terreno de una memoria en continua
imbricación de tiempos y experiencias. En todo caso, para él se trataba de
poder desentrañar las deudas contraídas con ese pasado (lejano y reciente que
tan profundamente había marcado el itinerario argentino y su particular
biografía), hurgando en lo olvidado y en lo inactual para alejarse de las modas
dominantes que preferían, en el mejor de los casos, tratar ese tiempo desde una
distancia definitivamente infranqueable. Para Nicolás la figura de lo
espectral, leída lateralmente a través de la inclinación shakesperiana de
Derrida en su análisis de Marx, suponía romper la monotonía del aquí y ahora
como lo absoluto de una época autorreferencial para penetrar por sus olvidos y
sus fisuras sabiendo, como sabía, que lo propio de un presente hay que ir a
buscarlo en sus pliegues y en sus estructuras fallidas que nos recuerdan,
siempre, que algo persiste en medio de la amnesia.
“Precisamente, memoria e historia –reflexiona Casullo tomando el toro por
las astas- arrastran un milenario pleito sobre la verdad. El pasado es siempre
un botín de guerra para los poderes representacionales. Y más cuando el pasado
se reviste como en el caso argentino con lo indimensionable de lo trágico. Con
la experiencia de lo infausto, de la desdicha”, y cuando, agrego, la propia
época prefiere echarle un espeso velo a lo que de ese pasado incomoda en el
interior del sentido común que fue pacientemente forjado para alejarse de una
memoria que puede quemar virtudes, responsabilidades y buenas conciencias. “Y
por lo tanto, continúa Casullo, con los claroscuros, con las intermitencias
entre intenciones y resultados, entre conciencia y evidencia, entre razón y
martirio, entre credos y muertes. Donde, como expresa el filósofo Sergio
Givone, cobra mayor envergadura que otras veces la necesidad de una comprensión
histórica y filosófica de la tragicidad
de una vida comunitaria desgarrada. Tragicidad que exige traer a la escena
indagada una verdad más real en tanto más ambivalente. Como verdad ambigua,
dice Givone: como irresolución de la verdad, como verdad contradictoria,
equívoca.” En esa tensión prefirió sostenerse Casullo, en esas fisuras de una
verdad cuyo relato se compone de distintos y a veces encontrados fragmentos y
que supone un “registro trágico que resulta intolerable hoy para una
racionalidad intelectual o política sesgada y conceptualmente autoritaria, que
arrasa escrituralmente con aquella revolución sepultada desde hace mucho tiempo
por los hechos; que confunde crítica con demolición moral de un tiempo
histórico; que se niega a regresar realmente a los signos portadores y
protagónicos que tuvieron esos hechos, violándolos por el contrario con
ideologías y concepciones de un presente que, como todo presente, se vuelve
ilusoriamente omni-comprensivo, omni-valorativo y por lo tanto omni-ético en
sus deducciones (hay que leer en estas
líneas una crítica sin medias tintas por parte de Nicolás al dispositivo
intelectual-académico de matriz liberal progresista que predominó –y en parte
todavía predomina- en el main street universitario y entre algunos
intelectuales, antaño activos militantes de la mitología revolucionaria,
formadores de opinión y diseñadores de conceptualizaciones académicamente
hegemónicas); que considera que recapitular los garrafales errores,
delirios y violencias de aquella edad revolucionaria implica negarla como tal,
aniquilar categorías y experiencias negativas que la propia historia reconoce y
que supera desde la razón crítica”[27].
Para Casullo la “actualización” de aquella historia partida debía tener
como objetivo desnudar las carencias del presente eludiendo la tentación, como
bien decía con indisimulado desdén, de rechazarla en nombre de una
contemporaneidad mejor, más virtuosa que aquella que se dejó arrastrar por el
torbellino de la revolución. Un juego de espejos que le permitían comprender la
complejidad de una época del mundo que tuvo como responsabilidad central
reemplazar el vacío dejado por “la muerte de Dios”; de un tiempo histórico, el
de la modernidad, que fue agotando, una tras otra, sus ilusiones
político-culturales y que acabó descubriendo la dialéctica entre secularización
y nihilismo.
El esfuerzo de seguir pensando lo que era arrojado al tacho de los
desperdicios por parte del saber hegemónico, de aquellas tradiciones destinadas
a ocupar los últimos y más lejanos estantes de bibliotecas olvidadas, de esas
escrituras que guardaban el sabor de lo anacrónico, era lo propio del trabajo
intelectual de Casullo, el centro de sus inquietudes y de sus indagaciones que
buscaban, entre otras cosas, pensar lo que ya no se pensaba intuyendo, quizás,
que la rueda del tiempo a veces vuelve a girar reinstalando lo que parecía
clausurado por la potencia destructiva de un sistema articulado alrededor de lo
que George Steiner llamó “la metafísica del instante” haciendo referencia al
predominio, en la sociedad del capitalismo, de un dispositivo, cuyo eje gira en
torno a los medios de comunicación y a la industria de la cultura y el
espectáculo, que transforma el tiempo en el reinado absoluto del “aquí y
ahora”, en el reino de la fugacidad y de la última novedad que ya es vieja una
vez que hace su presencia en el mercado de la información, la comunicación y
las mercancías culturales. A Nicolás le importaba detenerse en esos vestigios
–intelectuales, estéticos, teológicos y políticos- que remitían a otra
temporalidad y que habilitaban la posibilidad de internarse por geografías antagónicas
a las de las modas predominantes en los ámbitos académicos o mediáticos capaces
de devorarse la abigarrada complejidad de la historia bajo la simplificación de
una fórmula o de la última teoría por lo general asociada a la lógica de los
sepultureros. Por eso nunca se sintió cómodo con las retóricas de la
posmodernidad (a las que, de todos modos, le dedicó uno de los primeros libros
que en nuestra lengua y en estas latitudes, se hicieron cargo de la aparición
de una crítica que aparecía como radical de la tradición moderna pero que
encerraba, así lo pensaba Nicolás, una fuerte tendencia regresiva y clausurante
de los rasgos vanguardistas y subversivos propios de la modernidad bajo el
enmascaramiento de una seudo provocación que buscaba desterrar, de una vez y
para siempre, esa experiencia transformada en pieza de museo), y también tendió
a sospechar de los epígonos del posestructuralismo y del deconstructivismo sin
por eso restarle mérito a las ideas forjadas por un Foucault o un Derrida. En
todo caso, por inclinación y por afinidad, le interesaron más las complejas y
eruditas interpretaciones que provenían de la tradición italiana,
interpretaciones que se movían en una tensión no resuelta entre una época
crepuscular y lo nuevo que no acababa de conformar más que una ilusión de
rápida consumación. Principalmente leyó con complicidad teórica a Franco Rella
y, con algo menos de entusiasmo, a cierto Cacciari y a Giorgio Agamben, y no
dejó de interesarse en escrituras como la de Vicenzo Vittiello o Roberto
Espósito, del mismo modo que un Claudio Magris y sus indagaciones por la
literatura mitteleuropea, hechas desde esa ciudad de fronteras y de cruces como
lo fue Trieste, contribuyó, no de menor modo, a sus apasionamientos por esa
época del fin de un mundo y que tan bien iluminaba nuestra actualidad. En todo
caso, y a eso apuntaba, los clásicos continuaron habitando su biblioteca. Marx
estaba allí como quien nos recuerda que lo esencial persiste más allá de los
olvidos pasajeros (y a través de la estela dejada por Marx estuvieron, claro,
los filósofos del idealismo alemán –sobre todo Kant y Hegel- y los grandes
teóricos del romanticismo como Hamman y Herder, los hermanos Schlegel y el
propio Goethe a quien acompañó, como no podía ser de otro modo, con sus
lecturas de Schiller, de Novalis y de Hölderlin). Pero también estaba un
siempre recordado Sartre, maestro de su generación al que Nicolás le guardó una
especial afición que, en ocasiones, se confundía con una cierta melancolía. Un
Sartre en todo caso capaz de ir contracorriente y de defender causas perdidas.
Pero también leyó, bajo la perspectiva de una puesta en cuestión de las teorías
emanadas del campo intelectual francés, a los exponentes clásicos de la Escuela
de Frankfurt, principalmente a Theodor Adorno y a Walter Benjamin, entendiendo
que en esa tradición seguía encontrándose una de las lecturas más lúcidamente
críticas de la modernidad. Atrás, pero no olvidadas, habían quedado sus
apasionadas lecturas argentinas, las que incluían a Jauretche y a Cooke, a
Perón y a Hernández Arregui, a Walsh y a los hermanos Viñas, a Sarmiento y a
Marechal, al Che Guevara y a Borges autores, todos, que siguieron habitando sus
viajes intelectual-políticos por los espectros de un país inclasificable capaz
de caminar por el desfiladero de la catástrofe y la esperanza.
8.
“Nuestro combate no está
motivado por una indignación moral. No condenamos a la clase dirigente y al
Estado por crímenes que hubiera podido no cometer, sino al contrario, por
crímenes que no podían dejar de cometer”.
Jean-Paul Sartre
Me detengo en un ensayo medular en el que Nicolás se va adentrando, en un
juego de pinzas conceptual, siguiendo una doble dirección que, en la propia
travesía, acaba unificando su destino final. En “La modernización conservadora
y el pensamiento intelectual”[28], va
desentrañando la madeja de una derecha que, si bien sigue siendo portadora del
nombre y de los objetivos de su antecesora, es lo suficientemente creativa y
sutil como para darle a su práctica, a sus intervenciones y a su lenguaje un
carácter adaptado a los tiempos signados por la estetización de todas las
cosas, por la culturalización de la política y por la necesidad de dar cuenta
de los nuevos moralismos políticamente correctos. De ese modo, y siguiendo esa
lógica, acaban por vincularla, a esta nueva derecha que se pondrá al frente de
lo que Casullo llamará “la revolución cultural conservadora”, con la estirpe de
la progresía intelectual que, al girar fatídicamente la página de la historia
signada por las tradiciones de izquierda (en nosotros ese camino fue apurado
por la dictadura militar que, además de atacar ideas, destruyó los cuerpos de
los portadores de esas ideas), se abrazó, con fervor de converso, a la recién
descubierta “democracia”. El “deslumbramiento” que produjo ese descubrimiento
en aquellos años iniciales de la postdictadura
la llevaría a ser confinada a una sola de sus herencias: la forjada en
el interior del liberalismo y de la paradigmática aceptación acrítica de “un
acentuado formalismo democrático republicano de corte netamente conservador y
amedrentador, que busca desasirse de la historia: desprenderse de todo ‘hacia
qué’ y ‘para qué’ histórico preciso”[29].
En un giro cada vez más pronunciado fueron abandonando sus antiguas críticas al
capitalismo para adaptarse, en lo político y económico, a la dogmática de la
ortodoxia fondomonetarista mientras mantuvieron su progresismo valorativo pero,
ahora, canalizado ya no a través del Estado o de ideales revolucionarios sino
de diferentes ONG’s[30].
La estrategia neoliberal logra apropiarse, cuando lo necesita, de memorias
y gramáticas pertenecientes a sus antiguos adversarios pero lo hace vaciándolos
de contenidos y reduciéndolos a espectáculos especialmente armados para
conciencias sensibles. También lo hace reescribiendo la turbulenta historia de
la modernidad destinando sus críticas más ácidas y destructivas a la
transformación de la genealogía de la revolución popular en materia prima de la
barbarie homicida de los totalitarismos. La astucia de la deconstrucción de las
sagas populares revolucionarias (que empieza, como es obvio, por la etapa
jacobina de la Revolución francesa y atraviesa desde la Revolución rusa,
pasando por la China hasta alcanzar a todos los movimientos de liberación
nacional y las diversas formas del populismo a lo largo y ancho del siglo
veinte) se hace en nombre de una democracia “esencial”, normativa, capaz de
ofrecerse como el paradigma virtuoso de la República siempre soñada y hasta
añorada por nuestros progresistas que, ¡al fin!, creen que a la historia
moderna le sobró Rousseau y le faltó Locke o, de una manera más aggiornada,
abundaron Marx y Keynes y escasearon Hayek y Friedman. Nuestros progresistas,
todos provenientes de la mitología de la revolución, antiguos cultores de los
diversos marxismos y populismos transgresores, han mutado en defensores a
ultranza de una alquimia de liberal capitalismo, multiculturalismo importado de
los departamentos de estudios culturales anglosajones, institucionalismo
dogmático y rechazo visceral a cualquier recuperación de la política como
conflicto. Su panacea es la famosa “sociedad abierta” de Karl Popper pero bajo
la multiplicación infinita del espíritu libertario de la mercancía. Lo demás
es, claro, barbarie bajo la forma de una genealogía del horror revolucionario
que, ahora y entre nosotros, ha cambiado nuevamente de forma y se ha vestido
con las ropas plebeyas del neopopulismo.
Repasando el cambio de relación con la propia historia que se opera en el
interior del progresismo conservador, Casullo afina todavía más el análisis
crítico desarmando la maquinaria autojustificadora que muchos de los
intelectuales que provienen de este sector suelen poner en funcionamiento:
“Paralelamente las poderosas usinas económicas, financieras e inversoras de
hoy, que estructuran la estrategia política e ideológica neoliberal a partir de
las reglas del mercado mundial, amasan a su vez una campana cultural de época
–tanto conservadora como progresista- que de distintas formas plantea y sofoca
el presente como reiteradas y eficaces consignas sobre el fin de la historia,
el fin de las ideologías, el fin del Estado rector, el fin de la política, el
fin de las derechas e izquierdas, el fin de las democracias sociales, el fin de
los proyectos nacionales, el fin de los programas ‘anacrónicos’, el fin de los
proyectos utópicos. Ambas vertientes, la dura revisión crítica a un pasado y la
propaganda contrapolítica del mercado liberal, gestan el miedo político a la
historia: una pérdida de conciencia, participación y sentido de la historia.
Miedo a actuar en la historia, a protagonizar la historia, a intervenir en la historia en tanto
marcha posible de encauzar en términos prioritarios de real justicia, equidad y
emancipación del hombre. Pero también retracción de la experiencia social en
tanto crisis de la conciencia en su relación con la historia en sí. Es decir,
fuerte caída cultural de la perspectiva de un
sentido histórico. O de un sentido de
la historia (…) El siglo XX fue la centuria que depositó su viga maestra en
el poder de la historia como fragua, el potencial de las historias posibles de
hacerse y rehacerse. Y en donde los mundos simbólicos, discursivos y retóricos
emanaban, palmo a palmo, de la matriz de los hechos. De sus evidencias, marchas
y abecedarios concretos a cargo de los conjuntos sociales que, para bien o mal,
se sintieron llamados a actuar. El miedo a la historia por el contrario –como
neo-ideología que supera el sistema de políticas admitidas por el mercado
mundial- la conciencia de una historia paralizada que no garantiza ya ninguna
de sus promesas, que gira sobre sí misma como fantasma de lo que fue, que se
escurre de cualquier escena hacia un abismo devorador de significados,
replantea la experiencia cultural entre palabra, política y mundo”[31].
Quisiera, llegado a esta encrucijada decisiva a la hora de intentar
comprender lo específico de nuestra época, hacer un breve desvío que pueda
introducirse en las problemáticas de lo político, de la democracia (y sus
tradiciones encontradas), del litigio por la igualdad, del paradigma de la
revolución y el terror, de la lógica del conflicto enfrentada a las políticas
del consensualismo, como una manera de interrogar el centro de las
preocupaciones del propio Casullo.
Nombrar la democracia es poner al descubierto la trama de un litigio que la
persigue desde los orígenes. Desde Platón sabemos que el ideal republicano
nació en conflicto precisamente con la demanda de los muchos que asumió la
forma, siempre acechante, expansiva e ilimitada, de la asamblea de los
ciudadanos en el Ágora. Un conflicto entre el orden que fija las fronteras
irrebasables y la emergencia de una figura inasible e insoportable cuyo núcleo
resulta de sumar a los que, hasta ese momento, no tenían parte en la suma de la
Polis. Esa grieta de origen ha marcado las relaciones siempre arduas y
complejas entre la tradición republicana y la tradición democrática. Desde
cierta perspectiva se podría decir que la realización de la “República” se
corresponde con el fin de lo político, allí donde este último viene a expresar
el núcleo de lo que carece de confines, de aquello que no puede ser “puesto en
caja”, es decir, ordenado de acuerdo a un régimen que se apoya, en lo esencial,
en la fuerza de policía; de un orden, Platón dixit nuevamente, que pone un
freno a la incorporación de los incontables en igualdad de condiciones y
reclama la imperiosa necesidad de organizar la vida de la ciudad en torno a una
élite de guardianes. El filósofo francés Jacques Rancière concluirá que, de lo
que se trata, es de “poner fin […] a lo político tal como se manifiesta, a su
estado espontáneo, democrático; poner fin a esa autorregulación anárquica de lo
múltiple por decisión mayoritaria”[32].
Esa es la dimensión “monstruosa” de la democracia que siempre ha inquietado a
los cultores del orden. Ahí radica el deseo, inconfesado, de “ponerle fin a la
política” entendiéndola en su verdadera significación que se muestra en
absoluta contradicción con la lógica del control y de la reducción de las
exigencias de la mayoría a la trama indispensable de la jerarquía. La igualdad,
vieja compañera de la politeia, sólo puede permanecer en la República al precio
de extraviar su contenido. Cada vez que reaparece, como en los días argentinos,
nos devuelve al territorio del litigio, de aquello desde siempre insoportable
para el poder. En la escisión entre lo político como fuerza democrática activa
y la política como gestión de policía, hay que ir a buscar el conflicto de
nuestro tiempo, un conflicto que no sólo separa a las fuerzas
liberal-conservadoras de las popular-progresistas, sino que también ha
producido una escisión en el interior de lo que otrora constituía el campo de
la tradición democrático-popular.
Esto es así, porque lo que se ha escindido en el interior de ese campo
político es la relación, otrora fundamental, entre demanda social-igualitaria e
institucionalidad democrática. Dicho de otro modo: los años noventa, época
caracterizada por la doble tenaza de la ortodoxia neoliberal en el plano de la
economía y la rutilante hegemonía del discurso postmoderno en el plano de las
ideas, expulsaron sin contemplaciones a la cuestión social (entendida como
demanda de igualdad) para dejar entrar a la gran estrella de aquellos años que
fue la ideología de “lo políticamente correcto”, aquello que encarnó en el life
style propio de las clases medias autodefinidas como progresistas que se
sintieron interpeladas por las diversas variantes de una estetización de la
vida y la política. Nicolás ha escrito páginas memorables, algunas ya las he
citado, en las que se detiene, con su ácida y fina ironía, a desmenuzar este
travestismo político-cultural de esas clases medias que pasaron de su afición a
la revolución a convertirse en cultoras del formalismo institucionalista y en
nostálgicas de una “verdadera República” que sólo ha existido en su imaginación
o, peor todavía, cuando cristalizó entre nosotros lo hizo al precio de
representar cabalmente los intereses de las clases dominantes en detrimento,
precisamente, de la igualdad democrática. No resulta extraño que algunos de sus
más relevantes intelectuales hayan elegido las páginas de La Nación –el diario del liberalconservadurismo argentino tan afín
a los distintos “saneamientos morales” de la República envilecida por las
demagogias populistas, llevados adelante por los militares desde los ya lejanos
años 30 hasta completar el ciclo con el apoyo y vindicación de la dictadura del
76- para explayarse larga y concienzudamente sobre las mieles del
republicanismo genuino y contra las acechanzas provenientes de ese tan
denostado democratismo populista. Nicolás se enorgullecía de no haber aceptado,
cuando regresó del exilio, la propuesta que, en esos días, le hizo el director
del periódico fundado por Bartolomé Mitre, de convertirse en columnista.
Simplemente le respondió que entre sus convicciones político-ideológicas y las
de La Nación no había ninguna
compatibilidad posible. Prefirió ganarse la vida de otra manera. Un gesto
sartreano que parece provenir de otra historia.
En amalgama perfecta con ese borramiento del conflicto social se desplegó,
a lo largo de la década del 90, el discurso consensualista asociado a las
profecías fukuyamistas del fin de la historia y la muerte de las ideologías.
Muchos de los cultores progresistas del republicanismo han heredado, sin
dificultades críticas, la perspectiva del fin de la historia entendida como la
posibilidad, ahora sí, de desplazar el conflicto del interior de la vida
democrática. Y lo han hecho a sabiendas de que lo que necesariamente quedaría
irrepresentado en el ideal de la República virtuosa sería, precisamente, el
litigio por la igualdad (en un giro regresivo terminarían por volverse
ultraliberales o arendtianos de derecha al aplaudir con entusiasmo la tesis de
la filósofa judeoalemana de la estricta separación de la esfera social y de la
esfera política).
La consecuencia política directa de este posicionamiento la podemos
encontrar reflejada en el espanto que sienten algunos intelectuales
autoafirmados como progresistas y/o socialdemócratas frente a la “desprolijidad
populista” del kirchnerismo que ha reinstalado la lógica de la beligerancia y
la confrontación entremezclando de manera escandalosa lo que debe ser
prolijamente separado para que la dinamita no explote[33].
Maestros retóricos del consensualismo no expresan otra cosa que el pánico
bienpensante ante el retorno, inesperado, del litigio por la igualdad, un litigio que, en cada época, adquiere sus
propios rasgos. Negada como una anomalía salvaje de la historia la etapa de la
revolución, se abrió el camino, desde la lógica del poder hegemónico, para ir
desmontando de a poco los contenidos igualitaristas de la tradición democrática
y para reintroducir el ideal republicano prolijamente despojado de cualquier
herencia plebeya y, ahora, focalizado en la cuestión de las élites y de una
suerte de mitificación ahistórica de las “instituciones” (allí está el cruce de
frontera generado, a finales de los años 70, por el libro de François Furet –Pensar la Revolución francesa- en el que
no sólo se ponía en discusión los ideales “modernos” emanados del jacobinismo
revolucionario, sino que se reducía la propia matriz de la revolución a terror,
a punto de partida de los horrores desatados en la peripecia de una modernidad
nacida de la Revolución francesa con lo que la propia tradición democrática
comenzaba a ser descripta, con astucia y sigilo, en juego con su otrora opuesto,
el totalitarismo)[34].
La crítica del papel de las multitudes sería una constante de esa línea
liberal; una crítica que volvía a recoger la herencia del desprecio de las
élites de finales del XIX hacia los desafíos que provenían de las masas plebeyas
pero que también se vinculaba, más subterráneamente, a la matriz
contrarrevolucionaria del conservadurismo de finales del siglo XVIII y
principios del XIX (más de un progresista se sentiría algo perturbado al
“descubrir” esta insospechada filiación)[35].
Redefinir la idea de “pueblo”, dándole otra significación histórica hasta
desmontar pacientemente sus contenidos emancipatorios, sería otra de las
inquietudes de los críticos neoliberales que terminaron de hacerse fuertes en
el tránsito de la década del setenta a la del ochenta cuando la noche de los
ideales revolucionarios parecía ocupar toda la escena del mundo. Constituye una
tarea no menor reconstruir, bajo nuevas perspectivas, una tradición, la popular
democrática, que también ha dejado sus males en su travesía por la historia;
hacerlo implica, también, recuperar lo mejor de la idea republicana pero
entramándola con aquella otra proveniente de las canteras del
igualitarismo.
Desprendida de la gramática del conflicto la vida política se apropió, como
hoja de ruta de este nuevo tiempo, de los lenguajes y de las prácticas del
gerenciamiento empresarial llevando hasta su supuesta extenuación aquello que,
en otra etapa de la historia, había sido lo propio de la politicidad: el
litigio por la igualdad, la disputa por las condiciones materiales de la
existencia y, junto con ello, la querella en el interior de la propia
democracia por definir su núcleo hegemónico. Sin conflicto y sin antagonismos,
lo político transmutó en pura fuerza de policía, es decir, en prácticas de
control, orden y administración asociadas en el imaginario de la época a los
ideales republicanos y a la calidad institucional. Prolijidad, armonía,
consenso, competencia sana, sociedad del riesgo, postmodernidad, mercado
global, iniciativa privada, se convirtieron en las palabras-llave que abrían
las puertas de un presente pletórico de esperanzas y sellador de cualquier
posibilidad de retorno a los tiempos oscuros y sombríos en los que reinaba la
política del conflicto.
Pensando desde otro registro (en un texto anclado en los inicios de los
años noventa cuando la ola neoliberal se expandía por un mundo atónito y
aparentemente sin defensas), Jacques Rancière señalaba que la “democracia ha
superado la época de sus fijaciones arcaicas en la que convertía la debilitada
diferencia entre ricos y pobres en mortal asunto de honor, encontrándose hoy
tanto más asegurada en cuanto perfectamente despolitizada, en tanto ya no es
más percibida como objeto de una elección política sino vivida como medio
ambiente, como el medio natural de la individualidad postmoderna, sin imponer
ya las luchas y los sacrificios que se contradecían con los placeres de la
época igualitaria”[36]. Ese
mecanismo de naturalización de la democracia (es un hallazgo la fórmula “vivida
como medio ambiente”) se correspondió, y Rancière lo explicita con crudeza, con
la más amplia despolitización de la sociedad allí donde dejó de funcionar el
conflicto de origen para ser desplazado por la maquinaria consensualista y por
un nuevo imaginario igualitario que dejó de girar alrededor del problema de la
distribución de la riqueza para convertirse apenas en un reclamo por ser parte
de la “igualdad para consumir” (una igualdad desarticulada de lo colectivo, que
era lo propio de su forma inicial, para quedar asociada al gesto puramente
individual del nuevo sujeto postmoderno). Fuera del conflicto lo que quedó
invisibilizado socialmente fueron los sujetos otrora portadores de las demandas
igualitarias, es decir, todos aquellos que, con sus vidas sustraídas por la
explotación, quedaban doblemente relegados: en sus derechos y en su existencia
real. Quedó completada la tarea del desmontaje iniciada por Furet y los
cultores de una asociación entre democracia radical y terror. Primero quedó
desprestigiada la tradición de la revolución, después siguió el camino del
ostracismo el sujeto colectivo portador, otrora, de esas rupturas
revolucionarias de la continuidad y la repetición en la historia. La multitud
popular (el pueblo en ciertos registros, la clase obrera y/o los campesinos en
otros más vinculados a las izquierdas), no sólo quedaron expuestos como el
núcleo indiferenciado de “la barbarie” sino que, en un giro más espectacular e
impúdico, fueron despojados de su dinamismo, de su incidencia en los cambios de
la historia e, incluso, de su memoria rebelde. El republicanismo liberal
(incluyendo también a los nuevos exponentes de un progresismo “políticamente
correcto” e institucionalista) se convirtió, durante un par de décadas, en el
eje de una nueva “verdad histórica”, en la voz de orden para destituir los
rasgos “totalitarios” presentes en la tradición de la democracia hasta dejarla
exhausta de sí misma transformada en un “pellejo vacío”. En estos últimos años,
una ola reivindicadora de lo olvidado y de los olvidados de la historia
atraviesa Sudamérica reabriendo los expedientes de un debate no saldado en el
que, bajo experiencias actuales y antiguas, reaparece, con fuerza, la multitud
como garantía de una recuperación incipiente de la democracia igualitaria.
Una ficción fundacional recorrió el cuerpo artificial de una sociedad
capturada por los engranajes cada vez más potentes de la industria del
espectáculo. Es ahí, en ese nuevo círculo virtuoso que une en un mismo
recorrido la despolitización, la neutralidad valorativa, la proliferación
postmoderna, el estallido monádico de individuos atrapados gozosamente en la
red del hiperconsumo y la afirmación de un presente eterno, que se entramó,
como una malla gruesa y aparentemente inexpugnable, el tiempo del fin de la historia
y su correlato de una democracia medioambientalista despojada de cualquier
cantera de la que pudieran extraerse nuevamente los conflictos de antaño. Una
democracia capaz de expulsar de sí misma su condición histórica y su evidencia,
también antigua, de ser escenario de una querella no resuelta. Nicolás se
hacía, cuando todavía los fuegos de diciembre de 2001 no se habían extinguido
del todo, la siguiente pregunta: “¿Cómo enfrentar las lógicas democráticas despolitizadoras,
como repolitizar la economía-mundo, cómo relacionarla con su propio no sentido
ni fundamento, cómo arrancarla de la ceguera de su origen y de la fatalización
administrativa del progreso tecnocultural?”[37].
Seguimos bajo la estela de esta interrogación atravesada por una profunda incertidumbre
nacida de indagar sin complacencias la articulación profunda de la sociedad
tardocapitalista. Casullo seguirá pensando, contracorriente, que en el
“retorno” de la política –la plebeya, la que incorpora la lógica del conflicto,
la que guarda los rasgos de otra modernidad y de otras memorias de la igualdad
y la justicia- se abre una fisura por la que, sin garantías, se puede colar
“una débil luz mesiánica” (parafraseando a Walter Benjamin). El impacto que
sobre él ejerció Néstor Kirchner hay que comprenderlo a partir de esta “espera
de lo imposible” en una época que parecía de clausura definitiva.
9. La matriz despolitizadora ampliamente desparramada en escala planetaria por
la forma neoliberal del capitalismo no sólo capturó el imaginario de amplios
sectores medios de la sociedad sino que, también, caló muy hondo en las
tradiciones provenientes del bienestarismo progresista e, incluso, en quienes
se referenciaban en las matrices de la izquierda y de lo nacional popular. Uno
de los rasgos sobresalientes, sobre el que todavía no se ha escrito demasiado,
es la mutación que se operó, en el interior de esos círculos, en relación
directa con la idea de “democracia”. Asfixiados por una atmósfera de época que
parecía traer sólo aires viciados por el “triunfo” neoliberal, incapaces de
digerir el bocado en mal estado del derrumbe de las ideas igualitaristas y
profundamente desconcertados por la implosión, desde el propio interior, de las
experiencias mal llamadas socialistas, una amplia generación de intelectuales,
de hombres y mujeres provenientes de militancias antiburguesas pasaron, casi de
la noche a la mañana, de ser críticos de la democracia formal a convertirse en
sus adoradores más fervorosos, contribuyendo a lo que Rancière llamaba la
“democracia vivida como medio ambiente”. Para muchos exponentes de esa
generación detrás de ellos quedaban el horror, la muerte y la derrota que
fueron asociados al fracaso estrepitoso de una visión del mundo que ya no se
correspondía con el mundo real afirmado, de un modo que asumía la perspectiva
de la eternidad, en la estética de la sociedad de consumo y en la proliferación
universal de una nueva forma de subjetividad autorreferencial y atravesada de
lado a lado por la fascinación consumista. Junto con la emergencia del individuo
hedonista (al menos como experiencia real de quienes quedaban dentro del
sistema y como deseo insatisfecho de aquellos otros que eran excluidos de los
llamados mercantiles al goce) se pulverizaron las prácticas anticapitalistas y
se expulsaron por anacrónicas y vetustas las ideas que siguieran insistiendo
con proyectos alternativos al de un modelo de gestión de la sociedad que se
ofrecía como triunfante y definitivo. En todo caso, lo que quedaba para quienes
no se resignaban a ser parte de la masa acrítica de consumistas alienados pero
gozosos, era el distanciamiento crítico, la escritura testimonial y, claro, el
más allá de la política. Nunca como en los noventa estuvieron más alejados los
incontables de la historia, ampliamente marginados de la fiesta postmoderna, de
los forjadores profesionales de ideas que, en su etapa anterior, habían
contribuido con ahínco a reafirmar las virtudes míticas de aquellos mismos que,
en el giro despiadado de la actualidad neoliberal, serían despojados incluso
hasta de su memoria insurgente. La figura del intelectual, otrora imponente y
desafiante, dilapidó sus herencias y sus virtudes al precio del acomodamiento
académico o de la espectacularización mediática. Tiempo de ostracismo para
aquellos otros que no se resignaban a convertirse en coreógrafos de la
escenificación del fin de la historia.
Una de las consecuencias más significativas y difíciles de remover de la
hegemonía neoliberal sobre la vida de nuestras sociedades fue la pérdida de
espesor a la hora de intentar pensar críticamente el estado de las cosas
diluyendo lo que, durante gran parte de la experiencia moderna, había sido el
complejo entramado entre mundo de ideas, experiencia social y actuación
política. En el giro del capitalismo de la segunda mitad del siglo veinte hacia
lo que el pensador francés Guy Debord denominó “la sociedad del espectáculo”,
lo que se expandió de manera inconmensurable fue, precisamente, el poder de los
lenguajes comunicacionales que fueron ocupando con sistemático empeño cada rincón
de la trama cultural incidiendo, como nunca antes, en la construcción de las
nuevas formas de subjetividad bajo la premisa, nunca explicitada, de darle
sustento discursivo y relato legitimador al sistema económico dominante. Es por
eso que resulta indispensable abordar, destaca Casullo, con espíritu crítico y
sin falsos neutralismos, la problemática, absolutamente central, de los medios
de comunicación entendiendo, a ese abordaje, como momento decisivo de lo que,
por no encontrar otra denominación más fértil y compleja, se ha denominado “la
batalla cultural”.
“Cuando se habla de lo mediático entonces –como nueva construcción
‘partidaria’ en tanto derecha política- (escribió poco antes de su muerte
Nicolás Casullo tratando de desentrañar el funcionamiento ideológico del poder
corporativo en la encrucijada de nuestra época y saliendo a discutirle a
ciertas interpretaciones “progresistas” defensoras de la amplitud, la cuasi
neutralidad y la polisemia constructiva de los medios) no se hace referencia a
una idea de sigla (al modo como en otra estación de la historia se designaba a
los actores políticos y en particular a las derechas clásicas). Tampoco a un
programa, a dirigentes, activistas, estructuras orgánicas con secretarios
generales, vocales, votaciones internas y candidatos estructurando un medio de
masas (nada de eso se corresponde, dirá Casullo, con el nuevo espíritu de época
dominado por la corporación mediática capaz de desplazar a las formas
tradicionales de intervención política y articuladora de la agenda hegemónica
desde la perspectiva de los sectores dominantes). Se significa, en realidad,
cómo la edad del mercado neoliberal en tanto proyecto reformulador del
capitalismo, hace tres décadas al menos y en forma enfática e indisimulada
decidió asumir y protagonizar la revolución cultural conservadora”[38]. Esto es
algo que algunos intelectuales que se ofrecen como portadores de la virtud
republicano-democrática enfrentada al autoritarismo populista no quieren ver,
desviando la crítica, indispensable, a la máquina mediática y
responsabilizando, de manera descarada, al gobierno kirchnerista por
“ideologizar” un campo en el que debería reinar la diversidad y la pluralidad.
Mientras argumentan de esta manera no tienen ningún inconveniente en
convertirse en plumas centrales de esos grandes medios que destilan ideología
neoliberal.
“Irónicamente –sostiene Casullo-, por lo tanto, este cuadro de situación
que expone la actualidad, este proceso de conservadorismo evidente de amplias
capas de la sociedad sentado básicamente en el dispendio interpretativo de los
‘partidos mediáticos’, obliga a reintroducir hoy como respuesta crítica
intelectual, temáticas que los vientos de época
que soplaron (desde los 80) en el progresismo conservador y de la
izquierda escéptica dieron como arcaicos. O anacrónicos. O plausibles de no
volver a ser tratados: la cuestión de las
ideologías como velo al conocimiento de lo real social. El tema del
sojuzgamiento de las conciencias como medular lucha social. El dilema de la
manipulación informativa. La problemática de las industrias de dominación
cultural sobre las sociedades medias y populares. El conflicto de la
construcción de las hegemonías y clases y bloques de clases en términos de
mentalidades e imaginarios sociales. El análisis clave de cómo resolver en
América Latina la vertebral contradicción entre democracias populares y medios
de masas privados monopólicos”[39]. Casullo,
con elocuente contundencia, aborda sin eufemismos el centro del litigio y lo
hace poniendo en discusión el proceso de neutralización que la cultura del
neoliberalismo desencadenó sobre las interpretaciones que, siendo herederas de
una matriz igualitarista, resignaron la dimensión crítica para plegarse a la
apología de la “nueva democracia comunicacional” forjada y legitimada por esos
mismos medios hegemónicos. La mutación de la crítica ideológica a los
dispositivos massmediáticos propios de los años 60 y 70 en mirada complaciente
y en aceptación pasiva de la instrumentalización que de esas tecnologías
audiovisuales haría el neoliberalismo a partir de los 80 y 90, constituye el
núcleo de la resignación de esos intelectuales que, provenientes de tradiciones
populares y de izquierda, se convirtieron en cultores del “progresismo
reaccionario” y en defensores a ultranza del formalismo institucionalista,
eufemismo que esconde su plegamiento al espíritu dominante de la nueva derecha
“políticamente correcta”.
“Ponerle nuevas explicaciones a las cosas. Adueñarse de una opinión pública
donde ya no habrá político, líder, institución que pueda lidiar con esas
nomenclaturas virtuales que bautizan”, es decir, que desplazan las antiguas
denominaciones, que vacían los lenguajes de antaño y que corroen hasta la
médula la relación entre política y transformación social de la realidad para
ofrecerse, ahora sí, como la usina de un nuevo génesis, como el punto de
partida de una arquitectura societal que ya
no responde a las formas dogmáticas de un pasado definitivamente
abandonado al entrar en la época del mercado global y sus promesas. “Explícitamente
–continúa implacable Casullo en su crítica al encubrimiento ideológico gestado
por la propia lógica de la corporación mediática-, con ese nombre y apellido:
revolución conservadora, en cuanto a lo que se proponía: llevar al mundo, a la
democracia, a las interpretaciones, a los actores, a las demandas, a los
progresismos, a las izquierdas en crisis, a los expertos e intelectuales, al
Estado y a las prospectivas, hacia una derecha cultural estratégica
–ideológica, simbolizadora, representacional, narracional- para una nueva edad
política civilizatoria. Una contienda cultural”[40].
Me detengo, una vez más, en esta cuestión central: el litigio por el relato no
es apenas un problema de los intelectuales o un divertimento de las políticas
culturales del gobierno sino que es, por el contrario, el eje de la disputa
política de nuestro tiempo, el punto neurálgico sobre el que se da la
“contienda” por darle forma a una ofensiva contrahegemónica que logre
interrumpir la persistente hegemonía del establishment neoliberal.
La derecha, metamorfoseada ahora en medios de comunicación concentrados,
siempre ha sabido cuál era y sigue siendo el centro del conflicto. Se trata de
la ideología, de las interpretaciones enfrentadas, de los relatos en pugna y,
claro, de la política. Uno de los rasgos más potentes de lo que se abrió en el
país a partir de mayo de 2003, pero que se explicitó rotundamente a partir del
conflicto con las corporaciones agromediáticas en el 2008, fue, precisamente,
el corrimiento del velo de supuesta objetividad con el que siempre se vistieron
los medios concentrados. El retorno del conflicto político hizo saltar en mil
pedazos el sutil dispositivo de enmascaramiento a través del cual el modelo
neoliberal fue desplegándose, hegemónico, sobre la vida social. Lo que se
desnudó, bajo el impacto de una repolitización emergente, fue precisamente la
complicidad estructural de los grandes medios de comunicación con lo que
Nicolás Casullo denominaba “la revolución conservadora”. La derecha, la actual,
la que supo comprender el nuevo escenario cultural, social, tecnológico,
político y económico encontró en esas empresas mediáticas a su mejor jugador,
aquel que había logrado convertir su representación del mundo en sentido común.
Deshacer esa trama, tarea ardua y quizás interminable, es parte sustantiva de
la “batalla cultural” si es que se quiere avanzar en un proyecto de
transformación popular.
“La ultrainformación como forma de vida naturalizada, el noticiero
enervante, el documentalismo periodístico de impacto, las ‘espontáneas’
transmisiones de exteriores con camiones móviles donde la ‘realidad se muestra
por sí sola’, el permanente diálogo con ‘la gente’, las nuevas formas de la
realidad-ficción que imperan en los acontecimientos convertidos constantemente
en temas fuertes, el pasaje de una lógica trágica de la literatura al universo
informativo, la construcción diaria de la víctima, del terror, del desastre, de
la amenaza, del límite, del chivo expiatorio, de la muerte, del ‘mal’ –escribe
con agudeza Casullo-, gestan un mercado
actuante –a través de sus empresas mediáticas tan privadas como
monopólicas- desde una lógica e interés político cultural y político
ideológico. Esto expone una permanente
construcción política de la realidad de alcances globales, o nacionales.
Construcción en cada casa, en cada hogar, en cada mirada, en cada escucha,
frente a la cual la política a secas, la clásica […] tiene escasas o casi nulas
posibilidades de hacerle frente adecuadamente en tanto actores de un conflicto
[…]. Esta construcción, que codifica en cada sujeto (con gran poder de
generación y regeneración de sentidos) la mirada sobre lo social, es el
auténtico fondo de escena donde se constituye una sociedad de derecha, desde expresas funcionalidades argumentativas.
Y que no implica ya enunciaciones políticas explícitas ‘de derecha’ a la manera
tradicional de un previsible posicionamiento programático clásico”[41]. Casullo
escribe estas profundas reflexiones sobre la máquina mediática a principios del
2008, en pleno estallido del conflicto con las patronales agrarias y cuando
todo el dispositivos de los grandes medios de comunicación se pusieron, una vez
más, al servicio de la lógica destituyente (palabra que, por otra parte, se la
debemos a su pluma ingeniosa y sutil cuando surgió, de modo imprevisto, el
colectivo de intelectuales que le diera forma a la experiencia de Carta
Abierta); y lo hace destacando, entre otras cosas, la “política” que se
construye en el “más allá de la política”, la sofisticada elaboración de un universo
de sentido capaz de incidir sobre la escena de lo real como si, aquello que es
discurso y construcción, manipulación y montaje, no fuera otra cosa que la
expresión inmediata, “objetiva” y “verídica”, de esa misma realidad apropiada
por la potencia representacional de la nueva lengua totalitaria de la época
que, eso sí, se ofrece a sí misma como la quintaesencia de la democracia y de
la más plena libertad.
Lo más difícil de remover, incluso
ahora cuando asistimos a una inquietante crisis del neoliberalismo a nivel
global, no es su estructura económica, el despliegue sistemático de
transformaciones institucional-jurídicas para habilitar el viaje de ida del
capitalismo especulativo financiero, sino su espectacular “triunfo” cultural,
es decir, ese momento en el que el sentido común se pliega en aceptación
acrítica de lo que constituye una nueva manera de ver y de estar en el mundo.
Nunca está de más destacar que el giro neoliberal del capitalismo fue posible a
través de la alquimia de transformaciones estructurales y de una inédita
ofensiva mediático-cultural destinada a producir otra subjetividad. Existe una
relación directa entre democracias despellejadas, exhaustas, formales e
insustanciales y la ampliación del papel “regulador” de los imaginarios sociales
por parte de la industria de la dominación cultural que tiene a los grandes
medios de comunicación como centros neurálgicos de ese proceso de vaciamiento
político. Fuera de toda ingenuidad, más allá de toda aparente
autorreferencialidad técnico-discursiva que supuestamente los coloca, como no
se cansa de señalar Beatriz Sarlo –ejemplo emblemático de lo que Casullo llamaba
“progresismo reaccionario”-, en un andarivel posideológico, los medios de
comunicación hegemónicos constituyen la columna vertebral de la nueva derecha
contemporánea. En ellos, en su enorme capacidad para crear opinión pública y
sentido común, en su avasallante poder tecnológico que multiplica hasta la
nausea su “relato” de la realidad, se refugia y busca recomponer su modelo la
“revolución conservadora” que supimos conocer y padecer en los años noventa.
Penetrar en su andamiaje, deconstruir su retórica y su capacidad instrumental y
manipuladora, disputarle palmo a palmo la representación de la realidad es, tal
vez, el hueso más duro de roer y uno de los principales desafíos para una
tradición que se quiere popular, igualitarista, latinoamericana y democrática.
10. Cierro estas apretadas páginas atravesadas
por la nostalgia recuperando algunos fragmentos de lo que escribí cuando se
cumplió el primer año de su muerte y todavía no terminaba de salir del estupor
provocado por su ausencia. Tristeza y alegría de una amistad invalorable,
profunda, fraterna y deudora, como una maravillosa donación, de pasiones
intelectuales y políticas, de esas que se desplegaron en los pasadizos de una
historia que nos atravesó con sus promesas y sus fracasos, con sus esplendores
festivos y sus hecatombes, con los añorados arraigos y los destierros. Una
historia, la de él, que es la nuestra por herencia y deseo, esa que supo
transmitir como ninguno entre las palabras extraídas de su memoria callejera y
erudita, de fervores amasados con la arcilla del barrio, de la gloria
futbolera, de picados entre faroles tangueros y calvarios racinguistas pero que
también supo de los encuentros con las lenguas de la poética emancipatoria, de
la militancia, de las utopías redentoras entramadas con antiguas liturgias
metodistas y vastas lecturas bíblicas en increíble alquimia con Fanon y Sartre,
con el profeta Isaías y León Trotsky, con Hölderlin, el poeta del crepúsculo de
dios, y Julio Cortázar, con la melancolía mesiánica de un Walter Benjamin y la
escritura urgente e imperiosa de un Rodolfo Walsh. Como si siempre hubiera
sabido que las cosas importantes, esas que dejan huella, nos exigen el
desparpajo de entrelazar a Borges con el gordo Cooke, a Perón con Sófocles, a
Thomas Münzer con Evo Morales, a Marechal con Musil y a Macedonio con Heidegger.
Amasijo lúdico de escrituras de la vida y de las ideas atravesadas por el reclamo
de la revolución. Lecturas desasosegadas del tiempo otoñal, ese tiempo de la
revisión y de la autocrítica, de la inquieta indagación por aquellos legados
duramente sacudidos por los golpes de una historia inclemente capaz de llevarse
vidas entrañables junto con ideas galvanizadoras de militancias sobrecogidas
por la sed de justicia e igualdad. En Nicolás el atardecer de la revolución se
convirtió en tema de honda y decisiva indagación; para él, atravesado por su
biografía y por las ideas de un tiempo excepcional, se trató de seguirle la
pista a esos legados para proseguir, bajo nuevas condiciones y sin las antiguas
certezas, por los arduos caminos de un pensar comprometido con la lengua
tartamuda de la emancipación.
Nicolás vivió sacudido por la pasión argentina; nunca dejó de añorar una
geografía de remansos y de mesuras mientras se sumergía en el torbellino de una
historia capaz de girar alocadamente sobre sí misma para ofrecernos la imagen
inverosímil de un país siempre en estado de urgencia e incompletud; de un país
capaz de sacudirnos el letargo para devolvernos, inesperadamente, a la
intensidad de la política, de las plazas y de los arrebatos nacidos de viejos y
nuevos reclamos, de antiguas y nuevas promesas. Con su mirada astuta y
socarrona no dejaba de observar, no sin ciertas reticencias nacidas de otras
travesías por mares tempestuosos y devoradores de navíos y de náufragos, las
anomalías de este tiempo argentino, en especial esa que viniendo del sur llegó
a inquietarlo profundamente al confrontarlo con sus propios arcanos
setentistas. Algo loco y extraño, algo a destiempo y anacrónico venía a romper
la inercia de un país en estado de catástrofe, de un país atravesado de lado a
lado por la noche de la neobarbarie cultural capaz de multiplicar hasta el
hartazgo las voces del qualunquismo autóctono, ese que casi siempre, en las
distintas estaciones de la historia nacional, vino a expresar los fervores
virtuosos de nuestras clases medias.
Nicolás, nacido y criado en Almagro, descendiente de tanos del Ligure; hijo
de un amante de la opera y del radicalismo gorila, y de una madre devota de
Evita, descendiente de un extraordinario pastor metodista, uno de los dueños
del negocio de la naranja en el Abasto y escritor arrebatado por la lengua
teológica y salvífica. Nicolás, su nieto y heredero, habitante del corazón
porteño, nunca dejó de sentirse profundamente incómodo por la verborragia
insoportablemente arribista, mediocre y racista de sus propios vecinos de
barrio. Pero, y así de extraña es la vida, nunca dejó de sentirse a gusto en
esas calles gardelianas que inspiraron su novela “El frutero de los ojos
radiantes”, fresco de una Argentina entre la promesa y el desastre, entre la
ilusión libertaria y el Apocalipsis. Con ese amasijo contradictorio se fue
conformando la peculiar sensibilidad de este porteño medular y añorante de una
ciudad perdida e imposible. Tan fuerte sería su arraigo a ese barrio que al
retornar del exilio mexicano sus pasos lo llevarían, con la inexorabilidad
marcada por los signos zodiacales, nuevamente hacia Almagro.
Casi desde el inicio, Nicolás se sintió atraído por lo inaugurado en mayo
del 2003, pero no atraído en el sentido de quien simplemente se deja llevar por
el entusiasmo ciego. La atracción que en él despertó Kirchner, su
excepcionalidad, corrió pareja con su permanente interrogación crítica, con sus
palabras que podían cruzar el apoyo directo y furibundo ante la avalancha de
gorilismo racista clasemediero para tornarse, inmediatamente, en
cuestionamiento de los límites de un proyecto que tenía mucho de tienda de los
milagros o de armada brancaleone, pero que también le ofrecía la imagen de una
gramática plebeya y entrañable allí donde nos permitía sacudirnos de la
barbarie de los noventa. Mirada irónica que sobrevolaba una escena en la que
las épocas parecían arremolinarse, en la que las memorias del pasado volvían a
disputarse en el laberinto del presente. Nicolás pudo intuir lo espeso del aire
de época. Pudo anticipar, cuando todavía no se vislumbraba en el horizonte la maroma
agromediática, que se avecinaban tiempos conflictivos porque, entre otras
cosas, el kirchnerismo había tocado algunas fibras íntimas del poder, de ese
que se tragó el gesto inaugural del cuadro descolgado de Videla, que dejó hacer
hasta que, recuperado de su inicial estupor y de sus propias necesidades de
recomposición, volvió, como otras tantas veces en el pasado, a cargar sin
contemplaciones y apoyándose en lo irresuelto del 2001, en ese fondo viscoso
que Nicolás pudo describir con ojo anticipatorio cuando mostró su fino
escepticismo ante la “rebelión de las clases medias de Scalabrini Ortiz y Santa
Fe”. Leyendo algún reportaje que le hicieron en el 2007 puedo comprobar que,
aunque sin tener la certeza de su acontecer futuro, ya intuía llegado el tiempo
de la revancha contra el “insoportable plebeyismo populista”.
Para él, como para muchos de nosotros, el kirchnerismo implicó una
anomalía, aquello loco e inesperado que venía, junto con otros procesos
abiertos en Sudamérica, a quebrar la inercia de la repetición neoliberal, a
romper la monotonía insoportable de la larga siesta del fin de la historia
proclamada a los cuatro vientos por la retórica de la dominación. Sus ensayos
sobre el populismo, su intento de volver a abrir la caja de Pandora de una tradición
bombardeada por las nuevas formas del virtuosismo republicano, vino a expresar
su convicción, forjada entre lecturas eruditas de matriz benjaminiana y de
experiencias políticas efectivamente vividas en otras épocas argentinas, de que
la querella en torno al populismo, a sus herencias y legados sería una de las
grandes batallas cultural-políticas del presente[42].
Remoción de los escombros de una tradición que parecía regresar bajo nuevas e
inéditas condiciones, apertura de un debate con aquellos que vulgarizaban de un
modo insoportable lo que en los años sesenta y setenta había constituido una
verdadera pasión argumentativa. Nicolás, como siempre aunque con las cicatrices
de otras batallas, se movió contracorriente dirigiendo sus dardos más críticos
e irónicos contra un neoprogresismo fascinado con la retórica de un
republicanismo seudovirtuoso y profundamente olvidado de los olvidados de la
tierra; de un progresismo vaciado y entusiasmado por la llegada al puerto del
libre mercado y de la democracia liberal. Él vio en lo inaugurado en mayo del
2003 la posibilidad de la reintroducción desordenada y plebeya de la política y
del conflicto en una escena desvastada por la neobarbarie massmediática y el qualunquismo
de los “filósofos de época” portadores del virtuosismo propio de los
republicanos de Barrio Norte.
Pero lo que también apreció con ojo crítico, no exento de cierto pesimismo
civilizatorio, fue la profunda y decisiva transformación cultural que desplegó
el capitalismo neoliberal. Una transformación anclada fundamentalmente en los
lenguajes massmediáticos, verdaderos exponentes de la estetización de la
política y de la vida cotidiana en términos de un discurso que redefinió
imaginarios e identidades sociales, al mismo tiempo que proyectó nuevas formas de
subjetividad atravesadas y horadadas por la naturalización de los valores
emergidos de la lógica del mercado y de sus necesidades. No sólo se trató de un
giro economicista, del dominio de la gramática de la mercancía, sino que, más
intenso todavía, lo que se puso en escena fue el desplazamiento de la vieja
política y de los partidos que expresaron tradicionalmente al poder y a las
derechas, para dejar su lugar, ahora sí y de un modo complejo y novedoso, a las
corporaciones mediáticas que pasaron a ser, según su opinión, la emergente
derecha de la época, el núcleo disparador de los arquetipos culturales que
giran alrededor del ciudadano-consumidor, forma elegante para nombrar lo que en
palabras de Nicolás no sería otra cosa que el qualunquismo de clase media. Una
derecha innovadora que logra meterse en la vida íntima de los individuos al
mismo tiempo que logra calar hondo en el sentido común. En esos complejos
dispositivos de los medios de comunicación de masas vio lo propio de estas
últimas décadas.
En un estupendo y medular reportaje, Nicolás Casullo se detuvo a analizar
estas profundas transformaciones que se han venido produciendo en la sociedad
contemporánea y lo ha hecho haciendo eje en la estetización de los sujetos y de
la política, remarcando la función central de los lenguajes mediáticos y de la
industria de la cultura. “Hoy estamos en una cultura que hace política, más que
en una política que hace cultura o que se dedica a la cultura los viernes a la
noche en el salón de actos. Esto segundo ya no ilumina. Porque el tema que nos
atañe a todos es en realidad un tema cultural: la confrontación ahora es por
legitimidades en un mundo deslegitimado. Es por imaginarios a imponer, por
estados de ánimo a ‘operar’, por ficcionalizaciones de lo real, y por el
realismo de las ficcionalizaciones”. Allí se inscribe, con la fuerza de lo que
se graba con fuego, el núcleo “espectacularizante” que el capitalismo
neoliberal le ha impreso a esta época y, de ahí también, la colosal importancia
de los medios de comunicación que se han convertido en el locus “verdadero” por el que se filtra inevitablemente aquello que
hoy se denomina “la realidad”. Sigue afinando su análisis Casullo: “Y se
refiere esta pregunta sobre cuáles son las nuevas subjetividades, cuáles son
sus mundos resimbolizados, resignificados. Cuál es el status de las
representaciones que definen los nuevos sujetos. Esta es una pregunta de corte
estético más que político. Atañe a la sensibilidad, al yo, a lo privado, a la
puesta en escena, al inconsciente, a la imaginación, a la fantasía, a la imagen
de las cosas, a la edición de las cosas, al mito de la individualidad. Es
decir, territorio estético”. Es en esta reconfiguración de los sujetos y de las
cosas en la que se inscribe el vaciamiento de las materialidades y de una
escena puramente articulada desde la lógica de la discursividad
estético-ficcional. Por eso, también dirá con insistencia Casullo, la batalla
de nuestro tiempo encuentra su campo de operaciones decisivas en la cultura, en
ese territorio que ha sido capturado (sutil y violentamente al mismo tiempo)
por la lengua ideológica de la dominación que ha sabido sacarle toda su
potencia a esta estetización del mundo que acaba por reconfigurar las nuevas
formas de la subjetividad. Romper este relato cada vez más abarcador y
totalizador es una de las tareas más difíciles y complejas a las que se
enfrenta una tradición emancipatoria ya que supone, entre otras cosas, disputar
los imaginarios más recónditos penetrando, incluso, en la esfera de lo no
sabido, en la territorialidad del inconsciente. La construcción de un “sentido
común” empático con las nuevas formas de la subjetividad posmoderna tiene,
entre otras cosas, la “virtud” de destituir el lugar del otro (el pueblo, la
multitud, la masa rebelde, etc.) para arrojarlo al museo de la historia
desactivando su potencialidad en el presente de la vida social. Un poco más
adelante, y como corolario de esta producción intensiva de “sentido común” o,
para decirlo con mayor fineza, de subjetividad de época, Casullo se detiene con
minuciosidad en la descripción de lo que él denomina la emergencia de un
“qualunquismo fascistoide”: “El qualunquismo vendría a ser –señala Casullo-
esas variables protofascistas que existieron en un momento en la Italia o en la
Francia de posguerra, en el sentido de gente muy despolitizada, muy
antipolítica, muy despreciativa de todo lo que sea político, muy creyente de
que lo único que se legitima en la sociedad es, por un lado, el empleador que
te da trabajo y el jornal, y por el otro lado, el empleado que yuga. Somos
todos empleados. No hay clases ni identidades ni agrupaciones. Desde esa perspectiva
se puede producir un qualunquismo de tintes fascistas. Yo creo que en Argentina
hay variantes muy claras de estos tintes fascistoides antipolíticos, alentados
por una derecha y por un neoliberalismo que juega, desde hace muchos años, una
batalla cultural que viene ganando en el sentido de que establece a la política
como una intrusa. Así, la política sindical es intrusa. La política universitaria
es intrusa. Los derechos humanos son intrusos. La política es pura corrupción,
robo por fuera del ‘empleador y empleado’ que signa toda la vida. Una herencia
de nuestros abuelos inmigrantes también, para quienes la política era solo
‘chanchuyos de criollos’ que no querían ir a laburar. Desde esta lógica, la
política es aquello foráneo a una ‘vida normal’, a un ‘sentido común’, algo que
viene a interferir una lógica dada básicamente por la relación económica, que
es la ‘verdad verdadera’ frente al diputado parásito”[43].
En un último reportaje que le dio a María Pía López y cuando las fuerzas se
le escapaban, Nicolás tecleó en su computadora como queriendo cerrar un largo
itinerario intelectual abriendo con palabras precisas los desafíos del presente
que, en su herencia, son los nuestros: “si las cosas ya no se escriben de otra
forma ya no se escriben más”.
*Filósofo
[1] En la introducción al que sería su último libro publicado en vida –Peronismo. Militancia y crítica (1973-2008)-
Nicolás le dedica sus primeras páginas a describir, con una ternura inusual en
su escritura ensayística, las peripecias marginales de “El Petiso”, el curda
del barrio, que “provenía de las bocacalles nocturnas del Abasto” y, a través
de esa vida rota, de esos “eructos” que le daban forma al último grito del
derrotado, reconstruye, en una doble dirección, la persistencia del peronismo
(a través de esos personajes que remitían a una multitud aparentemente
desplazada del centro de la escena pero que, a la vuelta de la esquina, de
cualquier esquina, recordaban que seguían ahí, a la espera de tiempos mejores)
y la trama de prejuicio y despojo de quienes no han hecho otra cosa, desde
1945, que ver en el movimiento creado por Juan Perón la expresión de todas las
lacras nacionales incluyendo a esas figuras salidas de la periferia que
parecían recordar en su andar las oscuras tramas de un suburbio siempre
amenazante. Casullo, siguiendo los pasos zigzagueantes del “Petiso”, no hace
otra cosa que dar cuenta de que “los sin historia hacen la historia” sin prolijidades
de ningún tipo, a un ritmo desacompasado y quebrando los itinerarios trazados
desde racionales ingenierías políticas. Su descripción es antológica: “El
Petiso llegaba parecido a todos los días. Pasos arrastrados, respiración herida
dentro de un sobretodo marrón con la corbata grasienta y absolutamente mamado.
Irreconociendo cualquier referencia, emergido de las noches del 56 por
Zadicarnó camino a su pieza para detenerse antes como una estatua frente a
nosotros en la esquina, detrás la voz de Julio Sosa en la cantina. Había
perdido el trabajo en el ministerio, después por croto lo abandonó su mujer,
esa fulana rubia que se volvió a Misiones con los dos hijos. Interrumpía su
camino para señalarnos el frontispicio con un dedo y llenarse de aire la boca
hacía un eructo que jamás le salió, pero sí el viva Perón descascarado, fuerte,
como hablando con alguien al que tuviera a cinco metros, con ese nombre Perón
en los labios que aturdía el aire del final de Almagro. Un tono arrastrado que
sentíamos no era para mujeres ni para las muchachas ya dormidas. Su voz baja y
cavernosa desvirgaba el mundo […]. De esa faena entre las sábanas de la
historia surgía el Petiso en estado de borrachera absoluta durante aquellos
años libertadores. La noche lo apañaba, su garganta empezaba a guardar los años
del espanto, y ese nombre en sus labios solía paralizar las miradas, los oídos:
a nosotros ahí en la esquina a la espera de escucharlo más o menos a esa hora.
Ese nombre pronunciado, ese nombre cancelado del idioma, Perón, hundido detrás
de las paredes, quemado en ceremonia en Tucumán y Salguero en una fogata de
diarios, fotos y libros de lectura, el nombre regresaba con el Petiso en la
esquina. Ese nombre de un general era una borrasca repentina que cubría las
baldosas, también la voz del tanguero arrancaba el tiempo del tiempo hacia el
pasado, aunque con mis diez años no entendía cómo. Ese nombre arrastraba más
allá de la esquina hacia un mundo de años despavoridos, de silencios, rumores,
aguinaldos, inspectores, carnets de afiliación, historias malditas, diarios
prohibidos, camiones llenos de cabecitas sobornados, negros infradotados,
caravanas del diecisiete, y ella muerta. Ese nombre para la buena vecindad
italiano española de Almagro no tenía lugar en el aire, en las piezas, en los
diarios, no tenía sitio en los años venideros, ni mañana, ni días por delante
ni imagen por venir. Era el sonido atroz de los negros de a montones, era un
mundo telaraña que abrazaba un apellido abandonado, un hijo saturnal, un Nerón
de las pampas y además trenes de pan dulce comidos por ratas, hoteles de
carniceros en Playa Grande, sacristías en llamas y Cristos incendiados que
gemían, familias probas denunciadas y requisadas, mundo de reinas proletarias
todas rameritas, fiestas nacionales de vagos, fogatas con parquet, quejidos de
las hembras los veintiséis de julio llorando por la yegua, mundo con rostros de
jovencitas de la ues violadas arriba de una motoneta, de huracanes en plazas
céntricas, muchedumbres de camisas blancas regaladas, aquelarres obreros y
también nazis desembarcados por el sur y un fuego vomitado por las nubes para
escribir allá en lo alto en lo más alto el nombre de esos dos satanes en
matrimonio. Mundo que solo regresaba como chillidos inaudibles en la boca del
Petiso que venía de la cuadra anterior, desde esa boca de lobo donde la
ausencia municipal de faroles convertía a la noche en algo previo a la razón, a
los datos, a la cordura, a los apareceres: que transformaba esa cuadra
agazapada en algo espeluznante, en ladrones hijos de las siete tetas, cuadra de
Bulnes que debió dar origen a toda la resistencia peronista como muchos años
después lo descubrí lo aluciné lo leí y lo confirmé en la biblioteca de la
universidad de Duke en North Caroline subrayando puntillosamente libros
argentinos primera edición sobre cegeté negra en madrugadas de insomnios. Pero
no, a lo mejor tampoco, lo más seguro es que no. Nada que ver. Cualquier cosa.
No tiene gollete. El Petiso era sencillamente un curda, un peronacho.”
(Colihue, Buenos Aires, 2008, págs. 7-10). Casi toda la sensibilidad social y
política de Nicolás está encerrada en este texto inolvidable que no podía dejar
de citar en su larga extensión para ofrecérselo al lector que, quizás, no tuvo
la oportunidad de toparse con él. Entre esos recuerdos de una infancia en el
barrio del Abasto y la larga ruina de una historia que desilusionó a tantos,
está la manera entre cruda, tierna y paródica con la que Casullo sigue
parándose delante de una historia no resuelta.
[2] En una larga nota a pie de página de un artículo medular –“Catástrofes,
mitos y figuras argentinas”-, Nicolás, enfrentado al derrumbe nacional y a la
imperiosa necesidad de tener que pensar, bajo condiciones inéditas, una época
que amenazaba con devorarse toda perspectiva de transformación al mismo tiempo
que decretaba el final de los lenguajes utópicos y de la potencialidad de la
política para incidir en la marcha de las cosas, reconocía, no sin un dejo de
inquietud y malestar que, sin duda, “el fin de la revolución expandió el tiempo
de la no-política transformativa. Pobló a nuestras sociedades de un horizonte
inerte, despolitizó ‘democráticamente’, ‘gobernalizó’ todo: tanto el quid de
los procesos sociales bajo dictadura de mercado como esencialmente las lecturas
explicativas. Construyó la red de los inexorables, únicas vías, pensamientos
únicos, y falsas ‘terceras vías’, dando cuenta de lo difícil de habitar el fin
de época de la revolución moderna tal cual la pensó allá lejos y hace tiempo el
siglo XIX y las malogró (en obediencia o en desobediencia) enfáticamente el
siglo XX. Pero sólo desde el debate histórico social concreto, sólo desde la
silueta propia que admite plenamente lo histórico, es plausible pensar sujeto y
acción. Memoria histórica, conciencia histórica y crítica histórica. Ése es el
trípode de fondo que sostiene todas las máscaras del drama: del fin o del
renacer.” (en Pensar entre épocas,
Buenos Aires, Norma, 2004, nota 5, pág. 167). Sin malgastar ningún cartucho en
falsas expectativas (en un nota previa del mismo ensayo se había dedicado con
especial énfasis crítico a demoler lo que en los años iniciales del nuevo siglo
era la influencia del toninegrismo entre nosotros y al calor del impacto de
diciembre de 2001 y del espíritu insurreccionalista asambleario que a tantos
convenció de estar en el umbral de un renacer de las fuerzas libertarias), sin
embargo buscó afanosamente encontrar el equilibrio entre una interpretación de
las ruinas de la revolución y de los lenguajes utópicos, propio de un tiempo
crepuscular dominado por un tardocapitalismo capaz de absorber las antiguas
energías transformadoras para ponerlas al servicio de nuevas formas del consumo
y de producción de subjetividades enajenadas, y las señales, todavía
incipientes, de algo nuevo y distinto que parecía perfilarse en la escena
Argentina y sudamericana. Casullo, junto con el grupo que desde 1995 edita la
revista Confines, insistirá, en
aquellos años de cambio de milenio, con la necesidad de girar la mirada hacia
la Argentina enfatizando la despedida de Europa y de sus influencias (a todas
luces incompatibles con el incipiente proceso de repolitización bajo impronta
de recuperación del Estado y de ciertas tradiciones populares de matriz
nacional y emancipatoria que había iniciado el gobierno de Néstor Kirchner
rompiendo la que, hasta ese momento, era la dinámica despolitizadora dominante
en nuestra geografía). Lejos de las teorías de la causalidad histórica, Casullo
leyó ese tiempo argentino desde la perspectiva de la ruptura, de ese asalto
sorpresivo a la dinámica del sistema y de sus lógicas de dominación que, sin
ofrecerse como una teoría y una práctica del cambio histórico, sí cargó con la
peculiaridad de hacer pedazos el discurso de la inexorabilidad portado por
todos los sepultureros –por derecha o por izquierda- de lo político como acción
transformadora. Su afinidad con el kirchnerismo, la grata sorpresa con la que
lo recibió e incluso anticipó su carácter “anacrónico” y disruptivo, se
relaciona directamente con ese modo de interpretar el momento histórico
desanudando el nudo que para muchos ataba la irrupción de Kirchner a la
“liberación iniciada por las fuerzas populares anti neoliberales surgidas de
los días insurreccionales, en los que se amalgamaron las cacerolas y los
piquetes, de diciembre de 2001”. Nunca dejaría de poner en sospecha ese tipo de
apologías autonomistas y libertarias que, desde su mirada algo ácida, permitió
confundir el reclamo cuentapropista de la clase media con el nuevo sujeto de la
revolución. Sin desconocer, por supuesto, la inflexión que, en nuestro tiempo,
supuso el fin de la convertibilidad junto con el estallido del sistema
político-económico que había posibilitado la construcción del país menemista.
[3] No resisto la tentación de darle la palabra al propio Casullo que, en un
artículo memorable –“Qué clase mi clase sin clase”- publicado apenas unos días
después del estallido de diciembre de 2001, dejó constancia, entre jocosa e
irónica, del carácter tan “original” de nuestra bendita clase media: “Así es,
se trata de auto-orientarnos en un presente tenebroso, teniendo claro
únicamente que nuestra inspiración se agiganta cuando nos topamos, de tanto en
tanto, con el protagonismo de los descuajeringados ‘segmentos’ de clase media.
Representantes diversos de las clases medias sobre todo capitalinas, con su
protesta y cacerolas en las calles del estío y diciendo al resto de la familia
después de agarrar la champañera y un tenedor salgo y vuelvo voy a voltear a un
presidente déjenme la cena arriba de la heladera. En esa estamos. Digo, de
pronto encontrarse no ya con Walter Benjamin o Michel Foucault sino
persiguiendo el arcano cultural de tía Matilde.
Si uno hace
historia de esta clase media, historia barata, que no cuesta mucho, gratis
diría cuando tenemos el sueldo encanutado, podría argumentarse: una clase media
que viene de un radiante y a la vez penumbroso viaje. Viene desde aquella su
ingenua estación inaugural de los años 50, donde él se puso el sombrero y la
corbata con alfiles, ella la permanente y la pollera tubo, y ambos salieron
casi virginales pero envenenados a festejar en la Plaza de Mayo la caída de
Perón al grito de ‘no venimos por decreto ni nos pagan el boleto’. Cancioncilla
tan escueta como cierta, interrumpida por saltos en ronda a la Pirámide para
entonar ‘ay, ay, ay, que lo aguante Paraguay’ sin ningún tipo de grosería ni
mala palabra con las que hoy se luce cualquier animador de pantalla pero nunca
mi padre.
Después la
clase volvió a meterse en casa para advertir, con menos recelo, que los
morochos sobrevivían a todos los insecticidas ideológicos y censuras, y para
dedicarse no sin cierto cansino asombro a departamentos en consorcios, fiats en
cuotas, palmitos con salga golf y vino rosado. Recién a fines de los 60,
principios de los 70 el gran estamento medio recibió la primera monografía
fuerte a componer, de la cual culturalmente no se repuso nunca jamás, para
entrar en cambio en el jolgorio y la confusión liberadora de distintos eros.
Fue cuando los hijos, ya grandulones, arruinaron cada cena o almuerzo dominguero
con la ‘nacionalización de las clases medias’, al grito en el comedor en L de
‘duro, duro, vivan los montoneros que mataron a Aramburo’.
Tamaña
reivindicación de arrabaleros no estaba en los cálculos de la clase media
blanca de abuelos migradores, pero nadie se arredró en la cabecera de las mesas
–ni escurrió el cuerpo en la patriada hay que admitirlo- aunque apenas
entendiesen la metamorfosis de la nena que además copulaba en serie con novios
maoístas, peronistas y con dudosos nuevos cristianos (…). Tiempo y silencio le
costó a la clase volver a salir otra vez a la Plaza después de esa canita al
aire. Prefirió desde el 76 salir a Europa, a Miami, o a la frontera del norte
misionero en largas columnas de autos compradores de TV a color, al grito desaforado
en los embotellamientos de ‘Argentina, Argentina’ tal vez porque también en
colores habían sido los goles de Kempes’”. Y así siguió saliendo la clase media
en otros días “memorables” de las crónicas argentinas (para vitorear a un
general beodo que nos llevó a la guerra; para acompañar y desilusionarse en
Semana Santa de 1987 y regresando en “orden” aunque confundida a su casa para
no salir, para no “vérsela junta, sobre el asfalto, por quince larguísimos
años”. Y así sigue Casullo recorriendo la historia entre trágica y humorística
de quien le ha dado a la Argentina una representación de sí misma que, como
decía más arriba, la mostraba como la Europa extraviada en medio de la barbarie
de un continente incomprensible, intraducible a sus parámetros y poblado de
“cabecitas negras”. Nicolás no dejaría, mientras intentaba calibrar lo que
sucedía en las calles de una Buenos Aires tórrida e insurrecta, de interrogarse
por la deriva de una clase media que, bajo los sones del impulso y la
inconciencia de quien siempre se siente fuera de toda responsabilidad,
contribuía a hacer saltar por los aires a un gobierno impresentable y en nombre
de una “república perdida” a la que ella, eso era seguro, no había hecho nada
por encontrar. Nunca abandonó su raigal escepticismo ante los acontecimientos
de ese diciembre histórico y se alejó de aquellos otros que los vieron, a esos
mismos sucesos, bajo la fantasmagórica figura de la insurrección popular y el
grito libertario. Le doy de nuevo la palabra a Casullo para que termine su
pintura antológica: “La propia historia que relato –antojadiza, falsa, liviana,
inoportuna- devela el interesante claroscuro de la clase analizada. Sus
extrañas medias tintas. Sus románticas luces y sombras espirituales. Sus
insondables claros de luna. Sus materialistas intra-contradicciones objetivas,
diríamos allá por 1972 donde todo era salvable. Ahí está cenicienta y ramera
con su fuerza y su talón de Aquiles. Llama a las revoluciones pero un plazo
fijo la embota como una niña enamorada adentro de un granero. Ahora su lógica
navega al compás de movileros descerebrados, cámaras amarillas de Crónica TV,
al ritmo de su justa furia por dólares encarcelados, por su real hartazgo de
una clase política que nada hizo cuando el país desapareció, sino que casi se
fue con él. A lo mejor algún día pueda volver a contar su biografía. Igual que
antes, allá por los 50, cuando no había salido del patio de magnolias”. (N.
Casullo, “Que clase mi clase sin clase”, en Peronismo.
Militancia y crítica (1973-2008), Buenos Aires, Colihue, 2008, págs.
248-251). Por supuesto que, más allá de la ironía, el análisis de Nicolás
implica una intervención muy aguda y crítica respecto a las diferentes
valorizaciones que se hicieron de la irrupción de la clase media porteña que,
cacerolas en mano, salió a “voltear a un presidente” y, de paso, a exigir que
le devolviesen sus mágicos dólares y que, por esas extravagancias propias de la
historia argentina, se encontró, por única e insólita vez, con esos mismos
“cabecitas negras” de los suburbios tan temidos que también se derramaron sobre
Buenos Aires para manifestar sus insoportables condiciones de vida. “Cacerolas
y piquetes… la lucha es una sola” eso se llegó a cantar en algunas esquinas
emblemáticas de una ciudad incendiada que no sabía si estaba en medio de una
fiesta libertaria o asistiendo al fin de los tiempos. Casullo nunca dejó de
inquietarse ante los cambios de humor de la clase media del mismo modo que no
se entusiasmó con los aires insurreccionalistas y asamblearios que tanto impacto
causaron en algunos soñadores irredentos de revoluciones perdidas. Si bien para
él diciembre de 2001 constituyó un acontecimiento parteaguas porque le puso un
punto final al jolgorio menemista al mismo tiempo que hizo estallar por los
aires las ilusiones liberal republicanas de la progresía, sus opacidades, sus
zonas oscuras y regresivas se confundieron con los momentos de rebelión hasta ofrecer un escenario argentino que
nadie atinaba a intuir hacia dónde acabaría yendo. La irrupción de Néstor Kirchner,
que tanto le impactó, no estaba en el horizonte de nadie ni mucho menos el giro
decisivo, en términos históricos, que vendría a desplegar en un país
desorbitado y desorientado. A Casullo le siguió interesando el debate, de algún
modo abortado, sobre esos meses del verano tórrido del 2001-2002 y, en diversas
ocasiones (aparición del falso ingeniero Blumberg, cacerolas campestres, etc.)
creyó descubrir una vez más, la irredenta tendencia de la clase media a
regresar sobre sus fondo qualunquista nunca del todo extinguido.
[7] N. Casullo, La remoción de lo
moderno. Viena del 900, Buenos Aires, Nueva Visión, 1991, págs. 35-36.
[8] “¿Hasta dónde estas distancias vienesas y
mitteleuropeas, latiendo hacia afuera y hacia adentro de su finisecular y
definitiva constitución moderna –se preguntaba Casullo-, no se aproximan a
nosotros? ¿O es sólo la fragilidad de una escritura en otra víspera de época,
la que puede trazar citas de ciudades lejanas al epicentro moderno parisino,
londinense, y descifrar en ciertas crónicas urbano culturales de los costados,
de las afueras, de las distancias, una postergada y a lo mejor inútil similitud
de duelos en la historia?” (La remoción
de lo moderno. Viena del 900, op. cit., pág 11) A Nicolás le fascinaban las
similitudes entre ese caminar por al borde del precipicio que experimentaba en
la Buenos aires de la hiperinflación y la que reconocía en la ciudad de los Habsburgos
y en esas escrituras capaces de contemplar los bordes del abismo intentando,
sin embargo, encontrar palabras que pudieran decir un mundo en estado de
zozobra. No fue casual que citara a Emile Cioran en el comienzo de su ensayo
sobre la Viena fin de siglo y como una suerte de programa de su propia
biografía y búsqueda intelectual: “Ese es el drama- escribe el filósofo rumano-
pero también la ventaja de haber nacido en un medio cultural de segundo orden.
Esa sed de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías. Lo que
sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de
América Latina. Estar destinados, forzados a la universalidad, a ejercitar el
espíritu en todas direcciones. Un yo del que todo emana y en el que todo acaba.
El yo como farsa suprema. ¿Dónde se halla la realidad en todo esto?” Viena y
Buenos Aires como brújulas de una modernidad desorientada, como señales del fin
de una época y como mojones de una crisis capaz de iluminar con mayor intensidad
el agotamiento de un proyecto civilizatorio. En el final de los años 80 y al
inició de la emblemática década del 90, Casullo no podía, todavía, imaginar el
desenlace aunque si anticipar que la corrosión del neoliberalismo en sudamerica
haría más indispensable seguir por la huella de esos pensamientos del margen;
lo que sabía era que para avanzar con las armas de la crítica era decisivo
descolonizar la conciencia alejándola de las irradiaciones de un centro que en
su potencia hegemónica se devoraba sin miramientos la independencia reflexiva y
transformaba a los intelectuales periféricos en meros repetidores de lo que se
cocinaba en las academias del norte. Por eso lo fascinaba esa encrucijada
mitteleuropea en la que algunos espíritus fuertes y arriesgados decidieron ir
hasta el fondo de las cosas para descubrir, al mirar del otro lado del umbral,
que todo tambaleaba. A Nicolás le
interesaba “trabajar los pretéritos para pensar los matices que tendrá el
epílogo de un gran período histórico, (este que vivimos)”, por eso el viaje
hacia Viena y el intento de jugar en espejo con Buenos Aires, ciudades, ambas,
“que en un preciso período engarzaron desconciertos parecidos sin advertir la
semejanza”. Peregrinación desde la desolación de un presente que espectralmente
lo remite hacia ese pasado en el que la modernidad se enfrentó a su propia
obsolescencia. Bordes, ambos, de una época que se despide de su refulgente
novedad bajo la forma de los lenguajes de la interrogación y del silencio.
“Ciudades, por eso, en la desolación del lenguaje que las persigue. Imágenes
que la palabra apresa, para extinguirlas definitivamente, o sabiendo que es en
el silencio que inaugura la escritura en su trasfondo, donde la metrópolis
refugia sus secretos de un tiempo
como nunca antes diseminado en la urdimbre de lo moderno” (ibidem, pág. 13).
[9] En una magnífica e inconclusa novela póstuma (que escribió en una primera
versión al comienzo de los fatídicos e impúdicos años de la convertibilidad y
de la fiesta menemista), Nicolás Casullo describía una Buenos Aires
fantasmagórica y fragmentada en mil pedazos en la que pululaban tribus urbanas
en guerra constante, cazadores de hombres que recorrían los barrios, o más bien
lo que quedaba de ellos, disparando a todo lo que se moviera mientras, como
ratas, los sobrevivientes buscaban llegar al día siguiente. En “Orificio”,
nombre de la novela y de su héroe asesino-redentor, Casullo se anticipaba, con
imaginación desbordada, a la catástrofe de diciembre de 2001. Lograba, con la
sutileza de una escritura en la que se mezclaban distintas tradiciones,
describir, mientras una parte significativa del país vivía la fiesta
neoliberal, el fondo envenenado de una realidad que llevaba en su interior su
propia disolución. Muchas veces la literatura dice o anticipa lo que las gentes
comunes todavía no alcanzamos a vislumbrar de lo que nos está pasando o de lo
que está por acontecer. Casullo simplemente anticipaba, bajo la forma de un
relato hiperbólico, lo que, al final del brutal experimento de la convertibilidad,
y ya bajo los nuevos ropajes de la Alianza que no hizo otra cosa que continuar
la invención mefistofélica de Cavallo, terminaría por hacer estallar, en un
incendio veraniego y trágico, a un país incrédulo y extraviado que no sabía
hacia dónde terminaría por llevarlo una crisis de dimensiones pantagruélicas.
Pero también Orificio tiene algo de
saldo de cuentas, no desprovisto de humor negro, con respecto a esa otra Buenos
Aires de las conspiraciones, de los grupos mesiánicos y de los apóstoles de la
revolución que habían fracaso en todos sus intentos por transformar un país y
una ciudad que seguía su viaje de ida hacia el precipicio. Nicolás juega
irónicamente con los lenguajes de aquellas tribus de una ciudad del futuro
surcada por violencias homicidas y redentoras mientras la Buenos Aires de la
realidad pasa de la catástrofe hiperinflacionaria al apocalípsis del consumismo
y la banalidad. Mirada en espejo que le permite adentrarse, bajo el formato de
la ficción, en el corazón de la tragedia de la cultura en aquellos años
iniciales de una década que dejará su marca indeleble en el interior de un país
y de una ciudad envenenados. En sus últimos meses de vida, Nicolás recuperó el
manuscrito de la novela inacabada y volvió a trabajar con él. En el final
provisorio, que no sabemos si lo cambió o no, escribió que “Orificio se sentó
en el medio del círculo, dejó la Perra (su ametralladora) en el suelo y les
habló más de tres horas mientras un cazador le alcanzaba un mate. Salvo al
principio, las palabras le fueron fluyendo como si viniesen de un sueño
despierto. Les contó su historia, todas sus historias, las verdaderas y las
falsas, porque en su historia estaban las imágenes de la ciudad que volvería.”
(N. Casullo, Orificio, Buenos Aires,
Astier, pág. 198)
[12] Escribiendo con la mira puesta en
una actualidad (la de la Argentina del final de siglo pasado) que suele rapiñar
la memoria bajo la condición de hacerla funcional a sus intereses, Casullo
señaló que la “memoria irredenta sería la que no se convoca, sino la que
retorna en lo no plasmado y siempre barbarizado, que de distintas maneras la
está llamando: la conciencia de una prehistoria del dolor, de la derrota, de la
muerte, de paisajes, ciudades, pasados, edades, gestas o dramas no llevados a
lema como abstracta política de la memoria: el tiempo primitivo de cada
modernidad que barre sus huellas todos los días. La memoria sería poder
recordar por primera vez el inaudito significado de lo que ya conocemos, y nos
sobrecoge. Callarla muchas veces, para que subsista esperando sus tiempos de
escuchas.” Pensar entre épocas,
op.cit., pág. 205. Esa pesquisa hacia el envés de la trama que le permitiría,
eso pensaba, desentrañar algo de la imposible narración de una historia
nacional plena de pliegues y opacidades que remitían a ese fondo mítico no
reducible a los ejercicios pedagogizantes de una racionalidad seca y fría como
sólo podía emanar de ciertas interpretaciones creídas de ser las portadoras de
la verdad histórica. Dogmatismo y simplificación eran anatemas para Casullo,
del mismo modo que también lo era la soberbia cientificista que aspiraba a
situarse en el centro de la genuina comprensión. Por eso le interesaba recoger
distintas lecturas penetrando por los sitios más inverosímiles a la hora de
intentar clarificar lo que quedaba detrás de alguna escena muchas veces
transitada pero muy pocas comprendida. El arduo y laberíntico ejercicio de la
memoria no podía quedar bajo la custodia de quienes, convertidos en jueces de
un tribunal imaginario, se arrogasen el derecho último a calificar la
verosimilitud de tal o cual testimonio.
[13] En el capítulo dedicado al
“Populismo” de su libro Las cuestiones,
Casullo desarrolla con amplitud su crítica a estas mutaciones ideológicas del
progresismo: “Es este ‘nuevo mundo’ expandido del neoliberalismo republicano
–con su estructura no sólo financiera sino también cultural- el que se impuso
como nuevo logos de época. Herencia
asumida y retraducida, a la par, por una determinada progresía intelectual que
se articuló en términos meramente positivos con esta renovada condición
ideológica occidental. Esta progresía aportó a esta escena cultural justas y
terminantes críticas a totalitarismos y terrorismos ‘políticos’ de distintos
signos que habían contenido el siglo XX y la vieja crónica de una revolución
que se despedía de la historia. Tal bagaje investigativo, imprescindible de
hacer, sintonizó reflexivamente de manera oportuna como una crítica a una
historia contemporánea, pero finalmente fue propicia a las cosmovisiones reinantes,
alentadoras de una remanida república democrática que en América Latina
protagonizara historias de alta explotación, corrupción y siembra de miseria.
Es decir –como fuerte reflexión de un tiempo-, tal crítica careció de autonomía
intelectual en la propia actualidad que se abría y que disponía sus
megaideologías sobre qué era lo ‘racional’ y lo ‘irracional’ para encauzar los
rumbos. No se pretendió en muchos casos encontrar otro destino histórico
–antihegémonico- a esas revisiones críticas político-intelectuales de la
historia, que terminaron tragadas por los vientos de una época de salvaje
superexplotación. Nació en cambio una nueva mentalidad de estudiosos comunicadores
que expandió la ideología del ‘fascismo-estalinismo’ sobre toda política de
masas desencorsetada de la gran receta neoconservadora, sobre cualquier
reforzamiento de lo estatal, sobre todo caudillismo social, sobre protestas
inorgánicas extendidas desde las bases, y sobre variables contestatarias con
perfiles distintos a los que regían en el mundo de las nuevas elites del
mercado en un tiempo que se quiso académicamente pospolítico, laico, sin
misiones, ni intensidades, ni utopizaciones. En fin: recelo también
periodístico, informativo, editorializador a un supuesto virus ‘antidemocrático’ yacente en toda politización de los
conflictos extramuros de la república política: rechazo a la confrontación
y a la pugna real de intereses, tenidas como tendencias nefastas que
interfieren, degradan y demagogizan ‘el curso normal de las cosas’ dentro de un
sellado campo institucional. Ha sido cuantiosa en este terreno mass mediático la derrota de toda
concepción nacional y popular que rebase los lindes de una obsesión clasista de
gobernabilidad.” (Las cuestiones,
Buenos Aires, FCE, 2007, págs. 198-199). Toda la riqueza del pensar crítico y
complejo de Nicolás se encierra en este largo párrafo que resulta tan actual y
tan iluminador de los debates alrededor de la figura del intelectual y sus
relaciones con la problemática política en una época dominada por el
liberalrepublicanismo que tanto ha influido sobre quienes en otro contexto
histórico supieron abrazar las ideas que radicalmente pusieron en cuestión la
hegemonía discursiva y práctica de la burguesía. Sin dudas, que la etapa
abierta en 2003 con la llegada de Néstor Kirchner al gobierno y, sobre todo,
por el giro dramático que se suscitó a partir del conflicto con las patronales
agromediáticas en 2008, proyectaron la reflexión y la intervención política de
Nicolás hacia nuevas perspectivas que lamentablemente quedaron truncas por su
repentina muerte. Antiguos entusiasmos, siempre rodeados por un cierto espíritu
de sospecha que no dejó de acompañarlo, regresaron al comprobar de qué modo
emergían sobre la escena nacional espectros que parecían olvidados y que, sin
embargo, volvían a habilitar la potencia de la lengua política desde una
intensidad que ya no creía volver a experimentar. Una alegría que no quiso
ocultar lo acompañó en aquellos días de creación inesperada de Carta Abierta,
de pronunciamientos y de movilizaciones que ya no estaban en la agenda de un
país siempre extraño y sorprendente. A Nicolás siempre le importaron las
historias mal resueltas, las gestas fallidas, las acciones a destiempo, las
irrupciones impensadas capaces de patear el tablero de lo “serio y eficiente”,
las interrupciones en el discurso monótono de la dominación, el regreso
insoportable de los impresentables de la historia y de sus mitos tan ajenos al
espíritu de racionalización de la época. Él no esperaba nada de las “leyes de
la historia” ni creía en una suerte de racionalidad última que acabaría por
encauzar el movimiento de la sociedad hacia su realización; se inclinaba, antes
bien, por la perspectiva de la ruptura y de lo imprevisto, de esa espera sin
garantías que asume, benjaminianamente planteada, la irrupción del “milagro”
que enloquece la historia.
[16] “Néstor Kirchner”, reeditado en Peronismo. Militancia y crítica (1973-2008),
op. cit., págs. 251-253.
[17] En un artículo del año 2003, escrito poco tiempo después de asumir Kirchner
la presidencia del país, Nicolás intentó repensar el peronismo, sus paradojas,
la extraña vitalidad que le volvió a dar esa desaliñada figura proveniente de
un lejano sur patagónico, como si intuyera que sin pasarle a esa historia el
cepillo a contrapelo sería imposible meterse de lleno en la novedad de una
época que se anunciaba como sorprendente e inesperada y que exigía una
auscultación sin piedad y sin dogmatismos de una tradición política,
fuertemente atravesada por su componente mítico, que continuaba siendo el
factor decisivo de la historia nacional. No habría, en Casullo, ninguna
indulgencia ni ninguna posibilidad de olvido a la hora de revisar una herencia
tan malgastada. “De qué manera –se preguntó allí- reflexionar este peronismo
que se inscribe en la escena de un país transida por innumerables y duras
marcas provenientes de distintos pasados recientes, con inéditas experiencias
de la miseria social, con mutaciones lingüísticas, estéticas y expresivas de
generaciones jóvenes no peronistas, con bolsones ideológicos cubiertos de
carencias de todo tipo, con restos muertos partidarios, con neoformas de las
teorías y el conocimiento, con metamorfosis identitarias y subjetividades
políticas y morales de nuevo cuño citándose en los baldíos de las urbes. Y esa
misma pregunta, qué peronismo, también dentro del contexto de un tiempo
capitalista global que nos muestra una producción cultural mundializada
decidiendo cotidianamente y como nunca antes lo propio y la idea de lo propio.
Gestando formas de la conciencia, relación con lo real, índole de los sujetos,
integración a lo civilizatorio, secretos de las sensibilidades de masas
‘viejas’ y ‘nuevas’, alineamientos forzosos de países y regiones y guerras
neocolonialistas en nombre de un viejo Jehová anglosajón. La pregunta por el
peronismo significa, entonces, cómo pensar políticamente este tiempo
democrático.” (En Pensar entre épocas,
op.cit., pág. 236). Creo que Carta Abierta, en lo mejor de su recorrido, guarda
ese desafío formulado, en el comienzo de esta historia, por un intelectual
nunca dispuesto a abandonar la crítica como instrumento decisivo para “pensar
entre épocas” volviendo a sostener la dialéctica entre mundo de ideas y mundo
de acción. Nicolás, en todo caso, siguió buscando, hasta el final, las nuevas
palabras para decir lo propio de un tiempo argentino inaugurado por lo que de a
poco fue encontrando el nombre de kirchnerismo.
[18] En una nota al pie Casullo cita largamente a Jacob Taubes precisamente en
su desesperanzada visión de los estudios filosóficos en los que ya nadie
prácticamente estudia la Biblia. Taubes “apunta –escribe Nicolás- a ese inmenso
vacío comprensivo de lo humano que las licenciaturas modernas en humanidades
exponen casi como una ruina de un pensar que se ha apartado totalmente de lo
teológico. Dice Taubes: ‘estoy a favor de que hay que crear una cátedra de
Antiguo Testamento y otra de Nuevo Testamento en la facultad de filosofía […].
Considero que es una catástrofe que mis alumnos se formen ignorando en absoluto
la Biblia. Uno me presentó una tesis sobre Benjamin […] me trajo el trabajo
acabado, me puse a leerlo y le dije: mire, váyase a la escuela dominical a leer
la Biblia […]. La ignorancia generalizada de la Biblia va de la mano de la idea
de cultura del humanismo de Humboldt, esa interpretatio
graeca de la historia […]. Hoy comprendo que una lección de la Biblia es
más importante que una lección de Hegel. Ya es algo tarde. Lo único que puedo
hacer es exhortar a ustedes a tomarse más serio las clases de Biblia que toda
la filosofía. Pero sé que no he de tener éxito: no es moderno’.” (N. Casullo, Las cuestiones, op.cit., pág. 473 nota
23). Durante el 2007 discutimos con Nicolás ese último y testamentario texto de
Jacob Taubes en el que, de la mano de una pregunta inquietante por las
epístolas de San Pablo se introducía de lleno en la cuestión del mesianismo,
tema que siempre interesó a Casullo y que fue motivo de arduas y apasionadas
conversaciones que vinieron a completar las que iniciamos desde mediados de los
años 80 cuando, en lo personal, tuve el privilegio de encontrarme con su
amistad que marcaría muy profundamente mi propio itinerario intelectual; y en
esas conversaciones, cuya primera referencia fue el pensamiento de Walter
Benjamin, la cuestión de lo religioso y, en particular, de la mística y del
mesianismo judío se convirtieron en referencias constantes e insoslayables de
un largo camino de interrogación filosófica que, preguntándose por la
modernidad y su agostamiento, encontraba en el lenguaje teológico un elemento
fundamental, del mismo modo que ambos sentíamos que aquellos textos centrales
de la tradición religiosa iluminaban nuestras indagaciones y le conferían un
espesor que, en un ámbito tan poco afín a esas lecturas como el académico y el
cultural en general, no colocaban en un lugar un tanto outsider. Lo cierto es
que en Nicolás esa dimensión de lo sagrado, con sus complejidades y tensiones,
sus persistencias muchas veces inconscientes y sus derivas hacia mundos
anacrónicos, fue un elemento importante de su formación y de su manera de
entender su propio tiempo histórico. (El libro de Jacob Taubes es La teología política de San Pablo,
Madrid, Trotta, 2007, pp. 18-19).
[20] Recuerdo una larga conversación en la que me preguntó por un frustrado
debate que alrededor del año 1986 –si la memoria no me engaña- tuvo lugar en el
ya desaparecido Club de Cultura Socialista en torno a la película “El
sacrificio” de Andrei Tarkovski (autor que lo fascinaría y sobre el que
regresamos en varias ocasiones en la revista confines y en nuestras conversaciones),
debate en el que tomé parte haciendo una lectura en clave cabalística del film
que, eso le dije, no fue para nada bien recibida por la mayor parte de los
miembros del club fuertemente prejuiciados hacia todo lo que tuviera que ver
con los lenguajes de lo sagrado y de lo místico que, por otra parte,
constituían la fuente de la inspiración tarkovskiana que tanto interesara a
Nicolás. Él desdeñaba esa actitud a la que calificaba de ignorante y
empobrecedora. En esos años iniciamos, junto con las indagaciones en torno a la
tradición romántica, una nunca acabada reflexión sobre los lenguajes de lo
numinoso abriendo esa búsqueda en diferentes direcciones que entrelazaban lo
místico, lo mesiánico, lo teológico-político y lo institucional religioso en
combinación con un mapeo por la geografía de la época de la secularización del
mundo. Tal vez resultaba extraño, y lo sigue siendo para muchos, que entre
nosotros –e incluyo a los otros miembros de Confines como Alejandro Kaufman y
Matías Bruera- fluyeran y se entrecruzaran con absoluta espontaneidad libros y
autores que provenían de distintas tradiciones religiosas, filosóficas,
estéticas y políticas.
[21] Nicolás Casullo, Las cuestiones, op. Cit., págs. 492-93
[22] N. Casullo, Las cuestiones, op. cit., pp. 119-120
[23] Ibidem, pág. 121
[24] N. Casullo, Peronismo. Militancia y crítica (1973-2008), op. Cit., pág. 21
[25] N. Casullo, Ibidem, pág. 21
[26] “Queda entonces –escribe Casullo-, en
este viaje hacia el pasado de la revolución obrera socialista, el hecho teórico
de que es su propia cancelación en la historia lo que permite liberar lo último
que le faltaba: qué fue su corazón hoy ausente. Qué ha sido ese edificio hoy
derrumbado. Y este dato signa la época que se habita: en su progresivo cesar de
la modernidad, y de la revolución como su núcleo o caldera apagada, aparece la
potencialidad de un reconocimiento de lo actuado, imposible antes en plena
representación de sus escenas. Lo no representado en esta actualidad invade la
política como una voz política disidente frente a los enmudecimientos
homogéneos y vacuos que pretenden exponer un mundo renovado que se ‘dejó
atrás’, o a las repeticiones espectrales que ya no regresan a la vida social
las ideas que en otro tiempo cautivaron. La modernidad, entonces, desde esta
torre de vigía, aparece inauditamente con sus líneas de tensiones como datos no
resueltos de la historia toda. Que ya no se resolvieron desde ella y para
siempre, dentro de su mundo referencial, paradigmático y de textos encendidos.
La deconstrucción de la revolución sería el último estado en tanto tradición
moderna. ¿De dónde proviene dicha revolución, qué ocultó y oculta, qué no supo
nunca?” (En “La revolución como pasado”, Las
cuestiones, op. cit., pág. 119). Para Casullo indagar por la revolución es
hacerse cargo de una pregunta mayor que hace de la modernidad y de su
agotamiento el eje de una destemplada reflexión que gira en torno a la
“historia como ruina” al mismo tiempo que hace posible una interrogación que
ilumine de un doble modo tanto el pasado como el presente. La revolución, desde
su interpretación heterodoxa, como el núcleo activo y trágico de la historia
moderna, esa que se inició en Francia en 1789 y que culminó con el derrumbe,
material y simbólico, del Muro de Berlín 200 años después de iniciada la gran aventura
transformadora y que, entre nosotros, tuvo en el fatídico año 1976 su propia
fecha de defunción, ese momento de nuestra historia en el que la brutalidad
represiva de la dictadura se cebó no solo sobre los cuerpos de quienes portaban
las ideas revolucionarias sino que también arrojó a esas ideas a un fuera de
tiempo del que ya no regresarían en los años de la transición democrática salvo
para convertirse en objeto de estudio. Pensar sus equívocos, sus
imposibilidades, sus tragedias, sus ensoñamientos, sus dogmatismos, su energía
arrolladora, sus mitos, los sujetos que la actuaron, sus triunfos y, sobre
todo, sus derrotas, es, para Nicolás, un ejercicio de autobiografía existencial
e intelectual, un batallar con las peripecias de la vida realmente vivida
cuando la revolución la marcó definitivamente y un saldo de cuentas de lo que
habilitó, como crítica del mundo, en su tiempo crepuscular.
[27] N. Casullo, “Historia y memoria”, en Las cuestiones, op. Cit. Págs. 249-250
[28] Nicolás Casullo, “Modernización conservadora
y pensamiento intelectual”, en Pensamiento
de los confines, No. 22, junio de 2008.
[29] N. Casullo, “Las palabras fantasmática”, Pensamiento de los confienes, No. 19,
dic. de 2006, pág. 63.
[30] Nicolás cita a la crítica italiana Rossana Rossanda –mítica intelectual de
la izquierda contestataria que se expresó a través de Il manifiesto-, que se pregunta “¿cómo advino ese cambio de ruta
–que condujo a la era de los Berlusconi, Sarkozy, Merkel, Bush o Menem entre
nosotros-, sino por la voluntad de los Estados y los gobiernos, por la
rendición sin condiciones de los representantes sindicales y políticos de las
clases subalternas?” Y se sigue respondiendo: “No vengamos con historias. No es
la economía la que ha socavado el terreno de la política, a trasmano de ésta
última y de los gobiernos. Son las fuerzas políticas y los gobiernos los que
han desechado activamente el famoso compromiso social, y en nuestro continente
todavía no ha terminado la labor (…) Han sido las fuerzas políticas, y no tanto
las derechas, sino las de centroizquierda y de la ex nueva izquierda,
súbitamente convertidas al credo del Estado mínimo (…) Quedaría por ver por qué
la izquierda histórica se lanzó a tal velocidad a los brazos del
neoliberalismo, y por qué las nuevas izquierdas –nosotros, los del Il Manifesto incluidos- llegaron a
coquetear con eso(…) Todo ha ocurrido dentro de la política, no fuera de ella.
Gobiernos, partidos, medios de comunicación. Mientras la idea fuerte de clase
degeneraba en cháchara de multitudes”. No hace falta compartir el ideario
completo de Rossanda, dice Casullo, para, sin embargo, sentirse interpelado por
su análisis y por lo sustancial de su crítica. Lo que para la intelectual
italiana es la brutal constatación de un presente aciago en el que Europa sigue
atrapada en las promesas del mercado, para nosotros es el tiempo del post
neoliberalismo, ese después que nos dejó al borde de la catástrofe social pero
que hoy nos confronta con una nueva realidad capaz de conmover, como no sucedía
desde los años 70, el anquilosamiento de aquellas tradiciones políticas que se
sentían identificadas con la frase de Sartre con la que encabecé este capítulo
pero a la que olvidaron en su rápida conversión hacia la democracia liberal.
Casullo sigue dándole vueltas a su reflexión crítico-genealógica a la hora de
explicar/se la metamorfosis de la intelectualidad progresistas en el giro de
los años 80: “Fue, en ese entonces –está haciendo referencia a las izquierdas
en el período anterior al plegamiento conservador-, una dimensión intelectual
hija de la ilustración, de lo insurreccional romántico, de lo democrático
popular, de idearios de igualdad social y utopías de realización emancipatoria
de la historia, lo que primó en términos de cultura histórica y gravitó también
–decididamente- en la suerte de la modernidad frente al brutalismo social
fascista. Lo que se discute hoy es también esa ausencia de tal saga
Intelectual. Ausencia que no hace referencia a un autor, a una pila de libros,
a un círculo ilustrado, a una agrupación barrial o sindicato. Sino a un
espíritu de época que incluye todo eso, y donde la direccionalidad de la
llamada ‘historia de las ideas’ es siempre medular a un tiempo histórico (…)
Los Robespierre o los Danton de fines del XVIII existieron al calor de los solitarios
gabinetes donde escribieron, años antes,
los Rousseau, para alcanzar hasta el corazón de Mariano Moreno y Monteagudo.
Hoy se asiste en cambio, casi epocalmente, a un progresismo político cínico,
abjurante, ausente, trasmutado en una entelequia que lo indiferencia de las
posturas de derecha, modernizado como un nuevo siervo de la gleba para una edad
teleinformática del mercado global. Un ‘progresismo’ reaccionario que concluye
coincidiendo plenamente con los decálogos ideológicos del mercado liberal y su
revolución conservadora”. N. Casullo, “Modernización conservadora y pensamiento
intelectual”, op. Cit., pág. 19 (la
referencia de Rossana Rossanda es de “Cuando la política se aleja de los
ciudadanos”, en Il Manifiesto, 4 de
octubre de 2007).
[32] Jacques Rancière, En los bordes de lo político, La Cebra, Buenos Aires, 2007, pág. 33
[33] Dándole otra vuelta de tuerca a la hegemonía cultural-política emanada de
las nuevas derechas que tanto influyeron sobre la matriz actual del
progresismo, Casullo escribe en Las
cuestiones: “El ‘bien democrático’, ese disponible hoy en vidriera, elimina
culturalmente de antemano lo que debe quedar
políticamente afuera, para recién
después abrirse a la comprensión de la exclusiva institucionalidad legitimada
que quedó. Se postula un mundo sin confrontaciones sociales genuinas ni
problemas irresolubles, porque lo que ha sido erradicado es precisamente ese
mal: el mal del otro. El enemigo –más
publicitado que nunca ahora- se lo nombre como se lo nombre ha quedado afuera
de todas las consideraciones, afuera del predio ‘democrático’ comprado a cuotas
de mercado: afuera de la única historia que se contabiliza.
El consenso
que las nuevas derechas buscan imponer republicanamente expulsa cualquier otra historia o sujeto
político otro, con respecto a una única lógica democrática, lógica que hoy se
ofrece como reaseguro de un mundo sitiado por demasiados ‘extranjeros’ o
deportados de ese propio mundo de ‘calidad institucional’ guardada en un country. El modelo de la república
liberal tardomoderna permite entonces excluir, ilegitimar, destituir (odiar sin
culpa, odiar con o sin conciencia, odiar desde una ‘neoinocencia’ política) lo
que debería ser admitido en cambio como un enfrentamiento de intereses
nacionales y de clases en un escenario histórico de permanentes litigios
sociales”. Las cuestiones, op. Cit.,
pág. 381.
[34] Jacques Rancière ha desarrollado con amplitud esta perspectiva: “En primera
instancia, podemos establecer entonces el nuevo discurso antidemocrático. El
retrato que traza de la democracia está hecho de rasgos que se adjudicaban hace
poco al totalitarismo. Pasa, pues, por un proceso de desfiguración: como si, al
haberse vuelto inútil un concepto de totalitarismo que había sido forjado por
las necesidades de la Guerra Fría, sus rasgos pudieran ser desarticulados y
después recompuestos para rehacer el retrato de lo que era supuestamente su
contrario: la democracia. Es posible recorrer las etapas de este proceso de
desfiguración y recomposición. Empezó al iniciarse la década de 1980, con una
primera operación consistente en poner en entredicho la oposición de ambos
términos, y su terreno fue la revisión de la herencia revolucionaria de la
democracia. Se enfatizó acertadamente el papel que cumplió una obra de François
Furet, Penser la Révolution Française,
publicada en 1978, pero sin comprender el doble resorte de la operación
efectuada por el autor. Situar el Terror en el núcleo de la revolución
democrática era, en el nivel más visible, quebrar la oposición que había
estructurado a la opinión dominante. Furet enseñaba que totalitarismo y
democracia no son verdaderos opuestos. El reinado del terror estalinista ya
estaba anticipado en el del terror revolucionario. Ahora bien, este último no
constituía un traspié de la Revolución, sino que era consustancial con su
proyecto, una necesidad inherente a la propia esencia de la revolución
democrática.
Deducir el terror estalinista del terror
revolucionario francés no tenía en sí nada novedoso. Este enfoque podía
integrarse en la clásica oposición entre democracia parlamentaria y liberal,
fundada en la limitación del Estado y la defensa de las libertades
individuales, y la democracia radical e igualitaria, que sacrifica los derechos
de los individuos a la religión de lo colectivo y a la furia ciega de las
multitudes. La denuncia renovada de la democracia terrorista parecía conducir,
pues, a la refundación de una democracia liberal y pragmática emancipada, por
fin, de los fantasmas revolucionarios del cuerpo colectivo”. (Jacques Rancière,
El odio a la democracia, Amorrortu,
Buenos Aires, 2006, págs. 25-27). Rancière continúa con agudeza su análisis
internándose por otros territorios que nos llevan hacia otros problemas, el
carácter contrarrevolucionario de la crítica que inmediatamente de
desencadenada la Revolución francesa surgió como paradigma de lo que sería la
tradición del pensamiento político conservador, y que hacía hincapié en que
aquello que había venido a disolver el terror jacobino no eran las libertades
individuales sino las tramas de las viejas solidaridades que garantizaban el
orden y la convivencia. Esto nos lleva hacia otras discusiones que no tengo
espacio para desarrollar acá.
[35] En el capítulo “Conductores de almas” de
su magnífico libro, Destinos personales.
La era de la colonización de las conciencias, Remo Bodei se detiene con
erudición en el análisis de la figura de Gustave Le Bon, el teórico más
influyente de la segunda mitad del siglo XIX en relación a la cuestión de las
masas y de su papel determinante en los acontecimientos de la modernidad. Psicología de las multitudes fue,
probablemente, uno de los libros más leídos de su tiempo alcanzando una
influencia que atravesó de lado a lado los grandes debates políticos e
involucró, de un modo sorpresivo, tanto a cultores de una visión de derecha
como a cultores de una visión de izquierda. Analizar el fenómeno de las
multitudes sería un tema caro a la generación de finales de siglo XIX y estaría
decisivamente presente en las obras de Emile Durkheim, de Max Weber y del
propio Sigmund Freud, por citar sólo a los más encumbrados. Se trataba, en
última instancia, de pensar con categorías racionales la emergencia escandalosa
de los fenómenos irracionales cuyo punto de inflexión se encontraba en la
irrupción volcánica de las masas (sigue siendo un clásico de permanente
consulta el libro Conciencia y sociedad
de Stuart Hughes en el que el autor estadounidense se interna en el núcleo
paradigmático que caracterizó a la generación pospositivista). Remo Bodei
destaca que la preocupación por el comportamiento de las multitudes ya había
surgido durante la Revolución francesa (al menos eso se encuentra visible en
Madame de Staël y Michelet). “Pero es inmediatamente después de la Comuna de
París que, en Francia, el fenómeno cobra prepotentemente nueva actualidad y
entra en el más amplio circuito del debate público, sobre todo gracias a Taine.
Los disturbios y la crueldad de los comuneros, sumados a la feroz represión de
las tropas gubernativas de Thiers, dejan
un surco de sangre que por decenios divide
profundamente a la sociedad francesa (y a la cultura europea) en dos
campos adversos. La matanza, prisión y exilio de más de cien mil parisinos por
parte de los versalleses expresa una feroz actitud de clase…” (Remo Bodei, Destinos personales. La era de la
colonización de las conciencias, el cuenco de plata, Buenos Aires, 2006,
pág. 339). Queda claro en la genealogía que presenta Bodei que la Comuna de
París produjo un profundo terror en las clases dominantes que se transformó,
una vez derrotada la experiencia comunera, en una represión salvaje que se hizo
en nombre de la racionalidad republicana contra la emergencia barbárica de las
masas plebeyas que, como en los tiempos oscuros de la Revolución francesa,
habían saltado todas las barreras y habían destruido el orden. Le Bon
contribuyó, con su obra, a auscultar el latido de las multitudes, a analizar
las diversas formas de la seducción allí donde el discurso de la época homologó
masas y sentimentalidad irracional, multitudes y pasiones primitivas.
Mussolini, como se sabe, haría una atenta lectura de Psicología de las multitudes. Es probable que la irradiación de
estas posiciones ligadas al clima positivista y al cientificismo hiperracionalista
predominante en la segunda mitad del siglo XIX sigan impregnando la visión que
el “sentido común” tiene, en la actualidad, de las masas y de sus amenazas. La
sistemática construcción que desde las esferas del poder se hizo de esta saga
teórica, de esta persistente denuncia del papel de las multitudes en la
historia, ha contribuido, como pocas, a reducir la conducta de los incontables
a mera gestualidad instintiva y a vehículo de una violencia irracional que
amenaza la vida y la seguridad de los ciudadanos honestos. Esta herencia está
presente en la cobertura que los medios de comunicación hacen de los conflictos
sociales.
[38] N. Casullo, “Modernización conservadora y
pensamiento intelectual”, op. Cit., pág. 13.
[39] N. Casullo, op. cit., pág. 15.
[40] N. Casullo, op. Cit., pág. 13.
[41] N. Casullo, op. cit., págs. 11-12
[42] “El populismo –reflexionó Casullo- no sería hoy en América Latina lo que
fue el proyecto de la revolución socialista –un nefasto contrincante aunque con
sus blasones- sino un polizón en el barco de la historia que por sus disfraces,
falta de alcurnia teórica, bandidaje, capacidad mimética y capitalismo trucho,
representa, como plantea el ensayista mexicano Enrique Krauze, un peligro mayor
que el marxismo de otrora porque tiene mucho más poder de ‘captación’. El
populismo sería en parte el heredero terco, popular, de una actitud
contestataria a las repúblicas democráticas restringidas, que en otras edades
eran enjuiciadas por las izquierdas críticas como dominio explotador ‘burgués’
capitalista […]. Pero el populismo –continúa Nicolás- hoy representa el
‘anacronismo’ –en la lógica de una globalización que actúa como ‘Leviatán
mercadotécnico ordenador’- de pertenecer a un mundo casi ido: el mundo del posible cambio de la historia, en
circunstancias en las cuales la clásica y mítica revolución socialista ya salió
de escena.” (Las cuestiones, op.
Cit., págs. 181 y 225). Queda más claro, después de esta cita, de qué manera
Casullo interpretó la llegada a deshora, bajo formato anacrónico, del
kirchnerismo (la versión autóctona y actual del populismo en Argentina). Su
condición maldita es la que le permite, eso pensaba, seguir complicándole la
vida a la hegemonía del liberal-capitalismo de un modo del que ya no parece ser
portadora la izquierda tradicional que sigue apegada al mito de la revolución
aunque eso suponga su eterna postergación junto con el de los intereses
populares.
[43] “Las posibilidades de reinvención de la
política” entrevista a Nicolás Casullo (marzo de 2007) por Karina Arellano, Pensamiento de los confines, número 25,
noviembre de 2009, pág. 52
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