05 julio 2007

Zona Literaria/Cuento - Horacio Andrade




Juan y los panes

Fue una de esas tardes en que la primavera se anuncia sin mucha pompa a través de un calorcito distraído o perezoso. Paula y yo habíamos ido a pasear por Adrogué. Luego de comprar unos cigarrillos nos detuvimos en un estacionamiento arbolado a ordenar los billetes que, arrugadísimos, pujaban por saltar de nuestros bolsillos. Me encontraba en esa tarea cuando escuche, por detrás de mí, una vocecita suave y firme que decía - buenas tardes amigo, cómo le va -. Sorprendido gire y lo encontré ahí, sosteniendo por el manubrio su bicicleta y con las piernas entremedio del cuadrante en ángulo. - Discúlpeme que lo moleste. Me llamo Juan, y hoy es mi cumpleaños - dijo mirándome con unos chispeantes ojos color café que hacían juego con su tez plena de luz. Juan llevaba en la cabeza, de oscura melena, una gorra color rojo y en el extremo delantero de la bici - o tal vez fuera la de su madre - un cajoncito de plástico tapado con una manta y un nylon.
- Le robo unos minutitos, amigo. Mire, yo vendo pan casero, que hace mi mamá, y como hoy es mi cumpleaños no puede decirme que no me compra ... dele.
Todavía me encontraba agradablemente sorprendido, y mirándolo con una sonrisa apenas insinuada, le dije - Y a cuánto vendés el pan -. Juan rió mostrándome una cegadora dentadura blanca y negra como un piano - Cada uno sale dos pesos, pero como usted me cayó bien de entrada, le dejo dos por dos pesos. No puede decir que no, dele, y más que hoy es mi cumpleaños. La miré a Paula, que estaba parada entre los dos escuchando y observándolo todo, revisé entre el puñado de billetes que tenía y no pude hallar uno de dos pesos. Volví a dirigir mis ojos a Paula y ahora ella blandía entre sus manos el billete ante la falta de monedas. - Dale, pronuncié dirigiéndome a ella. El chico, ya con los dos enormes y aflautados panes entre sus manos, abrió sus amplios ojos de fuego y frunciendo el ceño me aclaró: - No amigo, yo se los vendo -. Me di cuenta del desacierto de mi frase y repuse - No, ya lo sé. Disculpame. Juan volvió a iluminar la tarde, que ya se iba haciendo noche, con su dentadura de luz de luna - Usted me cae bien, don - volvió a decir. Yo contesté: - Qué buen vendedor sos, che-. Él comentó: - Ah, sí. El otro día unas señoras me dijeron lo mismo, y yo creo que es así nomás, ja. Me dio los panes dentro de una bolsita de polietileno que llevaba colgando de una de las manijas del manubrio. Le di los dos pesos, y él me dijo muchas gracias.
Cuando nos estábamos por separar, hice una pausa y lo llamé: - Juan; él contestó: - Qué, amigo -... -Feliz cumpleaños, le dije con gesto cómplice. Él acomodo el canasto de panes, lo tapó bien; se subió a la bicicleta, y ya pedaleando, casi gritó: - Si mañana me ve y le digo lo mismo, no me felicite.

Por Horacio Andrade

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