04 marzo 2009

Zona Crítica/La política o la mala de la película

La política o la mala de la película

por Estela Calvo*

(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: Kenti
Cuando aprendemos a hablar, repetimos lo que el otro dice, nos identificamos al nombre que nos da y adoptamos las cualidades y los defectos que nos atribuye. Acceder al lenguaje nos hace sujetos, pero eso, que es nuestro mayor logro, al mismo tiempo nos esclaviza. Nos abre la puerta al mundo humano y a la vez, nos aliena. Allí donde está lo que nos salva se encuentra exactamente lo que nos condena. Para asumir a fondo la libertad que el lenguaje nos promete tendremos que pagar el precio de emprender el denodado esfuerzo de separar la paja del trigo, lo propio de lo ajeno, lo liberador de lo alienante, lo que nos hace sujetos de lo que nos vuelve meros repetidores de discursos ajenos, ejecutores de estrategias que se definen en otra parte, relatores incautos de historias que no nos pertenecen, mariscales de campo de guerras en las que no se defienden nuestras posiciones. Y ese trabajo no se nos ahorra hasta el final de nuestros días. A cada minuto podemos liberarnos y a cada minuto podemos alienarnos. No estamos a salvo, nunca.

Claro que, en buena medida, tendemos a dar por concluida la tarea, a sentirnos satisfechos con lo que pensamos, sin tener que volver a revisarlo. Normalmente nos instalamos en un discurso, nos sentimos representados por ciertos dichos y no por otros y nos ahorramos parte del trabajo. Muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta de estar inscriptos en un discurso determinado. Otras veces lo advertimos y lo sostenemos concientemente y sólo nos alertamos cuando algo nos empieza a incomodar: porque empezamos a sentir que estamos cayendo en un dogmatismo, porque lo que creímos que nos representaba ya no lo hace más, porque algunos hechos, vivencias, experiencias, comienzan a cambiarnos las ideas que teníamos sobre algunas cosas o, simplemente, porque el discurso dominante empieza a rumbear para otro lado….
Porque además, cada época construye su discurso dominante, que cada sujeto siente más o menos como propio o que no lo representa en lo más mínimo. Puede ser un discurso religioso, científico, periodístico, económico, político, de derecha o de izquierda. Puede que sea explícito, abierto, definido o subrepticiamente colocado como “la verdad” y negado como “un discurso”.

Así las cosas, en este momento parece predominar entre nosotros, al abrigo de los medios o en buena medida producido por estos, un discurso, que podemos catalogar de derecha (el individuo por sobre la comunidad, el derecho a la propiedad por sobre todos los demás, la seguridad por sobre la distribución, el combate de los efectos por sobre la búsqueda de las causas) que utiliza mecanismos que vale la pena tratar de identificar.

Una de las formas de dominación de ese discurso es la apropiación de otros discursos; la utilización de palabras, dichos, conceptos y referentes para imponer cuestiones políticas o ideológicas de signo opuesto. Ejemplo acabado de ello fue el uso de la palabra pueblo en toda la movida anti- retenciones que sustentaron los dueños de la tierra y del capital sojero (poder económico) y que fueron acompañados, ciertamente, por quienes se incluían legítimamente en la representación pueblo. Dentro de ese mismo proceso se puede contar también la apropiación de la calle, espacio legítimo de expresión de las clases populares a través de la historia y que los sectores ligados al poder económico descubrieron y tomaron casi con delectación .

Pero quizás la más grandiosa y eficaz forma de apropiación que viene sustentándose desde hace años es la descalificación del discurso político. La sistemática y brutal descalificación del discurso político. De la política y de los políticos. No es que desde el campo de la política no se hayan hecho y se sigan cometiendo toda clase de aberraciones que generen un bien ganado repudio. Pero una cosa es defenestrar a aquellos políticos corruptos, venales, dependientes de poderes económicos diversos, que traicionan las causas populares que dicen representar y otra muy distinta es atentar contra la política. Ese deslizamiento no es inocente. El campo político posee una lógica relativamente autónoma, una serie de instancias y procedimientos, que impiden o morigeran las reacciones inmediatas propuestas por las pasiones individuales o de grupos, las apetencias de sector, las urgencias o las pretensiones de respuestas inmediatas a los problemas propios que, obviamente, con total facilidad se suponen únicos o prioritarios y se declaman sin ningún análisis, ninguna búsqueda de conocimiento, ninguna consideración del conjunto. El campo político, por muy devastado que se encuentre, introduce reglas, códigos, discusión, pensamiento, comparación, argumentos, mediatez, tiempo.

Y ni siquiera es lo más importante. Defenestrar la política es una estrategia de fragmentación social que impide a un pueblo constituirse en mayoría, generar un proyecto nacional, participar en la toma de decisiones, construir poder, lograr hegemonía política. ¿Estrategia de quién? De grupos de poder económico locales y extranjeros, asociados a sectores políticos y propietarios de los medios masivos de comunicación que compran o cooptan a buena parte del periodismo. Pero más allá de las decisiones, las alianzas, los pactos, incluso las guerras que se ejecutan para imponer rumbos afines a sus intereses, hay un punto en el cual el discurso del mercado comienza a funcionar solo, siguiendo su propia lógica. Por su parte, la política es la herramienta privilegiada que un pueblo tiene para modificar su realidad, para decidir qué destino quiere alcanzar y qué caminos recorrer. Al destituir esa herramienta, al destruir la posibilidad de conformar una mayoría, se establecen grupos minoritarios que sólo verán su propia parcialidad, elevando su problema a la categoría de tragedia universal. Minorías que no pueden reconocer la relatividad de algunas posiciones, que no consienten en incluirse en proyectos de transformación social de cara al futuro; que se encierran en posiciones sectarias, individualistas y desesperanzadas que llevan a la desorientación, al desencuentro, a la desconfianza y a la tristeza. Como dijera Arturo Jauretche: “El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen...” “Nada grande se puede hacer con la tristeza”.

La fragmentación, el aislamiento, se imponen incluso como forma discursiva. Se promueve el insulto, el oposicionismo acrítico, totalizador, sin análisis, sin la instancia de la discriminación, esencial para el pensamiento, que implica poder decir “esto sirve; esto no”. Se promueve el repudio, el rechazo del otro y de todo lo que venga de él; todo enunciado se produce desde la negatividad. El aislamiento como forma discursiva lleva a que puedan decirse cosas absolutamente contradictorias sin que se produzca ningún cortocircuito en quien las escucha.

Un caso emblemático del discurso descalificador de la política es la idea de que es mejor votar y confiarle la gestión de gobierno -de una ciudad, provincia, etc.- a los empresarios. Un poderoso imaginario sostiene que, al no provenir del campo de la política los empresarios no tienen los vicios que se les imputa a los políticos, que no son corruptos, que podrán llevar al éxito la gestión de que se trate como lo han hecho con sus negocios, que, dado que ya tienen plata, “no van a necesitar robar” (¡!). No hay pregunta por los modos de apropiación de sus fortunas ni por la ética con la cual llevaron a cabo sus empresas. ¿La ética? como el objetivo del empresario es ganar dinero, todo lo que haga en función de la ganancia es correcto, y el límite a su accionar, en todo caso, le debe ser impuesto desde afuera, por el control del Estado. Entonces, no se discute cual debe ser la ética de la actividad empresarial, n siquiera se supone que deba existir, pero sí se la exige al campo político. Claro está que, si éste va a ser mejor conducido por empresarios… ¿cuál será la ética que aporten los empresarios a la política? ¿se puede desplegar una ética del dinero a cualquier costo en una actividad y del bien común en otra? La dimensión ética impondría una auto-limitación en la elección de los medios en relación a los fines lucrativos… Y aunque sobran los ejemplos en los que sectores empresariales no reparan en las consecuencias que sus actos tendrán para el Estado, la Nación, el medio ambiente, la gente, el pueblo, no hay, sin embargo, una condena social sobre esos hechos. Que no haya corrupción en una sociedad parece depender totalmente del control –y por ende del campo político- y nada de la propia posición ética subjetiva, con todo lo que ello implica en costo de elaboración personal y colectiva

Este modo de pensar, este discurso de la descalificación, es fuertemente sostenido por la corporación mediática, que crea una realidad -acomodada a los intereses económicos de los cuales depende y que necesitan la destrucción o por lo menos la neutralización de la potencialidad de la acción política-, para lo cual genera constantes declaraciones de “peste” y abona la cultura del “naufragio” que promueve la idea de estar siempre en situación de emergencia, lo que permite la toma de medidas excepcionales y la alteración de la escala de valores sociales. La emergencia habilita a salirse del cauce de las regulaciones trabajosamente construidas desde lo social y lo político.

Sin embargo, tampoco la acción de la prensa, en especial de la televisión, aparece cuestionada, y es también escasa la interrogación sobre su ética. Y desde una cierta impunidad, no cesa de mostrar y generar desconfianza, hostilidad, agresión; de confirmar, todo el tiempo, que la política es la “mala de la película¨, no sea cosa de que nos avivemos de su capacidad transformadora y empecemos a descubrir la posibilidad de encontrarnos, a vernos como sujeto colectivo, a construir el poder que necesitamos para cambiar las cosas.

Referencias: “La sociedad fragmentada” de Alberto Binder, en Mario Rovere, Redes en salud; los grupos, las instituciones la comunidad, El Agora, 2006.
*Psicoanalista y dramaturga

1 comentario:

  1. Muy buena la nota, con conceptos claros.
    Saludos

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