12 enero 2012

Intelectuales y Política/Intelectualidades, política, el mostrar y el hacer/Por Daniel Freidemberg


Intelectualidades, política, el mostrar y el hacer


Por Daniel Freidemberg*


(especial para La Tecl@ Eñe)



1. ¿Con quién sí? “Tuve miedo de que me pegara” dijo Beatriz Sarlo para explicar por qué de repente abandonó un debate televisivo, luego de que una intervención de David Viñas llevara las cosas a un lugar inesperado. “La política como actividad es casi lo opuesto de la tarea intelectual” había advertido Sarlo, ante un panel que entre otros compartía con, además de Viñas y Luis Gregorich, Pacho O’Donnell, hasta unos meses antes secretario de cultura de Carlos Menem. Fue durante 1998, el tema era “Los intelectuales y la política” y, después de haber Sarlo aclarado que no hacía política, aunque trabajaba para políticos del Frepaso, Viñas arrancó distinguiendo entre “intelectuales sinuosos e intelectuales críticos”, declarándose “alarmado por la presencia de tantos funcionarios y ex funcionarios” y negándose, por tanto, a una “ceremonia de reconciliación”, para a continuación hacer algo que nunca se hace en TV, con la consiguiente y visible alarma de los demás. Hizo, en rigor, algo que ante todo habría que hacer en casos así, si es debate realmente lo que se quiere, no rellenar con esgrima de palabras un tiempo de pantalla: cuestionó al programa mismo, a las razones por las que los allí presentes habían sido convocados. Puso a la vista el juego del que se lo estaba tratando de hacer partícipe, no necesariamente negándose a participar sino aventando toda posibilidad de aceptación ingenua o de fácil acomodamiento a tácitos pactos consensualistas. Y ahí Beatriz Sarlo se levantó y, pasando delante de las cámaras, se fue.

¿Para no ser golpeada? Once años después, en declaraciones a la revista Noticias (24 de septiembre de 2011), la misma Sarlo explicaba por qué se había negado a otro debate, en este caso con Horacio Verbitsky: “miedo”, dijo. “No es miedo político. Yo diría que me intimida. Tiene un estilo de fiscal de la república que me intimida personalmente. (…) Alguien que no sonríe, que no parpadea, que te mira con una especie de… Me siento escaneada, digamos. (…) Ciertas personas me dan la impresión de que me están escaneando. Y aunque no me encuentren un papelito digo: ‘Pero a lo mejor, qué sé yo’.” Que parezcan tan acuciados por una pavorosa cola de paja estos argumentos no viene tanto al caso como el hecho de que otra vez fue por sentirse intimidada que la guionista de Secuestro y muerte rehusó discutir. Con Viñas, por los ademanes violentos, con Verbitsky por su mirada penetrante y su estilo de fiscal implacable.

¿Con quiénes puede, entonces, discutir? Con los panelistas de Seis Siete Ocho, desde ya. Puede ir y decirles “conmigo no, Barone”, como quien coloca a cada uno en el sitio que según las jerarquías le toca. Quizá en el “conmigo no” pueda también verse alguna cola de paja, porque, aunque Barone no la había involucrado en el cuestionamiento que hizo a los grandes medios, Sarlo se dio por aludida, pero la frase, y el acto de pronunciarla, valen por sí mismos: con otros tal vez, con ella no. ¿Prepoteo barrial de chica sesentista o admonición: “hay gente de otra categoría, Barone, tome nota”? ¿Las dos cosas? Decir así “conmigo no”, como fue dicho a un interlocutor que sólo atinó a enmudecer, es marcar un límite, y Sarlo se la pasa estableciendo límites, con la soltura de quien hace lo que por derecho natural le corresponde. Nadie se los puso a ella esa noche ni nadie en general suele hacerlo, pero eso no parece extrañarle: quizá dé por sentado, y con ella muchos más –incluido el panel de Seis Siete Ocho– que a ciertas personas no se les ponen límites. O a quienes encarnan ciertos roles, como el de titular del saber. Si desde el principio Sarlo estableció ante las cámaras sus propias reglas de juego, no se las cuestionó: buena educación, tal vez, quizá hospitalidad, quizá alguna esperanza de poder realmente considerar conjuntamente las cosas. O temor. No a ser golpeados o escaneados, a quedar en falsa escuadra. Cómo no quedar pagando, cómo no parecer un patán, un irrespetuoso o un parvenu, puestos a aventurarse en el sofisticado campo del debate “con intelectuales”. Qué gestos hacer, a qué léxico apelar ante la batería de recursos con los que Sarlo fue instalando, apenas puso un pie en el estudio, una presencia, y en torno de la presencia, una aureola: “es la que sabe”.

El intelectual es alguien que está para ser oído, según parece presuponer Beatriz Sarlo. Tiene derechos previos que no se discuten, es una autoridad. No es alguien que escucha: nada tendría que escuchar, salvo para encontrar el pie que requieren sus sentencias. Su tarea sería emitir afirmaciones presentadas como certezas que todos, si son personas normales, deberían admitir: jamás una vacilación, un quizá, un quién sabe, y en cambio sí, y mucho, “de eso no voy a hablar”, “eso no me interesa”. ¿Decidir de qué se debe hablar y quién debe o puede hacerlo, decidir cómo hay que hablar y en qué términos, es lo propio del intelectual? Según lo que se ve en el campo intelectual argentino desde el inicio de la postdictadura –y según se encargan de hacerlo notar algunos protagonistas de ese campo cada vez que alguien propone otra cosa–, se diría que así es, aunque no tendría por qué serlo. No, al menos, para quienes identifican “tarea intelectual” con una básica desconfianza hacia las visiones establecidas del mundo y de las cosas, y hacia los sentidos establecidos de las palabras (y hacia las visiones y los sentidos no establecidos también). ¿Preguntar, interrogar, avanzar en la disipación de veladuras, o administrar públicamente las verdades y los criterios?

“Creo que la sociedad no espera nada de los intelectuales” declaró Sarlo hace no mucho (Perfil, 3 de enero de 2012). “O por lo menos, espera mucho menos que de otros representantes, pero quizá las personas escuchen diferentes niveles del discurso de los intelectuales. En el primer círculo que los rodea, su función y lo que escriben y lo que dicen, puede tener una operatividad fuerte, tanto positiva como negativa”. Pero otra cosa sería el intelectual como agente de intervenciones públicas, que “no son tanto los libros o artículos que escriben sino lo que dicen en la radio o en la televisión”. Y es precisamente hacia la participación en programas de TV que Sarlo declaró sentirse renuente, “porque sé que eso es una pista de patinaje”. No precisamente por la tensión que implica exponerse a millones de miradas y escuchas, o la exigencia de dominar los tiempos televisivos, sino porque existe algo llamado “edición”, a cargo de otras personas, por lo general desconocidas. “Yo no carezco de control sobre una sola línea de lo que escribo. En ese caso, mis equivocaciones y torpezas intelectuales me tienen que ser completamente imputadas. Las de la oralidad carezco totalmente de control, la edición hace todo”.

No suele haber mucho menos seguridad en la Sarlo que se expresa oralmente que en la que transmite sus ideas por escrito. El problema con la TV está en la edición, no en el medio ni en el instrumento. No parece resultarle el set televisivo un lugar incómodo ni conflictivo. Pocos, tal vez nadie, entre quienes detentan la etiqueta de “intelectual”, la supera en el dominio del arte escénico que hace falta: mucho antes de instalar explícitamente el “conmigo no”, Sarlo ya venía comunicando eso, conmigo no, en la gestualidad de escucha adoptada en el momento de hablar otros, la elección de la mirada, el rictus de la boca, el momento de intervenir y cuándo callar, la respuesta a dar en vez de la que se espera que dé, y sobre todo, y muy especialmente, la entonación de la voz. No son las ideas ni es el pensamiento, precisamente, los que más tallan ahí.

¿No podía, ante contrincantes como Viñas o Verbitsky, ejercer esas destrezas? Sendos modos de intimidar se lo impidieron, sobrevino el miedo. ¿A ser golpeada o escaneada, o a no poder manejar bien sus recursos? ¿Qué sería eso que a Sarlo iría a ocurrirle enfrentada a personalidades más eficaces en la imposición de autoridad? ¿Es a no poder desplegar el pensamiento a lo que teme? ¿O no soporta perder? No son opciones excluyentes, pero basta que el debate intelectual sea visto como una competencia, con winners y losers, para que lo debatido importe poco. “Nadie ‘gana’ o ‘pierde’ una discusión en televisión”, escribió Horacio González, a propósito del episodio de Seis Siete Ocho pero extendiendo la validez de la idea a las condiciones propias de los formatos televisivos, aunque tal vez también pensara en qué puede esperarse, honestamente, de un buen debate entre intelectuales. Así es, sí, o así habría que pensarlo, pero no es ese el modo en que lo piensa Sarlo. No irá de nuevo a Seis Siete Ocho, dijo hace poco a un diario, “porque yo ni pido ni doy revancha. Ese truco se jugó a 15 puntos. Listo”. Fue a territorio hostil a ganar y ganó. De ganar, antes que de cualquier otra cosa, se trata, y parece que Sarlo no discute si no está segura de ganar.

¿En qué sentido “ganar? ¿Imponer como sea una visión, una interpretación de lo que ocurre? Se supone que no, si fue sincera cuando dijo que "inteligente quizás es alguien que contemple siempre la capacidad de contradecir sus propias convicciones”. Fue en otra entrevista, en septiembre último: “La inteligencia –precisó– sería la capacidad de pensar en contra de lo que uno está pensando, para afirmarlo o contradecirlo". No habría inconveniente, entonces, en perder una discusión, si ese “perder” supone una más afinada comprensión o un disipamiento de equívocos, salvo que no sean tanto las propias convicciones lo que no se quiere arriesgar, que lo que más se teme perder sea otra cosa: capital simbólico, por ejemplo, o, dicho en otros términos, el podio de imbatible referente del pensamiento argentino. Suponiendo que así fuera: ¿qué del específico trabajo intelectual se está sacrificando, cuando la palabra “intelectual” deja de designar una tarea para nombrar un lugar de poder?

No son las posiciones políticas de Beatriz Sarlo lo que aquí se intenta poner en cuestión. No es el rol que cumple como la más talentosa y lúcida cabeza pensante entre quienes trabajan en la deslegitimación de la experiencia kirchnerista. Es otra cosa, quizá no menos ideológica si se la mira bien: la figura del intelectual, tal y como funciona concretamente en la concreta vida social argentina de principios del siglo XXI. Desmarcándose de la consolidada tradición sartreana, la renuencia de Horacio González a hablar de “intelectuales” lo lleva a fijarse en que “lo que existen son ciertos núcleos problemáticos en las sociedades que son inevitablemente de carácter intelectual” y ahí sí, puestos en primer plano los “núcleos problemáticos”, postular que “quienes los atienden con lenguajes específicos, vocación polémica y un conjunto singular de memorias o estilos de cita, son los denominados intelectuales.” ¿Hacen de verdad eso los intelectuales en la Argentina? ¿Todos? ¿Cuáles? ¿Y, en caso de que no fuera eso lo que realmente hacen, o lo que ante todo hacen, qué hacen?

Late en estas preguntas un malestar, una sensación de ser inoportuno al postular que el emperador puede estar desnudo. Algo de la irritada náusea con que el narrador de Onetti se refiere a los intelectuales en El pozo aflora cuando se ve al pensamiento crítico convertido en instrumento para revestir de una patina de superioridad a tal o cual “personalidad de la cultura”, por una cuestión de poder o de satisfacción del ego o de lo que fuera. Rostros, gestos, actitudes, palabras que se exhiben como quien marca terreno y recorta nítida sobre un trasfondo difuso su figura. La autoridad pasa a ser lo importante, no el trabajo que, se supone, la respalda. ¿Es posible todavía recordar cuánto de ese trabajo, el pensamiento crítico, es mantener en suspenso las certezas y abierta la curiosidad, desconfiar de los supuestos y estar dispuesto a revisar los nombres y las interpretaciones que se dan a las cosas, las ideas y las personas, sin excluir de las realidades a cuestionar, y no en último lugar, a uno mismo? ¿Y si, en vez de atender tanto a los intelectuales, se atiende al trabajo intelectual, no importa en qué etiqueta se amparen quienes lo llevan a cabo?

2. Pesimismos de la inteligencia.

Enfrentado otra vez a una mujer, ya no Sarlo, fue a David Viñas que en otra oportunidad le tocó quedar a la defensiva en TV. Se lo puede ver en Youtube y la mujer es Cristina Fernández de Kirchner, por ese entonces diputada opositora. Lejos de levantarse e irse, cuando Viñas descalifica, en su estilo “fuerte”, el “optimismo panglosiano” con que ella estaría viendo la política, Cristina contesta, amable y casi didáctica: “tengo la obligación de ser optimista, soy una militante política, y quiero cambiar las cosas”. “¿Y usted piensa que yo no?”, atina a balbucear Viñas, apurado, como si le hubieran puesto un dedo en la llaga. No cualquier llaga: “incoherencia” parece ser la mancha que ve cernirse sobre él, inmerecida seguramente, pero fatalmente convocada por fidelidad a una imagen social: “como intelectual –puntualiza Viñas–, tengo la obligación de ser pesimista y ser crítico”.

No viene al caso ahora preguntarse si para ser crítico hay que ser pesimista, porque ni “pesimismo” ni “optimismo”, tal como en esa escena aparecen, son mucho más que deslices de la lengua, traídos por el arrastre, más que buscados o pensados, de la pasión retórica. Es que, en tiempos políticamente tan opacos como los de Fernando De la Rúa, CFK se había animado a pronosticar que “cuando el pueblo decida, va a obligar a aparecer a otros dirigentes políticos”, contra la entonces creciente convicción (que estallaría a fines de 2001), según la cual de los políticos ya no podía esperarse más que medrar con la política. Impresiona mucho constatar, más de una década después, hasta qué punto se hicieron realidad las en aquel contexto utópicas afirmaciones de la actual Presidenta acerca de la aparición de nuevos políticos, el lugar de la decisión popular y el llamado a “que la gente participe y construya sus propios instrumentos”, pero el hecho es que no faltaban motivos, viendo el estado de las cosas, para hablar de un “optimismo panglosiano”, y, crítico consecuente al fin, Viñas tenía que decirlo.

Lo que sigue es un toma y daca retórico: Cristina no puede no agarrar la pelota llamada “optimismo” y la devuelve para sostener lo que de verdad le importa: es como militante política –una expresión inusitada en aquellos años– que está hablando, y en el retruque discursivo Viñas no puede más que declararse “pesimista”, de rebote, para reafirmar su rol. Es un intelectual, y, como tal, su obligación es cuestionar, pero queda entrampado al no poder articular la idea de “pesimismo” con la de “cambiar las cosas”, al menos hasta donde llega lo que se ve en Youtube.

No se habla aquí de la trayectoria de Viñas: claro que podía y sabía muy bien ser crítico y actuar para que cambiaran las cosas, a través del trabajo crítico incluso, y sobre todo. Pero estaba ahí ese rótulo, “intelectual”, con todo su peso sartreano –lo que define la condición de intelectual es “su capacidad de impugnación”–, o quizá se pueda decir ese mito, en un sentido no muy distinto del que “mito” tiene en Mitologías de Roland Barthes. No hay salida, al menos discursiva, para quien se aferra al mito del intelectual, a la hora de preguntarse si es cambiar las cosas lo que quiere o más le interesa sostener el pesimismo. Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad, habría resuelto Gramsci, poniendo a la vista lo superfluo de la disyuntiva, pero en la tradición en que se reconocía Viñas lo que pesa es la inteligencia, al menos para un intelectual, a su vez vinculada a una idea de la crítica que la identifica con “estar en contra”. Distinto, aunque se le parece, de la negatividad adorniana (no es la función del intelectual lo que a Adorno le importa sino el trabajo del pensamiento), ese hacer de la crítica un empecinado oponerse, un impugnar, ¿no termina por limitar las posibilidades del pensamiento? ¿No se explican mejor, si se las mira así, afirmaciones como “un intelectual no puede ser oficialista”?

La extensa repercusión que tuvieron esas palabras, pronunciadas para la revista cultural de Clarín, podría no probar, como a priori se supone, su consistencia, sino lo contrario. Que, en ocasión de la muerte de Viñas, Clarín haya reflotado y prodigado la frase en el marco de su guerra contra el gobierno, indicaría que, dicha tal como fue publicada, sin aclaraciones ni condicionantes, sirve para cualquier cosa. “Si sos oficialista –fue la única aclaración de Viñas– tenés que hablar de fulano de tal o fulana de tal. Yo saludo su iniciativa, pero prefiero guardarme ese margen de discrepancia permanente.” La “iniciativa” que saludaba y de la que a la vez se apartaba es el espacio Carta Abierta, y conociendo Viñas como conocía –y los conocía de cerca– a varios de los más notorios integrantes de ese grupo, debería saber que la renuncia a “ese margen de discrepancia permanente” no figuraba ni figura en sus modos de hacer política a través del pensamiento y las palabras. ¿No lo sabía? ¿No le parecía suficiente? ¿No se puso a pensarlo? ¿Consideraba que no es posible respaldar una experiencia política, si es llevada a cabo en gran parte desde el poder estatal, sin ceder capacidad de pensamiento crítico?

¿Qué define la condición de oficialista? Viñas dio por sentado que todos lo sabemos, pero una ya larga serie de discusiones que se dan en estos años no se habrían producido si no estuviera en su núcleo un flagrante y nunca reconocido desacuerdo en torno de los alcances de un término tan apto para el malentendido y el uso a conveniencia de quien lo esgrime. “Oficial”, para el diccionario de la Real Academia, se dice de instituciones, edificios o lo que fuera “que se sufragan con fondos públicos y están bajo la dependencia del Estado o de las entidades territoriales”. Es inverosímil suponer que Viñas creyera que la militancia intelectual de algunos de sus mejores amigos responde a una dependencia del Estado o está sufragada por fondos públicos. Como también es más que probable que habría estado muy de acuerdo con la distancia insalvable con cualquier “lengua oficial” en la que se planta su interlocutor y amigo Horacio González, protagonista destacado de Carta Abierta: “Con ‘lengua oficial’ no me refiero a una sola cosa, […] sino a las consabidas cadenas de transmisión de disciplinamientos inherentes a todo poder, que son de tal o cual modo en ciertos momentos, o cuando hay un llamado a abroquelar, a comprimir, a homogeneizar o simplemente a hacer buena letra”. ¿No debería haber tomado Viñas algunos recaudos antes de echar mano a un adjetivo tan contundente y equívoco, en sus usos habituales, como “oficialista”? ¿No merecía el término, para un pensador de su talla, algunas consideraciones, alguna puesta en sospecha en torno de sus alcances y mediaciones?

No lo hizo, en todo caso. El hombre que supo pensar tan agudamente y tan a fondo tantas cosas, se atrancó en un fatigado lugar común, como si algo le hubiera impedido dar otro paso. Algo vinculado al deber y a la identidad: ¿no puede, el deber que alguien tiene ante la identidad “intelectual”, obnubilarlo o limitarlo tanto como la sujeción a un gobierno o un partido? ¿No se podría leer, más allá de lo apurado del par de frases regaladas a Clarín, y en su trasluz o su trasfondo, una obstinada defensa del “permanente margen de discrepancia”, que al fin y al cabo es también lo que defendió ante la diputada Fernández de Kirchner? Tal vez se pueda, entonces, si se avanza en esa dirección, ver en el “margen de discrepancia” a algo que ya no es discrepancia con algún gobierno o con cualquier gobierno: discrepancia a secas, discrepancia en sí, como un valor en sí y un patrimonio a defender a cualquier costo.

Cuando, allá por los 60, Mario Vargas Llosa hablaba de “el gran aguafiestas” refiriéndose a la función del escritor, quedaban a la vista tanto las posibilidades como las limitaciones del lugar de “el que no está en el juego”, esa zona franca desde la cual sí es posible tirar la primera piedra. No pocos intelectuales encontraron ahí, a lo largo de casi dos siglos, un margen para la creatividad, la interrogación, el cuestionamiento y la búsqueda, pero, puesto a funcionar como identidad o mito, como valor en sí, el lugar del intelectual bien puede actuar como lastre, factor condicionante o jaula mental.


3. De individualidades, ofensas y miedos.

Está claro ya, no hay duda al respecto, o no debería haberla, de que José Pablo Feinmann fue objeto de una artera manipulación cuando en la página web de La Nación titularon como titularon la entrevista que le hizo Ricardo Carpena. Y que, tanto en la edición digital como en la de papel hubo manipulación al aparecer las declaraciones precedidas por una larguísima introducción en la que el periodista cuenta qué va a decir Feinmann antes de que pueda leérselo, explica qué sentido tiene eso que va a leerse y sugiere que, por sostener “algunas cosas inconvenientes para el relato oficial”, JPF tiene grandes posibilidades de ser “triturado” por “los kirchneristas” y condenado “al exilio de los que se animan a pensar distinto”. Hubo, inevitablemente, algunos kirchneristas que, como en una profecía autocumplida, salieron a excomulgar al presunto desobediente, pero el hecho principal, lo que importa, es que hubo manipulación. Si no hubiera habido, o si se la entrevista pudiera considerarse obviando lo que la manipulación puso en ella, se vería que lo que ante todo procuró el novelista y profesor de filosofía fue exponer su pensamiento con la mayor complejidad posible, como a un intelectual corresponde o debería corresponder, lo que en sí mismo no implica una toma de posición política ni es nada compatible con la operación banalizadora y caricaturizadora a la que sometió todo Carpena.

Interesado entonces, y notoriamente, en evitar que sus ideas se simplifiquen y etiqueten, Feinmann cuenta que siempre tomó “saludables distancias”, que si no las toma no puede pensar, y, también en la senda de quitarse de encima encasillamientos, niega ser kirchnerista: "Soy un intelectual K, pero de Kant, Kierkegaard y Kafka". Puede ser un hallazgo o una boutade, lo que cuesta más entender es la respuesta que Feinmann dice tener preparada para el rótulo “intelectual kirchnerista”: “No me insulten, no me tomen el pelo”. ¿Tanta como para considerarla un insulto es la gravedad del rótulo? No es un invento de La Nación: Feinmann lo dijo, así como elogió a la Presidenta y a lo que está ocurriendo en la Argentina desde mayo de 2003. ¿Por qué sería entonces un insulto que a uno lo llamen “kirchnerista”, aunque no fuera cierto, o no se correspondiera con el modo en que JPF quiere, con todo derecho, que se lo vea? “Ser algo implica un compromiso mayor y no adherir a un gobierno”, explicó, filosóficamente, en la entrevista, como para que se entienda que una cosa es el respaldo a una línea política y otra la identidad. De acuerdo, está en juego el verbo “ser”, lo que para alguien que trabajó tanto a Heidegger debe seguramente implicar mucho, pero ¿tanto como para ver ahí un insulto?

La respuesta tal vez pueda escarbarse en otros tramos: “¿Cómo va a pensar un intelectual que está pegado a un partido? En ese sentido, estoy totalmente en contra del intelectual orgánico, el intelectual tiene que tener libertad. Si vos me preguntas qué soy a esta altura de mi vida: soy feinmanneano. Pienso desde mí. El que piensa desde otro filósofo o desde un partido político piensa en exterioridad, pero, a cierta altura de la vida uno ya tiene que pensar por sí mismo, y eso lo hago desde hace mucho tiempo.” Si siente que se lo cree incapaz de pensar, que un intelectual o un filósofo se considere insultado es comprensible. Pero habría que ver si es tan indiscutible que identificarse con el kirchnerismo equivalga a estar pegado a un partido, y que formar parte de un partido impida pensar siempre, y hasta qué punto. Dejemos de lado la sensación de que Feinmann sobreactúa su independencia para agradar a los lectores de La Nación o a Carpena, porque puede ser un prejuicio, y preguntémosnos mejor si está o no en condiciones de merecer consideración el pensamiento de John William Cooke y Rodolfo Walsh, o José Carlos Mariátegui, José Martí, Domingo Faustino Sarmiento (para ampliar el arco), o, aventurándonos más, si Lev Davidovich Trotski y Vladimir Ilich Ulianov no entran en la condición de intelectuales en las que una extensa y al parecer no muy desdeñable producción escrita tiende a situarlos.

No es, por supuesto, que las contradicciones entre la actividad política y el trabajo intelectual no existan, excluyentes o no, inevitables o no, convenientes o no para algún tipo de interés, ni que no hayan tenido a menudo efectos que nada autoriza a minimizar. Impuestas o autoimpuestas, conscientes o inconscientes, naturalizadas o resistidas, las limitaciones que al pensamiento suelen poner las razones de la política, coyunturales o doctrinarias, se acumulan agobiantes a lo largo de la historia, siguen acumulándose en el presente y ni la propia política deja de quedar menoscabada por su virulencia reductora. Lo que decía González: “cadenas de transmisión de disciplinamientos inherentes a todo poder”, “llamados a abroquelar, a comprimir, a homogeneizar o a hacer buena letra”, y esto se puede dar tanto, ya se sabe, entre las sectas de la autoizquierda como en la militancia que respalda al actual gobierno o en otras tiendas ideológicas. Pero los roces, las fricciones y los gestos de desconfianza que en cuanto a cómo pensar lo político bullen, por ejemplo, en el interior del abigarrado universo kirchnerista, de manera tácita o más o menos explícita, bastan para tomar nota de que la cuestión no es simple. Si “pensamiento crítico”, “autonomía” o “imaginación creativa” son instrumentos de militancia para algunos y para otros virus que socavan la tentativa común, tal vez no se pueda con tan clara seguridad ver entre la toma de partido y el libre ejercicio del pensar un antagonismo esencial, y es obvio que no entra en consideración para el caso, por tramposo y banalizador, el uso que de “pensamiento crítico” puede hacer algún grupo de “intelectuales” cuando se atribuye la titularidad de esa práctica.

“Rehúye al ‘trascendente’ y a todo aquel que te invite a subordinarte o aniquilarte.” Enorme como es, la seducción que ejercen frases como esta de Christoper Hitchens se debe tanto a la verdad que las alimenta como a lo que tienen de engañosas, al resolver todo de un trazo y otorgar a quien las adopta algún tipo de autoconfianza o seguridad. Demitificador, enemigo de las simplificaciones, Hitchens supo, con talento envidiable, instalar simplificaciones novedosas y mitificar el personaje del “disidente”, casi un sinónimo de “intelectual” para muchos, proponiendo incompatibilidades que, tanto como suenan perfectas, distan de verificarse en los hechos. “Subordinarse” y “aniquilarse”, en el léxico de Cartas a un joven disidente, aluden por hiperbolización a cualquier forma de entrega a algo que no sean los propios intereses personales, como si toda entrega fuera incondicional y excluyente, y toda independencia o autonomía quedara aplastada en la participación o en algún tipo de fe, religiosa o política. Pero aquí lo que importa no es Hitchens sino la mitificación de la independencia de pensamiento: no el pensamiento independiente sino su mitificación.

Si autonomía y libertad de pensamiento implican no una pose, no una baranda de la que aferrarse, no un personaje a asumir para moverse en sociedad, sino la firme disposición de pensar, sentir y actuar por cuenta propia, haciéndose cargo de las consecuencias y sin ceder a nadie ese derecho, bien las puede ejercer alguien que participa y/o se encuadra. Se podría decir incluso que es ahí, en la participación y el encuadramiento, donde mejor se prueban la autonomía y la libertad. No porque no haya conflicto o contradicción sino al revés: el que es libre o autónomo donde nada se le opone ni lo limita, puede que sea una cosa o la otra, o las dos, pero ¿hasta dónde? ¿en qué grado? Y si es verdad que cualquier definición política que uno pueda adoptar tiene algo de sobreactuación, algún toque de forzamiento o de acomodación, porque no hay sistema de ideas a aceptar o posicionamiento que no reclame prescindir de algo, dejar algo sin contemplar, adoptar algo que no le convence a uno del todo, en eso consiste, aun para el más lúcido e independiente, el hecho de vivir en el mundo, o al menos en la sociedad. Valdría la pena preguntarse, en todo caso, qué resigna, en qué se adecua o hasta qué punto se fuerza el que dedica sus energías a cultivar intacta la posición de “independiente”. Por lo demás, si quien asume un compromiso político tiene que soportar a menudo las tendencias al disciplinamiento y la uniformización que acompañan a cualquier agrupamiento político, ¿no eso, precisamente, lo que se reclama al pensamiento crítico: sobreponerse a dificultades, enfrentar las cristalizaciones y el conformismo, resistirse al temor a reconsiderar las cosas? ¿Piensa mejor un pensador crítico cuando para pensar necesita un entorno favorable, o ningún entorno, a solas con su propias disquisiciones?

La creencia según la cual al trabajo del intelectual hay que mantenerlo en un ambiente preservado, sin que corra peligro de ensuciarse, de ser desafiado o puesto a prueba no debe de resultarle muy atractiva a José Pablo Feinmann, pero no se lo ve muy lejos de ella cuando descarta en quienes adhieren a un partido o se identifican con un “ismo” la posibilidad de pensar. ¿No hay cómo concebir algún tipo de identificación que no implique subordinación a un libreto? ¿Tan limitada es la capacidad de pensar de la especie humana que la única opción es disciplinamiento y obediencia o “no me ofendan, yo no tengo nada que ver con nada más que el yomismismo”? ¿Cree de verdad eso Feinmann o lo que está haciendo es, al diferenciarla tanto de cualquier otra, remarcar su condición de intelectual? ¿Es por eso, porque se estaría dudando de su condición de intelectual, que se ofende ante el “insulto”? ¿Tan sagrada es esa condición? La insistencia con que el discurso de Feinmann se deleita en esa suerte de arquetipo platónico, “el intelectual”, parece confirmarlo.

La importancia prioritaria que el tema “los intelectuales” tiene para Sarlo y alguna gente a la que está o estuvo vinculada, el sentido de pertenencia a la condición de intelectual sobre el que Viñas sostuvo en buena medida su pensamiento y quizá su vida, la solemnidad con que Feinmann hace del sello “el intelectual” una esencia (ese apego al verbo “ser”): hay como un hilo conductor ahí, un lazo, atravesando las diferencias que, en una enorme cantidad de aspectos, separan a estos protagonistas de la vida cultural argentina. Explícita o tácita, consciente o no, algo así como una superioridad ontológica emana de los sustantivos “intelectual” e “intelectuales” –siempre más sustantivos que adjetivos– cuando entran a tallar en lo que dicen y hacen muchos de quienes en Argentina son tenidos, precisamente, por intelectuales. No quiere tener un sesgo moral la referencia a eso que, llámese “superioridad ontológica” o “necesidad de diferenciarse”, determina pensamientos, actos y modos de incidencia en la sociedad: a lo que tiene de limitante y condicionante apunta, si lo que resulta limitado y condicionado es el trabajo que, en tanto intelectuales, les toca. Es la capacidad de mirar y considerar el mundo y la sociedad, al convertirse no en objetivo del trabajo sino en soporte para un lugar social, una función o un título, lo que resta a su práctica posibilidades, la mezquiniza, si se permite el neologismo.

Algo así le hizo notar a Feinmann Néstor Kirchner según el mail que, con una honestidad que no es frecuente encontrar, el propio JPF dio a conocer públicamente. Evidentemente molesto por algunas observaciones, Kirchner habla de “esa tendencia de algunos que se dibujan intelectuales y se creen superiores, diferentes a los demás y hasta más inteligentes que el común de los mortales”, para luego pedirle a su interlocutor “un análisis más profundo y piadoso” y recordarle que “ser intelectual no significa mostrarse diferente, tal como ser valiente no implica mirar a los demás desde la cima de la montaña.” Creerse superiores a los demás no tiene por qué ser un rasgo propio de los intelectuales, pero en los hechos parece serlo, no pocas veces, y está lejos de ser Kirchner el único que lo piensa, pero además Kirchner va más lejos: “ser intelectual no significa mostrarse diferente”. La palabra “mostrarse” resuena particularmente ahí, tanto que hace falta aclarar la diferencia entre “mostrarse” y “ser”. Y adosada a esa aclaración, otra palabra: “miedo”. “Tenés miedo de que te confundan, porque creés que la individualidad te va a preservar”, apuntaba en 2006 el entonces Presidente, como si hubiera leído lo que La Nación publicó a fines de 2011.

Néstor Kirchner no era una autoridad en el tema del trabajo intelectual, ni estaba cerca de serlo ni puede decirse que su discurso tuviera la densidad y riqueza que esa temática suele requerir, pero cierta particular agudeza para detectar el núcleo de algunas cuestiones, que le daba buenos resultados en la práctica, parece haber sido la que lo llevó a poner tan sin vueltas las cosas sobre el tapete. Si “ser intelectual” es sustituido, en los hechos, por “mostrarse diferente”, ¿qué puede esperarse de quienes ostentan con tanta dedicación esa chapa? Mucho, sin duda, porque ostentar no es lo único que hacen, pero el adjetivo “piadoso” agregado a “análisis profundo” lleva a pensar que se podría bastante más, si en torno del sustantivo “intelectual” hubiera algo así como un afloje, un bajarse del pedestal o un no tomárselo tan en serio.

No es que no lo haya en muchos casos, en general no tan notorios, no es que “intelectual” no sea ante todo, para muchos de quienes trabajan en lo intelectual, un adjetivo. No faltan quienes prefieren poner el acento en el trabajo con ciertos núcleos problemáticos en las sociedades que son inevitablemente de carácter intelectual, pero toda una estructura cultural y un sentido común largamente asentados tienden a imponer lo otro, además de los intereses de instituciones y medios. Adentro, afuera o en los intersticios de instituciones y medios, de todos modos, y sin preocuparse mucho por el sentido común o la estructura cultural, algo del orden de la inquietud y la búsqueda no deja de producirse y renacer, no importa si lo avala el sello de “intelectual” u otro o ninguno, a través de una infinidad de instrumentos y modalidades, sin territorio propio a defender, con plebeya irreverencia deseante. Es inevitable, seguramente, que eso ocurra, siempre en conflictiva tensión con la política, como no puede ser de otro modo, para bien de la política.


*Poeta, ensayista y periodista


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