04 marzo 2009

EL Damero/ Los símbolos en la construcción y el uso del poder - por Rubén Drí

Los símbolos en la construcción y el uso del poder

Por Rubén Dri*
( para La Tecl@ Eñe)

El ser humano es sujeto y, en ese sentido, una totalidad que se mueve por la contradicción dialéctica entre práctica y conciencia, práctica y teoría, práctica y crítica. Ello significa que es un ser esencialmente creador, en la medida en que la práctica es creación. No es un ser que además de ser, crea, sino que el acto de al creación lo constituye esencialmente. Es un proceso de creación.

Para entender el proceso de creación en que consiste el sujeto, o sea, el ser humano, menester es tener presente que no hay una práctica que se conecta con la conciencia como si fuesen dos momentos separados. No hay una práctica que no sea al mismo tiempo consciente, como no hay una conciencia que no sea al mismo tiempo práctica.

Práctica y conciencia, práctica y teoría, se dan al mismo tiempo, en el mismo momento, sin la posibilidad de separar una de otra. Son dos momentos dialécticos y, como tales, inseparables. Si se diese primero una práctica y luego la conciencia, en realidad, lo que se creyó que era práctica, no era tal, sino movimiento mecánico al que no habría manera de transformarlo en práctica, o sea, en creación.

El sujeto es un proceso de creación que es al mismo tiempo autocreación. Ello significa que el momento de la creación conlleva, además de la dialéctica creación-conciencia, la dialéctica de creación-autocreación. El crear es al mismo tiempo crearse y el crearse es al mismo tiempo crear. Pero es claro que no se puede crear sin poder hacerlo. Ahora bien, este “poder hacerlo” no es algo simplemente innato, o mejor, no se encuentra desarrollado en el sujeto desde su nacimiento.

Ello quiere decir que el proceso o movimiento de la creación es, al mismo tiempo, movimiento del desarrollo del poder. Es por ello que el concepto del sujeto como proceso de creación debe completarse con el concepto de que el sujeto es el movimiento del ponerse a sí mismo. Uno se pone frente a otro, el empleado se pone frente al patrón, el desocupado ocupa la calle poniéndose frente a la sociedad que lo ha depuesto o, en otras palabras, que lo ha arrojado como un objeto inservible.

Creación y posición, o crearse y ponerse, conllevan siempre el otro momento, el de la conciencia. Ésta se expresa en el lenguaje, de modo que práctica y lenguaje son dos momentos inescindibles del sujeto. Cambiar la práctica significa al mismo tiempo cambiar el lenguaje y viceversa, y cambiar ambos significa cambiar la realidad, porque ésta no es otra que la que está constituida por los sujetos en sus relaciones intersubjetivas, sociales, económicas, en una palabra, políticas.

El lenguaje es, pues, la expresión del momento de conciencia de la práctica. Ahora bien, el lenguaje en la expresión del significado de la conciencia, se condensa en los símbolos. Éstos son momentos fuertes de la conciencia y, en consecuencia, de la práctica, es decir, de la realidad. El símbolo “condensa” en sí mismo una serie de significados de la conciencia, “une” momentos heterogéneos, dándole un significado preciso y orientando la práctica en un determinado sentido.

Toda lucha política es una práctica confrontativa de sujetos colectivos que pugnan por prevalecer. Los sujetos colectivos “se ponen” unos frente a otros y en este ponerse, o sea, en esa práctica confrontativa, se moviliza la totalidad de práctica y conciencia, práctica y lenguaje. La lucha no se da sólo a nivel de la práctica, pues ello es imposible, dado que la práctica conlleva siempre y esencialmente el lenguaje y con él, los símbolos.

La lucha, pues se desdobla en práctica y lenguaje, práctica y símbolo. La victoria o la derrota se da en ambas orillas del desdoblamiento. En la lucha, por ejemplo, de las corporaciones agrarias en contra del gobierno, las movilizaciones, los cortes de ruta y otras acciones, muchas de ellas sumamente violentas, las corporaciones nunca se presentaron como tales, sino como “el campo” y éste, a su vez, identificado con “la escarapela” y “la patria”.

Con el concurso de los grandes medios de comunicación, la mayoría de los canales de televisión y los grandes diarios como la Nación y el Clarín, las corporaciones dieron la batalla cultural, imponiendo esos símbolos, que esconden enormes contradicciones y opresiones como las de los peones rurales que trabajan de sol a sol por una paga miserable, los niños señaleros para la fumigación de la soja, condenados desde chicos a sufrir el cáncer, la expulsión de los pobladores nativos para la expansión de la soja y otros males.

El 19-20 de diciembre de 2000 estalló una de esas grandes puebladas que desde 1945, más o menos cada 30 años se producen en nuestro país, dando por terminada una etapa histórica y el comienzo de una nueva. Es en esas puebladas donde se plantean los grandes problemas que la sociedad deberá resolver en la nueva etapa. Esos problemas se condensan en determinados símbolos.

Uno de los problemas más angustiantes y dolorosos que nos había dejado la dictadura militar genocida y que no había encontrado camino de solución en los diversos gobiernos democráticos, es el de los Derechos Humanos. Son los diversos organismos de de derechos humanos quienes los enarbolan, enfrentado a la misma dictadura militar genocida.

Es la pueblada del 19-20 de diciembre la que los pone como agenda para cualquier gobierno que, a partir de ese momento, quisiese tener el poder suficiente para encarrilar la reconstrucción de un país destruido por la dictadura genocida y el aluvión que significó la imposición del más descarado neoliberalismo en la década del 90. Con el gobierno de Kirchner los Derechos Humanos pasaron a ser uno de los símbolos fundamentales de la construcción de poder.

El símbolo, condensación del lenguaje, conlleva su práctica. Las leyes de obediencia debida y Punto final son quitadas de en medio, los genocidas comienzan a ser juzgados y condenados, con muchos obstáculos y deficiencias, menester es decirlo, pero lo importante es que se dio un paso del que ya será muy difícil volver atrás. Los Derechos Humanos pasan a ser un símbolo denso, profundo que, desde los juicios a los represores pasan a filtrarse en todos los resquicios de la sociedad, cuestionando la pobreza estructural, la desocupación, el trabajo infantil, la violencia de género.

Ello no puede extrañar en la medida en que el símbolo es un momento de esa totalidad que es el sujeto tanto individual como colectivo. Es cierto que el símbolo contiene una dialéctica interna cuyos dos polos contrapuntos son el símbolo propiamente dicho y el fetiche. El momento simbólico puede ser desenganchado de la práctica y funcionar entonces como fetiche. En lugar de ser un momento de la práctica creadora se vacía de contenido y se vuelve en contra de sus mismos creadores. Es lo que pasa en tantos símbolos creados por el peronismo que, en manos de la derecha, se han vuelto en contra la práctica transformadora que estuvo en sus orígenes.

En nuestra práctica por al transformación liberadora de la sociedad no puede faltar la batalla cultural, en la cual los símbolos ocupan siempre un papel fundamental. La derecha en sus variadas expresiones sociales y políticas, en estos momentos está dando esa batalla a través de los grandes medios. Los militantes de los sectores populares no pueden estar ausentes en esa lucha.

Buenos Aires, 22 de fenbrero de 2009

* Rubén Drí es profesor e investigador de filosofía en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Acaba de publicar en carácter de coordinador el libro 'Símbolos y fetiches religiosos en la construcción de la identidad popular: San Cayetano, La Virgen Morena, El Gauchito Gil, Gilda, San La Muerte' (Biblos).

2 comentarios:

  1. Sí estoy de acuerdo con Dri, pero no porque las corporaciones "corporicen" el mal el gobierno significa el "Bien", ambos son dos caras de la lcuha por el Poder para Ser y no por el Poder para Servir.

    Agata Negro
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