04 mayo 2007

Editorial



La sombra del Verdugo

Algo no está bien desde hace rato en nuestro sistema institucional democrático. La muerte sigue irrumpiendo impunemente desde el poder y sobre ciudadanos y militantes sociales. Las cacerías se planean y se llevan a cabo desde un entramado de responsabilidades donde los que cometen los crímenes son, primero impulsados, y luego protegidos por culpables que detentan el Poder.
Así se persigue y asesina a militantes sociales en la Democracia. Así se planeó la matanza del puente Pueyrredón, en Avellaneda, donde la presas fueron Maximiliano Kostecki y Dario Santillán. Y así también se asesinó al docente neuquino Carlos Fuentealba por reclamar el derecho a un salario digno. Víctor Choque en Usuahia y Teresa Rodríguez en Neuquén. Los muertos de la Democracia. Balas del poder. Sed de cacería. El que denuncia la injusticia, el hambre y la pobreza, y se manifiesta comprometiendo su cuerpo, su vida, es muerto. Y el que no, y sólo tuvo la desgracia de pasar por ahí, por la revuelta, por el corte de ruta, también. Y éstos muertos son el símbolo inocultable de la violación a las leyes y al derecho a la vida perpetrado desde El Poder. Y cuando me refiero al poder quiero decir el sistema de alianzas y protecciones compuesto por instituciones políticas y fuerzas de seguridad. Siempre el poder político cuenta con sus verdugos. Pero los verdugos conocen las mañas del poder político, y por ello exigen, en silencio, desde la oscuridad pero con vehemencia, la impunidad que da el amparo del Poder. Y esa relación es la que sigue vigente en nuestro país.
Por ello es que siento algo parecido al horror. Porque más allá de las usurpaciones y aprovechamientos políticos que se realizan sobre la muerte, persiste la sensación de que nuestra atmósfera institucional huele mal. El gobernador de Neuquén sigue haciendo campaña con las manos manchadas de sangre. En Santa Cruz, la gendarmería cerca y toma las escuelas y la casa de Gobierno. Y si es sólo un conflicto provincial, como declara el ministro del interior Aníbal Fernández, qué hacen allí las fuerzas nacionales.
Y Jorge Julio López sigue desaparecido, y de esto ya casi no se habla. Y es extremadamente grave porque así se convalida, se naturaliza, la muerte y la desaparición. No es suficiente un cartelito recordatorio o un mensaje televisivo. Es urgente la aparición – espero que con vida – de Jorge Julio López. Y esto es un deber, una obligación que tiene por delante El Estado para no volver a perdernos en la continuidad del terror. Sólo el poder da impunidad.

Conrado Yasenza, Mayo de 2007.

2 comentarios:

  1. Estimado señor Conrado: sin lugar a dudas toda la razón. Somos una sociedad imbécil, en su plena acepción. Pareciera que el único aglutinante de masas fuese el "Circo", los innumerables que pululan en los medios, sobre todo televisivos. Pareciera que a nadie le importa; la velocidad de la vida devora el presente y el pasado es olvidado, porque obstaculiza, claro está, salvo cuando es de utilidad a la apetencia política. Tampoco se aprende cuando ese pasado no es transportado como experiencia al presente que construye futuro .

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  2. Gracias por el comentario Juan, y gracias por enriquecer el texto con tu participación sobre él.

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