Adornos frankfurtianos, Nietzsche y otros souvenirs socioculturales
La actual sociedad opulenta ha cambiado el mecanismo de control sobre el individuo orientándose hacia las nuevas necesidades producidas. Un ejemplo de esto es la tolerancia represiva hacia los grupos disidentes, con la cual la sociedad liberal extiende las libertades civiles a sus críticos neutralizando así su oposición. Esta estrategia resta poder a sus ideas, mientras que la censura y el arresto los harían parecer mártires. La tolerancia de otros puntos de vista en la era de las comunicaciones masivas revela el rostro de la tiranía política en una forma que quizás sea compatible con el pluralismo de partidos, periódicos y poderes contrapuestos
Foto: Theodor Adorno
Por Flavio Crescenzi*
(para La Tecl@ Eñe)
“El pensamiento tradicional y los hábitos de sano sentido común que ese pensamiento nos dejó en herencia tras fenecer filosóficamente, exigen un sistema de referencia en el que todo encuentre su lugar. Ni siquiera se atribuye demasiado valor ni se pone mucho empeño en la autointeligibilidad interna del sistema de referencia –pues incluso se lo puede plasmar en axiomas dogmáticos-, con tal de que toda consideración resulte localizable y pueda mantenerse lejos del pensamiento no respaldado por el sistema. En cambio, el genuino conocimiento, para fructificar, se arroja a sí mismo en los objetos. El vértigo que esto suscita es un index veri; el shock de lo abierto, la negatividad, que es como ello aparece en el marco de lo respaldado por el sistema y de lo siempre igual, sólo es no verdad para lo no verdadero.”
Theodor W. Adorno
"En suma, desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas."
Julio Cortázar
I
La dialéctica hegeliana, inmenso monstruo bíblico que quiso resolver su presente proyectándose al futuro, culminó en el mismísimo Hegel y en el estado prusiano, locus ideal que representaba el mejor de los mundos posibles. Esta aparente contradicción no responde sino a razones ideológicas, razones que claramente provienen de un horizonte de expectativas determinado: la idea de progreso de cuño positivista. No creo exagerar al decir que pese a todos los cambios socio-históricos sufridos, en puridad, seguimos viviendo en la Prusia del siglo XIX. El progreso ideal que aseguraba que la humanidad estaba destinada a su propia realización se convirtió inmediatamente en un progreso tecnológico en donde lo humano quedó relegado a un segundo plano en nombre de la ciencia. La dialéctica marxista cae, involuntariamente, también en esta trampa al darle una importancia desmedida al progreso científico. La idea de progreso se revela entonces como un aspecto más del sistema de referencias aludido en el epígrafe.
La Escuela de Frankfurt proclamaba que la civilización occidental se cimentaba en una estrategia degenerativa deliberada. Todos los males de la sociedad moderna: decadencia social, crimen, locura, suicidio, neurosis, degradación de las artes, racismo, etc. tienen sólo un responsable y es la sociedad capitalista. La principal característica del Occidente moderno es la voluntad de aplastar los instintos vitales del hombre a través de un control racional y dirigido. Lo que nos lleva a la inevitable conclusión de que el fascismo representa la última etapa del capitalismo tardío o, dicho de otro modo, el capitalismo liberal, último bastión de la tradición Iluminista, contiene desde un principio su germen fascistoide. Esta conclusión puede resultar un tanto menos apocalíptica si le advertimos al lector de este artículo que para Adorno y compañía existían dos Iluminismos. El primero había producido la filosofía humanista racional de pensadores como Hume, Kant y Hegel, así como el espíritu crítico y escéptico de Voltaire. Esta es la Edad de la Razón propiamente dicha, y Adorno y Horkheimer, después de Marx, se consideraban sus últimos herederos. El segundo, en cambio, había generado la obsesión moderna por la ciencia, la tecnología y el número. Este era el Iluminismo de Newton, Condorcet, Bentham y Adam Smith. El problema estriba en que ambos Iluminismos son, en última instancia, inseparables; su relación es dialéctica.
Contrariamente a lo esperado, el marxismo ortodoxo, en vez de brindar un modo de escapar del ascenso de la sociedad totalitaria, produjo su propia forma de totalitarismo en la Unión Soviética. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética eran, para Adorno y Horkheimer, ejemplos de sociedades industriales avanzadas que evolucionaban hacia estados totalitarios gemelos, rígidos e intercambiables. Los principios democráticos liberales y el igualitarismo marxista sólo brindaban una fachada para las elites burocráticas sin rostro que dominaban ambos sistemas. El estado policial era la consecuencia natural de la producción económica occidental; ninguna sociedad industrial avanzada podía mantener el control sin un aparato gubernamental secreto y atrozmente eficiente.
Teniendo en cuenta este panorama, el aporte de la Escuela de Frankfurt a los estudios socioculturales es de una relevancia insoslayable. Las distintas líneas de investigación utilizadas por los filósofos de esta escuela (Materialismo interdisciplinar: 1930-1937, Teoría crítica: 1937-1945, Crítica de la razón instrumental: 1940-1945) conforman un andamiaje crítico no superado hasta el momento, ya que cada nuevo corpus crítico emergente, a ellas de alguna forma se remite. El concepto de dialéctica negativa, en relación a lo planteado al inicio de este artículo, se presenta, sino como un férreo camino de emancipación intelectual, por lo menos, como la íntima revuelta que todo espíritu refractario está obligado a sostener. Así lo explica el mismo Adorno:
“La dialéctica como procedimiento significa pensar en contradicciones a causa de la contradicción experimentada en la cosa y contra ella. Siendo contradicción en la realidad, es también contradicción a la realidad. Pero dicha dialéctica no es conciliable con Hegel. Su movimiento no tiende a la identidad en la diferencia de cada objeto con su concepto, más bien desconfía de lo idéntico. Su lógica es la del desmoronamiento: la figura armada y objetualizada de los conceptos que el sujeto cognoscente tiene inmediatamente antes sí. Cambiar esta dirección de lo conceptual, volverlo hacia lo diferente de sí mismo: ahí está el gozne de la Dialéctica Negativa. El concepto lleva consigo la sujeción de la identidad, mientras carece de una reflexión que se lo impida…La reflexión del concepto sobre su propio sentido le hace superar la apariencia de realidad objetiva como una unidad de sentido. La libertad del pensamiento es el lugar en que éste supera aquello a que a la vez se vincula y ofrece resistencia. Su guía es el impulso expresivo del sujeto.”
La dialéctica entendida como sintaxis y mecánica del progreso burgués acarrea el polvo de un desmoronamiento, los restos de lo que no supo adecuarse a un historicismo que piensa sólo en perpetuar su presente tecnocrático. Contra eso, contra las fuerzas desintegradoras de lo social, contra lo objetivamente impuesto sobre el sujeto real, la dialéctica negativa se alza como una alternativa. La autocrítica social del conocimiento, en tanto conocimiento adquirido dentro del entramado de fuerzas imperantes, supone la única dialéctica plausible.
II
Pero al hablar de ideología no estamos sino hablando de cultura. En este sentido, Marx nos legó la categoría de superestructura para un mejor abordaje teórico de la cuestión. La superestructura, entendida como el conjunto de prácticas y creencias sociales, carece de autonomía, tan sólo se manifiesta en función de los intereses de clase de los grupos dominantes, aquellos que desean mantener un específico orden económico. El concepto reaparecerá en Gramsci cuando acuña el término pensamiento hegemónico y, ya actualizado, nuevamente en Althusser cuando nos habla de los aparatos ideológicos del estado. Esta superestructura muta, evoluciona, hasta alcanzar con la cultura de masas su modelo por de más definitivo. La defensa y difusión de esta seudocultura resulta ser la estrategia más eficaz para disolver la conciencia crítica colectiva y extinguir el anhelo solidario de una sociedad mejor.
El libro Dialéctica de la Ilustración, escrito por Adorno y Horkheimer en 1941 y publicado seis años más tarde, desenmascara la paradójica realidad de esto que hemos decidido llamar modernidad: una Ilustración que tiene como ejes históricos los ideales de progreso, educación e igualdad, termina, con la consolidación del capitalismo industrial, justificando la administración científica que deviene razón instrumental, logrando que el progreso se confunda con la técnica, la educación con la formación de mano de obra capacitada y la igualdad con la uniformidad de potenciales consumidores. Asimismo, en este libro se habla por primera vez de la Industria cultural, calificándola de agente transmisor de ideología. La industria cultural, así como estandariza las manifestaciones culturales reduciéndolas a la categoría de mercancía, también excluye los elementos estéticos e intelectuales que puedan significar una crítica al status quo. Con respecto a esto último, vale la pena recordar la idea adorniana de que el arte es un hecho disruptivo, algo que debe ofrecer una resistencia ética y estética al medio dominante para asegurar su autonomía. A continuación, un significativo fragmento del libro mencionado:
“En la obra de arte, en efecto, el momento mediante el cual trasciende la realidad resulta inseparable del estilo: pero no consiste en la armonía realizada, en la problemática unidad de forma y contenido, interior y exterior, individuo y sociedad, sino en los rasgos en los que aflora la discrepancia, en el necesario fracaso de la tensión apasionada hacia la identidad. En lugar de exponerse a este fracaso, en el que el estilo de la gran obra de arte se ha visto negado, la obra mediocre ha preferido siempre semejarse a otras, se ha contentado con el sustituto de la identidad. La industria cultural, en suma, absolutiza la imitación. Reducida a puro estilo, traiciona el secreto de éste, o sea, declara su obediencia a la jerarquía social. La barbarie estética ejecuta hoy la amenaza que pesa sobre las creaciones espirituales desde el día en que empezaron a ser recogidas y neutralizadas como cultura. El denominador común “cultura” contiene ya virtualmente la toma de posesión, el encasillamiento, la clasificación, que entrega la cultura al reino de la administración. Sólo la subsunción industrializada, radical y consecuente, está de acuerdo con este concepto de cultura.”
III
La filosofía adornaniana sostiene que no hay pensamiento crítico posible sin una expresión que esté a la altura de tamañas pretensiones, es decir, ese pensamiento no podrá presentarse materialmente de la misma manera que como venía haciéndolo la gran filosofía de la Ilustración. Estamos ante lo que él mismo llamó el momento estético de la filosofía, momento que fue esbozado en su trabajo El ensayo como forma. A la forma ensayo le es inherente su propio proceder discontinuo y provisional, si quiere mantenerse fiel a los principios de objetividad por él legitimados, si no quiere sacrificar su función crítica. El ensayismo será entonces una metodología válida por su carácter tentativo, pero, vale aclarar, sin pretender reducirlo a una mera forma estética, ya que verlo así implicaría negarle toda finalidad cognoscitiva. Por el contrario, el ensayo tiene como medio propio el concepto -un uso distinto del concepto- y como objetivo la verdad. Este concepto será expresado fragmentariamente, como una constelación de pensamientos buscando su verdad en la expresión: sólo las constelaciones representan, desde afuera, lo que el concepto oculta en su interior. Adorno toma este procedimiento escriturario de su viejo amigo Walter Benjamin y lo expondrá de modo visible y cabal en su trabajo Minima Moralia.
Los intelectuales del Instituto de Investigaciones Sociales (Adorno, Horkheimer, Benjamin, Marcuse) basaban su crítica general de la cultura burguesa en el Marx de los manuscritos de juventud, pero también en dos pensadores no marxistas. El primero era Sigmund Freud, cuyas teorías permitían a la Escuela de Frankfurt comprender, como dijo uno de sus miembros, “los efectos mutiladores con los cuales la humanidad paga sus triunfos tecnocráticos”. El otro pensador era Nietzsche. Los marxistas ortodoxos habían denunciado al vitalista y elitista Nietzsche como el filósofo del capitalismo. Sin embargo, a fines del siglo XIX algunos jóvenes izquierdistas se sumaron al renacimiento nietzcheano, anunciando que la libertad absoluta del individuo creativo tenía que formar parte de la futura sociedad igualitaria. Los críticos de Frankfurt no acudían a Nietzsche por su mensaje de nihilismo vital y redentor (aquel que sí inspiraría a sus admiradores franceses en el siglo XX, los intelectuales reunidos entorno a la revista Acéphale), sino por su corrosiva crítica a los valores burgueses. Theodor Adorno definió las obras de Nietzsche como “una singular demostración del carácter represivo de la cultura occidental” y dijo que expresaban lo humanitario en un mundo en donde la humanidad se había vuelto un fraude”. Los ataques de Nietzsche contra la lógica y la razón occidentales sintetizaban la idea de dialéctica negativa; su estilo aforístico, el estilo fragmentario que Adorno propugnaba.
El sedimento dionisiaco que hay en todo arte no degradado por la dinámica de cosificación que impera en la sociedad burguesa es otro punto de encuentro entre La Escuela de Frankfurt y Nietzsche. La actual sociedad opulenta ha cambiado el mecanismo de control sobre el individuo orientándose hacia las nuevas necesidades producidas. Un ejemplo de esto es la tolerancia represiva hacia los grupos disidentes, con la cual la sociedad liberal extiende las libertades civiles a sus críticos neutralizando así su oposición. Esta estrategia resta poder a sus ideas, mientras que la censura y el arresto los harían parecer mártires. La actitud preponderantemente anárquica que todo artista moderno no domesticado expone no sólo en sus obras, sino también en su visión de mundo, refleja la idea adorniana del arte como excurso, como ejercicio subversivo llevado a cabo por vías no racionales, lo que equivale a decir por vías simbólicas. El epígrafe elegido de Cortázar resume en cierta medida el punto que quiero señalar. La acusación benjaminiana de la pérdida del aura en las obras de arte seriadas gravita en la teoría adorniana, motivo por el cual Adorno favorece a cierto arte de vanguardia (pensemos, a modo de ejemplo, los casos de Picasso y Schönberg) por considerarlos inmunes a cualquier posible mecánica de reproducción en serie. El arte, en conclusión, tiene su propia finalidad y un lenguaje particular para transmitirla. Es lo que nos indica Adorno en lo que sigue:
“El telos de las obras de arte es un lenguaje cuyas palabras no están incluidas en ese espectro lingüístico normal, ni han sido dictadas por una universalidad preestablecida.”
Foto: Herbert Marcusse
IV
En 1964 Herbert Marcuse publica El Hombre unidimensional, que en gran medida continúa los conceptos vertidos en Dialéctica de la Ilustración. A través de los medios masivos de comunicación, la estructura de poder ha organizado, para su propio beneficio, cada aspecto de la sociedad, logrando triunfos como la declinación de la política como debate genuino y público, la pérdida de la autonomía personal y la mercantilización de los deseos. La sociedad de consumo oculta su naturaleza represiva bajo un sinfín de bienes y servicios, su víctima es el consumidor sin rostro y sin afectos, él es el hombre unidimensional.
Marcuse sirve de enlace entre La Escuela de Frankfurt y los pensadores activistas del Mayo Francés. La conexión existente entre la teoría crítica y el análisis institucional de René Lourau, la reaparición de conceptos como el de sociedades de control en el pensamiento de Deleuze y de Foucault, pero también la defensa que pensadores más contemporáneos como Jameson hacen de Adorno o las visibles coincidencias entre las críticas que Baudrillard le hace a los medios audiovisuales y las observaciones adornianas que hemos detallado, demuestran la influencia, vigencia y actualidad de la Escuela de Frankfurt.
La actual sociedad opulenta ha cambiado el mecanismo de control sobre el individuo orientándose hacia las nuevas necesidades producidas. Un ejemplo de esto es la tolerancia represiva hacia los grupos disidentes, con la cual la sociedad liberal extiende las libertades civiles a sus críticos neutralizando así su oposición. Esta estrategia resta poder a sus ideas, mientras que la censura y el arresto lo harían parecer un mártir. La tolerancia de otros puntos de vista en la era de las comunicaciones masivas revela el rostro de la tiranía política en una forma que quizás sea compatible con el pluralismo de partidos, periódicos, poderes contrapuestos, etc. Ello obedece a que en esta sociedad liberal el totalitarismo no es sólo una coordinación política terrorista, sino también una coordinación técnica y económica no terrorista que obra a través de la manipulación de las necesidades por parte de intereses creados. Mediante estos insidiosos dispositivos, la sociedad de consumo logra construir su propio sistema de control total. El resultado es una cómoda, razonable y democrática falta de libertad.
La única escapatoria, al menos hasta que un tejido social concientizado vuelva a construirse, es el acto nietzscheano individual de crítica, lo que Adorno y Horkheimer llamaban dialéctica negativa y lo que Marcuse, usando un término de los surrealistas franceses, llamó el “gran rechazo”. Estamos hablando de la decisión intelectual de no adherir a los valores y convenciones de la sociedad burguesa, el romántico sueño de usar a la cultura como herramienta de emancipación y no tan sólo como ornamento o discurso vacío.
*Poeta y ensayista