01 septiembre 2011

Salud Política y Sociedad/Medicalización para someter al sujeto/Enrique Carpintero

Modelos socioculturales del poder XIII

Medicalización para someter al sujeto

La medicalización es un término que se viene usando desde hace muchos años para demostrar los efectos en el acto médico de los factores políticos, sociales y económicos que intervienen en la producción, distribución y venta de las grandes industrias de tecnología médica y farmacológica.

Por Enrique Carpintero*
(para La Tecl@ Eñe)

La cultura del capitalismo mundializado ha llevado a que los bienes materiales e inmateriales tengan una cotización en la economía de mercado. Su único objetivo es la maximización de las ganancias. Pareciera que nada queda fuera de la llamada “ley del mercado”. Todo queda reducido a si es un buen o mal negocio. De allí que no puede sorprendernos que las prácticas de la salud queden subordinadas a los grandes intereses de las empresas de medicina.
”Ya no es la enfermedad -y la lucha contra el dolor y la muerte- el limite `natural` que hablita a la medicina a intervenir en el cuerpo. La salud es en gran parte un artículo más de consumo. No un objetivo, sino un medio de diferenciación social, como la vestimenta, el consumo suntuario o la calificación laboral”. (Marcelo Rodríguez, Historia de la salud. Relatos sobre el cuerpo, la medicina y la enfermedad en la sociedad occidental, Capital Intelectual, 2011)
Esta situación deviene en la complejidad que actualmente debemos tener en cuenta cuando se receta un medicamento. La relación médico-paciente en el acto de hacer un diagnóstico y medicar esta atravesado por la medicalización de la vida cotidiana que conlleva cuestiones éticas y científicas. Aunque, como vamos a desarrollar en este breve artículo, estas son fundamentalmente económicas y políticas.

La medicalización es un término que se viene usando desde hace muchos años para demostrar los efectos en el acto médico de los factores políticos, sociales y económicos que intervienen en la producción, distribución y venta de las grandes industrias de tecnología médica y farmacológica.
Si nos ceñimos al campo del padecimiento subjetivo estos efectos son el resultado de algunas cuestiones que son necesarias entender.

Una subjetividad sometida a los valores de la cultura dominante

El liberalismo -en su versión conservadora o progresista- pone la libertad como premisa del orden capitalista. Pero esta libertad, convertida a su vez en fundamento y en legitimación, es para el liberalismo primordialmente libertad económica en la medida en que todas las demás derivan de ella o se subordinan. La libertad es libertad para consumir sexo, celulares o futbol para todos. En el acto de consumir el sujeto cree encontrar ilusoriamente la satisfacción a su deseo. Este deseo es por definición omnipotente independientemente que se realice o no. Como principio o como amo este deseo lleva a una realidad que tiende a desbordarse y, por lo tanto es interminable e insaciable. Este exceso encuentra en la cultura hegemónica normas cuya idea de virtud es mantenerse “sano”. Para ello propone la ilusión de evitar lo que caracteriza la condición humana: nuestra finitud. De allí que procesos normales como el nacimiento, la adolescencia, la vejez, la sexualidad, el dolor y la muerte se presentan como patológicos a los cuales se les puede aplicar una medicación para su solución. De esta manera la búsqueda de la salud se transforma en una exigencia que en muchas ocasiones genera enfermos imaginarios de enfermedades creadas por los propios laboratorios. Por ello el ser humano saludable de nuestra actualidad es un oxímoron: todos los límites que se impone dependen del exceso en que vive y para cuya inexorable perpetuación se limita. (Vicente Serrano, La herida de Spinoza. Felicidad en la vida posmoderna, Anagrama, 2011).

Las fabulosas ganancias de los grandes laboratorios

En este sentido la actual evolución de las biotecnologías, las neurociencias, las técnicas médicas y farmacológicas que pueden estar al servicio de la emancipación del sujeto se las utiliza para adaptarlo a la cultura del sometimiento. Por ello el medicamento que estaba exclusivamente al servicio del “arte de curar” hoy se lo ofrece como un objeto necesario de consumir para soportar las incertidumbres de un futuro que es vivido como catastrófico.
Grandes campañas publicitarias en los medios de comunicación ofrecen las bondades de un medicamento como si fuera cualquier producto para consumir. La ingesta de remedios se ha naturalizado como una forma de vida. Ansiolíticos, analgésicos, laxantes, antiácidos y multivitamínicos no sólo se venden en las farmacias sino en quioscos y supermercados. Una consulta de la Universidad Maimónides y el Instituto Argentino de Atención Farmacéutica realizado a 3000 pacientes y 400 farmacéuticos muestran que el uso de medicamentos sin control médico adecuado conduce a que 100.000 personas se internan por esta causa en los hospitales públicos y más de 770 terminen muriendo. En EE.UU. se ha transformado en la tercera causa de muerte después de las enfermedades cardiovasculares y el cáncer.
Los diferentes de factores que se ponen en juego para difundir la medicalización en la sociedad explican las fabulosas ganancias que tienen los grandes laboratorios, las cuales deben ser repartidas entre los diferentes actores que participan en este proceso. Un informe de la Asociación de Agentes de Propaganda Médica de la Argentina sostiene los siguientes datos:
-La industria farmacéutica representa el 4,7% del valor agregado total y el 3,2% del valor bruto de producción. Es la 2da actividad de importancia en el valor agregado y la 8va en el monto de facturación.
-La productividad por asalariado en la industria farmacéutica es mayor que en el conjunto industrial. En efecto, mientras cada asalariado de la industria farmacéutica produce por $72 mil al año de valor agregado, en el conjunto industrial lo hace por $59 mil al año. Es decir la productividad por asalariado en la industria farmacéutica es 20,8% superior al conjunto industrial.
-Si se compara la explotación promedio que cada empresa del sector farmacéutico se apropia en relación con el salario promedio del sector, se derrumba ese lugar común instalado por las empresas del sector en el sentido de que “pagan los mejores salarios”. En efecto las ganancias promedio mensuales que cada empresa se apropia en industria farmacéutica equivalen a 85 sueldos promedios del sector. Dicho en términos sencillos esto supone que cada empresa ganan 85 veces más que lo que gana cada trabajador del sector. Este mismo indicador para el conjunto del sector industrial se ubica en 19,8. Es decir este indicador de explotación laboral es 329,4% superior en la industria farmacéutica que en el conjunto industrial.
-La rentabilidad de las firmas se asientan sobre niveles de oligopolios y en algunos casos monopolios en la producción de una determinada droga por parte de los laboratorios que operan en el país. Un ejemplo basta para ilustrar esta situación. La droga Omeprazol es comercializada por el Laboratorio Astrazeneca (de origen sueco) a un precio final que excede en 33.130% su costo inicial. Así como leyeron.
Pero podemos continuar. En drogas como la piroxicam, la amlodipina, la nifedipina, la enlapril el precio final de la droga supera entre un 4.000% y un 12.000% el costo de la misma. Medicamentos ampliamente consumidos por la población también presentan elevados precios finales en relación al costo de la droga, que denota el grado de concentración de la producción y distribución de los medicamentos de uso masivo. Tal es el caso del Lexotanil producido por el grupo extranjero Roche cuyo precio final supera en 2.258% el costo, como también el caso de su sustituto el Octanil (producido por el grupo local Bago) cuyo precio final supera el 2.165% su costo.

Esta situación esta llevando a que millones de personas en nuestro país y en el mundo mueran por no poder acceder a tratamientos básicos o mueran de paludismo, chagas, dengue y tuberculosis. Es decir, enfermedades que no dan rédito económico ya que para evitarlas es necesario el trabajo preventivo y mejorar la calidad de vida de la población afectada.
Para finalizar este apartado debemos decir que la excusa para estas fabulosas ganancias es que las mismas se reinvierten en investigación. La realidad es otra: la mayor inversión de estas empresas es para mantener la publicidad y el marketing que incluye congresos y diferentes remuneraciones a los profesionales para que receten sus productos.

La psiquiatrización de la subjetividad

Este monopolio médico-tecnológico da lugar a modelos neopositivistas donde la única valoración es la biología como determinante del proceso salud-enfermedad. Es decir se deja de lado una subjetividad construida en la relación con el otro en el interior de una cultura. Desde allí no se piensa en enfermos sino en enfermedades de pacientes que pueden pagar los altos costos de la tecnología médico-farmacológica.
En el campo de la salud mental esta situación llevo a psiquiatrizar la subjetividad. La psiquiatría hegemónica a partir de los adelantos en neurología y la genética y bajo la influencia de una concepción conductista se dedica a clasificar enfermedades y diagnosticar trastornos para aplicar la correspondiente medicación. Para ello utiliza el Manual de Estadística y Diagnóstico de los Trastorno Mentales (DSM IV) como única referencia “científica”. Este es un manual basado en el esquema de síntomas-diagnóstico-tratamiento elaborado a partir de las neurociencias y el uso de psicotrópicos realizado por la American Pychiatric Association que se ha tomado como referencia a nivel mundial. Su objetivo no es organizar un tratamiento psicoterapéutico sino clasificar cada trastorno para poder aplicar la droga correspondiente: trastorno de aprendizaje con déficit de atención, Ritalina; depresión, Fluoxetina; ansiedad generalizada, Lorazepam y así sucesivamente. (leer el Manifiesto de Buenos Aires: por un abordaje subjetivante del sufrimiento psíquico en niños y adolescentes en
www.topia.com.ar )
En la actualidad se esta preparando en EEUU la versión del DSM V y Allen Frances, uno de los autores de la versión del DSM IV, es decir un médico que esta en la “cocina” de la preparación de estos “diagnósticos”, advierte con mucha claridad:
“Nuevos diagnósticos que podrían ser extremadamente comunes en la población general (especialmente después del marketing de una siempre alerta industria farmacéutica). Umbrales diagnósticos más bajos para muchos desórdenes existentes. El DSM-V podría crear decenas de millones de nuevos mal identificados pacientes `falsos positivos` exacerbando así, en alto grado, los problemas causados por un ya demasiado inclusivo DSM-IV. Habría excesivos tratamientos masivos con medicaciones innecesarias, caras, y a menudo bastante dañinas. El DSM-V aparece promoviendo lo que más hemos temido: la inclusión de muchas variantes normales bajo la rúbrica de enfermedad mental, con el resultado de que el concepto central de `trastorno mental` resulta enormemente indeterminado”. (leer en Enrique Carpintero, compilador, La subjetividad asediada. Medicalización para domesticar al sujeto, editorial Topía, 2011).
También la locura se redujo nuevamente a sus componentes biológicos. Hoy el loco no es un sujeto con el que se establece una relación terapéutica, sino que se ha convertido en un objeto cuyos síntomas pueden ser tratados químicamente si tiene dinero para pagar los psicofármacos de última generación. Si es pobre será enviado a un manicomio. Esta situación ha llevado a dejar de lado años de trabajo teórico y prácticas clínicas en el campo de la Salud Mental para reducir la subjetividad exclusivamente a estímulos neuronales.

Para finalizar podemos decir que los ricos no sólo viven mejor que los pobres, viven más tiempo. Uno de los datos de la desigualdad es cuánto se vive y cuanto se sobrevive a la enfermedad y al riesgo. Como venimos diciendo en anteriores artículos la protección de la vida es una tarea de los gobiernos por que las circunstancias de que la gente viva o muera es un hecho político. Si se deja que las condiciones de vida, la enfermedad y la muerte este en manos de los votos o de las leyes del mercado, las familias pobres no pueden sobrevivir. Esta es la función de un Estado que represente los intereses de la mayoría de la población. Sin embargo la lógica del capital desnuda un Estado que no es objetivo, sino que defiende los intereses de los sectores empresarios, al no garantizar las leyes que protejan a los sectores de menores recursos. Un ejemplo es que luego de once años de ser sancionada la Ley 448 de Salud Mental de la CABA todavía no se aplica. Lo mismo ocurre con al Ley Nacional de Salud Mental luego de un año de ser sancionada. Su resultado es la precarización de las redes sociales y los hospitales públicos donde la cultura dominante sólo ofrece la ilusión del consumo. De esta manera la medicalización es la respuesta que permite sostener la fragmentación de las identidades individuales y colectivas. Para eliminar sus consecuencias no es suficiente con una condena moral o un cuestionamiento científico ya que estas reproducen el modelo social y económico. Plantear su necesaria transformación requiere tener en cuenta que los sectores dominantes crean sus instrumentos de poder, de civilización y de cultura, así como los medios para realizarlos. De allí que el problema es político y la respuesta debe ser política.

*Psicoanalista. Director de la revista y la editorial Topía. Su último libro recientemente publicado es: Enrique Carpintero (compilador), La subjetividad asediada. Medicalización para domesticar al sujeto, editorial Topía, 2011.

Libros/Muerte de un Presidente-Peronistas, populistas y plebeyos. Crónicas de cultura y política/Pablo Alabarces

Muerte de un presidente *


Por Pablo Alabarces



El presente es un capítulo del libro Peronistas, populistas y plebeyos. Crónicas de cultura y política, de Pablo Alabarces, de próxima aparición


Ilustración: Daniel Santoro, Nocturno




Pos-machismos: Y entonces, un día, se murió, y el kirchnerismo fue otra cosa, antes de que supiéramos fehacientemente qué cosa era.
Para ese entonces, Crítica de la Argentina era poco más que un recuerdo, alimentado por las luchas infructuosas de sus trabajadores para revivirlo. No pude escribir una crónica, en ese momento; hay, a la distancia, la necesidad de cerrar el libro dedicando un espacio a su figura, que ordena en buena medida los tiempos de los que me ocupo. Creo que en todos los textos desplegados hasta aquí me cuido de mencionar a Néstor Kirchner: posiblemente, porque la mayor parte de ellos fueron escritos durante la (¿primera?) presidencia de Cristina Fernández, y decidí –fue estrictamente voluntario– no caer en esa leyenda urbana, alimentada por la prensa “seria” y sus columnistas, según la cual se trataba de una figurita conducida en las sombras por su marido. No creía en esa leyenda, me parecía de un machismo intolerable, me parecía –el tiempo ha confirmado que mi intuición era atinada– que los roles del matrimonio jugaban con posiciones variables donde ambos eran imprescindibles. Entonces, mis referencias en presente, mientras estos textos circulaban justamente en presente, eran al kirchnerismo, entendiéndolo como un nuevo estado del arte de esa cosita loca llamada peronismo, y a Cristina como actora central de las tormentas que nos atravesaban.
Pero un día Néstor se murió y las cargas se repartieron de otra manera, y su muerte estremeció y puso en escena un nuevo estado de cosas. Además de permitirnos pensar de otro modo los estados anteriores.

La muerte como espectáculo: No se trata sólo de morirse, sino de cómo se narra una muerte. Como simple acontecimiento, una muerte sorpresiva e imprevisible no puede sino sacudir; para colmo, de un tipo joven, con hijos, contra el que podían enumerarse resentimientos o enojos importantes pero al que no podían achacarse, por ejemplo, muertos –y para limitarse a los ex presidentes, no puede decirse lo mismo de Menem o De la Rúa o Duhalde, frente a cuyas muertes nadie puede esperar demasiada bambolla. Que para colmo, parece ofrendar su vida en la pasión por el trabajo, en el exceso de la dedicación: pasión y exceso son, en estos largos tiempos desangelados, valores positivos y reconocidos.
Pero además se muere de pronto y encuentra un fenómeno de movilización en el que, independientemente de los datos fríos que nadie puede volver estadística, los protagonistas visibles y visibilizados son jóvenes y clases medias urbanas. Entonces, los mitos construidos en estos años –la despolitización y conformismo juvenil, la inquina de las clases medias contra los Kirchner– se desvanecen con una velocidad solo comparable al ascenso de Cristina en las encuestas. El resto es edición: una muerte como ésta permite narraciones magníficas, que van desde los mensajes escritos en las flores y cartulinas hasta las duras imágenes de una viuda que agiganta su figura en el dolor –justamente porque contradice, punto por punto y coma por coma, los editoriales conservadores que le auguraban pura decadencia ante la ausencia del gran titiritero. Además, las imágenes conjugan –porque el dolor lo permitía– una alta dosis de afectividad unida a la clave política: si la política aparece en las banderas, la Casa Rosada, los rostros políticos que desfilan –entre ellos, los de los presidentes latinoamericanos, que agregan una clave crucial en la construcción del personaje–, el afecto, ese componente decisivo en la política y el espectáculo contemporáneos, vuelto dolor y con algo de ternura, lo inunda todo hasta hacerse político: “Fuerza Cristina”, supone el abrazo que comparte el dolor por la pérdida pero también el apoyo político, afectivizado.
Me quedo con dos de esas imágenes: una foto magnífica, desde arriba, de Cristina junto al féretro, que ostenta la bandera, el bastón, la banda… y los pañuelos de las Madres; la otra, la presidenta interrumpiendo el cortejo para reprochar a la policía su clásica salvajada contra los asistentes. En la primera se lee dolor y a la vez fortaleza y continuidad; en la segunda, aparece la consecuencia en un relato que atribuye al kirchnerismo una inversión del rol tradicional de las clases dirigentes y especialmente peronistas, que alguna vez decidieron que entre los trabajadores y la policía había que optar por la policía.

Madres y abuelas: Hay otras, entre miles, pero elijo otras dos, y exigen más desarrollo. Hay varias posibles; en esta coinciden Cristina respectivamente con Estela de Carlotto y Hebe de Bonafini, las tres reunidas en un dolor que no es necesario redundar en el epígrafe. Perdonen una concesión puramente emotiva: mi militancia comenzó en 1981, cuando las Madres y las Abuelas eran el faro ético-dramático de la política anti-dictatorial. Desde entonces, pueden haber cometido errores, y a montones: pero para mí permanecen como señal de lo que fue y de lo que nunca más puede ser, gracias a su lucha. Ese “Nunca más” no lo soporta Strassera, aunque haya inventado la frase, ni los jueces del tribunal: son y serán siempre esas viejitas increíbles, en un podio que solo Pérez Esquivel puede compartir. Las imágenes de Cristina con Estela y Hebe, los pañuelos en el féretro, marcan de manera contundente esa señal vuelta continuidad en el nuevo relato del estado. No en vano, en ese adefesio que es el video de “Nunca menos”, el candombe-homenaje a Néstor, tienen que aparecer, entre otras imágenes, la ronda de las Madres en los festejos del Bicentenario. No son las Madres, sino el momento en que el estado asume como propio el relato de las víctimas de la represión dictatorial, como relato oficial. Esa operación la inició Kirchner y la pulió Cristina y estalla en el Bicentenario; y en la muerte de Néstor, en los pañuelos sobre el féretro, se vuelven un índice decisivo: porque cubren el féretro de un ex presidente en igualdad con los símbolos del Estado-Nación –bandera, banda, bastón.

Balances: ni siquiera la muerte de Kirchner puede permitir un balance del kirchnerismo. Su decadencia y extinción parecen estar nuevamente postergados, aunque se anuncie desde hace tres años. Para un balance será necesario tomar en cuenta muchos más ingredientes que los que puedo leer, limitado a los signos, reacio a las cifras. Creo que lo antedicho es uno de sus más notorios créditos: el reinicio de los juicios a los represores y el recambio radical de la Corte Suprema, la idea de que toda la justicia estaba en crisis terminal si se había limitado a garantizar la impunidad de los milicos.
Todo el resto es simplemente peronismo, y allí está el secreto del éxito. Mal que les pese a sus detractores –especialmente a aquellos que blanden el peronómetro y miden la peronología de acuerdo a la intensidad del vibrato en la marchita–, pocos gobiernos ha habido en la historia tan peronistas como éstos. Por sus aciertos, por sus desaciertos, por sus posibilidades y sus límites: porque reestatizan el sistema jubilatorio y a la vez perseveran en la exención de aportes patronales; porque estatizan las transmisiones televisivas deportivas y se las encargan a un derechista como Marcelo Araujo; porque le asignan un ingreso mínimo a todos los niños y niñas mientras consagran su desigualdad educativa; porque le extraen con justicia ganancias a la renta agropecuaria mientras subsidian vergonzosamente a empresarios parasitarios; porque se apoyan en los movimientos sociales populares y a la vez en el vandorismo, los peores traidores que han tenido las clases populares en la Argentina. Cualquier espectador más o menos desinteresado podría acumular, en esta lista mínima, una nueva serie de ítems opuestos que hablan de las tentaciones democratizadoras del poder y la economía junto al conservadurismo más rancio, los signos que nos hablan de una nueva era junto a aquellos que demuestran la continuidad del menemismo –a su vez, otro peronismo, tan auténtico como éste.

Auténticos o decadentes: en La Nación del 4 marzo de 2011, Beatriz Sarlo diagnosticaba un estado de hegemonía cultural kirchnerista. Tras siete años y una utilización inteligente y sistemática de los recursos publicitarios a su disposición, ese diagnóstico es irrefutable. Pero, como también señala Sarlo siguiendo a Gramsci, no se trata de coerción, sino de la sabia combinación de fuerza y consentimiento. No estamos frente a un hato de pobres sujetos por las cadenas del clientelismo –la explicación insuficiente y crasamente errónea de buena parte de la oposición– ni de televidentes ahogados en la publicidad estatal del Fútbol para todos –la interpretación etnocéntrica de los grupos que acusan de manipulables a las clases populares, mientras repiten como verdad revelada las tonterías de Morales Solá o Marcelo Bonelli. Se trata de una construcción inteligente, que combina expectativas de larga duración, gestualidades consecuentes, deseos insatisfechos, retóricas adecuadas, y hasta algunos datos económicos irrefutables –nos interesan los símbolos, pero el aumento sistemático del consumo y ciertas bajas de los índices de miseria, los mida quien los mida, son esas materialidades contra las que no hay mucho que hacer.
Creo que el mayor éxito del kirchnerismo, inaugurado por Néstor e incluso perfeccionado por Cristina, es haber sabido encarnar el mito del auténtico peronismo. Si la palabra sagrada era objeto de discusión, si los textos divinos podían dar lugar a Fimerniches y López Regas, el peronismo debía transformarse –con más fuerza a la muerte del líder– en un conflicto de interpretaciones. La aparición del partido Peronista Auténtico en 1975 –cobertura fallida de Montoneros– es la primera señal de una larga lista. Los grupos más progresistas, aquellos que confiaban en que “peronismo de izquierda” era más que una figura retórica, siempre se creyeron dueños del sintagma, aunque sus opositores –en gran medida, represores– de derechas los sacudieran con el mote de infiltrados.
Permítanme un anclaje biográfico: como dije en otra parte de este libro, fui peronista de izquierda, letrado, porque llegué al peronismo a través de los libros, no de las experiencias familiares –minuciosamente gorilas, aunque mi familia paterna era de las clases populares. Me fui, claro, con el menemismo: entre tantos libros, no pude encontrar uno solo que me explicara qué tenía que ver eso con la democratización de la sociedad y con el hecho maldito del país burgués. Jamás volví; pero desde 1989 hasta 2003 recibía un llamado por año de ex compañeros y compañeras que me invitaban a reuniones de “auténticos peronistas”. Algunos de esos llamados venían de amigos nucleados en el Grupo Calafate, que en 1999 se reunieron en torno a Néstor Kirchner. Los llamados fueron infructuosos: para mí, el menemismo era auténtico peronismo, como lo podían ser Cafiero o Kirchner; es decir, un repertorio tan abismal de contradicciones que podía contener tanto experiencias importantes de democratización social y cultural como el retroceso más infernal que haya sufrido esta sociedad en toda su historia –sus años noventa, años también peronistas.
Y sin embargo, esos llamados me permiten entender el éxito kirchnerista: el peronismo es a la vez una identidad fuerte, afectiva y hasta prepolítica, y una expectativa de poder, un poder que cobije las mejores intenciones y las peores, y hasta una tercera posición –tan peronista– consistente en decirse “mejor nos quedamos hasta que pase la tormenta… y vuelva el auténtico peronismo”. Junto a eso, se suma la habilidad maravillosa de ese peronismo en ocupar el espacio de la “izquierda posible”: posibilista como toda la (mala) política argentina, el peronismo afirma todo el tiempo que esto es lo que se puede hacer. “Esto” significa la ley de matrimonio igualitario y también las leyes represivas de Blumberg; tanto la Asignación Universal por Hijo como la explotación de las mineras.
Pero –y he aquí el gran hallazgo de Néstor Kirchner– todo esto se enuncia contra “la derecha”. Por definición lingüística, pero por primera vez, el peronismo deseó entonces ocupar el lugar de la izquierda. Era una falacia, aunque imposible de demostrar, al menos hasta ahora. Para colmo –otro hallazgo nestorista– hasta pudo suturar la distancia entre el peronismo, tan plebeyo y tan radicalmente antiintelectual, y ciertos grupos intelectuales, que cayeron seducidos por el canto de sirenas de la “autenticidad”: “esto es lo que buscábamos desde el 13 de julio de 1973, el día de la renuncia de Cámpora”, dijeron antes de firmar una Carta Abierta. Esas retóricas se demostraban, pese a mi pesimismo biográfico, absolutamente actuales y pregnantes.

Milagros y jauretchismos: no hay, entonces, ningún milagro de expectativas juveniles y populares puestas en escena y articuladas en el velatorio de Kirchner. Se trata de la sabia combinación de algún viejo mito de autenticidad, expectativas relativamente satisfechas, retóricas seductoras y eficaces, un par de buenos golpes de efecto, alguna política sistemática y coherente –el juicio a los represores–, y la resolución imaginaria de contradicciones que lejos están de ser resueltas, pero que aparecen saldadas en los discursos estatales e intelectuales afines. (Vale decirlo de una vez por todas: todo eso es mucho más que lo que cualquier gobierno democrático ha ofrecido desde 1955 para acá, y allí se cifra también el éxito y, a la vez, el dolor por la pérdida). A eso se le suma una vuelta de tuerca impensada: la muerte de Kirchner permite mejorar, por su inversión, la serie Perón-Isabel. Si Perón era irrefutable pero dejó la sucesión por su viuda atosigada –semejante macana–, la muerte de Kirchner perfecciona el modelo porque deja una presidenta que, incluso, lo puede superar –además de su legitimidad mayor, sustentada en la elección popular y no en la mera herencia.
A la vez: justamente por tanto peronismo, otra consecuencia de la muerte es la apoteosis del culto al líder. Pocas cosas dejan de llamarse Kirchner, aunque espero que no haya una generación de niñitos llamados Néstor, como antes Juandomingo –ambos nombres tan feos. En alguno de sus libros, Arturo Jauretche recordaba un chiste gorila de los años 50, en el que un paisano desorientado recibía un reto de un policía porque llamaba Chaco a la Provincia Presidente Perón y Pavón a la Avenida Presidente Perón; el pobre, entonces, se ponía a caminar junto al Peronchuelo. El chiste le permitía criticar esa retórica autocelebratoria, que proponía el bautismo y el símbolo como más importantes que lo económico. En épocas neo-jauretchistas como las que vivimos –porque el kirchnerismo, como peronismo auténtico, también recupera el Olimpo del “pensamiento nacional” que encabeza Jauretche–, sería magnífico que se releyera esa página. Aunque lo dudo, porque el kirchnerismo, como buen peronismo, es más cita que lectura.
El kirchnerismo se demuestra en estos gestos etapa superior del peronismo. Perdón por la paráfrasis de Lenin, pero sigue siendo insustituíble.






*En Peronistas, populistas y plebeyos. Crónicas de cultura y política, Buenos Aires: Prometeo Libros, 2011 (en prensa)

Libros/Los espectros latinoamericanos: el populismo, la izquierda y las promesas incumplidas/Ricardo Forster

Los espectros latinoamericanos: el populismo, la izquierda y las promesas incumplidas

Ricardo Forster



Estos dos fragmentos forman parte del capítulo "Los espectros latinoamericanos: el populismo, la izquierda y las promesas incumplidas", el cual integra el último libro de Ricardo Forster.

Ilustración: Daniel Santoro


1.

La historia no se repite. O al menos, y más allá de los dichos canónicos de ciertos historiadores inclinados a ofrecer una visión simplificada, casi nada de lo que aconteció en el pasado regresa en el presente manteniendo su lozanía ni manifiesta tendencias continuas, agazapadas desde el fondo de los tiempos esperando, siempre, la hora de su retorno triunfal. Cada época, en este sentido, reinícia la marcha de la sociedad sabiendo, sin embargo, que lo nuevo lleva dentro suyo, lo sepa o no, lo quiera o no, marcas profundamente talladas en su cuerpo. Que en la historia la repetición implica necesariamente la diferencia, el giro inesperado, la ruptura con algunos de los núcleos decisivos de esos otros tiempos que han quedado a las espaldas, incluso de aquellos que constituyeron momentos fundamentales y que acabaron por transformarse en mitos. Para decirlo de otro modo: cada presente se inventa su propio pasado, lo adapta a sus necesidades, lo inscribe en los imaginarios que atraviesan las formas de visión y comprensión que dominan la trama de sus dispositivos. Aunque lo deseemos con fervor, con una nostalgia que a veces nos arrasa el alma, es imposible regresar al pasado del mismo modo que nuestra infancia ha quedado para siempre encerrada, en el mejor de los casos, en una dulce melancolía o en un alivio nacido de saber que ya no podrá seguir mortificándonos del mismo modo
[1].
Que la historia no se repita, y que ni siquiera sea verdadera en toda su extensión aquella frase tallada por Marx al comienzo del Dieciocho Brumario de Luís Bonaparte, frase tantas veces citada como si fuera la verdad revelada, y que el propio Marx decía haber leído en algún libro de Hegel, aquello de que la historia primero se da como tragedia y luego como farsa, no significa, por supuesto, que uno no vaya a la búsqueda, para intentar entender su época, de aquellos otros momentos de la historia que pueden servir de espejo invertido.
Para algunos periodistas y también para ciertos divulgadores del pasado es sumamente atractivo, y altamente funcional a sus intereses, destacar una y otra vez de qué manera las cosas se repiten, haciendo de la historia una suerte de escenario en el que en definitiva nos volvemos testigos de una eterna lucha entre buenos y malos, adaptándose cada uno a los gustos del periodista o historiador de turno.
Estas frenéticas búsquedas de relaciones especulares con el pasado se han convertido en una moda particularmente activa en nuestros días, en los que en la Argentina y en gran parte de Latinoamérica parecen regresar los inolvidables años setenta. Con el triunfo de Bachelet en Chile, mujer, divorciada, socialista e hija de un general asesinado por la dictadura pinochetista, y la inédita asunción del primer presidente indígena y de izquierda en Bolivia, que se suman a Lula en Brasil, a Chávez en Venezuela, a Tabaré en Uruguay y a Kirchner en la Argentina (y recientemente a Correa en Ecuador
[2]), el sur de América parece haber regresado a los primeros años setenta, esos que se han vuelto míticos y que llevaron los nombres propios de Salvador Allende, de Velasco Alvarado, de Juan José Torres, de Héctor Cámpora y que estuvieron signados por las utopías revolucionarias de una generación que intentó tomar el cielo por asalto y que, como se encargaría de mostrarlo la segunda mitad de esa década, terminarían en el infierno y la desolación. La tentación es, sin embargo, demasiado grande, tanto para la derecha que, entre nosotros, habla desde las columnas de prestigiosos matutinos, del regreso del populismo estatizante, como para algunas izquierdas que creen estar viviendo nuevamente en una etapa revolucionaria. Para los primeros la antigua amenaza comunista se ha transmutado en la bestia negra de la actualidad que lleva el nombre de populismo; para los segundos el reloj de la historia siempre atrasa y no logran salirse de un arcaísmo paralizante que les impide comprender los profundos cambios que se han ido sucediendo en nuestras sociedades.
Que lo inesperado del actual escenario político latinoamericano genere múltiples comparaciones y hasta la sensación de un déjà-vu no significa que estemos ante una repetición de la década del setenta, y que más allá de ciertas similitudes o del espectro populista que tanto asusta a nuestros neoliberales e incluso a muchos de los llamados progresistas, lo que está sucediendo lleva, en parte, la impronta de todo lo que aconteció a lo largo de los últimos veinticinco años, tanto en el plano de las ideas como en el de las vicisitudes materiales de nuestras sociedades. Lo cierto es que la actualidad sorprendente de Latinoamérica ha tomado desprevenidos a casi todos los actores políticos e intelectuales, allí donde resultaba quimérico imaginar un giro tan elocuente en una historia que parecía encaminarse hacia la clausura y la desintegración de todas aquellas tradiciones que desplegaron su hacer en el interior del ideario emancipatorio. En todo caso, la brutalidad de las transformaciones que se sucedieron desde los años ochenta en adelante deben enmarcarse en un contexto internacional que arrasó las geografías conocidas y en el brusco clivaje de los imaginarios políticos que marcarían agudamente los derroteros de nuestras sociedades y que explican, en parte, el carácter de los actuales acontecimientos y de su laberíntica complejidad.
Destaco, para enfatizar lo que señalo, algunos acontecimientos que sacudieron al mundo en ese lapso: la profunda crisis del marxismo que estalló hacia finales de los setenta y que se adelantó a la caída del Muro de Berlín (aunque en los países dominados por la noche dictatorial la hora de las críticas se demoró algunos años e impidió, en gran parte, una genuina renovación de las izquierdas); el debate, todavía no saldado, entre los antiguos discursos modernos y las nuevas prácticas posmodernas que habilitaron, a su vez, el abandono de viejas categorías para dejar paso a renovaciones teóricas que resultaron bastante evanescentes; el dominio abrumador durante los noventa, y en especial pero no únicamente en Latinoamérica, del neoliberalismo que consolidó el triunfo de la ideología de mercado como referencia primera y última; la expansión hacia fronteras inéditas de las tecnologías de la información y la comunicación unidas a las emergencias de nuevos dispositivos científico-técnicos que amenazan con transformar radicalmente al propio ser humano junto con el planeta; la brutalización terrorista que se multiplicó desde, pero no únicamente, los atentados demoledores del 11 de septiembre de 2001 produciendo una perversa alquimia entre ideologías dogmáticas y tecnologías destructivas que ha clausurado cualquier referencia a valores justos para expresar, sin mediación alguna, la pura barbarie; hasta llegar a la profunda crisis de la política y de sus formas de representación, lo propio de nuestra época no es, entonces, la repetición, sino la extraña mezcla entre el pasado y la absoluta novedad, a lo que se le agrega la emergencia de esa compleja trama en la que se entremezclan lo económico, lo cultural, lo tecnológico, lo político estrechando las fronteras del mundo y globalizando las relaciones hasta poner en entredicho las viejas identidades nacionales, unido todo esto al desmembramiento del tejido social, a las nuevas formas de la intemperie y la pobreza capaces de transmutar las antiguas solidaridades propias de identidades en estado de acelerada fragmentación. De un modo inesperado regresan a escena algunos elementos que provienen de ese pasado que insiste aunque convertido, entre nosotros y en nuestra actualidad, en algo muy distinto de lo que fue. Constituye un ejercicio clave destrabar los prejuicios con los que se abordan algunas de estas recurrencias espectrales, de la misma manera que resulta fundamental volver a pensar críticamente lo que se guarda en el interior de algunos conceptos que, si bien permanecen en nuestros vocabularios, han sufrido radicales modificaciones a partir, precisamente, de esos cambios que por comodidad semántica encerramos en el interior de la nueva palabra-llave: globalización.
Tal vez por eso, los procesos que se han abierto en nuestro continente, si bien se vinculan, algunos de ellos, a tradiciones políticas de izquierda, unos, y populistas, otros, que se manifestaron con especial intensidad en los primeros setenta, responden a los aires de la época actual modificando, de un modo radical y quizás inesperado para muchos, lo que siempre se consideró como tradiciones progresistas e incluso revolucionarias. Ni Lula representa, hoy, la historia socialista del PT ni Kirchner es el heredero, puro y congelado durante tres décadas en los hielos patagónicos, de la generación montonera, del mismo modo que Bachelet tiene muy poco que ver con quien fuera en sus años juveniles en el Chile de la Unidad Popular ni los socialistas actuales se parecen a los que rodearon a Allende; y seguramente Evo Morales descorazonará a muchos eligiendo quizás el camino del pragmatismo de la misma manera que Tabaré Vásquez y el Frente Amplio colmado de antiguos cuadros tupamaros no esta conduciendo al Uruguay rumbo a la revolución social
[3]. Y sin embargo algo está sucediendo en las tierras calientes de un continente pauperizado por políticas económico-sociales que aceleraron los conflictos en nombre de promesas siempre incumplidas. No casualmente, entonces, vemos como algunas experiencias resemantizan antiguas tradiciones mientras que otros se encargan de demonizar aquello que amenaza, hoy, con reinstalar en nuestro continente el espectro del populismo.
Los vientos de cambio que no dejan de sorprender en esta región del sur del mundo se enfrentan a sus propios desafíos y, claro está, a sus propios límites. No en vano pasó entre nosotros la década del noventa; sus marcas, sus envilecimientos, sus traumas, sus brutalidades e incluso sus seducciones no pueden ser borradas de un plumazo como quien gira el almanaque desprendiéndose, en ese gesto, de todo su pasado. Si bien la historia no se repite, la farsa es siempre una amenaza latente allí donde la propia sociedad prefiere hacer borrón y cuenta nueva, creyendo que de ese modo lo brutal del pasado, sus propias complicidades y bajezas, se volatilizarán como minúsculas partículas de polvo llevadas por el nuevo viento de la época.
Pensar tanto la globalización como interpelar las actuales condiciones sociales que, entre otras cosas, han modificado hondamente no sólo la realidad de la pobreza sino, también, nuestra percepción de ella y de los imaginarios que se constituyen a su alrededor, significa, entre otras cosas, poner en cuestión las fórmulas admonitorias, los prejuicios que esconden, muchas veces, un agudo plegamiento del pensamiento progresista a lógicas de la resignación o, más grave aún, a la aceptación del dominio planetario de un discurso monocorde adherido a las leyes del mercado y de un liberalismo estrecho y enceguecido con sus propios “triunfos”. Latinoamérica ha pagado un altísimo costo durante las últimas décadas como para seguir sosteniendo conceptos vacíos y teorías arbitrarias en nombre de la gran quimera de una entrada definitiva a las promesas emanadas de un tiempo capitalista que desea, de un plumazo y con extraordinaria torpeza, homogeneizar sociedades e identidades, culturas y tradiciones apelando a esas mismas promesas que, entre nosotros, han apuntalado la fragmentación y el empobrecimiento. De ahí que lejos de sentir temor ante la aparición de fenómenos políticos no siempre compatibles con las “buenas costumbres” declamadas por democracias fallidas, creo que el retorno del conflicto y de la heterogeneidad constituye una más que interesante oportunidad para sacarnos de encima la parálisis política que atravesó nuestro continente en los años anteriores.

Noticias del Mundo/Jóvenes indignados en Chile/Ronaldo Wright

JOVENES INDIGNADOS DE CHILE



Analizando las masivas manifestaciones ocurridas en el hermano pueblo chileno se habla ya de los jóvenes indignados de Chile, quienes marchan por las calles de Santiago y de otras ciudades en reclamo de una educación pública incluyente y de calidad. De este lado de la cordillera, nuestros jóvenes pueden estudiar en universidades argentinas gratuitas y cuyos contenidos son de una notable excelencia.



Por Ronaldo Wright*
(para La Tecl@ Eñe)


En el anterior número de La Tecl@ Eñe hicimos mención al movimiento de jóvenes indignados europeos, cuyo epicentro se situó en Madrid —acontecimiento que rápidamente se expandió hacia varios puntos de este planeta globalizado— y destacamos la particular situación de la juventud de nuestro país, posicionada hoy en lo que creemos un lugar y un tiempo mejor. Esta diferencia en favor de nuestros adolescentes puede también visualizarse con bastante claridad, si se analizan las masivas manifestaciones ocurridas en el hermano pueblo chileno en reclamo de cambios en la educación pública. En la actualidad ya se habla de los jóvenes indignados de Chile, quienes marchan mancomunadamente por las calles de Santiago y de otras ciudades en reclamo de una educación pública incluyente y de calidad. De este lado de la cordillera, nuestros pibes afortunadamente pueden estudiar en universidades argentinas gratuitas y cuyos contenidos son de una notable excelencia, por lo que no es casual que cada vez más algunos jóvenes chilenos decidan cruzar la frontera en procura de capacitarse en estas tierras.
A partir de mediados de año los estudiantes secundarios chilenos comenzaron a tomar colegios, ocupando pocas semanas después cientos de establecimientos. Exigen una educación que les permita formarse no sólo como profesionales, sino también como ciudadanos con pensamiento crítico para enfrentar las innumerables contingencias de un futuro cada vez más incierto. Ante las insuficientes propuestas presentadas por el gobierno de Chile, las mismas fueron rechazadas y se iniciaron las marchas masivas reclamando a las autoridades reformas educativas serias: a saber, una educación como derecho social brindado con gratuidad, equidad y calidad. Otro modo de protesta consistió en huelgas de hambre adentro de los colegios, donde los adolescentes abrieron sus puertas a la prensa mientras resistían el intento de desalojo de los carabineros. Los pibes tienen claro que el Estado chileno debe garantizar el sistema educativo —considerado uno de los más excluyentes y desiguales del mundo— como un verdadero derecho social, asumiendo el deber de proporcionarlo gratuitamente y no en tanto bien de mercado.

El estudiantazo chileno denuncia con razón el progresivo deterioro de la educación pública, dentro de un sistema que favorece la enseñanza privada convertida muchas veces en una mercancía. Los adolescentes sostienen que la educación no debe seguir segregándolos y entienden que para evitarlo debe dejar de ser un objeto de lujo y del lucro de unos pocos en perjuicio de otros. Tiene que dejar de ser un negocio cuya rentabilidad sea regulada por el mezquino hipermercado de estos tiempos posmodernos, máxime si consideramos la declaración del presidente de Chile al calificar a la educación en Chile como un bien de consumo. Además, Sebastián Piñera echó mano a un decreto del año 1983 establecido por el dictador Pinochet Ugarte para reprimir la movilización de los alumnos secundarios y universitarios, a quienes se sumaron los docentes además de recibir el mayoritario respaldo de la población. La furia de los carabineros, que cargó contra los miles de manifestantes, dejó un saldo de más de ochocientos detenidos —entre ellos muchos menores de doce años de edad— y un centenar de heridos.

Tamaña represión está teniendo un evidente costo internacional. Es así que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA expresó su preocupación al gobierno chileno por el uso desproporcionado de la fuerza contra las protestas estudiantiles. También el Fondo de la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), se manifestó en contra de la represión llevada a cabo por los carabineros. La crisis del capitalismo especulativo trasandino parece haber dañado sensiblemente el espejismo de una globalidad conformada a imagen de la democracia neoliberal. También en nuestra provincia de Mendoza, varias columnas de jóvenes marcharon con banderas y pancartas solidarizándose con los indignados chilenos; en tanto que otro grupo local participó en un congreso latinoamericano realizado en la República Oriental del Uruguay. Para algunos observadores, este conflicto está evidenciando el fuerte desgaste que padece la democracia en Chile en manos de un gobierno elitista y de derecha; mientras que para otros significa el despertar de unos vientos libertarios que estaban algo adormecidos.

Cabe agregar que son muchos los escritores e intelectuales latinoamericanos que se han sumado a estas demandas por una educación de excelencia y de vocación igualitaria. Una declaración titulada “En defensa de la vida de los estudiantes chilenos y la educación pública” fue suscripta por varias personalidades, entre las que se encuentran los escritores mexicanos Juan Villoro y Elena Poniatowska, además del intelectual norteamericano Noam Chomsky. Dicen que los estudiantes los llaman hoy a formar parte de este movimiento nacional y ellos quieren adherir a sus peticiones, dando la batalla con la juventud de todas las maneras que sean posibles. Por su parte, Eduardo Galeano también apoyó las reclamaciones estudiantiles, enviándoles un abrazo de muchos brazos a los jóvenes valientes que nos están dando a todos una lección de dignidad democrática desde las calles de Chile. Demuestran que otro país es posible, además de estar dándonos una verdadera lección de dignidad. Subraya que esta protesta enseña y textualmente les dice: “gracias mil y suertudas suertes en tan hermosa aventura”. Todo un respaldo, ¿no?

La escritora Isabel Allende piensa que la crisis política y social que azota al país tiene su origen en la vergonzosa desigualdad existente, ya que si bien Chile posee un elevado ingreso per cápita, la distribución de la riqueza es pésima. Agrega que para superar la crisis estudiantil es necesaria una profunda reforma educativa con serios cambios estructurales. Casi una respuesta al presidente trasandino quien, al referirse a la educación, quiso adoctrinar a los jóvenes manifestando que nada es gratis en la vida. Pero no solamente es la juventud chilena la que está indignada. La movilización llegó a superar las ciento cincuenta mil personas y el pasado 21 de agosto se realizó un Domingo Familiar por la Educación Pública en el parque O’Higgins, expresando las familias su apoyo al estudiantazo chileno. A todo esto se suma la organización de una gran huelga general de dos días convocada para fines del corriente mes de agosto, por lo que la Federación de Estudiantes Universitarios de Chile ha expresado —en contestación a las infortunadas palabras presidenciales— que Piñera sepa que todo esto no le va a salir gratis.

Pese a lo antedicho, en nuestro país hay quienes aún siguen declarando públicamente –ante un periodismo complaciente que no repregunta ni indaga acerca del alcance de tal afirmación— que Chile nos ha superado largamente en lo que a enseñanza se refiere. Curiosamente, los jóvenes chilenos admiran nuestro modelo educacional que enfatiza el desarrollo de una enseñanza de calidad, gratuita y con acceso para todos. Esperamos que la solución final no sea el cruce de Los Andes en procura de encontrar en Argentina una formación acorde a sus necesidades y pretensiones. El camino es el de seguir profundizando el estudiantazo chileno, con esta juventud agrupada y movilizada desde hace varios meses, presionando al gobierno con protestas, marchas, huelgas de hambre, tomas de colegios, caceroleo nacional y reuniones de familias. Ello pese a que las autoridades persisten (¿con más feroz represión?) en su intento de coartarles el derecho que tienen a reunirse y a manifestarse, de acuerdo con la Convención Interamericana de Derechos Humanos. Desde aquí… ¡seguiremos atentos y acompañando!

*Psicólogo social y Abogado laboralista
www.ronaldowright.com.ar

Noticias del Mundo/Cuarta entrega de El Desperdicio Argentino de Mirta Vazquez de Teitelbaum

La indignación al poder
El desperdicio argentino, cuarta entrega





Este artículo forma parte de la cuarta entrega del libro El Desperdicio Argentino, de Mirta Vazquez de Teitelbaum, quien ha elegido a La Tecl@ Eñe para dar a conocer los capítulos del mismo




En los últimos días se ha agregado una palabra a las cuestiones políticas surgida del descontento en España: indignados.
En Argentina no llama la atención el calificativo porque, en general, en nuestra historia política siempre hay grupos de indignados que reclaman lo suyo.
Sin embargo esta circunstancia presenta una particularidad que me interesa destacar porque estuve en Roma y las manifestaciones de los indignados españoles aparecían cotidianamente en los medios.
La forma de actuar de estos grupos es de manera conjunta e inmediata frente a hechos que perjudiquen la vida de la gente.
Sus consignas van en contra del poder establecido al que consideran inepto para resolver situaciones sociales adversas para sus protagonistas. Uno de los jóvenes indignados explicaba claramente que no están en contra de una política o de un gobierno sino del poder porque siempre va en contra de los que menos tienen, de los excluidos o los que atraviesan circunstancias difíciles.
Aparecen en situaciones cotidianas para oponerse a cualquier acción social que consideran injusta, como por ejemplo un desalojo de ancianos por falta de pago de una hipoteca o la discriminación de un inmigrante que aún no tiene sus papeles en regla.
Se comunican entre sí por las redes de Internet y una vez que conocen el problema, aparecen e impiden que las autoridades cumplan su cometido. Como en democracia no son reprimidos por la fuerza la repercusión en los medios hace que se difundan prontamente y allí se los ve sentados en forma pacífica y/o dando alguna nota.
¿Cuánto tiempo estos jóvenes pueden mantener esta forma de lucha? Inclusive se les mandó al premio Nobel de Economía para que los convenciera de deponer su actitud. La cuestión novedosa no es la duración en el tiempo sino el tipo de oposición.
Se están plantando en contra de una forma de gobierno occidental que evidentemente, está en crisis. La decadencia del capitalismo no es de hoy ni de ayer, viene de lejos, pero cada tanto se agudiza.
No les importan las ideologías ni de derechas ni de izquierdas tradicionales sino que denuncian al poder político porque entienden que no representa los intereses de la gente. Es más, según ellos los políticos gobiernan en contra de esos mismos intereses ya que una vez obtenido el poder se dedican a hacer carrera política y se olvidan de aquellos a los cuales supuestamente debían representar.
Por eso los indignados no representan a nadie sino que se presentan en los lugares donde hay una injusticia en ciernes por la cual se verán perjudicados los que no tienen ningún acceso al poder. Se indignan por una forma representativa de gobierno que usa el poder de manera injusta.
No son valientes que se oponen a una dictadura, son jóvenes que entienden que los gobiernos no atienden a los problemas particulares de sus gobernados ya que sabemos que, aún los elegidos por mayoría, jamás harán recaer las vicisitudes que se desprendan de su política en familiares o amigos.
Es interesante esta manera de actuar presentándose en la escena. Acorde con los tiempos que corren se comunican por las redes y acuerdan acciones inmediatas que cumplen su cometido puntualmente en un tiempo y espacio establecido.
No sabemos en que derivará esta forma de compromiso social pero es cierto que en el presente en tanto movimiento tiene su eficacia.
Los movimientos sociales son como olas que atraviesan un momento de la historia y a veces dejan su impronta y se transforman. Una vez que se vuelven institucionales pierden la espontaneidad inicial y se organizan jerárquicamente lo que conlleva su burocratización.
Los indignados nos despiertan advirtiéndonos que siempre el poder organizado, bajo cualquier sistema de gobierno, hace pagar los platos rotos de la economía o de la guerra a aquellos que por sus condiciones sociales son más vulnerables: los ancianos, los pobres, los niños, en fin los que no tienen acceso a gozar de las delicias del poder de turno.
Ninguna otra cosa nos enseña la historia. Y en la nuestra el Viejo Vizcacha aconseja: “Hacete amigo del juez…, no le des de que quejarte que siempre es bueno tener palenque donde rascarte”.
Sentencia que se hizo carne en el discurso corriente bajo la forma del amiguismo y el acomodo ya que siempre conviene contar con otro que palanquee para sobrevivir sin mayores sobresaltos. Lo que también se dice: tener un padrino, aunque este término nos acerca demasiado al discurso de la mafia.




Buenos Aires, 29 de agosto de 2011

Mirta Vazquez de Teitelbaum

Medios, Política y Sociedad/Medios, chispas y choque de espadas/Marcos Mayer

Medios, chispas y choque de espadas



El sentido último del periodismo es preservar el derecho a la información más fidedigna. En este momento donde a todos se le piden definiciones, aquel principio parece no tener sentido
No se trata de afirmar que la verdad es relativa, porque eso diluye todos los debates. Tal vez el camino más interesante sea el de admitir aquello que decía Nietzsche: que la verdad es la chispa que nace en el choque de dos espadas.




Por Marcos Mayer*
(para La Tecl@ Eñe)


Ilustración: Anibal Cedrón



En los momentos de inicio del debate sobre el papel de los medios –la gran discusión cultural del último lustro- muchos periodistas decidieron que era hora de mostrar las cartas, de poner en evidencia sus adhesiones y preferencias en el terreno político. Algo que demasiado rápidamente se bautizó como “toma de partido”. Y de pronto, lo que hasta ese momento era una opción ciudadana se terminó por convertir en un mandato profesional. Se debía tomar partido, pues no había otra posibilidad que fuera realmente honesta; la neutralidad era una forma de optar por algo, la más implícita y en un punto, aunque nadie se atreviera a ponerlo con tanta claridad, la más cobarde. Detrás de esa abstinencia declarada se escondían imposturas o, en el mejor caso, la pretensión de posar como “alma bella”.
Esta fue más allá del terreno de las posiciones personales más o menos declamadas y se trasladó a la práctica: Con la coartada de que la realidad es una construcción y que las distintas construcciones obedecen a intereses diversos y muchas veces contrapuestos, se instaló la idea de que se podían acomodar los datos y opiniones a esas diferencias de intereses.
Lo que se puso en marcha es una forma política del periodismo que obligaba al consumidor de esas informaciones a tomar partido y a elegir el medio que más se adecuara a sus posiciones previas. Hoy, un medio tiene casi la obligación de confirmar un diagnóstico preexistente sobre la realidad y se seleccionan o se dejan de lado informaciones que puedan poner en entredicho, o al menos relativizar esas ideas previas.
Clarín acentuó cualquier aspecto negativo de la realidad, una actitud que no sólo afectó a la cobertura política sino que se extendió a las páginas de sociedad e incluso de deportes. Nuevos emprendimientos como Tiempo Argentino y El Argentino plantearon las cosas de manera opuesta. Se viven tiempos de realizaciones y los augurios sobre el futuro no pueden ser más venturosos.
Se podría decir que la adhesión a un sector social y a una formación política ocurre desde siempre en la práctica periodística (una impostura que sólo el más franco sinceramiento subsanaría), pero correspondería hacer ciertas salvedades. La idea de toma de posición obligatoria (6,7,8 ha querido presentar esto como la muestra más acabada de honestidad en el ejercicio de la profesión) tiene como consecuencia el abandono del recurso del análisis, que implica una serie de formas de pensar las cosas que se aprende bastante en el periodismo cultural.
Joseph Conrad caracterizaba al trabajo del novelista como la puesta en práctica de lo que llamaba imaginación solidaria. No se trata de responder a la pregunta de qué haríamos de estar en la misma situación del personaje, sino cuál sería nuestra actitud si fuéramos el personaje puesto en esas circunstancias. O sea, poner la imaginación del lado del otro, es así como debe interpretarse la solidaridad. Analizar tiene mucho que ver con comprender las razones del otro, en entender sin prejuzgar porqué actúa del modo que lo hace, porqué elige un determinado camino en lugar de otro.
De vez en cuando uno encuentra en las columnas políticas de Mario Wainfeld en Página/12 (un medio que si bien adscribe al oficialismo no puede enrolarse por su propia historia con el mismo énfasis en el que abundan los medios del grupo Szpolski) esa disposición a tratar de entender por qué los actores del tablero político se mueven en un cierto rumbo. Lo que implica intentar poner entre paréntesis la aprobación o el disgusto que generan los protagonistas involucrados en quien escribe.
Hace bastante tiempo se podía encontrar este intento analítico en las columnas dominicales de Eduardo Van der Kooy en Clarín, o en varios textos de Verbitsky se trataba de mostrar una cierta distancia de los intereses en juego, al menos en su expresión más concreta y visible. El objeto estético muchas veces exige una distancia o una cierta suspensión del juicio a pesar de las presiones para que eso se exprese de modo manifiesto (puntajes, sistemas de calificación más o menos ingeniosos). Pero los textos (orales o escritos), incluso los más aseverativos, asumen estar ante un objeto que es por definición complejo, al menos la mayoría de las veces. Aceptar esa complejidad es lo que lleva a la necesidad del análisis, pues de lo que se trata es de comprender qué hay en juego en un libro, un cuadro, una película o un recital. Se debe trabajar contra los propios prejuicios (en el sentido de juicio previo) y los de los demás. No se debería condescender con una valoración que se haga de antemano, aunque todo nos indique que estamos a punto de toparnos con algo notable o algo deleznable.
Pareciera que esto, que de algún modo es el sentido último del periodismo –preservar el derecho a la información más fidedigna- no tuviera sentido en este momento donde a todos se le piden definiciones, cuanto más tajantes mejor.
No se trata de afirmar que la verdad es relativa, porque eso diluye todos los debates pues no hay que moverse de aquella verdad en que estamos instalados. Tal vez el camino más interesante sea el de admitir aquello que decía Nietzsche: que la verdad es la chispa que nace en el choque de dos espadas. Algo que siempre es una promesa por la que vale la pena deponer toda certeza.

* Escritor, periodista y docente

Medios-Cultura y Sociedad/Qué leés cuando me vés/Damián Huergo

Qué leés cuando me ves
Augurios sobre #elfindelperiodismo.

¿Es viable la prensa gráfica ante el avance de la web y de las redes móviles? ¿Existe un sujeto social al que se pueda seguir interpelando desde la prensa gráfica? Ante este panorama, ¿qué motivó el hecho insólito de que aparezcan el mismo día dos diarios nuevos? ¿Estos diarios tienen asidero por la brecha digital que deja a sectores populares afuera de los usos y las prácticas de las nuevas tecnologías? ¿Las tesis sobre el #fin del periodismo no contemplan los diarios que consumen estos segmentos? En fin, las preguntas son muchas. Por lo tanto plantearemos algunas coordenadas a modo de estado de situación más que de respuestas.

Por Damián Huergo*
(para La Tecl@ Eñe)

Intro.

En marzo del 2003, previó al lanzamiento del diario Crítica de la Argentina, su Director Jorge Lanata lo promocionaba como “el último diario en papel”. El vaticinio fue refutado de inmediato. Desde entonces, sucesivamente fueron apareciendo Miradas al Sur (semanario), El Argentino, Tiempo Argentino, Muy y Libre, a la par que el último diario en papel pasaba a ser -sólo- el último diario de Lanata. Para justificar la extinción de Crítica, por un lado se alegó boicot del Estado mediante la distribución de la pauta oficial. Por el otro y a pesar de las brillantes plumas que había en la redacción, escasa publicidad y pocas ventas: consecuencia de que el sujeto social de clase media profesional y metropolitano que consumía el diario, optó por leerlo en la web más que en papel. La conjunción de estos tres factores dejó el funesto resultado de varios trabajadores en la calle y, en términos generales, al periodismo gráfico en estado de agonía, al punto de generar tesis que empezaron a augurar el #elfindelperiodismo.
Sin embargo, a la vez que la experiencia de Crítica pasaba a ser otra marca en la historia del periodismo gráfico en la Argentina, los diarios que apuntan al segmento de trabajadores fueron aumentando sus ventas. Según el blog Diario sobre Diarios, Diario Popular y Crónica son los únicos matutinos que vienen creciendo interrumpidamente en el último quinquenio, marcando una clara ventaja a favor del primero, con números que alcanzan los 90.000 ejemplares promedio por diario. El crecimiento sostenido llama aún más la atención si se lo contrapone con los dos diarios de mayor tirada en la Argentina, Clarín y La Nación. Si bien sus cifras de venta triplican y duplican respectivamente las de Diario Popular, es significativo señalar que en los últimos cinco años las ventas de ambos pasquines disminuyeron sostenidamente, al igual las del bisemanario Perfil, según datos promovidos por el Instituto Verificador de Circulaciones (IVC). Ante este panorama, desde el Grupo Clarín y desde la Editorial Perfil lanzaron en mayo del 2011 sus productos periodísticos de índole popular, Muy y Libre.
Ambas propuestas tienen una estética copiada de los tabloides europeos, como el Liberation, Daily Mirror o The Sun. Los puntos en común (que señalaremos más adelante) entre los dos periódicos son evidentes. La diferencia, quizás, está en el particular modo que tienen para relacionarse con otros soportes tecnológicos de comunicación, ya sea del siglo pasado como la TV o con la web y las redes móviles que respiramos a diario.
La efímera experiencia de Crítica y, sobre todo, la proliferación de diarios populares en lo que va del siglo XXI, nos sirve para plantearnos algunas preguntas acerca del futuro de la prensa gráfica en nuestro país:
¿Es viable la prensa gráfica ante el avance de la web y de las redes móviles? ¿Existe un sujeto social al que se pueda seguir interpelando desde la prensa gráfica? Ante este panorama, ¿qué motivó el hecho insólito de que aparezcan el mismo día dos diarios nuevos? ¿A qué consumidores culturales apuntan? ¿Estos diarios tienen asidero por la brecha digital que deja a sectores populares afuera de los usos y las prácticas de las nuevas tecnologías? ¿Su aparición se debe al incremento en el poder adquisitivo de la clase trabajadora y a la incorporación de trabajadores al mercado de trabajo durante los gobiernos kirchneristas? ¿Las tesis sobre el #fin del periodismo no contemplan los diarios que consumen estos segmentos? ¿Sus usos y hábitos culturales son modificados por los nuevos soportes tecnológicos? En fin, las preguntas son muchas. Por lo tanto plantearemos algunas coordenadas a modo de estado de situación más que de respuestas.

¿#elfindelperiodismo?

Hay una tendencia en el pensamiento occidental a anticipar la muerte o la extinción de los objetos (o sujetos) donde los intelectuales enfocan la mirada. En una breve recorrida por el museo de los grandes conceptos occidentales, podemos ver a absolutos tales como Dios, el Autor y la Historia. Todos ellos, en diferentes épocas, fueron enterrados aún con el pulso todavía activo. El siglo XXI parece no ser ajeno a esta tendencia. Y pasada sólo una década ya tuvo su primera victima: el periodismo.
Las tesis sobre el #findelperiodismo hacen referencia a la perdida de autonomía del discurso periodístico, envuelto en un cimbronazo tecnológico que todos los días nos despierta con una novedad. La debacle surge como consecuencia del avatar de Internet que logró transformar -entre otras cosas- “la web por papel. Bloggers por periodistas. Redes sociales por agencias de noticias”. A la vez que sirvió para modificar los hábitos de consumo, ya sea por su uso informático en la web que se representa -entre otras formas- en la intervención de la noticia de los comentadores online.
Estas lecturas son fundamentales para analizar el estado actual y futuro de los medios gráficos. Sin dudas, el estado descripto por las tesis de #elfindelperiodismo abarcan gran parte de la prensa escrita contemporánea y a los consumidores de información; en especial a los sectores urbanos que adquirieron los hábitos y los usos de las nuevas tecnologías. Sin embargo, ¿cómo se explica en este contexto de cuasi agonía del periodismo en papel el alza en las ventas de dos de los diarios populares de Argentina y el lanzamiento de tres diarios del estilo en menos de tres años?

Nuevas y viejas tecnologías

A simple vista las similitudes entre Muy y Libre son mayores que las diferencias. Sus contenidos constan de notas cortas, fotos gigantes, montaje narrativo de las fotografías, infografías, tipografías variadas, repetición de las noticias y el uso de colores estridentes. La temática también es compartida: noticias del espectáculo, deportivas, policiales y la política tratada como si ocurriese sobre las tablas de la avenida Corrientes; de ese modo -por igual- pueden revelarse infidelidades de funcionarios del gobierno como si fuesen una cuestión de Estado o calificar el valor de la vestimenta de un Ministro.
Respecto a la sinergia con otros medios de comunicación, ambos diarios parecen una continuación de los soportes del siglo XX más que de los elementos de la última modernidad. Por igual priorizan el impacto visual al texto escrito: sus páginas son herederas directas de la cultura televisiva. Por un lado, a nivel contenido comparten la agenda informativa, y desde la estética resalta la inmensidad de las fotografías que predominan en las páginas. Por el otro, los columnistas de cada diario son rostros familiares para el lector por su asidua participación televisiva (a diferencia de El Argentino que le brinda al trabajador, por ejemplo, un artículo de Ricardo Forster para que lo descifre como un sudoku durante su viaje en tren o en bondi). En las páginas de Muy tienen un lugar de privilegio figuras como Beto Casella o Carlos María Domínguez, y en las páginas de Libre, mediáticos como Jorge Lanata, Facundo Pastore y Jorge Rial.
Sin embargo, el diario Libre se diferencia de Muy al realizar un tándem entre las nuevas y las viejas tecnologías. Por ejemplo, las notas son acompañadas por tuits de los protagonistas que dan su testimonio sin la mediación del periodista; no así, de la edición. Por el momento la inclusión de estos soportes es ínfima en comparación a los elementos visuales que toma de las tecnologías del siglo XX, en especial de la televisión. De todos modos, sirve como muestra de cómo el periodismo escrito puede -como si fuese una técnica de yudo- tomar los soportes que “nacieron para destruirlo” y adecuarlos a su formato. Así, las redes móviles y/o sociales más que anular la autonomía del discurso periodístico, podrían enriquecerlo por la proliferación de datos inmediatos que pone a su disposición.

¿Hay alguien ahí?

El surgimiento de un diario debe ser leído como la expresión social de un sector que reclama -en silencio o a los gritos- ser representado por los medios de comunicación. Basta nombrar el paso de Crítica para fundamentar que un diario sin lectores, sin sujeto social que vea (mejor dicho lea) sus ideas materializadas, desaparece al poco tiempo. Entonces, ¿a qué sujeto social interpelan los diarios populares? ¿Por qué ampliaron sus ventas en el último tiempo? ¿Por qué se multiplicó la oferta de estos productos informativos?
Una hipótesis posible para responder estas preguntas, salta al tabular las estadísticas sobre las tasas de ocupación laboral y las ventas de diarios populares en los últimos ocho años en la Argentina. A la par que cuatro millones de trabajadores ingresaron al mercado de trabajo en el periodo 2003-2011 (según datos de un estudio de Cifra-CTA), tanto Diario Popular como Crónica aumentaron la venta de ejemplares interrumpidamente. Por lo tanto, se puede fundamentar el crecimiento de la demanda de los -denominados- diarios populares como una consecuencia de la recuperación de los puestos de trabajo, del aumento en el número de empleos registrados (según el informe, ”el empleo en negro pasó de casi el 50 por ciento al 35, valor todavía alto”), de la reapertura de las paritarias como herramienta de negociación y, como corolario, del poder adquisitivo de los asalariados formales en la Argentina durante los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández. En la misma línea, a modo de ejemplo, es un indicador que el número cero de Libre haya sido presentado y distribuido gratuitamente en el acto del Día del Trabajador, organizado por la CGT (Confederación General del Trabajo) liderada por Hugo Moyano, emblema de la recuperación de los -llamados- derechos de primera generación de la clase trabajadora.
Estos sectores de trabajadores formales de la clase popular volvieron a arrimarse -en los últimos ochos años- al batallón de ciudadanos consumidores del que habían sido expulsados por la eclosión de las políticas neoliberales en el 2001. Diarios como Popular y Crónica (habrá que evaluar los alcances de Muy y Libre en los próximos meses, sobre todo teniendo en cuenta su marcado perfil opositor al gobierno nacional) son una plataforma mediática que representan sus gustos y prácticas, más ligados a los de espectadores pasivos de TV que a los de internautas activos que incorporaron saberes privilegiados de un sector social y metropolitano y, en menor medida, de una generación. Por lo tanto, se puede arriesgar a modo de hipótesis, que son los sectores de la clase popular con trabajos formales, ajenos a los saberes y prácticas de las tecnologías del siglo XXI, la base del creciente mercado de diarios populares en Argentina.
El futuro a mediano o largo plazo de estos productos al igual que el del periodismo gráfico seguirá siendo una incógnita. Lo cierto es que apagando un rato la computadora y acercándose a cualquier Terminal o zona de tránsito de asalariados, uno percibe que el periodismo gráfico popular sigue respirando. Y, aunque nos guste o nos horrorice como a algunos medios los Intendentes del conurbano, continua reproduciéndose. En papel, aunque moleste que ensucie y ocupe demasiado lugar.

*Sociólogo y periodista

Filosofía y Sociedad/Adornos frankfurtianos, Nietzsche y otros souvenirs socioculturales/Flavio Crescenzi

Adornos frankfurtianos, Nietzsche y otros souvenirs socioculturales

La actual sociedad opulenta ha cambiado el mecanismo de control sobre el individuo orientándose hacia las nuevas necesidades producidas. Un ejemplo de esto es la tolerancia represiva hacia los grupos disidentes, con la cual la sociedad liberal extiende las libertades civiles a sus críticos neutralizando así su oposición. Esta estrategia resta poder a sus ideas, mientras que la censura y el arresto los harían parecer mártires. La tolerancia de otros puntos de vista en la era de las comunicaciones masivas revela el rostro de la tiranía política en una forma que quizás sea compatible con el pluralismo de partidos, periódicos y poderes contrapuestos

Foto: Theodor Adorno
Por Flavio Crescenzi*


(para La Tecl@ Eñe)


“El pensamiento tradicional y los hábitos de sano sentido común que ese pensamiento nos dejó en herencia tras fenecer filosóficamente, exigen un sistema de referencia en el que todo encuentre su lugar. Ni siquiera se atribuye demasiado valor ni se pone mucho empeño en la autointeligibilidad interna del sistema de referencia –pues incluso se lo puede plasmar en axiomas dogmáticos-, con tal de que toda consideración resulte localizable y pueda mantenerse lejos del pensamiento no respaldado por el sistema. En cambio, el genuino conocimiento, para fructificar, se arroja a sí mismo en los objetos. El vértigo que esto suscita es un index veri; el shock de lo abierto, la negatividad, que es como ello aparece en el marco de lo respaldado por el sistema y de lo siempre igual, sólo es no verdad para lo no verdadero.”

Theodor W. Adorno


"En suma, desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas."

Julio Cortázar

I


La dialéctica hegeliana, inmenso monstruo bíblico que quiso resolver su presente proyectándose al futuro, culminó en el mismísimo Hegel y en el estado prusiano, locus ideal que representaba el mejor de los mundos posibles. Esta aparente contradicción no responde sino a razones ideológicas, razones que claramente provienen de un horizonte de expectativas determinado: la idea de progreso de cuño positivista. No creo exagerar al decir que pese a todos los cambios socio-históricos sufridos, en puridad, seguimos viviendo en la Prusia del siglo XIX. El progreso ideal que aseguraba que la humanidad estaba destinada a su propia realización se convirtió inmediatamente en un progreso tecnológico en donde lo humano quedó relegado a un segundo plano en nombre de la ciencia. La dialéctica marxista cae, involuntariamente, también en esta trampa al darle una importancia desmedida al progreso científico. La idea de progreso se revela entonces como un aspecto más del sistema de referencias aludido en el epígrafe.

La Escuela de Frankfurt proclamaba que la civilización occidental se cimentaba en una estrategia degenerativa deliberada. Todos los males de la sociedad moderna: decadencia social, crimen, locura, suicidio, neurosis, degradación de las artes, racismo, etc. tienen sólo un responsable y es la sociedad capitalista. La principal característica del Occidente moderno es la voluntad de aplastar los instintos vitales del hombre a través de un control racional y dirigido. Lo que nos lleva a la inevitable conclusión de que el fascismo representa la última etapa del capitalismo tardío o, dicho de otro modo, el capitalismo liberal, último bastión de la tradición Iluminista, contiene desde un principio su germen fascistoide. Esta conclusión puede resultar un tanto menos apocalíptica si le advertimos al lector de este artículo que para Adorno y compañía existían dos Iluminismos. El primero había producido la filosofía humanista racional de pensadores como Hume, Kant y Hegel, así como el espíritu crítico y escéptico de Voltaire. Esta es la Edad de la Razón propiamente dicha, y Adorno y Horkheimer, después de Marx, se consideraban sus últimos herederos. El segundo, en cambio, había generado la obsesión moderna por la ciencia, la tecnología y el número. Este era el Iluminismo de Newton, Condorcet, Bentham y Adam Smith. El problema estriba en que ambos Iluminismos son, en última instancia, inseparables; su relación es dialéctica.

Contrariamente a lo esperado, el marxismo ortodoxo, en vez de brindar un modo de escapar del ascenso de la sociedad totalitaria, produjo su propia forma de totalitarismo en la Unión Soviética. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética eran, para Adorno y Horkheimer, ejemplos de sociedades industriales avanzadas que evolucionaban hacia estados totalitarios gemelos, rígidos e intercambiables. Los principios democráticos liberales y el igualitarismo marxista sólo brindaban una fachada para las elites burocráticas sin rostro que dominaban ambos sistemas. El estado policial era la consecuencia natural de la producción económica occidental; ninguna sociedad industrial avanzada podía mantener el control sin un aparato gubernamental secreto y atrozmente eficiente.

Teniendo en cuenta este panorama, el aporte de la Escuela de Frankfurt a los estudios socioculturales es de una relevancia insoslayable. Las distintas líneas de investigación utilizadas por los filósofos de esta escuela (Materialismo interdisciplinar: 1930-1937, Teoría crítica: 1937-1945, Crítica de la razón instrumental: 1940-1945) conforman un andamiaje crítico no superado hasta el momento, ya que cada nuevo corpus crítico emergente, a ellas de alguna forma se remite. El concepto de dialéctica negativa, en relación a lo planteado al inicio de este artículo, se presenta, sino como un férreo camino de emancipación intelectual, por lo menos, como la íntima revuelta que todo espíritu refractario está obligado a sostener. Así lo explica el mismo Adorno:

“La dialéctica como procedimiento significa pensar en contradicciones a causa de la contradicción experimentada en la cosa y contra ella. Siendo contradicción en la realidad, es también contradicción a la realidad. Pero dicha dialéctica no es conciliable con Hegel. Su movimiento no tiende a la identidad en la diferencia de cada objeto con su concepto, más bien desconfía de lo idéntico. Su lógica es la del desmoronamiento: la figura armada y objetualizada de los conceptos que el sujeto cognoscente tiene inmediatamente antes sí. Cambiar esta dirección de lo conceptual, volverlo hacia lo diferente de sí mismo: ahí está el gozne de la Dialéctica Negativa. El concepto lleva consigo la sujeción de la identidad, mientras carece de una reflexión que se lo impida…La reflexión del concepto sobre su propio sentido le hace superar la apariencia de realidad objetiva como una unidad de sentido. La libertad del pensamiento es el lugar en que éste supera aquello a que a la vez se vincula y ofrece resistencia. Su guía es el impulso expresivo del sujeto.”

La dialéctica entendida como sintaxis y mecánica del progreso burgués acarrea el polvo de un desmoronamiento, los restos de lo que no supo adecuarse a un historicismo que piensa sólo en perpetuar su presente tecnocrático. Contra eso, contra las fuerzas desintegradoras de lo social, contra lo objetivamente impuesto sobre el sujeto real, la dialéctica negativa se alza como una alternativa. La autocrítica social del conocimiento, en tanto conocimiento adquirido dentro del entramado de fuerzas imperantes, supone la única dialéctica plausible.

II

Pero al hablar de ideología no estamos sino hablando de cultura. En este sentido, Marx nos legó la categoría de superestructura para un mejor abordaje teórico de la cuestión. La superestructura, entendida como el conjunto de prácticas y creencias sociales, carece de autonomía, tan sólo se manifiesta en función de los intereses de clase de los grupos dominantes, aquellos que desean mantener un específico orden económico. El concepto reaparecerá en Gramsci cuando acuña el término pensamiento hegemónico y, ya actualizado, nuevamente en Althusser cuando nos habla de los aparatos ideológicos del estado. Esta superestructura muta, evoluciona, hasta alcanzar con la cultura de masas su modelo por de más definitivo. La defensa y difusión de esta seudocultura resulta ser la estrategia más eficaz para disolver la conciencia crítica colectiva y extinguir el anhelo solidario de una sociedad mejor.

El libro Dialéctica de la Ilustración, escrito por Adorno y Horkheimer en 1941 y publicado seis años más tarde, desenmascara la paradójica realidad de esto que hemos decidido llamar modernidad: una Ilustración que tiene como ejes históricos los ideales de progreso, educación e igualdad, termina, con la consolidación del capitalismo industrial, justificando la administración científica que deviene razón instrumental, logrando que el progreso se confunda con la técnica, la educación con la formación de mano de obra capacitada y la igualdad con la uniformidad de potenciales consumidores. Asimismo, en este libro se habla por primera vez de la Industria cultural, calificándola de agente transmisor de ideología. La industria cultural, así como estandariza las manifestaciones culturales reduciéndolas a la categoría de mercancía, también excluye los elementos estéticos e intelectuales que puedan significar una crítica al status quo. Con respecto a esto último, vale la pena recordar la idea adorniana de que el arte es un hecho disruptivo, algo que debe ofrecer una resistencia ética y estética al medio dominante para asegurar su autonomía. A continuación, un significativo fragmento del libro mencionado:

“En la obra de arte, en efecto, el momento mediante el cual trasciende la realidad resulta inseparable del estilo: pero no consiste en la armonía realizada, en la problemática unidad de forma y contenido, interior y exterior, individuo y sociedad, sino en los rasgos en los que aflora la discrepancia, en el necesario fracaso de la tensión apasionada hacia la identidad. En lugar de exponerse a este fracaso, en el que el estilo de la gran obra de arte se ha visto negado, la obra mediocre ha preferido siempre semejarse a otras, se ha contentado con el sustituto de la identidad. La industria cultural, en suma, absolutiza la imitación. Reducida a puro estilo, traiciona el secreto de éste, o sea, declara su obediencia a la jerarquía social. La barbarie estética ejecuta hoy la amenaza que pesa sobre las creaciones espirituales desde el día en que empezaron a ser recogidas y neutralizadas como cultura. El denominador común “cultura” contiene ya virtualmente la toma de posesión, el encasillamiento, la clasificación, que entrega la cultura al reino de la administración. Sólo la subsunción industrializada, radical y consecuente, está de acuerdo con este concepto de cultura.”


III

La filosofía adornaniana sostiene que no hay pensamiento crítico posible sin una expresión que esté a la altura de tamañas pretensiones, es decir, ese pensamiento no podrá presentarse materialmente de la misma manera que como venía haciéndolo la gran filosofía de la Ilustración. Estamos ante lo que él mismo llamó el momento estético de la filosofía, momento que fue esbozado en su trabajo El ensayo como forma. A la forma ensayo le es inherente su propio proceder discontinuo y provisional, si quiere mantenerse fiel a los principios de objetividad por él legitimados, si no quiere sacrificar su función crítica. El ensayismo será entonces una metodología válida por su carácter tentativo, pero, vale aclarar, sin pretender reducirlo a una mera forma estética, ya que verlo así implicaría negarle toda finalidad cognoscitiva. Por el contrario, el ensayo tiene como medio propio el concepto -un uso distinto del concepto- y como objetivo la verdad. Este concepto será expresado fragmentariamente, como una constelación de pensamientos buscando su verdad en la expresión: sólo las constelaciones representan, desde afuera, lo que el concepto oculta en su interior. Adorno toma este procedimiento escriturario de su viejo amigo Walter Benjamin y lo expondrá de modo visible y cabal en su trabajo Minima Moralia.

Los intelectuales del Instituto de Investigaciones Sociales (Adorno, Horkheimer, Benjamin, Marcuse) basaban su crítica general de la cultura burguesa en el Marx de los manuscritos de juventud, pero también en dos pensadores no marxistas. El primero era Sigmund Freud, cuyas teorías permitían a la Escuela de Frankfurt comprender, como dijo uno de sus miembros, “los efectos mutiladores con los cuales la humanidad paga sus triunfos tecnocráticos”. El otro pensador era Nietzsche. Los marxistas ortodoxos habían denunciado al vitalista y elitista Nietzsche como el filósofo del capitalismo. Sin embargo, a fines del siglo XIX algunos jóvenes izquierdistas se sumaron al renacimiento nietzcheano, anunciando que la libertad absoluta del individuo creativo tenía que formar parte de la futura sociedad igualitaria. Los críticos de Frankfurt no acudían a Nietzsche por su mensaje de nihilismo vital y redentor (aquel que sí inspiraría a sus admiradores franceses en el siglo XX, los intelectuales reunidos entorno a la revista Acéphale), sino por su corrosiva crítica a los valores burgueses. Theodor Adorno definió las obras de Nietzsche como “una singular demostración del carácter represivo de la cultura occidental” y dijo que expresaban lo humanitario en un mundo en donde la humanidad se había vuelto un fraude”. Los ataques de Nietzsche contra la lógica y la razón occidentales sintetizaban la idea de dialéctica negativa; su estilo aforístico, el estilo fragmentario que Adorno propugnaba.

El sedimento dionisiaco que hay en todo arte no degradado por la dinámica de cosificación que impera en la sociedad burguesa es otro punto de encuentro entre La Escuela de Frankfurt y Nietzsche. La actual sociedad opulenta ha cambiado el mecanismo de control sobre el individuo orientándose hacia las nuevas necesidades producidas. Un ejemplo de esto es la tolerancia represiva hacia los grupos disidentes, con la cual la sociedad liberal extiende las libertades civiles a sus críticos neutralizando así su oposición. Esta estrategia resta poder a sus ideas, mientras que la censura y el arresto los harían parecer mártires. La actitud preponderantemente anárquica que todo artista moderno no domesticado expone no sólo en sus obras, sino también en su visión de mundo, refleja la idea adorniana del arte como excurso, como ejercicio subversivo llevado a cabo por vías no racionales, lo que equivale a decir por vías simbólicas. El epígrafe elegido de Cortázar resume en cierta medida el punto que quiero señalar. La acusación benjaminiana de la pérdida del aura en las obras de arte seriadas gravita en la teoría adorniana, motivo por el cual Adorno favorece a cierto arte de vanguardia (pensemos, a modo de ejemplo, los casos de Picasso y Schönberg) por considerarlos inmunes a cualquier posible mecánica de reproducción en serie. El arte, en conclusión, tiene su propia finalidad y un lenguaje particular para transmitirla. Es lo que nos indica Adorno en lo que sigue:

“El telos de las obras de arte es un lenguaje cuyas palabras no están incluidas en ese espectro lingüístico normal, ni han sido dictadas por una universalidad preestablecida.”

Foto: Herbert Marcusse
IV


En 1964 Herbert Marcuse publica El Hombre unidimensional, que en gran medida continúa los conceptos vertidos en Dialéctica de la Ilustración. A través de los medios masivos de comunicación, la estructura de poder ha organizado, para su propio beneficio, cada aspecto de la sociedad, logrando triunfos como la declinación de la política como debate genuino y público, la pérdida de la autonomía personal y la mercantilización de los deseos. La sociedad de consumo oculta su naturaleza represiva bajo un sinfín de bienes y servicios, su víctima es el consumidor sin rostro y sin afectos, él es el hombre unidimensional.

Marcuse sirve de enlace entre La Escuela de Frankfurt y los pensadores activistas del Mayo Francés. La conexión existente entre la teoría crítica y el análisis institucional de René Lourau, la reaparición de conceptos como el de sociedades de control en el pensamiento de Deleuze y de Foucault, pero también la defensa que pensadores más contemporáneos como Jameson hacen de Adorno o las visibles coincidencias entre las críticas que Baudrillard le hace a los medios audiovisuales y las observaciones adornianas que hemos detallado, demuestran la influencia, vigencia y actualidad de la Escuela de Frankfurt.

La actual sociedad opulenta ha cambiado el mecanismo de control sobre el individuo orientándose hacia las nuevas necesidades producidas. Un ejemplo de esto es la tolerancia represiva hacia los grupos disidentes, con la cual la sociedad liberal extiende las libertades civiles a sus críticos neutralizando así su oposición. Esta estrategia resta poder a sus ideas, mientras que la censura y el arresto lo harían parecer un mártir. La tolerancia de otros puntos de vista en la era de las comunicaciones masivas revela el rostro de la tiranía política en una forma que quizás sea compatible con el pluralismo de partidos, periódicos, poderes contrapuestos, etc. Ello obedece a que en esta sociedad liberal el totalitarismo no es sólo una coordinación política terrorista, sino también una coordinación técnica y económica no terrorista que obra a través de la manipulación de las necesidades por parte de intereses creados. Mediante estos insidiosos dispositivos, la sociedad de consumo logra construir su propio sistema de control total. El resultado es una cómoda, razonable y democrática falta de libertad.

La única escapatoria, al menos hasta que un tejido social concientizado vuelva a construirse, es el acto nietzscheano individual de crítica, lo que Adorno y Horkheimer llamaban dialéctica negativa y lo que Marcuse, usando un término de los surrealistas franceses, llamó el “gran rechazo”. Estamos hablando de la decisión intelectual de no adherir a los valores y convenciones de la sociedad burguesa, el romántico sueño de usar a la cultura como herramienta de emancipación y no tan sólo como ornamento o discurso vacío.

*Poeta y ensayista

Cultura y Sociedad/Reflexiones-La Red/Sebastián Olaso

La red

¿Hay una diferencia entre lo individual y lo social cuando una parte de la sociedad se maneja por la vida sin tener en cuenta al otro? ¿Qué sociedad ayuda a construir el que no piensa en la sociedad? Y como contrapartida: ¿Qué espacio individual crea el que entiendo que todo lo que hace tiene su consecuencia en la sociedad?

Por Sebastián Olaso*
(para La Tecl@ Eñe)



El 1º de julio de 1974, en plena clase de mi primer grado de la escuela primaria, desde el aula se escucharon corridas en los pasillos. Fue todo muy rápido. Con una agitación que me asustó, la secretaria de la escuela finalmente abrió la puerta de mi aula y le gritó a mi maestra: ¡Elina, Elina, falleció Perón, falleció Perón! La señorita Elina nos pidió que nos quedáramos quietos y salió corriendo detrás de la secretaria. Los chicos de primer grado estábamos en un problema: no conocíamos la palabra falleció. Entre todas nuestras voces infantiles de desconcierto, se alzó solamente una, la de una chica, que dijo con autoridad: Facheció quiere decir que se murió. Así, intercambiando la ll por una ch. No le creímos. Nos pareció que nuestra compañera estaba hablando por hablar. Al rato volvió la señorita Elina, nos confirmó que falleció quiere decir se murió, y nos dijo que se había decidido que volviéramos a casa antes de hora.
Durante mucho tiempo esta escena quedó en mi percepción como parte del pasado. Durante mucho tiempo, también, esta escena marcaba el aprendizaje de una palabra nueva. Y nada más.
Fue en 1982, después de la Guerra de Malvinas, cuando la noción de pasado se me hizo más compleja. Porque comencé a comprender, de un modo muy rudimentario, que hay cosas que no son neutras, que siguen tiñendo los hechos posteriores aunque insistamos en que se trata del pasado. El pasado es una de las cosas más reales que tenemos. Y a la vez, una de las más variables. Tomar conciencia de que estábamos saliendo de una dictadura hizo que mi percepción de la dictadura fuera diferente. Me modificó el pasado: Aquel helicóptero que estacionó una mañana de 1978 en la canchita de rugby frente a la escuela. Aquellas maestras que nos dijeron que fuéramos a mirar. Aquel señor uniformado que se bajó del helicóptero, nos dio un beso a cada uno y nos dijo que estuviéramos tranquilos porque en el país había gente como él que nos cuidaba. Aquella queja de mis (y algunos otros) padres frente a las autoridades de la escuela por llevar a los chicos a la canchita de rugby. Todos estos recuerdos pasaron a ser otra cosa. El pasado ya no era el mismo. Cuando tiempo después entendí que las Abuelas de Plaza de Mayo no eran las madres de las Madres de Plaza de Mayo, sino que tenían una lucha diferente con el mismo origen, comencé a comprender que la dictadura había terminado en el aspecto formal, pero que ese pasado estaba condicionando el presente. El presente, escribí, y ya no estoy tan seguro de haber dado con la palabra correcta.
El presente es una entidad escurridiza, una entidad de la que resulta casi imposible determinar los límites. ¿El presente es ya mismo, es también dentro de quince minutos, es también hace una hora? La respuesta depende de tantos factores, tan diferentes entre sí, tan subjetivos a veces, que nos enredamos en nuestra propia visión. En términos individuales, para muchos, el presente coincide con la situación personal, con el trabajo, la pareja, el lugar donde se vive, los amigos que se frecuenta; un presente que dura años, décadas. En términos sociales, el presente puede tener que ver con enfoques y decisiones políticas, con el grado bienestar o malestar que excede el ámbito de la intimidad. Pero la diferencia entre individualidad y sociedad también tiene zonas grises muy amplias. Basta con mirar a nuestro alrededor. Lo social y lo individual, ¿están escindidos siempre, a veces o nunca?
¿Hay una diferencia entre lo individual y lo social cuando una parte de la sociedad se maneja por la vida sin tener en cuenta al otro? ¿Qué sociedad ayuda a construir el que no piensa en la sociedad? Y como contrapartida: ¿Qué espacio individual crea el que entiendo que todo lo que hace tiene su consecuencia en la sociedad?
Entonces, el pasado, el presente, lo individual y lo social tienen en común estas preguntas. Forman un entretejido difícil de analizar. Y es que, quizás, en la mayoría de los casos, las zonas grises dominen la trama.

Y esto se ve bastante claramente en las religiones. Cuando las religiones hablan sobre el origen, lo que le importa al creyente no es tanto ese de dónde venimos, sino el hacia dónde vamos o el qué sentido tiene que estemos acá. Que les hablen del pasado no los ayuda tanto a estar tranquilos. El Génesis bíblico no ayuda tanto a los creyentes por revelar un origen. Los ayuda a ubicarse en perspectiva hacia adelante, a estar tranquilos acerca de cuál será su destino. La meditación zen, ya sabemos, no busca la armonía interior en sí, por sí y para sí, sino que entiende que la armonía hacia adentro se derrama hacia el universo.
Sin embargo, no importa cuánto digamos. Las ideas de presente, pasado, futuro, individualidad y sociedad están en nuestro discurso y creemos entenderlas. Aunque la Argentina de 2011 muestre que es lo que es porque fue lo que fue en cada momento anterior, muchos seguirán creyendo en la caducidad del pasado.
Aunque seamos la suma de las personas que nos concibieron, nos acompañaron, nos decepcionaron, la suma de nuestros propios errores y aciertos; aunque lo que nunca conozcamos, las personas que nunca conozcamos, los lugares que jamás visitaremos, las preguntas que jamás nos hagamos también sumen para que seamos lo que somos, muchos seguirá creyendo que el espacio individual está escindido del afuera.
Es probable que yo nunca me encuentre a mí mismo. Es probable que por momentos ni siquiera me busque. Pero sé que estoy lleno de inscripciones que me modelan de algún modo. Si crecer en una dictadura me ha dejado una inscripción, esa inscripción jugará algún papel en mis momentos de soledad. Y también sé que si algún día paseo por las calles de Bangkok o de Managua tendré inscripciones nuevas; por lo tanto, no tener esas inscripciones no es neutral. Somos (en presente) la suma de lo que absorbimos, de lo que no absorbimos todavía y de lo que nunca absorberemos. Somos esa suma aquí y ahora, en la calle y en la cama. Y mañana, el año que viene, dentro de veinte segundos, la cifra cambiará.



* Escritor y poeta