29 octubre 2009

Alianza plebeya o regreso del pasado/ Alberto Franzoia

Alianza plebeya o regreso del pasado


Por Alberto J. Franzoia
(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Daniel Santoro



La actualidad del concepto alianza plebeya

Desde una corriente ideológico-política que mucho ha aportado a la producción teórica de Argentina y América Latina, la izquierda nacional, se formuló hace más de cuatro décadas un planteo político-ideológico central para resolver favorablemente para el campo nacional y popular la tan larga como necesaria batalla contra el bloque oligárquico-imperialista, me refiero concretamente al planteo que se sintetiza en un concepto clave: alianza plebeya (1).

Esa alianza, tal como fue formulada originalmente, expresa la necesidad del encuentro político y cultural entre los obreros urbano-rurales y la pequeña burguesía, ya que ninguno de los dos componentes por separado podrá realizar sus intereses concretos en el marco de nuestra Patria. Es más, para que la Patria realmente exista, dicha alianza se torna condición necesaria e impostergable. A lo largo del siglo XX, y hasta la fecha, Argentina vivió dos experiencias muy importantes en su intento por constituir un bloque nacional-popular para imponerse al bloque históricamente dominante: primero el yrigoyenismo, luego, y como instancia superadora de ésta, el peronismo. Sin embargo en ninguna de las dos oportunidades fue posible construir una sólida alianza plebeya. De allí las derrotas experimentadas.

Este planteo teórico cobra hoy toda su actualidad, ya que ante un nuevo embate de las fuerzas de la reacción, en este caso contra el gobierno popular de Cristina Fernández, una alianza de este tipo es la que nos permitirá prevalecer ante el impulso arrollador de un monstruo de varias cabezas que una vez más intenta devorar nuestros sueños. No sólo se trata de resistir sino de avanzar, ya que quien no avanza en algún momento se ve forzado a retroceder. Es esa alianza plebeya la que nos dará la oportunidad de transitar el camino hacia una Patria definitivamente libre, justa y soberana. La cambiante realidad nos conduce, sin embargo, a la necesidad de actualizar algunas cuestiones en torno a los componentes sociales que integran el concepto, para que el mismo resulte operativo en los tiempos que corren. Esto es así porque conceptos ambiguos sólo sirven para obstaculizar la correcta percepción de la realidad. En definitiva no sólo la realidad es dialéctica, sino que también debe serlo la relación entre dicha realidad y los conceptos que intentan expresarla, en su defecto no lograremos transformarla.


La clase obrera

La clase obrera, columna vertebral del peronismo, se desarrolló en forma sostenida a partir de la crisis de los años treinta y sobre todo con la segunda guerra entre los imperialismos de la época. Ambos fenómenos gestaron la necesidad de una industria nacional de bienes de consumo para cubrir necesidades del mercado interno antes abastecidas por las burguesías del mundo desarrollado. En realidad el peronismo no hubiese sido posible sin ella en 1945, porque no fue Perón el que creó al peronismo, tal como lo interpretan las reiteradas tesis de corte idealista (una historia construida a partir de personalidades descollantes) sino la clase obrera la que iba en busca del líder que sintetizase y expresase sus intereses concretos (historia construida a partir de las fuerzas sociales que operan sobre ella), en un período en el que el primer paso hacia ese objetivo pasaba por un desarrollo económico independiente con justicia social. Las demás son tareas que interactúan con esa necesidad principal, aunque la izquierda cosmopolita nunca lo haya comprendido.

La oligarquía nativa y las burguesías imperialistas del mundo central captaron con la lucidez propia de aquellas clases que han desarrollado plenamente su conciencia, que mientras la clase obrera argentina fuese fuerte, la amenaza de un peronismo combativo o el desarrollo de una perspectiva socialista de orientación nacional-latinoamericanista sería una constante. Por lo tanto en 1976, con la excusa de enfrentar la subversión, se instaló la peor dictadura cívico-militar de la que tengamos memoria. Con Martínez de Hoz en el Ministerio de Economía las Fuerzas Armadas, alineadas con la doctrina de la seguridad nacional, se encargaron de instalar la paz de los cementerios para que las clases dominantes se deshicieran de su enemigo más temible. Años más tarde, en nombre de un “peronismo actualizado”, los sectores liberales que se venían enquistando ya desde los tiempos de Isabel, se encargaron de completar en democracia aquella tarea que se inició a sangre y fuego durante los setenta.

Como corolario de esos años (muchos) terribles para nuestra Patria, la clase obrera se ha visto sensiblemente reducida y/o precarizada. Hoy decir clase obrera argentina es decir muchas cosas a la vez: clase obrera en blanco y sindicalizada, además de una fracción muy importante sin sindicalizar, pero también es decir clase obrera precarizada, en negro, con trabajo transitorio y en determinados momentos sin trabajo. Todo eso es hoy la clase obrera. Un panorama muy distinto por cierto al de los dos primeros gobiernos peronistas, y también al tercero. Sin embargo, aún reducida, en muchos casos no sindicalizada y en otros viviendo su rol laboral en condiciones muy precarias, esa clase sigue siendo, por el lugar que ocupa en el sistema de producción de bienes y el tipo de conciencia que dicha situación objetiva favorece (aunque no determina mecánicamente), cualitativamente esencial para un proceso de transformación estructural. Esencial para un cambio económico, social, político y cultural que nos permita salir satisfactoriamente del callejón en el que pretende encerrarnos, una vez más, el bloque oligárquico-imperialista.


La pequeña burguesía y las capas medias



El avance que las fuerzas del bloque mencionado experimentaron durante el 2008 y 2009 es más que evidente, y ello ha ocurrido como producto de la reacción de dichas fuerzas (reiterada a lo largo de nuestra historia) cuando un gobierno popular intenta poner coto a sus mezquinos intereses de clase. Porque aunque todavía muchos integrantes de las clases, capas y grupos sociales que objetivamente integran el disperso campo nacional y popular no lo sepan, la Resolución 125 apuntaba a gestar condiciones para una mejor salud, educación y trabajo, o lo que es lo mismo: se intentaba mejorar la calidad de vida de los sectores populares. Lamentablemente entre la realidad y la percepción de ella no hay un camino directo tal como suponen los simplificadores de la historia, y mucho menos en los tiempos de la comunicación posmoderna. Tiempos en los que unos pocos grupos oligopólicos disponen del capital más concentrado, la tecnología más avanzada y los profesionales más especializados (psicólogos, sociólogos, expertos en marketing, asesores de imagen, creativos publicitarios, etc.) para producir y difundir las ideas fuerza (ideología de las clases dominantes) que impidan o dificulten el encuentro entre la realidad del campo popular y la posibilidad de su adecuada percepción para una transformación consciente. De allí que la recién aprobada ley de medios audiovisuales, supone un cambio sustancial para democratizar la información, y la cultura en general, en busca del necesario reencuentro entre la realidad y su percepción no alienada.

Es evidente que el sector más afectado de los que objetivamente pertenecen al campo nacional-popular, integrado por todos aquellos que más allá de las ideas que defiendan sólo podrán realizar sus intereses concretos dentro del mismo, es el de las capas medias. En el terreno político (incluyendo a la izquierda nacional) ha sido frecuente referirse a ellas como la pequeña burguesía, sin embargo dicho concepto, si es aplicado con rigor intelectual, deja afuera muchos más integrantes de los que realmente incluye. Porque a la pequeña burguesía sólo pertenecen en realidad aquellos sujetos que siendo dueños de su medio de producción o intercambio (comercio) lo utilizan en forma directa para generar sus ingresos. Por ejemplo: un productor artesanal, un campesino propietario de pocas hectáreas, un pequeño comerciante o el propietario de un taxi que simultáneamente lo trabaja. Pero convengamos que esos grupos si bien no han desaparecido son cada vez más reducidos porque, aún cuando se puedan ampliar en ciertas coyunturas (como cuando los obreros despedidos por el cierre de fábricas eran indemnizados y ponían un kiosco en Argentina), en el mediano y largo plazo son fuertemente afectados ya que les resulta imposible competir con los grandes propietarios que genera el capitalismo actual, que es definitivamente oligopólico como producto de la creciente concentración del capital. Y mucho menos podrá subsistir esta pequeña burguesía en un mercado interno reducido, como habitualmente lo es en los países de capitalismo dependiente y subdesarrollado, aún en etapas en las que se intente la liberación.

Recuerdo que hace algunos años en mí barrio (de La Plata) llegaron a instalarse cuatro kioscos en dos cuadras; hoy queda uno, los tres restantes se fundieron, sus propietarios se comieron el pequeño capital (producto de indemnizaciones por reducción de personal en industrias y Estado) y por supuesto ya no pertenecen a la pequeña burguesía porque no son propietarios de ningún medio de producción o comercialización. Lo que suele ocurrir con pequeños burgueses de coyuntura es que al no poder competir con los grandes propietarios, y mucho menos en mercados que por su estrechez no admiten demasiadas alternativas, es que terminen trabajando para otros (a veces en condiciones precarias) o pasen a engrosar las filas de desocupados. Un taxista se convierte en peón de taxi o lo alquila, un vendedor callejero termia vendiendo productos en consignación con puestos que a veces son montados por el mismo que les abastece de mercaderías, y otros directamente resignan su intención de trabajar.

Por lo tanto, el concepto inclusivo para aquellos que sin estar excluidos del sistema sin embargo no pertenecen a ninguna de las clases fundamentales (oligarquía, “burguesía nacional” u obreros manuales y rurales) es capas medias. Por cuestiones demasiado complejas para desarrollar en un artículo no llegan a constituir una clase, por eso las llamamos capas o sectores medios. Allí sí tenemos un amplio abanico que va desde trabajadores de la superestructura (jurídica, política e ideológica), como maestros, profesores, políticos, abogados, periodistas, hasta empleados del sector comercial, financiero y administrativo. Las capas medias tienden a desarrollarse estructuralmente (no coyunturalmente) aún en economías de capitalismo periférico, ya que la terciarización y el desarrollo de la burocracia estatal son comunes a casi todas. Mientras que la pequeña burguesía no sólo es un sector mucho más acotado, sino que tiende estructuralmente a reducirse cada vez más ante la concentración del capital y el predominio de la especulación en mercados de dimensiones estrechas como ocurre en Argentina.

Las capas medias no desarrollan una visión de mundo (o ideología) propia sino que oscilan entre las visiones de las clases fundamentales de una sociedad. En principio tiende a orientarse por las ideas de las clases dominantes. De allí que en Argentina su grupo de referencia sea la oligarquía, clase dominante que como suele ocurrir en los países dependientes, está a su vez colonizada por aquellas ideas que son funcionales a la burguesía imperialista de las naciones de capitalismo desarrollado, con la que tiene una alianza estratégica e internacional. Mientras que la burguesía nacional, a diferencia de lo que ocurre en los países centrales, nunca llegó a constituirse como clase dominante. A una fracción importante de esas capas sin visión de mundo propia, y dominadas por la visión de la oligarquía, al igual que a la burguesía nacional capitulante, Arturo Jauretche las presentó como componentes del medio pelo, porque viven un falso status y tienen como grupo de referencia a la oligarquía (2).

La pequeña burguesía tiene características similares en el plano cultural o ideológico con las capas medias, sin embargo la distinción objetiva entre unos y otros es pertinente para un correcto abordaje de nuestra realidad, ya que en su defecto los planteos políticos pueden adolecer de una conceptualización ambigua que conduzca a fracasos en la práctica transformadora. Las capas medias, sobre todo la enorme fracción que se ha empobrecido durante los años de neoliberalismo, puede ser por su posición objetiva mucho más permeable a ciertas ideas gestadas y difundidas dentro del campo nacional y popular, que aquellos pequeños propietarios que aún integran la pequeña burguesía y como tales tienen expectativas para acceder al bloque dominante. Esto es así aunque luego a la mayoría dicho acceso le resulte imposible.


La alianza plebeya hoy


El análisis que venimos realizando se puede sintetizar de la siguiente manera:


1- La clase obrera ha sido muy afectada por el proceso de desindustrialización vivido, y si bien es cierto que ha habido una recuperación de la producción durante los años 2003-2008, su peso cuantitativo no es el mismo que tenía hasta los setenta.


2- En la actualidad además decir clase obrera significa incluir diversas fracciones: obrero en blanco y sindicalizados; en blanco y sin sindicalizar, en negro, precarios y subocupados, y finalmente obreros actualmente desocupados. Todos ellos, sin embargo, tienen una gran importancia cualitativa (por su inserción objetiva en la economía y por el tipo de conciencia que dicha realidad favorece aunque no determina mecánicamente) para un proceso de transformación estructural.


3- Las heterogéneas capas medias no llegan a constituir una clase, tampoco son equiparables objetivamente con la pequeña burguesía más allá de ciertas coincidencias subjetivas, es decir aquellas que se dan en el plano de las ideas (por ejemplo su individualismo).


4- Estas capas medias, a diferencia de la pequeña burguesía, tienen una presencia creciente en la sociedad actual como consecuencia de la innegable terciarización de la economía experimentada durante décadas y también por el crecimiento del aparato administrativo del estado. Sin embargo como producto de las crisis que ha atravesado el capitalismo periférico, como en el caso argentino, una buena parte de sus integrantes han experimentado un empobrecimiento que en algunos casos los ha hecho ingresar en el sector de los nuevos pobres o pobres no estructurales como bien sostiene el investigador Alberto Minujin. Esa condición objetiva (que va más allá de lo que piensan de sí mismos) pude acercar ideológicamente a sus integrantes, en un plazo no muy extenso, a la clase obrera.

Son entonces la clase obrera, con la diversidad que presenta en este siglo XXI, junto con gran parte de las numerosas y complejas capas medias, sobre todo de aquellos que ya ingresaron en la pobreza, los componentes para construir la actual alianza plebeya que necesitamos para consolidar y profundizar los cambios iniciados a partir de 2003, incluyendo una justa distribución de la riqueza. La burguesía nacional (aquella de gran peso por la cantidad de capital disponible que posee), no es por el contrario una clase objetivamente disponible para incorporarse estructuralmente (más allá de alguna aparición coyuntural) al proceso, como intentó el peronismo de los gobiernos conducidos por Perón, o se pretende aún hoy. Dicha clase no sólo ha incorporado cada vez más las pautas de comportamiento y valores de la oligarquía (destacándose su lógica acumulativa del capital basada en la especulación más que en el desarrollo constante de la producción) sino que está satelizada a la burguesía imperialista del mundo desarrollado. Es más, hasta debería debatirse seriamente hasta qué punto tiene vigencia el concepto “burguesía nacional” para referirnos a sus integrantes. Ahora bien, más allá de le cercanía de intereses entre clase obrera y capas medias empobrecidas o ya pobres, la alianza plebeya no surgirá como respuesta espontánea a esas condiciones objetivas existentes, para su concreción se necesita un trabajo constante y de largo aliento en el terreno cultural (3).

La batalla de las ideas ha de jugar un papel fundamental en el proceso político que apunte a una construcción sólida de dicha alianza (que tampoco debe excluir, más allá de su reducido peso, a la pequeña burguesía en extinción). En ese sentido la nueva ley de medios audiovisuales puede ser fundamental si se la utiliza no sólo para quebrar la estructura oligopólica de la información y formación asistemática existente, sino si la diversidad incluye una fuerte presencia de la información y conocimientos gestados por las clases y sectores habitualmente oprimidos. De no ser así, aunque las condiciones objetivas resulten muy favorables, se corre el riesgo que la conciencia siga obstaculizada por la eficiente difusión de las ideas hasta ahora dominantes, o en el mejor de los casos, pude darse una confluencia coyuntural entre obreros y capas medias como en los sesenta y principios de los setenta, a la vuelta de la cual sobrevenga una catastrófica derrota. En cualquiera de las dos circunstancias la imposibilidad crónica de concretar una sólida alianza plebeya sólo puede significar, en el mediano o largo plazo, un brutal regreso del pasado, aunque desde ya adaptado a una nueva etapa. Por eso hemos dicho en reiteradas oportunidades, que la batalla cultural para instalar una forma distinta de ver el mundo (y transformarlo), es la madre de todas las batallas.

La Plata, Octubre de 2009


(1) Spilimbergo, Jorge Enea: Clase obrera y poder, Ediciones de Patria y Pueblo, 2006
(2) Jauretche, Arturo: El medio pelo en la sociedad argentina, Peña Lillo editor, 1983
(3) Franzoia, Alberto J.: Dar batalla contra la derrota cultural es una prioridad, El Ortiba http://www.elortiba.org/notapas577.html

Un mundo infeliz/ Claudio Díaz

El papel de los medios como nuevos disciplinantes sociales

UN MUNDO INFELIZ

Por Claudio Díaz

(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Carlos Alonso


A partir de las tecnologías globalizadas y la preeminencia de la actividad financiera por sobre la productiva, el diagnóstico acerca del sombrío presente que vivimos como personas se ha complicado. Pero vamos a intentar aportar alguna que otra reflexión. El poder dominante ya no está en países preeminentes sino en poderosos conglomerados económico-financieros que no tienen sede fija ni rostros identificables. Hablamos de inmensos fondos de inversión de origen sospechable que administran empresas cada vez más concentradas con productos brutos superiores a los de muchos países, y con una imponente ejecutividad que imponen por el omnímodo control que ejercen sobre los medios de comunicación.

Podríamos decir que en otras épocas la colonización se ejercía sobre los cuerpos, como en la esclavitud. Hoy lo que se coloniza y domina son nuestras mentes. Es nuestra psicología la que está ocupada, es nuestro inconsciente el que se alinea con los intereses que nos perjudican. Si hablamos de los viejos imperialismos, hay que decir que la conquista ya no pasa tanto por la posesión u ocupación de territorios sino por el control de las ideas, el pensamiento de los pueblos y sus voluntades. Sin tantas armas, ahora se trata de ejercer el control de las almas.

Alienados los pueblos por el mensaje del poder, el nuevo orden necesita, por supuesto, “nuevos hombres”: lavados de sus creencias tradicionales y de su moral sexual, familiar, social. Se busca hallar “consenso” para alcanzar un “equilibrio” terrorífico: mientras se descarta la vida para cientos de millones de seres humanos, se exalta y fomenta el culto al mercado, al hedonismo y al consumismo vacío entre los que todavía no se cayeron del mapa.

Un adelantado, Aldous Huxley, lo vio venir hacia 1930, cuando describió una democracia que era, al mismo tiempo, una dictadura perfecta; una cárcel sin muros en la cual los prisioneros no soñarían con evadirse. Un sistema de esclavitud donde, gracias al sistema de consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre: Un mundo feliz, tal como tituló a su obra el extraordinario novelista inglés.

Una sociedad, la descripta por el autor, de tremenda actualidad, que utilizaba todos los medios de la ciencia y la técnica -incluidas las drogas- para el condicionamiento y el control de las personas. En ese mundo, todos los chicos son fabricados en serie; concebidos en probetas sin tener que pasar por el vientre de su madre. Y están genéticamente condicionados para pertenecer a una de las cinco categorías de población. De la más inteligente a la más estúpida: los Alpha (la elite), los Betas (los ejecutantes, los gerentes), los Gammas (los empleados subalternos), los Deltas y los Epsilones (destinados a trabajos arduos). A los Alpha se los dota de genes perfectos, mientras que los de la clase Epsilon reciben menos oxígeno del debido con el propósito de obtener personas semi idiotas, infradotadas. Su fin: asegurar la estabilidad social.

La familia, como institución, ha sido abolida. La historia, el arte y la literatura han dejado de existir en ese mundo, dando lugar a la aparición de la música sintética y la televisión. La ciencia ha triunfado sobre la espiritualidad, de tal manera que el deterioro físico de los seres humanos, que ya hemos visto que son fabricados en laboratorios, puede detenerse artificialmente. Es esta una sociedad feliz, superficialmente feliz, en la que la gente está condicionada por los genes, el lavado de cerebro y las drogas.

Los descontentos con el sistema son apartados de la “sociedad ideal” y confinados en colonias especiales donde se rodean de otras personas con similares “desviaciones”. Los habitantes de ese mundo ideal dependen casi servilmente de una droga sintética, el Soma, que el propio Estado prescribe para poder manipular sus emociones y garantizarle la felicidad.

Casi nadie puede escapar a ese destino, aunque en algunas zonas del planeta imaginado por Huxley han quedado reservas donde los “salvajes” siguen teniendo sus dioses y ritos espirituales, donde las familias continúan existiendo y donde los niños nacen de mujeres. Para odiar ese mundo y condenarlo como algo de la prehistoria, tal como hoy hacen los grandes medios de comunicación en manos del establishment económico, la elite de ese nuevo orden crea el sistema de la hipnopedia, esto es: un proceso de aprendizaje ejercitado durante el sueño que consiste en la repetición constante de frases, de frases propagandísticas, que quedarán grabadas por el resto de la vida en cada habitante de ese “mundo feliz”.

¿No es la de Huxley una predicción de lo que vivimos a diario, cuando desde los artículos de diarios y revistas y sobre todo desde los medios masivos como la televisión y la radio escuchamos repetir los mismos conceptos, una y otra vez, para que al cabo de un brevísimo tiempo la gente que consume esos discursos los incorpore a su dieta y los repita, cual loros amaestrados, como verdades de Biblia?

Si nos detuviéramos por un momento a observar qué sucede por nuestras costas desde hace un tiempo, encontraríamos de alguna manera un esquema de “idealización” de vida parecido al que planteó el novelista hace ya ocho décadas. Nos referimos al mensaje-modelo que se le hace llegar al público consumidor, con la televisión y la publicidad como sociedad estratégica del centro de irradiación que indica cómo adquirir la perfección estética y social a partir de la elección de una determinada marca de coche o de una simple bebida.

Como en la semblanza del escritor británico, lo primero que se le hace saber al público consumidor es la obligación de la felicidad, como si la dicha fuera una cuestión del almanaque o tenga posibilidad de ser marcada en una agenda. Estamos en presencia del Soma de estos tiempos. La zanahoria cotidiana que permita mantenernos alejados de los interrogantes esenciales de la vida, de querer saber qué hay, realmente, detrás de toda esa pompa de jabón que nos hace creer que en verdad somos libres porque podemos elegir a qué playa ir, con qué cerveza invitar a la chica que queremos enamorar y a qué hora acostarnos.

Los medios de comunicación aparecen, de esta manera, como los nuevos disciplinantes de la comunidad. Superada la etapa en la que los poderes tradicionales avasallaban a los pueblos a través de la vía militar, la televisión y los diarios, los canales de noticias y las emisoras radiales son hoy por hoy las nuevas fuerzas de ocupación… Porque ocupan nuestras mentes para imponernos sus modelos, sus relatos, sus “próceres” y sus desvalores.

La reciente sanción de la Ley de Servicios Audiovisuales es un paso importante para atenuar la cotidiana práctica de la hipnopedia que ejecutan los grupos que controlan abrumadoramente el mercado periodístico. Ellos quieren hacernos creer que en la “variedad” de productos que ofertan descansa la verdadera libertad de expresión y el pluralismo. Es una falacia… Y no podemos comportarnos como chicos. Podrán presentar ante nuestros ojos, como si fueran golosinas, un montón de paquetes de diferente tamaño, formato y color. Aunque todos esos caramelitos tienen el mismo sabor…

Claudio Díaz

La ley de medios y la construcción de la realidad/ Rubén Drí

La ley de medios y la construcción de la realidad

por Rubén Dri

(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Clorindo Testa


El dicho “la única verdad es la realidad” forma parte de nuestro sentido común, como una verdad que no admite réplica. ¿Quién puede negar que la realidad sea la única verdad? El problema se plantea cuando pasamos a interrogarnos tanto sobre la verdad como sobre la realidad. Para quedarnos sólo en esta última ¿qué es la realidad? La claridad que parecía meridiana inmediatamente se ensombrece apenas hacemos esa pregunta.

¿De qué estamos hablando cuando hablamos de realidad? Para orientarnos en la dilucidación de este problema, recurriremos a Hegel quien distingue dos tipos de realidad. Una cosa es la realidad en sentido fuerte, la que podríamos denominar verdadera realidad, la que nos interesa fundamentalmente, que en el alemán hegeliano suena Wirklichkeit y otra, la realidad en sentido suave, Realität.

Esta última puede ser la afirmación de que ayer llovió, que hoy hace calor, que en esta calle hay un pozo. La otra es la que se refiere a los sujetos y sus relaciones familiares, sociales, económicas, políticas, religiosas, artísticas, profesionales, en una palabra, a los sujetos y sus relaciones. Ésta es la realidad en sentido fuerte, la que nos interesa. A ella se refiere Hegel cuando afirma que “todo depende de que lo verdadero no se aprehenda y se exprese no sólo como sustancia, sino también y en la misma medida como sujeto”.

Aprehender la realidad simplemente como sustancia es quedarse en la realidad en sentido suave que sólo merece denominarse realidad por su relación con la otra realidad, la de los sujetos. Estamos demasiado acostumbrados a aprehender la realidad como un conglomerado de cosas, de objetos. Es necesario cambiar la mirada pues es por medio de los sujetos que los objetos acceden a la realidad.

Ahora bien, los objetos son, están. Los sujetos, por el contrario, son lo que no son y no son lo que son, es decir, son dialécticos. Pero esta dialecticidad no es algo que simplemente sucede sino que se construye, se crea. Los sujetos que en relación conforman lo que denominados la sociedad se crean así mismos y lo hacen en determinada dirección sobre la cual constantemente se influye desde abajo y desde arriba, desde los sujetos que quieren construirse libremente y desde los ámbitos de poder.

Es en este proceso de creación de la realidad que los medios de comunicación cumplen un papel excepcional. Siempre lo han cumplido, pero desde esta última revolución tecnológica, su influencia es cualitativamente superior a cualquier etapa anterior. Desde los medios de comunicación constantemente se crea realidad, se la orienta, se la distorsiona, de acuerdo a determinados intereses. Por ello las clases dominantes tratan de formar verdaderos monopolios de los medios de comunicación.

En la batalla que las corporaciones agrarias entablaron en contra del gobierno para torcer el rumbo de la política económica del gobierno, el monopolio de los medios de comunicación que favorecía a los patrones estancieros instalaron como verdad que la batalla era entre “el campo” generador de toda la riqueza y un gobierno ávido de apoderarse de la misma. Con ello la mitad de la batalla estaba ganada por las corporaciones agrarias.

Si a las plantaciones de soja con sus fumigaciones y el empleo de niños como señaleros para los aviones que fumigan y sus consecuencias cancerígenas, a los pools de siembra, a los dueños de miles de hectáreas que cultivan peones con sueldo miserable, a la Sociedad Rural y las otras organizaciones que constituyen la Mesa de Enlace, a la usurpación de tierras de los campesinos y demás lindezas, si a todo eso se lo denomina “campo”, se construye una realidad en la que todo ese conglomerado de riqueza, violencia e injusticias suscita el apoyo de gran parte de la población aunque no tenga en ello intereses específicos. Si en cambio se los denomina como “corporaciones agrarias” o “patrones de estancia”, la realidad se ha cambiado.

El monopolio de los medios de comunicación fue un factor fundamental en el triunfo de los agrarios sobre el gobierno y los sectores populares. Ese monopolio fue construido gracias a Ley de medios creada por la Dictadura Militar, con retoques importantes del menemismo. Por consiguiente era fundamental para el movimiento popular una nueva ley que le permitiera tener acceso a esos medios. De eso se trata en la Ley de Medios Audiovisuales que se acaba de aprobar en una dura batalla contra los monopolios que, con la aprobación de esa ley, ven peligrar su hegemonía en la construcción de la realidad.

En la batalla entre las corporaciones agrarias y el gobierno el monopolio de los medios de comunicación impuso como verdad que se trataba de la lucha del campo contra el gobierno. Con ello tenían media batalla ganada. En la batalla, en cambio entre esos mismos monopolios y los partidos políticos que les responden, se dio el combate también en el nivel de los medios, aunque los que responden al gobierno y en consecuencia, en este caso, a los intereses populares, son minoritarios. No se aceptó que la ley en discusión fuese la “ley k” o la “ley de mordaza”. Se sostuvo que se trata de la ley de medios audiovisuales. Fue ello un factor importante en la tarea de construir esta nueva realidad que significa la aprobación de la ley.

Buenos Aires, 14 de octubre de 2009


¿Alguien tiene un plan?/ Osvaldo Vigna

¿Alguien Tiene un plan?

Por Osvaldo Vigna


(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: Clorindo Testa


Está muy claro que el gobierno tuvo que cambiar sobre la marcha su estrategia hacia los grandes conglomerados comunicacionales. El conflicto con la patronal agraria y el revés electoral de junio pasado lo empujaron a concretar una promesa de campaña que estaba condenada al olvido. Sólo basta revisar el programa electoral del Frente para la Victoria, allí se explicita la sanción de una nueva ley que supere la tristemente ley de radiodifusión heredada del Proceso. Dicho sea de paso el caradurismo de Cleto Cobos a este respecto es un botón de muestra de que lo nos aguarda si este gris personaje asumiera funciones ejecutivas.
La alianza que el gobierno de Néstor llevó adelante con grupos como el de Hadad, Clarín y otras menos visibles, tuvo vigencia hasta que los intereses de algunos de estos grupos, que son variadísimos y llegan a los lugares más recónditos del entramado político-económico-social, se vieron repentinamente afectado. No debemos olvidar que Clarín tiene activa participación en negocios directamente relacionados con la patria sojera como es la explotación de Expoagro o como grupo inversor en la explotación directa del poroto de la discordia. Las coberturas mediáticas durante el conflicto con el sector más retardatario del campo mostraron lo lejos que pueden llegar las políticas editoriales de quienes siempre se adjudican objetividad e independencia en sus opiniones.
Siempre recordaré la pantalla de la TV mostrando por un lado a Cristina y por el otro al protodirigente De Angelli moviendo su cabeza en señal negativa aun antes de cualquier enunciación por parte de la presidenta. Eso si que fue acción destituyente.
La cosa es que el gobierno tuvo que huir hacia adelante para sobrevivir en medio de tanta resistencia al conjunto de sus políticas, sea esto ocasionado por el gataflorismo argento, por malas formas de comunicación gubernamentales o por el hastío que causan algunas caras o porque realmente el ESTILO de los señores K ya no es de apetencia de la bien-pensante clase media urbana. Y ante ese panorama se vino el contraataque.
Una nueva alianza, impensada, con el último mohicano de Sarandí y la AFA le dio a Néstor la oportunidad de revitalizarse en la pelea con Clarín y en una acción relámpago le escamoteó el futbol televisado. Y fue, y es, LA GUERRA TOTAL.
Y los humos de la guerra nos encuentra sentados tomando mate o mirando TV de la mala o partidos de futbol por el canal 7.
En el parlamento la oposición demuestra lo que es: un conglomerado de salamines que se unen contra alguien pero que si tienen que conducir no pueden dirigir ni el tránsito. Ellos no quieren ninguna ley por las dudas que sean un poco buenas o solo por defender su estadía mediática en los órganos de difusión reinantes. No tienen propuestas y no tienen programa. No saben lo que quieren. Sólo desean que todo se derrumbe y ver después como se acomodan. Néstor, Cristina y compañía SI saben lo que quieren. Podemos o no quererlo nosotros.pero en la coyuntura actual ellos tienen plan. Nosotros los que tomamos mate frente a la tele NO TENEMOS PLAN. Alguien tiene uno?


Osvaldo Darío Vigna

Que no se corte/Juan Terranova

Que no se corte

Por Juan Terranova
(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Carlos Alonso

Me llega un mail del Conrado Yasenza pidiéndome que reflexione sobre lo que está ocurriendo con la Ley de Medios Audiovisuales, por un lado. O, si no te interesa el tema, la opción es la relación de La Cultura –así, con mayúscula– con la esfera burocrático-institucional. Los dos temas dan para mucho. Sobre el primero, lo único que tengo para decir es que apoyo la Ley de Medios. ¿Se puede mejorar? Seguramente. ¿Se trata de una pelea política? No, se trata de una ley que va a un congreso votado por todos. ¿Es esta una posibilidad histórica de tener mejores medios de comunicación? Sí, lo es. Por todo esto, y también por lo que dijo Víctor Hugo en ese muy recomendable video que anda dando vueltas por YouTube, le doy mi apoyo a la ley.

Ahora bien, no puedo ocultar que tengo una marcada preferencia por el segundo tema, sobre el que mal que bien ya escribí bastante. Para ponerlo en breve, bajo este contexto de enunciación, La Cultura es una rata despiojada, peinada a la gomina, que entra en un ministerio, con un folio abajo del brazo. O la viuda que organizaba la Feria del Plato en la cooperadora escolar del Normal Número 4 Estanislao Severo Zeballos, institución donde cursé los trece niveles de la enseñanza obligatoria. (Estanislao Severo Zeballos, por si no lo saben, era un estanciero liberal que escribió un par de libros y se dedicó a coleccionar cráneos de indios.)

Por lo demás, me gustaría señalar la escisión. Conrado Yasenza me da una opción. Como si la ley ya nos quedara atrás o no fuera la suficientemente importante. Lejos de pensar otra cosa, lo interpreto de esta manera: sigamos usando el parlamento, continuemos pensando la esfera estatal. ¿Cuál es la ley que sigue? ¿Vamos a hablar del aborto, de minoridad, de la ley del libro? ¿Qué otros monopolios siguen en pie? La ley de medios va a haber que pelearla hasta el final. Y va a ser una buena pelea. Pero, pase lo que pase, no debería ser la última.

Entrevista a Fabián Casas/Que el lenguaje brille/ Conrado Yasenza

Entrevista a Fabián Casas

Que el lenguaje brille


En esta entrevista Fabián Casas, poeta y narrador, autor de delicias como Los Lemmings, Tuca y Ensayos Bonsái, nos ofrece su visión sobre, esencialmente, el arte y la política.
Vaya como aclaración personal que se ha abandonado en este reportaje la distancia habitual en las preguntas porque a Casas se lo siente, básicamente, un amigo lejano.

Por Conrado Yasenza

Foto: Timo Berger, gentileza de Fabián Casas


- Se ha preguntado y escrito mucho sobre los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre del 2001, pero poco, muy poco se ha buscado la voz de los escritores y músicos. Es por eso que me interesaría saber cómo viviste ese momento histórico y si elaboraste alguna reflexión o sentimiento en torno a lo vivido.

- No puedo hablar como escritor o músico, hablo como ciudadano. Estaba sin trabajo después de renunciar al que tenía. Empecé a vender cosas en los parques y a vivir con poco, una especie de cura homeopática. El confort nos debilita.

- ¿Cuál es la relación que existe entre literatura y mercado (la mercadotecnia?), y la vinculación de la literatura y el periodismo?

- Toda nuestra vida sucede en el mercado. No hay afuera, para mí. El periodismo pretende explicar todo, la escritura tendría a poner las cosas en estado de pregunta y no de respuesta.

- ¿Creés que existe una suerte de banalización de la vida en general? Quiero decir, se banalizan los discursos cotidianos, el lenguaje de los medios masivos, se banaliza el deseo, el erotismo y el amor.

- Todo se puede banalizar, pero también, mediante un ejercicio interno, todo puede volver a ser milagroso.

- ¿Que opinás de la relación entre arte y política?

- Un poema es político aunque trate de una manzana.

- ¿Te parece que la literatura que esboza algún grado de compromiso político tiene mala prensa en la actualidad?

- Creo que la literatura pedagógica -de izquierda o derecha- debería tener mala prensa.

- ¿Pedagógica en relación a una toma de partido?

- No, simplemente pedagógica, esa literatura que supone que el mundo está terminado y que puede explicarse.

- ¿Y cómo observás el fenómeno de Internet y su relación con la literatura?

- Es un soporte técnico más.

- ¿Pero aporta algo al desarrollo de nuevas formas de comunicación y escritura?

- Creo que la Internet puede aportar cierta velocidad en la publicación de un texto, lo cual no es bueno ni malo en sí. Lo que sí pasa es que a veces los chicos jóvenes escriben sus poemas y tiene una gran percepción de ser mirados inmediatamente por los usuarios de sus blogs. Eso hace que, a veces, los poemas sean muy cancheros. Es mejor trabajar en secreto y mucho tiempo.

- Desde tu punto de vista, ¿cuál es la relación entre la palabra escrita y el lenguaje musical?

- La poesía es música sobre todo, como decía Verlaine.

- ¿ Y cómo observás el panorama de la creación y difusión de la poesía en la actualidad?

- Creo que los poetas generan sus propios medios, eso me parece interesante. En vez de ponerse a llorar porque no te publican en los suplementos.

- ¿Existe algún fenómeno de tipo disruptivo de la llamada generación de poetas de los '90 con el relato poético hasta ese entonces?

- Para mí todo es una larga continuidad de los grandes relatos de los súper poetas del pasado: Leonidas Lamborghini, Joaquín Giannuzzi, Juan Gelman, Alberto Girri, etc.

- ¿Tenés alguna opinión formada sobre los medios de comunicación y el tratamiento de la realidad?

- Sí, creo que es la matrix.

- ¿Podrías desarrollar un poco más el concepto de matriz en los medio de comunicación?

-La matrix es lo que los orientales denominaban maya, ilusión.

- Para finalizar, sin ser pretencioso, ¿Cuál es a tu entender la función de la literatura?

- Hacer que el lenguaje brille.


Entrevista realizada por Conrado Yasenza para La Tecl@ Eñe

Diez observaciones sobre poesía actual argentina/Emiliano Bustos

Diez observaciones sobre poesía argentina actual


Por Emiliano Bustos
(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Daniel Santoro


-On the Road es una novela vieja, minimalista. El blog es el universo. ¿Quién quiere un espejo verdadero?

-Hölderlin veía en los dioses un acierto para el destierro. Nuestros bardos actuales ni aciertan ni se destierran.

-Cuando le mencionaron la obra de Proust a cierto conocido suyo, observó, completamente asombrado, “¿pero Marcel, marcelito del Ritz?”. Proust estaba ahí, haciendo su trabajo. El Ritz no era lo importante, o, en todo caso, nadie del Ritz sabía que justamente todo eso, el Ritz, ellos, etc., eran lo importante. El escritor.

-¿Hay una poesía argentina moderna? Hubo o hay un empecinamiento por el “páramo” (objetivismo o como quieran llamarlo), poco documentado pero extremadamente bien consensuado. Poetas objetivistas, críticos objetivistas: escalera al cielo.

-Instituto Goethe. Invierno 2009. Alemania –como tantas otras veces- financia unas excursiones de poetas a tal y tal lugar. Esta vez, al barrio de Mataderos. Visitan el Matadero, ¿y con quién hablan? Hablan entre ellos. Ahora, en el Instituto (que huele como avión), hablan de Echeverría, Esteban. Leen poemas de próximos libros, etc. ¿Y el barrio?, pregunta el público. “Fue un paseo, fue un paseo”, responde la poeta.

-Algunos poetas sólo mencionan a sus anunciantes. Y hay varias antologías de anunciantes también.

-Podemos suponer que el nadador de John Cheever, que avanza de pileta en pileta, en realidad lo hace a través del tiempo o de la memoria. Avanza y retrocede. Ojalá los críticos hicieran lo mismo.

-¿Poesía y cultura?, ¿cultura & poesía? Algunos entendieron a la poesía como un negocio. Tal vez sean los “poetas exitosos” de los que Arturo Carrera me habló hace años. Verdaderas topadoras, hay que reconocerlo.

-En definitiva, y como muchas otras veces, me gusta recordar algo que, hace algunos años, me dijo Leónidas Lamborghini. Hablábamos de todo un poco –aunque fundamentalmente de poesía- y observó: “mirá, mientras nosotros departimos acá, en algún lugar, vaya a saber dónde, un tipo, acaso absolutamente desconocido, está encontrando el lenguaje de la época”. Nadie es tan importante y todo, al mismo tiempo, puede serlo.
- ...

Manual de Instrucción Cívica/ Sebastián Olaso

Burocracia y Cultura
Manual de Instrucción Cívica


por Sebastián Olaso


(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: Carlos Alonso



Tengo una amiga que es profesora de literatura y ejerce en colegios secundarios. Hace unos años, luego de haber dictado un curso en un centro cultural, estuvo luchando para que le dieran el certificado. La gestión no fue fácil: La burocracia del centro cultural demoraba la entrega, y la burocracia de los colegios le daba plazos muy breves. Así que mi amiga se encontró en una encerrona: Luego de haber dictado ese curso, que en teoría le permitiría sumar puntos en su legajo profesional, en la práctica se encontró frente a una experiencia tortuosa. El centro cultural hablaba de tiempos, de firmas y de membretes. Todos estos datos eran conocidos para mi amiga. Su insistencia por apurar la gestión estaba mezclada con un poco de ansiedad. En el centro cultural fueron comprensivos: No se trataba de que ellos se estuvieran demorando, no señor; simplemente, ella era una persona molesta a la que había que neutralizar lo antes posible. Le ofrecieron sacarle el certificado antes de tiempo, en papel sin membrete. La papelería membretada era poca, estaba celosamente custodiada, sólo se utilizaba para casos extraordinarios y luego de pasar por determinados procedimientos. La ansiedad de mi amiga se convirtió en furia: Si no tiene membrete, no me sirve, decía. Entonces, a seguir esperando. Ahora tenía que elevar una nota al ministerio pidiendo que le extendieran el plazo. Algunos decían que iba a tener que viajar a La Plata para elevar la nota como corresponde. Entre idas y vueltas, finalmente le entregaron el certificado sobre la fecha límite. Es decir, me lo entregaron a mí para que yo se lo diera a ella. Cuando lo vio, mi amiga se puso a llorar: el certificado no mencionaba ni la cantidad de horas ni el nivel académico de su curso. Tampoco tenía sello. Volví al centro cultural y pedí que rehicieran el certificado. Ellos fueron elocuentes: Colocarían todos los datos que fueran necesarios, pero sello no. En el centro cultural nadie tiene sello.
Recuerdo haber discutido con mi amiga por el tema del sello. Ella decía que los del centro cultural eran unos improvisados, unos chantas, que las instituciones serias se mandan a hacer un sellito. Yo le decía que una cosa era que la burocracia de los colegios le exigiera un sello y otra cosa era que no tener sello te convirtiera en un chanta. Ella decía que a nadie se le ocurre extender un certificado sin sello, que es una cuestión de sentido común, y remató con un: Si no hay sello, no di el curso. Y ante su reiteración y su enojo hacia mí, comprendí que lo decía sin ironía.
No nos pusimos de acuerdo. Los años de humillación burocrática la habían contagiado. Estaba empezando a convencerse de que es más importante cumplir con todos los requisitos burocráticos, incluido el sello, que haber trabajado. Que la suma de requisitos representa el único modo, para ella misma, de asumir que trabajó.
Las instituciones tienen sus reglas. Algunas son razonables, otras arbitrarias. También tienen sus perversiones. La burocracia es uno de esos extraños casos en que ciertas reglas razonables se aplican de manera disfuncional y en que ciertas reglas arbitrarias se convierten en biblias. Y lo más llamativo es que la disfuncionalidad y los dogmas son contagiosos. Incluso en el campo de la cultura, un área que, a primera vista parecería estar más allá de estas cuestiones.
Y esto me remonta un poco más atrás. Hice la secundaria entre 1981 y 1985. Vi a un alumno elevando una nota para que le permitieran entrar en el colegio con un pulóver no reglamentario. Vi a una profesora reprobando una prueba a una alumna que calzaba zapatillas. Vi a un padre reclamando que le informaran por escrito, con todas las formalidades, el horario de la clase de Educación Física. Vi a una profesora de Instrucción Cívica estigmatizada por no tomar pruebas a los alumnos. Vi a una profesora ocultando su condición de actriz vocacional después de que se le abriera un expediente por haber mencionado a Bertolt Bretch en su clase de Historia. Vi a una profesora de Castellano, ya en 1985, elevando una nota al ministerio para que le permitieran leer en clase la carta a la junta militar de Rodolfo Walsh. Vi la respuesta del ministerio desaconsejando la lectura de la carta, y aconsejando que en una fecha adecuada se leyera en la clase de Instrucción Cívica.
Y si bien nunca olvidé el mal sabor que estos momentos me dejaban en la boca, un sabor que atribuía a las normas de la dictadura o a los errores de una reciente democracia, este tipo de experiencias no dejaron de aparecer.
En 1986 cursé el Ciclo Básico Común en la Universidad de Buenos Aires. Me encontré con colas interminables, con información incompleta o contradictoria, con preguntas administrativas que nadie sabía responder, con horarios egipcios para anotarse y para cursar, con superposición de horarios, con errores atribuidos a las computadoras, con pérdida de documentación, con problemas para saber cuándo, dónde, con qué, a quién, con qué formato, con qué plazo, con qué expectativa. Encontré que el señor A no firmaba el papel X sin el sello de la caja 1, que la caja 1 no sellaba el papel X sin la firma del señor A, que el papel X, una vez firmado y sellado, ya no tenía valor y debía ser reemplazado por el papel Y, que en la ventanilla 2 no encontraban el papel Y y decían que uno, el alumno mareado, debía explicarle al señor A y a la caja 1 que los papeles X e Y eran la misma cosa. Y así vi, también, cómo la universidad fue perdiendo alumnos desconcertados, hartos, furiosos. Entre ellos, yo mismo.
No fui capaz de prever que la década menemista iba a ser tan destructiva. En los 90 parecía una travesura infantil la imagen de la rectora del colegio secundario, bajando el cuello cerrado del pulóver de un compañero de curso para comprobar si tenía puesta la corbata: lo hacía como un juego pero, según parece, estaba obligada a hacerlo. La respuesta del ministerio había sido contundente y me imagino que su sintaxis y su lenguaje habrían dado como resultado un documento que diría más o menos lo siguiente: si el peticionante demuestra de modo adecuado no poseer medios para adquirir un pulóver azul con escote en V, esta autoridad administrativa autoriza la utilización de un pulóver acorde con la higiene y la discreción requeridas para el caso, y exige al peticionante el uso de la corbata reglamentaria, dado que ésta no ha sido mencionada en su petición con sello de la mesa de entrada de fecha ilegible. Es responsabilidad de la máxima autoridad presente en el establecimiento la comprobación diaria de la portación de la corbata mencionada. De acuerdo con el inciso tal, la autoridad deberá aplicar la sanción prevista en el artículo cual en los casos en que el peticionante no cumpla con los requisitos de portación de corbata, dado que ésta debe ser portada en todo momento dentro del establecimiento, independientemente de que una prenda de cuello cerrado impida su visualización.
Ya en los tiempos actuales, los encontronazos con la burocracia pierden casi todo su tinte anecdótico y se vuelven miserables. El presupuesto, los sellos, las firmas autorizadas, las decisiones tomadas en una cama, los puestos cedidos como devolución de favores, entre otras perversiones, hacen que se cierren centros culturales, que se disminuya el movimiento de los centros que siguen en pie, el espacio en los medios, el reconocimiento de las autoridades y, consecuentemente, el de la gente en general. Conseguir una sala para hacer la presentación de un libro exige un papeleo y unos plazos tan absurdos como aterradores. A veces las cosas son más sencillas: en esos casos, las gestiones internas se hacen con gente que valora el esfuerzo y sabe a manos de quién tiene que llegar la petición, a manos de quién no tiene que llegar. El burócrata de turno, en cuanto se entera, quiere hacer valer su poder, cajonea los papeles, exige más sellos, más plazos, más expedientes, pide antecedentes de cada peticionante. Y llegamos a la conclusión de que sólo autorizaría el uso de la sala si se lo piden Borges y Sarmiento juntos (siempre y cuando acepten y logren esperar todo el tiempo y conseguir todos los sellos que el burócrata considere necesarios para aplacar su voracidad de poder, su soberbia o su bajísima autoestima). Otras opciones son jugar al golf con el burócrata, regalarle habanos, meterse en su cama, preguntarle por sus viajes o descubrir si le gustan los perros. Parece mentira, pero sólo se trata de una perversión. De una perversión muy real: Contando anécdotas acerca de perros es posible conseguir un auditorio para hacer un acto de entrega de premios literarios.
En ese punto, tengo que reconocer que hoy, al menos, comprendo las lágrimas de mi amiga por la falta de un sello. Alguien que está inserto en esa vorágine no puede tomar distancia. No de manera automática. Si no estamos atentos, creemos que es lógico seducir al burócrata para que la cultura deje de ser pisoteada.

Por Sebastián Olaso. Poeta

Cultura, Sociedad y Estado/ Una asignatura pendiente? Rubén Liggera

Cultura, Sociedad y Estado.
¿Una asignatura pendiente?


Por Rubén Américo Liggera*

(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: Clorindo Testa
Aprender de la experiencia propia

Quisiera permitirme iniciar esta nota con una experiencia personal: hace exactamente veinte años, en 1989, en medio de una formidable crisis económica y social, tuve la osadía de fundar Horizonte de Cultura. Una publicación trimestral que sostuvimos hasta 1994.
Decíamos en el editorial de ese número inicial: ”A poco de andar el lector advertirá nuestros propósitos: un proyecto cultural desde nosotros mismos (…) aspiramos a ser representantes de nuestra comunidad, a reelaborar sus pautas culturales, a ser comunicadores eficaces, a brindar la posibilidad de expresión para nuestros creadores y estudiosos. Que haya un horizonte límpido frente a sus ojos (…) Por todo lo dicho, creemos no ser presuntuosos si nos despedimos hasta el próximo invierno”
Durante sucesivas estaciones publicamos a poetas, escritores y ensayistas de la ciudad y todo el país. Ilustres desconocidos, promisorios y aunque parezca mentira, también grandes figuras. Fue una revista plural, amplia, integradora. Al llegar al 5º aniversario, en un a especie de balance, editorializamos: ”Creemos que todo parte de una ´decisión política´: qué autores y qué géneros deberían privilegiarse, qué aspectos deberían tratarse, etc. Por lo tanto, si observamos lo que editan los suplementos de los grandes diarios, por dar un ejemplo, veremos que es muy pobre su estudio, la publicación de obras de autores nacionales y mucho menos, del interior del país”. Toda una definición. Y enumerábamos los logros alcanzados: publicamos a escritores noveles y a consagrados, realizamos un interesante intercambio cultural, creamos una red de relaciones, convocamos a concursos en poesía, cuento y ensayo, ilustramos las páginas de Horizonte con trabajos de artistas plásticos, grabadores y dibujantes, creamos un Centro de Estudios Regionales y Nacionales(CERyN), una editorial, realizamos cursos y talleres. Visto a la distancia, en un breve lapso de tiempo, lideramos una movida cultural más que interesante desde una pequeña ciudad del interior bonaerense como es Junín.
No tuvimos ningún apoyo estatal. Nos financiábamos con la ayuda de verdaderos mecenas, amigos que nos daban sus avisos publicitarios sabiendo que eran para un medio de llegada limitada. Sin embargo, generosamente, cada tres meses, allí estaban.
¿Qué rescatamos de esta experiencia? Sin dudas: las ganas, el entusiasmo y el tesón puesto en la empresa. El apoyo incondicional de amigos y lectores. También, una vez fuera de circulación, lamentablemente, lo único que nos traía el correo ¡eran las facturas de agua y luz!
En una oportunidad, intentamos el apoyo de una fundación privada: no lo logramos. Del gobierno local, a los apurones y sin mucha convicción, solamente obtuvimos una declaración de interés municipal como para cumplir.
¿Qué hubiera pasado si hubiéramos recibido algún subsidio estatal? Seguramente hubiéramos trabajado con mayor tranquilidad, sin patear la calle para conseguir el dinero para pagar la imprenta, el franqueo, etc. ¿Hubiéramos permanecido más tiempo? No podríamos saberlo. A lo mejor sí. Quizás no. En todo caso, el motivo no hubiera sido el apremio económico. ¿Cómo habríamos encarado hoy semejante proyecto? Sin duda de la historia siempre se aprende: lo mismo pero distinto. Sirva esta breve historia como introducción al tema por el que fuéramos convocados.

Economía, sociedad y cultura

Como acabamos de ver, la producción artística y cultural -en Argentina y en todas partes- se origina de cualquier manera y a pesar de todo; las profundas crisis y los resurgimientos lo demuestran. Ahora bien, la cuestión es qué pasa después, cómo llega al ciudadano, cuál es el vehículo más apropiado, en qué condiciones, con qué requisitos.
Existen muchos esfuerzos individuales que se suman a los aportes privados y por supuesto, a la acción estatal.
En distintos períodos de nuestra historia y desde los recientes ´90 –y a partir de la dictadura genocida del ´76-l a noción de Estado y sus alcances fueron puestos en duda por el neoliberalismo. ¿Debe el Estado retirarse del fomento cultural y dejarlo todo en manos de la gestión privada? ¿Es la cultura una mercancía más para consumir por parte de los “incluidos” o un bien para la sociedad toda? Sobre estas dos concepciones acerca del Estado gira nuestro razonamiento. El neoliberalismo al acecho pugna por un modelo de sociedad donde prima el esfuerzo individual y su recompensa. En esa especie de darwinismo social muchos quedarán afuera del mundo del trabajo y sus consecuencias: sin salario no hay salud, ni educación ni mucho menos, acceso a los bienes culturales que serán exclusivos para cierta minoría. Por el contrario, los modelos económicos nacionales y populares, aspiran a la inclusión social y cultural: trabajo para todos, justicia distributiva, acceso a la educación y a la cultura. Distintos períodos históricos revelan de qué manera fue resuelta esta cuestión, por eso es una tensión social hoy en día resignificada y rediscutida hasta el cansancio. Aún no hemos logrado implantarlo de manera estable y sostenida en el tiempo; los dos “modelos” pugnan por imponerse: desarrollo económico nacional autónomo y democracia popular o subdesarrollo agro exportador dependiente y democracia formal restringida. No es un tema menor la tarea que día a día nos convoca a la reflexión y a la acción.
Resuelta la cuestión del “rumbo” económico y social deberemos definir luego qué hacemos en el campo de la cultura. Hay prioridades. Sin duda alimentación, vestido, vivienda y educación serán una dedicación inmediata. Sin embargo, al mismo tiempo, con los recursos disponibles también iremos resolviendo de qué manera se eficientiza la acción estatal en la cultura.
Los creadores -perdón por la autodefinición- nos planteamos a menudo cuál es el vínculo de nuestra tarea con la sociedad y el Estado. Nos preguntamos: ¿Por qué y para quién lo hacemos? ¿Por vanidad personal o por deseos de ser amados por nuestros compatriotas? ¿Para grupos reducidos y educados para la recepción o para la amplia mayoría? ¿Deberemos renunciar a nuestros principios ideológicos y estéticos y producir obras de “menor calidad”? ¿Permaneceremos fieles a nuestras ideas y seremos eternamente ininteligibles para el pueblo? ¿Deberemos autofinanciarnos? ¿Recurriremos a mecenas privados? ¿Despreciaremos el apoyo estatal? ¿El Estado deberá intervenir decididamente? ¿Deberá promocionar a sus creadores, multiplicar los bienes culturales, acercarlos a los ciudadanos subsidiados o gratuitamente?

Hacia una mirada estratégica del Estado

Hoy en día coexisten la cultura popular y la elitista; los esfuerzos individuales, la gestión privada y la intervención del Estado a través del Fondo Nacional de las Artes, la Secretaría de Cultura, la CONABIP, el INCAA, etc. Ahora bien, ¿son suficientes? ¿Alcanzan para satisfacer las necesidades sociales? ¿Es igual en la Ciudad Autónoma- plena de ofertas para todos los gustos- que el interior profundo? (Sabemos que la riqueza económica nacional y la expansión demográfica se concentran en un radio de 300 kilómetros con centro en el puerto. Por lo tanto, los recursos disponibles y la demanda social se expanden del centro a la periferia. Cosas que tienen que ver con la parición conflictiva del país.)
Personalmente creemos que cada municipalidad, los gobiernos provinciales y el Estado Nacional no deben permanecer ajenos. Por el contrario, la cultura -entendida como toda producción humana que incluye a la considerada “cultura superior”, oportuno aclararlo- es una cuestión de Estado. Por lo tanto, su función en ese sentido será fundamental. Y los artistas, músicos, cineastas, escritores, actores, cantantes, etc. no deberíamos tener prejuicios. Si es una cuestión de Estado va bastante más allá de los gobiernos de turno, pensemos como pensemos. Deberá ser una política inclusiva, amplia, que acepte la diversidad, que se haga presente en todos los rincones de la Nación. Si un gobierno provincial necesita aportes extras para la cultura, allí se hará presente el Estado Nacional. Y lo mismo el estado provincial con un municipio.
En última instancia, los bienes culturales tienen que ver con la identidad de un pueblo, su genio particular, su valoración como tal: única, diferente. Y de esa manera será reconocida por el resto del mundo. La cultura universal no es más que una suma de diversas manifestaciones humanas. Ni mejores ni peores: diferentes.
El Estado deberá ser el intermediario entre el artista y la sociedad. Porque las creaciones artísticas y culturales deberán ser estimuladas, financiadas y subsidiadas por el Estado; también, deberá facilitar su acceso, garantizar su apreciación y disfrute por parte de la sociedad toda.
Los agentes privados y organizaciones de la sociedad serán eficaces colaboradores en esta tarea. Editores, productores, curadores, etc. también contribuyen al engrandecimiento cultural del país. Y muchas veces, a costa de su propio patrimonio. Si obtienen ganancias, viven y reinvierten en la próxima obra, el próximo libro, la próxima puesta, el próximo festival, ¡en hora buena!
Lo mismo se espera de universidades, sindicatos, fundaciones, ONG, sociedades de fomento, clubes barriales, asociaciones civiles sin fines de lucro, cooperativas, etc.
Como vemos: Estado, privados y organizaciones de la sociedad tras un mismo objetivo. Aún a pesar de las distintas visiones e intereses que pudieran tener. El todo por sobre lo particular. La cultura nacional y la cultura latinoamericana tienen que ver con un origen, un presente y un destino común. La Nación Argentina deberá profundizar su integración en la región más allá de lo económico. Bregamos por un mercado común social y cultural. (Y eso que los argentinos venimos de los barcos…)
Por lo tanto, por ninguna razón, nadie deberá mirar desde afuera. Todos deberemos sentirnos involucrados en el quehacer educativo y cultural. Aunque de coyuntura, anhelamos que una nueva Ley de Medios Audiovisuales de tratamiento parlamentario por estos días contribuya a la producción local.
Pero sin lugar a duda, el papel de garante corresponde al Estado. Es irrenunciable como en otros aspectos políticos, económicos y sociales.
¿Es una asignatura pendiente? Tal vez. Nunca nos conformamos. Pretendemos más compromiso, más presencia y más recursos por parte del Estado para contar con más convocatorias a concursos, más ediciones, más ferias, más festivales, más retrospectivas, más homenajes, más estímulo a jóvenes artistas, más memoria, más futuro.
Nunca más el “Estado ausente”. Si hemos aprendido de la experiencia histórica lejana o reciente, estaremos todos en la misma trinchera.

* Poeta. En Junín, Buenos Aires, Octubre de 2009
e-mail: rliggera@hotmail.com

El libro y su rapsódica agonía/Flavio Crescenzi

El libro y su rapsódica agonía


"La felicidad siempre es confundida con los recursos que la hacen posible." Georges Bataille

Por Flavio Crescenzi*

(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Perez Celis

Mallarmé imaginó el mundo como un libro escrito por un colectivo inmemorial y anónimo que desembocaría en objeto ideal en un futuro. En Mallarmé está presente el pensamiento hegeliano basado en la apuesta al porvenir, aunque el porvenir para el poeta sea apenas otro símbolo. Desde que la humanidad abandonó la comodidad de la escritura conventual (amanuenses, copistas, calígrafos, etc.), entrando en el universo de la imprenta, el paradigma cultural y, en consecuencia, discursivo, se vio modificado. El concepto de modernidad está íntimamente ligado a Gutemberg, a quien propondremos, provisoriamente, como su legítimo creador. La modernidad fue axiomática, rígida en sus propuestas y totalitaria en sus acciones (las verdades transmitidas y heredadas, como se ha dicho en otro artículo, son parte del discurso del poder), pesada y paquidérmica como las imprentas antiguas. El libro, como objeto, perdió su aura, se desacralizó, convirtiéndose en mera mercancía, en un fetiche que el burgués consume menos por ansias de conocimiento o goce estético que por un liso y llano estar al tanto, es decir, por snobismo. La fungibilidad del libro, cosificación final y denigrante, se evidencia en las mesas de saldo en donde encontraremos títulos de vital importancia para la "Gran Cultura" descartados por los criterios editoriales vigentes. El mercado editorial, como mediador entre el libro y el lector, se ha encargado de banalizar el intercambio hasta anularlo finalmente. Desde este punto de vista, ya no podemos confiar en el libro. El libro, actualmente, no es más que un objeto venial y superfluo, un bien más que está dispuesto a las más fraudulentas transacciones. El mercado es el rector de toda manifestación cultural que conocemos, la reduce a sus míseros fines con la seguridad que le da el saberse instituido, ser el inmejorable campo de acción para la masa. La publicación virtual como soporte alternativo es, de algún modo, un espacio dedicado a lo fugaz, como fugaces deben ser los discursos disruptivos que vulneren la lógica mercantilista que nos guía. La estética del instante es, sin lugar a dudas, poética y, por lo tanto, subversiva. Los medios virtuales son, si bien parte del orden de mercado, pasibles de fisuras pertinentes. Es un territorio amplísimo para explorar nuevas variantes discursivas que, por su instantaneidad y alcance, nos aparecen como válidas. El libro como refugio o lugar al que arribar para instalarse, se hace cada vez más difuso en su precariedad y en los usos que le da el poder que lo ha absorbido. Ya no hay objetos que contengan discurso, sólo discursos que se imponen como objeto. Piedras discursivas arrojadas desde el promontorio del espíritu.
*Poeta y Ensayista

Del autor al lector/Araceli Otamendi

La literatura y su esfera burocrático institucional


Del autor al lector


Por Araceli Otamendi*




(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: Carlos Gorrianera

Una misteriosa necesidad de expresarnos y de comunicar ficciones, nuestros pensamientos, nuestra creatividad, hace que escribamos un cuento, una novela.
Una vez escrita, la creación literaria toma la forma de un libro, todavía sin edición. Ahí comienza la historia, el peregrinar, tal vez el desasosiego. Si no se cuenta con un agente literario o con amigos en alguna editorial.
Para colmo, las grandes editoriales en la Argentina no son argentinas, pertenecen a grandes grupos editoriales de capitales extranjeros. ¿Les puede interesar entonces
promover a autores argentinos que no sean un seguro éxito de ventas, un best seller o estén canonizados como Borges, por ejemplo?
No hay más que ver las vidrieras de las librerías para darse cuenta de la avalancha de libros de autores de otros países. Y esa observación no es por chauvinismo sino porque
hay muchos escritores argentinos que podríamos estar editados en nuestro país.
Por suerte, todavía hay algunas pequeñas editoriales argentinas cuyos editores han resistido desde hace años y siguen publicando buenos libros. También han surgido algunas nuevas que publican a distintos autores. Y también hay muchas editoriales donde el autor paga la edición y después puede hacer con los libros lo que quiera: presentarlos, distribuirlos, regalarlos, venderlos.
¿Cómo se resiste cuando alguien ligado al mundo editorial te dice: hay que escribir sobre tal o cual tema, se puede copiar un poco de aquí y otro poco de allá, mejor si es un libro publicado y premiado de hace unos años, porque ya nadie se acuerda? Y en lugar de leer lo que vos escribiste, se cierra en ese consejo que le debe dar a muchos, se me ocurre.
¿Entonces qué significa escribir? ¿Para qué? ¿Para publicar un plagio, un refrito?
No podemos someternos a semejante envilecimiento. Porque entonces ¿dónde está lo original?¿ la autora y el autor qué nos brindan?
Pero ¿dónde está el quid de la cuestión? ¿cómo se hace para publicar? Estamos viviendo una nueva época, aunque no sabemos muy bien cuáles son los cambios que están ocurriendo ni los que todavía vendrán. Algunos notables son los que se producen con las nuevas tecnologías. Si se cuenta con una computadora y un programa para editar libros el mismo autor puede editar su libro. No es masivo, pero ya es algo.
He visto hace pocos días, en Puerto Iguazú, en un encuentro de escritores en el que participé, un escritor había editado su propio libro a mano, y lo había ilustrado también. Quisiera poder describir el libro, pero hay que verlo, era una pequeña joya.
Publicar un libro no tendría que convertirse en un peregrinar por un desierto. El mecanismo debería ser transparente y eso puede parecer un sueño.
Y una escritora, un escritor, no debería envilecerse plagiando o ajustándose a recetas de marketing.
Debería poder ofrecer a los lectores eso que plasmó con su imaginación y con su trabajo, porque es también un trabajo, escribir un libro.
En cuanto a cuál podría ser el mecanismo para evitar este peregrinar para la edición de libros, pienso que podría existir protección o fomento a las obras de autores argentinos. Donde el organismo que lo lleve a cabo utilice mecanismos transparentes para la selección de lo que se publique.


*© Araceli Otamendi Escritora, periodista y Directora de la revista Archivos del Sur

Medios, propaganda y cultura/Agustín Gribodo

Medios, propaganda y cultura

por Agustín Gribodo*
(para La Tecl@ Eñe)


Ilustración: Mauricio Nizzero



¿De qué se habla cuando de habla de cultura? Por un lado, se la suele relacionar con el ejercicio de la ilustración o de la instrucción. Por el otro, aparece vinculada con la civilización. Y si por civilización entendemos el resultado del trabajo humano respecto de la modificación de su entorno, puede llegar a suponerse que cultura es el conjunto de las obras de los hombres y de los pueblos.
Esta última concepción es la que, para bien o para mal, nos involucra, ya que, sumando o restando, todos participamos de la evolución o involución de un pueblo constituido en nación. Aunque, en realidad, sería ingenuo creer que todos participamos por igual en las decisiones que pueda tomar una nación, ya que el rumbo de ésta permanece condicionado por intereses y factores de poder.
Es en este punto donde comienzan a enturbiarse las cosas. ¿Es la cultura una expresión de todos o es apenas lo que los intereses y los factores de poder quieren establecer como cultura?
Vayamos por parte. A grandes rasgos, un factor de poder es una institución, sector o agente con la capacidad suficiente como para imponer una acción o un producto con fines e intereses políticos y económicos. Y, como es bien sabido, los intereses de la política y los de la economía marchan por la misma vereda.
Alguien dirá que dentro de la política puede haber cierta dosis de altruismo, pero sólo con buenas intenciones no se gana una banca en el Congreso. Y aunque se la ganara, es obvio que una sola banca en medio de las grandes fuerzas políticas no significa nada, porque esas fuerzas mayoritarias son factores de poder y representan intereses económicos bajo los cuales desaparecen las mejores voluntades.
Piénsese, si no, en los empresarios que aportan dinero para las campañas políticas... ¿Hay alguien capaz de creer que esas donaciones se realizan pensando en el bienestar general del pueblo? Y en última instancia, ¿dónde está el voto libre de un ciudadano acosado por la propaganda incesante de partidos y políticos que mueven fortunas en costosas campañas y asesores de imagen?

La política de la cultura

A estas alturas, quien lee estas líneas se preguntará qué tiene que ver la política con la cultura. La respuesta es simple: todo. Pues así como existe una política visible, aparatosa, discursiva, grandilocuente e improductiva –una política cuyo peso neutraliza las propuestas que apuntan desinteresadamente al bien común–, también hay una cultura de alienación, show, ligereza, oropel y frivolidad –una cultura que asfixia los proyectos que aportan a la sensibilidad de los hombres y al crecimiento de las sociedades–.
Con este panorama, queda claro que lo que conocemos por cultura no es otra cosa que la imposición de los intereses económicos que controlan los factores de poder. Y el mayor factor de poder del que se tenga conocimiento son los medios, que se imponen, obviamente, por el dinero y para el dinero. Del dominio económico en el plano cultural surgen, por ejemplo, situaciones como éstas: en la televisión impera el rating; desde la literatura se difunde lo que las corporaciones editoriales deciden que es vendible; el teatro parecería nacer y morir en la avenida Corrientes, entre otras.
Esto no significa que no haya creadores con honestidad intelectual que trabajan esforzada y hasta gratuitamente, cuando no a pérdida, fuera de esos circuitos “interesados”. Pero sus proyectos carecen de apoyo y contención, y desaparecen en el concierto de una política cultural que los ignora.
Predomina así el perverso concepto de “lo que no está en los medios no existe”. Y es aquí donde queda expuesta la conexión entre cultura y política: para los gobiernos, la cultura no da réditos económicos; se transforma así, desde la esfera institucional, en el ámbito favorable para que se cubran puestos de compromiso y se devuelvan favores “políticos”.
Específicamente, los puestos de gestión cultural (direcciones y secretarías) son, en su gran mayoría, ocupados por dirigentes que poco y nada tienen que ver con la cultura y el arte. Así, con un profundo desconocimiento del tema, esos funcionarios de los niveles provincial y municipal –cuando no nacional– se convierten en burócratas que administran, en forma de tamiz, las expresiones artísticas que no ofendan al gobernador o al intendente de turno, y que, sobre todo, no demanden inversión.

Falta de estímulos

Si se recurre a internet y se buscan certámenes de cuentos, ensayos, novelas, pinturas, esculturas, teatro, etcétera, se podrá comprobar que España supera a la Argentina en una proporción de 30 a 1, o más. Lo admirable de esto es que casi todas las ciudades españolas, grandes y pequeñas, hacen de estos certámenes una institución de estímulo anual, ya que mayoritariamente otorgan premios en dinero y edición o compra de obras. Además, los concursos son internacionales, con lo cual esas ciudades se dan a conocer al mundo.
Hay, obviamente, una política cultural de aliento y desarrollo en España que, de ningún modo existe en la Argentina. Digamos que aquí todo pasa por lo folclórico en su peor acepción: que los sábados los jóvenes toquen rock en la plaza; que para el Día del Niño haya un par de payasos en la calle; que cada tanto haya campeonatos de truco, payada y ping-pong. Pero eso sí, nada de invertir un peso para que una localidad, un municipio, trascienda las fronteras por una actividad de estímulo que se desarrolle a través del tiempo y tenga proyección nacional e internacional.

Efectos de la propaganda

Hasta aquí, puede decirse que son dos las circunstancias que hacen a la ausencia de estímulo cultural: en primer término, la falta de inversión y la miopía de los dirigentes; luego, la alienación que provocan los medios.
Contrariamente a lo que se piensa, la propaganda no surge en auxilio de las necesidades de los hombres, sino que impone una necesidad para, entonces sí, satisfacerla. Valga la reiteración de estos ejemplos: para ser feliz hay que tomar tal gaseosa; para tener estilo hay que comprar tal marca de cigarrillos, y para sentirse libre hay que manejar el último modelo de tal marca de autos. No es fácil resistir el asedio cotidiano. Y si se traslada esta mecánica de lavado de cerebros al plano de una sociedad sometida culturalmente al antojo de los medios y los factores de poder que los manejan, nos daremos cuenta de cómo una sociedad en su conjunto puede ser manipulada.
Cabe preguntarse por qué no aparecen en los medios obras edificantes desde el punto de vista cultural y por qué predomina lo vulgar, lo fácil... Pues, precisamente, porque la cultura no es negocio. ¿O es que alguien creyó que porque una vez al año haya un millón de personas en la Feria del Libro los niveles de lectura de nuestro país aumentan?
Según Platón, la música es, de las artes, la que tiene mayor poder educativo, pues posee la capacidad de llegar de un modo directo al alma. Esto es fácil de comprender si se percibe que la música no requiere de la intervención del intelecto: nadie analiza las Cuatro Estaciones de Vivaldi mientras las escucha, sino que se abandona al placer de escucharlas.
Ahora bien, algo debe de estar funcionando mal para que los jóvenes, en una gran mayoría, consuman ese simulacro de música chata y elemental que se oye actualmente, desde la marcha tecno hasta el heavy metal, pasando por la cumbia villera, con letras cargadas de violencia y procacidad. Algo debe de andar mal en la sociedad para que haya empresarios que se enriquecen con la producción de ese tipo de música.
Y llevado el esquema a otros terrenos: algo debe de estar funcionando mal para que la sociedad permanezca adormecida frente a la pantalla “soñando por un sueño”, o para que el libro de chimentos de diván de un psicólogo sea el best seller del año.
Con todo, creo que esta nueva ley de medios servirá para componer un poco las cosas en el plano radial y televisivo, y guardo la esperanza de que un pueblo, nuestro pueblo, pueda aspirar a elevar su nivel cultural y, por ende, su nivel de vida. Pero también estoy seguro de que hace falta mucho más que una ley de medios para que la cultura con minúscula de transforme en una Cultura con mayúscula. Pasa por una decisión política que puede nacer en la intendencia de una pequeña ciudad del interior, una decisión de estímular a los creadores y apoyarlos en su camino; pero no con una palmadita en la espalda y una medalla, sino invirtiendo y dando a conocer obras artísticas.
Quizás otra ciudad más grande siga el ejemplo y finalmente se multiplique. El modelo está en España. Sólo hay que saber mirar... y aprender.


*Agustín Gribodo es narrador, poeta y artista plástico. Edita el blog “Alejandría – Literatura para ver”



Avatares culturales en la ciudad de Buenos Aires/Estela Calvo

Avatares culturales en la ciudad de Buenos Aires
Va a estar bueno Buenos Aires

Por Estela Calvo*

(para la Tecl@ Eñe)
Ilustración: Carlos Gorrianera


“El mundo roto”


Los medios de comunicación en general, poco o nada dicen de las vicisitudes que vienen sufriendo muchas instituciones culturales de la ciudad de Buenos Aires. Y es esa masa de información impura, espesa y oscura que baja por Internet, pero que agua lleva, la que trae los rumores imposibles de acallar de lo que en tantos lugares sucede.
Falta de pago a los actores del Complejo Teatral Buenos Aires y a los talleristas de los Centros Culturales Barriales, eliminación de talleres al principio de la actual gestión, falta de inversión, mantenimiento y preservación de los espacios teatrales, demoras en la programación, clausura del Centro Cultural del Sur por falta de reparación y mantenimiento, desactivación del anfiteatro del Parque Alberdi por las mismas razones, desplazamiento de los vecinos que activamente trabajaron en la recuperación del Cine Teatro 25 de Mayo de Villa Urquiza, desalojos violentos de centros y espacios culturales populares autogestivos y un largo etcétera, son testimonio ¿vivo? de las políticas culturales del Gobierno de la ciudad que parecieran apuntar a la destrucción de cuanto se ha logrado construir y sostener en épocas en que tal vez, la sed de consumo de bienes materiales y de éxitos económicos no le había ganado al hambre de símbolos, a la necesidad de expresión y de creación.

Se podría pensar que la destrucción apunta a los constructos de una cultura popular considerada “baja” en oposición a una cultura académica ligada a las bellas artes, el pensamiento abstracto y a la concepción clásica y apolínea de la belleza, perfecta y pura, alejada de las anfractuosidades de la vida cotidiana del pueblo y sus producciones, consideradas manchas de la cultura antes que aspectos o modalidades de la misma.

“Quién va a pagar todo esto”


Pero no. El desguace del Teatro Colón y su conversión vía “Master Plan” en una sala receptora de producciones, básicamente extranjeras, en una sala de alquiler para distintos eventos, artísticos y culturales o de otra naturaleza, empresariales, por ejemplo, al mejor estilo shopping, anuncian que la única cultura que se vislumbra para estos administradores es, por así decirlo, la cultura del dinero. Y si hace falta en la consecución de ese objetivo mayor, superior y primordial que es la ganancia económica, destruir un aparato cultural o transformarlo hasta la pérdida de sus características esenciales, bienvenido sea el sacrificio.

El Teatro Colón va en camino de dejar de ser –si no ha sucedido ya- la impresionante usina cultural que fue alguna vez. Según informaciones que circulan, provenientes de distintas fuentes, donde estaban los camarines funcionará una confitería. Estos camarines, ubicados a un piso del escenario –cerca, muy cerca, por la obvia necesidad de cambiarse rápidamente para volver a escena- pasarán del segundo nivel al tercer subsuelo. Dos confiterías nuevas, 4 salas VIP –para recibir a visitantes importantes, que no son, naturalmente, los artistas: músicos, cantantes, bailarines, actores, regisseurs, directores, etc.- , dos nuevos “gift shops” –tiendas de regalos- y salas de conferencias y exposiciones -no está de más señalar que la recuperada sala del Teatro 25 de Mayo fue utilizada para presentar en su momento a Jorge “Fino” Palacios como Jefe de la Policía Metropolitana- Todo ello en reemplazo de vestuarios, camarines, salas de ensayo, entre ellas la de la orquesta filarmónica; de todas las aulas del Instituto Superior de Arte donde se dictaban distintos cursos y carreras relativos a la producción artística del Teatro; de baños, duchas, direcciones históricas, archivos, biblioteca, oficinas de prensa,, peluquería, zapatería, sastrería, taller de música escénica, depósito de filmación… elementos alineados y organizados en su momento en función de la creación artística, hoy trasladados, algunos, no se sabe adonde y otros, sin que siquiera se defina si tendrán una nueva localización. Eso sin contar con la destrucción y/o desaparición de parte del patrimonio histórico del teatro –libros, escenografías, vestuarios- y de su maravillosa acústica, que lo hizo uno de los más famosos y estimados de mundo.
Todo parece indicar que un siglo y medio de cultura habrá sido convertido en escombros…y no por una bomba enemiga en el escenario de una invasión, como sucediera poco tiempo ha, con muchos de los tesoros artísticos de la lejana y misteriosa Bagdad, sino por los representantes elegidos por el pueblo para administrar de la mejor manera posible los bienes públicos. Cosa extraña, la ciudad no parece advertir la catástrofe…

Un artista lírico del Teatro, cantante, personal del Colón desde 1973, es invitado a Francia para dar clases magistrales en tres conservatorios de aquel país. A su vuelta, en Junio de este año, lo recibe una intimación del gobierno de la ciudad para iniciar los trámites jubilatorios.
Tres artistas del teatro, egresadas de la carrera de regie del ISA, en funciones artísticas en el teatro –una de ellas invitada en 2008 a trabajar en la Opera de Niza, otra llamada para coordinar la Opera de Cámara y dirigir varias óperas en ese año- fueron transferidas al Ministerio de Salud para realizar tareas en diferentes hospitales o centros de salud.
Quizás todo esto sea parte de la “disolución de diversas áreas del Teatro” dispuesta por la Resolución Nº 1224 – EATC – MHGC/09 y por la cual “corresponde instrumentar la reubicación de los agentes que prestaban servicios en dichas áreas, a efectos de preservar las fuentes de trabajo” y que “con el objeto de que el personal indicado en el Anexo I pueda reinsertarse en diversas áreas del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, es necesario evaluar sus capacidades y perfiles profesionales a fin de llevar adelante una eficaz política en materia de recursos humanos”. Los agentes a reubicar son una lista de 278 que figuran en el Anexo I de la citada resolución y que son transferidos al Instituto Superior de la Carrera del Gobierno de la CABA creado en 2007, donde aparentemente serán evaluados para reubicarlos de acuerdo a sus capacidades y perfiles…

Tal vez nuestro coliseo mayor como suele decirse, sea víctima de su propia historia y no tenga otra alternativa que repetirla. Creado en 1857, el primer Teatro Colón estaba localizado en el ámbito de la Plaza de Mayo. En 1888 se decidió construir allí la sede del Banco Nación y se adjudicó al teatro, el solar de Cerrito y Viamonte. Puesta la piedra fundamental en 1890, se esperaba inaugurarlo en 1892, para la celebración del cuarto centenario del Descubrimiento de América. Pero pasaron casi veinte años antes de que tal inauguración pudiera tener lugar. El tiempo ha pasado y un siglo después de ese segundo comienzo, el poderoso caballero Don Dinero vuelve a ser quien determina su destino –entonces un banco, ahora una especie de Shopping con alguna atracción musical, tal vez- y nuevamente, el centenario a celebrar lo encuentra cerrado y con oscuras perspectivas de reapertura en el futuro.

“Contrapunto”


Así las cosas, no es entonces una concepción de la cultura ligada a los procesos de producción de las elites lo que domina el accionar de estos grupos. Es la determinación de una política de neto sesgo económico y de una economía divorciada de toda eticidad cultural. De la misma manera que sucede con la ciudad o con la tierra. Desde una tal perspectiva, será obvio el desprecio por la creatividad de los sectores populares. El intento –y en parte la concreción- de desmantelamiento y/o descuido de los centros culturales barriales o la baja en el presupuesto del Carnaval porteño, por ejemplo, así como los violentos desalojos de algunos lugares autogestivos, hablan a las claras del desvalor que se asigna a las posibilidades culturales que se tramitan por fuera de las academias y de los lugares avalados y confirmados por ellas.

Pero al mismo tiempo, un río caudaloso, ruidoso, ancho y extenso brota desde las profundidades amorfas y densas y crece llevándose a su paso las múltiples fronteras, barreras, muros, paredones de contención que se levantan desde las esferas del poder. Es la prepotencia de la pasión y del trabajo que se impone, avanzando por fuera de los canales tradicionales, con organización autogestiva y algún aporte de los subsidios que sea posible conseguir. Con fuerza incontenible se despliega un inmenso arco de expresiones artísticas, de las cuales las teatrales y musicales son, tal vez, las más visibles. Crecen por todas partes, brotan del suelo en cada barrio: Almagro, Abasto, Villa Crespo, Palermo, San Telmo, Boedo, la Boca… clausuran la espera de lo posible y se lanzan con los elementos disponibles, un galpón, un ph, la calle, una plaza, un semáforo, el subte y pueblan la ciudad de un caleidoscopio carnavalesco que genera un aire fresco y pleno de una energía potente y nueva. Y los 119 teatros más los 102 espacios culturales relevados recientemente por un Mapa de Teatro, no cubren seguramente, la totalidad de lo existente.

En ese tumultuoso avance, los centros culturales barriales del GCBA, ofrecen un abanico de opciones en el marco de un programa de educación no formal. Son lugares populares donde los que tienen alguna inclinación artística pero no las condiciones vitales para encarar una formación académica exclusiva o de largo plazo, encuentran en la familiaridad y la cercanía de su propio barrio, herramientas directas, simples y adecuadas para dar expresión a sus necesidades creativas, a sus sentimientos frente al mundo y al descubrimiento de sus propios talentos. Esas expresiones no pocas veces crecen hasta alcanzar niveles de envergadura, además de dar una oportunidad subjetiva para la consumación de la alegría.

Este brotar del suelo no es otra cosa que la condición misma de la cultura, tomándola en la línea del pensamiento de Rodolfo Kusch, desde el suelo hacia arriba, donde cultura supone un suelo en el que obligadamente se habita y habitar un lugar significa que no se puede ser indiferente ante lo que allí ocurre. Lo que hacemos como pueblo o como sujeto colectivo con lo que ocurre en nuestro propio suelo, abarcando desde las producciones artísticas hasta los modos de hablar y de comunicarnos, de hacer y resolver las cuestiones simples y cotidianas de la vida, he ahí la cultura. Es así que se llena de signos y símbolos el mundo y con eso cubrimos la indigencia originaria y logramos un domicilio para no estar demasiado desnudos y desvalidos.
Tanto los objetos culturales refinados como los que nacen de un sistema popular de imágenes cumplen la función de dar sentido a la existencia, de cobijarnos en ella. Por eso la necesidad de que el Teatro Colón siga siendo el gestor de puestas musicales que recuperen y movilicen las obras universales transformándolas en y con elementos de nuestro propio universo. Pero también la necesidad de los centros culturales barriales y del apoyo concreto a los espacios culturales autogestivos, que tomen lo que surge de las raíces populares y lo movilicen en aras de una creación cultural propia, de una lengua en donde ser hablados y habitados por nuestras palabras.

Cuando el Estado no cumple esa función de facilitar, canalizar, y gestionar la producción cultural del pueblo, se convierte en un predador. Por suerte la cultura popular, esa que brota del suelo, a pesar de todo, resiste.

Referencias.-
“Opera entre confiterías y gift shops”, por Alejandro Cruz, diario La Nación. 9/11/2008
Carta de un cantante, de Mario Solomonoff de circulación por Internet.
“Tres artistas del Colón que ahora deberán trabajar en hospitales”, por Eduardo Slusarczuk. Nota diario Clarín 13/5/2009
“La peor hora del teatro Colón” por Mempo Giardinelli, Página 12 24/6/2009
Guía Mapa del Teatro, Año 1, Nº 3, Oct a Dic 2009.
Cadenas de mails titulados “Va a estar cerrado Buenos Aires”.
“Reflexión sobre la cultura”, Rodolfo Kusch, en Cultura y Política, Año 1, Nº 3, Junio de 2002.