23 diciembre 2010

Entrevistas/Florencia Ruíz/ Por Conrado Yasenza

Entrevista a Florencia Ruíz

Músicas para mover el corazón


Florencia Ruíz es música y compositora. Profesora de guitarra egresada del Conservatorio Alberto Ginastera, de Morón. Florencia también toca el bandoneón y compone hermosas canciones. Sus composiciones fueron definidas como rock, folk, psicodelia cerebral y música contemporánea, según diferentes críticos especializados, pero ella asegura que la música no se puede definir ni describir, hay que entregarse a la escucha. También incursionó en el universo del cine: sus canciones fueron parte de las últimas películas de Raúl Perrone. Florencia, además, tiene una bellísima voz.

Por Conrado Yasenza
(para La Tecl@ Eñe)


-Para comenzar, te formaste en el Conservatorio de Morón, Alberto Ginastera. ¿Qué creés que te aportó esta formación a la hora de encarar la composición de tus canciones?

- Absolutamente. Comencé a componer canciones a la edad de 10 años y 6 años después la carrera en el conservatorio. El estudio me abrió mucho el juego, me dio libertad de acción.

-Leí también que estudiaste bandoneón, además de guitarra. ¿Por qué la elección del bandoneón? ¿Qué es lo que te atrae de ese instrumento?

- Mi abuelo materno toca el bandoneón y por herencia fue mi primer instrumento. Es el sonido de la infancia y tiene un color hermoso. Es un muy completo.
En este momento lo tengo abandonado pero sé que volveré a él, no tengo dudas sobre eso.

-Hasta hoy tenés grabados tres discos, Centro, Cuerpo y Correr. ¿Podrías describirme las similitudes y diferencias entre los tres discos?

(N d R: Confieso que a pesar de Internet y sus posibilidades para hallar información, sólo escuché temas de los tres discos por los que pregunté, y desconocía Mayor, Fogón y Ese impulso superior. Florencia, muy gentilmente, en su respuesta aclara el error. Para quienes quieran escuchar a Florencia en todas sus facetas:
http://www.florenciaruiz.com.ar/)

- Después de Correr hicimos un disco de Remixes llamado Fogón, donde reversionamos con mi banda una canción de Correr y además incluimos dos temas inéditos.
En 2007 hicimos Mayor y en 2008 Ese impulso superior en colaboración con Ariel Minimal.
Los tres primeros trabajos conforman una trilogía. Es una especie de álbum dividido en tres, está lleno de similitudes y hay temáticas que se repiten en los tres discos. La idea fue crecer a través de ellos y creo que se escucha la evolución, ya sea desde la composición hasta la instrumentación y la apertura; cada vez son más los músicos que participan y aportan sus ideas.

- En el perfil de my space te definís como experimental y minimalista. ¿Podrías ampliar esta caracterización de tu estilo? Te lo pregunto porque también te definieron como ambient, rock, folk, psicodelia cerebral y música contemporánea (creo según Inrokuptibles)

- Creo que soy un poco de todo eso.

- Pero si tuvieras vos que definir tu estilo, más allá de las clasificaciones de los críticos de música, ¿cómo lo describirías?

- Creo que la música no se puede definir ni describir, hay que entregarse a la escucha.

-
Grabaste con Ariel Minimal el disco Ese impulso superior. ¿Podrías contarme algo de esa experiencia?

- La experiencia con Ariel fue hermosa y espero se repita algún día. Aprendí muchísimo y crecí a su lado. Nos une amistad y compromiso con nuestros proyectos y Ese impulso superior es un tesoro para mí.

- Centro y Cuerpo fueron editados en Japón por el sello P-vine. ¿A qué se debe la decisión de editar en Japón?

- Fue una propuesta que llegó y por suerte se pudo sostener en el tiempo.

- ¿
Y cómo llegó esa propuesta? ¿Cómo surgió?

- Comencé a vender Centro y Cuerpo que hasta ese entonces eran CDR (Centro lo continua siendo en Argentina) y como la respuesta era muy buena vía mail llego la propuesta para editarlos en versión doble.

-¿ Qué relación musical establecés con el folklore nacional?

- En este disco nuevo tuve la suerte de compartir canciones con músicos increíbles como Juampi Di Leone y Juan Quintero. Para mí la música es una sola y el aporte del folklore es fundamental.

-
Tenés una vinculación con el cine, en particular con el mundo de Raúl Perrone. ¿Cómo se produjo este acercamiento desde lo musical con el cine y con Perrone en particular?

- A Raúl lo conocí de una manera muy especial y le di mis discos. Canciones mías o extractos de canciones fueron parte de algunas de sus últimas películas. Lo admiro mucho y me encanta el modo que tiene de encarar el hecho creativo.
Me encantaría trabajar en cine, aprender el oficio.

- ¿ Cómo se dio esa manera especial en que conociste a Perrone?

- Siempre me resultó un artista muy interesante y talentoso (vi todas sus películas), entonces me decidí y le escribí un mail. Luego él se enteró que yo era la maestra de música de su jardín y le pareció increíble la coincidencia. Recordaba a su maestra como una señora mayor y seria. Nos juntamos a tomar algo por Ituzaingó y nos hicimos amigos.

- Estás grabando un nuevo disco que saldrá el año que viene. Contanos algo del disco.

- Muy contentos de haber hecho un disco tan jugado en esta época. Trabajar con Villavicencio (arreglador y productor) ha sido un sueño desde chica, feliz de haber podido aprender tanto y tocar con músicos buenísimos.

- ¿Te interesa la política? De ser si ó no la respuesta, ¿por qué?

- Me interesa. Creo que condiciona directamente nuestras vidas y que es importante comprometerse, jugarse por lo que uno piensa.

- ¿Cuál es a tu entender la función de la música? Si es que considerás que la música tiene alguna función

- Mútiples funciones, pero la mas importante quizá sea, mover algo en tu corazón.

-- Para finalizar, ¿Cuáles son tus proyectos actuales y a futuro?

- El principal proyecto musical sería presentar el disco y girar un poco con él, armar un grupo y compartir esta nueva música.

Agradezco la gentileza de Vane Recagno, quien posibilitó la entrevista

Literatura/De Rosa y Fuego/ Por Hugo Francisco Rivella

DE ROSA Y FUEGO – Pensar distinto*

Por Hugo Francisco Rivella**


Dedico estas palabras a:
Las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo,
a las madres niñas de mi pueblo,
a todas las mujeres.

Me he preguntado cuándo ha sido el momento en que me detuve a pensar sobre la mujer; digo, pensar desde la mitad invisible de la historia, o lo que es peor, desde la mitad de los que a toda costa, nos empeñamos en que siga siendo la mitad invisible de la historia.
Quizá pudo haber sido, cuando niño leí en la Biblia que Dios creó al Hombre y a la Mujer al mismo tiempo, “los creó varón y hembra”... Y a ese primer relato nunca lo escuché repetir en las misas. Lo ocultaron.
Tomé La Biblia. Siempre la serpiente enroscada en el manzano, seduciendo
Y luego Eva. La tentación. El rostro del caído. El pecado en su cuerpo desnudo y de serpiente.
Eva, el origen del pecado del hombre.
Quizá pudo haber sido también, cuando leía que la mujer, en su destino de hembra, era usada casi únicamente para la procreación; y que durante la Conquista, el derecho civil y canónico llegó a autorizar a niñas de hasta doce años a casarse. Y como era únicamente para procrear, ha sido frecuente el casamiento de cincuentones con niñas adolescentes. Y si no que lo diga Juana Clemencia Bernárdez de Ovando, que a los 8 años de edad es pedida en matrimonio por Juan José Campero, de 29, pero que recién logra consumarlo 4 años después, y por ello, Juana Clemencia denuncia a su madre Ana María de Orozco y a su abuelo, y al cura Juan Gutiérrez de Estrada. Corría el año 1678. Juana Clemencia, niña y ejemplo en el marquesado de Yavi, Jujuy.
Cita Luis Vitale(1), que más de una de esas adolescentes se vengó. Que a raíz del casamiento de un militar de edad avanzada con una jovencita porteña, se empezó a escuchar una copla que decía:
Celebróse la función,
e hizo feliz Isabel
a su esposo, y en pos de él
a toda la guarnición.

En realidad lo que se consolidaba era la preeminencia del hombre sobre la mujer. Patriarcado que persiste y retroalimenta, aunque a duras penas se resquebraje.
Pareciera por ahí que la historia se repite con protagonistas diferentes.
Me he preguntado cuando ha sido el momento en que empecé a pensar en la mujer.
Quizá pudo haber sido también, cuando leí que más de la mitad de los hijos del 23% de las niñas madres en Rosario de la Frontera, no conocen a su papá.
Quizá pudo haber sido cuando supe, que en la India, en época de la ocupación inglesa, a las mujeres hilanderas, el Imperio Británico, para impedir la competencia con las hilanderías de Manchester o Liverpool, le cortaban el pulgar para que no pudieran dar vuelta la rueca del telar.
Quizá pudo haber sido, cuando niño vi arrastrar el busto de Eva Perón alrededor de la Plaza Independencia, mientras algunos niños corríamos saltando sin saber de la muerte. O cuando, las clases acomodadas y lo que sería la Revolución Libertadora, escribían en las paredes de Buenos Aires: Viva el cáncer. Y pude ver a la luz de las velas los ojos llorosos de miles de hombres y mujeres y en sus treinta y tres años la maravilla que vuelve eterna a las personas.
Quizá pudo haber sido cuando leía que Francisco Miranda y Simón Rodríguez, el maestro de Simón Bolívar, luchaban incansablemente por incluir a la mujer en la vida social y política con todos sus derechos.
Quizá pudo haber sido cuando supe que Olimpia de Gouges, en plena Revolución Francesa preguntaba: “¿Quién le ha dado al hombre el privilegio de oprimir a mi sexo? Todos los ciudadanos deben acceder por igual a los cargos públicos de acuerdo a sus capacidades”.
Quizá pudo haber sido cuando pude leer cuánta participación tuvieron las mujeres en las luchas por la Independencia latinoamericana.
Y entonces se me aparece Juana Azurduy, nacida un 8 de marzo de 1780, digo, que se me aparece cuando derrota a los españoles en El Villar y les quita la bandera realista, entre las balas y los cañones y las espadas, a cruz y al frente de los hombres y de la libertad.
O cuando en aquel 27 de mayo de 1812, María Josefa Gandarillas, junto a un puñado de mujeres y de niños, se enfrentaba a las tropas realistas en la loma de San Sebastián. Fueron derrotadas y asesinadas, pero la dignidad y el heroísmo de esas mujeres aún resuena en Bolivia. El 27 de mayo se celebra el Día de la Madre. Las Heroínas de la Coronilla caminan esta América.
Y entonces se me aparece Cesárea de la Corte Romero González entre los infernales de Güemes
Y aparece Loreto Sánchez de Peón de Frías cuando disfrazada de lavandera o de vendedora de pan, y entre los manoseos de los soldados españoles, trasmitía el movimiento de las tropas enemigas al entrar en sus campamentos.
Al igual que las putas de Puertos Cabezas, las mujeres más dignas del mundo, dice Eduardo Galeano, pues que por confidencias íntimas conocían la posición de los marines norteamericanos, la de sus armas, la de sus escondites, y le pasaban la información al otro Güemes centroamericano: el General Sandino.
Y aparece Manuelita Sáenz cuando espada en mano le cubrió la retirada a su amado y amante Simón Bolívar, El Libertador, y este pudo escapar del atentado. La Loca estrella, la llamará el Poeta chileno Pablo Neruda, cuando en el puerto de Paita, miraba pasar los barcos en el mar de sus sueños y del exilio.
Y aparecen las 23 mujeres con la catamarqueña Eulalia Ares a la cabeza, sitiando al gobernador y obligándolo a entregar el gobierno a su sucesor.
Me he preguntado cuándo ha sido el momento en el que empecé a pensar distinto.
Pudo haber sido cuando leí, que en Estados Unidos, se permitía el voto a los esclavos liberados …pero no a la mujer; o cuando supe, que Flora Tristán fue una de las más grandes pensadoras del siglo 19 y una inclaudicable luchadora por los derechos de la mujer y de los obreros: “Los hombres no me quieren porque busco la emancipación de la mujer; los poderosos no me quieren porque busco la liberación de los hombres”.
Pudo haber sido cuando supe que Isadora Duncan, en una noche de estudiantes y magia, bailó el Himno envuelta en la bandera, y los que entregan la Patria, como siempre, encadenaron la hipocresía pidiendo su expulsión del país. Respetaban el símbolo…pero entregaban la Patria
Pudo haber sido también cuando descubrí que las sacerdotisas negras, en Bahía, reciben en sus cuerpos a los dioses. Y los dioses danzan y bailan y aman y aceptan amantes pero no maridos. El matrimonio da prestigio pero quita libertad y alegría, cuentan.
Pudo haber sido también cuando descubrí que a la Diosa de Platino, Marilyn Monroe, la hicieron a cincel, a prensa, y hundida entre sus propias manos se suicidó una noche.
La mataron los que la hicieron libre con la muerte.
Me he preguntado cuando ha sido el momento en que empecé a pensar distinto.
Pudo haber sido cuando, conocí a Olga Aredes y el círculo a la muerte en Ingenio General San Martín, en Jujuy, y su lucha que no descansa aún cuando haya muerto hace ya unos meses y Las Madres de Plaza de Mayo buscando justicia y buscando a sus hijos y la dignidad de una madre hace ya 30 años.
Y la lucha que es blanco del miedo y la mentira todavía
Pudo haber sido, cuando Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, me recordaba a las calles de Xelajú, de Quetzaltenango…a la Calle Democracia atestada de pobres y de mujeres lanzadas a los burdeles, a los prostíbulos en donde los turistas comíamos nuestra propia mierda.
Pudo haber sido cuando vi a las mujeres en Bagdad, en Afganistán inmolarse para no ser vejadas por los soldados del Imperio.
Me he preguntado cuándo ha sido el momento en que empecé a pensar distinto.
Pudo haber sido cuando vi que condenaban a Romina Tejerina y sus ojos eran huecos por donde la culpa me llamaba a los gritos.
O cuando pienso en la Dama de Hierro, Margaret Thacher, defendiendo a Pinochet y autorizando el hundimiento del general Belgrano en los mares del Sur de los Olvidos, o a Condoleza Rice, inmiscuirse en Bolivia, en Brasil, en Venezuela… dictándonos cátedra de polvo, de muerte y de mentiras.
Pudo haber sido que empecé a pensar distinto cuando pienso en las rutinarias charlas de café entre hombres en mi pueblo, con los mismos chistes, la misma chatura, los mismos asados, y en las mesas cercanas, o en la casa, mujeres en la sombra, agazapadas, cansadas, al alcance de un hilito de luz o de un te quiero.
Pudo haber sido cuando vi a la niña desnutrida en Tucumán, apenas un huesito con la piel transparente, y un país que en la soja alimenta dragones y la balanza pierde el equilibrio a cada hora.
Pudo haber sido que empecé a pensar distinto, cuando recordaba las películas del Gordo Porcel y a la mujer denigrada en papeles basura, lo mismo que en Tinelli a lucianas de moda, y la baba en la cara del hombre y sus harapos.
O a la Señora de los Almuerzos, tilinga y reluciente con su desprecio rubio.
Pudo haber sido que empecé a pensar distinto, cuando veo que todavía, los hombres, sí, digo los hombres de la iglesia, deciden sobre el cuerpo de la mujer, si pueden abortar, si sí, si no… Y la condenan… Y la estigmatizan. Lo mismo que en la Inquisición…pero ahora, siglo 21, problemático y febril. Discepoliano.
En definitiva pienso que empecé a pensar distinto cuando recordé que mi madre ha sido una madre soltera, y pensaba… qué carga, que estigma para aquellos años; y he pensado en mi abuela también, sola en esa casa de una tipa inmensa en donde vivo, luchando entre los lirios, entre los pájaros con su vuelo verde, entonces pude pensar que no puedo escaparle a tanta dignidad que Dios me ha dado.

*(Texto de: PUTAS, La Cacería del Ángel, de Hugo Francisco Rivella, inédito)

**Escritor y poeta salteño

Libros/“Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina” de Gregorio Selser/ Por Jorge Boccanera

Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina”, edición de la monumental obra de Gregorio Selser.

Por Jorge Boccanera *
(para La Tecl@ Eñe)

“Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina”, obra en cinco tomos del periodista argentino Gregorio Selser, que acaba de ser editada en México, muestra un continente moldeado entre los buenos oficios de la diplomacia y el hostigamiento de la acción directa en un lapso generoso que abarca dos siglos: de 1776 a 1990.
La obra en cuatro tomos –más de 2500 páginas- editada por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) a cargo de su Centro Académico de la Memoria de Nuestra América (CAMENA), resume 30 años de arduo trabajo investigativo de este gran historiador y ensayista.
Selser, nació en Buenos Aires en 1922 y en 1976 marchó al exilio, primero en Panamá y luego a México, donde fallecería en 1991; su “Cronología…” calificada como “monumental” y “enciclopédica” por los especialistas, la inició a fines de los años ‘50.
Se integran a esta “Cronología…” pasajes de libros anteriores de Selser, entre ellos: “Sandino, General de Hombres Libres”, “El Guatemalazo”, “El Pequeño Ejército Loco”, Nicaragua de Walter a Somoza”, “El Rapto de Panamá”, “Reagan, de El Salvador a las Malvinas” y “Honduras, República Alquilada”.
Hay que decir que esta “Cronología…” en cuidada edición apaisada con una desgarradora ilustración del pintor ecuatoriano Guayasamín que se repite en las portadas, incluye un DVD que posibilita la búsqueda interactiva del contenido, más un apéndice que hace las veces de guía de uso y presenta otros textos relativos al tema, incluso uno del mismo Selser que data de 1990, cuando había resumido el proyecto con miras a una posible difusión.
“Con respaldo bibliográfico abundante”, dice el autor, “comprenderé… una descripción minuciosa y puntual, siguiendo un orden cronológico riguroso, de los distintos hechos y situaciones que jalonaron los procesos intervencionistas de Estados Unidos en el hemisferio desde principios del siglo pasado hasta el presente”.
Especifica que se ocupará de señalar: “no solamente las intervenciones armadas francas y oficiales”, sino también aquellas “de carácter político, diplomático y económico en una variada gama de expresiones expansionistas, imperialistas, hegemonistas y neocolonialistas”.
Si bien en este sentido el periodista argentino indaga el proceder de países como Inglaterra (apropiación de Malvinas), Francia y España, su obra está mayormente centrada en la política de Estados Unidos, país que, señala, pasó en sus inicios de una extensión de 160 mil kilómetros cuadrados a poseer hoy cerca de 9 millones 500 mil kilómetros cuadrados.
Entre ambas cifras media un discurso oficial, a ratos desembozado y amenazante, y en otros en una supuesta búsqueda de concordia, y siempre apoyándose en “fundamentos ético-morales y/o religiosos” que van a modelar una retórica enunciada al paso de los años como Destino Manifiesto, Doctrina Monroe, Diplomacia del dólar, etc.
Devela Selser, en definitiva, el tejido de intereses políticos y económicos –muchas veces asociados ambos-; la trama fina de la manipulación, el espionaje y las operaciones encubiertas que subyacen en cada maniobra de Estados Unidos, en su afán expansionista que no duda en pasar de la intromisión al bloqueo económico, de la acción encubierta a la invasión.
Ana María Sacristán, responsable editorial de CAMENA señala que la “Cronología…” es el primer título de la Colección Archivo Selser, que funciona también en este Centro, y que concentra las numerosas fichas bibliográficas seleccionadas, clasificadas y guardadas a través de los años tanto por Selser como por su esposa Marta Ventura.
Agrega Sacristán que esta obra “única en su tipo”, representativa del metódico trabajo de Selser, entreteje “un panorama de redes y relaciones que se extienden en el tiempo y el espacio” para ofrecer “la posibilidad de comprender la consolidación lógica e identitaria de América Latina”.
Los 4 tomos de la obra citada tienen un marco cronológico específico –(1776-1848), (1849-1898), (1899-1945) y (1946-1990)-, cada uno precedido por un prólogo, respectivamente a cargo del mismo Selser y los investigadores Toussaint Robot, Andrés Kozel y Pilar Calveiro.
Andrés Kozel señala que esta “Cronología…” que se puede leer “como un inmenso collage, compuesto básicamente por noticias, extractos de documentos de diverso orden… y fragmentos de pasajes tomados de artículos y/o libros de otros autores”, es también “la historia de un contrapunto argumental que cabe registrar y seguir en varios planos”
Se pregunta Kozel si Selser optó por sustraerse de los “desarrollos y debates” para permitir “que hablen los hechos, los actores involucrados, los intérpretes calificados”. Y se responde describiendo a un periodista “activísimo, meta-bricoleur” dirigiendo “una obra de atributos sinfónicos, incansable artífice de una tupida y polícroma trama, gran tejedor que decide cuáles hilados, cuáles colores, cuáles texturas”, van a formar su urdimbre.
Por su parte Pilar Calveiro, hace hincapié en la toma de posición de Selser a favor de diversas formas de resistencia popular, reformulando “el discurso actualmente imperante, pacificado e hipócrita, que lejos de ser verdaderamente pacífico termina validando sólo una violencia: la estatal, en el marco de las supuestas democracias”.
Calveiro, autora del libro “Poder y Desaparición”, habla de un relato –el de Selser- en la línea de “una narración memoriosa” que obedece, dice, a un mandato ético: “registrar para no olvidar”, a la vez que se adelanta a investigar “fenómenos de gran peso en el presente”.
Lo anterior, en relación a temas como el de los derechos humanos, la discriminación de hispanos en Estados Unidos, el neoliberalismo, el terrorismo y el narcotráfico, que Selser se encargó de registrar en “Bolivia, el Cuartelazo de los Cocaólares”, basado en la dictadura del general Luis García Meza en 1980, cuando llega a ser gobierno por primera vez en América, asegura, una mafia del narcotráfico.
*Poeta y periodista

Debate/Poesía: Arrimados a las rimas/Por Daniel Freidemberg

Arrimados a las rimas

Por Daniel Freidemberg*
(para La Tecl@ Eñe)

Esta nota surge como respuesta a la idea de que en la poesía la rima es un anacronismo o un fósil que sólo sirve para museos o pintorescas estampas de época, idea ésta sostenida por Luis Chitarroni en un texto publicado en la revista Ñ el 6 de noviembre de 2010.
No busco las rimas, no al menos deliberadamente. La necesidad de encontrar una palabra que rime suele aparecer, entrometerse, al final o en alguna otra parte del verso, y empieza a reclamar, cuando estoy escribiendo, o pensando el poema –es parte también del escribir– mientras camino por la calle o viajo en subte o me baño. A la manera, cuando aparece, de una molestia que no me deja completar la idea o la sensación que buscaba transmitir, o, en otras ocasiones, como la providencial irrupción que soluciona de manera inesperada el problema que la escritura presentaba, la rima que mi oído interno y mi tendencia a la reiteración me imponen se ha vuelto un factor importante en mi trabajo, el de los últimos años al menos. Ya no la rechazo, porque uno va descubriendo –son cosas que enseña la práctica–, que mucho de lo mejor que uno consigue en un poema lo consiguió porque aceptó algún tipo de intrusión que le insistía, muchas veces fastidiosa. Y aprendió uno entonces que, al darle a esa insistencia el lugar que le estaba pidiendo, consiguió hacer algo bueno con lo que parecía un inconveniente, ya que no podía evitarlo, y más de una vez encontró que precisamente eso que tuvo que poner era lo que uno quería o necesitaba decir pero recién pudo saberlo al verlo escrito, o más tarde. O era el poema el que estaba necesitando decirlo.
Me pasa a mí y con eso me basta, pero también sé que le pasa o les pasó a muchos de los poetas que más aprecio: no escribe uno lo que cree que quiere, no sabe uno exactamente lo que quiere decir. Es la escritura, el trabajo de la escritura, cuando adquiere cierta energía propia, el que se lo va mostrando, y entonces suele uno tomar nota de que tenía para decir cosas mucho más verdaderas y/o novedosas de las que creía tener, o al menos más bellas, menos convencionales o estereotipadas.
La idea de que en la poesía la rima es un anacronismo o un fósil, una especie de trasto que, como la radio a galena o los velocípedos, sólo sirve para museos o pintorescas estampas de época, es una idea modernísima y muy siglo XX –como bien lo hace notar Luis Chitarroni en la nota que la revista Ñ le publicó el 6 de noviembre–, y que hace ya bastante perdió vigencia, aunque Chitarroni no se haya enterado. Hace ya, aproximadamente, un cuarto de siglo, cuando Charlie Feiling, Mirta Rosenberg Guillermo Saavedra o Carlos Schilling, por ejemplo, descubrieron que, si la rima les resulta útil, bien podían permitirse usarla, como igualmente podrían usar el alejandrino, el hipérbaton, la décima, la sinécdoque o el instrumento retórico o de versificación que les conviniera, ya bien guardadas en desván de los prejuicios y las tonterías las preceptivas que, si en tiempos de clasicismo dictaminaron qué era lo eternamente correcto, sensato y elogiable, luego pasaron a excomulgar todo lo que no entrara en las fórmulas por las que debía regirse “lo moderno” o “lo actual”. En ninguno de esos casos (Feiling, Rosenberg, Saavedra, Schilling, entre otros), la rima es “trivial o infantil, gratuita”, como parecería que dictamina el consenso de este tiempo, según lo anuncia, en “Refugios de la rima”, Chitarroni, que encuentra como último y único albergue de ese devaluado recurso al rap, la cumbia y el humor, además de la competencia lúdica entre versificadores.
“Especie de artesanía con aspecto de penuria”, describe la nota, luego de explicar que basta con “leer un poco los poemas de los últimos treinta años para advertir que en todo caso el oficio de la rima es un anacronismo más del siglo veintiuno”. No faltan, efectivamente, poemas en que los modos de rimar o de hacer otras cosas huelen a anacronismo u otra forma de la indolencia, pero habría que preguntarse si, además de esos poemas, Chitarroni leyó, por ejemplo, a Hugo Padeletti o a Fogwill (este último un autor de poemas que merecen tanta consideración como sus novelas y cuentos o más, y no menos que los de cualquier otro poeta argentino contemporáneo). Si los leyó –y me cuesta creer que no lo haya hecho– ¿no vio las rimas? O tal vez, al verlas, haya pensado “son las excepciones”. Porque un escritor y crítico tan inteligente y culto como Chitarroni no podría lanzar tantas afirmaciones sin aclarar que “la coda ‘salvo excepciones’ (…), debe leerse a continuación de mis asertos lapidarios”, y advertir: “no soy capaz de llegar a conclusiones, ni siquiera provisorias”. Y su nota, por cierto, es interesante, agradable e ilustrativa en cada uno de los muchos momentos en que prescinde de las conclusiones y se dedica a hacer lo que Chitarroni sabe hacer muy bien: divagar con agudeza y gracia, hilvanar datos, apuntar alguna observación sagaz.
Pero la sensación que queda es que las conclusiones están, así sea provisorias, y, si uno no es alguien muy informado, puede darlas por buenas y suponer que no hay poesía atendible en la que hoy puedan hallarse rimas, cuando la sencilla verdad es que la hay, y no tan escasamente como para quedar confinada en el rubro “excepciones”, por más que lo que predomine sea, efectivamente, el verso no rimado. La cuestión, en todo caso, es otra, y tiene que ver con el carácter de mandato o canon que de hecho, lo quieran o no, adquieren, sobre todo cuando se habla de literatura, muchos artículos de apariencia descriptiva o que no quieren dedicarse más que a reflexionar livianamente. Y se pregunta entonces uno en función de qué miedo a sacar los pies del plato va uno a renunciar a un instrumento que le resulta útil, por qué tiene que haber recursos unánimemente prescindibles, para quedar bien con quién hay que autolimitarse, convertirse en censor de uno mismo, descartar posibilidades. Quién tiene autoridad para establecer que la poesía se escribe de tal manera y no de otra, si siempre se trata de ir tanteando y poniendo a prueba los límites, aun los que se presentan como liberación de cualquier límite, y tal vez sobre todo esos.
Leónidas Lamborghini, el poeta que con Las patas en las fuentes salió a desafiar cuanta concepción de “lo poético” existía allá por los cincuenta y a hacer descarada y gozosamente la suya, el que a través del recurso de la reescritura hizo del enfrentamiento a cualquier modelo –especialmente los prestigiosos– una fuente de energía y un incentivo para el desatamiento de la palabra, el maestro de la burla y el que en Carroña última forma llevó su pasión desacralizadora al extremo de hacer picadillo sus propios poemas anteriores, se puso en sus últimos años a escribir estancias. A través de estancias perfectas, bien medidas, Lamborghini se lanzaba a ser más desenfadado y cáustico que nunca, como antes lo había hecho a través del terceto dantesco, y cuando le pregunté por qué un desmitificador y provocador de su talla se recluía en las restricciones de una fórmula tan tradicional y fija, incluso arcaica, me contestó, casi con piedad, “la cuestión es ser libre en una jaula”. Viejo y cansado zorro, desconfiado y libre del apego a cualquier ilusión consoladora, sabía que uno siempre está de algún modo en una jaula, y que tomar conciencia de eso no tiene por qué ser pretexto para la resignación y bien puede volverse un incentivo. Pero la principal cuestión es que en algún momento Lamborghini descubrió que podía escribir estancias, y le vinieron ganas de jugar con ese esquema de composición y ver qué pasaba con eso, y que vio que lo que le salía valía la pena y tenía ante sí la afortunada posibilidad de utilizar una forma rígida para decir cosas nada convencionales ni clásicas, que de otro modo quién sabe si hubiera podido decir.
Es recurrente en la historia de la poesía, y fatigosamente vieja, la vocación por la necrológica jubilosa y patotera: “la metáfora se volvió un despropósito”, “la lírica está muerta”. Pero siguen usándose metáforas y aparecen nuevos y excelentes poetas líricos, al menos entre aquellos que se interesan más en producir buenos poemas que en cumplir con las pautas requeridas por el certificado de pertenencia a la tendencia que en determinado momento puede poner en onda alguna cátedra de literatura actual, algún comentarista de suplemento o alguna estrella de la novísima oleada. Ningún poeta va a descartar la forma, el recurso, la temática o el léxico que le venga mejor a lo que su trabajo de escritura le reclama, si lo que le interesa de verdad es la poesía, no ser abanderado de una corriente o atenerse a lo que se recomienda para que el nombre de uno no caiga de la lista de los más visibles.

* poeta, ensayista y periodista

Historia de un Libro: "Novela de difuntos y colegialas" de Alejandro Margulis

Los senderos de la muerte: Historia de difuntos y colegialas.
Por Alejandro Margulis

Este texto fue escrito por Alejandro Margulis para la presentación, en 2006 en Mar del Plata, de su libro “Novela de difuntos y colegialas”, el cual fue publicado originalmente en Internet y hoy ha comenzado a circular en una profesional edición a demanda. Pero también es la historia de cómo el autor, a través de un libro de fotografías de difuntos que llegó a la redacción del diario La Nación, medio en el cual trabajaba Margulis, y de la lectura azarosa del Nunca Más, fue enfrentándose al descubrimiento de los luctuosos años de terror y muerte de la última dictadura militar argentina


1.
Si un antecedente tuvo mi camino hacia esta novela fue el día en que, al segundo año de trabajar en el diario La Nación, cayó en mis manos casualmente una revista de fotografía. Después de hojearla distraídamente un artículo centró mi interés. Escrito de modo catedrático pero legible explicaba los orígenes y desarrollo del arte perdido de la fotografía de difuntos. No viene a cuento repetir acá todos los conceptos que vertía apasionadamente su autor (sí quizás consignar que su apellido, Príamo, me resultó familiar). Lo importante es que el trabajo se basaba en la recuperación que él había hecho del archivo fotográfico de un famoso retratista esperancino Fernando Paillet, con el auspicio de una fundación benéfica de la capital, y que describía las características de las ars moriendi argentinas a partir de la historia de vida y el trabajo de Paillet. Esa fue la primera vez que vi imágenes de difuntos consideradas como tales; los cuerpos muertos estaban en sus féretros muy bien vestidos y maquillados, había algunos de adultos y otros de bebés de pecho. Vi ahí también criaturas atadas a una sillas y otras más que en este momento me resulta difícil describir con precisión. La vista de esas fotos disparó entonces en mí una explosión de asociaciones.
En realidad las asociaciones iban a empezar a surgir a partir de ese momento en mi conciencia de un modo tedioso. Por algún motivo que entonces no podía explicarme, esas imágenes poco a poco fueron desplazando de mis intereses otros motivos sin duda más amables. Lo primero que hice fue inscribir una hoja de ruta argumental en las mismas páginas de la revista. Con un marcador azul fui colocando redondeles y haciendo dibujitos alrededor de las fotos en blanco y negro que ilustraban la nota. Hice globos obvios con frases del tipo “qué lindo soy” unidas por flechas de historieta a los cadáveres retratados. Los retratos eran de los parientes de Paillet, a quienes él mismo había fotografiado no entendí si para experimentar las técnicas o por pura morbosidad. Un movimiento de la creación siempre lleva a otro y bastó que empezara a animármele a esos espectros para que se despertara en mí la imaginación más macabra. Al cabo de media hora las hojas de la revista estaban llenas de flechas, números y letras. Me sentí exhausto pero feliz; después me vino un cansancio enorme. En pocas semanas mi casa entera, mi estudio, mis otros proyectos personales sufrieron las consecuencias de esa visión que extrañamente comenzó a resultarme de mal gusto y absolutamente demodé.

2.
Quiero en este punto decir que a mí, como a algunos, la dictadura me pescó desprevenidos. No sé si por mi condición de clase o por mi edad (yo era en esos años un adolescente nieto de un judío industrial, que vivía en la Recoleta), o quizás por el apoliticisismo militante de mi madre, muy poco era lo que tenía en claro de los hechos aberrantes que sucedían a mi alrededor. Salvo por la desabrida enseñanza escolar, mi primer contacto con la historia y la política fueron una serie de láminas gigantes, que venían en la enciclopedia de las revoluciones que juntaba fascículo a fascículo, cada semana, sin leerlas pero con la intuitiva inquietud de un coleccionista precoz. Luego supe que la dictadura había prohibido esos fascículos por considerarlos un material subversivo pero para los días en que los compraba a mí sólo me apasionaba llevar adelante un juego muy peculiar. Ese juego era el siguiente: sobre la alfombra pegada al piso de la pieza (moquet beish) desplegaba los retratos de los grandes hombres de la historia, que eran grandes en verdad, como una sábana cuadrada, me arrodillaba primero encima de esas láminas de papel para desdoblarlas, me acostaba arriba -eran tan grandes que mi cuerpo estirado no alcanzaba a cubrir toda su extensión- y después me paraba para verlos en perspectiva. En el piso de la pieza las caras de papel de los grandes hombres de la historia ocupaban todo el espacio disponible entre la cama y el mueble funcional, forrado en fórmica, que hacía las veces de biblioteca, escritorio y cajoneras. Entonces me subía a la silla con rueditas y estirado en puntas de pie bajaba de la parte de arriba de la biblioteca la caja de dardos de plástico, con puntas de acero dorado. Sin moverme de ahí iba lanzando los dardos sobre las caras de esos hombres impresionantes. Los clavé primero a los más claramente antipáticos: así terminé con la cara de papel celcote de adolfo hitler (le guardaba rabia al personaje desde una vez que mi madre me había pegado una cachetada en el último asiento de un colectivo, delante de todo el mundo, para que dejara estirar el brazo derecho estúpidamente al grito de jail jitler); pero después seguí con Juan Domingo Perón y con Mao Tse Tung o incluso luego, llevado por la inercia de ese festín destructivo dejé convertido en papel picado el amoroso espectro impreso de mahatma Gandhi. Ninguno de esos personajes me decían a mí nada de nada, esa es la triste verdad. Pero sus imágenes gigantescas despertaban furor y ansia de destrucción.
Afortunadamente en esa misma época también me vino la costumbre de quemar en la hornalla de la cocina los soldaditos de plástico que venían en el doble fondo de las bolsas de cereales. Los quemaba empezando por el fusil extendido, atento a cómo los goterones negros iban cayendo mientras una llama redonda y azul avanzaba hacia las cabezas; o los quemaba desde la cabeza a los pies, especulando cuánto tiempo tardaría en consumirse la figura. Cuando no los quemaba los encerraba en las hieleras de goma del congelador. La pasión crematoria habría podido durar años de no ser porque un día, sorpresivamente, mi madre le preguntó a la empleada doméstica qué eran esas manchas negras que había en el techo de la cocina. “Debe ser el hollín que entra por la ventana, señora”, dijo la empleada y se puso a limpiar el techo con un trapo apretado en la punta del secador de pisos. Ese día decidí torturar nada más que en frío.

3.
De modo que estuve durante mucho tiempo obsedido por la obstinada decisión de contar el legado que aquellas experiencias tempranas con el horror habían provocado no sólo en mí sino en todos los que, como yo, crecimos en la ignorancia del terror. Pero la intensidad que le ponía a ese objetivo era discontinua y, salvo por una serie de articulaciones sobre el pasado que fui haciendo en una revista literaria -como el descubrimiento de que los desaparecidos eran reales a partir de encontrar a una escritora cuyos cuentos habíamos publicado, sin conocerla personalmente, en las primeras listas de secuestrados que publicaron las organizaciones de derechos humanos-, salvo por eso, repito, la presencia de la muerte fue durante casi toda mi juventud algo imposible de asimilar. El descubrimiento casual de las imágenes de difuntos en esa revista de fotografía entonces me perturbó profundamente. Si bien yo había visto alguna vez las clásicas, inolvidables tomas de los prisioneros de los campos de concentración que Susan Sontag considera con razón el “antes y después” de la fotografía como máquina de representación, fueron esas fotos tomadas por motivos mucho más inocentes, cien años atrás, y en un pueblo del interior del país, las que me impusieron un nexo con la realidad de mi país. Casi todo lo que yo estaba escribiendo en esa época quedó suspendido a la espera de que ese material hiciera su trabajo en mi conciencia -estoy hablando de una novela cuyas páginas más lejanas empezaron a escribirse hace más de una década atrás. Acumulé un poco maníacamente entonces todo registro que fui encontrando sobre las artes de difuntos; compré libros y pinté calaveras con esmalte sobre planchas de telgopor (que después quemé asustado de mi propia morbosidad); hasta tal punto llegó mi delirio que arrastré a la madre de mi hijo, a mi hija de tres años y al varón recién nacido a un tedioso “viaje literario” hasta el cementerio de Esperanza, en busca de la tumba de Fernando Paillet.
Paralelamente a eso había empezado a trabajar en el diario del poder. Como por reflejo o autoprotección empecé a escribir un diario de lo que me sucedía en esos días. Entraban como en todo diario cosas personales pero muchas de las que me hacían sentir mal en esa empresa centenaria, cuyos códigos -fui entendiendo poco a poco- eran absolutamente compatibles con el estilo de los políticos que gobernaban en esos años. La Nación no era un diario como es ahora, que trabaja en un rol de oposición: sus principales columnistas aplaudían el desguace del Estado y condescendían la frivolidad de la clase gobernante en la medida en que ésta respondía a los intereses conservadores de la administración de la cosa pública. En la edición de los contenidos periodísticos el doble discurso también era funcional al estilo del Gobierno. Así podía llegar a criticarse moderadamente algún que otro intento de constreñir la libertad de expresión o las vistas gordas con que la administración permitía excepciones flagrantes (por caso, las inmobiliarias en la ciudad de Buenos Aires), y con estos eufemismos se evitaba hablar de actos de desfalco, licuado de dinero manchado con sangre o sobornos. También en el orden de la cultura funcionó en esos años de la década del 90 un sistema de permisividad complaciente; no podía publicar algunas cosas que yo iba sabiendo por el repentino privilegio que me daba ejercer el periodismo desde un ámbito tan solicitado (porque la idea de “la vidriera” les interesa siempre a todos, aunque tenga los bordes sucios), y me retiraba catárticamente a las páginas de mi diario personal. El diario personal y el diario real se unieron así a los intentos de escribir sobre los legados del pasado; de la fotografía de difuntos se me ocurrió hacer la asociación con un posible fotógrafo que hubiera trabajado para la dictadura retratando cadáveres, y en eso estaba cuando la realidad se me cruzó otra vez por delante dándome miedo de seguir. En este caso fue leyendo azarosamente el Nunca más, aquel testimonio de la Conadep que sirvió de base ética y jurídica para abrir los juicios a las cúpulas y -ahora además y por fortuna- también a los cuadros intermedios. Lo que me encontré en el Nunca más fue este párrafo que ahora es uno de los epígrafes de la novela: “Feced me expresó que iban a trasladar a mi hija a jefatura y que me la entregarían. Me dijo que me entretuviera mirando las fotos de unos álbumes de gran tamaño. No pude ver más de dos páginas. Eran fotos en colores de cuerpos destrozados de ambos sexos, bañados en sangre. Feced me expresó que lo que estaba viendo era sólo una muestra, que él era el hombre clave que iba a barrer con la subversión”. Si había habido esas fotos espantosas había habido alguien que las tomaba. Mi fantasía se quedaba otra vez a contramano de lo macabro. De ahí a imaginar que un fotógrafo así pudiera haber trabajado para el diario del poder no hubo más que un paso. Lo di contento aunque nervioso, y como por arte de magia empecé en esos días a encontrar toda clase de indicios de que estos hechos eran más que verosímiles; eran hiper-reales.
Por ejemplo encontré otro fotógrafo, uno que salió en el diario diciendo que él había sacado las fotos de los cuerpos de las monjas francesas arrojadas al Río de la Plata después de que las denunciara Astiz. No sólo lo encontré: propuse hacerle una entrevista y todo, pero a él no le dieron crédito (ahora se sabe que los cuerpos de los que él dijo haber hecho retratos no eran de ellas, pero en ese momento todo era posible, y más para mí, que estaba viendo líneas de unión por todas partes con la puntillosidad de un paranoico del pasado).

4.
Hacia fines del año 2002, cuando ya llevaba casi diez años de tratar de hacer algo con tantos materiales diversos, fui a escuchar una serie de ponencias que se organizaron en las ex salas de una clínica maternal del centro de la ciudad, donde funciona desde siempre (para mí) uno de los edificios de la Universidad de Buenos Aires. Se presentaban entre otros trabajos los realizados por jóvenes investigadores en derechos humanos. Cuando entré a una de las aulas, en cuyo pizarrón había una serie de anotaciones que se ve habían quedado de alguna clase, me sentí enseguida molesto por una muletilla. Antes de cada frase perteneciente a un autor o a un texto el expositor decía, adoptando un tono lo más neutro posible, “cito”. Después decía la frase u oración. Y después, “fin de cita”. No era la primera vez que escuchaba ese cliché académico pero sí la única en que empezó a resultarme insoportable. Me daba cuenta de que era casi imprescindible para demostrar qué de lo dicho pertenecía al expositor y qué al texto original. De lo que esencialmente se hablaba era de las estructuras totalitarias con que se impuso el modelo nazi en Alemania y, por extensión, en la sociedad argentina. Los expositores eran una pareja de chicas de pelo lacio y caras asustadas que desarrollaban su trabajo frente al pequeño auditorio que consistían otros colegas de su edad, sentados como yo en largos bancos, y un profesor de pelo ruloso y cortito que las escuchaba alentadoramente al lado suyo, junto al pizarrón. Citaban entonces el pensamiento de Hanna Arendt y de éste, la idea de que las estructuras totalitarias son sociedades secretas que funcionan a plena luz del día. Dos mundos separados pero que funcionaban al unísono, decían, el de los verdugos y las víctimas. Como consecuencia o quizás a raíz del olvido posterior, decían también, lo que se constituía en los discursos de las sociedades no era lo narrativo sino lo repetitivo. Los regímenes totalitarios, por su parte, más bien buscaban la renominalización de casi todo: así la dictadura se bautizó a sí misma proceso, a los operativos represivos los llamó enfrentamientos y a las ejecuciones, traslados. Entonces el discurso era un falso discurso. Me sentí aliviado al escuchar eso. Por ahí iba la cosa también con lo que estaba intentando escribir en mi novela. Sólo que en ésta el discurso falso no era precisamente el de las palabras sino de las imágenes: contra todo lo que mi cultura visual tendía a decir, la falsedad de una foto finalmente también era posible, o al menos intuí que podía serlo, aunque no podía aún descifrar cómo.
El día de esa exposición académica en la universidad escuché también esto: que el objetivo de una estructura totalitaria era ocultar todo, inclusive la voluntad de ocultar. El aparato represivo era la sociedad secreta que funcionaba a plena luz del día y para poder extender su dominio y su lógica exigía a sus miembros el cumplimiento de códigos muy estrictos: juramentos, amenazas, aprendizajes del silencio, pactos de sangre se habían constituido así en las virtudes del mal que necesitaba paradójicamente de su acatamiento para ejercitarse como tal. Tanto los secuestros como los asesinatos y las torturas requirieron de esa norma estremecedoramente virtuosa (como virtuosa es la actividad de cumplir con una cierta legalidad impuesta por la época). Pero al mismo tiempo, señaló en ese momento el profesor (y recuerdo perfectamente su nombre: Enrique Oteiza), el totalitarismo también tiene el deseo de que lo que ha hecho trascienda. Para que sus objetivos sean eficaces es necesario que todos sepan que lo que pasa se debe a su dominio. El totalitarismo opera por sustracción (de personas, de textos) y esto es lo que incide en la población en general, dijo y ahí ya no me sentí aliviado sino inquieto. A los centros de detención, se recordó a continuación repitiendo la muletilla del principio, se los llamaba lugares de reunión de detenidos (LRD), y a los prisioneros de guerra, citaron otra vez, delincuentes subversivos para eludir la convención de Ginebra. La reaparición del cliché en mi atención me recordó que lo era, pero esta vez ya no me pareció fastidioso sino una llave: si yo lograba aplicar el mismo procedimiento doble -de ocultamiento y exhibición- mi novela se iba a encauzar. Decidí incluir el relato del fotógrafo junto con mi diario personal y hasta con los fragmentos más imaginarios de lo que estaba escribiendo o incluso había escrito y publicado alguna vez. Me acordé de una novela de Antonio Tabucchi en la que el autor utiliza una muletilla gramatical para darle un ritmo, y termina usándola como título. Pensé por otra parte en algunas críticas que alguna vez me habían hecho daño con respecto a mi producción: “retazos mal digeridos de literatura”, había dicho de mi trabajo una mujer que yo estimaba, paralizándome. Y sin embargo resultaba que algunas cosas era imposibles decirlas, y otras resultaban intolerables hasta para la imaginación, pero no por no poder ser imaginadas sino porque, muy al contrario, un escritor como yo acababa de comprobar lo que cientos habían descubierto mucho antes: que en semejantes niveles de terror la realidad había sido y siempre sería superior. Así me vino la urgencia de buscar y colocar otra de las citas que abren este libro: “No dice lo que vio, pero dice que no lo puede decir, de manera que aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera que no se pueden decir, para que se entienda que el callar no es no haber qué decir, sino no caber en las voces lo mucho que hay que decir”, de Sor Juana Inés de la Cruz

5.
Queda quizás por último decir unas palabras acerca del modo en que esta novela se encuentra presentada a sus lectores. Como ustedes saben, aún no existe una versión de ella en papel impreso. A partir del conocimiento de que mis limitaciones para narrar lo cruento no se debían a mi incapacidad sino a la herencia del terrorismo de Estado, me sentí libre del peso de la solemnidad. Entonces la escritura se volvió muy placentera y veloz. Casi cualquier fragmento de lo que fuera asociando yo a partir de ese momento podía entrar en el cuerpo de la novela si aplicaba la ley de la cita. Surgió por último un narrador seudo crítico, suerte de alter ego que me iba a comentar y defender (y chistosamente también, por momentos, a atacar). Lo llamé Ernesto Mientes y lo doctoré profesor de la Universidad Castólica Melónica (la sigla me divirtió: UCAMELO). El tendría a su cargo la sustentación de una larguísima ponencia acerca de, como dice en alguna parte que ahora no puedo ubicar, la obra inédita de Alejandro Margulis. Juego de espejos entre lo que no se permite decir y lo que lucha por ser dicho pese a todo, antes que exaltación del solipsismo. Pero también autocrítica mordaz de un modo de ser por cierto narcisista que me es propio -y conmigo a muchos, que conozco- en estos tiempos difíciles. Aceptar lo fragmentario como marca de época pero también como condición inevitable del tema que quería contar me habilitó la decisión de publicarla como obra terminada en Internet.

Alejandro Margulis
Mar del Plata, 2006

Coda

Varios años después (diciembre de 2010), este libro cambió y dejó de lado (es decir, en Internet) la base solipsística para convertirse en una ficción cuya peripecia y personajes fueron construidos más o menos tradicionalmente. Con el título “Novela de difuntos y colegialas” ha comenzado a circular en una profesional edición a demanda, una modalidad de publicación que parece venir a cubrir la brecha que existe hoy en día entre las ofertas de muchas editoriales y las de quienes, por una razón u otra, no logramos coincidir con los parámetros del mercado o de las modas. Los interesados en leerla pueden escribir directamente al autor a
alejandromargulis@ayeshalibros.com.ar

Poesía/Jacobo Fijman, poeta maldito/ por Flavio Crescenzi

Jacobo Fijman, poeta maldito

Tres gritos me elevaron sus puñales.
Paisaje de tres gritos
Largos de asombro.”

Jacobo Fijman

Por Flavio Crescenzi

(para La Tecl@ Eñe)


Si, como dice Francisco Umbral, las tres condiciones clave del creador maldito son: arraigo estético y humano en los poderes demoníacos, heterodoxia sexual y muerte trágica y prematura, entonces, Jacobo Fijman es también un maldito. La marginalidad de este poeta “raro”, según la expresión de Rubén Darío, sería el primer elemento a destacar antes de corroborar los tres mencionados más arriba. La marginalidad en Fijman está atravesada por la locura.

“Molino rojo”, su primer libro, es un libro que quiere tomar a la locura, no ya como un simple tópico, sino como un resumen experiencial y metafísico. De la locura se desprende lo demoníaco, fuerzas disolventes ambas, estados en permanente ebullición que combaten la pacífica sencillez de la cordura (la cordura entendida como sujeción a las normas y moral vigentes) y sus falaces armonías. En este poemario encontraremos el conocido “Canto del cisne” que nos desafía ya con los primeros versos:


“Demencia:
el camino más alto y más desierto.

Oficio de las máscaras absurdas; pero tan humanas.”

Fijman, evidentemente, se consideraba a sí mismo un elegido, un iluminado, cuya admirable profesión de fe (la demencia) lo hacía distinguirse del resto de los hombres, lo volvía más humano, demasiado humano.

Siendo judío de origen, Fijman se convierte al cristianismo en un arrebato místico decididamente insoslayable. La castidad, símbolo de pura entrega, tan propia de ciertos fundamentalismos religiosos, no deja de ser la práctica avalada de la asexualidad, heterodoxia sexual por excelencia, aunque sería mejor decir aberración. La muestra más cabal de esta tendencia puede verse en su tercer y último libro, “Estrella el mañana”. En el siguiente fragmento podremos apreciar un guiño, sutil conexión u homenaje, que lo vincula con San Juan de la Cruz y su “Noche oscura del alma”:

“Vuelvo mis ojos sobre mis ojos mansos;
vuelvo mis ojos contra la noche oscura.”

Su segundo libro, “Hecho de estampas”, es la transición, sin ir más lejos, de lo demoníaco demencial a lo místico asexuado. Como buen miembro de la Generación del 22, generación situada en medio de una sobredimensionada antinomia entre el grupo de Florida y el grupo de Boedo, supo manejar la imagen a la perfección, sin que sus textos cayeran en nulos artificios. Por sus amistades, pero también por su poética, estaba menos emparentado con la estética de Boedo que con la de Florida. El mismísimo Marechal lo incluye en su célebre “Adán Buenosayres”. Recordemos que la novela de Marechal es un alegato a favor de la revista “Martín Fierro” en tono de parodia.

Toda muerte es prematura, toda es muerte es trágica, me atrevería a comentarle a Umbral sin ofenderlo. Jacobo Fijman, muere en Buenos Aires, en 1970, en el Hospicio de las Mercedes, su hogar por casi treinta años. Daniel Camels declara:

“Fue preso de un triple destino de exclusión y olvido”

Tres, como intentamos demostrar, son las condiciones necesarias para ser maldito. Tres también los volúmenes que conforman la obra del poeta que evocamos.

Crítica de Libros/ por Luis Benítez

CONFIESO QUE HE LEIDO

Por Luis Benítez
(para La Tecl@ Eñe)

Cuatro libros de autores argentinos: Su crítica, sus detalles y dónde conseguirlos. Un modo alternativo de acceder a la buena literatura argentina, no siempre al alcance de la mano.

CULONAS
Miriam Cairo
2006, Ediciones Abrazos Books
Stuttgart, Alemania
ISBN 3-9809366-9-4

La autora
Nació en 1962. Ha recibido varios premios en concursos de narrativa y poesía, entre ellos el Primer Premio “Certamen de Narrativa Breve”, Buenos Aires, 1999. Sus obras forman parte de antologías tales como “Poemas del Subte”, Buenos Aires, 1998; “Poemas del Sur”, 1999; “Antología de Poetas Rosarinos”, Universidad Nacional de Rosario Editora, 1999; ”Antología del Cuento Breve Nicoleño”, 1999; “Antología Luces de Sombra”, San Nicolás, 2002. Colaboradora de las revistas “Ciudad Gótica”, "Desde el Andén”,Puente” y “Disámara”, y del diario “Rosario/12”.

Culonas reúne en sus páginas 15 secciones de diferente título, que a su vez se subdividen en varios textos breves, formando una constelación de narrativa que atraviesa las fronteras del género, para incursionar repetidamente en la prosa poética.
Una difícil propuesta es la de Cairo, que maneja con mano experta las complejas interrelaciones que traza entre este cosmos de textos mínimos. Si bien se advierte enseguida la independencia que guardan cada uno entre sí, al mismo tiempo, según avanza la lectura, se comprende que el conjunto no es una simple y sencilla recopilación de brevedades, sino que existe una estructura de complicada factura que arma el conjunto de Culonas. La estructura interior surge por acumulación de estímulos: a medida que las micropoéticas de destilan las páginas se van sumando en la sensibilidad del lector, éste alcanza a diseñar un universo paralelo, en base a lo proporcionado por la autora, cuyas partes se dividen y se ensamblan como los reflejos de un caleidoscopio narrativo. Una intensa experiencia y un logro por parte de Miriam Cairo, que sorprenderá repetidamente –una y otra vez- a quien se asome a su original propuesta.

Así escribe Miriam Cairo

O se piensa o se disuelve. Ella dice que esta noche el amor se hace de a puñados. Con carbón. Con estopa. Con trigo y maíz. Con rezos. Dice que se hace a borbotones. En una tina de loza de cara a las tormentas. Con agua de pozo. Con molino. Con luciérnagas.
Ella asegura que esta noche el amor se hace de bruces. Con dolor y con furia. Dice que se hace desde el odio. Desde cada una de las penas. Desde el origen de las cosas. Desde el escepticismo.
Ella jura que esta noche el amor se hace a cuatro manos. A mansalva. A sorbos de tequila y cigarros. Sin canción. Sin espanto. Sin sábanas. Dice que se hace sobre un madero. Jura que se hace a favor de los ahorcados.

Donde conseguirlo:
www.abrazosbooks.com
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TABACO
Eugenia Cabral
2009, Babel Editorial
Córdoba, Provincia de Córdoba
ISBN 978-987-1520-33-6

La autora
Nació en 1954 en Córdoba. Obra: El buscador de soles (1986), Poesía Actual de CórdobaLos años ’80 (1988), Iras y Fuegos – Al margen de los tiempos. Poemas en prosa (1996), La almohada que no duerme. Relatos (1999), Cielos y barbaries. Poemas (2004).

Tabaco, de Eugenia Cabral, es un volumen breve pero conciso y de honda factura, que reúne textos escritos entre 1988 y 1995, los que hasta la aparición de este poemario permanecían inéditos. Ello posibilita al lector seguir las principales líneas de sentido de su poesía y el tratamiento que la autora da a éstas, en una progresión de sus capacidades iniciales, ya muy señaladas en el grupo de poemas que integran la primera parte de Tabaco, titulada La Sinrazón.
Hay un crecimiento progresivo en la secuencia y ello se percibe desde el comienzo: hay en Tabaco una maduración de los núcleos narrativos y los sentidos expresados por la autora en sus obras anteriores, que habla a las claras de un incremento y un ahondamiento de sus posibilidades, y ello no sólo en lo referido a los contenidos que brinda a sus textos, sino también en lo atinente a los aspectos formales de su expresión poética. A medida que seguimos el recorrido trazado por Tabaco, la autora se muestra más segura y exacta en cuanto a qué quiere decirnos y en la elección del modo que va a emplear para hacerlo. La poética de Cabral, al tiempo que se vuelve más exacta, simultáneamente se torna más crispada y gana así, con este contrapunto, en efectividad: sus versos llegan con mayor potencia todavía, señaladamente, a partir del grupo de poemas reunidos bajo el título común de Ojo de Buey (1993-1995), donde los tópicos ya expresados en la primera parte se desarrollan y enriquecen. La soledad, la pérdida, las películas que incansablemente proyecta la memoria, alcanzan así una fuerza -que insisto, estaba ya presente en lo anterior- pero que demuestra su plenitud en la segunda mitad del volumen. Un poemario para recomendar al buen lector de poesía argentina.


Así escribe Eugenia Cabral

Fragmentos

Luna oval que con su palidez enfría
la incandescente luna del espejo
y la imagen idéntica al rostro
mas no a la imagen que de sí mismo
se formara quien pertenece al rostro
como a una patria misteriosa,
y luego, ¿qué patria no lo sería?


Dónde conseguirlo:
babelediciones@gmail.com

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ALBUM DE ESPERAS y otros asuntos
Jorge Prieto
2010, Ediciones El Mono Armado
Buenos Aires
ISBN 978-987-1321-67-4

El autor
Jorge Prieto es egresado de Bellas Artes y ha participado de talleres impartidos por destacados maestros de la plástica, como Víctor Chab. Prieto –quien es licenciado en Cinematografía por la Universidad Nacional de La Plata- se ha desempeñado como ayudante de dirección de Leopoldo Torre Nilsson, entre otros, y ha fundado y dirige Videodocumenta y Video Digital Sa. En lo específicamente literario, ha concurrido a talleres literarios impartidos por Isidoro Blastein, Humberto Constantini, Gianni Siccardi y Marcos Silber.

Album de esperas es una propuesta lanzada por el autor, tendiente a aferrar una mirada poética sobre situaciones cotidianas, con una fuerte impronta existencialista, que logra trasmitir muy adecuadamente la situación del individuo en un tiempo y espacio dados, común a nuestro tiempo y por ende, fácilmente identificable y que el lector puede compartir. A favor de esto último, obra el empleo de recursos directos y de un lenguaje llano y sin ambigüedades, lo que sin embargo no implica que el poeta cierre la puerta a imágenes de buen peso y consistencia. Se trata de un discurso bien medido y “entrador”, en el sentido de que inmediatamente se abre un espacio propio en la sensibilidad del que lee, un discurso donde la comunicación entre ambos mundos –el del autor y el del lector- se produce fundiéndolos en un territorio prácticamente común.
Un tópico que recorre abundantemente el conjunto del poemario es el referido al transcurso temporal, el devenir común a todos nosotros, con sus cambios y transformaciones, donde el individuo se va concentrando en sí mismo, atento a percibir sus propios límites sin que ello conlleve la búsqueda del aislamiento; por el contrario, el individuo en el tiempo expresado por Prieto se nos muestra atento a las modificaciones de la realidad y a los cambios que él mismo sufre y experimenta, abierto al contacto con los otros –dispuesto a pagar el precio que ello acarrea- y deseoso de ir más allá de lo subjetivo. Se trata de un poemario que llama a seguir la evolución posterior de este autor con atención.

Así escribe Jorge Prieto

La vida es un aguantadero

En medio del desierto
que es la noche
cada vez que levanto la mirada
me veo solo.
Voy y vengo por la casa
para saber que estoy.
Hago café, fumo, pienso
como si vivir
solo fuera una costumbre.

Pronto vendrá el día
lo dijeron por la tele.


Donde conseguirlo:
www.elmonoarmado.com.ar

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QUEBRADA
Elisabet Cincotta
2010, Ediciones Muestrario (2da. edición)
Buenos Aires
ISBN 978-987-25786-3-3

La autora
Nació en Quilmes, Provincia de Buenos Aires. Obra poética: Bordando la despedida (2007); Dos tonos para una cordillera (2007, volumen compartido con el poeta chileno Luis Concha Henríquez); De laureles y olivos (2008); Quebrada (1ra. ed. 2008); Descubierta (2008); De pie (2009) y Manos (2009).

Quebrada, este poemario de Elisabet Cincotta, se presenta en su segunda edición, que devuelve a los lectores la posibilidad de acceder a los textos editados en 2008 también por el sello argentino Muestrario. Como muy bien apunta la escritora Liliana Varela en el texto de contracubierta de Quebrada: “La mujer quebrada, la luchadora, la vencedora, la que cae mil veces y vuelve a levantarse, aquella que cohabita en cada fibra de nosotras. Elisabet Cincotta nos presenta a todas en una sola, nos acerca a la figura de mujer que fuimos, somos o queremos ser.” Esa es, exactamente, la muy humana imagen femenina que destilan las páginas de Quebrada, una imagen fuertemente existencial, pero que trasciende los límites del género, para volverse un universo de contradicciones, fracasos, búsquedas y logros que el lector –independientemente de su sexo- puede muy bien compartir y al que resulta posible acceder gracias al buen manejo de sentidos y expresiones poéticas que demuestra la autora. Es de destacar la fluidez del discurso de Cincotta, su notable capacidad para abordar lo cotidiano y lo trascendental con soltura y naturalidad, y su pericia para demostrarnos que ambas facetas de lo real forman una sola unidad, amalgamadas por la conciencia de aquel/aquella que tanto contempla e interpreta como transforma en expresión poética lo que percibe. En el contexto de la amplia variedad de estilos que componen el fuerte y nutrido aporte de los versos escritos por mujeres a la poesía argentina, la voz de Elisabet Cincotta es una muy interesante posibilidad para los lectores del género.


Así escribe Elisabet Cincotta

VI

Jazmines sin tumba, mariposas sin horizonte, corazón que llora, cuerpo en algún mar, en alguna fosa perdida entre tanto silencio.
Madre que sufre un hijo sin retrato, golondrinas que van y vienen en el destino del canto. Memoria y más recuerdo, piel erizada, y el terror más allá del asombro.
La mujer rota cosecha flores, quejidos sin fin, sin descanso, sin caricias.


Dónde conseguirlo:
www.edicionesmuestrario.com.ar

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10 noviembre 2010

Política y Sociedad/Las conquistas ¿pueden ser derrotas?/María Pía López

Las conquistas, ¿pueden ser derrotas?

Por María Pía López*

(para La Tecl@ Eñe)

El gobierno nacional es acusado de destruir a las organizaciones de derechos humanos porque las pone en primer plano; impugnado porque minaría la potencia de la lucha encaminando la realización de los juicios; denostado porque insiste en ampliar la mirada sobre los años setenta. Paradojas de la Argentina, quizás


Un fantasma recorre la Argentina. A veces, se pavonea también por los escenarios internacionales. Es el fantasma de la corrosión del movimiento de derechos humanos, operada por saturación, exceso y primacía. La hipótesis es extraña. No por conocida, podemos eximirnos de explicitarla: los juicios a los genocidas, la conversión de las demandas de los organismos de derechos humanos en políticas de Estado, la extensión de una revisión de la complicidad civil con la más atroz dictadura; no habrían llegado para reforzar una política de justicia sino para impedirla, minando las fuerzas que hasta aquí la impulsaban.
Así, el gobierno nacional es acusado de destruir a las organizaciones porque las pone en primer plano; impugnado porque minaría la potencia de la lucha encaminando la realización de los juicios; denostado porque insiste en ampliar la mirada sobre los años setenta. Paradojas de la Argentina, quizás. O de un imaginario en el que la pureza sólo es garantizada por la prudente aceptación de un lugar asignado. Por un deber ser, en el que las organizaciones deben estar siempre protestando, siempre opositoras, renuentes al reconocimiento oficial; y el Estado debe cumplir cabalmente sus tareas represivas o por lo menos de ejercicio brusco del control así permite, sin confusiones, el despliegue de las luchas políticas. Y, si se trata de grupos templados en la denuncia de los crímenes de la dictadura, deben limitarse a perseverar en su ser sin atender a nuevos problemas o temas o causas.
Sueños de museo, más que de entusiasmos políticos. Intentos de congelar aquello que, necesariamente, es plena mutación. Y cuando aludo a esa condición transformista no es, siempre, para festejarla. Si no para señalar que su revés o su adversaria, la imaginación de lo que permanece siendo lo mismo y es sujeto a un deber ser, tiene un sustrato conservador –aunque se engalane de ropajes revolucionarios- y no poco de negación a la realidad.
Ninguna conquista es una derrota. En todo caso, es un nuevo umbral de exigencias. Que no se tratan sólo de exigencias hacia otro, sino hacia la dinámica misma de los actores, a su capacidad de encontrar entre sus fuerzas aquella que le permitiría reinventarse. Los juicios, la ampliación de la revisión de los setenta, la centralidad de las figuras surgidas en las luchas por los derechos humanos, son conquistas. Fundamentales. Algunas, sorprendentes o inesperadas. En su contorno surgen las preguntas por qué será la Argentina que se alumbra. Con qué grupos y organizaciones se constituirán nuevas demandas y desconocidas conquistas.
El gobierno actual supo barajar y dar de nuevo. Mucho se ha partido en ese juego. No sin dolor se pueden percibir esas fracturas que atraviesan a la central de trabajadores que más fuerzas destinó a la confrontación en los años del neoliberalismo. Pero también se han escindido los partidos políticos, los movimientos sociales, otras organizaciones gremiales. No queda claro que es lo que se rearma una vez que las cartas están echadas. Tampoco si lo que surge tendrá la fuerza suficiente para sostener lo creado. Lo que sí es claro, me parece, es que no hay retorno al mundo anterior a esas escisiones. Y que si no lo hay, lo que resta no es el lamento sino la pesquisa de aquello que permitiría un reagrupamiento en pos de la profundización de la democracia que transitamos. Que permitiría que las conquistas no sean sucedidas por las derrotas.
La conflictividad social es profunda y son muchos los actores involucrados. El reciente asesinato de un militante en Barracas durante una movilización es un dramático alerta: hay prácticas políticas y sindicales que evidencian su linaje mafioso. Están allí. Se realizan. Esta vez fueron al extremo: destruyeron una vida juvenil. El dolor por esa situación debe ser acompañado por la reflexión acerca de las particiones actuales y de la pregunta por qué tipo de rearticulación permitiría la preservación de los derechos democráticos y la pervivencia y profundización de un proyecto de reparación social.

María Pia López
*Socióloga y ensayista. Docente e investigadora en la Universidad de Buenos Aires.

Ensayo/Kirchner como mito político /Por Horacio González

Kirchner como mito político

Por Horacio González*


(especial para La Tecl@ Eñe)
Foto de Tito La Penna, enviada por mail a sus amigos como testimonio de un reportero que buscó una expresión especial del político en su mirada. El comentario del fotógrafo contribuye a la discusión "sobre el mito".

I

A propósito de la muerte de Néstor Kirchner, pudimos leer toda clase de opiniones, viñetas y conjeturas. Un énfasis especial surgía de numerosas reflexiones que sobrevuelan nuestro ambiente, el de la formación de un mito. Esta palabra provoca y hace temblar ligeramente las conversaciones. ¿Somos complacientes frente al mito? ¿Nos disponemos a requerirlo, a refutarlo, a hostilizarlo? Para muchos, diría que la mayoría, vivir las precondiciones y las realidades de un mito, es una forma de consuelo y un motor para la acción política. Para otros, se trata de un montaje, a la vista de todos, de un conjunto de devociones que suprimen las diferencias que existen en el vivir común y en las efectivas luchas políticas. Por lo tanto, la creación de un mito solo podría estar allí donde se sustituyen los razonamientos singulares por un arquetipo motivador pero ilusionista[1].
¿Pero qué es un mito? ¿Podemos pronunciar sin diferenciarlas las palabras mito y leyenda, aunque no nos animaríamos a hacer lo mismo con la expresión “pensamiento mágico”? Al parecer, la leyenda contiene los preparativos previos de lo que será la narración estable del mito, los presupuestos literarios de su creación. El pensamiento mágico sería apenas un caso de utilización del pensamiento argumental común, solo que con fuertes alteraciones de la relación causa-efecto y un uso volitivo extraordinario de los poderes del deseo y la imaginación.
La creación de un mito es un proceso normal del pensamiento. Sin duda, difiere la especulación civil raciocinante de los pensamientos situados en el interior de un mito. Pero entre ambas situaciones hay más bien continuidad que oposición. Así lo considera una de las más importantes escuelas de reflexión sobre el mito, que según creo, es la que se desarrolla en la sucesión genealógica de Durkheim a Mauss y de Mauss a Levi -Strauss. Verdadero secreto encerrado de la obra de estos grandes autores franceses, es la idea de que entre el mito y la ciencia, entre el mito y el arte, hay disparidades que en el fondo son indecidibles. Y por lo tanto, nunca cesa la hipótesis de que hay una extraña continuidad entre el mito y la ciencia. No empleó ninguno de estos autores la palabra “indecidible”, que es un marbete de nuestro tiempo, pero yo la uso porque siento que se adecua al tema. Son grandes las obras que menciono porque formulan problemas que no se pueden resolver en los términos en que son presentados, a pesar de que no habría otros. De ahí que el pensamiento mítico tenga vastos alcances, al punto que también se presente cuando se intenta salir de él, o por lo menos, cuando no se pude decidir si conviene o no habitar territorios concientemente denominados como mitológicos.
El mito sería toda redundancia o reincidencia inadvertida del lenguaje, en la cual se nos exime de una reflexión sobre lo novedoso del mundo, para invocarlo como un arquetipo que redimimos de su inercia con nuestra crédula manera de solicitarlo. En esta situación, no distingo entre mito, leyenda y arquetipo. Aunque son efectivamente diferentes como relatos y como acontecimientos de la conciencia, y ocupan diferentes instancias frente al relato y las actividades de la conciencia, la acción común de nuestras conversaciones los abriga por igual. Me conformo con advertir un movimiento en el mito, que lo constituye como la posibilidad de que los vivos hagan hablar a los muertos como si no hubieran muerto, y de que los objetos de la naturaleza se conviertan en símbolos de la vida. Sin duda, el derecho para hacerlo está inscripto en las religiones, la filosofía y la política. En un extremo, son las tesis milenarias sobre la transmigración de las almas, y cercanos a nosotros, los pensamientos sobre el modo en que los legados del pasado, siempre adormecidos, podrían despertar. ¿Cómo? En este caso, tanto si la voz antepasada quedase desfallecida ante el presente, como si los hombres del presente abriesen una fisura para que lo que encierra el pasado se ofrezca como “memoria de los vencidos”.
Es preciso preguntarse si hay algún pensamiento, discurso o escritura que quede exento de mito. Respondo: no. No es concebible una expresión que, como hubiera querido el iluminismo radicalizado, quede despojada de su zona nebulosa, irrevocablemente desconocida para su autor mismo. Allí donde en vez de hablar es hablado por lo que no sabe de sí mismo. ¿Y que es lo que no sabe? Lo que se habló antes, las infinitas conversaciones y palabras que se dijeron a lo largo de la historia, lo que recae en el mismo punto sobre el que se estrella la ambición de la humanidad de conocerlo todo, de ser auto-transparente. Nadie está obligado a admitir que se llega a un punto en que el pensamiento humano ya ha tropezado antes, o que ya ha transitado con mejores respuestas que las que ofrecemos nosotros. Creemos ser originales y dar “nuestro propio veredicto” sobre cuestiones ancestrales sin tener por qué saber que ya se habían transitado mejor que lo que lo hacemos nosotros o que eran directamente irresolubles. Un mito se monta sobre la inconsciencia relativa a este punto, un escollo ignorado que subsiste en nosotros sin que lo percibamos o siquiera lo consideremos presente en nuestra actividad o lenguaje.
Según este parecer, el mito es la zona ignorada de nuestro lenguaje, donde se encuentra su vacío ignorado, lo que a fuerza de estar instalado en nuestra persona hablante ya no significa sino nuestro “otro recalcado”, lo que dice sin decir, o lo que dice sin nuestra participación explícita. Es nuestra ignorada pertenencia a la comunidad milenaria de hablantes, de la que no deberíamos dar cuenta nunca, pues su alto precio es tener que callar pues todo habría sido dicho antes. ¡Y cómo admitir esta situación!
Sin embargo, hay otras formas del mito, que generalmente se ubican en un esfuerzo llamado “la construcción del mito”, como si hubiera pasos y estipulaciones necesarias para hacer de cualquier evento humano una argamasa de carácter mitológica. No hay tales metodologías porque quizás no haya ninguna autoconciencia respecto a un “recetario de mitos” verdadero, a no ser que se considere una actividad de las agencias de publicidad o del periodismo. En esos ámbitos es corriente la expresión “inventar mitos”. Si leemos el Pensamiento salvaje de Levi-Strauss, comprobamos que allí hay evidencias sobre lo ya-ahí del mito, pero no sobre su fabricación deliberada. Eso sería imposible. Simplemente los mitos ocurren, y su libre ocurrencia es su característica esencial. Sin embargo, la publicidad, la televisión en general –es decir, la maestra de las leyendas masivas-, los espíritus folletinescos que descubrieron en todos los tiempos la necesidad de recrear en la vida diaria las grandes consignas del secreto, la caída, la conspiración y los amores traicionados, nunca cesan su tarea de alimentar y alimentarse de los detritus de la historia.
Precisamente esas grandes catástrofes de la imaginación –lo que se rompe, lo que se restaura, lo que se da vuelta, lo que se metamorfosea, lo que apuñala por detrás, lo que ama con un amor loco-, son los elementos del mito. Es decir, las rupturas y derrumbes que no son pasibles de relato neutro, meramente descriptivo o exhaustivo en la consideración de sus múltiples determinaciones. O las contradicciones se estudian en el laboratorio o se intentan comprender con una soberbia paradoja: se fijan en la unidad del idioma pero hay que aceptar que resquebrajan nuestra vida. Esta es la contradicción esencial de la vida. Se intenta dar cuenta de ellas con un lenguaje que las contiene y las hace vivir en su masa despareja y continua de significados flotantes. El mito es la gran manera de tolerar las contradicciones, dejar que existan en el lenguaje sin acompañarlas hacia la ruptura final.
Esa paradoja es la tensión interna del mito. El lenguaje está a punto de desarmarse pero siempre encuentra refugio en lo-que-no-se-sabe-qué. En el elemento que hace que cosas no caigan a pesar que en la realidad pura y cruda se desbaratan y anulan. Pero el mito es la comprobación de que no hay realidad física que no reclame el universo de palabras y el régimen de símbolos articulados. En un extremo, todo lenguaje es mítico, aunque conviene llamar mito solo al procedimiento por el cual parece que hablamos de la realidad, pero en verdad hablamos del lenguaje que habla de la realidad. Si esto se verifica a través de epopeyas, simbolizaciones y relatos alegóricos, es indiferente. Lo que interesa es que un caso particular que puede considerarse como representación de un sacrificio sobrehumano (alguien inmolado a favor de los otros, es decir, de la “humanidad”) comienza a rodearse de certificaciones, parábolas, anécdotas, impregnaciones de todo tipo entre el arquetipo martirizado y la relación infinita con cada uno de los que lo conocieron y no lo valoraron lo suficiente cuando correspondía (es decir, cuando no era importante hacerlo; es el mito lo que hace importante lo que parecía irrisorio, redimiendo lo que se consideraba intrascendente).

II

Kirchner ha muerto. Sin embargo, nada de esto explica qué condiciones efectivas y vitales, realizadas alguna vez en un presente absoluto y en vida de Kirchner, son necesarias para luego desplegar la maquinaria del mito. Si el mito es el pensamiento sorprendido en un momento de pasaje entre la vida y la muerte (o entre el mundo de los vivos y el de los muertos) es necesario preguntar qué elementos de excepcionalidad son necesarios y deben ser comprobados, con algún tipo de prueba, que no provenga de un tribunal científico-racional como el que monta la Iglesia para verificar los milagros ante la inminencia de la canonización. Una prueba que no sea un mero despacho de certificados prodigiosos, consiste en la dimensión del sacrificio. Estos elementos son más convincentes cuando ocurren en la libre realidad de la vida social normal, al punto de que no son necesarios los “milagros” pero sí sus equivalentes de la teoría política, que siempre es una encubierta teología-política: las decisiones inesperadas, las irrupciones súbitas, los momentos de peligro o de lucha contra factores más poderosos, etc. En este sentido, El príncipe de Maquiavelo tiene la estructura del crimen y del milagro. Así considerado, el Príncipe es un mito soreliano porque está pensado para desatar fuerzas sociales, aglutinarlas y generar un conocimiento apto para su despliegue. En cambio, el “sacrificado” es su versión cristiana, el que encuentra la muerte en el servicio hacia los otros dejando en el camino “jirones de su vida” o encontrando una muerte repentina.
Como el mito es un proceso de canonización laico, se faculta para agregar o suplementar lo que las formas reales, efectivamente existentes, no proveían. ¿Falsifica entonces? No, el mito es la libertad legítima del agregado de lo que en vida del muerto se quería, pero era difícil hacer. Agregado que tiene poder esclarecedor y que se ejerce para revelar zonas que la vida real tenía aplacadas. El mito es la posibilidad de franquear lo que yacía o era necesario percibir en tal o cual momento. Dos ejemplos en torno a lo que se habla: la televisión, mostró imágenes de Néstor Kirchner leyendo un fragmento poético titulado Quisiera que me recuerden. Se trataba de una cartilla moral del hombre que pide indulgencia por sus acciones pero se proclama íntegro, actor de valores de justicia y amistad. Fue leída en una Feria del libro y era un poema de un joven desaparecido, Joaquín Enrique Areta. Tal como se habían elaborado las imágenes públicas, parecían palabras, declaraciones o convicciones del propio Kirchner. No que no las tuviera (precisamente las tenía) ni que se quisiera atribuirle lo que no había escrito, sino que se actuaba en nombre del procedimiento mítico. Un presente absoluto hace ingresar como pertenecientes a él palabras que tenían otro pasado y autoría.
Es decir, sin dejar de citar al verdadero autor del poema, al hacerse el montaje entre quién las leía y el texto ajeno, se producía una fusión de propiedad e identificación. Estábamos entonces recordando a Kirchner que a su vez nos decía que quería ser recordado como un hombre probo, o en su defecto, prefería ser olvidado (tal como decía el poema, pero dándosele ahora dramatismo singular a su propia muerte). La amalgama del poema de ese poeta desaparecido con la figura del político llorado, producida al modo de las construcciones de imágenes de la televisión, era uno de los grandes logros del pensamiento mítico, con las simples y conocidas armas de la tecnología contemporánea de la elaboración de imágenes-sentimiento. Un tipo de justicia mediática, tan complicada que suele ser.

Fotograma de La Patagonia rebelde, consustancación legendaria de una imagen cinematográfica con una vida política.

Otro ejemplo lo proporciona la película La Patagonia rebelde, en la que el joven Kirchner figura como extra y canta el himno anarquista “Hijos del pueblo”[2]. Efectivamente, es una película. Es la tecnología del cine, que arma encuadres ficcionales, que se basa en la actuación y en la invención de escenas que forjan la necesaria ilusión de lo real. Verlo ahora genera un extraño sentimiento. La escena está lograda y en ella se hallan conocidos actores del cine argentino. Los breves segundos en los que actúa el joven Néstor Kirchner representando un miembro de las bases sindicales del anarquismo patagónico contienen una emoción atemporal de gran interés y aquí también parece absorber –como político de una de las fuerzas clásicas de la política argentina, a la que sometió a toda clase de cimbreos-, las connotaciones libertarias de los personajes de Bayer. Así parece entenderlo el blog “anarkoperonista” que lo difunde. Otro paso, pues, hacia el mito Kirchner. Se trata de la posibilidad que tiene una imagen actuada de fusionarse con la persona que la sostiene. Es que hay una misteriosa aureola mística en toda imagen.
El mito corresponde en este caso a la posibilidad ideal de que la figura muerta, que ya venía actuando de manera entrecortada, en simultáneas direcciones no siempre compatibles y con un llamativo pasionalismo, cumpla con una multiplicidad de acciones que eran “fantasmagóricas” aunque ahora parece consustanciadas con su vida real. Esta consubstanciación, elemento religioso por excelencia, es parte de la plasticidad de los mitos para asociar en un único cuerpo señalado lo real y lo espectral.
Sin embargo, con lo interesante que resulta ver el modo en que flota el mito (y el concepto de mito en el lenguaje habitual), surge de inmediato la profunda disconformidad por esa realidad que parece inquietante. La misma existencia del mito se presenta siempre como propiciatoria y amenazadora a la vez. De ahí la vigencia en nuestro lenguaje de una acusación habitual a quién se apartaría de las lógicas efectivas del mundo (“¡no mitifiquemos!”), como el oscuro respeto hacia estas formaciones del espíritu que siempre quieren prologar en una visión metafórica –o en la metáfora de una visión-, el resultado final al que nos arroja la muerte. La Presidenta, en un discurso, dijo ver caminar a Kirchner entre los asistentes a un acto[3], y ésa es la forma apreciable de una poética que siempre nos alberga en el momento de enfrentarnos con el enigma de la muerte. Macedonio Fernández, gran pensador de estos temas, en su emotivo escrito “La imposibilidad de creer”, reflexiona sobre la injusticia de que no puedan decirse las últimas palabras luego que ocurre un deceso. Más si es por accidente o cualquier otro evento inesperado, la filosofía señalaría la “imposibilidad de creer” que no hubiera un lapso adicional, un tiempo agregado en el que se pudiera ejercer la reparación o la confesión que fuera necesaria para que una ausencia no dejara una marca de incompletud trágica.
Antes de la muerte de Kirchner la publicidad política que lo rodeaba no había pasado por alto la figura del Eternauta. En un acto de la juventud que lo apoyaba, Kirchner parecía en un afiche enfundado en las ropas del Eternauta, según el clásico dibujo de Solano López. Luego de su repentino fallecimiento, se insistió en el tema, y esa misma figura del “kirchnernauta” sirvió para realzar la fusión entre el político desaparecido y el emblema mayor de la historieta épica argentina, que combina la ternura del tiempo cíclico con la desamparada figura de héroes involuntarios, que transformaban su vida diaria con un pasaje abrupto al carisma de salvación, encarnado en un puñado de elegidos. Podrá decirse que la sociedad comunicacional, el estado de los recursos de diseño, la fusión permanente entre el comic, los ámbitos de la estética pop y la difusión de los íconos políticos (comenzado por la propia idea de ícono), habilitan estas conjunciones salidas de agencias ligadas a la praxis simbólica que apela a los vastos públicos. Pueden ser operadas por grupos juveniles partidarios que conviven cotidianamente con culturas musicales que anteriormente no penetraban más allá de un primer estrato de compromisos militantes y hoy son generalizadas y generalizables.
El Kirchnernauta, fusión entre la figura de Kirchner y la del Eternauta, collage que surge del interior del pensamiento mitopoético y de la industria cultural.

El sentimiento de ausencia que provoca una muerte no es resoluble con la creación de ningún sustituto ni equivalente real. No hay tampoco actos gemelos de reparación, como si ocurriese en otro tiempo de salvación lo que en un mundo paralelo real ha sucumbido. Eso que implicaría volver la cuerda de la vida hacia atrás. Pero lo que hay, en la sabiduría de los viejos cultos, cualquiera sea su carácter y hondura, son sustituciones devocionales y angustiosas reparaciones que ofrecen refugio a la desesperación, generalmente a través de creencias, muchas veces bellas en su inocencia y letanía, que van desde la voluntad de proclamar que el muerto sigue vivo hasta decir que se halla en un estado de desencarnamiento paradisíaco. Cultos laicos, espiritualistas, estatales, oratorias fúnebres, iconografías de beatificación, recordatorios basados en retóricas de herencia y sucesión, etc., son proyectos para ocupar el vacío con elementos de igual significación que cubran exactamente la tarea o el compromiso que quedó vacante. Dicho de este modo, fuera de la estructura mítica del consuelo, tal cosa no es posible. La muerte de Kirchner fue una sorpresa que conmocionó a un país y un día feriado corrió como un destello de angustias desbocados en esa maraña de intervínculos desparejos que es una nación. De ese vacío que se abre, surgen los flujos de indemnización que cada grupo social debe asumir o proyecta recibir con su propia acción.


III

No dejó Kirchner grandes discursos, aunque muchas de sus frases puedan celebrarse como verdaderos hallazgos, las metáforas más contundentes que se hayan pronunciado en una época turbada[4]. No tuvo tampoco una trayectoria amasada en años de un trabajo que fuera homogéneo. Lo que fue, lo fue intenso y entrecortado. Sometido a constantes golpes de fortuna. Sin que una voluntad política haya dejado de actuar empeñosamente, uniendo provisoriamente, post festum, piezas dispersas, desiguales y extraordinarias. Lanzado reacciones de último momento a situaciones de asfixia que a la postre resultaban en hechos significativos. O bien tomando decisiones de gran efecto que podrían figurar en un programa social avanzado de cualquier partido del siglo XX, pero que en una sociedad que muchas veces goza oscureciendo su juicio más atinado, para un sector profesionalmente desconfiado y encarnizado de la población pasaban como pequeñas maniobras o astucias de readecuación.
Es así que el día del Censo moría un hombre que era producto del modo virulento en que se expresaron los rumbos colectivos del país. Eso lo había comprendido, como todos, cuando inició su militancia en la Universidad de la Plata hacia comienzos de los 70. Pero también era alguien que posteriormente había elegido un marco partidario evidente para desarrollar su vocación aunque tenía una fuerte noción de las fronteras (los límites partidarios y todos los demás) que había que atravesar. Más bien, según nuestro parecer, esperaba el momento de hacerlo, sin que ese propósito se hubiera forjado explícitamente en su espíritu, a pesar de que fuertemente lo intuía. No obstante, luego de su muerte, la materia que existía para la canonización laica –más allá del modo en que los pensamientos políticos evalúan sus preferencias presentes- era la de lo inesperado y excepcional que había en su irrupción. Incluso, la idea de irrupción, contraria a los largos caminos que amasan la preparación y la paciente lucidez de una espera, era lo que se ponía en el centro de la atención pública.
Quizás lo que ofrece la existencia política de Kirchner es la noción de extrema fragilidad de las cosas (la vida, lo político, las trayectorias colectivas) como elemento profundo de todo pensamiento histórico. Muerte y vida aparecen no como momento demoradamente enlazados en una continuidad previsible sino como una sucesión de cortes y mandobles del destino. No que se lo haya dicho así por parte de propio interesado. El lenguaje del “destino”, habitual en Perón, no era el de Kirchner. Si bien llegó inopinadamente, a contrapelo de sus propios cálculos –haber, los había[5]-, traía algunas certezas y procedimientos extraídos de los silabarios peronistas. Su estilo desgonzado estaba en su fraseo, que tenía un tono oculto de no se sabe que trágico sino, pero con superficies reconocidamente argentinas, esa esgrima que afecta candor para cuestionar a los adversarios que exponen sus ardides frente a un inocente.
La crítica al “neoliberalismo”, a modo de cierre del ciclo anterior, la restitución de las facultades de la intervención pública o estatal sobreponiéndola a la lógica de la economía globalizada, la invitación a los movimientos sociales para ingresar a los pliegues del estado, haciendo que éste tome aspectos de “estado social”, etc., produjo un sinfín de medidas laterales que tenían el sentido de recuperar el nivel de actividad productiva tanto como la identidad laboral degradada. Al principio, encaró esas tareas dejando que flotase en la consideración pública la idea de un frente social ampliado, de cuño nacional-popular, aunque luego tanto el partido justicialista como la CGT aparecieron como los sostenes básicos del gobierno, lo que no implicaba ceder las piezas centrales del empeño originario (se continuaba actuando sin el lenguaje justicialista tradicional, se redoblaba el juicio a los represores y se marchaba hacia la Unasur), aunque sí desmontar las expectativas de un frentismo más extenso y a la vez incisivo, y las insinuadas posibilidades de reconocimiento de las experiencias sindicales alternativas.
Podríamos contar esta historia sin el auxilio de lo que toda sociedad produce como trabajo simbólico, esto es, desde las fuentes y despliegues de su leyenda social, su folletín interior, lo que a veces llamamos mito, pero lo cierto es que todo lo que hace al kirchnerismo, inclusive a la difusión de este nombre como una corriente de opinión, se refiere a una actividad política repleta de iniciativas, donde abundan las acciones de las llamadas “pragmáticas”, y principalmente referidas a una cuestión que cuesta identificar cabalmente pero es crucial. Y es ésta: la cuestión del peronismo. Este nombre, peronismo, como es sabido, alude a posibilidades y a obstáculos, en la misma proporción, y según los tiempos, predominado uno u otro de estos conceptos. El kirchnerismo surge dentro del peronismo no como operador ortodoxo y custodio de sus fronteras lingüísticas, de sus procedimientos y rituales. Era notorio, en cambio, un impulso centrífugo de carácter frentista que tornaba al peronismo una memoria activa –eso sí-, pero tendía a convertir a su aparato político central en un instrumento inerte, al que era mejor ver aplacado que activo.
Con el tiempo surgió la idea de que al “escollo-posibilidad” justicialista había que mantenerla dominada antes que en actitud dominante, para lo cual tanto la aceptación de los rituales y liturgias, como la asunción de su presidencia, era un gesto que parecía necesario para ejercer el control de esa maquinaria ruda e inexorable, exponiéndose a su vez a ser regulado por ella. Superando ese incordio de las expresiones partidarias, ya calcificadas pero con raíces en una infinita trama social de favores y subsidios, de dones de beneficios y sutiles vasallajes, hay una argamasa de sentimentalidades como la que caracteriza cualquier memoria nacional, tal como es puesta por el lenguaje colectivo que expresa el horizonte de excitaciones y pasionalismos de la época. El peronismo lo es. Hay para eso códigos, envíos y vigilancias de la lengua. No sólo la televisión y les medios masivos, sino los oficiantes natos de esta escuela del altar social en que se consagran las flemas amorosas más visibles de una sociedad, en sus versiones domésticas o politizables, son los que en un momento dado cincelan el llanto o la angustia que emana de la existencia social común. Últimamente, y no sólo en el arte de Santero, el peronismo aparece como la posibilidad grata para la pintura y la poesía de extraer alegorías que reinan ocultamente en el lenguaje y lo irradian de letanías soprendentes.[6]
Periodistas con firma propia, ligados o no a políticas empresariales visibles, deportistas convertidos en modelos de usos y costumbres, actores con fuerte reconocimiento, lo que la crónica barata, irónica o no, llama celebrities (esto es, ciertos prestigios creados por quienes después se arrogan derechos manipulatorios), son operadores de simbologías que ahora es imposible escindir de los espacios de la gran conversación mediática, sobre todo política, con sus héroes y sus villanos, sus polos de atracción mutua y sus rechazos acomodaticios. Esto siempre arrastra una cuota vital aunque adormecida de memoria popular reivindicativa, subterráneamente ligada a grandes ansiedades dirigidas a lo que fue prorrogado injustamente por la historia, aquello que se mantiene vivo como secreta utopía de las sociedades humanas.
Kirchner se encontró con esas dos cosas sin diferenciarlas demasiado: los arquetipos colectivos que organizan el folletín popular y las memorias políticas que arrastran su ansiedad, su impaciencia por la justicia postergada. Hizo pactos con ambas sentimentalidades. En su último tramo parecía reconciliado con los íconos mayores del peronismo, sus emblemas ya fijados y sus himnos inexcusables. Sobre los arquetipos mediáticos, se puede decir que tuvo diversas fórmulas de relación. Menem los asumió como algo natural e indiscutible y se mimetizó con ellos. Tenían el mismo estilo. De la Rúa pertenecía a una inflexión aúlica, infatuada y de una prefabricada solemnidad. Era heterogéneo a las lenguas mediáticas dedicadas al examen de la vida política en general desenfadado, muchas veces cruel y en general al servicio de intereses empresariales. Chocó con ellos “por derecha”. En cambio Kirchner los interpeló con un lenguaje coloquial, de fresca gracia deshilvanada, dejando que resbalen sobre sus hombros los estilos percutientes de la televisión y rechazándolos como si le pegara a una pelota que le cae displicentemente al delantero patadura, que termina embocándola emboca bien. Estilo tan sobrador y canchero como el que reina en el ejercicio habitual de la televisión, y cuando se peleó con ellos fue por razones profundas –obviamente: todo lo que implicaba la ley de medios-, por lo que las llamadas “divas” –máximas organizadoras de la militancia central de la chabacanería postideológica al servicio de las más oscuras formas de servidumbre del mercado-, por primera vez en la historia de las relaciones entre la televisión y la política, intentaron volcar arteramente a los consumidores de esos pobres consuelos en contra de Kirchner y de la presidenta.
Decimos esto porque parece indispensable que un proceso de índole popular pueda medirse y a la vez juzgarse –con críticas atinadas cuando corresponda-, desde adentro de la fuerza sustantiva de la vida popular, desde adentro de sus pensamientos y simbologías más perdurables referidas a la dramaturgia social que se expresa en ellas. No se sabía entretanto cómo iba a reaccionar una porción del pueblo y de la juventud, sector activo del pueblo, ante el fallecimiento de Kirchner. Lo que se vio permitió comprobar una vez más que persisten los vocablos imantados del peronismo en su forma de sacrificio, reparación y lamento. Que la voz popular tiene la sorprendente cualidad de extraer motivos de inspiración de la vastedad de las ideas religiosas, iconográficas y profanas de la historia mundial en su carne viva. Y que nunca es posible pensar una época considerando apenas sus formas culturales depuradas o permanentes, ignorando las corrientes inherentes al pensamiento popular. Sea lo atinente a la fiesta, al carnaval, a las ceremonias fúnebres, al llanto colectivo o a las poéticas egregias o rústicas que acompañan la muerte del hombre de poder. En este laberinto de efusiones, predominan las misceláneas que llevan a la carnavalización del luto o a las tragedias con escenografías populares, como romerías y ofertorios en los que culmina un pleno barroquismo social, ante la muerte de un hombre situado en el centro de las pasiones públicas.
Ferdinand Braudel, en su formidable clásico sobre el Mediterráneo y Felipe II, indica que la muerte del rey, tan importante para sus contemporáneos, la narraría al final en su libro, pues lo que le interesa son las corrientes prácticas y mentales de la “civilización material” de la época. Para nosotros, la muerte de Kirchner no puede ponerse al final de una época, subordinada a los procesos colectivos de la cultura. Por el cotnrario, “parte el corazón de una época” con su implacable contemporanidad[7]. Implica el encuentro con la sensibilidad social definida por corrientes emocionales provenientes de las luchas sociales –cuestión en la que la corriente nacional y popular es fértil-, y las existentes en el pliegue interno de la sociedad, referidas a las raíces conmocionales que yacen en la vida y el lenguaje llano, en la “cosmovisión popular”. No se acabó, quizás, la era gramsciana de la política, ahora con los ingredientes tecnológicos que proponen los medios masivos, la industria cultural y el arte en todas variantes –desde el pop hasta las criptografías de vanguardia- que se apoderan del lenguaje de las emociones sociales pasadas, para estilizarlo o alegorizarlo, dándole a veces un condimento de palabras deleuzianas perdidas en nuestro vocabulario[8].
No es concebible el kirchnerismo sin el sustrato peronista, pero éste ya es una armazón partidaria burocratizada, que posee la guarda de una mística pasada, un tejido de implicaciones ligadas a un lenguaje heredado cuyo actor esencial era su propio creador, que según le pareciera, revivía partes ocasionales de una vasta trama de vocablos y expresiones facultadas por él mismo. Pero ahora el kirchnerismo –identidad que no sabemos cómo protagonizará los próximos tramos de la política nacional-, resultó mucho más un analizador novedoso del fundamento primigenio que una confirmación ritualizada del legado, por lo que tenía condiciones de renovar los conglomerados gobernantes de ese signo. La cuestión es crucial porque hasta ahora el kirchnerismo es solo una “anomalía”[9] y no es una articulación de definiciones permanente. Como rareza conceptual es que tiene vigencia.
Por lo tanto, el kirchnerismo podrá ver al peronismo como un venero que suministra memorias, ejemplos, motivos de reflexión sobre un pasado vivo y que aún es necesario rescatar de los automatismos lingüísticos o de la administración del olvido. Esta situación no puede dejar de ser un llamado a otro plano conceptual de la política argentina, pero percibe que el trasfondo de esta posibilidad es el sostén que obtiene de la estratificación histórica del peronismo como hecho dado, tal como lo actúan los operadores generales de la identidad, generalmente interpretada, ahora, no tanto como una doctrina viviente, sino como algo más, palabras ya encerradas en estuches de un culto, pero una forma del “carácter nacional”. En suma, no como un cuerpo viviente de ideas tan solo, sino como una antropología trascendental, expandida como ilusión generalizadora a todos los rituales de convivencia, lenguaje e intercambios de una nación en su intimidad diaria, desde lo amoroso a lo procaz. No sería sostenible, desde luego, un pensamiento de este cariz, que subsume lo público en lo íntimo arrasador. Lo que en la obra de artistas como Daniel Santoro significa una reflexión sobre el modo en que la historia acumula sus propios arquetipos, no puede ser una carta de intenciones actuales de la política, pues la cerraría en un culto hierático. Esta es una disyuntiva fundamental a la que se enfrentarán ahora mismo los que acepten la denominación de kirchneristas.
Extrañamente, Kirchner había establecido una jefatura democrática muy personalizada, basada en partes enteras de una concepción en extremo realista de las fuerzas políticas junto a una mística social cuyo respaldo era un patriotismo constitucional y una emocionalidad decisionista que buscaba un punto de estabilización, entre la mística laica de un reformista práctico y un asambleísta juvenil de las viejas epopeyas. Se lo acusaba de hacer negocios durante su presidencia o de impostar perversamente su rol en la recreación de los derechos humanos, pero todo eso provenía de su concepción del mando, extraída totalmente de los pliegues cotidianos de la Argentina en pedazos. Profunda convicción en cuanto a la reforma social (ni más ni menos que ese reformismo cuyos frutos están a la vista y a la discusión de todos, de los que se sienten en peligro por ello y de los que los sienten insuficientes) y acciones de un practicismo del hombre preparado para captar oportunidades y actuar en el mundo de los patrimonios políticos con vocación empírica. Fue, pues, empirista y utopista a la vez. Las precondiciones para la leyenda (o el mito, o la mística post mortem), están allí, en esa totalidad contradictoria, y no lo estarían en cada uno de esos elementos aislados.
En la conciencia afligida de quines los lloraron, miles y miles de jóvenes, militantes y personas desvalidas en lenta marcha, se alojaba el mito de la muerte fecundante, rara paradoja esencial en las sociedades y de naturaleza inexplicable, pues se debe lamentar un deceso del hombre público, que a la luz y en los gabinetes, mantenía hilos con la dinámica nacional en su conjunto, pero a un tiempo aparece liberada una zona de pesadumbre generalizada destinada ahora a ser una plataforma nueva para la acción y la conmemoración del fallecido. Kirchner acataba las raíces remotas del mito, que son las del sacrificio de los justos, con una vida que no es la de los santos. Las hagiografías no dan mitos sino leyendas doradas. Los mitos son pasajes por la ambigüedad del vivir, a la que enhebran salvadoramente. Estos son los ramilletes de sentimentalidad que, dentro y fuera del peronismo, se giraron alrededor de un huso que los hiló sorprendentemente. Ocurrió pocas veces en la historia del país y es la primera vez que ocurría con un militante juvenil del montón, de esos idus del 73. ¿Por qué quejarse de que su velatorio fue un espectáculo donde las imágenes hicieron a la vez de discurso político, de discurso amoroso y sentimental?[10]


IV

Esas sentimentalidades, fundadas en creencias milenarias, hacen de la muerte realmente acontecida una invitación a negar lo ineluctable. La idea de eternidad surge para conjurar así lo que sabemos irreparable. Una muerte siempre deja un sentimiento ineluctable y un deseo de resurrección que se plasma en una negación lírica: lo muerto, vive. Y entonces aparece el impulso –que puede ser mítica o literariamente tratado- que nos propone ver al muerto “caminando con nosotros”, en su última tarea de sostén y consuelo a cargo del que sostendría sobre sus hombros la mayor desgracia. Esta frase pertenece a un ejercicio inmemorial de las poéticas que intentan sustituir en la conciencia la imposibilidad de volver hacia atrás los instantes irreparables. Paradoja evidente, aliento secreto del mito: el que consuela es el que cargó en su existencia con el daño mayor. Consideramos que éstos son también los elementos inevitables de la preparación y expresión del mito, que ni pueden dejar de interesar por que al cabo son los cimientos invisibles del lenguaje político, así como suelen ser reprobados por los temperamentos antimitológicos, que señalan una y otra vez que los mitos sólo consiguen sustituir la reflexión autónoma y alejar el momento de emancipación de las conciencias. Antiquísimo debate entre iluministas y románticos, que siempre vuelve aunque es evidente que así como se presenta, está considerablemente mal planteado.
No es difícil imaginar que la discusión de cuño intelectual más profunda del país es cómo nos situamos frente a la eventualidad del mito. No hay solamente dos partidos, el de los “mitológicos” y el de los “laicos”, sino que siempre se presentan distintas formas de distancia frente a la irradiación que surge del corazón del mito. No se trata de vivir dentro del mito o denunciarlo desde una exterioridad desacralizada, sino de ejercer constantemente la tarea del intérprete, pero no de cualquier interprete, sino la de quién interpreta al mismo tiempo que se yuxtapone con algunas de las partes ya tomadas por el mito. ¿Por qué sería así? Porque por un lado, nunca sabemos exactamente si estamos dentro del mito (ya la filosofía del siglo veinte denunció “el mito de la razón iluminista”, la que forja mitos diciendo que los quiere superar), y por otro lado, porque la tarea del pensar y la existencia misma, no es otra cosa que una larga reflexión sobre los mismos temas recurrentes de la historia y de la vida. El mito es precisamente lo que invita a tomar en libertad una interpretación posible de un conjunto de grandes paneles ya declarados por el arte, la religión o la ciencia, y hacer de ellos un lenguaje personal. Ese lenguaje es la marca subjetiva de libertad que el mito permite, pues es sobre él y contra él que se ejerce la novedad de los pensamientos singulares. Todo mito espera su refutación y se lanza luego, si puede, a capturarla con sus malas o buenas artes, para no dejar nuevamente nada afuera.
Desde luego, los mitos políticos son un caso especial pero no diferente del estilo mitológico general. Las grandes discusiones del siglo XX (entre Sartre y Levi-Strauss, por ejemplo) se dieron en torno a los mitos políticos. O mejor dicho, así el sujeto supone saber o no saber sobre los tipos diferentes de relación que entabla con el mito. En muestro país, basta que aproximemos mito, leyenda y relato en general –como nunca se deja de hacer, más allá de las conceptualizaciones más estrictas-, para percibir al peronismo como una fuente permanente de mitologías políticas. Nadie, nunca, podrá negar que la política tiene una primer capa de significados totalmente secularizada. En ella vivimos y nos movemos. Pero para que esto sea así, es necesario que esa secularización lo sea en contra o en el interior de “algo”. Las épocas de secularización del mito, entre nosotros, fueron sin duda las de los años 70, donde la especulación política transitaba el tema del “fin del mito Perón”. Muchos suponían que en contacto con la realidad histórica contingente y movediza, el aspecto oracular que tenía dicho mito podía disolverse. Partidarios y enemigos de Perón así lo concibieron, aunque esto no se verificara en la praxis histórica de ese modo, sino más bien del modo en que lo había previsto John William Cooke, con un “Perón” más cerca de las tesis sobre el mito de raigambre sorelianas y por lo tanto, mariateguianas. Esto es, del “marxismo latinoamericano”.
Las obras artísticas de Leonardo Favio, Daniel Santoro, Pino Solanas y otros destacados artistas vinculados a las memorias sociales y políticas argentinas, se encuentran dentro del “mito peronista”, aunque de modo diferente. Parcialmente, incluyo en esto a Leónidas Lamborghini, y remotamente, a su hermano Osvaldo. Favio cristianizando el mito en una lucha entre el bien y el mal, Santoro alegorizándolo con impulsos esotéricos y Solanas, dejándolo en el borde de una épica colectiva que cumpla con la frase “el único heredero es el pueblo”. En los últimos tiempos, el trabajo humorístico de Diego Capusotto da un Perón que emerge del montaje que permiten las tecnologías de las islas de edición, reconstituido a través de un choque de non-sense con lenguajes que le eran heterogéneos, como el del rock. Con Kirchner es diferente porque no existe el elemento de la caída y la reconstitución, el despojo y la vuelta (con el añadido de la muerte en medio de una crisis irresoluble de las interpretaciones en torno a su figura). Pero hay evidencias en toda la trayectoria de Kirchner que son inusuales: su estilo político era el de un actor político que manejaba recursos tradicionales de la operación política, pero toda su actuación revelaba excedentes de todo tipo. Enumeramos: informalidad extrema, escape a los parámetros y reglas, sentimiento de que todo podía ocurrir, decisión en momentos agónicos, formas centralizadas de gestión de una urdimbre compleja, donde los márgenes eran estimulados permanentemente, la mayoría de las veces en forma implícita, lo que –dígase- originaría el retiro de algunos sectores que cuestionaban que finalmente recalara en una centralidad donde figuraba muy especialmente el partido justicialista.
Estos “excedentes” hacían a la fragilidad y al interés de la situación. Revelaban lo que en el fondo toda historia es. Un conjunto de hechos que se entrelazan de manera heterogénea e imprevisible, a los que el pensamiento político lucha por darle un disciplinamiento, colocarlo en categorías y conceptos. El “mito Kirchner” se ve favorecido por el hecho de que su trayectoria representa la vívida condensación de esos elementos: azar, precariedad y fatalidad del vivir. Curiosamente, todo se realizaba sobre el trasfondo del peronismo, que contiene todos esos elementos para estabilizarlos en un tipo de experiencia que parece no permitir ninguna excepcionalidad remanente. Kirchner buscó trascender al peronismo y luego se reintegró a su seno. El peronismo aceptó el reintegro pero nunca quedó convencido de ese gesto adaptativo. Pero, para escribir estas frases sería necesario considerar al peronismo una unidad ya construída de la existencia política. Ninguna, de hecho, lo es. Si no, no hubiera surgido Kirchner en una de esas fisuras que una sociedad raramente produce y que el peronismo mismo se propone siempre suturar, a contrapelo de la forma que adquiriera su propia irrupción. Lo indudable es que el peronismo, además de una memoria viviente de la sociedad argentina en diversos estadios de su vida reivindicativa, compone instituciones políticas calcificadas. ¿Algo más? Sí, ahora compone las partes de un vademécum que parecería albergarse en un recetario del “carácter nacional” en lo que hace al ejercicio de la política. Por ejemplo: el olfato por el poder, el calor estatal, el control territorial, la petrificación de liturgias, las incitaciones hegemónicas, los vocabularios predigeridos, todo lo cual es suficientemente criticado por la tradición liberal-republicana, lo que no debe hacernos inmunes a la consideración profunda y reflexiva de estos señalamientos bien conocidos.
Kirchner enfrentó este problema y llegó a conclusiones que no tuvo tiempo de refinar y dotar de un lenguaje público más resguardado. A borbotones, eran perceptibles sus necesidades de respuesta inmediata ante el acoso al que era sometido. De los miembros de la clase política profesional, fue quién más profundamente tocó la urdimbre de graves problemas de época (deshilachamiento social, despojo del Estado, retorno al latinoamericanismo popular) y el que generó ráfagas de signos y símbolos para dirigirse a una sociedad erosionada, antes que programas fundamentados y duraderos. Su estilo no era ideológico, no cultivaba pedagogías especiales, y si algo podría atribuírsele a su propia reflexión sobre lo que habitualmente se llama la “imagen”, es que gozaba burlonamente de ciertos descolocamientos respecto al fundamento ceremonial de las tareas del Jefe de Estado (jugar con bastón presidencial, usar ciertas vestimentas con un tilde de descuido o simplicidad rústica, firmar documentos con lapiceras descartables de plástico). Compuso la figura del “hombre corriente” y también la del que solicitaba sostenes y ayudas con un énfasis entre implorante y urgente, entre asombrado y agónico. Basta recordar el modo en que acentuaba los finales de cada uno de sus fraseos. Había en esas culminaciones un grano de angustia, que medía cuál era la dimensión del reclamo de acompañamiento respecto a lo tacaña que era la realidad que debía proveerlo. Esa brecha, desde luego, es condicente con el ser político.
Pero Kirchner la actuaba a partir de una fragilidad que emanaba de toda su figura, incluso cuando asumía un aire de fatigado predicador, según decía, dispuesto a “poner la otra mejilla”. Frágil fue, pero los que no lo querían le atribuían capacidades dañosas, furias y caprichos. Y lo frágil iba parejo a un halo de improvisación en la sobreabundancia de temas (los “demasiados frentes abiertos”) que hacía descansar el arácnido tejido de la política argentina, por lo menos la oficial, en un solo huso o vector que parecían girar –según lo veían quienes se le oponían- como una “rueda loca”. El contraste entre organismos que parecían contenerlo todo aunque eran potencialmente quebrantables y el grado de condensación de la decisión en una persona, componía un paisaje complejo.
A los hombres les gusta pertenecer a maquinarias complejas cuya comprensión de sí mismas no puede abordarse con excesivas facilidades. Kirchner inventó una de esas maquinarias que progresivamente fue concentrando la decisión, en una situación original que la oposición se dedicó a cuestionar por su “escaso republicanismo” pero que significaba una división del trabajo entre las tareas del gobierno y las necesidades de construir el frente social amplio (cuyo nombre no se atinaba a pronunciar concretamente) de apoyo político al gobierno. La cuestión del partido justicialista es aquí que se halla enclavada, y de un modo no menos que problemático.
Una acusación habitual surgida de las filas de la oposición cultural e intelectual a Kirchner solía mencionar el hecho de que el ex presidente y la actual presidenta se habían inventado un pasado inexistente a fin de aparecer como campeones de los derechos humanos, cuestión que anteriormente no parecía figurar entre sus compromisos primigenios. Sin embargo, por un lado esas notas estaban como si dijéremos dormidas en la conciencia de quien se hallaba en medio de una carrera política conforme los modos habituales de esa ocupación, y por otro lado, su irrupción en el gobierno central de la nación había sido efectivamente un acontecimiento no “inventado” sino más bien una recreación súbita de un tema subterráneo de la conciencia colectiva, que surge en los momentos de quiebre de la institucionalidad falsa o de los simulacros institucionales que todos denuncian pero son difíciles de superar. Kirchner fue vástago de esa subitaneidad y quedó en estado de disponibilidad hacia ella, desprendido entonces de partes enteras de su carrera política, tal como la había encarado hasta allí, aunque haberla realizado era precondición de esa combustión nueva que lo afectaba. Son éstos también elementos del mito: la fragilidad de la situación personal, lo inesperado de la actuación que emergía, la recomposición autobiográfica.
Desde luego, el mito siempre es renuente a la interpretación histórico-social. Cuando ésta ocurre –y es sabido que la historia practicada como conocimiento de la praxis colectiva aparenta ser enemiga del mito-, las figuras individuales tanto como las explicaciones “destinales” ceden paso a las fuerzas sociales e institucionales, a los procesos culturales y las simbolizaciones visibles o invisibles, todo en ciclos temporales más vastos que los que aluden al plano encantado de la irrupción de un “ahora”, a la ya trillada manera benjaminiana.
Es que Kirchner era como el solicitante descolocado del famoso poema nacional, sus gestos de alto porte y sus estilos políticos de naturaleza tradicional y practicista lo hacían un personaje de cruces evidentes, entre la paciente espera en el interior de un mundo político carcomido y su resurgir hablándole a los ríos profundos de la historia nacional, con palabras que tenían muchas veces la contextura de un clishé y la fuerza sorprendente de un inesperado tumulto.

*Sociólogo, Docente Universitario, Ensayista y Director de la Biblioteca Nacional

Notas

[1] Hace tiempo, la cuestión el poder irradiante del mito sobre la vida política, ocupa un lugar importante pero tácito en nuestros debates. La muerte de Kirchner lo ha actualizado, como lo demuestran los numerosos escritos que aparecen en la prensa diaria. No me referiré a todos, pero tendré en cuenta a todos los que tuvimos oportunidad de leer.
[2] Esta escena fue difundida en Internet por un sitio llamado “anarkoperonista”. Osvaldo Bayer, sobre cuyo libro se realizó el film de Olivera, se refirió numerosas veces a las circunstancias de su filmación y la actitud que tomó Perón ante su proyección. También se refirió a la memoria que guardaba el joven Kirchner de su participación en el film como parte del grupo de anarquistas, lo que lo llevó, apenas asumido en la presidencia, a invitar a un diálogo al propio Bayer.
[3] En la interpretación del diario Clarín, citando a un profesor invitado a su maestría, Jon Lee Anderson, que menciona las frases de Cristina Kirchner, “El está caminando entre nosotros”, como una elusión del nombre, paso hacia una sacralización de su figura. Sin andarse con chiquitas, el profesor indica que esto abre la puerta a un extremo pasionalismo, “como en Irak”, lo que es citado con aprobación en el artículo de Ricardo Kirchbaum.
[4] Su frase “somos hijos de las Madres de Plaza de Mayo” tuvo una resonancia fundamental. Definió los contornos de una época y anexaba a su propia figura a una realidad legendaria pero actuante en las formas más actuales de la política nacional.
[5] Véase la nota que Miguel Bonasso publicó en La Nación, luego de la muerte de Kirchner.
[6] En la revista Pampa, entre los importantes materiales que contiene su número 6, encontramos un artículo de Santiago Llach donde revisa poesías de Gradin, Blatt, Machín, Jaramillo, Godoy, etc., en las que se entremezcla la industria cultural, el spam peronista, la apología del lo más recóndito del habla real, el espumarajo de ludibrio del vivir nomás y lo que llama “lectura electrónica”. Dicho de otro modo, como herencia de Lamborghini y Perlongher, una antropología lingüística final como mortaja del peronismo. Que lo “revive”. Si este no es el mito, el mito dónde está.
[7] Por más que transcurridos los tiempos correspondientes, puedan decirse otras palabras y este hecho intercalarse en otros tramos de la historia común.
[8] Tal es lo que creo de la gran tarea que está realizando la revista Pampa, antes mencionada.
[9] Tomo la expresión de las intervenciones y del libro de Ricardo Forster, con la que reflexiona sobre la excepcionalidad de este momento político a través de la excepcionalidad de la emergencia de los nombres y situaciones nuevas. La “anomalía” está cercana a la configuración del mito, por el lado de crear motivos de acción excepcionales, “llamados” antes no escuchados.
[10] Eliseo Verón, que en el pasado juzgó al peronismo como un juego de enunciaciones entendidas semiológicamente, ahora se establece en la obvia comprobación de que todo, la muerte, la vida, las conmemoraciones fúnebres, pasan por el poder difusionista de los medios. Escribe en Perfil: “Sí dije, y reitero, que tanto los medios oficialistas como los opositores han comenzado a dibujar el mito de Néstor Kichner estadista. Agrego ahora que, en el caso de los segundos, la construcción de una epopeya kirchnerista los coloca en una posición francamente contradictoria con lo que decían día tras día del Gobierno durante los últimos años…” Variaciones sobre el tema de la “construcción del mito”, que ha merecido innumerables consideraciones, desde la indudablemente despectiva de Martín Caparrós hasta la más tolerante de Vicente Palermo.