29 abril 2011

Arte e Identidad/Santoro Daniel

Arte e identidad




A través del arte político y específicamente militante se conservaron algunas de las primitivas intenciones de poner una mirada sobre el imaginario vernáculo, pero paulatinamente, esta zona de la acción artística cayó en el descrédito y el ninguneo de las instituciones hegemónicas de la cultura.




Por Daniel Santoro*
(para La Tecl@ Eñe)



El mundo vernáculo de las artes plásticas está cooptado por un reducido sector social como ningún otro ámbito de la cultura; ellos usan este dominio como emblema del poder económico, dirigiendo allí sus deseos de prestigio y exclusividad. Esto no es muy distinto a lo que sucede en casi todos los países, ahora bien, en nuestro caso la situación se vuelve endogámica y hasta paródica, y podríamos decir, de un sumiso seguidismo para con las directivas que emanan de los países centrales.
En el núcleo de esta problemática, como no podría ser de otra manera, está la fractura sarmientina expuesta (hablo de “civilización y barbarie”), y las artes visuales sin duda tienen su territorio de pertenencia en el reclamo civilizatorio, sin embargo el desarrollo histórico es complejo y sin caer en una historiografía podríamos sintetizarlo groseramente de la siguiente manera: a partir de la década del 30 podemos establecer la consolidación de una cierta escuela pictórica con un incipiente perfil propio, esto potenciado por la aparición en nuestro medio de lo que actualmente llamamos arte político, apadrinado generalmente por diversas filiaciones partidarias, que iban desde el PC (Spilimbergo, Pintores del Pueblo, etc.) hasta expresiones libertarias, anárquicas y socialistas más o menos orgánicas. Al mismo tiempo desde el nacionalismo, incluidas algunas expresiones fascistas, tenemos a pintores como Ángel Guido o Martín Nóel que incursionan también en la arquitectura y el diseño intentando un “retorno al orden” que tenía como eje a nuestra herencia hispánica (el neocolonial), igualmente ambas vertientes tenían en común el nutrirse en los realismos de moda en la Europa de aquellos años.
En el otro extremo irrumpía en esa década el estilo internacional a través del racionalismo y las vanguardias estéticas más diversas, expresadas en colectivos e individualidades destacadas como Emilio Petorutti o Los MADI. Esta tensión entre el sostenimiento de una herencia simbólica “ancestral” y la rápida aceptación de las recientes novedades de ultramar va a marcar y modelar la construcción de nuestra identidad visual.
Con la aparición del peronismo se va a ampliar el campo de estas tensiones agregándose la necesidad específica de tener una voz propia, esto planteado utópicamente como síntesis de las polaridades. Sin embargo el peronismo no tuvo una clara política instrumental al respecto, sus posturas van a pendular entre las anacrónicas expresiones del ministro Ivanicevich (en aquella célebre inauguración del salón de artes plásticas, donde hacia publico su repudio al fauvismo, cubismo y a todos los “ismos” que venían de la mano de la modernidad, bueno es aclarar que más o menos lo mismo declaraba a su biógrafa Lenin, 30 años antes, postulando las bases de lo que sería el realismo socialista) y el envío a la bienal de San Pablo, del grupo de arte concreto-invención (de la mano de Ignacio Pirovano) que encarnaban la más actualizada vanguardia internacional. Esto también se replica en la arquitectura, que va desde el pintoresquismo decadente tributario del neocolonial, hasta las obras vanguardistas al estilo del teatro San Martín de Mario Roberto Álvarez o el Hospital del niño Jesús de Eduardo Sacriste. Un capítulo aparte es la irrupción masiva de la propaganda política y su enorme capacidad de realizar múltiples apropiaciones, con lo cual se constituye un corpus imaginario nunca antes realizado. Tal vez esos fueron los últimos intentos de construir un imaginario propio, pero muy pronto, al llegar los 60’, ese mundo quedó anacrónico y olvidado. Nuevamente desde nuestras elites del poder que interactúan con las elites culturales se propiciaron los olvidos y el abandono de toda herencia simbólica vernácula y con la fórmula mágica (menos Latinoamérica, más contemporaneidad); entendiendo que todo lo bueno y deseable proviene de los países centrales.
Solamente a través del arte político y específicamente militante se conservaron algunas de las primitivas intenciones de poner una mirada sobre el imaginario vernáculo, pero paulatinamente, esta zona de la acción artística cayó en el descrédito y el ninguneo de las instituciones hegemónicas de la cultura.
La pertenencia latinoamericana siempre fue vista como una inconveniencia o un destino inmerecido para nuestro estándar cultural, basta hacernos una pregunta para echar luz a nuestra disfuncionalidad para con la identidad latinoamericana. ¿Por qué cuando se habla de pintura latinoamericana, haciendo una hipotética lista por orden de representatividad, esta se iniciará inevitablemente en México, siguiendo tal vez Cuba, Colombia, Brasil, Chile, Uruguay; la Argentina se ubicará objetivamente, en el último lugar?; o en cambio podríamos preguntarnos ¿por qué, un par de pintores uruguayos (Torres García, Figari) representan más al arte latinoamericano que centenares de buenos pintores argentinos?. Y cabe una tercera pregunta ¿por qué para el mundo y las instituciones del arte local, las anteriores condiciones lejos de ser una carencia, muy por el contrario, son un emblema de nuestra condición de país no inscripto en el ámbito de la cultura latinoamericana?. Condición que justifica algunas expectativas de ingreso al sofisticado estándar cultural europeo.
Creo que de las respuestas que damos a estos interrogantes, surge con claridad la existencia de una fractura abismal que recorre nuestro cuerpo social y cultural y que se expresa en esa vieja pugna, entre europeos exiliados al sur del mundo que deben soportar el pesado lastre de las oscura barbarie sudamericana.

Daniel Santoro, Abril 2011

*Pintor y ensayista. Estudió en la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón.Concurrió al taller de Osvaldo Attila.Trabajó como realizador escenógrafo en el Teatro Colón entre 1980 y 1991

Arte Poder y Sociedad/Entre la vida, el arte y la política/Zito Lema Vicente

Relaciones: entre la vida, el arte y la política


¿Qué busco con el arte?
Que ocurra la poesía.
¿Qué busco con la poesía?
Que resucite la verdad de la vida.
¿Qué busco con la vida?
Que el temor de la muerte
no oscurezca la conciencia.



Los mecanismos y estímulos de la creación artística, y luego su practica, reclaman la aceptación sin miedo de su poiesis: subvertir el orden del poder, el orden de la no justicia –más aún: destruir su estructura–, para que brille la vida, renacidas sus criaturas en un espacio social de plena humanidad.




Por Vicente Zito Lema*
( para La Tecl@ Eñe)

Foto: Efraín Dávila

I
Para lograr ser lo que es en el deseo, y todavía más en el devenir de la necesidad, el arte –que busca la verdad de la vida y del ser en la belleza–, también se define desde su no ser, con sus rechazos a un orden social perverso y en su negativa a la parodia o al camuflaje de su esencia. (Ya abundan en el campo de la realidad social los bufones y alcahuetes de la Parca).
Por ello, con balbuceos y a dentelladas, marginada y entre silencios, traída y alejada de puerto por un mar siempre cambiante que esconde los rostros y los destinos, en un viaje que se acepta dramático pero nunca trágico, obligada por la relación de fuerzas y el espíritu de la época al uso y el abuso de la blasfemia y el lenguaje atroz para no menguar su eficacia, la creación artística encara –quemando sus naves– a un poder tan cruel como implacable (hablamos, finalmente, de la personificación metafórica de un imperio y a la par de una multiplicación de acciones dominantes que cubren toda la trama social), que se sostiene sin temblor en un sistema de reproducción material de la existencia cuya naturaleza es la antropofagia. (El bocado más preciado por el poder es la cabeza del diferente y su comida habitual es el cuerpo marchito de los pobres de toda pobreza.)
Tal sistema no permite al espíritu crítico de un artista, que devela la verdad, otra opción que el enfrentamiento a cara de perro o la sumisión.

II
La muerte y el destierro, la locura y el suicidio la marginación y el silencio, integran, históricamente, la suerte del artista que da pelea; así como la sumisión y la complicidad se enmascaran en los discursos del pragmatismo, la “pureza del arte” y el arte como finalidad, o tras los dones de la objetividad del “buen decir”, el equilibrio de las formas estéticas o la contemplación serena y sensible, sin descartar el merodeo nihilista y el el servilismo acrítico a los instrumentos de la técnica, paradigma del consumismo sin fin.
Arrojándose al vacío en un salto sin red y sin un pérfido paracaídas, dando otra completa vuelta de tuerca a los imperativos éticos de la realidad, como un niño o un desesperado que se animan a iluminar al lado oscuro de la luna, el arte de la verdad continúa rescatando la belleza –la no bella, convulsiva y exasperada belleza- entre los pliegues más atroces y opacados de la cotidianidad social. Su escenario es la vida y sus personajes rememoran la historia sufriente, en una ceremonia de agonías con sueños y pesadillas, hasta producir la conciencia y obtener la plena humanidad. (Hay un verdadero salto, una poética, que va de la cantidad –el dolor– a la calidad del gozo social y el bien público, construidos con tejido amoroso).

III
En tanto proceso de trabajo libre, el arte se desencadena a partir de un suceso de la realidad social (como espacio intervenido por las subjetividades), que conmociona profundamente al artista creador, y que podemos ver como la primera chispa de un fuego que deberá mantenerse vivo. (La realidad social también la integran los sueños, pura materia humanizada, sin olvidar que el acontecer onírico es aquí revelación que nos alerta, paradójicamente “nos despierta”.)
En la calidad del impacto inicial que recibe el artista está el origen y a la vez el destino de la obra, sin perjuicio de los avances y retrocesos, hasta concretar una existencia que en el arte nunca será definitiva.
Hay una sensibilidad y una intuición. Hay una conciencia crítica movida por una suerte de otredad, una exterioridad con forma de imagen, historia, sueño o relato que supera los recelos y defensas y al fin nos envuelve. (Jacobo Fijman nos diría caminando por los patios del hospicio: “hemos entrado en la piel del otro”).

IV
La conciencia abre el camino para la revelación de la trama, en tanto sólo será posible modificar lo que previamente se conoce. (O sea que atribuimos al arte una capacidad de instrumentación de la conciencia para conocer y operar en el espacio de lo real y ante la magnitud de lo espiritual).
El suceso de la realidad que nos cuestiona hace a lo general y es en principio ajeno, hasta que nuestra conciencia lo vuelve público y luego interior (lo internaliza). La imagen, la voz del mundo exterior se detiene y se reproduce en un nuevo sujeto, en un instante de lo absoluto; lo que pasó nos pasa, y seguirá pasando, actuando en nosotros en un movimiento de alegorías y símbolos que compromete la totalidad del ser (con su campo de ideas y sus experiencias). También la subjetividad entra en juego, alterada a partir de la identificación y la proyección, entre otros mecanismos del psiquismo, y lanza al artista a cumplir con lo específico de su tarea: La conversión de lo siniestro en maravilloso, como bien lo sintetizara Enrique Pichon Rivière.

V
Los mecanismos y estímulos de la creación artística, y luego su practica, reclaman la aceptación sin miedo de su poiesis: subvertir el orden del poder, el orden de la no justicia –más aún: destruir su estructura–, para que brille la vida, renacidas sus criaturas en un espacio social de plena humanidad, donde la obligación de ser sobre el no ser del otro (una naturaleza condenada perpetuamente a matar o morir) sea enterrada, así como la luz entierra las pesadillas y maldiciones del pasado.

VI
El artista de la verdad descubrirá con tristeza, y paradójicamente con entusiasmo y esperanza, a partir del vínculo amoroso que establece con su obra, que en estos tiempos de anomia con crecientes sospechas y frágiles certezas, que desafían la propia existencia social, el arte tiene por límites las felonías de la vida, pero que a la vez esos límites pueden ser trasgredidos, y en la trasgresión ocurrir una pasión feliz.
El artista de la verdad se sostiene en la loca creencia que el bien siempre será bello, aunque la belleza more hoy en los desiertos espinosos de la pobreza y el bien apenas pueda ser escuchado desde el silencio que impone el lenguaje del mal.



VII


El arte de la verdad en la belleza no tiene por fundamento ni fin el entretenimiento, tampoco la didáctica escolar; no es pasto para diletantes, ni cuerpo para la pornografía, no sirve para la propaganda alienante del poder, ni calma a los desesperados (incita a la rebelión), ni endulza la mala conciencia (la desnuda), no es elitista sino social, y es romántico y es utópico, aceptando los desafíos que las palabras provocan. Apela a un espíritu fraternal aún en la diferencia, sin usuras ni especulaciones secundarias, económicas o narcisistas. Quien trabaje en la verdad del arte sentirá como propio el dolor ajeno (en especial el del sufriente entre los sufrientes, por pobre, por excluido, por diferente...), y su práctica como artista y ciudadano lo identificará con la defensa de la condición humana (de su esencia, que es la dignidad del ser), y sin que por ello el sujeto creador renuncie a su ideología o a sus prácticas políticas. Por el contrario, las pone a prueba y las afianza ante el desafío de libertad que provoca el verdadero arte y ante las instancias éticas que el artista tendrá siempre presente, incluso el artista que necesite por un instante cerrar los ojos ante el mundo y dialogar con su Dios o con su alma. (Aunque aquí cabe la duda de si es posible hablar con Dios o con el alma con los ojos cerrados; si hablar con Dios y nuestra alma no es también hablar con el mundo, tal vez de cara al cielo, pero siempre en la historia de las formaciones sociales.) El arte de la verdad recibe a su receptor y lo involucra, pero así mismo va en su búsqueda (del sufriente viene y hacia él va). En su viaje se compromete con lo público y no con lo privado y aspira a ser legitimado por quienes son su primer razón de ser, sabiendo que para ello tendrá incluso que enfrentar y transgredir el orden vigente, su legalidad y sus valores, tan bien resumidos por Aristóteles: la esclavitud es justa y los esclavos son necesario; y luego: la justicia es la ley sin pasiones.



VIII


El arte de la verdad se presenta contestatario ante estos pensamientos, que desnudan la razón de ser histórica de la clase social en el poder y que hoy se prolongan en paradigmas maquillados, o simplemente en enunciados desnudos en su perversión. Para nuestro arte, justicia es pasión en acción que humaniza con belleza la vida. Por ello deberá destruir, como condición de una creación superior, el sistema que necesita de la esclavitud y la pobreza. He aquí, otra cuestión: ¿en estas aguas, puede declararse neutral el arte sin ahogarse?Tenemos una certeza: la vida sin el arte no tiene sentido. O mejor: el arte le da sentido a la vida. O mejor aún: el arte es nuestra única certeza cuando se humilla la vida. Tenemos una sospecha: que un poder al servicio del poder, a través de un arte por el arte, pueda sustituir desde la vida a la vida. (La vida fetichizada).Tenemos una esperanza: que el arte de la verdad nos permita dar cuenta, con palabras limpias, sin temblor, de la última pregunta, la que vale:


¿qué has hecho con la vida


en el tiempo de la muerte,


cuando los cuerpos devoraban a los cuerpos


y las almas enterraban a las almas;


o apenas fue un sueño que amabas la poesía


como si fuera la niña de tus ojos


en tus ojos sin lágrimas...?


IX


El arte de la verdad se plantea su relación con la política.Nuestro punto de partida resulta directo: todo arte de una manera u otra es político. La diferencia está en que hay un arte político por acción y otro lo es por omisión. Que hay artistas que lo admiten y que trabajan desde esa realidad, y hay artistas que lo niegan y hasta lo reniegan. El arte de la verdad entiende la inocencia del arte, pero sospecha (Nietzsche) de la inocencia de los artistas, en tanto apelan a la emoción pero también trabajan con la razón; nunca hay un delirio o una presencia total del inconsciente, siempre hay un momento donde la realidad se constituye en el desafío de la verdad. El arte es movimiento: mueve conductas. El arte es espacio: modifica el espacio previo de la realidad. El arte es poder: genera un sistema de medida original (la estética), y desde allí lo que es ya no será. En tanto agente de movimiento y espacio, en tanto poder, el arte encara su relación con las otras esferas de poder, consumidas hoy en la política. Hablamos entonces de una relación en el campo de lo real, entre el arte y la política. Hay un proceso de creación en el arte que comprende lo que se dice y cómo se dice, para quién se dice y por qué se dice. También hay una síntesis de estas tensiones y contradicciones, latentes y manifiestas, apolíneas y dionisíacas, eróticas y tanáticas, que permiten dar a luz la obra de arte. Este discurso complejo del arte abarca múltiples planos de la realidad social, al operar sobre la subjetividad de seres concretos, de carne, hueso y sueños, unidos en la trama de la cultura por pura necesidad. No hay arte sin artista que le de vida. Este artista, en cualquiera de sus manifestaciones, especialmente las públicas (y el arte es en esencia público, siempre hay un vínculo, amoroso o siniestro, con el otro y lo otro) queda incluido, históricamente, en los sistemas de organización y reproducción de la vida social. El artista es un ser de pasiones. De grandes pasiones, que rechaza la indiferencia y jamás queda ajeno a las profundas conmociones de la vida, que lo involucran como totalidad en su tiempo histórico.



X


Tampoco hay arte sin la obra de arte. Desde el momento de su aparición pública el poder la registra, toma contacto con ella.Podrá despreciarla, pero sin mayores escrúpulos intentará sacarle rédito. El poder articula su estrategia en el arte, frente a los efectos públicos de la obra y partir de la responsabilidad del artista, y en esa estrategia integra los estímulos, los premios, las críticas, la adjudicación de espacios y también los castigos. (Destruye, y cuando no puede, pervierte, cambia de sentido el fenómeno artístico) El arte de la verdad en sus prácticas subversivas reconoce que el poder siempre pone en tensión lo peor y lo mejor de la criatura humana, y que el artista tiene el deber de estar alerta y en actitud crítica, aún en los escasos tiempos históricos en que el poder se humaniza. Las relaciones con el poder (como totalidad) se agravan, hasta tornarse insoportables, en un régimen autoritario y frente a estructuras como la del capitalismo en su faz cada vez más tardía y salvaje, que acentúa su esencia depradadora. Ante semejantes estructuras de inhumanidad que nos atormentan, pero mucho más nos desafían, porque no son naturales ni eternas, el arte de la verdad en la belleza no deja de ocupar su humilde lugar. Sus armas son simbólicas, nunca falsas. Y su humildad se potencia entre otras humildades, semejantes en planificar dialécticamente, la esperanza, por más que nuestros dientes están mellados.



XI


Una cuestión a modo de final: si las reglas de la muerte ordenan hoy nuestras vidas, si cada momento profundo de la vida se pague con la muerte, si hasta la felicidad del inocente demanda la tristeza final en la mirada de otro, ¿qué más puede hacer un artista fuera de rebelarse y subvertir el orden del mundo?


Golpean en nuestra puerta.



*Vicente Zito Lema es poeta, periodista y docente universitario.

Economía/Cosecha récord: ¿Cien millones de Toneladas de granos o un millón de productores? /Lapolla Alberto

Cosecha récord: ¿Cien millones de Toneladas de granos o un millón de productores?



Por Alberto J. Lapolla*

(para la Tecl@ Eñe)



¿Soberanía nacional y alimentaria o enclave productor de commodities?


Este año la cosecha de granos argentinos asumirá un récord histórico en cuanto al volumen de la producción, se cosecharán algo más de cien millones de Toneladas de granos de cereales y de oleaginosas, la mayoría de ellos destinados a la exportación. Unos 55 millones de Tn de soja transgénica forrajera, unas 23 millones de Tn de maíz, unos 15 millones de Tn de trigo, casi 4 millones de Tn de sorgo, un poco más de 3 millones de girasol y unas 4.5 millones de Tn de otros granos. También se recuperaron varios millones de cabezas del stock de ganado vacuno, en caída desde hacía ya varias décadas. Desde el punto de vista político en el conflicto del gobierno nacional con la Mesa de Enlace, se trata de un triunfo colosal del gobierno frente a los que anunciaban de manera terrorista que durante el año 2010 íbamos a tener que importar trigo, leche y carne. Un verdadero disparate opositor, y un triunfo de las políticas implementadas por el ministro Domínguez, al costo de un aumento sensible de los precios de los alimentos en particular en carne y lácteos, como forma de alentar la producción bovina, desestimando otros caminos que no hubieran impuesto el ajuste al pueblo consumidor. Sería deseable que los 3.000 millones de subsidio ganadero que la Presidenta acaba de anunciar para fortalecer al sector, vaya acompañado de alguna rebaja de precios que no se lleve las mejoras distributivas dispuestas por el gobierno nacional. Sin embargo esta colosal cosecha, realmente apabullante, vendrá acompañada de otra cifra por demás curiosa. Dicha cosecha record se producirá con el menor número de productores agropecuarios existentes en el país desde los años ‘60. Cuando el peronismo fuera derrocado en 1955 y promediando los ’60, poseíamos -gracias a las políticas de protección de los chacareros llevadas adelante por el gobierno peronista- alrededor de 650.000 productores. De ellos 500.000 se habían hecho propietarios durante el gobierno peronista. Hoy apenas poseemos menos de 300.000 productores (las cifras oscilan entre 270.000 y 300.000 productores), es decir mucho menos de la mitad de lo que poseíamos, poniendo de manifiesto una brutal concentración de la tierra en muy pocas manos. Hoy 6900 familias-empresas son dueñas del 50 % de la tierra en nuestro país, produciéndose además una brutal extranjerización de grandes superficies que ya orillan las 20 millones de Has, proceso unido a una expulsión masiva de chacareros en los últimos treinta años. Pero si analizamos más de cerca, la situación estructural que manifiesta dicha cifra, es aun peor. De esos 300.000 productores sólo 110.000 poseen más de 100 has y sólo 80.000 producen soja transgénica forrajera, el resto unos 200.000 o 220.000 productores que poseen menos de 100 has, se dedican mayoritariamente a la producción de alimentos regionales o a la agricultura familiar, que también producen alimentos. Es de destacar que el grueso, un 95-98% de la producción de soja RR se exporta, lo mismo que la mitad de la producción de maíz y de la de trigo, con el agravante que dichas exportaciones se producen sin valor agregado alguno o con uno mínimo. Es decir que por otro camino, hemos vuelto al pleno apogeo del modelo agroexportador, más allá de destacar que el gobierno nacional y popular, utiliza gran parte de esos recursos para reindustrialziar el país y diversificar la producción agropecuaria. ¿Pero no sería mucho más racional, democrático y soberano, crear una enorme cantidad de nuevos productores agropecuarios y que ellos produjeran una diversificación productiva que seguramente nos permitiría llegar a cifras similares o mayores de producción, pero en condiciones absolutamente diferentes? En principio crearíamos un mercado interno enorme, con un gran asentamiento poblacional estable en el interior, de paso podríamos reconstruir los ferrocarriles que van de la mano con la pequeña y mediana producción agraria. Un millón de chacareros equivale a establecer en pleno campo por lo menos cuatro millones de personas, en un país hoy despoblado. Pero además llevaríamos adelante una producción sana y libre -o por lo menos con mucha menor masa de contaminación- del uso masivo de agrotóxicos, recuperando de paso la rotación agrícola ganadera que además de sanear y refertilizar natural y gratuitamente nuestros campos, nos permitiría en poco tiempo aumentar en gran número, la cantidad de cabezas de ganado de máxima calidad y alejarnos de la carne chatarra del feed-lot

¿Engordar chanchos chinos y matar a los argentinos de cáncer?


Insistir en que el sistema de la sojización siga siendo la base de la expansión de la frontera agropecuaria y del aumento del modelo productivista, ya ha producido que el cáncer sea la segunda causa de muerte en la Argentina. Hoy -según cifras oficiales- poseemos 250.000 enfermos de cáncer, gracias a los avances de la medicina moderna ‘sólo’ el 50 % de esos enfermos morirán por el mal. Pero la cifra será mayor el año próximo y el próximo y así de seguido. Lo cual producirá la muerte de más de un millón y medio de argentinos en diez años Entonces, para qué producimos soja transgénica forrajera ¿para engordar los chanchos chinos o para matar a nuestros compatriotas en un país ya de por sí vacío poblacionalmente gracias al latifundio? ¿Tiene esto algún sentido de política nacional? Mientras la lluvia de glifosato, endosulfán, 2-4-D y demás agrotóxicos que acompañan el sistema de Siembra Directa siga adelante, se seguirán derramando más de 300 millones de litros de sustancias cancerígenas y teratogénicas sobre nuestra población, provocando cáncer y malformaciones congénitas, tal como hemos denunciado y demostrado cientos de médicos, biólogos, agrónomos, químicos, bioquímicos, ecólogos y pobladores de todo el país. Amén del contundente estudio del Dr Carrasco, de los sucesivos estudios, incontrastables de Gilles-Eric Seralini y su equipo de la Universidad de Caen en Francia, de los previos del Dr Robert Bellé, del Instituto Pierre y Marie Curie también de Francia (quien además agregó que es un verdadero disparate fumigar glifosato desde el aire), y los cientos de estudios que prueban lo mismo desde otros centros de Gran Bretaña, Italia, Rusia, Noruega y los Estados Unidos. Cabe recordar como paso previo el gran trabajo multidisciplinario coordinado por el Dr Oliva del Hospital Italiano de Rosario, en nuestro país que abracara toda la cuenca sojera. ¿Es qué acaso estamos queriendo construir una nación desarrollada y moderna pero sin gente, argentina, claro está, porque los Lewis, los Benetton, los Tompkins, los Turner, los Soros se ponen a buen recaudo de la lluvia agrotóxica. Y acá cabe una responsabilidad directa del ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación, dirigido por el Dr Lino Barañao, hombre proveniente de la industria biotecnológica, y por lo tanto éticamente incapacitado para opinar sobre el tema, pues posee intereses personales en la cuestión. Sin embargo ante el justo pedido de la Presidenta de la Nación sobre un estudio sobre los efectos reales del glifosato sobre la salud humana, luego que se conocieran los resultados demoledores en contra de la droga del estudio del Dr. Carrasco, Barañao seleccionó a dedo a un grupo de técnicos dirigidos por un agrónomo directamente vinculado a la multinacional Monsanto, para preparar un informe que se elaboró en base a un libro publicado por pedido de la empresa multinacional norteamericana a comienzos de 2000. Es decir se puso al lobo a cuidar a las ovejas, con los resultados previsibles del caso. De tal forma el glifosato salió absuelto de la acusación de producir cáncer y teratogénesis. ¿En el marco de un proyecto nacional y popular de restitución de soberanía y derechos conculcados, no sería conveniente cambiar de ministro y hacer otro estudio, serio e imparcial convocando a todos los sectores involucrados, antes que la epidemia de cáncer nos arrase? En principio bastaría con prohibir todas las fumigaciones aéreas y permitir -provisionalmente- sólo las terrestres a una distancia no menor a los 1500 metros de los poblados, y prohibir en todo el país las fumigaciones sobre las banquinas de las rutas, esas medidas ayudarían a sanear la situación. En este marco es necesario acabar con una falacia, la Siembra Directa y el sistema de la sojaRR no constituyen de ninguna manera un avance o una ‘revolución tecnológica’. ¿Cuánto suman los costos ambientales, sociales y agronómicos que dicho sistema acarrea a la producción nacional? ¿Cuánto suman los puestos de trabajo destruidos por la sojización? ¿Cuánto suman las cientos de miles de Tn de nutrientes que los cultivos exportan y que para ser repuestos cada vez hay que pagar más, afectando la fertilidad natural del suelo? ¿Cuánto suman la destrucción de millones de hectáreas de monte nativo y de las cientos de miles de Tn de oxígeno que los mismos aportaban y de CO2 que fijaban? ¿Daría ganancias dicho sistema si descontáramos estos ‘accesorios’? ¿Cuánto cuestan los enfermos de cáncer que morirán por la brutal contaminación de agrotóxicos que el sistema de la soja RR produce? ¿Cuánto cuestan las malformaciones genéticas que los tóxicos de la Siembra Directa producen? Por último, de ninguna manera y ningún biólogo, agrónomo o ecólogo puede afirmar lo contrario, es el sistema de la sojización un sistema sustentable. Por el contrario es un sistema depredatorio del ambiente que requiere de la aplicación anual de 300 millones de litros de agrotóxicos in crescendis, para mantenerlos. Es decir requiere un ingreso externo de energía permanente Por definición un sistema es sustentable cuando se renueva naturalmente, como lo era el sistema de la rotación agrícola ganadera vigente durante casi un siglo en nuestro país y que nos permitió alcanzar rindes de primer nivel mundial sin uso de fertilizantes ni agrotóxicos. Por ende es necesario acabar con dicha falacia respecto que la ‘sojización constituye una revolución tecnológica’, teoría que no resiste el menor análisis científico. A excepción que querramos compararnos con la ‘gran revolución tecnológica’ de las centrales nucleares japonesas.

Plan estratégico alimentario


El llamado Plan Estratégico llevado adelante por el ministerio de Agricultura de la Nación tuvo por objetivo destrabar el conflicto con los sectores menos concentrados de la Mesa de Enlace y aparentemente lo ha logrado. Al mismo tiempo, logró duplicar la producción de trigo, maíz y girasol poniendo de algún modo un límite al crecimiento desenfrenado del monocultivo. Todos ellos méritos valuables, si uno solo observara las cifras brutas de un modelo productivista. Pero por sobre todo montó un ‘nuevo’ Plan manteniendo la sojización con toda su depredación estructural ambiental, económica y social, como eje del mismo. Así la producción creció pero no lo hace el número de productores y no lo hará, pues al poner nuestra producción al servicio de los commodities, el precio de la tierra crecerá día a día mientras suba el precio internacional de los commodities. Por este camino todas las lacras de la sojización se acrecentarán. Así ponemos nuestro mayor ecosistema agrícola, tal vez el mejor del mundo para producir alimentos, a producir pasto-soja (la sojaRR es un forraje para el ganado, no es un alimento para el ser humano) para que China críe de manera barata sus cerdos y aves (en relación a su colosal proceso de industrialización, el costo de nuestra sojaRR es nimio para la economía china, y por el contrario les libera territorio y mano de obra para la industrialización que sino debería dedicarse a producir forraje. Mejor comprárselo a los tontos argentinos que hacen lo contrario). La India puede así producir aceites baratos para sus pobladores de menores recursos y la UE puede criar a su ganado con los balanceados obtenidos a partir de nuestro pasto-soja. Es decir el grano de sojaRR sale casi sin valor agregado de nuestro país y así subsidiamos a la industrialización de China y la India. ¿No sería mejor venderles a unos y a otros, carne producida con semejante colosal cosecha? A 520 USS la Tn las 55 millones de Tn de sojaRR poseen un valor bruto de unos 29 mil millones de dólares, pero transformadas en carne de pollo, por ejemplo, estaríamos hablando de un valor de aproximadamente 95 mil millones de dólares sin considerar el enorme volumen de trabajo agregado. Es decir estaríamos triplicando el volumen bruto de la producción creando trabajo genuino y valor agregado local y regional. Si la ecuación la extendiéramos a la producción porcina la cifra treparía aun más. Pero en el fondo se trata de salir del cáncer de la sojización, que obligatoriamente primariza nuestra producción y hace fuertes los intereses rentistas agrarios exortadores ‘por naturaleza dependientes’ como decía don Arturo Jauretche. Y esto no lo decimos de balde, Chile realiza este proceso comprándonos los granos a nosotros y exportando pollos y cerdos. Brasil se transformó en el primer exportador mundial de carne utilizando la soja como base alimentaria del ganado. ¿Carne de mala calidad?, es cierto pero la exporta igual. ¿Qué no podríamos hacer nosotros si creáramos setecientos mil nuevos productores poseedores de 300 a 600 has que pudieran recuperar la rotación agrícola ganadera y producir la mejor carne del mundo criada a campo? Hay que recordar que la sojaRR crea 2 puestos de trabajo cada 1000 has y eso sólo por unos meses, de allí la masividad del trabajo en negro y esclavo en el campo. Pero el drama no termina allí la sojaRR destruye 9 de cada 10 puestos de trabajo por el sistema de Siembra Directa. Por el contrario la agricultura familiar crea 30-35 puestos de trabajo por cada 100 has. La contundencia de las cifras hablan por sí solas, por este camino podremos llegar no a 100 millones sino a 150 millones de Tn producidas, pero el campo estará cada vez más vacío y concentrado en unidades productivas empresariales de 300.000, 500.000, un millón de hectáreas y más creando una situación de despoblamiento rural masivo y una base antidemocrática por naturaleza de la propiedad. Poco que ver con un modelo nacional y popular aplicado al campo. Sería prudente pasadas las elecciones de octubre poner en debate aquello que no se quiere debatir desde 1976: el régimen anacrónico de tenencia de la tierra y el imprescindible acotamiento del latifundio, mediante una profunda Reforma Agraria, palabra maldita si las hubiera en nuestro país luego que la dictadura genocida y el menemato la sacaran del diccionario político de los argentinos.

*Ingeniero Agrónomo genetista, historiador, Director del Instituto de Formación de la CMP

La Columna Grande/Orgasmo Nuestro que estás en los lechos/Alfredo Grande

ORGASMO NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS LECHOS.



Por ALFREDO GRANDE*

“No los perdones, señor. Saben perfectamente lo que hacen” (aforismo implicado)

(para La Tecl@ Eñe)


“En un polémico fallo, la Sala I del Tribunal de Casación bonaerense anuló una condena a un pastor de un culto no reconocido por corrupción de menores en perjuicio de dos niñas de 14 y 16 años de familias pobres, al argumentar que el delito no se configura al tratarse de “mujeres que viven en comunidades en las que el nivel social acepta relaciones a edades muy bajas” y que “además poseían experiencia sexual”. La sentencia, de los jueces Horacio Piombo y Ramón Sal Llargués, fue recurrida ante la Suprema Corte de la provincia por el fiscal adjunto ante Casación Penal, Jorge Armando Roldán, quien consideró, en diálogo con Página/12, que “discrimina a los sectores sociales más humildes y por ende más vulnerables a determinados delitos” y también “incurre en la falacia de incluir otro argumento que no tiene apoyo en las constancias probadas en la causa como la supuesta experiencia de las menores con otros hombres La sentencia del Tribunal de Casación favoreció al pastor Francisco Avalos, actualmente de 59 años. De nacionalidad paraguaya, Avalos había creado la “Iglesia Evangélica Jesús es el Camino”. En el juicio oral –aunque no público por tratarse de víctimas menores que fueron violadas–, se probó que, al menos las menores, no estuvieron en posición de negarse a lo que en realidad era, la satisfacción de los deseos sexuales del imputado, que se fue valiendo de su grey como un harén”, afirmó Roldán en el recurso extraordinario que elevó ante el máximo tribunal provincial. (Página 12. Mariana Carbajal)”
“San, sana curita de rana, si no coges hoy, cogerás mañana” El pastorcillo caliente recibía ánimo del superior ante una sorprendente catástrofe genital. La hija de Satán le había golpeado la entrepierna con un crucifijo, que, al ser blandido como espada flamígera, se hundió en los benditos testículos del mensajero del señor. Escena deseada por todos aquellos que han aprendido hace años que el amor a dios exige el odio a los mercaderes del cuerpo. Un pastor que en su perversión delirante, invocó el nombre de Jesús en vano y en el vaho de su aliento pestilente. Porque el pastorcito demente debe haber ensuciado cerebros con siniestras historias salidas del horno putrefacto en el cual convirtió su mente, que ahora es una poderosa maquina de corromper. No solamente el pastorcillo sirviente miente, sino que pervierte, degrada, contamina la pasión corporal, en su caricatura más grotesca. Este pastorete no podía afrontar ni siquiera ante sí mismo, la pasión corporal que lo devora desde el cuello hasta el culo. Volcanes de la carne que la miseria espiritual de los pastoretes no pueden respetar. Su enfrentamiento con la carne, con la sensualidad, con el erotismo, con la alegría del placer, no es menor que el de los abstinentes curas del catolicismo. Avalos y Grassi bien podrían estar unidos en un sacramento del horror. No pueden mirar su deseo de frente. Lo tienen que espiar de reojo, con un parche en el ojo, un taparrabos y un tapanabos. Son contrabandistas, estafadores, traficantes, falsificadores de la maravilla de todas las maravillas de la naturaleza: el cuerpo erógeno, altar del alma. El placer es anatema, la alegría es tabú. Necesitan excitar su reprimida y escindida pasión de padres, pastores y pastores con la sometida entrega de los cuerpos humillados. Si tuvieran que aceptar su temperatura corporal, se les secaría la lengua. Tienen la verga con arena, y atraviesan el desierto de su perversión y locura gracias al oasis de los cuerpos húmedos del néctar de la vida. Olvidan todas y cada una de las enseñanzas de Jesús y no solamente tiran piedras, sino que se consideran libres de pecado. Pero no están solos. Estas hienas que han dejado hace tiempo de ser pastores, tendrán su impunidad terrenal. Porque de acuerdo a los cánones de la cultura represora, son las víctimas las culpables de todo martirio. Siempre. Los de Casación cantan su propia canción: la jurisprudencia del estiércol. Piombo y Sall Largués se estimulan mentalmente conque las menores hubieran sido anteriormente abusadas, y por la condición económica y social ser objeto de conductas promiscuas. Lesionadas en su psicosexualidad, los abusos del pastorcete no hacen daño. Un verdadero pastor de almas las hubiera protegido, consolado, abrazado, incluso amado. Pero estos son pastorcetes de los cuerpos. Matarifes de los deseos, de los placeres, de los anhelos, de todo lo que se pueda organizar como vínculos eróticos. Estos pastores matarifes destrozarán los cuerpos y en el desgarro encontrarán su cobarde descarga entre jadeos y sermones. No lavan el cerebro. Ensucian el alma. Lamentablemente, no hay jabón que resuelva el problema. El daño realizado por los más cobardes violadores será permanente. Las víctimas quedarán presas en una prisión sin barrotes. El dolor, la humillación, el placer ultrajado, la estafa espiritual, el miedo, la vergüenza, son cadenas sin metal. Más fuertes y más permanentes. Ahora cabe esperar un recurso extraordinario, que un indignado Fiscal intenta hacer prosperar. El Che decía que cuando lo excepcional se vuelve ordinario, es la revolución. No será esta una ocasión para demostrarlo. Más bien, para darnos cuenta que tenemos que decapitar este abuso de poder político y sexual que los pastorcetes ejercen sobre pobres de espíritu. No los puedo considerar bienaventurados, aunque hereden el reino de los cielos. Me interesa este reino, el de la tierra. Quiero un reino de dios en la tierra, donde los pastorcetes y padrecetes vayan a morar por toda la eternidad por fuera de nuestros paraísos. El nombre “Iglesia Evangélica Jesús es el Camino” encubre que su lógica institucional es similar a las de las redes de trata. Destruyen el deseo de las victimas, para satisfacer los deseos de los victimarios. Son impunes, porque poderes de los cielos y de la tierra los protegen. Organizan lo que denomino “sexualidad represora”. La sexualidad, cuyo fundante es el placer, trastocada en un equipamiento de tortura, sufrimiento y dolor. Una catequesis miserable ha logrado institucionalizarse. El abuso sexual, la pedofilia, ya no son solamente excepciones a la pureza de las reglas. Rezan. Solos, acompañados, pero nunca abandonados y siempre protegidos, el murmullo casi inaudible, puede sin embargo escucharse: “orgasmo nuestro que estás en los lechos”- No tendrán mi amén.


*Médico Psiquiátra, Psicoanalista y Fundador de Atico Cooperativa de Salud Mental

Cultura y Sociedad/Modelos Socioculturales del poder XII/Carpintero Enrique

Modelos socioculturales del poder XII

La época del nanosegundo: amnesia de futuro y lugar sin memoria*

La sensación de velocidad produce la paradoja de crear impaciencia, de hacernos sentir que no hay tiempo que alcance. Detenernos en esta época del nanosegundo nos lleva a no sucumbir a la ilusión del capitalismo mundializado. Tener conciencia de su artificio implica la posibilidad de construir una práctica social y política que se plantee como alternativa.

Por Enrique Carpintero**
(para La Tecl@ Eñe)


Quisiera desarrollar brevemente un tema que caracteriza la actualidad de nuestra cultura: el aceleramiento del tiempo subjetivo.
Hace 2.500 años, el filosofo griego Heráclito dejó una gran cantidad de conceptos fragmentarios que han llegado hasta la actualidad. Uno de ellos lo enunció con una metáfora: nunca podemos meternos dos veces en el mismo río porque, cuando entramos por segunda vez, el río habrá cambiado, ya no será el mismo. Lo único constante es el cambio. Sin embargo hoy, el cambio mismo ha cambiado. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que se ha acelerado nuestra concepción del tiempo en la relación con nosotros mismos y con los demás.
A lo largo de la historia, el tiempo fue una de las variables importantes en las relaciones humanas, aunque no siempre se lo midió de la misma manera. Hasta el Medioevo a nadie le importaba medir el tiempo en horas y minutos. Recién fue en el siglo XVI, con el inicio del capitalismo incipiente, que las campanas de Nüremberg comenzaron a sonar cada cuarto de hora. En la actualidad podemos caracterizar nuestra época por el nanosegundo. Este es una unidad de tiempo que se usa en la física cuántica, equivalente a la mil millonésima parte de un segundo. Pareciera que no alcanza para medir el tiempo con las horas y los segundos. Debemos medirlo en nanosegundos. Todo debe ser ya y cuando llegó es tarde. Tenemos la impresión que los días pasan a la velocidad de un nanosegundo. Sin darnos cuenta finaliza un año en el que nos quedaron muchas cosas sin hacer. La sensación de velocidad produce la paradoja de crear impaciencia, de hacernos sentir que no hay tiempo que alcance. Por ello, la ansiedad es uno de los síntomas de nuestra época.
Es que nuestra subjetividad esta construida en una cultura donde el aceleramiento es adecuado para consumir en el mercado de compra y venta en que se ha transformado nuestra sociedad. No es importante lo que se compra, lo que interesa es comprarlo. La consigna es “compre ya”. Puede ser un sacacorchos automático, un curso acelerado de yoga, diez sesiones para curar una fobia, o un psicofármaco de última generación. Lo importante es no detenernos. No detenernos para encontrarnos con el otro. No detenernos para pensar. No detenernos para conocer nuestro deseo. Algunos dirán: para qué detenernos si hay un sistema que nos ofrece todo lo que necesitamos. Uno de los logros que destaca el “modelo” del actual gobierno de Cristina Kirchner es el aumento del consumo. Pero en realidad éste es el problema: no es que necesitemos lo que nos ofrecen, sino que porque lo ofrecen, lo necesitamos.
El escritor Don DeLillo sitúa el comienzo de este aceleramiento subjetivo del tiempo en la década del noventa. Ésta es la década en que se afirmó mundialmente la hegemonía del capital financiero. Es la década del pensamiento único de este capitalismo llamado neoliberal. El objetivo era obtener ganancias rápidas y fáciles. Pero también fue la década del dinero virtual, de las empresas PuntoCom. Internet se transformó en el medio para invertir dinero a través de agencias que cotizaban en la bolsa de valores. Para ello, era necesario tener datos que cambiaban continuamente. Se ganaba y perdía dinero rápidamente, sentado cómodamente frente a una computadora. Por supuesto, cuando explotó la burbuja virtual, pocos ganaron y muchos perdieron. Luego explotó la burbuja hipotecaria en EEUU y también pocos ganaron y muchos perdieron. Ahora explotó la burbuja financiera en España, Portugal y Grecia y se esta decidiendo los pocos que ganan y los muchos que pierden.
Esta cultura de la velocidad abarca el conjunto de las relaciones cotidianas donde lo único importante es un futuro permanente. En la perspectiva postmoderna la historia ha llegado a su fin. El pasado no tiene más importancia. Todo es viejo y pasado de moda. Como dice Don DeLillo siempre hay que ir para adelante, nunca atrás. La duda que nace de la experiencia del pasado ha sido eliminada. Su resultado es haber “inventado una nueva teoría del tiempo. Ésta es la amnesia del futuro. Un lugar sin memoria”.
Sin embargo la memoria aparece. Lo que no queremos recordar interrumpe nuestra velocidad y nos detiene. Quizás, sin saberlo, los excluidos de este sistema encontraron un método: el piquete. Comenzaron los obreros desocupados cortando una calle o una ruta; siguieron los estudiantes, los maestros, los obreros ocupados, aquellos que piden por viviendas dignas, los vecinos de los barrios y de las ciudades del interior. Queremos llegar a un lugar y no podemos. Debemos mirarlos. Es la forma de hacer visible la invisibilidad de diferentes contradicciones sociales. Es allí donde el futuro se encuentra con la memoria de un presente que no se puede negar. Aunque siempre existe la posibilidad de huir para adelante. Sin embargo hay hechos a nivel mundial cuya significación no puede soslayarse. Debemos detenernos y observar qué está ocurriendo. La alta desocupación de los jóvenes en Europa y los países árabes los lleva a ocupar las calles de las grandes ciudades
[1]. Los excluidos de los llamados países emergentes se hacinan en las fronteras de Europa y EEUU. Pero es en el hipertecnológico Japón donde el terremoto y posterior tsunami pone en evidencia la fragilidad de la tecnología nuclear producto de la codicia de las empresas constructoras. Los reactores de Fukushima continúan diariamente contaminando los mares. Aunque se ha dejado de hablar sobre el tema sus consecuencias todavía son impensables para el ecosistema mundial.
Hay un aforismo que dice: lo que ves es lo que tienes delante de los ojos, no lo que imaginas que estas viendo o lo que deseas. Lo que ves es lo que ves y nada más que lo que ves como nos recuerda René Magritte: una pipa pintada, reconocible no es una pipa, son unas líneas y pigmentos de diferentes colores dispuestos sobre una tela de tal forma que nos provoca una ilusión visual. Detenernos en esta época del nanosegundo nos lleva a no sucumbir a la ilusión del capitalismo mundializado. Tener conciencia de su artificio implica la posibilidad de construir una práctica social y política que se plantee como una alternativa basada en la alegría de lo necesario.

*Este artículo esta basado en el editorial “La época del nanosegundo” de la revista Topía Nº 38, abril de 2003.

**Psicoanalista, escritor y director de la revista y la editorial Topía
enrique.carpintero@topia.com.ar


[1] Sobre este tema leer “Una rebelión conmueve al mundo”, compilador Mario Hernandez, Separata de la revista Topía, Nº 61, abril-julio 2011.

Sociedad Cultura y Memoria/Usos de la memoria/Volnovich Juan Carlos

Usos de la memoria



Reconocer que algo tenemos que hacer con el olvido y la memoria es reconocer que tanto el olvido como la memoria nos son necesarios, y que es preciso saber y recordar para poder olvidar ya que “diferente es el olvido que pasa por la memoria, del olvido que proviene del ocultamiento”


Por Juan Carlos Volnovich*
(especial para La Tecl@ Eñe)

Un interrogante me servirá como disparador.

“¿No sería mejor dejar las cosas donde están?”
La pregunta sincera, ingenua, si acaso piadosa, de una mujer a las Abuelas de Plaza de Mayo, se refería a los pibes como "cosas" y a las familias de militares que asesinaron a sus padres, como al lugar "donde están".
¿No sería mejor dejar las cosas donde están?
¿Cómo responder? ¿Cómo encontrar la buena respuesta? Entre tantas posibles, ¿cómo evitar la fácil, la obvia? ¿Cuál, la respuesta que abra a la polémica, a la confrontación, y restituya el carácter pertinente de la cuestión planteada? En definitiva: cuál, la respuesta que nos guíe para explorar lo impensable.
Se trata, para empezar, de reconocer que algo tenemos que hacer con el olvido y la memoria; reconocer que tanto el olvido como la memoria nos son necesarios, y que es preciso saber y recordar para poder olvidar ya que “diferente es el olvido que pasa por la memoria, del olvido que proviene del ocultamiento"
[i] (Marcelo Viñar). Es preciso saber y recordar para poder olvidar a sabiendas que una cosa es la memoria (la mneme de los griegos) y otra muy distinta la reminiscencia (la anamnesis de los griegos). Porque allí donde la memoria aparece como un proceso continuo que no se interrumpe, la anamnesis designa la reminiscencia de lo que se olvidó.
Es preciso saber que mientras dure el silencio, el ocultamiento y la mentira insistirán en el síntoma individual, encriptado circulará de generación en generación, hasta que "alguien" lo descifre con más o menos dolor; hasta que la recuperación de ese pasado, la captura simbólica de ese engaño, de lugar a una resignificación estructurante.
Se trata, entonces, de pensar sin miedo en la cuota de sentido y en la cuota de insensatez que tiene seguir denunciando la ausencia, continuar buscando a esos jóvenes, no cesar en el intento de encontrarlos.
Pero acaso ¿es posible pensar sin miedo? ¿Acaso es posible pensar con miedo? Los períodos democráticos abren --¿quién puede dudarlo?-- una tregua, buena para la reflexión. Pero ocurre que, generalmente, los cambios políticos, difíciles como son, tienen, sin embargo, una cierta agilidad comparados con los cambios en las costumbres y en las creencias. De modo tal que aun en democracia, es difícil pensar…y es difícil pensar en democracia porque cuando el terror se instala, sus efectos no cesan, aunque cesen de ejercerse las acciones que lo produjeron.
Durante los años de plomo, los militares que impusieron el terrorismo de Estado fueron ascendidos a la condición de dioses. Magos de la aparición y de la desaparición. Hicieron desaparecer personas como por arte de magia. Hicieron aparecer niños como por arte de magia
Aparición y desaparición. Tarea de magos... y de dioses
[ii]
Otros dioses precedieron a éstos, los de nuestra generación. Dioses que contribuyeron a cargar sobre nuestras espaldas la memoria del horror. Los colonialistas españoles que desembarcaron en estas tierras inauguraron con el "descubrimiento" una empresa de exterminio. Ellos, también, fueron magos de la aparición y la desaparición. Los españoles "descubrieron" América contra toda evidencia de las civilizaciones que residían aquí porque --como se sabe-- nada existe antes de haber sido creado por Dios. Así, a esos pueblos originarios (que ellos llamaron “indios”) o los pensaban como seres humanos completos, buenos para ser bautizados y catequizados, o bien se los reconocía como deficientes: buenos para ser aplastados, subordinados, cuando no exterminados. Los aborígenes fueron eliminados. Su existencia corporal y simbólica, negada (culturas tan diversas como la de los mapuches, tobas, quechuas, aymarás, shuaras, tetetes, cofames, cayapas, miskitos, entre otros fueron homogeneizadas bajo la categoría de indios). Culturas e historias casi desaparecidas. Junto al genocidio de los "indios", debemos a estos dioses, que cientos de miles de africanos fueran arrancados de sus tierras, de su cultura, de sus familias, de sus nombres y de su historia para convertirse en "cosas". Objetos de intercambio que "gestados" en bodegas de galeones nacían a la "nueva vida". Allí, nuevamente, la aparición (de los negros), la desaparición (de los pueblos originarios) que los dioses impusieron desde el poder.
Nuestra identidad nacional, nuestra cultura se forjó, también, con oleadas de inmigrantes. Sobrevivientes y verdugos, generalmente, de otros proyectos genocidas. Todo hace pensar que sabemos muy poco de su historia por la transmisión oral de nuestros abuelos. Si acaso anécdotas, mitos que se repiten hasta el cansancio para disimular silencios, vacíos. Más que relatos callados, se trata de marcas no significables. Experiencias abrumadoras que se inscriben por lo negativo: huecos.
Todo hace pensar que el silencio de los sobrevivientes y de los verdugos --que se explica por la insalvable dificultad de transmitirles a sus hijos el lugar activo o pasivo que les tocó en un proyecto de exterminio-- se inscribió como hecho traumático. Tanto más eficaz cuanto que su causa fue muda. Porque ¿Cuál es la palabra para designar el horror? ¿Cuál el relato que permita transmitir eso, insoportable, de haber sido objeto, destinatario elegido, de un proyecto de destrucción? ¿Cómo hablar desde el lugar de sujetos inhumanos, pensados para ser exterminados y quemados?
Esos dioses --los nazis, por ejemplo-- también tomaron la decisión estratégica de exterminar la "raza" toda: eliminar a los judíos en sus prolongaciones ascendentes y descendentes para, después, negar que hubieran existido. De ahí, la industria de la desaparición de cuerpos. Esa maquinaria mortífera de los hornos, los campos de exterminio…la fábrica de cadáveres.
Nuestra identidad nacional, nuestra cultura se forjó, decía, con oleadas de inmigrantes. En su mayoría, sobrevivientes y verdugos de la Shoah, de proyectos genocidas (los judíos, los armenios, los gitanos) o de persecuciones ligadas a la pobreza y a las guerras.
El genocidio de los judíos y de los los armenios casi nada tiene que ver, seguramente, con el exterminio de los pueblos originarios, ni con el arrancamiento al que fueron sometidos los negros africanos. No se puede comparar la persecución masiva, la tortura y la desaparición a la que fue sometida la sociedad argentina entre 1976 y 1983, con los horrores de las guerras convencionales (la de la Triple Alianza, la de las Malvinas, para citar sólo dos que nos "tocaron" de muy cerca) o con el arrancamiento que padecieron los inmigrantes y los refugiados, o con las víctimas del neoliberalismo, pero, sin embargo, algo tienen en común. Son parte de un pasado traumático, identidad nuestra hecha con marcas letales. Existe un registro diferente --una particular inscripción en la individualidad psíquica, y en la Memoria Colectiva-- para las guerras, el “Holocausto”, los genocidios, el terrorismo de Estado y la amenaza nuclear; pero todas ellas ponen en peligro la supervivencia de la especie y, por lo tanto, comparten una particular manera de impedir su captura simbólica. Captura simbólica que tiende a quedar abolida con la propuesta inicial: ¿No sería mejor dejar las cosas donde están?
En la memoria colectiva de esta región del planeta que a todos incluye, no faltan ausentes. Sobran los desaparecidos. No faltan ausentes ni, mucho menos, faltan ciertas presencias demoníacas. De modo tal, decía, que algo tenemos que hacer con la presencia y la ausencia; algo tenemos que hacer con el olvido y la memoria a sabiendas que un abismo separa la Historia de la Memoria Colectiva. La Historia como disciplina científica, que los historiadores de oficio desempeñan, intenta restituir un pasado perdido, un pasado total y objetivo que está muy lejos de aquél que la Memoria Colectiva evoca. Si bien la Historia de los historiadores es selectiva, los criterios de selección, las leyes que la regulan, son internos a la disciplina. En cambio, la Memoria Colectiva, siendo lo que es, metáfora psicológica, hace uso del recuerdo y del olvido en el presente, cuando el pasado es transmitido a las nuevas generaciones a través de lo que Yerushalmi
[iii] llamó “los canales y receptáculos de la memoria” y a lo que Pierre Nora prefirió aludir como “lugares de la memoria”.
Los psicoanalistas incitados a pensar en estos temas, sabemos muy bien que, en todo caso, se trata de recordar, para no repetir. Revelar, para poder olvidar o, al menos, para cicatrizar heridas. Trabajo este, el de pensar, que permita innovar en el siniestro destino que tiende a reiterarse. Porque si de algo estamos convencidos --poco, pero algo al fin-- es que el hecho traumático que no es elaborado, el hecho traumático que no es simbólicamente resignificado (individual y/o colectivamente, pero sobre todo colectivamente), se transmite de generación en generación y se expresa como compulsión a la repetición. Reaparece en lo real.
No obstante: ¿No sería mejor olvidar?

Atenas

“Mejor, olvidar”. De la Grecia antigua, que marcó tanto nuestra cultura occidental, nos llega la orden del olvido forzoso: olvido colectivo.
Más que en Grecia, en la Atenas del Siglo V antes de nuestra era, la memoria fue prohibida. Doblemente prohibida. La primera vez a comienzos del siglo (494 a.c.). “La toma de Mileto”, tragedia en la que Frínico daba cuenta del sufrimiento de la familia jónica aplastada por los persas, fue castigada con multas y suprimida para siempre. Y esto se debió a que durante la representación, como nos recuerda Heródoto, “el teatro entero prorrumpió en lágrimas”. De ahí el peligro de rememorar los propios males, padecimientos que no deben ser evocados como no se deberían abrir las heridas dolorosas. El pueblo de Atenas hizo saber que no iba a soportar escenas ni nada que pudiera afectarlo a partir del recuerdo.
La segunda prohibición vino a finales del mismo siglo V antes de nuestra era, intentando cerrarle el paso al recuerdo de las desgracias, provenientes, esta vez, de la propia guerra civil. Se prohibió, entonces (en el 403 a.c.), recordar el horror como manera de lograr una reconciliación democrática. Amnistía con amnesia fue la consigna. “No recordaré las desgracias” fue el juramento que comprometió, uno a uno a los demócratas atenienses y que supuso algo más: renunciar a la venganza. Olvidar, para evitar represalias. Olvidar el duelo, la ira del duelo, enterrar el odio infinito como si nada hubiera pasado. Memoria suprimida. Así, la política de Atenas comenzó allí donde se borró el recuerdo, donde cesó la venganza; donde se impuso el olvido colectivo.
Es necesario destacar aquí, que Memoria Colectiva e Historia, desde la Grecia antigua en adelante tomaron rumbos diferentes; pero ambas lo hicieron adoptando rostro de mujer. La obligación de olvidar, la prohibición del recuerdo fue, fundamentalmente, una imposición a las mujeres atenienses; mujeres habitadas por un odio infinito, por una ira eterna a causa del duelo por sus hijos muertos en la guerra. Desde la polis griega hasta la Plaza de Mayo, fueron siempre las mujeres memoriosas las “más peligrosas”. Tal parecería ser que en nuestra civilización patriarcal ellas, dolidas, enlutadas, rencorosas, están siempre prontas para recordar y para clamar venganza. Tal el poder de las lágrimas de las mujeres en el espacio público…. No hay arma política más eficaz. Pero, como bien describe Nicole Loraux, en ellas recae, también, la responsabilidad de montar guardia sobre la historia de la democracia. Al depositar en la mujeres los archivos de la Polis, al instalarse en el Metroon (ese templo a la madre ubicado en el Ágora de Atenas vecino y gemelo del Buleuterion, sede del consejo de Atenienses donde se cocinaba la política democrática), al instalarse en el Metroon, decía, los archivos de la polis, al quedar en manos de mujeres, la historia de la ciudad quedaba en buenas manos.

Judaísmo
Si la democracia ateniense se fundó en la prohibición de recordar las desgracias, el monoteísmo basó su vigencia y permanencia en la obligación del recuerdo. Recordar, no olvidar, se instaló como mandamiento indeclinable.
Moisés recibió la Toráh en el Sinaí, de ahí a Josué, y de Josué a los Antiguos, de los Antiguos a los Profetas, y así siguiendo hasta nuestros días. La Toráh, ese libro sagrado, patrimonio de los sacerdotes pasó a ser, en nombre de la recreación rememorativa permanente, propiedad de todo un pueblo. La Toráh fue destinada a ser recordada, como recordada será la destrucción del Segundo Templo a manos de los romanos. Ese templo que fue lugar de memoria judía. El recuerdo, entonces, se convirtió en obligación insoslayable para el pueblo judío como lo fue el olvido para los griegos, solo que para los judíos no se trató de cualquier recuerdo. No estuvo en juego la obligación de recordarlo todo sino la de recordar siempre sólo aquello que la Ley de Dios habilitaba: la halakhah. Pero esa Ley, esa Halakhah, no tenía ni tiene el sentido de la Ley, nomos, el sentido alejandrino primero, el sentido paulínico, el sentido lacaniano que adquirió, después. La palabra hebrea halakh remite a marchar, alude al camino por el que se transita. El camino, la vía, el conjunto de episodios ejemplares y edificantes que le dan a un pueblo el sentido de su destino.
Tal vez por eso el propio Freud --Freud, el judío-- en Agosto de 1938, escapado de su Jerusalen Vienesa, inmediatamente después del Anschluss (la anexión de Austria a la Alemania Nazi), con clara evidencia de la muerte que se avecinaba, envió a Anna Freud al XV Congreso Internacional que en París reunió a la diáspora psicoanalítica, con un fragmento de su hasta entonces inédito Moisés y el Monoteísmo. Fragmento que decía así:
“Los infortunios políticos sufridos por la nación judía le enseñaron a los judíos a valorar el único bien que les quedó: su Escritura. Inmediatamente después que Tito, el Romano, destruyó el templo de Jerusalén, el rabino Johanan ben Saccai solicitó el permiso de abrir en Jabneh la primera escuela para el estudio de la Torah. Desde entonces, el pueblo disgregado se mantuvo unido gracias a las Sagradas Escrituras y al interés espiritual que ésta sucitó”.
Tampoco esta concepción del recuerdo forzoso, esta construcción de la memoria colectiva se limitó a los judíos. Se mantiene vigente en cada dispositivo totalitario cuando decide, día a día, qué debemos recordar y qué debemos olvidar. Al imponer un Dios único, también la religión obligó al olvido. Olvido impuesto por el monoteísmo que arrastró para siempre el recuerdo del vasto y rico universo de la mitología pagana.
Pero no me perdonaría omitir en éste espacio una referencia a nuestra Memoria Colectiva. Por eso insisto con la pregunta inicial: ¿No sería mejor dejar las cosas donde están y no pensar más en eso?
La propuesta dirigida a las Abuelas de Plaza de Mayo: "dejar las cosas donde están", sugiere un pacto, un acuerdo, una complicidad. Pacto entre dos partes: una, acorralada por la ausencia; la otra, dueña de la vida y la muerte, que les "sugiere" como única salida para conjurarla, hacer suyo el deseo letal. O, peor aún, aceptar que sus hijos nunca existieron como humanos. Acuerdo propuesto para convalidar, dejando "las cosas donde están", a los dioses en su lugar de poder. Pacto que intenta ocultar los crímenes cometidos por los militares o, si acaso, atribuirles a las víctimas la intención agresiva y violenta que soportan. De ahí que a las Abuelas se les pida cesar en su búsqueda, "dejar las cosas donde están", renunciar a “seguir haciendo daño.”
El terrorismo de Estado basó su eficacia en la aniquilación física y en la destrucción de los cuerpos y de los símbolos. Mataron cuerpos y mataron la propia muerte. Ocultaron el origen de la vida y la muerte. "Dejar las cosas donde están" significa, entonces, exponernos a la perpetuación de la desaparición y la muerte. Seguir ofertándoles sacrificios a los dioses para sostenerlos en su lugar de poder. Significa someternos a la amenaza de muerte --o de desaparición-- haciendo nuestro el deseo de muerte y de desaparición, que nos toma por destinatarios.
Para las Abuelas "dejar las cosas donde están", significa que ellas mismas deberían aportar a su aniquilamiento. Evaporarse. Lo que las Abuelas no callan, lo que denuncian con su incorruptible anhelo de encontrarlos es, simplemente, la existencia de sus nietos. Esos pibes existen. Y lo que ellas pretenden es poder llamarlos por su nombre.
Por el contrario, "dejar las cosas donde están", invita a aceptar el silencio, la insensatez y la muerte. La muerte, y la abolición de la muerte. Propone, también, resignarse a la prolongación del terrorismo de Estado que nuestra precaria Democracia intenta interrumpir.
Si como decía al principio tanto el olvido como la memoria nos son necesarios, desde que se me hace imposible trazar la línea divisoria entre el exceso y el defecto, tomo partido por el exceso. Puesto a elegir –hereje--; identificado con el que escoge (ya que ecléctico deriva del griego eklektikós) –ecléctico--; me pongo del lado del exceso de memoria. Tanto es mi temor a la repetición que el olvido augura que, más judío que griego, prefiero recordar demasiado antes que olvidar de más. Me prefiero el Funes de Borges, antes que el dañado cerebral de Luria (aquel que herido en el cerebro, sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial pero sin memoria). Me prefiero mnenonista, el de la memoria prodigiosa que le impedía olvidar, antes que el Leonard de Memento, el protagonista del film de Christopher Nolan.
Si es esta mi elección, si me juego por suturar la memoria que el ocultamiento fractura, que no cesen de acumularse recuerdos; que nos inunden las olas de imágenes pasadas; que se multipliquen las narraciones orales; que los académicos nos abrumen con sus textos y los artistas no dejen de agobiarnos con sus obras; que las fotografías de los desaparecidos no desaparezcan; que el psicoanálisis cante presente ante la infatigable tarea de enfrentar el horror; de modo que se sepa acerca del poder simbolizante de la Memoria Colectiva; de modo que se sepa acerca de los infinitos sentidos, los inagotables significados capaces de desplazar, de una vez y para siempre, la certeza de una única interpretación de la realidad.

*Juan Carlos Volnovich es médico psicoanalista.

[i] Viñar: Marcelo. Fracturas de la memoria. Montevideo: TRILCE Ediciones, 1993.
[ii] Dejando de lado el sentido polémico y hasta peligroso del término patriarcado, esos dioses -dioses de la aparición y la desaparición- se me hacen dioses patriarcales. Dioses envidiosos de la fertilidad femenina que realizan -en su universo psicótico- la fantasía de ser ellos los que hicieron a esos niños, los que después de "gestarlos" les pusieron nombre, les pusieron fecha y lugar de nacimiento. Les dieron identidad e historia, los bautizaron y - (de)negando a sus verdaderas madres (ya que no aceptan el asesinato sino que reclaman la inexistencia de esas madres: desaparecidas)- después de construirlos ellos mismos, les dieron una "madre".
[iii] Yerushalmi, Y.H.: Reflexiones sobre el olvido. Coloquio de Royaumont. En Usos del Olvido. Nueva Visión. Buenos Aires. 1998.

Sociedad/Tercera entrega de El desperdicio argentino/Mirta Vazquez de Teitelbaum

Tercera entrega de El desperdicio argentino

Aquello que amamos nos hace sufrir, lo que nos gusta a veces nos mata, lo que apetecemos está prohibido. ¿Qué hacer?

Por Mirta Vazquez de Teitelbaum*

(para La Tecl@ Eñe)
Foto: Man Ray

Contar hasta tres

La lengua nos da refranes. Contar hasta diez… es un modo de contener la impaciencia y posponer, mediante una apretada reflexión, un acto que se preveía violento.
Si se realiza como ejercicio 10 segundos, bien contados, son suficientes para permitir, a veces, detener la reacción. Aunque sabemos en psicoanálisis del valor de la prisa, ya que en otras tantas ocasiones 10 segundos suponen perder la oportunidad de actuar.
Otra vez la relatividad del tiempo cronológico y su articulación con la subjetividad como indicaba en la segunda entrega respecto de Hamlet.
Contar hasta por lo menos 3 se refiere al tiempo del acto, donde el sujeto sufre una pérdida, no al tiempo más o menos rápido de una reacción.
Paso a explicarlo.
Acabo de ver una obra de teatro de Rafael Spregelburd: Apátrida.
Se trata de un duelo entre un pintor famoso y un crítico español que tuvo lugar en el siglo XIX en Buenos Aires. La anécdota histórica le sirve a Spregelburd para mostrar una modalidad de enfrentamiento bajo la forma lógica del “o bien-o bien”, “o esto o lo otro”.
Es lo especular donde hay sólo dos lugares y Lacan lo refiere al modo en que se manifiesta la agresividad: “o yo o el otro”.
Lo interesante de la obra es que Spregelburd les hace decir a cada uno de sus personajes frases que encierran parte de una verdad. Pero no hay más que verdad a medias, la verdad no puede decirse toda…porque no hay todo.
Lo especular lleva a la confrontación a muerte y los personajes llegan a batirse a duelo.
Otra obra, esta vez un libro escrito por Cristina Bajo, Como vivido 100 veces, plantea la misma falsa opción pero a nivel nacional. La trama se desarrolla entre los años 1829 y 1934 en la provincia de Córdoba, Argentina, y el desenlace es una guerra civil.
La contienda armada obedece a la lógica del todo o nada y las pérdidas se contabilizan luego de finalizada. Hay vencedores y vencidos y cada parte sabrá lo que apostó, lo que perdió y lo que obtuvo como ganancia.
El tema, tanto en una como en otra obra, es que desde esta posición se juega la vida. Y también a veces se juega con la vida de los que forman parte de la situación.
Lo especular tiene su punto de partida en la constitución del sujeto que se realiza, según Lacan con la articulación de 3 registros: imaginario, simbólico y real. Los describe como redondeles anudados con una intersección central. De modo que este nudo es indisoluble pero, cuando se trata de “o uno u otro” prevalece el eje imaginario. Hay sólo dos lugares. Por eso el otro aparece como en espejo.
Y conviene contar hasta 3… Tomar los 3 registros anudados por una parte y, por otra, establecer cierta dialéctica entre los dos términos antagónicos que permita obtener algo novedoso, una solución que no estaba pensada antes.
Algunos la llaman una solución “superadora”. ¿De qué? Ningunos de las dos partes se quedará satisfecha por haber renunciado parcialmente a lo que considera su “verdad” aunque quizás pueda rever el asunto con lo que obtuvo de la verdad del otro. Es algo.
Lacan trabaja la paradoja del robo: “la bolsa o la vida”. Es la lógica del o bien-o bien.
Y en realidad dirá que la elección, forzada, compromete a ambas: si no se le da la bolsa se pierde la vida, si se le da queda una vida empobrecida. Es una apuesta. Y un ejemplo.
En algún momento se pensó que lo simbólico podía atemperar el goce. Es lo que se trata de transmitir en un psicoanálisis, uno por uno, aunque en la práctica nos encontramos con sujetos que no quieren eso y es lo que se llama resistencia.
No es voluntaria, es inconciente. El neurótico se da excusas y justificaciones permanentemente para mostrar que sufre sin merecerlo. Es lo que se dice: “se patea en contra”. Freud había encontrado a los que “fracasan al triunfar” en su práctica y escribió un artículo con ese título.
“Las paradojas del goce” es también el título de un libro de Jacques Alain Miller.
[1]
Aquello que amamos nos hace sufrir, lo que nos gusta a veces nos mata, lo que apetecemos está prohibido. ¿Qué hacer?
El psicoanálisis propone una salida individual.
La pregunta que me guía es respecto a lo colectivo. La Argentina es campo propicio para estas contiendas y sobran los ejemplos.
El discurso jurídico tiene el valor de relativizar la verdad de cada uno y, a diferencia de la guerra, permite plantear el desacuerdo de manera incruenta, pero antes de esa instancia: ¿qué hacer cuando predomina lo especular?
Cuando no se consigue moderar el odio, morigerar la revancha o llegar a acuerdos cediendo, no el deseo, sino algo de esa verdad que parecía inamovible aparece la violencia. Es la lucha a muerte con el otro, se desea su aniquilación.
Contar con el tres, entonces, antes que contar hasta tres.
Reubicar las diferencias en ese lugar tercero, exterior a la verdad de cada uno, no el punto medio porque no hay toda-verdad, y el medio supone una división justa.
Cada uno sabrá qué cede y qué retiene para que no se repita, “como vivida 100 veces” la misma historia.
De últimas, la historia está escrita por sujetos neuróticos. Los perversos cometen sus actos sin negación ni culpa alguna. Ellos no necesitan justificación.

*Mirta Vazquez de Teitelbaum
Psicoanalista
Miembro de la AMP (Asociación mundial de Psicoanálisis)
Miembro de la Eol (Escuela de la orientación lacaniana)
Miembro de Comisión Directiva de Aiap (Asociación de interacción Arte-Psicoanálisis)



[1] Jacques Alain Miller. Psicoanalista francés. Fundador de la Asociación Mundial de psicoanálisis.

Informe Política y Literatura/Literatura, cultura y estética comunicacional/Varela Santiago

Literatura, cultura y estética comunicacional

En una época globalizada donde lo mediático pretende determinar lo que existe y lo que no, cada texto debe ser analizado, revisado y, fundamentalmente, cuestionado. Incluso Wikileaks. En ese contexto es claro que la literatura podrá ser políticamente neutra, pero no ideológicamente neutral.

Por Santiago Varela*
(para La Tecl@ Eñe)

En estos días, gracias a la visita de Vargas Llosa a nuestro país, se está discutiendo con vehemencia acerca de la vinculación entre literatura y política. Más allá de las posturas de unos y de otros, lo importante ha sido la discusión como tal. Como sociedad ya no podemos hacernos los tontos o los distraídos. Sabemos que ambas cosas, literatura y política, están íntimamente relacionadas. Y si bien los que no compartimos las posturas militantes actuales del Premio Nobel, seguimos recordando su brillante obra literaria, nos queda como posible explicación para un análisis, el hecho de que Vargas Llosa “antes”, cuando escribía la literatura que nos apasionaba, pensaba de otra manera. Tenía otras ideas políticas, otra ideología. Las personas no son como los libros que quedan fijados el día de su publicación, las personas -por suerte- cambian. Aunque estos cambios, a veces, no sean de nuestro agrado.
Personalmente no creo que el Vargas Llosa de hoy, tan a la derecha del dial, hubiera podido escribir la Ciudad y los Perros. Imposible. Eso lo escribió el Vargas Llosa de los 60. Otro señor.
Si bien el proceso literario es sumamente complejo, por las variables que en él intervienen, sobre todo por la imposibilidad de acceder a los pasadizos profundos y secretos del autor, lo cierto es que pueden arriesgarse algunas definiciones. Es claro que la literatura aséptica, pasteurizada de todo contenido ideológico, no existe. Podrá ser políticamente neutra, pero no ideológicamente neutral. Consciente o inconcientemente el autor debe fidelidad a la estructura interna de su pensamiento.
Puede simular, mentir; pero solo será eso, una simulación, una mentira. Y si bien el disfraz o la astucia sirven para un discurso político o un panfleto, no alcanzan para hacer buena literatura.
También que una obra esté vacía de anclaje con el entorno, real o simbólico, debe ser tomado como una postura ideológica. Es lo que los humoristas definen cuando se hace humor con náufragos en islas desiertas. (género bastante común) Ese humor intenta estar por fuera de todo contexto espacial y temporal. El personaje está solo con su chiste, aislado del mundo. Sin embargo, ese tipo de humor -lo del náufrago es sólo un ejemplo entre cientos- tiene un claro contenido ideológico. Desde que Ariel Dorfman con su clásico “Para leer el Pato Donald” reveló los significados ocultos de las situaciones aparentemente “inocentes”, la inocencia se murió.
En una época globalizada donde lo mediático pretende determinar lo que existe y lo que no, lo que debemos saber y lo que no, cada texto debe ser analizado, revisado y, fundamentalmente, cuestionado. Así como los pasajeros debemos pasar los controles de seguridad en los aeropuertos, así los textos deben pasar los filtros de confiabilidad. Incluso Wikileaks.
Podrá el autor decirnos que nos brinda una novela de amor, pero el pobre no pudo evitar que le saliera un panfleto. Podrá el escritor jurar que no tiene un pensamiento machista pero en su obra no hay personaje femenino que no termine en la hoguera… salvo su madre.
Los humanos emanamos, exhalamos, irradiamos ideología en cada acto que realizamos. No podemos evitarlo. Somos como el patito criollito, un pasito, una cagadita. Y en cada cagadita está lo que somos en profundidad, está nuestra ideología.
Y cuando escribimos, escribimos, casualmente de eso.
Por supuesto la ideología no es como el ADN que viene incorporado como un código de barras desde el nacimiento, sino que se trata de una construcción cultural en la que intervienen cientos… o miles… de factores. En la medida en que esos factores cambien -o los cambiemos-, se modificará nuestra manera de pensar el mundo, nuestra ideología.
Ahora incorporemos en nuestro análisis al “otro”, con otra ideología, con otra formación, tal vez con otro origen cultural.
¿Podemos interactuar con otras ideologías distintas sin matarnos? La historia nos muestra que los humanos tenemos una vocación bastante instalada y estimulada, dirigida a eliminar lo que aparezca como distinto. Genéticamente somos mamíferos territoriales y algunos, además, venimos con vocación de machos alfa.
La cultura es lo distinto, es lo que contextualiza lo genético, lo que nos torna humanos. En este plano se desarrollan las batallas culturales. Si bien algunas sociedades suelen recurrir muy rápidamente al garrote, sobre todo cuando tienen vocaciones imperiales y cantidades suficientes de aviones y bombas como para justificar sus ambiciones, saben que deben apoyarse en la cultura para intentar justificar sus actos. Se bombardea para salvar vidas, de la misma manera en que la Inquisición chamuscaba gente con el loable propósito de salvar sus almas.
Para acreditar sus acciones, algunas sociedades utilizan los aspectos más presentables de su cultura como un caballo de Troya. Lo rodean de palabras bonitas, lo envuelven como para regalo… y en cuanto nos descuidamos, nos embocan.
Palabras bonitas, políticamente correctas. Esta es una de las armas de destrucción masiva que se suelen utilizar en las batallas culturales. La clave está en usar aquellos términos que son valorados universalmente, digamos: libertad, democracia, igualdad… Pero el quid está en usar sólo la parte de afuera de esas palabras, sin su significado interior. Así salen más baratas. Una explicación probable es que en esta época la cantidad de información es sencillamente abrumadora. De la misma manera en que un viajero puede perderse por falta de camino, también puede volverse loco por exceso de caminos y huellas que se dirigen hacia distintas partes. Hoy nos llegan tantas palabras a través de los diarios, de los libros, de Internet, de los SMS y de la televisión, que si tuviésemos que prestarle atención a cada una, no tendríamos tiempo de escucharlas y/o leerlas a todas. Son demasiadas. Por más q se achiken, no hay caso, son demasiadas.
Es así que en los diarios prácticamente se han dejado de escribir los cuerpos de las notas. Lo que valen son los títulos y, a lo sumo, las bajadas. Muchos lectores aún no lo han notado, pero los cuerpos de las notas son los mismos, se repiten constantemente. Es más, el título puede referirse al “Triunfo de la Democracia en Irak” y la nota traer la receta de las torrejas de berenjenas. O bien el titular hablar de la “Ingerencia del Gobierno en la Educación” y la nota hablar, nuevamente, de las torrejas de berenjenas.
Lo mismo pasa en televisión. Un movilero tiene 30 segundos para llegar hasta alguien a quien no conoce y preguntarle algo, cualquier cosa, sobre un tema del cual tampoco sabe nada. Luego viene la tanda, los goles de la semana y otra tanda. ¡No hay tiempo! No podemos detenernos sobre cada palabra a ver qué dijo o qué quiso decir.
Esto también lo saben los políticos por eso en campaña, si los dejan, cada vez hablan más y dicen menos. Pero si el espacio lo tienen que pagar ellos, entonces hablan menos y no dicen nada. Lo importante es la imagen y el slogan. ¡Una sonrisa, una frase… y sale con fritas!
En esta era tecnológica en la que todo queda registrado, los comunicadores, mariscales de estas batallas mediáticas, no pueden darse el lujo de ser coherentes con ellos mismos, porque todo lo que se dice o se escribe tiene un sentido táctico inmediato, totalmente distinto al de ayer.
Que dos políticos, días atrás, se hayan matado y hoy se den besitos en la trompita no debe interpretarse como una incoherencia, sino como pragmatismo de alto nivel de pureza. Eso es lo que hay que vender. La duda es la jactancia de los intelectuales, Rico dixit. Y los intelectuales son unos eternos rompepelotas, dixit muchos otros... y con razón.
Por suerte vino Vargas Llosa y se logró que por unos días no se hable, por lo menos no tanto, de Manguera y Juanita, el otro eje fundamental de nuestra Realidad Nacional. Digamos que esto es parte de una batalla cultural, parte de otra mayor, que se viene dando desde hace milenios, desde que los imperios existen.

Otrosídigo: Lo contradictorio de esta nota es que corremos el riesgo de ser acotados, superficiales, corridos por el tiempo o por la cantidad de caracteres o por la simplificación pseudo didáctica. Es evidente que la cultura del movilero se nos está metiendo entre las tripas.

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Santiago Varela/2011
*Periodista y escritor. Co-conduce el programa radial “Argentina tiene historia” junto a Jorge Halperín y Nora Anchart en Radio Nacional.