08 noviembre 2011

Política y Sociedad/Los años tumultuosos y el presente cargado de futuro/Ricardo Forster


Reflexiones en torno al triunfo de Cristina Fernández

Los años tumultuosos y el presente cargado de futuro.


Para analizar el contundente triunfo de Cristina Fernández de Kirchner en las pasadas elecciones presidenciales de Octubre, es necesario interpretar lo que ha sido el proceso político-cultural, incluso simbólico, que ha dejado alrededor de su itinerario por la historia contemporánea de Argentina, el gobierno de la Presidenta, y en un sentido todavía más amplio, lo que genéricamente podríamos llamar el kirchnerismo.

Por Ricardo Forster*

(para La Tecl@ Eñe)**


Analizar el resultado electoral del pasado 23 de Octubre nos lleva a tener que abrir un mapa de interrogaciones y a realizar un análisis mucho más medular y profundo respecto a qué ha sucedido en el interior de la sociedad como para que se haya alcanzado ese 54%, que es un voto exponencial y caudaloso. Hay varios elementos que muestran a su vez, la trama compleja que se inscribe en el interior del voto a Cristina y en el interior del voto al Frente para la Victoria. No es cierto, como ha señalado algún discurso opositor, que el triunfo se haya debido pura y exclusivamente a la situación económica, a los altos índices de consumo y al bienestar que, en general, siente la mayor parte de la sociedad. Por supuesto que siempre la economía hace lo suyo, que es inimaginable un resultado electoral de esa magnitud en un contexto de crisis económica, pero sobretodo hay que interpretar lo que ha sido el recorrido, el proceso político-cultural, incluso simbólico, que ha dejado alrededor de su itinerario por la historia contemporánea de argentina el gobierno de Cristina Fernández, y en un sentido todavía más amplio, lo que genéricamente podríamos llamar el kirchnerismo. Y allí nos encontramos con una pluralidad de cuestiones, con marcas de distinto tipo que atraviesan lo social y, obviamente lo económico, lo cual incluye también la dimensión cultural-simbólica, la sensibilidad, las transformaciones en el interior del sentido común; una puesta en cuestión de lo que podríamos llamar la visión hegemónica del poder que se trasladaba hacia esa forma artificial de representación que es la opinión pública, modificaciones que se fueron desplegando paulatinamente y que encontraron en ciertos acontecimientos, momentos caudalosos y significativos. Sin duda que para entender el triunfo de Cristina, y para entender el crecimiento exponencial del kirchnerismo, hay que ir hacia el punto de partida, hacia aquello original, ese trastocamiento que aparece con el gobierno de Néstor Kirchner, aquello que viene a producir como novedad el giro excepcional de un contexto histórico que no necesariamente estaba inscripto en la definición del recorrido de la Argentina como sociedad. La emergencia, en ese momento de Néstor Kirchner, vino a perturbar la lógica de la repetición, es decir, un proceso que había capturado el movimiento de la sociedad en términos de una crisis recurrente y de un pesimismo generalizado respecto a alguna posibilidad de salir de esa crisis. Kirchner viene a producir una inflexión y habilita otra relación de la sociedad respecto a dos instancias que son fundamentales y que van a marcar el derrotero posterior: La relación con el pasado y la relación con el futuro. Produce una doble reparación que en términos de pasado la vemos ya claramente instalada en ese acto fundamental de reparación de la memoria y de justicia que ha sido la sentencia en la causa ESMA del miércoles siguiente a la elección nacional, donde se juzga al núcleo emblemático del terrorismo de Estado. Uno podría ver que hay un camino recorrido entre el Kirchner que anuncia la derogación de las leyes de impunidad y de indulto y el momento en que cristaliza el punto más álgido de la justicia que es precisamente en términos emblemáticos, simbólicos, la condena a Jorge “ el tigre” Acosta, a Alfredo Astíz, y al resto de los miembros de los grupos de tareas de la ESMA. Muestran que allí se ha reconocido y se ha cristalizado algo fundamental que incluso rompe en mil pedazos el discurso de cierta oposición que planteaba la lógica de la impostura, la utilización espuria de los derechos humanos simplemente para garantizarle al kirchnerismo una suerte de camuflaje o de maquillaje que mientras mantenía las políticas de los ’90, ofrecía a la sociedad un seguro discurso progresista. Claramente una parte importante de la sociedad ha sentido que la política de derechos humanos ha sido algo notable, fundacional, decisiva, parteaguas, en este proceso abierto en mayo del 2003 y que fue creciendo exponencialmente hasta llegar a la última sentencia. Entonces, en esa instancia se rompe un núcleo de ficcionalización que había construido un cierto discurso opositor, y sobretodo, proveniente de cierta crítica intelectual integrada por figuras como Beatriz Sarlo, Tomás Abraham, Jorge Lanata, Martín Caparrós que han tratado de transformar al kirchnerismo en una suerte de neo-menemismo capaz de disimular su condición neo-liberal pero manteniendo estructuralmente esas políticas mientras operaba en términos de ficción y de impostura frente al conjunto social. Entonces, tenemos ahí una primer ruptura, un primer rasgo maticialmente decisivo para entender lo que porta de nuevo el kirchnerismo. Luego, tenemos también un elemento no menor que es la recomposición de la vida económica- social pero no bajo la condición de crecimiento de la riqueza y derrame de la riqueza sino ligada directamente a una recuperación sistemática de derechos laborales que habían sido cercenados por las políticas de los ’90. Es decir, en el mismo momento que se inicia el proceso de reconstrucción del aparato productivo, generando lo que va a ser un incipientemente proceso de reindustrialización, se da en simultáneo a ese proceso una reconstrucción del espacio del trabajo y de los derechos y el salario, en términos de generación de una política que hunde sus raíces en lo que podríamos llamar una tradición neo- keynesiana, que también va a encontrar un punto clave en la revalorización del rol del Estado como instrumento fundamental para revertir las políticas liberales de desindustrialización y destrucción de derechos. Así, el kirchnerismo también va a generar un rasgo clave, decisivo y cada vez más visible, que es la recuperación del Estado junto y en común con la recuperación de derechos, la revalorización del trabajo y la posibilidad de que ese sujeto social sea portador de una capacidad política. En ese sentido, el papel de los sindicatos pasa a ser otro, se refuerza evidentemente la capacidad de la CGT o de la CTA para expresar voluntades colectivas y aparece como un actor que será parte del proyecto y de la alianza que intenta desplegar el gobierno de Néstor Kirchner y, en gran medida, después el gobierno de Cristina Fernández. Este es otro momento fundamental: La reconstrucción de la economía no se hace simplemente bajo la forma de recuperación del capital, independientemente de que esa recuperación estuviese más ligada al capital productivo que al capital financiero, sino que junto con la recuperación del capital productivo se busca centralmente reparar el daño social y lo que el daño social irradia como daño cultural o daño en la vida social o destrucción del tejido social en los sectores más postergados. Entonces, hay allí claramente un proceso en el que se va a ir modificando lo que había sido el núcleo duro de las transformaciones neo-liberales. A eso hay que agregarle también, y claramente instalados en el gobierno de Cristina y a partir del conflicto de la 125, una decisión que es producto de las circunstancias históricas; muchas veces es la propia historia la que desafía, la que genera situaciones que modifican lo que los actores creían que tenían que hacer y se lanza a nuevas experiencias. El conflicto de la resolución 125 le dio al kirchnerismo una dimensión política más intensa que todavía no había adquirido, creó las condiciones de una participación militante que antes apenas lograba esbozar, y generó también, la emergencia de bloques socio-económicos, político-culturales, enfrentados. Ahí comienza a desplegarse una disputa, que es una disputa económica pero que también es una disputa por el relato, una disputa por la renta pero también por el sentido común. El kirchnerismo descubre que no se trata sólo de lograr expansión económica, grandes índices macro-económicos, ni siquiera se trata de satisfacer los deseos de las clases medias que precisamente a lo largo de los cuatro años del gobierno de Néstor Kirchner habían recuperado velozmente lo perdido en los últimos años de la década del ‘90 y con la crisis del 2001. Sin embargo, esos sectores se van a oponer y van a ser capturados por el discurso agro-mediático poniéndose del lado de la metáfora bucólica del campo. Allí, lo que hace el kirchnerismo es ir construyendo un relato contra-hegemónico, un relato contra-cultural; descubre que se trata de disputar no solamente lo económico o lo que expresa el número frío, sino que la disputa es de otro orden, es una disputa por los símbolos, por el sentido, por el relato, y eso por supuesto conduce a una decisión estratégica que es plantear ese camino que terminará finalmente en la segunda mitad del 2009 con la aprobación de la Ley de Servicios Audiovisuales. Pero hay que entender todo el recorrido, desde el comienzo del conflicto de la 125 hasta la aprobación de la Ley de Medios, como uno de los momentos más extraordinarios de auto-reconocimiento por parte del kirchnerismo del papel relevante de la disputa cultural-política, y que en el interior de esa disputa se juega la posibilidad de recuperar espacio social, de recuperar reconocimiento, de generar condiciones de mayor participación y de galvanizar también a una militancia que le permita desplegarse territorialmente. Hay que leer ese momento como una suerte de confluencia de circunstancias económicas, político-culturales y de una lógica de conflicto que en gran medida permite visualizar el lugar de cada uno de los actores, y lo que cada uno de esos actores políticos-económicos están planteándole a la sociedad. El gran esfuerzo de ese contexto difícil, complejo, fue justamente mostrar que la alianza agro-mediática planteaba un proyecto de país que era antagónico a la idea de un país más equitativo, a un país que recuperaba el rol del Estado y que volvía visibles a los que habían permanecido invisibles, expulsados literalmente del sistema por las políticas de los ‘90. Ese es otro momento fundamental que tiene una serie de hitos decisivos: Primero, la capacidad del kirchnerismo de invertir algo que había sido propio de la debilidad estructural de los gobiernos democráticos del ‘55 en adelante; ningún gobierno anterior al de Cristina había podido sostener, frente a las presiones, los chantajes y las imposiciones de las grandes corporaciones económicas, una posición, y en realidad la respuesta siempre había sido el repliegue, o peor todavía, aceptar los condicionamientos de las grandes corporaciones. El resultado incluso fue la expulsión de los gobiernos democráticos bajo la forma de golpes de estado en las décadas del ‘60 y ’70, o bajo la presión o los golpes económicos como le sucedió a Raúl Alfonsín en el final de su mandato. Lo cierto es que la respuesta del kirchnerismo es enfrentarse a esas presiones y doblar la apuesta. El primer momento clave se produce después del voto no positivo de Cobos: Se decide la re-estatización del sistema jubilatorio y esta decisión supone dos o tres cosas fundamentales. Por un lado, la posibilidad de atrapar una masa de dinero que estaba en el circuito de la especulación y que será fundamental para enfrentar la crisis económica del 2008 y para profundizar un proyecto social que después se verá, sobretodo en el 2009, cuando se implemente la Asignación Universal por Hijo. Pero también la re-estatización del sistema jubilatorio es uno de los primeros golpes fuertes, en términos de recuperación, de un proyecto alternativo al de la privatización de la vida, a la privatización de las conciencias y la privatización de las relaciones inter-subjetivas. Es la posibilidad de reconstruir una práctica, un dispositivo que remite a la idea de una sociedad reestructurada bajo el principio de la solidaridad, y a su vez también, genera las condiciones, en términos políticos y en términos de sujeto de poder, para mostrarle a la sociedad que es un gobierno que está dispuesto a ir por más y a doblar la apuesta en momentos de dificultad. Algo equivalente sucede luego de la elección de junio de 2009, que es un momento difícil y que todavía está bajo la irradiación del triunfo discursivo de la alianza agro-mediática y de los errores propios también, sobretodo en ese tramo que va del final del 2008 a la elección de junio, cuando todavía el kirchnerismo no termina de ver que se está erosionando la base de sustentación social porque la crisis económica está tocando los sectores más pobres. La respuesta ante la derrota del 2009 es por un lado seguir y profundizar el camino hacia la aprobación de la Ley de Medios, y por otro lado, y fundamentalmente, es la implementación de la Asignación Universal por Hijo que cambia el mapa de la indigencia y la pobreza generándose así una mutación fundamental que articulará una base de sustentación social de la que careció el kirchnrerismo en la travesía que va de la crisis de la 125 a la derrota de junio del 2009. Ahí, por lo tanto, vemos cómo se conjuga lo económico con lo social y con transformaciones muy claras en la producción de sentido. Observamos entonces, el cruce entre lo político y lo económico, lo cultural- simbólico con lo que está sucediendo en el interior de la vida social. Éste es un rasgo clave y también, de nuevo, demuestra la capacidad del kirchnerismo para mostrarse como una fuerza política que defiende a rajatabla su derecho al ejercicio soberano que emerge de la democracia generando un proceso de repolitización de una sociedad que en términos reales se reencuentra con la política a partir del kirchnerismo, porque la crisis del 2001 estaba ligada a lo podía pensarse como las consecuencias de la despolitización de los ’90, como las consecuencias de una sociedad post-política y dominada por prácticas más bien ligadas al gerenciamiento, la administración, que a la recuperación de instrumentos claramente políticos. La consigna “que se vayan todos”, como consigna dominante de diciembre del 2001 y del verano del 2002, expresa no la potencia de la política sino la despolitización como recurso genérico anómico en el interior de una sociedad estallada en mil pedazos, y es ahí donde el kirchnerismo logra devolverle a una parte importante de la sociedad lo que podríamos llamar la tradición política, o la lengua política, que supone que hay un litigio no resuelto, que hay una disputa, que hay un conflicto en el interior de una sociedad atravesada por la desigualdad y que la democracia no es el espacio de los gerenciamientos neutros ni de los concensualismos vacíos, sino que la democracia también es el lugar donde se dirimen justamente aquellos conflictos que ponen en evidencia lo no resuelto y donde la lengua política es decisiva, clave y esto es lo que plantea entonces el kirchnerismo, sobretodo después del 2008, que es una segunda etapa que está bajo la impronta de Cristina pero que de algún modo es la consecuencia directa de lo que el gobierno de Néstor Kirchner había generado en política de derechos humanos, en reconstrucción económica, en cuanto a política latinoamericana, desendeudamiento, salida del FMI, rechazo del ALCA, reconstrucción de la Corte Suprema y una serie más de medidas que fueron sustanciales y que van desde el discurso de asunción de Néstor Kirchner, con tres o cuatro frases bálticas - quizá la más caudalosa en la memoria popular sea aquella de “vengo en nombre de una generación diezmada y no pienso dejar mis convicciones en la puerta de entrada de la Casa Rosada ” – que luego se vieron concretadas no como frases retóricas sino como hechos concretos en el gobierno de Néstor Kirchner. El gobierno de Cristina, en esta segunda etapa, se enfrenta al conflicto, es decir, se rompe el equilibrio entre el gobierno y los poderes corporativos, se había llegado a una frontera y cuando el gobierno intenta ensanchar esa frontera la respuesta de las corporaciones es limitar cualquier ensanchamiento y generar un proceso de reconstrucción del poder real en la Argentina. El Kirchnerismo viene a disputar el poder real en la Argentina de una manera como sólo se había hecho durante el primer peronismo, y eso genera una intensidad conflictiva, antagonismos y también la emergencia de lo político, porque cuando se da este tipo de conflictividad en una sociedad lo que queda en evidencia es que hay un núcleo de politización que vuelve a adquirir un rasgo decisivo en el interior de la vida social, y ya no es lo económico lo que determina la conducta de los sujetos, sino que ahora los sujetos se mueven a través del lenguaje político y también de las formas que podríamos vincular a la sensibilidad, a los sentimientos, a la reconstrucción de identidad, la reapropiación de memorias que estaban dormidas, la reconstrucción de estructuras incluso mítico-simbólicas, y todo ello se conjuga en la escena de una sociedad políticamente en disputa. Éste es uno de los rasgos fundamentales del kirchnerismo, uno de los elementos más potentes que ha generado a lo largo de estos años y que también allí hay que ir a buscar en parte lo que ha sido el camino de consolidación de Cristina Fernández y el triunfo del domingo 23 de Octubre.

Después podríamos volver sobre otros elementos: el año 2010, por ejemplo, que es un año extraordinario, un año tumultuoso, un año que los historiadores convierten en años acontecimientales, en años milagrosos, en años bisagra, con todo lo que tiene adentro suyo. Así como el año 2008 puede ser pensado como un año bisagra porque es el año donde estalla un conflicto que define el lugar de los actores social-políticos en la escena argentina, el año 2010 es un año muy cargado simbólicamente, más que cargado en términos de mutaciones económicas, es un año muy cargado en lo que podríamos llamar la disputa cultural-política, o cultural-simbólica. Empieza con la disputa en torno a las reservas, con la salida de Martín Redrado del Banco Central y el nombramiento de Mercedes Marcó del Pont, y ahí vuelven a desarrollarse acciones que parecen monetarias, económicas, administrativas pero que son fundamentalmente decisiones políticas, porque supone colocar en la presidencia del Banco Central, por primera vez después de décadas, a alguien que no proviene de las tradiciones monetaristas y mucho menos de la matriz ideológica neoliberal y esto constituye una toma de posición muy provocadora respecto al poder establecido. El 2010 muestra un proceso de recuperación constante de la imagen del gobierno que había encontrado su punto más duro en el pasaje del 2008 a la derrota de junio de 2009, y ya se puede ver cómo comienza a cristalizar lo que ha sido ese camino extraordinario, complejo, interesantísimo de la disputa mediática junto con otra medida que es la implementación de la asignación universal. Es como si dijésemos que hubo una doble reparación también allí, de lo cultural- simbólico como batalla de ideas, como un modo de mostrar que la pelea por la igualdad no es solamente una pelea por los bienes materiales sino que también es una pelea por la distribución de los bienes culturales y simbólicos, y por otro lado la asignación universal como medida de reparación radical, sobretodo para aquellos sectores más sumergidos o postergados de la sociedad que construirán un pacto muy profundo con el gobierno, y sobretodo con Cristina. A partir de la Asignación Universal hay una relación cada vez más intensa y afectiva entre Cristina y los sectores populares. A ello hay que agregarle lo que fue ya el proceso de incipiente movilización que antes de los festejos del bicentenario se pudo observar durante los actos del 24 de marzo del 2010, que fueron actos muy masivos en casi todo el país y que ya mostraban una inflexión en el humor social. Incluso, hasta los medios hegemónicos, señalaban que había habido una recuperación del kirchnerismo, que la oposición había dejado pasar la oportunidad, que no había logrado transformar su triunfo electoral del 2009 en capacidad de erosionar, limitar, y prácticamente liquidar al gobierno de los Kirchner, y que por el contrario el gobierno tuvo una reacción política sorprendente dejando a la oposición prácticamente sin recursos y sin discursividad política y en estado de conflicto interno. Este también es un rasgo importante. Y finalmente está el Bicentenario, que hay que analizarlo con toda su espectacularidad pero básicamente centrando el análisis en la producción de un acontecimiento político- cultural decisivo que genera algo, por un lado, del orden del desvelamiento, es decir se corre el velo de un tipo de narrativa respecto al vínculo entre gobierno y sociedad que era impulsada por los medios hegemónicos y que suponía que el gobierno estaba aislado, que no tenía base de sustentación social, ni había un apoyo manifiesto de amplios sectores populares. Eso se rompe, se quiebra en el Bicentenario generando, por otro lado, un relato que logra entrar en dialogo con esas multitudes que se sienten interpeladas como parte y actor decisivo no de una historia ajena sino de una historia que sí les pertenece. Por eso se produce allí un proceso de consolidación del vínculo entre Cristina, el kirchnerismo y la multitud, y la emergencia incluso de la idea de Pueblo unida a la idea de Patria, porque el Bicentenario vuelve a dotar de sentido a estas dos palabras que estaban desgastadas por el uso que nacionalismos de derecha hicieron de ellas, y que tenían una reverberancia oscura para la historia política, sobretodo popular, de izquierda, en la Argentina. Lo que queda claro después de estos años, y en especial a partir del Bicentenario, es que es posible capturar esas palabras y resignificarlas bajo la condición de llenarlas de contenido democrático, emancipador, y creo que en gran medida también ha cambiado la relación que en lo cotidiano tenemos con la idea de Argentina. Veníamos de un tiempo en que la palabra Argentina remitía a desazón, desesperanza, a pérdida de horizontes, a fracturación social y entramos en un tiempo actual, el nuestro, marcado por la impronta del kirchnerismo, en que la palabra Argentina vuelve a ser un lugar para pensar una sociedad que pueda reencontrarse con tradiciones igualitaristas y democráticas.

*Doctor en Filosofía y Ensayista

**Testimonio recogido telefónicamente. Producción Conrado Yasenza.

Política y Sociedad/ Profundizar el proyecto nacional, popular y latinoamericano/Rubén Dri

Reflexiones sobre las elecciones presidenciales: Balance y desafíos.

Profundizar el proyecto nacional, popular y latinoamericano.

El movimiento nacional y popular ha renacido en la Argentina y se encuentra en trance hacia lo que se denomina la “profundización del modelo”. ¿En qué consiste dicha profundización? Consiste fundamentalmente en generar, desde abajo, verdadero poder popular. Poder popular junto al poder del líder en un movimiento dialéctico constante.

Por Rubén Dri*
(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Ricardo Carpani

La denominada “oposición”, en realidad un conjunto de partidos políticos, medios gráficos y televisivos, ya han lanzado la alarma de la re-re-elección de la Cristina como el peligro de la destrucción de la democracia que asoma en el horizonte. Tal vez, con ese “peligro” hayan conseguido que algunos votos se desviasen del camino que conducía a Cristina.

Pero independientemente de lo innocuo que haya podido ser es recurso “in extremis” para capturar algún voto, es importante reflexionar sobre el supuesto que siempre está presente cuando se postula que “en un país serio” se da un recambio constante de quien detenta el máximo poder político. Para ello está la constitución en la que se fija el tiempo en que un gobernante debe dejar el poder.

¿En qué consiste ese supuesto? En que el recambio de gobernantes no cambia sustancialmente nada, porque el poder no está donde se piensa que está, en un lugar “político”. El poder lo ejercen las corporaciones económicas, mediáticas, militares, eclesiásticas. Las elecciones sólo acontecen en la superficie de la sociedad, sin que rocen los núcleos duros del poder real. Se cumple pues, en las elecciones, ese cambio para que nada cambie que expresa el “gatopardismo”.

¿No es eso lo que pasa en el que se supone el más serio de los países serios, es decir, en Estados Unidos? ¿Acaso cambia algo sustancial, importante, si en lugar de los republicanos ganan los demócratas? ¿Qué cambió con el triunfo de Obama? ¿Cerró Guantánamo? ¿Dejó el imperio de invadir países o de continuar con las invasiones que había comenzado George Bush?

En un país tercermundista como el nuestro, que viene de profundas frustraciones, no es el problema de la re-elección el que se debe plantear en primer lugar, sino el de qué transformaciones se requieren, y, luego, qué tiempo necesita un proyecto, que se suele expresar como “modelo”, para producir y asegurar esas transformaciones. Sólo de la respuesta a esos problemas surgirá la necesidad o no de una re-elección o re-re-elección o de reformas a la constitución.

Tampoco el problema es el bipartidismo, como si ésa fuera la causa de nuestras desgracias, que se solucionaría con un tercer partido. Nunca los partidos como tales en nuestra historia han producido cambios profundos. El motor de los cambios, o de la permanencia de situaciones que no se querían cambiar, siempre estuvo fuera de los partidos. La derecha siempre lo ha sabido. Por ello nunca organizó un partido político. Algunas veces recurrió al fraude más descarado y otras, directamente al ejército, cuando había peligro de que la situación virase hacia una dirección que terminaría dañando sus intereses.

Los sectores populares lograron avances en sus propios intereses y en la defensa de los mismos mediante “movimientos populares”. Ello se debe a que el capitalismo que hizo presa de las sociedades tercermundistas es un capitalismo endiabladamente abigarrado. Si bien ningún sistema se da en estado puro, como lo describen los tipos ideales weberianos, en el Tercer Mundo el entrecruzamiento de sectores sociales y de grupos difíciles de clasificar en categorías sociológicas claras, es cualitativamente superior.

En la terminología marxista tradicional, el capitalismo produce al proletariado como clase social bien delimitada, enfrentada a la burguesía, la clase antagónica también con límites precisos o, por lo menos, que se pueden ver con mucha claridad. El conflicto entre ambas clases, arrastra consigo a los otros sectores sociales que cumplen un papel secundario.

A partir de esa caracterización se elaboran proyectos políticos que no contemplan la complejidad de las formaciones sociales. En el manifiesto del Partido Comunista se dice que “por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional” que ha llevado al marxismo ortodoxo a plantear la lucha de los obreros en forma separada del contexto nacional, cultural constitutivo de su identidad que sobrepasa la calificación de proletarios.

En los países tercermundistas como el nuestro, las clases o sectores sociales se muestran con entrecruzamientos sumamente complejos. Siempre nos encontramos con un bloque dominante conformado por las grandes corporaciones económicas, agrarias, mediáticas, eclesiásticas, militares y, como contrapartida, el bloque dominado formado por trabajadores ocupados y desocupados, villeros, niños y jóvenes en situación de calle, campesinos, peones rurales, trabajadores reducidos a esclavitud. Éste es el bloque popular.

La sociedad tercermundista se encuentra así dividida no por alguna opción en particular sino por la articulación social que le es connatural, provocada por la implantación de un capitalismo desde afuera que siempre mira hacia ese afuera que es su hábitat. La política de las “relaciones carnales” fue la culminación de esa política.

En nuestro país los partidos políticos nunca han funcionado plenamente. El bloque dominante no los necesitó porque siempre que sus intereses se encontraron en peligro tuvo a mano el instrumento para defenderlos, es decir, el ejército. Desde 1930 ello ha funcionado sin interrupción. El problema se le presenta ahora, desde 2003, en la medida en que el kirchnerismo ha sabido colocar a las Fuerzas Armadas en su función de defensa de la patria.

El bloque dominado, o sea, el campo popular, sólo pudo realizar las transformaciones profundas que requerían sus intereses mediante amplios “movimientos populares”, el primero de los cuales fue el de las montoneras federales. Su derrota dejó al país en manos de una oligarquía que diseñó y realizó un “país pequeño”, o mejor, un país para pocos, centrado en la Pampa húmeda con el puerto de Buenos Aires como salida de sus productos hacia Europa. Es el país oligárquico que celebró “su” centenario mientras reprimía a sangre y fuego a los trabajadores.

Sólo a principios del siglo XIX renace el movimiento nacional con el liderazgo de Hipólito Yrigoyen. Los hijos de los inmigrantes y los descendientes de las montoneras federales, el bloque dominado, logra expresarse en “su” movimiento, el yrigoyenismo, alcanzando la categoría de “ciudadanos”. La oligarquía movilizará a las Fuerzas Armadas para terminar con la osadía popular.

Pero el movimiento nacional y popular renace luego de sus cenizas con uno de los liderazgos más fuertes que ha producido nuestro continente latinoamericano, Juan Domingo Perón. Era el momento de la clase obrera, de los peones rurales, de los campesinos, de los sectores populares que conformaron un movimiento nacional y popular que cambió el mapa argentino. Diez años de crecimiento y felicidad que se transformaron en el ideal que el pueblo siempre recuerda y añora.

Nuevamente la oligarquía recurre a las Fuerzas Armadas. Nuevamente el pueblo en la resistencia y en el trabajo de rearmarse. Cuando lo va logrando, los Fuerzas Armadas intervienen produciendo un horrendo genocidio, cuyas consecuencias aún sufrimos. Pero el movimiento nacional y popular no había muerto. Nunca muere. Es derrotado, se mimetiza, se recluye en lo social hasta emerger de nuevo. Esta vez lo hace en el 2003 con el surgimiento de otro líder, Néstor Kirchner, en realidad resultó una pareja líder, Néstor y Cristina.

El pueblo ha dado su respaldo masivo a dicho liderazgo en manifestaciones multitudinarias como fueron la del bicentenario, la del llanto por la muerte de Néstor, la de la celebración de la victoria en Plaza de Mayo luego de haber reventado las urnas y finalmente la del recordatorio de la muerte del Pingüino.

El movimiento nacional y popular, pues, no sólo no ha muerto, sino que ha renacido, ha resucitado y se encuentra en movimiento hacia lo que pasó a denominarse la “profundización del modelo” o sea, del proyecto. ¿En qué consiste dicha profundización? Consiste en muchas cosas. Cristina, en su discurso en Plaza de Mayo, luego del triunfo rotundo en las urnas nos dio un componente fundamental:

“Les pido que se organicen en los frentes sociales, en los frentes estudiantiles para defender a la patria y los intereses de los más vulnerables y para que nadie pueda arrebatarles lo que hemos conseguido”.

Con ello Cristina aludió a lo que siempre en el movimiento popular conocimos como trabajo de base. El movimiento nacional y popular sólo podrá cumplir su cometido de defender la patria y responder a las necesidades populares si es vigoroso, si es poderoso, porque los enemigos son múltiples y fuertes, pero sólo será poderoso si desde abajo se construye poder popular.

No existe movimiento fuerte sin liderazgo inteligente, abierto al diálogo con la base y firme en sus decisiones, características todas que ostenta el liderazgo de Cristina. Pero ello no basta y es un error, al mismo tiempo que una tentación, depositar toda la esperanza en ello. Si el movimiento no es capaz de generar desde abajo verdadero poder popular, sus días están contados. Poder popular y poder del líder, movimiento dialéctico constante.

Desde el barrio, desde la escuela, desde la universidad, desde el gremio, desde el club, desde la asamblea, desde la comisión vecinal, desde el hospital, se construye el poder popular del movimiento. Poder popular que implica horizontalidad en el debate, participación en las decisiones y organización para llevarlas a efecto. Sin ello la pretendida “profundización del modelo” no será otra cosa que pura declamación. Cristina lo tiene claro y por ello nos ha instado a organizar frentes sociales.

El movimiento nacional y popular liderado es el sujeto de las grandes profundizaciones y transformaciones que requiere el país y, en primer lugar, el fortalecimiento del Estado. La desesperación de Hegel, a principios del siglo XIX, era que Alemania ya no era un Estado, sin lo cual no era posible salir de la anarquía, el atraso y la miseria. De ello nosotros hemos hecho la dolorosa experiencia que culminó en la explosión del 2001.

A partir del 2003 con el liderazgo de Néstor Kirchner se comenzó la recuperación del Estado. La profundización del proyecto implica necesariamente el fortalecimiento del Estado que debe ser el instrumento del movimiento para continuar implementando la política de crecimiento con inclusión que se enfrenta a poderosos obstáculos, especialmente aquellos que son consecuencia de intereses sectoriales que pretenden presentarse como universales.

Ese fue el caso de las corporaciones agrarias, lideradas por la Sociedad Rural, que pretendieron imponer una política orientada por sus propios intereses como si fuera por el interés general, hasta tal punto de intentar el golpe de Estado, cosa que ya no se puede discutir. Pero hay otras corporaciones cuyos intereses particulares que deben ser articulados con el interés general, como los gremios, la Iglesia, los medios de comunicación.

“Para que nadie pueda arrebatarles lo que hemos conseguido”. El deseo y la voluntad de profundizar el proyecto no deben hacernos perder de vista que lo “ya” conseguido si desde el campo popular lo consideramos todavía insuficiente, desde la vereda de enfrente lo consideran abusivo y volverán –siempre lo hacen- por la revancha. Mientras se avanza en nuevas conquistas, menester es defender las ya logradas.

La profundización del proyecto implica también la consolidación y crecimiento del área latinoamericana como complejo de países que vayan constituyendo una verdadera confederación de países, la Patria Grande, que ya se encuentra en camino. El entierro del ALCA y la constitución de UNASUR constituyen sus dos momentos trascendentes.


*Filósofo, Teólogo y Docente.

Política y Sociedad/Profundización y desprofundización del modelo/Hugo Presman

Desafíos de la profundización del proyecto político nacional

PROFUNDIZACIÓN Y DESPROFUNDIZACIÓN DEL MODELO

Proponer un desarrollo capitalista conducido por un estado de bienestar, una distribución del ingreso dividida por mitades entre el capital y el trabajo, puede parecer poco desde las utopías de los setenta pero transformador y revulsivo desde la pesadilla de los noventa. La profundización del modelo es avanzar sobre las continuidades acentuando las rupturas.

Por Hugo Presman*
(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Carlos Gorrianera

Después de obtener el 54% de los votos distribuidos a lo largo de todo el territorio nacional, cifra notable luego de 8 años de un mismo proceso político, Cristina Fernández afronta como en su primer período, un intento de limitarla en su accionar. Entonces fue la valija de Antonini; hoy el conato de corrida cambiaria y la intensificación de la fuga de capitales. La crisis financiera internacional se introduce por la ventana de la extranjerización de la economía que se profundizó durante el kirchnerismo. Si en 1995 de las 500 mayores empresas el 50,4% eran extranjeras y 49,60% nacionales, en el 2009 las foráneas llegaban al 65%. Por ahí se produce un drenaje en concepto de envío de utilidades a las casas centrales, radicadas en las zonas de turbulencia más intensa, que representa el 2% del PBI. La profundización del modelo en este caso consiste en una nueva ley de radicación de capitales extranjeros, con ciertas limitaciones al retorno de las utilidades. Hay que profundizar el modelo con la intensificación de la presencia del Estado, con organismos de control eficientes, prosiguiendo con una de las vigas centrales que es la economía subordinada a la política. Asentado en su notable elección y como consecuencia de cierto deterioro de algunas de las variables macroeconómicas, el gobierno empezó correctamente a direccionar los subsidios, muchos de cuyos destinatarios eran beneficiarios que no lo necesitaban. Al mismo tiempo, se decidió que todos los exportadores, incluso las empresas petroleras y mineras que gozaban de un régimen excepcional e irritante, tengan que liquidar las divisas de las exportaciones en el Banco Central.

La profundización del modelo implica continuar lo actuado en materia de derechos humanos y política exterior. Profundizar el modelo significa reconsiderar y rectificar, es decir desandar lo que se hace actualmente en minería. Posiblemente haya que modificar la Constitución para que la Nación recupere el derecho sobre el subsuelo y los recursos naturales, que a partir del Pacto de Olivos que parió la Carta Magna de 1994 quedaron bajo soberanía provincial. Profundizar implica alentar y adoptar las medidas pertinentes para una política agropecuaria que implique revertir parte de la sojización, haciendo hincapié en la protección del suelo con fuertes sanciones pecuniarias para aquellos que no la cumplan. Profundizar el modelo implica proponerse en los próximos cuatro años terminar con la pobreza y que la palabra hambre sea un borroso recuerdo. Profundizar el modelo significa avanzar sobre la distribución del ingreso, para lo cual resulta imprescindible abordar la reforma impositiva, cambiando la regresividad del actual sistema fiscal. Implica también que el Estado monopolice la etapa final de la comercialización de granos, donde se concentra el grueso de las utilidades.

Profundizar el modelo es seguir e intensificar los planes de viviendas y eficientizar las importantes sumas que se destinan a salud. Es posible que sea necesario concretar un plan nacional de salud que articule los tres niveles: la pública, las obras sociales y las prepagas.

Desprofundizar el modelo implica volver a reconstruir los organismos de control, que limiten significativamente las islas de corrupción.

Profundizar el modelo significa seguir reconstruyendo al Estado. Sancionar una nueva ley de entidades financieras que deje atrás a la de la dictadura. Implica poner la estructura financiera al servicio de la producción y de las franjas de menores recursos.

Profundizar el modelo es seguir recorriendo el camino en ciencia y tecnología, aumentando la infraestructura y la repatriación de científicos, con sueldos de acuerdo a la envergadura de los emprendimientos.

Profundizar el modelo es seguir transitando el camino de apertura de Universidades, en esas zonas donde el estudiante es el primero de su familia que accede a ese nivel de enseñanza.

Profundizar el modelo es definir un perfil industrial, que vaya mucho más allá que el aprovechamiento de la actual capacidad instalada.

Profundizar el modelo es proseguir la política de desendeudamiento.

Profundizar el modelo es atacar la cadena de producción y comercialización afectada por una irritante oligopolización. Para abaratar los artículos imprescindibles de la canasta familiar es necesario descentralizar el Mercado Central, llevándolo a cada provincia y cada barrio de las ciudades principales.

Desprofundizar el modelo significa devolverle el respeto técnico y la credibilidad al Indec.

Profundizar el modelo implica invertir las sumas necesarias para recuperar la red ferroviaria, con un servicio moderno, rápido, cómodo y confiable para transporte de pasajeros y cargas.

Profundizar el modelo, quiere decir aumentar significativamente las redes de subtes, aumentando su frecuencia.

Desprofundizar el modelo lleva a que el boom de la telefonía celular realizado anárquicamente, implique ahora profundizarlo con la existencia de más oferentes y declararla servicio público.

Profundizar el modelo es regular y abaratar el gas de garrafas, que utiliza la mitad de la población

Profundizar el modelo es fomentar una estructura político-organizativa que dé confiabilidad y sustento a los avances concretados y que aporte la resistencia a los embates del establishment.

Desprofundizar el modelo es alejar la tendencia a que quede reducido a una primarización económica o a la mera potenciación de las posibilidades extractivas

Profundizar el modelo es conseguir la aplicación integral de la ley de medios audiovisuales.

Profundizar el modelo es continuar la política de no criminalización de la protesta social, pero alentando que el corte de rutas sea una última instancia y no la primera y cuando resulta inexorable se deje siempre un carril para circular.

Profundizar el modelo es abrir los medios públicos a todos los debates y a todas las voces.

La lista es interminable pero lo enunciado parece demostrativo de lo que se quiere ejemplificar.

El kirchnerismo es un movimiento que implica una ruptura en muchos aspectos con la década del noventa y en otros varios una continuidad. Desde el establishment se oponen por sus rupturas y desde ciertas patrullas extraviadas de la izquierda lo enfrentan por sus continuidades.

Proponer un desarrollo capitalista conducido por un estado de bienestar, una distribución del ingreso dividida por mitades entre el capital y el trabajo, puede parecer poco desde las utopías de los setenta pero transformador y revulsivo desde la pesadilla de los noventa.

La profundización del modelo es avanzar sobre las continuidades acentuando las rupturas.

Si se sigue por estos senderos, la política seguirá enamorando, los jóvenes seguirán sumándose, los trabajadores, las organizaciones sociales y de derechos humanos continuarán siendo los cimientos de un nuevo tiempo, donde la alegría y la esperanza se fundirán en la construcción de nuestro desarrollo, indisoluble de nuestra identidad y destino latinoamericano.

*Periodista. Co-conductor del programa radial El Tren, emitido por Radio Cooperativa

Política y Sociedad/Como un candil encendido/Jorge Giles

Lecturas post-eleccionarias: consolidación y desafíos del proyecto nacional.


Como un candil encendido


La iniciativa política, robustecida en las elecciones últimas, no está para defendernos mejor, sino para avanzar hacia un país más justo, más equitativo, más desarrollado. Es hora de avanzar.

Por Jorge Giles*

(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Ricardo Carpani


El claro y luminoso resultado electoral del 23 de octubre es un candil encendido que, si se lo sabe apreciar correctamente, alumbra un nuevo tiempo para la Argentina.

Y aún más: la líder de la mayor central sindical mundial, Sharan Burrow, dijo en la cumbre del G-20 que “Cristina es una luz de esperanza en un mundo lleno de bruma”.

El cuadro se torna simple en tanto sepamos interpretarlo.

De un lado, los trabajadores y los empresarios que apuestan al empleo, al consumo y la producción.

Del otro, el FMI, las corporaciones mediáticas y las recetas neoliberales expresadas en ese “anarco capitalismo financiero” que denunció Cristina.

Si habría que ponerle imagen y sonido al orgullo nacional de los argentinos, sin dudas sería la palabra digna de nuestra Presidenta ante los líderes del mundo reunidos en Cannes recientemente.

Para una mayoría de la sociedad, ese candil ilumina el horizonte.

Para una minoría, indica una “señal de peligro”.

Estamos en una fase de transición hacia otra etapa política.

Y como se sabe, toda transición entraña riesgos, amenazas y oportunidades.

Con la segunda asunción de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el despliegue de fuerzas nacionales, populares y democráticas avanzará con la cadencia que provocan los vientos de cambio que soplan en toda América Latina.

“Nada ni nadie hará retroceder esta marcha”, manifiestan quienes habitan y componen el proyecto de país que nos gobierna desde Néstor Kirchner a la fecha.

Saben que no estamos solos, que hay extraños alrededor.

Y los hay buenos, malos y regulares.

Reafirmando el concepto de haber conquistado plenamente la iniciativa política para seguir avanzando, no habría que descuidar ninguno de los flancos y mucho menos la retaguardia de la esperanza popular.

Hay adversarios leales y hay verdaderos enemigos de los intereses de la nación y el pueblo que no dudan nunca a la hora de atacar maliciosamente a este proyecto de país en curso.

Saberlos diferenciar es inherente al arte de la política.

De tal distinción, tal democracia.

El arrebato que intentaron efectuar, dólar mediante, es apenas un botón de muestra.

Si les salía bien, plin caja y a cobrar la devaluación y el resquebrajamiento del modelo económico; o sea, la licuación, en efectivo y al contado, de las energías devenidas del mandato popular de octubre.

El tablero marcaría así, al menos un empate entre los dos proyectos de país y una catástrofe asomaría nuevamente en el horizonte.

Ese viejo poder económico y mediático anda por esos albañales.

Son los que se regodean con lo que ocurre en Europa y en los Estados Unidos cuando quiebran bancos, despiden millones de trabajadores, desalientan la producción y el consumo, alimentan monstruos financieros que lo tragan todo y no siembran nada.

Los conocemos mucho antes que los griegos.

Es más: nosotros fuimos “griegos” con Cavallo y con la vieja política en el 2001 y 2002. De allí venimos.

Esos parásitos del capitalismo, salvaje y amoral, son los que bastardean cada medida que toma el gobierno en defensa de la gente.

Por esta sola certeza no habría que concluir, ni rápida ni imprudentemente, con que la batalla cultural ya la ganó el proyecto nacional.

Esta es una batalla larga y permanente. Y será así, mientras haya contendientes de un lado y del otro.

Las pruebas están en los titulares beligerantes del Grupo Clarín, La Nación, los diarios, radios y TV que les son afines, los lenguaraces que fungen de periodistas, analistas políticos y economistas ortodoxos, operadores VIP del poder económico mediático.

“No hay más dólares”, aúllan.

“Subirán las tarifas”, alarman.

Una mentira tras otra.

Pero es apenas el aviso de que los destituyentes están allí.

Ante el fracaso de la opereta, se conformaban con instalar al menos, un falso escenario “de inestabilidad”, previo y simultáneo a la cumbre del G-20 donde brilló Cristina.

Ya sabemos quiénes son y eso es muy importante. No para guardar sus nombres en el cofre de ningún resentimiento. Sino para hacer un ejercicio permanente de memoria colectiva.

No hay que perder la calma ni la memoria. La carta de navegación dice que la travesía va viento en popa.

Estar atentos significa debatir con la agenda del 54 % para, desde allí, abrazar a quienes aún llegando tarde al muelle, se merecen vivir en un país para todos.

La iniciativa política, robustecida en las elecciones últimas, no está para defendernos mejor, sino para avanzar hacia un país más justo, más equitativo, más desarrollado.

Es hora de avanzar.

La quita de subsidios a los bancos, financieras, empresas de actividades extractivas de hidrocarburos y minerales, telefonía móvil y seguros, está anunciando claramente que el nuevo gobierno de Cristina profundizará el modelo de país con más transparencia y más equidad.

A menos subsidios, más redistribución de la riqueza.

Los enemigos de este progreso seguirán intentando montar falsos escenarios todo el tiempo. De nada les valió la escandalosa derrota que sufrieran en las urnas.

El proyecto de país liderado por Cristina Fernández de Kirchner les sacó 40 puntos de ventaja; o sea, varios millones de votos de distancia; no a la progresía ni al destrozado radicalismo ni al naufragio de Carrió y Duhalde, sino a la corporación mediática de Clarín y La Nación.

Ganaron los lectores. Perdió Magnetto. Y por goleada.

Pero como no son un espacio democrático, se rigen por leyes de su propia y ruin naturaleza. Por eso no ceden en su propósito destituyente.

De allí que pensemos que al calor de las medidas transformadoras del gobierno nacional, es imprescindible que haya un acompañamiento activo y militante del conjunto de la sociedad.

Estos períodos que hacen historia en la vida de los pueblos, se resuelven siempre con la participación protagónica de una mayoría social.

Además, no hay derecho a dejar solo al gobierno en esta patriada.

Es necesario volcar todas las energías sociales en aportar ideas creativas para que esta alegría de hoy, preanuncie un futuro venturoso donde, definitivamente, entremos todos los ciudadanos.

*Periodista en diario El Argentino y en el semanario Miradas al sur. Docente. Autor del libro Allí va la Vida -La Masacre de Margarita Belén.

Política y Sociedad/Ecos de Octubre-Deseo y decepción: El perverso circuito arrasado/Jorge Halperín

Ecos de Octubre

Deseo y decepción: El perverso circuito arrasado.

Los comicios del 23 de Octubre de 2011 trajeron un resultado muy afín al de las presidenciales anteriores de 2007, en las que Cristina Fernández triunfó por muy amplio márgen. Desde luego que hay muchos matices, pero existen datos que se reiteran: Cuatro años atrás, Mauricio Macri se imponía en la ciudad de Buenos Aires y Daniel Scioli en la provincia. Entonces, ¿es tan imprevisible el votante?. Justamente, pensar que no lo es lleva a prestar atención a la racionalidad del voto.

Por Jorge Halperín*

(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Daniel Santoro

En estos días, gran parte de las lecturas del voto presidencial del domingo 23 de octubre se concentran en las novedades. Pero, si se intenta la operación inversa, también aporta lecturas sugestivas.

Si “noticia” es “nueva información”, también puede ser nuevo y significativo que algo se repita en forma llamativa. Mirado así, la idea de que el nuestro es un país altamente imprevisible – ¡cuántas veces lo decimos! -, tan pronto nos salimos de la mirada de corto plazo, se ve como absurda.

Es cierto que apenas dos años atrás, en 2009, la derrota del gobierno en las legislativas parecía sumirlo en un declive, y nadie imaginaba entonces que la presidenta Cristina Fernández sería candidata en 2011.

Pero ampliemos la mira en el tiempo: los comicios de 2011 trajeron un resultado muy afín al de las presidenciales anteriores de 2007, en las que Cristina triunfó por muy amplio márgen. En aquel momento, Elisa Carrió fue la segunda candidata más votada con una fórmula que mezclaba el progresismo con el voto antiperonista y antikirchnerista, como sucedió esta vez con Hermes Binner.

Desde luego que hay muchos matices, pero sigamos con lo que se reitera: cuatro años atrás, Mauricio Macri se imponía en la ciudad de Buenos Aires, y Daniel Scioli en la provincia.

Entonces, ¿es tan imprevisible el votante?.

Justamente, pensar que no lo es lleva a prestar atención a la racionalidad del voto.

Y a combatir otro prejuicio: que los presidentes llegan con promesas exageradas y que luego inevitablemente traicionan. Es cierto que desde la recuperación de la democracia se vino repitiendo el circuito “deseo y decepción” con Alfonsín, Menem, De la Rúa y hasta con Duhalde, que llegó sin campaña ni promesas. Con Alfonsín, se hizo jirones la promesa de levantar todas las persianas de las fábricas cerradas y la de terminar con la prepotencia militar. Con Menem, se fueron al diablo el salariazo, la revolución productiva y la burbuja de prosperidad. Con De la Rúa, duró un suspiro la promesa de salir de la recesión y terminar con una década de corrupción.

Y Duhalde, que cumplió durante año y medio con la tarea de apagar el incendio, bien que enviando bajo la línea de pobreza a la mitad de la población, debió llamar a elecciones cuando su policía ejecutó a los dos manifestantes piqueteros retrotrayéndonos a la tragedia de diciembre de 2001.

Pero Néstor Kirchner y Cristina Fernández rompieron con aquel perverso circuito de deseo y decepción reiterado 20 años. Sus gestiones se miden por un conjunto de políticas que fueron mucho más allá de lo imaginado, desde la renovación de la Corte Suprema a la exitosa renegociación de la deuda; desde una política de cero represión hasta la acumulación de una cantidad inédita de reservas en el Banco Central; del impulso a las paritarias, y la negociación colectiva de los trabajadores, a la incorporación de millones de personas a la jubilación; desde una defensa tenaz del mercado interno a la transferencia de los fondos previsionales al Estado; desde la Ley de Medios, la Ley de Matrimonio Igualitario a la Asignación Universal por Hijo y el enérgico impulso a los juicios contra los responsables del terrorismo de Estado.

Siempre fueron más allá de lo que estaba prometido. Pertenece, entonces, a la racionalidad del voto que Cristina Fernández triunfara con tanta comodidad en 2007, más aún que fuera reelecta ahora con una diferencia abrumadora y que, después de 80 años, una misma fuerza política vaya por su tercer período continuado de gestión.

Daniel Scioli es el gobernador kirchnerista de la provincia que votó por cómoda mayoría a CFDK, y su rival más cercano estuvo un poco por encima del porcentaje obtenido por el competidor más cercano de la presidenta.

Por supuesto que también son muchas las novedades, como la de un triunfo de la presidenta que cruza todas las clases sociales que esta vez ni siquiera resistió la propia ciudad de Buenos Aires. Pero es igualmente evidente la diferencia que se reitera del voto nacional con la ciudad Capital, donde reside la mayor concentración de las clases medias y altas privatizadas que ven en Mauricio Macri un potable exponente de la conservadora pos-política.

Otro rasgo que se repite: igual que en 2007, la derecha no estuvo representada con partido propio en la competencia presidencial. Para buscar el voto de las mayorías todavía necesitan subirse al carro desvencijado de los dos grandes partidos políticos.

*Periodista, escritor. Conductor del Programa radial Argentina tiene Historia, emitido por Radio Nacional

Política y Sociedad/La política oculta o la máscara del marketing/Marcos Cittadini

Formas políticas de la derecha

La política oculta o la máscara del marketing

Existe una tendencia extendida dentro del “progresismo que entiende que el macrismo puede enmarcarse en un plano fantasmático denominado “nueva derecha”. Incluso hay un error más grave y es el de considerar al Pro como una fuerza “antipolítica”. El artículo intenta un análisis más reposado de del diseño de expansión del partido o de la relación con el potencial electorado, que permita sacar alguna conclusión

Por Marcos Cittadini*

(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Mauricio Nizzero

Existe una cierta tendencia extendida en la opinión pública –incluso dentro de lo que podríamos llamar “progresismo”- a entender que el fenómeno que representa el macrismo puede enmarcarse en un plano fantasmático, algo que se llama de modo liviano, “nueva derecha”. Incluso hay un error más grave y es el de considerar al Pro como una fuerza “antipolítica”. El abuso de las comillas está vinculado a la impericia de este escriba para desactivar con otros medios y de un simple golpe de vista lo que considera una falacia. Es por eso que –aduciendo esta falta de repentización- apelo a un análisis más reposado de algunos hechos de gestión o campaña, del diseño de expansión del partido o la relación con el potencial electorado que nos permita sacar alguna conclusión.

Lo primero que puede decirse es que todo el entramado de recursos electorales que son considerados nuevos (la difusión alrededor de redes sociales, la presencia alternativa en vía pública a través de los puestos de bicicletas, los actores que difunden la limpieza en la ciudad, etcétera) sólo ocultan una organización punteril que está ligada a los más antiguo del trabajo barrial. Este es el espacio principal en el que el macrismo no es antipolítico: utiliza los mismos sistemas paternalistas o clientelares que dice criticar de la militancia tradicional pero sin aprovechar el costado virtuoso de esta experiencia, que es la cercanía con la gente de los barrios para resolver sus problemas. En muchos casos, parece tratarse de acumulación de poder territorial al mejor estilo previo al surgimiento de la Unión Cívica Radical a principios del siglo pasado. Herederos de cierta estructura del peronismo más rancio del país –el de la ciudad de Buenos Aires- los hombres del Pro conocen quién manda en los barrios más humildes de la ciudad y con él negocian sumisión a cambio de representación.

Pero esta realidad tiene un reflejo lógico en otro ámbito donde el oficialismo de la ciudad tampoco renuncia a la política: la Legislatura. El trabajo arduo y concienzudo que las huestes de Cristian Ritondo hacen día a día para sacar provecho de la impericia de la oposición es algo que no es destacado como corresponde y sólo puede comparase a la presencia territorial antes mencionada. Es aquí donde el Gobierno de la Ciudad basa su poder, más allá de los beneficios que la bonanza económica nacional le hayan reportado a la mayoría de los oficialismos distritales.

Como decíamos, creer que eso no se apoya en práctica políticas muy aceitadas es un error que implica no ver otros elementos. Por ejemplo, el modo en que el Pro pensó su desarrolló territorial luego de renunciar a ser derrotados por el Frente para la Victoria a nivel nacional. Nuevamente la idea de crecimiento, de cara a 2015, tuvo que ver con lo tradicional. Una expansión apoyada en la cercanía geográfica. La estrategia bifronte fue desembarcar en los municipios vecinos a la capital de Vicente López y Lanús. En el primero salió muy bien y hoy puede pensarse en un corredor norte muy afín a la derecha, contando con la simpatía del intendente reelecto de San Isidro, Gustavo Posse y el flirteo sempiterno del mandamás de Tigre Sergio Massa, que hoy tiene influencia también sobre San Martín y San Fernando. En el sur la cosa no salió tan bien Y Néstor Grindetti no pudo hacer pie frente al oficialista Daría Díaz Pérez, que acompañaba a la presidenta.

Pero, por qué entonces caemos en el error de creer que lo que el Pro hace es antipolítica? Quizás, porque encantados con la parte virtuosa del quehacer comprometido que hemos reencontrado en los últimos años, nos olvidamos del costado oscuro que en nuestros países tiene el rubro. El del espionaje y la delación, el de la búsqueda del aniquilamiento del adversario. Y eso, aunque hable de crispación señalando al kirchnerismo, Mauricio Macri lo ha encarnado como nadie.

¿Qué otra cosa es toda la campaña sucia emprendida gracias a empresas vinculadas al ecuatoriano Jaime Durán Barba? El descubrimiento de que estas mismas empresas servían para espiar y clasificar según su ideología a vecinos de la Capital y de Vicente López deja atónito al más plantado pero nadie puede decir que no es conocido en nuestro país.

Y es aquí donde encontramos que nuestro error de no considerar lo que hace el macrismo como político es inducido por los mismos asesores de esta fuerza. Cuando Durán Barba y compañía utilizan estás técnicas invocan fundamentos más ligados al marketing. Eso no es sólo para parecer modernos y acordes a los tiempos, sino para enmascarar prácticas que son mucho más deleznables cuando se les pone el nombre adecuado. El Marketing vende un producto, no una persona que es candidato y porta cierta idea de país, distrito o de la vida de las personas. El marketing permite también que destruir a mi oponente porque al final sólo se trata de objetos de mercado. Si hago marketing, hago estudios de mercado aunque sea evidente que estoy espiando al pueblo de la ciudad. Si lo que digo es que yo me ocupo de mercadeo y no de política, la persecución, la delación y el espionaje son más tolerables para la clase media de la ciudad. Lo mismo que los palos de la UCEP, el abandono de hospitales y escuelas, y los derrumbes de edificios.

En suma, aquellos que llegaron arrogándose la pertenencia a una nueva política, a una flamante derecha, utilizan métodos muy antiguos en nuestro país. Son los mismos que acusamos de no hacer nada mientras trasiegan todos los días las oficinas de la Legislatura y los barrios de la ciudad para instalar un modelo antiguo: el de la falta de solidaridad, el sálvese quién pueda y la supervivencia del más fuerte. Esto, para quienes crecimos en la década del ´70 y surgimos a la vida pública en la década de 1990 no puede sonarnos extraño. De hecho, estamos obligados a recordar que fue la elección más habitual para la clase dirigente de nuestro país.

Periodista. Forma parte del equipo periodístico del programa radial Mañana es Hoy, emitido por Radio Nacional