15 marzo 2010

Pompei Marcelo/ Informe Juventud y aturdimiento

Tres respuestas al vacio
Por Marcelo Pompei*


(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: F. Bacon

A pesar de su posible afectación poética, voy usar la palabra vacio; creo que reúne las realidades del dolor, de la necesidad y la insatisfacción. No encuentro otra. Toda existencia humana, en algún momento, constata un vacio. Su vacio. Esto es ineludible. Llegado a un punto no hay nada donde se suponía que había todo, o algo. Conscientemente se lo ve o inconscientemente se hace sentir, de una u otra manera el hueco tenebroso se presenta, lo mismo que la urgencia por colmarlo como sea. Esta angustia apremiante obliga a unos movimientos y respuestas sanadoras o analgésicas. Abundan las promesas de sanación bajo receta farmacéutica y las pastorales autoayudas; el mercado de analgésicos y anestésicos es abundante y variado. Su riqueza y falsa eficacia es incuestionable. El consumo compulsivo consumado o el simple deseo constante de cualquier cosa se presentan como su evidencia psíquica, la insatisfacción ansiosa. Y al contrario rara vez se aprovechan las posibilidades ofrecidas por el vacio. Estas posibilidades no existen de antemano, se provocan con impulsos de antagonista. Erótica prometeica.
Sin embargo no son pocas las respuestas y las alternativas disponibles en el filo del remolino. Las vamos adquiriendo por educación, aprendizaje, costumbre, imitación o inercia de sonámbulo. Son conductas de góndola, no conquistadas. Voy a proponer tres; no me es ajena ninguna. Entiendo que dentro de cada una de estas reacciones hay matices e inflexiones –en dónde no lo hay-, pero opté por proponer formas más pronunciadas para que resalten por contraste, y por beneficio de la elocuencia.

1.

Así suele suceder que, en el plano de la intimidad, se elija el padecimiento y la consecuente dramatización autocompasiva de la existencia. No es raro ver allí cómo la existencia se trasforma en una enfermedad autoinmune de largo plazo. En su manifestación actual el lamento, o las exhibiciones emocionales en general, son la serenata, ya no bajo, sino dentro de ventanas provistas por recursos informáticos. Se reduce a mera publicación o lástima impúdica. La recompensa recibida es una vibración de baja intensidad; el intercambio de dramas es interminable y pobre. Vida de reclusión cerebral traducida en bytes de emoción y una elevada inversión de tiempo para la poca experiencia material que logra consolidarse. Millones islotes psíquicos conectados por servicios de mensajería. Un abuso en el ahorro de fuerzas físicas y un aumento de actividad cerebral superficial. Se la protagoniza como martirio agónico o juegos de placeres débiles donde la presencia queda eliminada inaugurando un nuevo ascetismo sin rigores. Realidad sin densidad. Aquí la desdicha es un acto coquetería anímica lanzada como pregón a una infinita oscuridad habitada por ausencias. Los dramas se viven y resuelven en el modo sedentario. Hablando en jerga informática podría decirse que la vida se inicia en el modo a prueba de fallos; un uso mínimo e indispensable de procesos para no exigirle al sistema más que lo necesario. En los intrincados corredores de información digital se establecen contactos humanos desde la más extrema soledad y arrinconamiento en el interior de redes sociales donde alguien es nadie y todos somos ninguno. Paradoja que crea contactos sin carne y remedos de identidad. Conclusión cartesiana hecha realidad, ya no más una certeza ontológica sobre el papel. El material especulativo del filósofo ha cobrado vida, la conciencia se contenta con saber sólo de sí y se independiza del cuerpo, que comienza a vivir una vida independiente y parásita. La res extensa va cayendo en un olvido parapléjico. En el lujo de la antimateria el drama y la comedia pierden peso, sustancia y acto. Teatralidad plana y estándar. Sólo unas líneas de texto seguidas por otras, un reguero frágil y abreviado que no promete ningún anegamiento. Luego, hacia fuera, cuando toca salir, el otro se transforma en una cuestión difícil de resolver: transpira, se mueve, respira, habla, exige, desea, intenta, detesta, besa o pega…. Su rostro tiene un rictus que desconozco ni sé interpretar. Su presencia también son aromas…. Las dificultades de manipular una mano o sostener la mirada, trabar una conversación, responder a un gesto, podrían ocasionar una debacle en la motricidad compartida. Todo esto es materia pesada. Una incógnita. La carne reclama carne. Los amigos, las novias, cualquier vecino u otros desconocidos por la calle habitan en las conciencias como problemas apremiantes mal resueltos. Objetos indescifrables y peligrosos vividos como ataques de pánico. La solución se encuentra en un escape al nicho protector. Los antiguos códigos morales de donde se deducía la culpa, el afecto y todos los sentimientos que unen a la complicada comunión social se van diluyendo de a poco en códigos mínimos, traducidos a una iconografía candorosa y pobre. Bobalicona. Nietszche pudo alzarse contra aquellos valores por la resistencia que ofrecían, por sus consecuencias en su presente y por la gravedad con la que habían decantado en una forma de civilización o en la peste de su propia cultura; civilización y cultura agarrotada en su cuerpo y su pensamiento. Pudo hacer su genealogía, prometer su transvaloración y anticipar el superhombre. La reducción icónica, uniformada y repetitiva, de muecas, aprobaciones o desaprobaciones, y estados de ánimo en serie, no ofrecen resistencia; pensar su transvaloración sería idiota. Recomiendo el cuento de James Ballard, Unidad de cuidados intensivos, recopilado en una selección de cuentos llamada Mitos del futuro próximo. Allí un médico opera a distancia a su enfermo mediante comandos complejos y circuitos cerrados de televisión… “una sensibilidad en la punta de los dedos que era el equivalente moderno de las habilidades operatorias del cirujano clásico”. Otro breve pasaje: “De niño me había criado en la escuela del hospital, ahorrándome así todos los peligros psicológicos de una vida familiar físicamente íntima (para no mencionar los riesgos, estéticos y no estéticos, de una compartida higiene doméstica)

2.

En el extremo opuesto a lo dicho en el párrafo anterior, los detractores del presente tecnológico suelen optar por opiniones o placebos defensivos para el rápido amurallamiento y distanciamiento ético del mundo de los pecadores y equivocados. Estos son la casi totalidad de sus contemporáneos ciegos, entregados y obedientes a los mensajes del genio maligno de su época: la técnica devenida en tecnología envuelta en una palabra maldita que no se cansan de condenar: la pantalla. Su batalla no es política ni ideológica y, si lo es, lo es en el modo de Savonarola. Es moral. Sacerdotes de la pureza. Para mitigar ardores intelectuales o morales apelan a la pedantería mal informada. Sus conocimientos de las complejidades tecnológicas sobre la que nos advierten son nulos. Su somnolienta pereza para estudiar y entender es disfrazada de anuncios espantosos. Sus herramientas y coartadas discursivas abarcan un espectro bien pensado que facilitan la absorción de cualquier crítica que se les pueda oponer… Unas convicciones fáciles de defender. Unas víctimas inventadas para satisfacción de vanidosos instintos heroicos. Discursos de molde. Soluciones de instructivo. Hazañas sin sorpresa y mucha prensa; la industria editorial no los desprecia. El señalamiento de enemigos pueriles, compuestos de masa tecnológica sin voluntad, con múltiples prestaciones y muchos botones, teclas y pulsadores (sé que es trivial decirlo pero uno de ellos, y habría que señalárselos, es el interruptor de encendido y apagado, al que insisten en no querer ver y cuya función instala un significado y sella una realidad: el hombre aún gobierna la máquina. Aunque cabe reconocer también que muchos interruptores distan muy lejos de nuestros dedos.) Presumen enfermizas amenazas conspirativas hacia objetivos poco atractivos, esto es, cada uno de nosotros en nuestra intimidad sin aventura ni objetivos. Formulan hipótesis de conflicto donde el hombre es el predador y la naturaleza una doncella ofrecida en sacrificio a alguna deidad del mercado de consumo. Ceremonias vegetarianas y un canto bucólico a favor de la vuelta a los pagos. El culto ritual de la vida sana porque sí. Repetición de eslóganes proporcionados por los últimos éxitos del mundillo filosófico que relame los azucares de la biopolítica. Con enojo, denuncia, indignación e impugnaciones de living-comedor hacen sonar las alarmas como género literario, y al final, amonestan. Todo condensado y envuelto en el aliento pesado de una amargura militante.
Recursos discusivos agazapados frente al Mal y nostalgias de un paraíso perdido, fraguado en el propio aturdimiento, para evitar someter al pensamiento a las tensiones de lo ambiguo y de lo contradictorio que componen la realidad, y en particular la realidad política y tecnológica. Su estrategia es hacer ver fácil lo difícil, y sus soluciones quedan aposentadas en el papel y babean en la boca del conferenciante. Lujurias ilustradas de los que no deben tomar decisiones frente a las disyuntivas. Todo conflicto es polar o múltiple, pero su solución es la adhesión a alguno de los polos, por lo general el más fácil, el reaccionario, o el tradicional e inútil escape utópico. Al reaccionario cultivado le alcanza con hacer memoria de lo quiere que haya existido e intentar proyectarlo hacia el futuro, lo contrario es informase, conocer, estudiar, inventar, investigar, corregir y solucionar lo que se avecina. Si nos preocupa el presente no es por lo que hemos perdido o por lo que ya no somos, sino porque no sabemos cómo será mañana ni cómo será el mundo donde vamos estar parados. Al reaccionario cultivado le basta con una colección de mitos regulativos y normativos que transforman en programa. La ontología del presente no incluye ofenderse por lo que pasa.
El mundo presente, los vaivenes económicos, políticos e incluso el de los fenómenos naturales, son demasiado reales y complejos para entregarse a los fraudes de la imaginación y el consuelo. Las aporías en las que cae el pensamiento, y que Platón no tuvo vergüenza de presentar, ellos las intentan eliminar con la tozudez de los necios. Una de las nuestras es real y material, no lógica ni especulativa, el hombre no puede desandar el camino y retomar un humanismo a la luz de vela, no puede deshacerse de aquello que lo trasforma en una nueva modalidad de lo humano. No somos aquellos ni somos los mismos. El hombre de Pico della Mirandola es un ancestro no un modelo.

3.

Una tercera posibilidad frente al vacio se refiere ya no una forma de vida cotidiana, ni a una forma del pensamiento y la crítica, sino a una conducta: la violencia. Esta puede ser entendida como la forma de expresión más común y más humana del vacio y de respuesta contra el vacio. La más interesante de pensar por su intensidad y realidad. No me refiero a las formas de violencia meditadas, programadas, elaboradas según un plan y una finalidad, el crimen o la guerra, sino a las formas de violencia minúscula, individual y privada. La violencia manifestada como espasmos defensivos o rutinas de agresividad gratuita para gratificación de algún complejo mal resuelto y apremiante. Forma de salida inmediata y regenerativa del trasfondo humano, demasiado contenido y educado. Mortificado. Qué niño no desea ver sangrar, por su propia mano, la nariz del compañerito de banco o quebrado un sanitario luego de salir del coma pedagógico al que fue y seguirá siendo sometido durante noventa minutos en un pupitre ortopédico durante doce años de escolaridad obligada. Qué adulto se reprime de echar mano del salvífico sueño alcohólico, de lamer una pepa estroboscópica en una monótonorave, de un revolcón estilo violación, de masticarse un cuarto de libra de Xanax, de hacerse moler a trompadas en una esquina por no sabe bien por qué, de hacer la danza de la Mastercard sobre un terroncito de cocaína, luego de ochos horas, mínimo, de “si señores” a führes de felpa semianalfabetos o de juntar cartón podrido en un carrito de media tonelada o de no hacer absolutamente nada durante veinticuatro horas como una reacción al aburrimiento catatónico. Violencias íntimas, secretas y redentoras de las que nadie está exento; sus formas, su intensidad y consecuencias son múltiples. Quien niegue sus fantasías violentas es un farsante. Quien no vea su entrega diaria, pasiva o activa, a un mínimo porcentaje de violencia le picó el bichito tibetano. El de la violencia es el espejo en donde se refleja el ser humano completo.
En esto la dificultad está en encontrar un sentido o un significado de esa violencia; su dinámica profunda. Algo que el esfuerzo reflexivo haga inteligible. Unos hallazgos que la explique según una cadena de causas y efectos. Entre este pensamiento y la manifestación real de la violencia suele abrirse una brecha, como la que hay entre el capricho y la verdadera necesidad. Lo cual no invalidada el intento de pensar rumiando respuestas incompletas o descripciones sin veredictos ni diagnósticos definitivos. Pero tampoco elimina la posibilidad del sermoneo, el de una ética asustada, el asco apostólico o una sociología de púlpito. Queda la literatura o la búsqueda filosófica desapasionada, estudiosa y atenta. Hobbes, como otros y por citar un caso, hizo inherente a su naturaleza los arrebatos violentos del hombre. El Leviatán comienza con la naturaleza del hombre para desembocar en el artificio del Estado. No desechó la violencia como dato primario. La constató como realidad sin buscar su significado más allá de sus manifestaciones y de inmediato dio el salto a lo político, al pacto y la negociación. Encerró la plataforma de la existencia humana en un círculo de miedo y violencia que la política debería abrir y reencauzar. Su elaboración filosófico-política se inicia y encuentra justificación en este punto de partida. Los hombres se matan entre sí y por eso mismo se temen. La violencia y el miedo no desaparecen, no es posible, se administran. Y los modos de la administración política fue lo que lo preocupó y alimentó al Leviatán.
Son varios los tópicos iniciales del pensamiento filosófico, el de las pasiones humanas es uno de ellos y, quizás el más complejo. Las soluciones ofrecidas abarcan un arco muy amplio. Hay escuelas y ascetismos de toda índole. Cómo actuamos o reaccionamos con lo que nos pasa o hacemos, qué hacemos con las consecuencias de nuestros actos motivados por emociones. Platónicos, estoicos, aristotélicos, epicúreos, cristianos, cínicos, atomistas, la industria farmacéutica, la religiosidad balsámica, los credos oscuros, el sectarismos, la sociología de consorcio, la expiación sacrificial, la informática, la ciencias duras y las ciencias marginales, el urbanismo ecológico y el urbanismo de acero y concreto, la especulación financiera, los automóviles y la pornografía de alta gama, la robótica y el sex shop, la pornosofía de voyeristas académicos, las expediciones al Dalai Lama o el budismo tibetano de Thames, entre Nicaragua y Soler; respuesta, recetas, diagnósticos, consejos, planes, talleres, y yo y él y ella y todos seguimos asustados, nerviosos y solos.
Ensayé tres posibles respuestas que creo ver para eso que llamé vacio, el cero doloroso de la existencia: la insularidad autocompasiva, el despecho docto y atávico, la eyección violenta. Estos modos no distinguen tres grupos diferenciados, sino que nos ilustran a cada uno en nuestra simultánea variedad de contradictorias réplicas.

*Pompei, Marcelo (docente Facultad de Ciencias Sociales, UBA)

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