07 julio 2011

Política/Asignación electoral para Jefe y Vicejefe de Gobierno/Por Alfredo Grande

ASIGNACIÓN ELECTORAL PARA JEFE Y VICE JEFE DE GOBIERNO

POR ALFREDO GRANDE
*



(ESPECIAL PARA LA TECL@ EÑE )


“una noticia buena y una mala. La buena: roban pero hacen. La mala: hacen para poder robar” (aforismo implicado)

La denominada coyuntura electoral es, a mi criterio, lo fundante de esta democracia donde se gerencia aunque se diga que se gobierna. Incluso el neologismo gobernabilidad ha sustituido casi siempre al verbo gobernar, botón que sirve para la muestra de lo que denomino democracia de la restitución. Si a la coyuntura le damos el carácter de analizador, entonces puede permitirnos pasar al otro lado del espejo. Sabemos que si no seguimos a Alicia, no solamente nos quedaremos en el país de las pesadillas, sino que apenas nos veremos reflejados en nuestro vivo retrato, como canta Sabina. De este lado del espejo, todo brilla, todo reluce, todo resplandece. Bastante ricos, lindos o por lo menos bonitos, y con certeza, famosos, pululan en todo medio que se precie de progre. Del progresismo que abarca desde el retroprogresismo hasta la hipocresía y el cinismo del centro derecha. Años de democracia representativa han dejado un sedimento inercial que podría definirse como resaca republicana. A una semana de la elección de jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el fervor cívico está ausente, y quizá con bastante aviso. El marketing ha rozado, ha chocado, ha perforado toda sorpresa posible. Desde la certeza delirante del “venimos bien”, hasta la provocativa asimilación de que votar a Filmus es estar con Cristina. Lo que sería la desmentida de la autonomía de la ciudad, y esa confesión de parte no ha generado ningún intento de relevo de prueba. Quizá sería demasiado pedir que la hegemonía tolere a los partidos denominados chicos, que son los que sostienen un fundamento clasista. Pero tampoco tolera a los partidos mayoritarios. Hay una regresión a ciertas formas del despotismo ilustrado. Se habla de internas abiertas pero se sostienen designaciones cerradas. El actual candidato para vicepresidente se entera en el mismo momento que todos. ¿Sorpresa y media? Abrazos al estilo de un pogo de funcionarios hipomaníacos. Pero antes el amado era parte de una terna donde solo había lugar para dos. Con una ampulosa campaña publicitaria donde los tres mosquiteros parecían pre-candidatos de diferentes partidos. Por supuesto, nadie se enteró si el partido justicialista de la Ciudad de Buenos Aires tuvo alguna decisión al respecto. Esto es un simulacro donde seguramente algunos pocos siempre supieron desde siempre todo lo que iba a pasar. Lamentablemente, la derecha y el fascismo más pútrido aprovechan estas torpezas servidas en las diferentes bandejas del poder. Sin embargo, clausurar el pensamiento crítico porque sería funcional a la derecha, ignora sin ingenuidad que esa clausura es justamente una de las marcas de la derecha. Se plantearía una de las tantas paradojas de la cultura represora: para no ser funcionales a la derecha, dejemos pasar los actos propios aunque sean de derecha. El paradigma fue la reacción corporativa del gobierno frente a las acusaciones por el funcionamiento de la Fundación Sueños Compartidos. O el silencio frente a la inusitada circunstancia que dos sindicalistas con altos cargos estén presos por delitos gravísimos. O sea: la marca de lo individual sigue presente y las cuestiones se resuelven solamente por errores, delitos, extravíos de personas. Las instituciones que lo posibilitan, no son cuestionadas, ni analizadas, y mucho menos modificadas. Parece que sigue vigente el miedo al cambio, o mejor dicho: el pánico por extraviar el “modelo”. Es decir: las cosas que se hicieron bien disociadas de las cosas que se siguen haciendo mal. La ley de medios va a la columna de las cosas buenas y el saqueo de los recursos naturales va a la columna de las cosas malas. Así con todo, transformando la política en un debe haber permanente, es una tarea más adecuada para un contador público. Es una política del balance, de la cal y de la arena, de las compensaciones por izquierda y los desequilibrios por derecha. El transvasamiento generacional ha dejado de ser un tema ideológico, un pasar la antorcha de la lucha a las nuevas generaciones, para convertirse en refugio de conversos y clonados. La transversalidad que prometía sacudir las anquilosadas estructuras del “pejotismo” termina por tercera vez consagrando a un vicepresidente de derechas. Y sosteniendo un federalismo sui generis, más cercano a la relación de las sucursales con una casa matriz. Por lo tanto no puede sorprender que las candidaturas sean en realidad asignaciones de cargos, otorgadas desde una centralidad del poder que no podrían nunca ruborizar a la derecha, pero que no acepto que puede ser transitado por un gobierno que al menos aspire a consolidarse como integrante del centro izquierda. Y tampoco que se compare a la militancia heroica de una juventud que enfrentó la dictadura de Onganía/Lanusse, con una construcción vertical desde el Estado de una patrulla juvenil aunque tenga de líder a un máximo. Por eso lo que más abrió el kirchnerismo, corre el inmenso riesgo de ser cerrado por el propio kirchnerismo. El espacio de la política por fuera de los aparatos del estado, ya que el kirchnerismo tiene su génesis en los finales del 2001 con el vigente “que se vayan todos” y el asesinato de Kosteki y Santillán. Néstor Kirchner entendió perfectamente ese mensaje político y social. Pero gradualmente, la lectura se hizo mas reduccionista. Los derechos humanos no son solamente las Madres, ni las Madres son solamente Hebe de Bonafini. Cuando la parte es el todo, se comienza con la política del fetiche. Y la fetichización de la política en los tiempos del tándem López Rega / Isabel Perón sirvió a los genocidas una de las más terribles cacerías en bandeja. En la Provincia de Buenos Aires, hay un balcón con dos macetas. Dos candidatos a gobernador ambos dos respondiendo a nivel nacional a la Presidenta. O asignarle al candidato supuestamente oficialista, porque ni eso es demasiado claro, un funcionario que para que todos nos quedemos más tranquilos dice que “no seré comisario político”. Las elecciones en la provincia más austral terminaron con la derrota de la candidata del Frente para la Victoria (no en este caso al menos) pero la candidata triunfante también referencia a nivel nacional con la Presidenta. O sea: ¿para que votamos? Las listas terminan siendo asignaciones del ejercicio ilustrado del despotismo, que deja el tendal de “calientes”, versión peronista de la indignación. Quizá nos demos cuenta que los únicos que le hacen el juego a la derecha, son los que en la hegemonía del poder, se tranquilizan construyendo fetiches y asignando cargos, subsidios y medios de comunicación. La lección de la historia es clara: las contradicciones, las paradojas, el tiempo, el absurdo, el simulacro, todo juega a favor de la derecha. Y nada más funcional a la derecha que parecerlo, sin serlo. No tengo claro si el peronismo será, pero es obvio que no será revolucionario. Sin embargo, tampoco será lo mismo sostener el “modelo” en la militancia social y popular que en la política de las asignaciones universales para candidatos y funcionarios. Lo importante en una democracia donde lo democrático sea su fundante, lo único importante no es parecerlo, sino serlo.

*Médico Psiquiátra y Psicoanalista. Presidente Honorario de Atico Cooperativa de Salud Mental

Política/Sobre una revolución inconclusa: del peronismo clásico al Kirchnerismo de hoy/Por Rubén. A. Liggera

Sobre una revolución inconclusa: del peronismo clásico al Kirchenerismo de hoy

Por Rubén A. Liggera
(
para La Tecl@ Eñe)



“Venceremos en un año o venceremos en diez, pero venceremos”
Cnel. Juan Domingo Perón, 10 de Octubre de 1945

“Formo parte de una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias; me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a las que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada”
Pte. Néstor C. Kirchner, 25 de Mayo de 2003




Ilustración: Schiefelbein Ignacio

Existen varias “periodizaciones “del peronismo. Ricardo Sidicaro (2005) desarrolla tres peronismos y Alejandro Horowicz (1983), describe cuatro etapas en la historia peronista. Desde el punto de vista de la comprensión y pedagogía de los movimientos sociales resultan muy útiles. Lo cierto es que podemos tomar algunos momentos significativos del peronismo desde su creación a los inquietantes días que nos tocan vivir, para la narración de los últimos setenta años de nuestra historia y además, si fuera posible, realizar alguna prospección hacia el futuro.
El peronismo “clásico” (1945-1955) es considerado el hecho histórico más transformador y trascendente del siglo pasado.
A grandes rasgos significó desde el punto de vista político la participación activa de las clases populares en los ámbitos de decisión estatal; en lo social, la dignificación de los trabajadores y de la mujer y en lo económico consumo interno y desarrollo industrial por sustitución de importaciones. La cultura popular alcanzó su máximo esplendor en el modelo nacional de bienestar.
Fue una década valiosa en todo sentido. Tanto es así, que aún hoy, a pesar de los variados intentos de negación, olvido y destrucción, -con el decreto 4161 incluido- la doctrina permanece en la memoria popular dando muestras de vitalidad y en permanente transformación.
Pero esa revolución original y pacífica, previsiblemente, generó enconos, malestar, rechazo y violencia en los detentadores del poder tradicional en Argentina. La autodenominada “Revolución Libertadora” puede considerarse una contrarrevolución en todo sentido, llena de odio y revancha. Interrumpió un proceso de liberación popular y generó una represión violentísima del Estado contra los leales a Perón, que como sabemos, será la simiente de los años amargos que vendrán más adelante.
Con avances y retrocesos, contradicciones, defecciones, actos heroicos y traiciones varias, el “kirchnerismo” o peronismo kirchnerista o peronismo “ampliado” de corte transversal, si acaso fuera viable, nos ofrece aún hoy la posibilidad de completar el largo período histórico que nació en 1945.
Sobre la resistencia de “tiza y carbón” después del ´55 se construyó un relato épico del amplio rechazo del pueblo peronista a los vejámenes, persecuciones y crímenes de los “libertadores”(o también considerados con justicia “fusiladores”). Con el líder en el exilio y Evita sepultada en algún lugar ignoto se forjó una identidad de lucha y solidaridad, especialmente desde la clase obrera y jóvenes que habían gozado de las bondades del régimen.
El “pacto” del ´58 quizás pudo haber sido una nueva etapa para el peronismo; superadora de antinomias y continuadora del proceso industrialista del primer peronismo fue incomprendido por muchos dirigentes-incluso Perón-y finalmente, constituyó una nueva frustración para las aspiraciones de paz y trabajo para las masas populares. Un nuevo golpe liberal (o “gorila”) en 1962 no hizo más que retrotraernos a una añorada cultura litoral portuaria y colonizada. Para decirlo literalmente: “dependiente” y esto concebido en todos los aspectos, desde lo económico a lo ideológico. Bastaría releer la siempre vigente obra de Arturo Jauretche para entender de qué hablamos cuando decimos “colonización pedagógica”, “medio pelo” y demás “zonceras “criollas.
¿Era posible pensar un peronismo sin Perón? Una corriente “neoperonista” hacia los ´60 fue una tentación para algunos sindicalistas y ex funcionarios (el “Lobo” Vandor, Bramuglia, los Sapag). Aunque Perón tenía su poder intacto y le costó poco recobrar un liderazgo puesto en duda.

Política/El Kirchnerismo, última conformación del movimiento nacional/Por Rubén Drí

El kirchnerismo, última conformación del movimiento nacional

Política de derechos humanos, designación de una corte suprema digna, descabezamiento de la cúpula militar comprometida con el genocidio y derogación de las leyes de impunidad fueron algunas de las medidas que anunciaron que el movimiento nacional y popular se volvía a poner en marcha con un nuevo líder. El peronismo traicionado desde su mismo seno se transformaba en kirchnerismo.

Por Rubén Dri*
(para La Tecl@ Eñe)

Tanto en las sociedades precapitalistas como en las tercermundistas de la época del capitalismo, el impulso de los pueblos hacia la liberación se expresó en movimientos populares. En los albores de nuestra independencia ello se efectivizó a través de las montoneras federales. Es el interior profundo del país naciente que pugnaba por construir una nación soberana, con el horizonte de la Patria Grande Latinoamericana, frente al proyecto de la patria chica centrada en el puerto de Buenos Aires, dependiente del imperio británico.

Es la montonera federal la primera conformación, la primera forma, en que se presenta el movimiento popular argentino. La defección de Urquiza en la batalla de Pavón (1861) selló la derrota del movimiento que se habría de consumar en el Pozo de Vargas (1867) y en Cerro Corá (1870). El Movimiento entra desde ese momento en un cono de sombra y comienza su recuperación en forma subterránea, hasta poder emerger en las dos primeras décadas del siglo siguiente con el Yrigoyenismo.

Los hijos de las montoneras y los de la primera camada de inmigrantes conformaron esta nueva forma que asumía el movimiento popular. La oligarquía agroexportadora, dependiente del imperio británico, sufría así su primera derrota y el movimiento popular retomaba la tarea que Pavón había dejado inconclusa.

Defecciones internas y ataques externos provenientes del proyecto agroexportador hacen que el movimiento pierda fuerza y finalmente sea derrotado, sumiéndose la patria en la noche negra de la primera década infame. Nuevamente el movimiento, como el viejo topo, va haciendo su trabajo subterráneo hasta poder sacar la cabeza y asumir una nueva conformación: el peronismo.

Llega el momento más glorioso del movimiento popular, el momento de la “patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”. Es el momento de los trabajadores, el de los humildes, el de los olvidados. Plena ocupación, agremiación, vacaciones en lugares antes reservados para la oligarquía, orgullo de ser argentino. Es un país que comienza a cambiar la mirada. Ya no es Europa hacia donde se apunta sino hacia Latinoamérica. Se vislumbra nuevamente la Patria Grande que se perdió cuando la derrota de los federales.

Pero en el devenir de los movimientos populares, como en el devenir de todo sujeto, nada es definitivo. Todo se mueve dialécticamente. Los impulsores del proyecto agroexportador dependiente no estaban definitivamente derrotados ni mucho menos. Volvieron por sus fueros y lo hicieron de manera sangrienta. Bombardearon al pueblo en plena Plaza de Mayo y sometieron al movimiento popular a una sangrienta persecución.

El movimiento, nuevamente derrotado, recomienza su recuperación. Es la “resistencia peronista”. Desde abajo, desde las raíces, se va rearmando hasta llegar a las décadas del 60 y del 70 del siglo pasado en que logra nuevamente llegar al gobierno y, con numerosas organizaciones avanza hacia una transformación profunda de la sociedad. La “patria socialista” es la utopía, horizonte hacia el que se tensan las energías populares.

El enemigo no podía de ninguna manera permitir esto y, orientándose por la experiencia del nazismo alemán y con las enseñanzas aprendidas en la Escuela de las Américas desata, por medio de las Fuerzas Armadas, un verdadero genocidio. “Noche y niebla” en todo el territorio nacional. Destrucción masiva de las organizaciones populares, completada en la década del 90 con la implementación a raja tabla del más fundamentalista plan neoliberal que se pueda pensar. Se había instalado la segunda Década Infame.

Pero el movimiento nacional y popular no estaba muerto. ¡Nunca está muerto! Siempre resucita, resurge desde sus raíces. Derrotado en lo político, se refugia en lo social. Es el momento de los movimientos sociales, verdaderas raíces del movimiento popular. La vergonzosa entrega de todas las conquistas que habían conseguido las luchas populares no tuvo su final con el menemismo de los 90. Se continuó con De la Rúa que terminó como no podía ser de otra manera que escapando de la furia popular expresada en el ¡que se vayan todos!

La pueblada del 19-20 de diciembre de 2001 hirió de muerte a la continuación del plan neoliberal, pero no tuvo respuestas alternativas en lo inmediato. Se rompieron todas las compuertas, todos los límites, pero no se trazaron los nuevos límites que le darían contenido al proyecto nacional y popular. Era el momento de la destrucción, de la primera negación. Había que producir la segunda negación, la negación de la negación que comienza a producirse en el 2003.

Desde el sur patagónico, escenario alejado de la gran política, y con un minúsculo apoyo ciudadano, emerge la figura de Néstor Kirchner, quien, luego de asumir como presidente y jugar con el bastón de mando, se sumerge en la multitud, manifestando, de esa manera, que era el movimiento nacional y popular el que volvía a ponerse en marcha.

Política de los derechos humanos, remoción de la corte vergonzosa y designación de una corte suprema digna, descabezamiento de la cúpula militar comprometida con el genocidio, derogación de las leyes de impunidad, fueron algunas de las primeras medidas que decían a las claras que el movimiento nacional y popular se volvía a poner en marcha con un nuevo líder. El peronismo deshilachado, traicionado, desde su mismo seno se transformaba en kirchnerismo.

Esas primeras medidas fueron seguidas de otras y otras, cada vez más profundas, más comprometidas. Movimiento nacional, porque la nación volvía a recuperar su dignidad plantándose frente al imperio, y junto con otras naciones latinoamericanas hace naufragar el ALCA en las aguas del océano atlántico. Movimiento popular que se manifestó en los millones que celebraron las fiestas del bicentenario. Movimiento latinoamericano que hizo avanzar el Mercosur, impulsó la Unasur, dejó de mirar al imperio para volverse a una Latinoamérica que tiene la voluntad de constituirse definitivamente en la Patria Grande.

De Néstor a Cristina el movimiento se profundiza, se agranda, celebra y lucha. El 2009 fue clave. El proyecto del país chico dependiente vuelve por sus foros. Es la rebelión de los agroexportadoras que levantando la falsa bandera del “campo” pretenden extorsionar al gobierno, amenazando con un “golpe” de nuevo tipo, “blando” como lo llaman. La firmeza del gobierno y el apoyo popular hicieron fracasar el proyecto.

La muerte de Kirchner, lamentable e irreparable pérdida para el movimiento, sacó a luz la profundidad que había alcanzado el movimiento. La juventud salió a expresar que el kirchnerismo era efectivamente la nueva forma o conformación que asumía el movimiento nacional, popular, latinoamericano.

Buenos Aires, 8 de junio de 2011

*Filósofo y Teólogo

Política/Lo Profundo/Por Marcos Cittadini

Lo profundo

Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o
de la producción.

Paco Urondo, Cárcel de Villa Devoto, abril de 1973

Por Marcos Cittadini*

(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Lo Profundo/Jackson Pollock


La premisa a la hora de sentarme a escribir era referirme a los peligros internos y externos que acechan al proceso virtuoso que se inició en América Latina en la última década. Podríamos hablar de sus potenciales némesis. Es sabido que nuestra región tiene enemigos repetidos dentro y fuera de sus fronteras desde hace demasiado tiempo. Casi desde las guerras de independencia –pero sobre todo desde la segunda mitad del siglo XIX- las oligarquías latifundistas locales y los trusts económicos multinacionales se han asociado para utilizar en su provecho la complicidad de los gobiernos de la región, monitoreados, presionados y bendecidos por los países centrales. Quienes han pagado siempre el precio de ese complot han sido los involuntarios integrantes de la masa de desposeídos más inexplicable del globo. En una de las zonas más ricas de la tierra, el nivel crónico de injusticia y desigualdad ofende la sensibilidad y la razón.

Podríamos volver a repetir lo escrito por José Carlos Mariátegui acerca del “problema de la tierra” en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana a fines de la década del ´20 del siglo pasado. O el grito de “Tierra y libertad” de los zapatistas del sur de México diez años antes. El avance y desarrollo de los latifundios en todo el continente conoció de ganadores y desposeídos. Lo mismo sucedió con la introducción de las grandes multinacionales fabriles. Sería lícito referirnos a todo esto porque, aunque los procesos sociales se han complejizado a lo largo de estos años y las experiencias colectivas se han vuelto más sofisticadas, lo que siempre ha persistido -casi en paralelo en todo el cono sur- es el carácter pendular del destino de los más humildes. Ese que ha ido de la esperanza a la desilusión, del ascenso a la caída, de la revolución a la masacre.

También podemos mencionar el intento de golpe fallido por parte de las patronales en abril de 2002 contra Hugo Chávez o la masacre de Pando en medio de uno de los tantos intentos de voltear a Evo Morales en Bolivia. O - para ser menos dramáticos- las presiones para que Uruguay y Paraguay abandonen el Mercosur, acicateando el reclamo justo de las asimetrías de esos dos países en relación con la Argentina y Brasil.

Centrados en nuestro país, podríamos remontar la historia de ese año largo y complicado entre el lock out patronal de 2008 y el triunfo de la antipolítica -el “alica- alícate”- en junio de 2009. O las múltiples operaciones de prensa de los medios hegemónicos que apenas ocultan la sangre en el ojo por los intereses lesionados.

Todo esto podría ser tenido en cuenta pero ya es conocido. No es la intención de este articulista menospreciar los elementos mencionados pero nos interesa hablar en esta oportunidad menos de los “enemigos de adentro” o los “de afuera”, que en los propios peligros que afronta el frente interno de un proceso de transformación que lleva ocho años en nuestro país. Cuando se habla de modo ambiguo de “profundizar el modelo”, de qué se habla exactamente. ¿No es hora de hacer un balance y preguntarse por qué luego de ocho años de crecimiento casi ininterrumpido, ha habido una recomposición general de los ingresos pero la desigualdad se mantiene y reproduce casi sin mella? ¿O por qué dentro de las exportadoras más grandes el capital extranjero sigue mandando y la concentración es cada vez mayor? Quizás sea hora también de señalar que el proceso de sojización, garante del modelo, avanza cada día más y los intentos de industrialización de nuestra economía continúan siendo tímidos. Es por eso que las exportaciones argentinas se apoyan cada vez más en productos con baja o nula agregación de valor local. Eso no lo señala la oposición porque no forma parte de su agenda. La seducción de Carrió a los dueños de la tierra, la identidad de clase de Macri o el imitador Alfonsín no parecen actores que vayan a reclamar estos cambios porque ellos son parte de la clase dirigencial que a lo largo de nuestra historia eternizó el status quo que condena a la mayor parte de la población a la exclusión más atroz. Es el Gobierno que encaró la nacionalización de los fondos de las AFJP, el de la asignación universal por hijo, el que instaló un ministro de Trabajo que presiona a las patronales para que cumplan la ley en favor de los trabajadores, el de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual el que puede cambiar las cosas. Si realizó esas empresas que parecían imposibles a priori es el mejor candidato para realizar esos cambios estructurales. Y el que tiene la obligación de hacerlos. Si después de octubre “profundizar el modelo” es eso, seguro que la gestión de Cristina Kirchner tendrá enemigos portentosos pero nadie podrá negarle un lugar de privilegio en la historia que queremos que se empiece a contar en nuestra región.



*Periodista. Forma parte del equipo periodístico del programa radial Mañana es Hoy, emitido por Radio Nacional

Política/Hacia Octubre: La posibilidad del gran cambio/Por Norberto Galasso

Hacia Octubre: La posibilidad histórica del gran cambio

El estado de desconcierto e impotencia de los diversos partidos opositores es una de las características más importantes de la actual situación política. Ante la percepción de una derrota, crece la preocupación ante la posibilidad de que el modelo implementado en el 2003 se profundice más y se fortalezca a partir de las elecciones de octubre.

Por Norberto Galasso*
(para La Tecl@ Eñe)

El panorama político de la Argentina está signado hoy por la gran inquietud que manifiestan los sectores privilegiados, la cual deriva en el acrecentamiento de la degradación que alcanzan sus representantes políticos y mediáticos. El estado de desconcierto, confusión e impotencia de los diversos partidos opositores es una de las características más importantes de la actual situación política. Perciben la próxima derrota y se preocupan ante la posibilidad de que el modelo implementado en el 2003 se profundice más y de que el frente nacional se consolide y fortalezca a partir de las elecciones de octubre.
Tanto los barones del agro, como los industriales más concentrados así como las multinacionales y cierta embajada que los resguarda ya no duermen tranquilos y monstruosas pesadillas les anuncian los tiempos por venir. Por ello, sus personeros emiten declaraciones delirantes que sólo pueden entenderse como provenientes de la desesperación ante el repudio popular que ya avizoran en las próximas elecciones.
Ningún dirigente opositor desarrolla un proyecto alternativo al “modelo” que viene impulsando el kirchnerismo. Esta situación sólo puede obedecer a dos razones: la primera, que realmente sólo les interesa llegar al poder y carecen de planes para resolver los problemas, la otra: que el proyecto es tan impresentable que lo ocultan, ya sea que algunos pretenden volver al 2001 y los más audaces hasta se atreven a soñar con la posibilidad de regresar al modelo agroexportador anterior al 17 de octubre. Lo cierto es que el nivel político de los reportajes y mesas redondas resulta cada más bajo. Y ni que hablar de las alianzas que están surgiendo: en el radicalismo, la de Alfonsín con González Fraga y De Narváez que sonroja a los escasos afiliados que todavía tienen respeto por don Hipólito; en restos marginales del peronismo, cuando el gobernador de Chubut logra un triunfo con una misérrima cantidad de votos después de pronosticar que ganaría por treinta puntos, abrazándose ahora a Duhalde quien no vacila en llamar a la concordia nacional para liberar de toda sanción a los represores, como tampoco la de peronistas que se consideraban de izquierda en pleno idilio con socialistas de derecha.
En ese panorama se desarrollan las operaciones mediáticas lideradas por Magneto y compañía. Durante varias semanas se demoniza a Moyano mostrándolo como un peligroso personaje que quiere desplazar a Cristina para quedarse con el poder. Con posterioridad aprovechan el “caso Shocklender” para repicar durante varias veces al día –en gráfica, radiofonía y especialmente, con la cadena televisiva- para intentar la descalificación de las Madres de Plaza de Mayo, en otro tiro de elevación hacia el kirchnerismo. Inflación, inseguridad y corrupción se convierten en los temas preferidos de los opositores sin proyecto, llevados hasta el paroxismo por los delirios de Carrió y adornados de proclamas “republicanas” por Alfonsín. Con ellos ansían ganar a un sector importante de los sectores medios, siempre hipersensibles a la moralina escandalosa.
Este discurso de inflamadas denuncias moralistas pudo tener efecto en el pasado, en épocas de despolitización, irritando a hipócritas defraudadores de impuestos o pícaros revendedores o profesionales inescrupulosos. Bastaría recordar un caso muy estudiado, el de las denuncias multiplicadas contra Getulio Vargas en Brasil en 1954, que lo llevaron al suicidio o de las campañas del 55 en la Argentina para legitimar el golpe militar contra el presidente Perón. Pero hoy los sectores medios se están reorientando hacia el campo popular y de ello da cuenta la caída al abismo por parte de Carrió, en las encuestas. Uno de los acontecimientos más importantes logrados durante el kirchnerismo es la repolitización de la sociedad argentina y la aparición de algunos programas televisivos que impiden los lavados de cerebro que se aplicaban en el pasado.
Lo cierto es que muñecos servidores de la oligarquía y sus aliados no consiguen mantenerse en pie y van cayendo uno a uno, cada vez que el pueblo se pronuncia. En Catamarca, quedaron liquidados Cobos y Sanz. Después se bajaron Pino Solanas y Mauricio Macri de las elecciones presidenciales pues las encuestas les anticipaban una catástrofe electoral. Ahora, se borra también Felipe Solá.
Magneto, Biolcati, los grandes bancos, las multinacionales y el embajador norteamericano –especialmente ahora que ha triunfado Humala en el Perú- se toman la cabeza ante el “desfile de extrañas figuras”, obras maestras del terror, que constituyen la oposición, ninguno de los cuales sirve para sus planes de restablecer aquella Argentina tan hermosa de que gozaron a partir de la muerte de Perón.
Por más obstáculos que se pongan en el camino, por más operaciones mediáticas que inventen, el gobierno marcha hacia las elecciones de octubre con todas las posibilidades de un triunfo en la primera vuelta. Ese triunfo deberá ser contundente para cambiar la correlación de fuerzas y ello permitirá la profundización del modelo. Hemos avanzado notablemente desde aquella Argentina destruida del 2003 pero es preciso continuar avanzando. Ello sólo será posible con un resultado muy importante en las urnas y si, al mismo tiempo, logramos crear los cuadros necesarios para las nuevas transformaciones que urgen. La Argentina y América Latina se hallan viviendo un momento excepcional y si bien sabemos que las fuerzas que se oponen son poderosas, es preciso aprovechar esta oportunidad que nos ofrece la historia para los grandes cambios.

*Norberto Galasso es Investigador e Historiador

Política/Entrevista/Dante A. Palma/ Por Conrado Yasenza

Entrevista Dante Augusto Palma




Intersticios para un espacio de crítica y resistencia.

El rol de los intelectuales, el poder e influencia de los medios de comunicación, el Kirchnerismo y la participación de Beatriz Sarlo en el programa de televisión 678, forman parte del recorrido de esta entrevista realizada al filósofo Dante Palma.



Por Conrado Yasenza
(para La Tecl@ Eñe)

- Para comenzar me interesa saber cuál es la función o rol del intelectual en la sociedad contemporánea y si hoy es posible generar prácticas capaces de intervenir en la realidad.

- Me parece que el rol del intelectual es siempre el de la crítica y el de una crítica al poder. El punto es que en las sociedades contemporáneas el poder no es el Estado o el Gobierno sino las corporaciones económicas que a través de la monopolización informativa constituyen hegemonía. En este sentido, el rol del intelectual es el de un deconstructor de los discursos. Quizás ahí esté, hoy, su principal forma de intervenir.

- ¿Acuerda Usted con la idea de que Argentina, en consonancia con otros países de la región, asiste a un cambio de paradigma político?

- Yo creo que, sin duda, en comparación con las políticas del Consenso de Washington que dominaron la región en la década del 90, estamos ante algo distinto.

- ¿Y cómo lo definiría?

- Es difícil. Hay lógicas que son particulares y tienen que ver mayoritariamente con una reacción al neoliberalismo de los 90. Este tipo de políticas, más allá de sus lineamientos generales, tuvieron su especificidad en cada región. Por ello, a veces resulta algo injusto hacer comparaciones aun con países vecinos pues no todos reaccionaron igual frente a las políticas neoliberales. Con todo, puede decirse que en líneas generales, los gobiernos progresistas de la región reivindican el rol activo del Estado y una suerte de nacionalismo latinoamericanista que mira con desconfianza las mieles de la globalización. Hay, en este sentido, un intento de reconstruir una historia con un sentido fuerte de soberanía anclado en la unidad de una identidad latinoamericana.

- ¿Qué importancia adquiere el lenguaje político, la palabra, en el contexto de la construcción de nuevos de paradigmas político-sociales?

- Me parece que es central porque la palabra hace mundo. No hay mundo independiente del lenguaje, y la realidad social es lenguaje. Nuestras categorías, aquellas con las que nos dirigimos al mundo, no responden a una ontología dada que espera ser nombrada. Es en el nombrar que construimos esa realidad. Por eso me parece esencial que la labor del intelectual se centre en el análisis de los discursos y en la denuncia de las naturalizaciones de ciertos discursos hegemónicos.

- ¿Qué opinión le merece la idea esgrimida por lo que podría definirse como la oposición, de que en el país impera una especie de restauración del odio social que puede traducirse en un clima de crispación política que derivaría en una suerte de totalitarismo parlamentario?

- Mi psicoanalista hablaría de “proyección”. Creo, profundamente, que los que verdaderamente están nerviosos, agresivos y rayanos en retóricas destituyentes son, en la mayoría de los casos, referentes de la oposición que se encuentran incómodos frente a un gobierno que sin proponer la reforma agraria ni la revolución maoísta, los interpela.

- ¿Cree usted que existe una suerte de fascinación irresponsable, digamos una actitud de negación de responsabilidades y culpas, en el hecho de regodearse cíclicamente en el apuntalamiento del fracaso de proyectos políticos?


- Si entendí bien la pregunta, creo que no hay un regodeo. Más bien lo que hay es una disputa acerca de la representatividad. En este sentido, lo que yo veo hoy día es que más que un enfrentamiento entre el gobierno y Clarín, hay una disputa entre discursos que reivindican la política como canal a través del cual representar los intereses ciudadanos, y discursos de la indignación que buscan otro tipo de referencias y ensalzan la espontaneidad de las acciones de la sociedad civil. Es esto lo que incomoda tanto al periodismo, pues eran los periodistas los que se habían erigido en representantes de la sociedad civil además de guardianes morales tras la gran crisis ético-política que tuvo su punto cúlmine en 2001. Ahora vemos que los periodistas tampoco pueden ocupar ese lugar, pues ellos son tan sospechados y corruptos como muchos políticos. Y a la vez, somos testigos de que es posible que desde el Estado, un gobierno avance con medidas profundas que la sociedad percibe como justas y necesarias.

Política y Sociedad/La igualdad, la democracia y los incontables de la historia/PorRicardo Forster (Part.II)

La igualdad, la democracia y los incontables de la historia (parte II)*


Pensar la democracia como lo ya establecido, cerrarla y acorralarla en el interior de fronteras definidas de una vez y para siempre ha constituido la contrautopía del poder. Los incontables han sido los portadores del ensueño igualitario que se guarda en la promesa originaria de la invención democrática. Esos incontables han sido, y siguen siendo, los bárbaros, los negros de la historia, la fuerza del instinto que amenaza quebrarle el espinazo a la ley de la República llevando a la sociedad a un tiempo sin tiempo de la noche civilizatoria.

Por Ricardo Forster**
(anticipo especial para La Tecl@ Eñe)

Ya vimos de qué manera la democracia es un espacio de litigio, pero también des-cubrimos su núcleo libertario en consonancia con la exigencia que la marca desde los orígenes y que se relaciona con la parte de los que no tienen parte en la suma de los bienes materiales y simbólicos, en ese plus que desestructura lo establecido, que desfonda lo que se ofrece como acabado y que se muestra como proliferación de formas abiertas. La democracia desplegada a lo largo de la historia no ha dejado de mutar y de buscar, una y otra vez, formas capaces de expresar lo inexpresable de su modo incompleto de ser. Su potencia recreadora se corresponde con el rebasamiento de los límites, con ese más allá de la ley que, sin embargo, no ha dejado de constituir uno de sus focos conflictivos allí donde los dominadores de cada época buscan cerrar el proceso de regeneramiento y de reinvención que permanentemente sacude a la vida democrática.
Pensar la democracia como lo ya establecido, cerrarla y acorralarla en el interior de fronteras definidas de una vez y para siempre ha constituido la contrautopía del poder. Los incontables han sido los portadores del ensueño igualitario que se guarda en la promesa originaria de la invención democrática (asumiendo, en su travesía por la historia, las diversas características de los ciudadanos no propietarios de la antigua Atenas, de la plebe romana, de los siervos de la Edad Media, de los pobres y miserables de los primeros tiempos del capitalismo, de las muchedumbres revolucionarias emergidas de lo más profundo del Tercer Estado, de los proletarios de una época dominada por la industria, de las masas desarrapadas y anónimas de las vastas regiones coloniales y semicoloniales, de los parias y de los explotados de todos los tiempos, de las multitudes de ayer y de hoy que siguen mostrando que algo no funciona en la aritmética de la democracia allí donde hay una parte, la mayoritaria, que se queda fuera de la suma).
Esos incontables que han atravesado, bajo diversas metamorfosis, el tiempo de la explotación y la desigualdad, constituyen lo irrepresentado del orden republicano, el lugar de los que no tienen lugar, el nombre de los que carecen de nombre porque son arrojados al anonimato de lo inconmensurable. El discurso del poder, su trama ideológica más decisiva ha buscado, desde siempre, invisibilizarlos o, cuando no lo ha logrado, expulsarlos de la decisión racional arrojándolos a los márgenes de la barbarie. Han sido, y siguen siendo, los bárbaros, los negros de la historia, la fuerza del instinto que amenaza quebrarle el espinazo a la ley de la República llevando a la sociedad a un tiempo sin tiempo de la noche civilizatoria.
Son el espanto y lo espectral de una memoria que insiste con recordarnos la violencia que se guarda en lo más profundo e íntimo de las multitudes. Es desde ese miedo a la anarquía, a la locura del desorden de los muchos, al rebasamiento de los controles que se fue montando el contradiscurso neoconservador de las últimas décadas del siglo veinte; un discurso que ha buscado desactivar la tradición de las rebeldías y de las insubordinaciones de aquellos que, al moverse como masa compacta y diversa, arremeten contra la estructura del sistema. Miedo, entonces, al regreso del sujeto activo y conciente de sus demandas y de su fuerza (aunque, y eso ya lo sabemos, no se trate de un sujeto unívoco ni signado por el “sentido” de la historia articulado con la verdad esencial de su destinación), de aquel que cuestiona con su sola presencia en la escena pública la transformación de la política en administración, en la acción contable de los gerentes que se dedican a gestionar, bajo distintas formas de ingeniería social, aquello que llamamos “la sociedad”.
Por eso, bajo el nombre de democracia se dicen cosas muy disímiles. Para unos es el cierre del horizonte imprevisible de la era de las revoluciones y la llegada al puerto seguro de la economía mundial de mercado enhebrada con la forma liberalrepublicana como quintaesencia del ideal democrático. Para otros es, como siempre, un desafío sin garantías, una apertura permanente del horizonte de la inteligibilidad para aventurarse por nuevas regiones de la acción y del sueño transformador. Para los primeros, la historia ya está sellada. Para los segundos, el tiempo de esa misma historia sigue sin realizarse allí donde la promesa de la redención continua dibujándose como proyecto inconcluso. Para unos, la democracia es sinónimo de orden y seguridad, es decir, mutación republicana que debe ocuparse incansablemente de custodiar las amenazas que ponen en riesgo su legitimidad. Para los otros, el movimiento, la subversión, la conmoción y lo inesperado constituyen la fuerza vital de la democracia que es vivida no como perfección sino como confusión.
Girando nuestra perspectiva hacia América Latina (hasta ahora el centro de la resistencia contra las políticas neoliberales, resistencia que ahora parece desplegarse también en Túnez y Egipto) podemos descubrir rasgos semejantes entre nuestros progresistas capaces de denunciar la envergadura explotadora y corrosiva del capitalismo mientras rechazan, con indignación neopuritana, la aparición de movimientos de raíz popular que, con sus desprolijidades y sus impurezas ideológicas, cuestionan en sus prácticas reales al sistema aunque todavía no lo hagan de ese modo “radical” tan caro al purismo de nuestros progresistas (quizás lo hacen del único modo que lo pueden hacer después de décadas de reconstruir pacientemente el daño producido por una cuantiosa derrota histórica que no dejó intocadas las ideas popular-emancipatorias).

Política y Sociedad/"Batalla Cultural"...¿Entre queines?/Por Eduardo Grüner

“BATALLA CULTURAL”… ¿ENTRE QUIÉNES?

La cultura es un campo de batalla perpetuo y donde son los momentos de aparente “paz” los que deben considerarse “anomalías” producidas por la “hegemonía” del pensamiento dominante que siempre pretende presentar la realidad como potencialmente reconciliable. Entre el “Estado” y el “Mercado” no hay “batalla cultural”. Una auténtica “batalla cultural” es la que apunta a re-definir la lógica misma de las estructuras de poder de una sociedad, cosa que no puede hacer un gobierno “burgués”, por más “progresista” que se auto-defina.

Por Eduardo Grüner*
( especial para La Tecl@ Eñe)

“Batalla cultural”, se dice –se repite, se insiste, se machaca-: es una consigna que, a fuerza de usarla como comodín, corre el riesgo de vaciarse de contenido, de devenir uno de esos slogans publicitarios que todo el mundo recuerda, pero que nadie sabe a qué producto o marca se refería. ¿Qué quiere decir, pues? Voy a citar –vade retro – al diario La Nación. O, mejor: a uno de sus columnistas más prestigiosos, Natalio Botana. Dijo Botana hace unos días: “De esta manera se ha desatado una disputa para apropiarse del sentido común de la cosa pública, como si a la Argentina, según un desenvolvimiento natural semejante a la ley de gravitación, no le quedase más opción que ser gobernada por el peronismo en sus diferentes variantes”. Algo, esto último, que por supuesto al buen liberal (en todo sentido: también el político) que es Botana, lo llena de espanto –aunque hay que decir en su honor que no se le nota: su estilo es mesurado, balanceado, incluso indiferente-. Pero, salvado el espanto, tiene toda la razón. Por supuesto, no es una ley de la Naturaleza que a la Argentina –o a cualquier otro país- tenga que gobernarla el peronismo –o cualquier otro partido- para siempre jamás: eso sería negar la historia, negar que todo, siempre, puede cambiar en las sociedades humanas. Que es, paradójicamente, lo que hace el propio Botana. Sin duda sin advertirlo: él, justamente, está diciendo que las cosas pueden cambiar, que el peronismo no tiene por qué seguir gobernando siempre. Se lo está diciendo a la así llamada “oposición”. Pero empieza por la frase “una disputa por apropiarse del sentido común”; y con esa expresión, ya cayó en la trampa de la anti-historia . Porque el sentido común no es algo, una cosa, un “objeto” ya hecho (de una vez y para siempre, por así decir) del cual alguien podría “apropiarse” -¿cómo? ¿comprándolo, robándolo, birlándoselo al distraído que lo posee?-: es un movimiento cultural que está siempre en disputa –no es que “se ha desatado”, de pronto, una disputa por él: él es esa disputa interminable-, es una construcción y una producción permanente, compleja, contradictoria, cambiante, plural. Y por supuesto, entonces, sometida a las relaciones de fuerza (sociales, políticas, ideológico-culturales) que constitutivamente subtienden a toda sociedad de clases.
Y he aquí el secreto: la sociedad de clases . Pero, vayamos por partes. “Batalla cultural” o “sentido común” son expresiones que inevitablemente reenvían a la teoría –y la política- del gran pensador y dirigente marxista Antonio Gramsci y sus Cuadernos de la Cárcel escritos durante la década entera que pasó en las mazmorras fascistas. Es algo curioso lo que ha ocurrido con Gramsci: siendo, reiteremos, un marxista, sus conceptualizaciones (“sentido común”, “hegemonía”, “cultura nacional-popular”, “guerra de posiciones”, “bloque histórico” y etcéteras varios) se han visto apropiadas por las más diversas corrientes del pensamiento político –incluso, como lo acabamos de ver, por cierta “centroderecha” liberal republicana como la que representa Botana-: desde la extrema izquierda, pasando por la socialdemocracia y los movimientos “nacionales y populares”, hasta, entre nosotros, el radicalismo alfonsinista y ahora, desde ya, eso que difusamente se llama el “progresismo K” (y también alguno no-tan-K o anti-K, como el “solanismo” o el “lilismo”). En la confusión de esa bolsa de gatos donde todos los idems son pardos, se han terminado perdiendo dos o tres datos que una lectura mínimamente atenta de los Cuadernos y / o de alguna biografía del personaje ayudaría rápidamente a reponer. Por ejemplo:


a) que Gramsci jamás renunció al “leninismo” , en el sentido genérico de la necesidad de contar con un partido/movimiento revolucionario (el “nuevo Príncipe”, lo llamaba siguiendo a Maquiavelo) orientado a la toma del poder y transformación radical tanto de las relaciones de producción como de la estructura del Estado y las instituciones políticas “burguesas”, y empezando por la “dictadura del proletariado”;



b) que Gramsci jamás renunció a la canónica noción marxiana de la lucha de clases como “motor de la historia”; es cierto que la refinó y complejizó notablemente para incluir los múltiples, maleables, a menudo confusos y contradictorios aspectos ideológico-culturales, “ablandando” de esa manera las rigideces mecanicistas de la distinción “ortodoxa” entre base material y “superestructura”. Pero el fundamento duro de estas sutilezas continuó siendo el de la lucha de clases, cuya finalidad estratégica continuó siendo la toma del poder por el proletariado;


c) que Gramsci jamás renunció al concepto de la construcción de un nuevo “sentido común” revolucionario trabajando sobre el ya existente pero desde abajo , y en contra de lo que denominaba una “revolución pasiva” producida desde arriba por el Estado burgués; la “batalla cultural” por la hegemonía es obra de los “intelectuales orgánicos” del proletariado y los sectores subalternos y oprimidos: es esta construcción hegemónica (y su previa preparación “contra –hegemónica” desde el llano y a partir del sentido común existente) la que constituye la batalla cultural en su sentido más estricto y riguroso.

¿Es esto lo que está sucediendo hoy? No me parece. O, al menos, no en toda la medida (para mí) deseable. Es obvio –no creo ser un necio ni un ingenuo en materia política- que no está en el orden del día la revolución socialista, la “dictadura del proletariado” o la transformación cualitativa de las estructuras económicas y políticas. Salvo entre algunos sectores de la izquierda más radicalizada, el “imaginario” de la revolución está francamente alicaído, como solía recordar Nicolás Casullo (para lamentarlo, si yo lo entendí bien). Pero esa constatación de facto no tendría por qué transformarse en verdad de iure . Todo –incluso los “imaginarios revolucionarios”- se puede reconstruir, dadas las circunstancias apropiadas. Lo que sí no se puede –o debe- hacer es falsear un pensamiento como el de Gramsci, con el cual no hay por qué estar de acuerdo, claro; pero si se usa ese nombre, o los conceptos en él encarnados, hay que hacerlo con una mínima lealtad teórico-política.
Comparto enfáticamente (aunque quizá, sospecho, por razones no exactamente iguales, de modo que no se la puede hacer responsable a ella por lo que pienso yo ) el fastidio expresado por María Pía López con la expresión “batalla cultural”. Es un sintagma que sugiere que la cultura es una suerte de uniformidad armónica y unitaria, donde cada tanto (¿en años electorales, por ejemplo?) emerge la “anomalía” de un conflicto de intereses actuado simbólica e ideológicamente. Mi visión es otra: aún si se quiere seguir usando esas palabras, no hay tal (ocasional) “batalla cultural”, sino que la cultura es , por definición, un campo de batalla perpetuo (el título de un célebre texto de Freud, “El malestar en la cultura”, debió en verdad traducirse por “La cultura como malestar”); y donde, al revés, son los momentos de aparente “paz” los que deben considerarse “anomalías” producidas por la “hegemonía” del pensamiento dominante, que –como hubiera dicho Adorno- siempre pretende presentar la realidad (social, cultural, política) como reconciliada, o al menos potencialmente reconciliable . Para este pensamiento “hegemónico”, por ejemplo, los “problemas” de un sistema injusto y expoliador (pongamos el del sociometabolismo del Capital , como lo denomina Istvan Mészaros) son “defectos” que al sistema le “falta” subsanar mediante la “profundización” de medidas compensatorias. Esto es exactamente lo que –entre tantos otros- Gramsci o Bajtin, cada uno a su modo, vienen a discutir.
Ahora bien, como ya hemos sugerido, con todo su estimulante “ablandamiento” de los mecanicismos del marxismo vulgar, ni Gramsci ni Bajtin renunciaron jamás al punto de apoyo de la lucha de clases para entender la cultura (Gramsci, incluso, como decíamos, no abandonó jamás la perspectiva futura de una “dictadura del proletariado”). Se puede aceptar o no ese punto de apoyo, pero convengamos en que partiendo de él como lo hacen los autores de marras, se torna problemática la afirmación (hecha por María Pia López en su estupendo artículo “Batallas y Hegemonías” publicado en Página 12 el lunes 30 de mayo) de que “estas (las clases) confluyen aceptando aquello que no proviene de sus propias filas”, y que “(la de hegemonía) es noción que articula el conflicto y la conciliación”. Pero, “conflicto” y “conciliación” no son elementos preexistentes que pueden “articularse” en una “tercera posición” entre ambos, porque son inconmensurables: no pertenecen al mismo “territorio” teórico, ideológico, político. La mejor prueba de ello es que, aún a riesgo de simplificar un tanto, se puede perfectamente decir que las grandes teorías sociológicas y políticas, desde Platón hasta hoy, se dividen inconciliablemente entre las que piensan la sociedad y la política como “articuladas” por la lógica del conflicto o la de la conciliación . Por supuesto que en toda sociedad hay etapas de conciliación (entre clases) o de pactos (entre adversarios antagónicos); pero justamente son el efecto de una relación de fuerzas ganadas o perdidas en el conflicto. Si partimos –como lo hacen Gramsci y Bajtin- de que es el conflicto (entre las clases, con sus respectivas alianzas con fracciones de otras clases, etc.) el concepto “articulador”, la conciliación se subordina al desarrollo del conflicto (“empate hegemónico”, etc. en Gramsci). Esa lógica obliga, más tarde o más temprano, a elegir el “bloque” (de clases / alianzas) que cada cual apoyará en el conflicto “estructural”.
La “aceptación de lo que no viene de las propias filas” es, pues, testimonio de la hegemonía del adversario (se entiende que estamos hablando de los “bloques” antagónicos: los individuos pueden aceptar o rechazar lo que les venga en gana). Con todas las mediaciones y complejidades correspondientes, la hegemonía tiene siempre una naturaleza de clase. La hegemonía por la que aboga Gramsci no es entonces la del Estado (eso es, en el mejor de los casos, una forma de “revolución pasiva”) sino la de la construcción “nacional-popular” (son palabras del propio Gramsci) conducida por las masas trabajadoras y sus aliados independientemente del Estado y las clases dominantes. Esa construcción, que en una primera etapa es contra-hegemónica , tiene que partir, obviamente, del “sentido común” realmente existente, que incluye “lo que no viene de las propias filas” (por eso la hegemonía la tiene el otro), pero lo hace para desarrollar su propia búsqueda de hegemonía. Lo mismo hace el Estado –y más en particular, un gobierno-: cuando acepta incluir en su proyecto demandas “que no vienen de sus propias filas” (¿es eso lo que está diciendo la autora? ¿que el actual gobierno tuvo que aceptar demandas que no hubiera aceptado de haber sido mayor su hegemonía inicial? Es una hipótesis…) puede hacerlo porque las cree legítimas, o porque las va a utilizar para su propia construcción hegemónica, o por una combinación sui generis de ambas cosas (dar con la tecla correspondiente sería una buena manera de calificar a un gobierno). En todo caso, lo que no se puede suponer desde una perspectiva “gramsciana” es que el Estado planea en el cielo platónico, por encima del conflicto entre los bloques (de clases) de la sociedad. Para entender esto, entre otras cosas, sirve la noción gramsciana de “Estado ampliado”: el Estado incluye a la sociedad, y por lo tanto a sus conflictos, entre los cuales siempre termina tomando partido. Supongamos -es un decir- que la sociedad acepte que el centro de la “batalla cultural” está ocupado, no por el conflicto entre las clases, sino por dos contendientes llamados “Estado” y “Mercado”, como si en la sociedad capitalista el Estado nada tuviera que ver –y más aún, fuera el antagonista “irreconciliable”- con los resortes del poder económico. Si una sociedad cree eso, es porque hay, ciertamente, “hegemonía”, pero no precisamente la que desearía un Gramsci o un Bajtin. Entre el “Estado” y el “Mercado” no hay una auténtica “batalla cultural”: una auténtica “batalla cultural” es la que apunta a re-definir la lógica misma de las estructuras de poder de una sociedad, cosa que no puede -aunque quisiera- hacer un gobierno “burgués”, por más “progresista” que se auto-defina.
Esto no significa que, hasta que se produzca la “batalla final” (y perdón si esto suena un tanto apocalíptico), no se puede –y a veces se debe- apoyar “críticamente” ciertas medidas “progresivas” de un gobierno –como yo mismo lo he hecho, equivocado o no, cada vez que me pareció necesario frente a lo que se calificaba como “lo peor”-. Apoyarlas, quiero decir, una por una , sin por ello dejar de interrogarse –también “críticamente”- sobre en qué “modelo” (como se dice ahora) de conjunto se inscriben esas medidas. Pero no se puede confundir: un modelo “reformista burgués” no es algo simétrico con un proyecto profundo de emancipación social y cultural: no son términos equivalentes entre los que se podría “comparar” para elegir. Para decirlo con una fórmula sucinta: De un gobierno se pueden apoyar ciertas “partes” sin ceder en la crítica del “Todo” / De un proyecto de emancipación radical se debe apoyar el “Todo” sin ceder en la crítica a muchas de sus “partes” . Eso es –si se quiere seguir usando la expresión, repito- una “batalla cultural” en serio . Si no se puede hacer en serio, pues no se hará. Pero no es “serio” ir por ahí haciendo “batallas” de pequeñas escaramuzas.

*Sociólogo, ensayista y crítico cultural. Doctor en Ciencias Sociales de la UBA. Fue Vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y Profesor titular de Antropología del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras, de Teoría Política en la Facultad de Ciencias Sociales, ambas de dicha Universidad.

Psicología, Política y Sociedad/Pasajeros de una pesadilla/ Por Jorge Garaventa

Pasajeros de una Pesadilla
Pensando la Reinserción de las Personas que Delinquen


Por Jorge Garaventa*
(para La Tecl@ Eñe)


Los hermanos Schoklender… ¿son parricidas o cometieron parricidio? El inadecuado vocablo refiere tanto al asesinato del padre, como al del padre y madre, de lo cual se infiere, ya que estamos, que hasta en la muerte se escatima la presencia de la mujer. Desde lo nominativo, obvio, no del sufrimiento. Escuchando frases circunstanciales sobre el reflotado abuso y maltrato al que los hermanos fueron sometidos cuando niños se observa, no sin sorpresa, la velada indulgencia hacia la conducta paterna y el horror moral ante la materna: “ es terrible lo que hizo el padre pero, la madre!, no se puede entender que una madre haga eso…”
Así como maestros y maestras han de ejercer su santo oficio sin más pretensiones que el deber de su vocación, una madre es una madre y solo tiene derecho al abnegado rol que su condición de mujer le dispensa. Ni enfermedad, ni perversión, ni cansancio, ni nada. Ser madre es un destino de proveedora incondicional de amor…o se es puta.
Estamos lejos de que estas apreciaciones constituyan una digresión distractora. Veremos que en una sociedad que se rige por prejuicios y mandatos que no pocas veces se sinonimizan, la rehabilitación, reinserción o reeducación son conceptos difíciles de acuñar ya que ante la necesaria presencia de héroes y villanos, hay mas destino fatal que posibilidades de resignificar la vida particular.
El supuesto affaire de los Schoklender y compañía permitió la salida de algunos odios viscerales que se asomaron a la piel política sin pruritos que lo disimularan. Los 35 años de luchas de Madres, sin ir mas lejos, se transformaron en la farsa de una vieja autoritaria cuyos hijos, (seguramente torturados, asesinados salvajemente y arrojados a alguna fosa común o al océano), descansan pacíficamente en tierras españolas dilapidando lo que primero proveyeron los organismos internacionales y luego los brillantes negocios de los hermanos parricidas.

Psicología, Política y Sociedad/Jóvenes agrupados en la era del vacío/Por Ronaldo Wright

JOVENES AGRUPADOS EN LA ERA DEL VACIO


Por Ronaldo Wright*

(para La Tecl@ Eñe)


Ilustración: Eduardo Stupía


En anteriores ediciones de La Tecl@ Eñe hemos abordado diversos temas vinculados a los adolescentes y su vertiginosa inserción social en estos tiempos globalizados e hipermodernos. Ante los sucesos acaecidos en la madrileña Puerta del Sol y el movimiento de jóvenes indignados acampando en las principales plazas de España —acontecimiento que rápidamente se expandió hacia otros puntos del planeta—, creemos que en nuestro país nos encontramos hoy con una juventud posicionada en lo que entendemos un lugar y un tiempo mejor. Puntualmente, seguimos destacando lo rico que es trabajar con nuestros pibes en grupos de reflexión y de acción, tomando como punto de partida esta cultura líquida y fluida aún vigente que nos permite hablar de una verdadera era del vacío. Así, coordinando grupos de adolescentes podemos —entre todos— hacernos una guía para la vida cotidiana, además de habilitar un espacio para la invención y la creatividad.


Grupalmente intentamos averiguar cómo la hipermodernidad incide en los modos de relacionarnos, caracterizados por la atenuación de los lazos y de las reglas de convivencia, en muchos casos al límite de su desaparición. Nuestros grupos de adolescentes procuran promover una concreta lógica democrática y participativa, recuperando la dignidad de la palabra singular y aceptando la diversidad de sus distintos saberes. Significativamente, los jóvenes protagonistas del mayo español reclaman democracia real ya, exigiendo un cambio profundo y sustancial en la forma de hacer política además de una mayor inserción social y laboral para esa juventud excluida. Las dificultades de la recesión en la actual economía española han dejado una tasa de desempleo que supera el 44% entre los adolescentes de menos de veinticinco años de edad. El parecido con nuestra angustiosa crisis del año 2001 se advierte al ver que allá también se escuchan fuertes ruidos de ollas y cacerolas.

Literatura y Política/Un recorrido/Por Estela Calvo

LITERATURA Y POLITICA: Un recorrido.


En qué sentido, política y literatura tienen alguna cercanía? Política y literatura quedan en una juntura inseparable desde que hay una literatura que, en sus modos de apropiación y uso del lenguaje, deviene opción por lo propio, americano, argentino.


Por Estela Calvo*
(para La Tecl@ Eñe)




¿En que sentido, política y literatura tienen alguna cercanía, un punto de unión, un espacio en común? Al decir de Saramago, el trabajo literario es una cosa y la política es otra, aunque pueda este trabajo literario, sin dejar de serlo, ser a la vez también un trabajo político; “pero lo que yo no hago, y eso lo saben los lectores, es utilizar la literatura para hacer política”. No se trata, de acuerdo con Saramago, en usar la literatura para hacer política, pero ¿en qué consiste lo político en literatura y cómo se percibe cuál es la opción política que subyace en un texto literario?
En el Facundo, texto en el cual Sarmiento intenta mostrar cómo la naturaleza del hombre local era un obstáculo para la deseable instalación de la civilización europea en estas tierras, anota, sin embargo, que si un destello de literatura nacional puede brillar momentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultará de la descripción de las grandiosas escenas naturales, y sobre todo de la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la “inteligencia y la materia”. Notablemente, eso que había que eliminar de América para imponer la “civilización”, es lo que abriría la posibilidad de una literatura nuestra.
Echeverría ha logrado llamar la atención del mundo literario español con La Cautiva, piensa Sarmiento, porque agregó algo, a diferencia de los que escribiendo con maestría clásica nada sumaban al caudal de nociones europeas. Es decir que, sólo “se agrega algo” cuando se habla de lo propio, con la propia voz. Paradojalmente, Sarmiento que advierte esa condición, pretende, al mismo tiempo, sustituir la fuerza y la originalidad nativas -sustrato de la “barbarie”-, por la “civilización” europea.
Cuando Jauretche enumera las Zonceras Argentinas, ubica a esta oposición Civilización –Barbarie, como “la madre que las parió a todas”. Y hace notar que la idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna y así enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, sino que se intentó crear Europa en América destruyendo lo indígena, visualizado como obstáculo para el crecimiento cultural, definido al modo europeo y no según América. Esto implicó la incomprensión de lo nuestro preexistente como hecho cultural o mejor dicho, se lo entendió como hecho anticultural, lo que llevó a concluir que todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar fue, entonces, negar, por “bárbara”, a América para afirmar a Europa, la civilizada. Fue derogar la naturaleza de las cosas para sustituirla por otra.
Y sin embargo, Sarmiento reconoce que si alguna literatura nacional puede haber, es en aquellas letras que parten de esa naturaleza, salvaje, primitiva, indígena, bárbara… aberrante, o que la contienen y la expresan.
Esto viene a cuento de que esta oposición levantada por Sarmiento a niveles de eje principal del drama nacional, sin lugar a dudas marcó a fuego toda la producción de ideas en la Argentina y hasta engendró, diría, un cierto carácter, una forma, un sentimiento que nos ha llevado durante casi dos siglos a considerar que todo lo realmente bueno viene de afuera y que lo propio no alcanza jamás un estatuto de excelencia. Así, es siempre necesario importar teorías, pensamientos, ideas, literatura, arte, cine, pintura, lo que sea, ya que la cultura que aquí se produce no tendrá valor alguno… a menos que copie, pero entonces, no será trascendente. Claro que, cuando algo realizado en estos lares alcanza brillo internacional, sobre todo europeo, vuelve entonces con los galardones ganados y se instala, ahora sí, con fuerza de ley, al presentar las credenciales legitimadas en el exterior. Raramente antes.
Pero lo curioso, es que esa fórmula: civilizado/externo/europeo versus bárbaro/argentino/americano/propio, se genera a partir de una inversión de sus términos originales. Repasemos un poco. Bárbaro, es un término que se acuña en la antigua Grecia para mencionar a los pueblos extraños que no hablaban la misma lengua que los griegos. Hablaban un “bereber”, una lengua incomprensible que los griegos designaban por su onomatopeya. Y se hace extensivo a todos los pueblos, incluso los romanos, que no eran griegos. Es decir, “bárbaro” es un término que se inventa para nombrar al extraño, al ajeno, al desconocido, el otro, inferior. Civilización, por su parte, es un neologismo que aparece tardíamente en el Siglo XVIII en Francia, a partir de las preexistentes “civilizado” y “civilizar”. Con un nuevo sentido, que se opone a barbarie, la Francia del Siglo XVIII la acuña para nombrarse a sí misma y a unos cuantos pueblos más, determinados grupos humanos, una élite, y para nombrar su orgullo de ser.
¿Y que hacen nuestros connacionales, Sarmiento a la cabeza? Invierten esos términos y designan exactamente lo contrario: civilizado pasa a ser el otro, el extranjero y bárbaro, lo propio, uno mismo. Alienación inconmensurable en la lengua y en la definición política que nos condena a una larga travesía de inferioridades, colonialismos, espejismos varios y adopciones de fórmulas externas.
[1]
El Facundo, según Piglia, puede considerarse la primera novela argentina. Y como tal se abre paso fuera de los géneros consagrados, ajena a las tradiciones clásicas de la novela europea del siglo XIX. En el Facundo, un libro escrito como verdad política, hay una ficción, que se inscribe o asocia en la política seductora y pasional de la barbarie, al decir de Piglia. El lugar en el que la novela argentina se encuentra a sí misma, no es el que marca la literatura de Europa. La mejor tradición literaria argentina, la que además, trasciende, está ligada a esa forma de captar las voces profundas de la calle o de la inmensidad pampeana, el habla popular, la cultura de los inmigrantes, etc.
Política y literatura quedan en una juntura inseparable desde que hay una literatura que, en sus modos de apropiación y uso del lenguaje, deviene opción por lo propio, americano, argentino, local; lo “bárbaro”. Y habría otra que secunda los manuales de la lengua castellana en un intento por mantener su perfección invariable y lejana al habla cotidiana y la cultura de los pueblos. Y eso implica una opción política. Importa entonces donde se inscriben los textos, si están o no inmersos en esa tradición literaria que suponen Macedonio, Arlt, Cortazar, Marechal, Borges, que toma el lenguaje, los temas, los modos, que no serán de ningún otro lado sino de aquí, el idioma de los argentinos, dirá el propio Borges. Y que lleva a Cortazar a decir al momento de publicarse el “Adán Buenosayres”: “Estamos haciendo un idioma, mal que le pese a los necrófagos y a los profesores normales en letras… Es un idioma turbio y caliente, torpe y sutil, pero de creciente personalidad para nuestra expresión necesaria”.


* Dramaturga, Miembro del Grupo de Teatro Res o No Res, Psicóloga

Referencias:
Saramago, José.- “ABC”, Madrid, 20 de Abril de 1989
Sarmiento, Domingo F.- “Facundo”. Losada, Bs. As., 1981
Piglia, Ricardo.- “Crítica y ficción”. Siglo Veinte, Bs. As., 1990
Jauretche, Arturo.- “Manual de zonceras argentinas”.
Corregidor, Bs. As., 2008
Braudel, Fernando.- Las civilizaciones actuales”.
Tecnos, Madrid, 1978.
Cortazar, Julio.- Revista Realidad nro 14, 1949, citado en Marechal, L. Adan Buenosayres”, Edhasa, 1981

[1] Hasta una deuda que por externa se inscribe en el campo de la civilización: tal parece que algunos países, para entrar en la categoría de “civilizados”, no deben regir su economía a partir de parámetros y criterios propios, “populistas”, “bárbaros”, sino que se espera que se ciñan a las pautas dictadas por organismos internacionales, por caso, el FMI. En fin, dependencia. Cuando no lo hacen, son mal vistos. Argentina, en la actualidad, pero también Venezuela, Ecuador, Bolivia y todos los que han decidido “cortarse solos” por estas regiones del Sur.

Cine/La Peli de Batato/ Entrevista a Peter Pank y Goyo Anchou

Entrevista a Peter Pank y Goyo Anchou, directores del documental La Peli de Batato.


Rastros de rouge en la historia común de los argentinos

Ilustración: Marcia Schwartz


El estreno en el BAFICI del documental sobre Batato Barea, artista único e inclasificable y emblema de la cultura de los años ochenta, y su posterior exhibición en el Malba, resume el clima de una época de primaveras democráticas que liberaron sentidos y experiencias en una exaltación romántica de la realidad. En esta entrevista, Peter Pank y Goyo Anchou, directores y guionista de La Peli de Batato, nos cuentan sobre la génesis del documental y recuerdan la espontaneidad y el espíritu de rebelión de los años en que la efervescencia reinó en La Ciudad Careta.

Por Conrado Yasenza
(para La Tecl@ Eñe)

Al ver el documental La peli de Batato se vivencian fuertes sensaciones: El recuerdo de los exuberantes y excesivos años ochentas se mezcla con la emoción que produce ver y escuchar a un Batato creativo pero también frágil, tierno – hasta por momentos casi ingenuo y lúcido en su ternura -; ofrece la posibilidad de acercarnos a la melancolía por momentos dramática de un clown-travesti arrojado a la aventura de vivir y de hallar una identidad honesta en su autenticidad. Batato es una figura imponente que conserva, de algún modo, un aire de provincia. Un ser de luz, de poesía y de impulso que se consume en el acto de crear viviendo.
Ver el documental genera – en aquellos que vivieron los ochentas – una conexión con el pasado personal, pero también con un pasado colectivo, social, cultural que es el territorio donde lo que ocurrió sucede nuevamente, hoy, ahora, pero transformado en un acontecimiento del presente, en una inversión del vértigo, en un hecho nuevo de la mirada y los sentimientos que descubren facetas imperceptibles del viejo acontecimiento. Una operación cultural que nos permite reflexionar, a partir de la figura de Batato Barea, sobre una época en la cual la épica de la deconstrucción, de la ruptura y la desmesura, transformó el hecho artístico, el acto teatral, en un analizador de un clima todavía represivo a pesar de la mentada ”recuperación de la democracia”. Un hecho de la contra-cultura, eso, como lo manifiesta Artaud en el Teatro y su doble. Pero también la película genera una fascinación en aquellos jóvenes que descubren que “algo tan divertido ocurrió en esta ciudad tan careta”.
Además, la película es un documento necesario que da testimonio de un clima de época y de una generación underground sobre la cual no existe demasiado registro. Bienvenida sea entonces La Peli de Batato.


- ¿Podrían contarnos cómo fue el primer encuentro con Batato Barea?



- Peter Pank: A Batato lo conocí en Cemento a fines de los ochenta. Me dio un Flyer con un poema de Alejandra Pizarnik con su teléfono y la frase “Soy Batato”. Lo llamé varias veces y hablamos de poesía. Después me quedaba charlando con él en los camarines del Parakultural.


- Goyo Anchou: Nunca vi personalmente a Batato. Vine de Mar del Plata a los 17 años, pero eso ya fue en los años 90, cuando el Parakultural estaba cerrado y la escena de los ‘80s estaba clausurándose. Sí conocía a Batato a través de su fama que llegaba hasta los diarios y revistas que leía durante mi adolescencia marplatense y que, desde lejos, me hacían creer en una Buenos Aires entendida como espacio de liberación y anarquía existencial. (Cuando llegué, finalmente, me encontré con otro panorama).


- ¿Y qué fue lo que te movilizó a grabar esos VHS que forman parte de la Peli? La admiración, el deslumbramiento por Batato y la época?

- P.P: En realidad tenía que filmar la tesis documental para la Escuela de Cine de Avellaneda y como la materia me aburría mucho decidí filmarlo a Batato. De ese material salieron dos cortometrajes: “Batato” y “14 Pavos Reales”. Pero quedó muchísimo material afuera. Batato me había dado además, unos VHS caseros y otros de obras viejas para que use. Nunca llegué a devolvérselos porque falleció cuando estaba editando “14 Pavos Reales”.

- ¿Durante cuánto tiempo lo filmaste a Batato? El tenía alguna inquietud de hacer algo con las filmaciones o ni lo pensaba?


- P.P: Fue en 1991. El último año que vivió. Creo que él sabía que le quedaba poco tiempo y por eso confío todo eso en mí. Antes de morir le pidió a su mamá que me ubique y que me diga que tenía que hacer algo con esas filmaciones. Que no se perdieran.

- ¿Cuándo surge la idea de hacer una película sobre Batato?


- P.P: Cuando conocí a Goyo (NdR: Anchou) – actué para él en Safo y dirigió el videoclip de mi canción “Soy una neurona con curvas” – siempre me insistía en que hiciera algo con ese material pero yo quería hacer cosas nuevas, construirme como artista y no volver al pasado. Una noche vi la película Tarnation y me cayó la ficha que tenía que volver a trabajar sobre Batato. Lo llamé a Goyo y empezamos a planificar el proyecto.


- G.A: Diego Trerotola fue el primero en comentarme que Peter tenía este material juntando polvo en un estante. Desde entonces le hinché las pelotas para que hiciéramos algo con eso. NO podíamos dejarlo morir ahí.


- ¿Cómo describirían los 80? Con qué sensaciones, sentimientos, recuerdos? Teniendo en cuenta que fueron años de primaveras democráticas que liberaron sentidos y experiencias

- P.P: Es difícil ser objetivo. No sólo era la libertad, nueva y conseguida, y los raros peinados nuevos, sino también mi propia adolescencia y despertar sexual. Descubrir mi vocación, venirme de Campana a Buenos Aires. Todo el contexto era fuerte.

- G.A: En la Argentina pasaron muchas cosas buenas y muchas cosas malas, la cultura joven de los años ‘80 fue una de las cosas buenas que nos pasaron y que, hoy que los que quedan de esa generación ya no son jóvenes, es conveniente resguardar para que las juventudes actuales y futuras las puedan tener de precedente. Rastros de rouge en la historia común de los argentinos, que señalan caminos de la rebelión.


- ¿Piensan a Batato como un ícono-mito de los años 80?

- P.P: Más que como un ícono o mito creo que era un artista único e inclasificable que quedó como emblema de toda una generación. Su muerte prematura y no haber traicionado sus ideales ayudan a conformar la estampita. Pero era un ser humano, muy dulce, cargado de tragedias personales y una inquietud artística enorme.

- G.A: Batato es mito, porque murió joven y en su ley, sin haber transado con nadie, y Batato es cifra, porque resume la efervescencia y el atolondramiento de una época. Como muy bien lo definen en su sketch de La Historia del Tearto Universal (incluido en La Peli...), una exaltación romántica de la realidad y culto a la espontaneidad.


- ¿Es intención de la película dar cuenta del clima que se vivía en un lugar tan especial como el Parakultural?

- P.P: El Parakultural duró cuatro años (del 86 al 90); era uno más de todos los lugares que servían de encuentro, creación y diversión. El arte se apoderaba de la noche y los espacios, después de años de silencio y prohibición.

- GA: Entre otros climas, claro. La Peli es una montaña rusa de climas, ordenados con un sentido narrativo

- ¿Existe en la actualidad una expresión artística tan fuerte como la de Batato? ¿Hay un legado que dejó Batato?

- P.P: Es otra época, y cada época tiene sus artistas. A veces pienso en la autenticidad de Fernando Peña (aunque era muy diferente a Batato)

- ¿En qué sentido diferente?

- PP: Bueno, su arte era distinto, fundamentalmente. Y aunque a Peña no lo conocí, me da la sensación que era más agresivo al exponer sus puntos de vista comparado con la dulzura de Batato. Los dos eran sumamente auténticos, no tranzaban, fieles a sus ideales.

- G.A: El arte sigue vivo en Buenos Aires, pero, como todas los seres vivos, nunca es igual a los que se fueron. El legado de Batato es múltiple, pueden encontrarse sus huellas en la militancia homosexual que culmina en el matrimonio igualitario, o en las tetas que se puso Oggi Junco (o los diarios dijeron que se puso). Tampoco cabría imaginarse la movida de los teatros off de la zona del Abasto, sin el precedente de los teatreros under de los ‘80s.


- ¿Cómo fue la recepción de la película en el BAFICI?

- P.P: Excelente. Funciones agotadas, sala llena y mucha emoción y agradecimiento en los asistentes. Muchos de ellos vivieron esa época, y otros más jóvenes la descubrían por primera vez.

- G.A: Salas llenas. Aplausos cerrados. Parakulturaleros emocionados y jóvenes asombrados de haber desconocido que algo tan divertido había pasado en esta ciudad tan careta.

- ¿Y qué reacciones, si tuvieron comentarios, generó en los jóvenes que nunca vieron a Batato, la película y la aproximación a Barea?

- P.P:Hubo un chico de 19 años que me contó por Facebook que cuando llegó a su casa, después de la función, puso la postal de la película al lado de una estampita de la Madre Teresa y le prendió una vela en un altar improvisado. Es muy fuerte eso.

- G.A: Fueron varios los chicos de veintipico de años que se me acercaron desorbitados, al final de las funciones, para agradecernos por la película, porque no se imaginaban que algo así hubiera nunca pasado acá. Creo que abrimos un par de cabezas acerca de nuestras propias posibilidades como ciudad.

- ¿Qué es lo que dejó como huella o marca personal en sus vidas el encuentro y conocimiento de Batato?

- P.P: Creo que hoy en día yo no sería un artista under. O tal vez sí, no sé. Creo que hice esta película para buscar esa respuesta, pero no sé si la encontré.

- G.A: Mi encuentro con Batato fue mediúmnico, a través del arte; conviví cuatro años con su figura fantasmal y aún sueño con él.
- ¿Qué creen que refleja la película sobre la imagen de Batato a veinte años de su muerte?

- P.P: Es una invocación. él está ahí, de cuerpo presente. De eso se trata.



- G.A: La promesa de que acá algo va a pasar.

- Para finalizar: Una imagen, un recuerdo, una sensación o anécdota que tengan cada uno de ustedes de Batato

- P.P: Una de las últimas noches del Parakultural, cuando la policía hacía razzias continuamente, entraron y fui corriendo al camarín a avisarle a Batato. La cana entró atrás mío y nos pidió documentos ( estaban Urdapilleta, Tortonese y Omar Viola, entre otros). Viola, como dueño del lugar, dijo que si se llevaban detenidos a los artistas, al otro día iban a ir a todos los canales de TV. El policía le pide que señale a los del Show, y Batato inmediatamente agarra su bolso de vestuario, me lo da, y dice: “Peter es nuestro asistente”. Salimos a la calle y vimos cómo metían a todo el mundo (entre ellos, los chicos con los que yo había ido) a los celulares (NdR: camiones policiales). Lo acompañé a tomarse un Taxi y me sentí feliz de ser parte del show.

- G.A: Noy (Fernando NdR) me dijo una vez, cuando recién comenzábamos el proyecto, que si había soñado con Batato era que había recibido realmente su visita. Muchos de nuestros entrevistados comenzaron sus relatos comentando: "ayer soñé con Batato... ", esto se repitió tantas veces que hasta se convirtió en un chiste entre los miembros del equipo técnico.

Entrevista realizada en Junio de 2011 por Conrado Yasenza para La Tecl@ Eñe

Literatura y realidad/El contingente deber de la literatura/Por Nicolás Hochman

El contingente deber de la literatura

Por Nicolás Hochman*
(para La Tecl@ Eñe)



Desde hace varios años experimento en mi vida una escisión que no es realmente tal. Como buen posmoderno me asumo fragmentado, y en lo profesional puedo nombrar por lo menos tres áreas diferentes, que a veces se integran y a veces no: soy historiador y doctorando en Ciencias Sociales, soy editor y director de revistas, y soy escritor. Las tres áreas tienen muchas cosas en común, y otras tantas diferencias. Lo que me interesa desarrollar acá es un punto problemático que se presente en todas ellas: el deseo (o necesidad, o búsqueda, o loco afán) por decir algo. Algo, que sea diferente, o creativo, o innovador, o revolucionario (eso último no tanto), o que por lo menos me deje conforme y tenga alguna utilidad.
Como suele ocurrir muchas veces, no ocurre nada de todo eso, y por más horas que pase leyendo-pensando-escribiendo, el resultado final no cierra de todo. Supongo que, en última instancia, pongo en juego una búsqueda imposible, un idealismo indesarrollable, un poco loco. Y lo que me termino preguntando, en última instancia, es para qué sirve todo lo que hago. No es que no encuentre respuestas a eso, sino que el mundo se mueve más rápido de lo que mi capacidad de acción atina a contestar.
Me gustaría centrarme en un tipo que estuvo meditando bastante acerca de todo esto: Milan Kundera. A él le debo un par de ideas que hasta hace no mucho tiempo consideraba creaciones mías, pero que al releer ciertos libros suyos descubrí que no lo eran. El poder del inconsciente, que se apropia de lo que le conviene y expulsa o esconde lo que jode.
Concretamente, hablo de la suposición de que la literatura (la novela, en particular) debería tener como objetivo entender y explicar (o por lo menos tratar de hacer un poco más clara) la condición humana. Casi nada, ¿no? Kundera lo dice casi explícitamente en libros como La insoportable levedad del ser, o en ensayos como El arte de la novela. Dice, también, que la novela “conoce el inconsciente antes que Freud, la lucha de clases antes que Marx, practica la fenomenología (la búsqueda de la esencia de las situaciones humanas) antes que los fenomenólogos”. No sé si la novela debería ser o buscar tal o cual cosa. Me parece un poco pretencioso, un poco agobiante. Pero dicho con mucha determinación y convicción, eso sí.
Por varias cosas, esa frase me hace acordar a Freud hablando de las tres grandes heridas narcisistas de la humanidad: cuando Copérnico nos explicó que no éramos el centro del universo, cuando Darwin nos informó que no éramos más especiales que los monos ni las cucarachas, y cuando el psicoanálisis nos palmeó la espalda para contarnos que ni siquiera éramos dueños de nuestros pensamientos. Supongo que hay algo de eso en la hipótesis de Kundera, de que la literatura se anticipa a todo el conocimiento “más serio” y “objetivo”. Dice este señor checo, en otra parte:

“Kafka no profetizó. Vio únicamente lo que estaba ‘ahí detrás’. No sabía que su visión era también una pre-visión. No tenía la intención de desenmascarar un sistema social. Sacó a la luz los mecanismos que conocía por la práctica íntima y microsocial del hombre, sin sospechar que la evolución ulterior de la Historia los pondría en movimiento en su gran escenario.”

Que no es poco, ojo. Que Kafka no tuviera intenciones de ser un gurú del sistema burocrático occidental no le quita mérito. Probablemente, de hecho, pudo escribir lo que escribió porque no tenía encima la presión o necesidad de salir a denunciar públicamente algo que estaba ahí, un poco invisible. Probablemente, también por eso mismo (por no ser el gurú de los años ’20) se murió sin haber tenido mucho éxito, y el que se llevó las alegrías fue el siempre atento y avispado Max Brod. Y agrego una más, la última y más larga y flaubertiana de estas citas de Kundera:

“Mirar con impotencia el patio y no saber qué hacer; oír el terco sonido de las propias tripas en el momento de la emoción amorosa; traicionar y no ser capaz de detenerse en el hermoso camino de la traición; levantar el puño entre el gentío de la Gran Marcha; hacer exhibición de ingenio ante los micrófonos secretos de la policía; todas esas situaciones las he conocido y las he vivido yo mismo, sin embargo de ninguna de ellas surgió un personaje como el que soy yo, con mi curriculum vitae. Los personajes de mi novela son mis propias posibilidades que no se realizaron. Por eso les quiero de igual a igual a todos y todos me producen el mismo pánico: cada uno de ellos ha atravesado una frontera por cuyas proximidades no hice más que pasar. Es precisamente esa frontera (la frontera tras la cual termina mi yo), la que me atrae. Es más allá de ella donde empieza el secreto por el que se interroga la novela. Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo.”

Yo no sé si es así. No sé si mis novelas (o revistas, o tesis) son confesiones, interrogantes, investigaciones sobre la condición humana. No sé si, como también sugiere él, escribimos libros porque nuestros hijos no se interesan por nosotros y nos dirigimos a un mundo anónimo porque nuestra mujer se tapa los oídos cuando le hablamos. No lo sé, pero puede ser, y hasta lo creo. En todo caso, me parece que la pregunta por todo esto es válida, necesaria, importante, vital. Creo que la gente cambia, todo el tiempo, y que uno puede hacer algo de y con todo eso. Creo que la literatura tiene una fuerza potencial (contingente, no necesaria) que no conozco en ninguna otra parte. Y así como ese potencial suele estar desaprovechado, malgastado, inutilizado por operaciones de marketing y exceso de egos, siempre queda un espacio, una brecha diminuta, para que alguien escriba algo que pueda cambiar algún mundo, y otro alguien lo lea, y actúe en consecuencia.

* Nicolás Hochman (Buenos Aires, 1982). Profesor y Licenciado en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata, doctorando en Ciencia Sociales por la UBA. Guionista y periodista, editó la revista Prometheus y dirige Casquivana. Coordina el ciclo literario Alejandría y el Taller Heterónimos. Escribió algunas novelas, poemarios y libros de historia para escuelas secundarias. www.casquivanos.blogspot.com