17 diciembre 2009

¿Cromañón Nunca Más…o… Ahora y Siempre? / Jorge Garaventa

¿Cromañón Nunca Más…o… Ahora y Siempre?

Por Jorge Garaventa
(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: Aimée Zito Lema

Los mitos siguen cayendo y los jóvenes siguen siendo blanco móvil. El joven muerto luego del recital de Viejas Locas no deja de parecer una reedición mafiosa del asesinato de Walter Bulacio, precisamente cuando el Estado Argentino es condenado por un tribunal internacional por aquella muerte y resuelve no solo no apelar sino aceptar la culpabilidad de la institución policial. El Gobierno acepta la condena en una impecable aplicación de la continuidad jurídica habida cuenta que aunque no haya sido esta administración, fue este estado. El discurso subyacente habla de que estas cosas pasaban en otros tiempos y en otros gobiernos. Jamás imaginó que a poco tiempo de tan justo acto, los propios le iban a defecar el living. La muerte de Ruben Carballo fue el “exceso” en una noche de violencia policial tremenda e injustificada contra la juventud. El torpe informe policial no tomó siquiera las precauciones mínimas para la coartada. Informó que el joven se hirió gravemente cuando se trepó a un muro para colarse al recital. Entre las ropas de Rubén se encontró la entrada que había adquirido para el recital. Igual, aún contradiciéndome, creo que no estamos ante una torpeza sino ante la clara manifestación de ostentación de la impunidad. Después de todo, la salvaje represión no hizo más que responder a un cierto operativo clamor que pide mano dura hacia los jóvenes, demonizados, estigmatizados y por ende golpeados y asesinados por portación de edad.
Nada debería sorprender. Una atenta lectura del fallo sobre Cromañón denuncia algunos aspectos no difundidos sobre la actuación policial la noche de la masacre: Relatan varios testimonios que cuando los jóvenes comenzaron a salir despavoridos del local, los uniformados, suponiendo desmanes, comenzaron a golpearlos. Algunos lograron huir, otros cayeron heridos y el resto intentaba reingresar al local aumentando la confusión y el pánico.
Como entonces en Cromañón, así se cuida a los chicos hoy.
El discurso oficial, adoptado y repetido hasta el cansancio por los medios masivos de comunicación y hasta por asociaciones de músicos autopretendidamente progresistas hablaba del exceso de celo en relación a la seguridad en los boliches luego del 30-12-04. De nada valió la denuncia del movimiento Cromañón develando la mentira. Las autoridades danzaban un como si de severidad vigilante y los músicos independientes, que reclamaban que todo siguiera como antes, complementaban el teleteatro acusando de exageradas a las supuestas medidas de seguridad y control.
Los familiares denunciaban… un Cromañón puede volver a ocurrir en cualquier momento; las autoridades ostentaban… después de Cromañón las medidas de seguridad son severas y estrictas; los músicos independientes clamaban… se sobreactúa con tanta exigencia que es imposible cumplir con tantos requisitos y nos estamos quedando sin trabajo; los familiares denunciaban…
Pero vino el recital de “Las Pastillas del Abuelo” y el mito consensuado se desplomó con crueldad tributando, una vez más, con muerte joven. Y no fue en un sucucho clandestino de esos que pululan después de la masacre sino Ferrocarril Oeste, uno de los principales micro estadios de la Ciudad de Buenos Aires. Como las de Cromañón, esta también fue una muerte evitable de la cual son responsables todos los eslabones de la cadena del espectáculo. “Si siguen tirando bengalas se van a morir todos como en Paraguay”, dijo Chabán; “prométanme que se van a portar bien”, dijo Fontanet; “sostengan la valla sino vamos a tener que suspender el show”, dicen que dijo un músico de “Las Pastillas”… todos tenían poder para suspender los shows, para evitar la muerte… nadie lo hizo porque precisamente el show debe seguir, al precio que sea.
La enseñanza es la evidencia de que la noche sigue siendo terreno de nadie y la juventud se divierte en la más descarada desprotección, tanto de los funcionarios que deben garantizar la seguridad de los espacios que habilitan como de las bandas que siguen lucrando desaprensivamente con el furor que despiertan. Y Melisa La Torre pagó con sus jóvenes 22 años su amor incondicional a la camiseta pastillera. Ella ya no está pero la polémica está instalada. Algunos dicen que fue la valla que se desarmó, otros que fue un aluvión de personas contra un alambrado, en un costado. Polémicas estériles que apuntan solo a la elusión de responsabilidades. Lo cierto es que no fue la valla ni el aluvión… a Melisa la mató la corrupción. Corrupción que acaba de dar muestras de una salud inquebrantable, que seguirá colectando muerte joven mientras el aguante del rock siga firme, como el hipocampo, creyendo que es un potro y al final no es mas que un pescado de cuya ficción se nutren los empresarios que son hoy los verdaderos dueños del género…aún los disfrazados de independientes.

Periodismo y Cultura / Ricardo Forster

Ricardo Forster: Periodismo y Cultura
Relaciones entre periodismo y cultura


Creo que hay una caída vertiginosa si uno compara los lenguajes del periodismo de décadas atrás respecto a lo que hoy prolifera en general en los medios, tanto gráficos como audiovisuales. Es evidente que hay una orfandad muy grande, hay una caída, una pérdida de complejidad, de sutileza, de formación bastante significativa, que también es equivalente a la lógica de las empresas periodísticas que han embrutecido el lenguaje, lo han simplificado a niveles terribles, pensando que el público es cada vez más un público ignorante, semianalfabeto. Si uno toma cualquier nota gráfica escrita cuarenta años atrás y la compara con una escrita ahora, se va a encontrar con sorpresas gramaticales, de estructura de lenguaje, de escasez de palabras, sofisticaciones groseras. Me parece que hay una historia de pérdida, de licuación, de empobrecimiento del lenguaje periodístico, a lo que también habría que agregarle que los lenguajes audiovisuales son muy complejos porque han transformado la sensibilidad y las percepciones del tiempo, del espacio, los modos de comunicarse entre las personas; han invadido de un modo completamente nuevo los imaginarios desde los cuales le instituye sentido. Por lo tanto estamos frente a una discusión que es una discusión civilizatoria, de época, compleja. El periodismo también tiene una enorme capacidad de producción de realidad y por lo tanto opera sobre eso que está generando. Yo creo que ahí hay un desafío muy grande. No soy un gran optimista respecto al papel de los medios de comunicación como ámbitos de recreación de la vida cultural, sino que sospecho que ahí hay algo no resuelto y muy complicado. Pero al mismo tiempo digo, esta sociedad está atravesada inexorablemente por los lenguajes comunicacionales, hay que hacernos cargo de eso, y tenemos que tratar de mejorarlos, tenemos que tratar de enriquecerlos, de rescatar lo que está muchas veces en peligro absoluto. Es un ámbito complejo, como diría mi querido amigo Nicolás Casullo, el lugar de los medios de comunicación entendidos como lugares hegemónicos de poder, expresan hoy la lógica de la derecha contemporánea y combatir contra eso es combatir contra un discurso que se ha convertido en sentido común, que ha invadido la vida de todos los días, que se ha convertido casi como el agua que fluye. Combatir contra eso es muy difícil.

(Testimonio recogido telefónicamente)

Sobre cuervos, garrotes y utopías/ Rubén Américo Liggera

Sobre cuervos, garrotes y utopías


Por Rubén Américo Liggera

Especial para La Tecla Eñe

Ilustración: Aimée Zito Lema

“¿Cómo se puede pensar que alguien pida cosas superfluas
si está seguro de que no ha de faltarle nada?”

Utopía, Tomás Moro (1516)


Una vez más, como flujo y reflujo de los tiempos mediáticos, se ha vuelto a instalar en la agenda social el tema “inseguridad”. Fogoneado por los grandes medios-espadas principales de la oposición política pero más que nada en defensa de sus propios intereses- con la amplificación de líderes “mediático-espirituales” como Susana, Mirta, Marcelo o Chiche, así llamados, como si fueran uno más de nuestras familias.
Tal como sucede con la pobreza, cada tanto redescubierta, la inseguridad es un asunto que los medios tratan de manera superficial y alarmista; sólo consignas que avivan el miedo y la desconfianza del pueblo. Sumando estos y otros elementos del “periodismo negro”, cuyo Manual de Estilo describió estupendamente en su columna el periodista Orlando Barone, podríamos afirmar sin ruborizarnos que estamos ante una oleada de terrorismo mediático.

Los fines y los medios


¿Qué se pretende con esta actitud? Seguramente crear un clima de zozobra y violencia social. ¿Destituyente? Tal vez. Depende de nuestra prudencia. Si no caemos en la tentación de las soluciones facilistas seremos capaces de repechar la tendencia e instalar un análisis más o menos racional sobre una cuestión que si por algo se caracteriza es por su complejidad.
Otra cosa también es cierta: los monopolios de la información vieron afectados sus intereses luego de la aprobación de la nueva Ley de Servicios Audiovisuales y se pintaron la cara antes, durante y después de su estado parlamentario. A estos intereses, que son concretos, debemos sumarle las voces de ricos y famosos que reiteradamente solicitan represión y hasta pena de muerte. Y de alguna manera-dado su bien merecido prestigio, nadie lo duda-se convirtieron en la voz de vastos sectores populares. Están en la tele y son palabra santa. ¿Saben que representan a la derecha más xenófoba y retrógada? No lo creo. Son sectores que consumen medios sin actitud crítica. (Aunque detrás, hay otros sectores que sí tienen conciencia de lo que simbolizan)
Es curioso que la clase media, media baja, trabajadores y hasta desocupados sean fieles y exaltados corifeos de estos personajes mediáticos. Porque si se mira bien, también son responsables de muchas de sus desgracias.

Cría cuervos…



No me animaría a considerarlos los causantes de los males de la Argentina. Sería una enormidad. Si embargo, festejaron la fiesta neoliberal de los ´90. ¿O no fueron beneficiarios directos de la especulación financiera, el uno a uno, la concentración económica, las “relaciones carnales”, el consumismo desenfrenado?
Sin embargo, como dice el refrán: “Cría cuervos y te quitarán los ojos”… La inequidad, la injusticia retributiva, la creciente desocupación, la obscena marginalidad y otras desgracias producidas por el Consenso de Washington son en gran parte causantes de los males del nuevo siglo.
Debo aclarar, que tampoco pretendo realizar una burda simplificación de este fenómeno social. No hay seguramente una traslación mecánica y determinista que indique con certeza pobreza = violencia. Pero convengamos que la llamada “inseguridad”, que mejor podríamos considerar como “violencia social”, tiene, en gran parte, un origen que remite necesariamente al empleo decente, la justicia distributiva, la educación, la salud y la igualdad de oportunidad para todos los ciudadanos.
Volvamos a la sabiduría del refrán: si hemos sido insensibles a los clamores de los sufrientes, si hemos pensado solamente en nosotros mismos, si hemos avalado políticas destructivas del aparato productivo nacional, si hemos aplaudido desde nuestros barrios privados la aniquilación de las organizaciones sindicales y sociales, la degradación de la educación estatal, la pauperización de la salud pública, ¿qué habremos logrado? ¡Criar cuervos que luego, ahí nomás, a la vuelta de la esquina, nos quitarán los ojos!

Responsabilidad social y política



No podemos ni debemos mirar para otro lado. Asumamos las responsabilidades que nos tocan. Aunque fueran mínimas. Todos las tenemos, de alguna u otra manera; por acción u omisión.
No será con la baja de la edad de imputabilidad de los menores, la represión indiscriminada, el cierre de fronteras, la construcción de oprobiosos muros o con la implantación de la pena de muerte que solucionaremos el problema de la convivencia pacífica en sociedad.
Por el contrario, deberemos ser conscientes de nuestro compromiso político y social. Trabajemos para favorecer a los más débiles: los niños, las mujeres, los ancianos; defendamos políticas sociales inclusivas; desarrollemos una economía de consumo popular; luchemos por una mejor educación; pensemos que el mejor sistema de salud es el que se anticipa a las enfermedades, como nos enseñara el sanitarista Carrillo hace ya algunas décadas.
Ni garantistas ni mano dura: solo sentido común, apego a la ley, humanidad, amor al prójimo.
En lo inmediato podrá intensificarse la prevención del delito, es una obligación legítima del estado democrático preservar la paz interior, sin embargo, unas políticas económicas y sociales de largo aliento serán indispensables e ineludibles, para mitigar-si no erradicar- relaciones sociales violentas.

Viejas utopías



Aunque parezca un pensamiento pasado de moda-o “setentista”, otra manera grosera de descalificación intelectual-las viejas utopías continuarán motorizando el pensamiento y la acción de muchos argentinos.
Volvamos al estado de bienestar que algunos conocimos siendo niños, ¿por qué no? Aunque ya el mundo no sea igual, debemos intentarlo. Aunque más no fuera para justificar nuestra propia vida.
Derrotemos la desesperanza y la impotencia. Los intereses a desmontar son incalculables. Valgan como ejemplos la airada reacción de la patronal agrosojera cuando vieron reducidos en algo sus fabulosas ganancias o los monopolios de la comunicación cuando advirtieron que con las nuevas reglas de juego deberían desprenderse de algunas de sus empresas. Y así sucederá con la especulación si se presentara alguna nueva ley de entidades financieras o se intentara afectar cualquier otra actividad concentrada. Cada vez que se toca el más sensible de los órganos las clases privilegiadas pondrán el grito en el cielo, nadie lo dude.
De ahí en más, los gobiernos populares serán demonizados. La caracterización más grosera dirá que es un gobierno demagógico, clientelista, antidemocrático, distribucionista, intervencionista, resentido, en fin, “crispado”( palabreja hoy de moda entre legos y periodistas notorios)
Pero las políticas liberales, supuestamente éticas y republicanas, a lo largo de nuestra historia nos demuestran lo contrario. Hagamos un sencillo ejercicio de memoria y veremos que la pobreza y la exclusión no son un invento de estos tiempos, sino por el contrario, vienen desde muy lejos. Si nos animamos, desde varios siglos atrás.
Cerremos esta nota como la abrimos, con un homenaje a Tomás Moro y todos aquellos utopistas que lo precedieron y sucedieron. En diversas épocas, hombres y mujeres que no se conformaron con las sociedades en que vivían, pensaron en otra manera de organización social: utopías.
Según la real Academia, utopía o utopia. (Del gr. οὐ, no, y τόπος, lugar: lugar que no existe).1. f. Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.
No seamos ingenuos ni voluntaristas, pero tengamos determinación y firmeza para vencer la mediocridad, los clisés, el pensamiento acrítico o directamente berreta. Así, la utopía podrá establecerse en algún lugar: nuestra patria.
Y sobre todo, superpongamos nuestras voces-ahora que es posible- a la uniformidad informativa y valorativa de los grandes monopolios de la comunicación.
Hay otra realidad, hay otras posibilidades. Depende de nosotros.



rliggera@hotmail.com

Economía/ Sin soluciones fáciles/Juan Kornblihtt

Sin soluciones fáciles

Por Juan Kornblihtt

(investigadores del CEICS-RyR)
(para La Tecl@ Eñe)

Ante cada suba de la Bolsa, reaparece la esperanza de que se trate sólo de una crisis pasajera. De que el fantasma del ’30 sea tan sólo eso, un fantasma que asuste, pero que ayude a los gobiernos a tomar decisiones rápidas y acertadas, no como en aquel entonces. Sin embargo, los datos más evidentes ponen serias objeciones a este optimismo. El historiador Barry Eichengreen ha realizado una comparación simple, pero muy clarificadora. Las caídas del comercio mundial, la producción y el valor de las acciones bursátiles fueron más rápidas en estos primeros meses de la crisis 2008-2009 que en el crack del 30.[1] Un evento de tal magnitud ya no debe, por lo tanto, analizarse como un problema coyuntural ni de fácil resolución.

El desencadenante

La explosión de la burbuja de hipotecas en los EE.UU. disparó la crisis. La expansión de la economía estadounidense se sostuvo, en los últimos años, con endeudamiento. Por un lado, la deuda externa que crecía (y crece) a ritmo sostenido. Por el otro, la hogareña. La clave de este último factor era la expansión de las hipotecas. A pesar de que la productividad y la competividad de la industria yanqui estaban estancadas (como lo demostraba su cada vez menor participación en el mercado mundial), los hogares mantuvieron una tasa de consumo muy alta, por encima de su capacidad. Como el precio de las casas subía, cualquier propietario podía hipotecarla, incluso más de una vez, sin necesidad de tener una capacidad de pago realSe esperaba que, aun siendo insolventes los dueños, se podría recuperar la hipoteca vendiendo la casa.
Sin embargo, esta suba de precios de las casas no estaba acompañada por un alza real en el valor de las mismas. El resultado fue un derrumbe en el precio de las casas quedando en claro que las hipotecas nunca se iban a pagar.
Así estalló la crisis hipotecaria, empezando por los bancos que prestaban a los hogares más pobres (el llamado “subprime”). Pero no se detuvo allí, y rápidamente se evidenció que todos los bancos tenían de alguna forma u otra parte de sus activos puestos en el negocio de las hipotecas. Incluso por fuera de los EE.UU. A su vez, la dificultad bancaria se expresó en una veloz contracción del crédito tanto a nivel local como a escala internacional, que impactó en la industria.
El hecho de que todo haya estallado por el lado de las finanzas hace creer que se trata de una crisis financiera que tiene un efecto externo sobre la producción. Lo que esta interpretación en boga no resuelve es por qué se expandió la burbuja inmobiliaria en primer lugar.

No es una crisis financiera

Como decíamos antes, la industria no estimulaba el crecimiento en la economía yanqui, lo cual se evidenciaba en una creciente balanza comercial deficitaria. La razón de esta debilidad de la industria es la que explica el porqué aparece una masa de capital que no tiene base real. La idea de que las finanzas y la industria funcionan como dos ámbitos separados o aún peor, que las finanzas le quitan recursos a la industria en forma parasitaria, pierde de vista la unidad de la reproducción del capital.
La riqueza en el capitalismo es fruto de la producción de plusvalía que se obtiene mediante la explotación del trabajo. Los capitalistas no se apropian en forma directa de la misma, sino que compiten por ella tanto al interior de su misma rama como con empresas de otras ramas. En dicha competencia aquellos capitales con mayor productividad, es decir con una mayor proporción de maquinaria sobre el trabajo humano (o en términos técnicos “composición orgánica del capital”) logran apropiarse de una plusvalía extraordinaria, gracias a que producen mercancías por debajo del precio de producción. Al hacerlo, provocan que otros capitales fluyan hacia esa rama deprimiendo los precios e igualando las tasas de ganancia.
Este movimiento no se hace automáticamente, sino que requiere de un flujo de plusvalía anticipada para invertir. Dicho anticipo proviene de las finanzas. Este funcionamiento de las finanzas podemos llamarlo “normal”. Pero cuando la producción de riqueza empieza a mostrar problemas, el capital financiero sirve para taparlos. Sobre la base de ganancias futuras, éste sigue prestando o estimulando las Bolsas, los fondos o el mercado inmobiliario. Esta expansión, aunque la ganancia real no exista, permite que todo siga funcionando. Se trata de una “ficción real”. “Ficción” porque está todo basado en ganancias futuras que no existen y “real” porque permite que la acumulación de capital siga funcionando. De hecho con los créditos hipotecarios ficticios, las familias estadounidenses compraron casas y autos “reales”. El problema surgió cuando se hizo evidente que la acumulación de capital real no podría pagar la ficción. En ese momento estalló una doble crisis. Por el lado financiero, se hizo evidente la insolvencia de los prestamistas. Por el lado de la industria, se hizo evidente que el consumo, ya sea de otras empresas, ya sean los hogares, sería mucho menor al pensado. Se expresó así una crisis de sobreproducción.
Ahora bien, ¿por qué se produjo una expansión del capital ficticio? El problema reside, como dijimos, en la producción de riqueza real. Una forma de saber qué pasa allí es ver la tasa de ganancia. Si observamos su evolución, observamos que luego de la crisis del 70 esta comienza una recuperación muy lenta, en forma reptante. La caída de la tasa de ganancia se da porque la propia expansión del capital obliga a una mayor incorporación de tecnología (como dijimos, aumento de la composición orgánica de capital). La fuerte expansión post Segunda Guerra Mundial llegó a un límite en los 70. La recuperación de la tasa de ganancia requiere un doble proceso. Por un lado que se destruya capital sobrante para que de esta forma cada empresa individual apropie una mayor masa de ganancia. Por el otro, un fuerte aumento de la tasa de explotación, para así extraer más plusvalía. Ambos procesos se vienen sucediendo desde los 70 bajo la forma del llamado “neoliberalismo”. Es decir ataque a las condiciones laborales, y destrucción de los capitales más débiles mediante la eliminación de barreras de protección nacional. Sin embargo, la magnitud no fue suficiente. Para darse una idea, la recuperación de la crisis del 30 requirió de la Segunda Guerra Mundial: la destrucción de casi todo el capital europeo y la eliminación física de millones de obreros. Con lo terrible que han sido las últimas décadas, no ha sido suficiente para relanzar la acumulación de capital. El resultado: la tasa de ganancia se expande en forma muy lenta.[2] Sin embargo, esto ha sido encubierto por la expansión del capital ficticio. Pero cada explosión del mismo pone en evidencia los límites de la recuperación actual.

Planes que no curan

El planteamiento de que la crisis es financiera va en relación directa con las soluciones propuestas por los diferentes gobiernos y sobre todo con la ilusión de que el Estado puede solucionar el problema. La idea es que hay que sanear el sistema, ponerle nuevas regulaciones y de esta forma todo volverá a la normalidad. El problema, dicen, es que se especuló demasiado en lugar de invertir. Por lo tanto, la solución pasa por volver a la industria. Con esta idea de fondo, se defienden los planes para, por un lado salvar a los bancos mediante la nacionalización, y por el otro los paquetes de salvataje a las industrias como la automotriz.
El planteo es que si se estimula el crédito que desapareció por culpa de la explosión de la burbuja financiera, el consumo y la industria volverán a la normalidad. La idea detrás de esos planes es que no hay un problema en la generación de riqueza. Por lo tanto “reparando” el sistema financiero, todo se solucionaría. Por supuesto al invertir las causas se invierte la solución, resultando entonces en más y mayores problemas.
El Estado para actuar debe poder recaudar o producir su plusvalía mediante sus empresas. Con la crisis, las fuentes de riqueza se reducen. De hecho, los planes se efectúan sobre la base de un fuerte aumento del déficit fiscal, es decir, mediante el endeudamiento del Estado. A la vez que el Estado ve reducir sus ingresos y gasta más aumentando el déficit, la plata que emite va a parar a empresas que no están en condiciones de relanzar su acumulación de capital, porque la caída de la tasa de ganancia no se ha solucionado. En lugar de remedio se está echando más leña al fuego. Si la crisis estalló porque se otorgaron créditos e hipotecas a hogares insolventes, ahora se le está entregando miles de millones de dólares a empresas y bancos en quiebra. Esa es la razón por la que pese a las multimillonarias intervenciones de los estados en todo el mundo, la producción y el comercio siguen cayendo.
Con todo, en los EE.UU., la crisis no se ha tornado todavía fiscal, porque cuentan con la ventaja única de emitir la moneda de reserva mundial: el dólar. Esto les permite seguir consiguiendo financiamiento externo para sus planes. De hecho, pese a la contracción del PBI y de todas las actividades, los bonos del Tesoro de los EE.UU. siguen aumentando su valor. Los EE.UU. saben que pueden seguir emitiendo deuda aunque no puedan pagarla porque en caso de que se empiece a reclamar su pago, ellos tienen la potestad de devaluar el billete verde y de esta forma trasladar el problema hacia los acreedores. En gran medida es por esto que todavía nadie se anima a deshacerse de sus dólares y el mundo, en particular China, siguen financiando a los EE.UU. De empezar una corrida contra el dólar, los primeros damnificados serían los mismos que necesitan propiciarla porque sus reservas están en papeles que no tienen valor.
En definitiva con la expansión del gasto fiscal no se está solucionando el problema sino trasladándolo del sector financiero al Estado. Lo que estamos observando con el sostenido aumento de los déficit fiscales es que, aún sin haber terminado de explotar la burbuja financiera, se está creando una burbuja estatal. Pero ahora, su estallido provocará una crisis ya no sólo económica sino política.

El mito del desacople

Apenas estalló la crisis, diferentes economistas señalaron que con políticas de control financiero y protección comercial, los países podrían zafarla. Los datos de la creciente caída de Europa, la contracción de la acumulación de capital en China e India, la crisis en Europa del Este y la quiebra de Islandia e Irlanda entre otros, puso en cuestionamiento esta idea. De a poco se fue abandonando la idea de desacople, reemplazándola por la de contagio, echándole una vez más la culpa al sector financiero. El argumento es que el problema está en la interrelación entre los sistemas bancarios internacionales y la falta de control a nivel nacional. La solución propuesta es que se desarrollen entes reguladores a nivel mundial y a escala nacional. Una vez más esta explicación y esta solución propuesta no ataca los problemas de fondo. La crisis se da de forma global no por un contagio, sino porque la acumulación de capital es mundial de hecho. La producción de plusvalía se encuentra, por lo tanto, en problemas en forma global.
China es presentada como la muestra de una economía centrada en la producción que estaría capacitada para impulsar una expansión de la economía global. Sin embargo, cuando se observa sobre qué base se sustenta la expansión del gigante asiático, se ve que éste le vende el grueso de su producción a los EE.UU. Como vimos, la capacidad de compra de los estadounidenses está dada por el endeudamiento de los hogares vía hipotecas y por la deuda externa. Gran parte de la deuda externa está en manos chinas. Por lo tanto los EE.UU. le compran a China con plata prestada por sus vendedores. Sí, aunque suene ridículo, en cierta forma China se compra a sí misma. Por lo tanto una contracción en la acumulación de capital en los EE.UU. pondrá en cuestión la acumulación de capital en China. A su vez el crecimiento chino explica la fuerte expansión en la demanda de commodities (minerales, cereales y petróleo). En los últimos años permitió una expansión fuerte de la renta que generó la ilusión del posible desarrollo nacional de los países productores, entre ellos la Argentina. Sin embargo, como se ve desde que estalló la crisis, dichos precios empezaron a caer. Terminando con la ilusión de que la crisis será sólo en los países centrales.

Guerra y revolución

El carácter global de la crisis y su origen en las contradicciones más profundas del modo de producción capitalista (la no recuperación de la tasa de ganancia), ponen en cuestión cualquier solución que no apunte a una recuperación fuerte de la tasa de ganancia. Como ya explicamos, esto implica destruir capital sobrante y un ataque a la clase obrera para aumentar la explotación. El carácter global de la crisis muestra, como ya se evidenció en la cumbre del G20, que los Estados comenzarán a enfrentarse unos a otros para intentar pasarse los problemas. En particular, los EE.UU. al tener la potestad de manejar el dólar pueden licuar su deuda externa y al mismo tiempo provocar la quiebra de los estados que tienen sus reservas en dólares. Por supuesto, dicha potestad lejos está de poder ejecutarse en forma pacífica. Una acción de este estilo generará por supuesto la respuesta de los damnificados, con China a la cabeza.
En definitiva, lo que estamos viendo es que el ciclo de expansión sobre capital ficticio que empezó en los 70 está llegando a un punto de no retorno, al transformarse en un problema estatal en el corazón mismo del sistema. Una crisis política llevará a enfrentamientos entre las potencias y ataques a la clase obrera. Pero también, y sobre todo, a una incapacidad creciente de las burguesías nacionales de sostener sus estados. Frente a este escenario de disputas en la clase dominante, la clase obrera se verá obligada a la acción tanto para resistir los ataques, pero también para pasar a la ofensiva. Es cuestión de construir una herramienta para que dicha acción encuentre una dirección adecuada que pueda otorgar una respuesta ante un escenario de miseria y muerte. Para ser exitoso ese programa no puede apostar a soluciones parciales, porque el problema es general. Por lo tanto, debe necesariamente ser revolucionario.

Nota: para un análisis detallado de los procesos aquí sintetizados recomendamos ver la Sección Crisis en la página web http://www.razonyrevolucion.org.ar/ en la cual encontrará notas de los autores y de otros investigadores del CEICS sobre el tema.






[1] Eichengreen, B. and K.H. O'Rourke. 2009. “A Tale of Two Depressions.” En proceso de elaboración, tomado de www.sinpermiso.info
[2] Para una medición de la tasa de ganancia ver: Moseley, Fred: “Teoría marxista de la crisis y la economía de posguerra de los EE.UU.” en Razón y Revolución 14.

PAZ Y RECONCILIACION: ¿UNA POSIBILIDAD REAL O UN IDEAL? / Luis Benítez

PAZ Y RECONCILIACION: ¿UNA POSIBILIDAD REAL O UN IDEAL?

Por Luis Benítez
Ilustración: Aimée Zito Lema
(Conferencia pronunciada en el VII Encuentro de Arte y Poesía “La de las 7 Colinas”, Victoria, Entre Ríos, 7 de noviembre de 2009)


Somos el resultado de 10 mil años de desarrollo cultural. Vale decir, nosotros y el mundo que nos rodea somos el producto de la interrelación de más de 330 generaciones de seres humanos con sus principios, sus valores y la praxis de éstos que ellas mismas forjaron.
Antes de ese desarrollo, la relación entre los individuos de la misma especie seguía los principios del mundo natural, los únicos que entonces existían. Principios que indican que el más débil se somete al fuerte, por aquello de que “la fuerza es el derecho de las bestias”, como lo acuñó Plutarco. Esto es, que el mono más fuerte le roba la fruta al más débil, que si intenta defenderla, se expone a un castigo justificado por su propia debilidad. En el mundo natural donde aún vivía, lentamente el hombre fue introduciendo un elemento inusitado, el derecho según lo entiende nuestra especie; en el desarrollo antedicho, este derecho fue evolucionando a la par de su autor, hasta abarcar hoy prácticamente todas las situaciones derivadas de la interrelación entre los sujetos de nuestra especie.
Así, hablamos en lo contemporáneo de un cuerpo de derechos y de su correspondiente representación, esto es, la ley, no ya desde la escala elemental de sus albores, sino desde la óptica acrecentada de su historia. Una historia que es la de nuestra cultura, la que en sus comienzos estableció las bases de este cuerpo de principios del derecho, que ofrece una interesante característica. En aquellos comienzos la relación entre los distintos grupos humanos era muy diferente de la actual. La globalización era impensable, por el aislamiento en que vivían éstos; por el contrario, lo habitual era que cada grupo humano se singularizara respecto de los demás, en cuanto a organización social, costumbres, dietas, proto-leyes, etcétera. Sin embargo, entre estos grupos aislados y que por lo tanto, no se contagiaban cultura entre sí, es observable una característica común, salvo muy raras excepciones, una vez que alcanzaban un cierto elemental grado de cultura. Esta característica es la asombrosa coincidencia en cuanto a la ética y los principios básicos que corresponden a una eficaz y sostenible convivencia entre semejantes.
Principios que antes de ser asentados en normas que podríamos llamar “jurídicas”, se expresaron como convicciones y costumbres, como tabúes y prácticas sociales, de los que derivó el aspecto ético de las religiones, donde podemos rastrear la consolidación de dichas coincidentes convicciones y costumbres.
Llamativamente, todas las grandes religiones coinciden en algunos puntos claves para el desarrollo de la cultura, el imperio de la paz y la posibilidad de la reconciliación entre las partes, luego de los inevitables conflictos que son, también –como esos hábitos y principios- el resultado de la interrelación entre los individuos pertenecientes a una misma horda, tribu o un mismo Estado. Así, ninguna de las religiones recomienda matar, robar, mentir, explotar o humillar a nuestros semejantes; en realidad, abogan conjuntamente por todo lo contrario.
Aquí es importante entender que, para la mentalidad primitiva que forjó esta importante serie de ideas y las comenzó a llevar a la práctica, semejante era exclusivamente cualquier otro miembro de su misma familia, clan, tribu o, posteriormente, ciudad-estado: el resto de los hombres eran extraños a esta noción. La idea de humanidad fue muy posterior al surgimiento de lo que abarca; aunque la evolución de la humanidad, muy luego, permitió comprender la semejanza entre todos y cada uno de los hombres y, más posteriormente, su destino común. En realidad, la sociedad global-mundial-total, en términos del Dr. Ronald David Laing, todavía está digiriendo este concepto.
Para el empirista inglés Thomas Hobbes, quien realizó esta importante afirmación hace ya más de 300 años, “el hombre es el lobo del hombre”; todos conocemos esta frase, pero muchos no la conocen completa y viene a cuento, porque se relaciona con el origen posible de esta asombrosa coincidencia de la primera humanidad en cuanto a los preceptos básicos que deberían de haber regido este desarrollo del que somos hijos y únicos herederos. Decía Hobbes que, naturalmente, el hombre tiende a perseguir y matar al hombre (tal cual lo hacía antes del establecimiento de los aludidos principios básicos). Efectivamente, lo hacía para saciar sus necesidades de recursos naturales, sus pretensiones territoriales o jerárquicas, o por un mero afán de dominio. Sin embargo, de persistir en dicha actitud, tarde o temprano se acabaría la especie humana, simplemente por eliminación de sus miembros, como consecuencia de una guerra permanente de todos contra todos, llevada hasta sus últimas consecuencias. Esta necesidad de preservación social es más fuerte que la de la detentación individual de todos los derechos naturales que dan la fuerza y la astucia; no por convencimiento intelectual, sino por imperio y demostración de la experiencia, como les gustaba a los empiristas del siglo XVII basar las causas y los efectos. Habremos de admitir nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, que tal suposición de un origen experiencial de las primeras reglas sociales se amolda más que perfectamente a la condición y las posibilidades de comprensión de aquellos seres primitivos. Se les impondría a éstos antes la experiencia concreta de la extinción de enteros grupos humanos, que la intelección del origen de esa extinción, explicitada por el muy posterior Thomas Hobbes. Este, al continuar con su razonamiento, agrega que ese hombre, hasta entonces lobo del hombre, se vio obligado por la experiencia a reducir sus ambiciones de poder y dominio totales sobre sus semejantes, por la perspectiva más humilde pero segura para la existencia individual que le ofrecía otra creación de la joven humanidad: el bien común, base del derecho y origen, más que probable, de la sociedad y su autopreservación; amén de hacer posible, para el individuo, la experiencia de vivir la vejez, un estadio antes prácticamente desconocido de la vida humana.
Es decir, que el individuo renuncia a su pulsión animal más inmediata –según Hobbes- a cambio de algo que debe de ser tan tangible y concreto como esa pulsión, aunque mucho más perdurable. Y que no lo hace por convencimiento intelectual en un ideal, mecanismo de construcción de la cultura que es muy posterior al estadio al que nos estamos refiriendo, sino por una necesidad perentoria e ineludible, so pena de muerte no ya del individuo aislado, sino de toda la especie, lo que también involucra necesariamente a su progenie.
Sobre esta idea de Hobbes, posteriormente John Locke, el barón de Montesquieu y finalmente Jean-Jacques Rousseau irían moldeando la noción del contrato social, la regulación del pacto entre individuo y Estado. Tratado de no agresión y colaboración activa, por el cual el sujeto social le cede al Estado parte de sus derechos de orden natural –el ejercicio de la violencia es uno de ellos- a cambio de que vele por y resguarde el bien común; básicamente la misma perspectiva, objetivo y transacción que obligó a nuestros antepasados todavía semisalvajes.
Desde la perspectiva esbozada hasta ahora, esta notabilísima construcción de la cultura que demandó 10 mil años edificar, se acerca bastante a un ideal, que de haber alcanzado a ser una realidad concreta, pasado tanto tiempo, hubiese significado para lo contemporáneo, al menos, aunque no para las instancias de su laborioso pasado, una edad de oro bastante completa. Un mecanismo social basado en los intereses más primarios de los individuos y que tendría sus reaseguros y llaves térmicas accionados por esos mismos intereses, equivaldría a un triunfo completo de la cultura, forjadora de los principios éticos que dan cuerpo teórico y práctico a todas las consecuencias de ese pacto inicial.
Como mujeres y hombres de la cultura, es decir, como contribuyentes activos a este buscado desarrollo, no podríamos menos que entenderlo así y honraríamos a nuestros antepasados, quienes fueron cediendo porciones y más porciones de su salvajismo original, en pro de alcanzar el ideal que fueron tan progresivamente formulando.
Obviamente, el resultado no puede diferir más de ese ideal de 10 mil años de elaboración. El ideal existe, tan cabalmente como su contrapartida real… ¿debemos ahora ser demasiado obvios? Nuestro mundo es tan peligroso, hoy, para amplias capas de la población (independientemente de su posición social) como lo era el período paleolítico para sus contemporáneos. Tras 10 mil años de cultura, según el caso, se puede morir de hambre, de sed, por enfermedades y por accidentes –hoy prevenibles, como no lo eran hace 300 generaciones- y se puede tener también y muy fácilmente una muerte de mono: asesinado por defender una fruta transfigurada en otro bien, tal vez el único que poseamos.
Además, y siempre en contra del resultado cultural que tendría que ser lo real y concreto ya pasado tanto tiempo desde sus primeras y vacilantes formulaciones, también los seres humanos sufrimos y morimos por conflictos que no se producen ya entre individuos, ni entre hordas, clanes o tribus, como sucedía en el pasado; sufrimos y morimos por conflictos entre Estados y entre bloques políticos y económicos, cuyas motivaciones simplemente llevan a una mega escala el impulso del mono fuerte, anterior a cualquier idea de cultura.
Sin embargo, la violación de los preceptos y valores establecidos desde antiguo por la cultura no sucede exclusivamente a escala de lo macrosocial; tiene también su correlato a nivel de las relaciones interindividuales. Aunque la obviedad de lo que estamos expresando agregue aquí una matiz que puede parecer insignificante y hasta inofensivo, en relación a lo explicitado en los párrafos anteriores, no escapará a nuestra atención que su condición es la de una continuidad de la ruptura de la paz y del establecimiento de obstáculos concretos para una reconciliación social, del mismo modo que a una escala mucho más amplia lo son las guerras, los atentados terroristas y la inseguridad general motivada por la posibilidad constante de asaltos a mano armada en plena calle o en la propia vivienda.
Nos referimos al clima de hostilidad y animadversión generalizada instalado en el espacio público, donde los individuos se relacionan obligadamente entre sí. Asistimos a una escena transgresiva constante, donde parece haber ganado espacio lo privado, en detrimento de lo antes exclusivamente público. El individuo contemporáneo deambula por el espacio público inmerso en una buscada y hasta evidenciada soledad, como si ese espacio –universo de lo interrelacional- le perteneciera en su conjunto y sus semejantes simplemente no existieran en absoluto; precisamente, como si en lo simbólico y lo concreto el individuo hubiese recuperado aquel derecho absoluto a hacer su más extrema voluntad, derecho sólo consagrado por el mundo natural, como antes vimos. La brutalidad de la conducta, la ausencia de los “buenos modales” –hoy un término anticuado y hasta directamente ridículo para buena parte de la población, cuando en realidad son códigos imprescindibles para la convivencia y el reconocimiento de la identidad del Otro- el uso y abuso de lo público como ámbito de la voluntad individual, son síntomas claros del conflicto entre lo real social actual y la preceptiva cultural que tan lentamente se desarrolló en el tiempo.
Así, las acciones de las personas que hacen defecar impunemente a sus mascotas en plena calle; aquellas que empujan y hasta golpean a otras al entrar o al salir de los medios de transporte; aquellas que realizan actos íntimamente privados en el espacio público –son éstos apenas unos pocos ejemplos- desde esta óptica pierden su aparente intrascendencia, su casi inofensividad, para revelarse como lo que son: testimonio de un retroceso del proceso cultural que venía desarrollándose desde antaño, retroceso que tiene un correlato mayor pero definitivamente emparentado en las catástrofes amenazantes que sacuden a nuestro mundo día a día.
En este contexto, sin embargo, se puede insertar el pensamiento y la necesaria creencia de que la paz y la reconciliación son posibles, partiendo no de un punto de vista idealista, sino basándonos en lo mismo que motivó el surgimiento de los principios y los valores culturales. Esto es, en la necesidad tan real hoy como ayer, de la preservación de nuestra especie, tan amenazada hoy por el desequilibrio del marco natural donde vive –marco que ella misma ha contribuido a alterar, como es notorio- como acechada por el peligro concreto que representa la erosión y la posibilidad de destrucción de los vínculos socio-culturales que la sostienen y ensamblan. Esto es, que la paz y la reconciliación entre los individuos y entre las macroestructuras sociales, políticas, económicas y en definitiva, culturales en la más amplia acepción del término, no son hoy, como antaño, una probabilidad deseable ni un ideal a alcanzar, sino algo mucho más perentorio. La paz y la reconciliación entre individuos, Estados y bloques socioeconómicos son una necesidad de la especie a la que pertenecemos, a riesgo de que desaparezca por una violación suicida de los principios y valores que, desde hace 10 mil años, viene construyendo y obstaculizando interminablemente.

Globalización y goce/ Mirta Vazquez de Teitelbaum

Globalización y goce

Por Mirta Vazquez de Teintelbaum*
(para La Tecl@ Eñe)

Ilustración: Felipe Noe
En la entrada a la segunda década del siglo XXI Occidente se encuentra con las contradicciones propias del malestar en la cultura a la que aludía Freud en 1924.[1]
Se dice que sociedades altamente tecnificadas, como un desprendimiento del discurso de la ciencia que dominó el siglo XX están “en crisis”. El problema puede ser el “calentamiento global” o “el capitalismo salvaje”, sintagmas que tratan de etiquetar pero no logran aplacar ni la furia de los vientos ni la muerte de miles de personas que “no entran dentro del sistema”.
Las palabras suelen acudir cuando lo real del goce de los cuerpos no logra satisfacer la pulsión de muerte y, entonces, algunos denunciamos, castigamos, publicamos y tratamos de hacernos escuchar en un desierto. Otros son “hombre de acción”, como si los actos de los hombres no dependieran de su ser de lenguaje.
En fin, Discépolo se adelantó algunos años a lo que es universal: la aniquilación del otro en tanto muestra su diferencia de goce.
“Cuando manyés que a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar” escribía el poeta del tango adscribiendo a la rivalidad antes que a la solidaridad y al amor: “cuando te dejen tirao, después de cinchar, lo mismo que a mí”…
No se trata de la nostalgia por tiempos idos, ni siquiera por la poesía del tango que ahora es “patrimonio intangible o inmaterial” de la humanidad. Otro eufemismo para decir que es una música, una danza y un sonido único, inventado en una ciudad alejada de las grandes urbes donde se centraliza el poder. Se sabe que Buenos Aires, su lugar de nacimiento, no existía para Europa más que como desembarco de inmigrantes pobres que lo pasaban mal en sus países de origen. Éramos (¿éramos?) el culo del mundo. Lo que no es un mal lugar si pensamos en el buen funcionamiento de cualquier organismo vivo.
Y las ciudades, sus gentes lo están en tanto cambian y se reproducen constantemente.
¿De qué se trata, entonces, cuando se habla de globalización? Parece que de diversas cosas, pero, en general, los medios aluden a la globalización en tanto parece que todos tenemos los mismos problemas y, por ende, necesitamos las mismas soluciones.
Lo cual es el primer paso para no resolver ninguno. Es cierto que, frase hecha también, los argentinos a cada solución le encontramos un problema. Pero analicemos que hay allí un punto de verdad: no hay solución completa. Sólo al nazismo se le ocurrió “la solución final” y ya sabemos adonde condujo eso.
Es decir que no hay solución universal a los problemas porque no hay universalidad del goce. La pulsión de muerte se satisface en su recorrido y este es particular. Cada uno sabrá que hacer para lograrlo.
Obviamente no es lo mismo matar niños que pintar cuadros. A esta última actividad Freud la llamó sublimación. Es un destino posible de la pulsión.
En nuestra ciudad colectivamente pensamos que la educación podría canalizar la pulsión mortífera que hace que mucha gente joven ataque agresivamente a sus semejantes. Pero surge la paradoja de que es en los medios educativos mismos donde se manifiesta con fuerza esta violencia hacia el semejante. Divididos por edades y clases sociales (no todos los jóvenes pueden ir a los mismos Colegios) nunca más homogénea la convivencia que en los años de la adolescencia. Sin embargo se acuchillan, se matan, se lastiman aún en los momentos de esparcimiento y diversión.
Se dice que es la droga como elemento común la que provoca estas conductas. Puede ser pero en tal caso habría que preguntarse por qué se drogan ya que en el texto de Freud citado da como una salida al malestar también la droga…
En fin, que hay malestar y no hay manera de resolver sus causas. Quizás porque sean complejas y múltiples.
Propongo un modo de abordar el problema: la articulación entre lo particular y lo universal. El discurso de la ciencia propone un conocimiento y, en tanto ordena el avance del mismo en Occidente se convierte en lo que Lacan[2] llama: el discurso amo. Se trata de significantes paradigmáticos, a la manera de los sintagmas a los que aludía al comienzo, que determinan la posición de los sujetos en un momento de la historia. La política, elevada a la categoría de ciencia (hay la carrera de Ciencias Políticas) es la manifestación más clara de esto. Los políticos hablan con frases hechas que luego en la realidad cotidiana no pueden sostener. ¿Engañan? Más bien están, como todos, divididos entre el enunciado y la enunciación, donde se aloja el deseo inconciente. Por eso las buenas intenciones no bastan para modificar la realidad conforme a esos deseos. La voluntad tampoco y puede llegar a ser un imperativo de goce mortífero. Vuelvo al nazismo…
¿Qué hacer?
Alguien habló de “glocalización”. Interpreto este significante nuevo como la condensación entre el universal de la Cultura y la singularidad de cada sujeto.
La alienación a la lengua materna va de suyo pero cada uno de los sujetos que la habitan no dicen lo mismo ya que no realizan la misma combinatoria ni piensan exactamente igual al otro. Los movimientos masivos tratan de unificar un discurso. Es imposible, no hay universo de discurso y siempre algo queda afuera, algo que cada sujeto puede procesar a su manera. Es bien cierto que la creación artística posibilita esto en tanto se trata de una “creación”, de traer al mundo un objeto nuevo que no existía antes.
La invención científica puede cumplir esa misma función y, ya desalojando el término sublimación, cada acto cotidiano artesanal de transformación de la naturaleza es cultura.
El malestar ante lo cotidiano da la posibilidad de que cada sujeto puede hacerse alguna pregunta que lo enfrente con su deseo inconciente. El psicoanálisis es la respuesta a eso, pero es individual.
Cuando en el mundo globalizado somos muchos tenemos el paradójico resultado de que dependemos de las líneas de fuerza que traza la pulsión de muerte. Hoy, Occidente, más allá de su pretendida globalización, enfrenta una dura batalla. Hay Otro a quien no le importa morir con tal de aniquilarnos. Otra forma de satisfacer dicha pulsión.

Mirta Vazquez de Teitelbaum
Diciembre 2009

*Psicoanalista

Miembro de la Escuela de la Orientación lacaniana y de la AMP (Asociación Mundial de psicoanálisis)


[1] Sigmund Freud. OC. Malestar en la Cultura. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid.
[2] Jacques Lacan. OC. Editorial Siglo XXI

Cuento/ Frankenstein / Fernando Sorrentino

Fernando Sorrentino
Frankenstein
Ilustración: Felipe Noé


Es un compañero de oficina. Muy delgado, de pequeña estatura y siempre vestido de gris. Su apellido es Pellegrini, pero le agrada que lo llamen Frankenstein. De hecho, muchos de sus amigos le hacen el gusto, y, en efecto, lo llaman Frankenstein. Otros, menos cordiales, prefieren llamarlo Pellegrini.

Es un empleado ejemplar. Su escritorio se halla frente al mío y, a menudo, observo cómo trabaja Frankenstein. Es tenaz, es tesonero, es aplicado. Sin embargo, mucho me temo que su inteligencia sea menos que escasa. ¿Cómo se explica, si no, que su semblante adquiera la reconcentrada tensión de la dificultad insuperable ante tareas sólo mínimamente complicadas? Al ver cómo sus manos se crispan sobre el cristal del escritorio y dejan una efímera aureola de humedad; al ver cómo hinca sus dientes en la madera del lápiz; al ver cómo hace girar los ojos; al ver cómo se le cubre de transpiración la frente; al ver cómo se le hincha una vena del cuello. Al ver, en suma, que Frankenstein carece casi por completo de inteligencia, pero —para su desgracia— no por completo, y que, en consecuencia, es consciente de su limitación: al ver, pues, tanta desdicha, siento pena por Frankenstein.

Pero, sobre todo, siento miedo. Me pregunto: “¿Qué oscuros resentimientos agitarán el elemental cerebro de Frankenstein? ¿Qué amorfos deseos de vaga venganza suscitará en él una inocente planilla que no acierta a comprender del todo?”.

Hace unos días, Frankenstein me sorprendió observándolo en su padecer. Una mirada lenta y pesada cayó sobre mí. Y allá en el fondo de aquellos ojos torpes brillaba una llamita rojiza de crueldad. “Dios mío”, pensé entonces, “¿por qué le dirán Frankenstein?”.

—Dígame, Pellegrini, ¿por qué le dicen Frankenstein?

Frankenstein sonrió:

—Son bromas de los muchachos…

Sin embargo, creo que Frankenstein me oculta algo. Cierto sábado a la tarde, y por pura casualidad, lo vi: en la calle Florida y a pleno sol, Frankenstein caminaba rígidamente, sin flexionar las rodillas. Con los brazos extendidos, en una actitud que, desde su rostro fingidamente siniestro, prolongaba la amenaza hasta la punta de los dedos, amagaba estrangular a las personas que topaba en su camino. Aquéllas se apartaban, más sorprendidas que temerosas; una vez pasado el presunto peligro, volvían la cabeza para observar con una sonrisa burlona a Frankenstein. Porque, realmente, su insignificante aspecto no logra impresionar a nadie.

Ahora bien, ¿advertirá Frankenstein esas sonrisas despectivas, esas sonrisas que restan toda importancia a su actitud amenazante? Y, además, ¿tendrán esas personas de la sonrisa la más ligera idea del verdadero carácter de Frankenstein? Sin duda, no: ocurre que no han visto cómo padece ante las dificultades que le plantea su labor en la oficina: si lo hubieran contemplado —como yo tantas veces—, no se atreverían a burlarse así de Frankenstein.

Para peor, tampoco mis compañeros de trabajo parecen haber observado estas peculiaridades. Suelen bromear a costa de él, suelen palmearlo, suelen llamarlo Frankenstein. Él sonríe, parece disfrutar de la cordialidad, de la amistad. “Todo va bien”, me digo entonces.

Pero los amigos de Frankenstein hablan con demasiada rapidez, abundan en elipsis y sobrentendidos, aluden con picardía a algo de todos conocido, se solazan en frívolos juegos de palabras… Entonces yo, que finjo estar abstraído en mis papeles, tiemblo ante la irresponsable temeridad de esas personas. Querría decirles: “Hablen más despacio; completen las frases; sean explícitos en todo; renuncien a la sutileza: ¡miren que Frankenstein no entiende!”.
Sé que esta advertencia, de ser seguida, evitaría una catástrofe general. Pero me abstengo de intervenir. En efecto, ¿qué sería de mí, si Frankenstein supiera que conozco sus terribles limitaciones? “Lo mejor es callar”, me digo entonces, “y no atraer solamente sobre mí las iras de Frankenstein”.

[De El mejor de los mundos posibles, Buenos Aires, Plus Ultra, 1976.]

Mirarse el ombligo/ Sebastián Olaso

Mirarse el ombligo

Por Sebastián Olaso
(para La Tecl@ Eñe)


Habitualmente concurro a ciclos literarios. Un grupo que organiza, algunos escritores invitados y luego, el micrófono abierto. Los que fueron a escuchar, si escriben, tienen unos minutos para leer sus propios textos. Por motivos prácticos, en estos ciclos suele haber más poesía que narrativa. Un sábado de lluvia de octubre, fui a uno de esos ciclos. Los cinco invitados tenían, cada uno a su modo, un talento bien encauzado, eran dignos de ser llamados poetas, sus textos eran sólidos, perturbadores, sensibles, potentes. Los cinco poetas tenían algo para decir. Sus poemas hablaban desde el dolor, desde el miedo, desde la euforia, desde lo inconfesable. Se preguntaban cuál era el sentido de la vida, del amor, del rencor. Ponían en duda la trascendencia, la validez de los sueños, la percepción de la realidad, el valor de las verdades establecidas. Cuando la mayoría de los que estábamos allí todavía estábamos ensordecidos por los ecos de planteos tan profundos, humanos y universales, llegó el momento del micrófono abierto. Una mujer leyó un pequeño texto, que ella presentó como poema, que decía más o menos así: Hermano americano, alza conmigo las banderas de la lucha, basta de genocidio, los europeos nos han robado la tierra, los yanquis son imperialistas, el indio es una víctima. Que vivan los pueblos originarios. Hermano americano, tú eres la esperanza. Viva nuestra patria, la Argentina, crisol de razas, con todos los climas, con tanta riqueza.
Voy a empezar diciendo que estoy de acuerdo con lo que esta mujer expresa. Creo que ella y yo podríamos ser grandes amigos, que juntos podríamos hacer algo para, al menos, intentar dejar un legado positivo en este mundo. Pero si se me ocurre pensar un poco, sin pretender hacer un análisis estilístico del texto, hay algunas cosas que no me cierran. ¿Por qué un texto que habla sobre la lucha de un continente termina hablando de un país? ¿Por qué si habla de Argentina usa el tú? ¿Qué es lo que hace que ese texto sea considerado un poema y no otra cosa?
El conductor del ciclo, en cuanto la mujer terminó, se dirigió a los asistentes y dijo: Esto es lo que tenemos que hacer. Por fin un poema de verdad, comprometido, una verdadera lección de poesía después de tanto ombliguismo que hemos soportado esta noche.
A ver… ¿Entendí mal? ¿El conductor de un ciclo acababa de denigrar a sus propios invitados? ¿El conductor del ciclo estaba postulando que lo único que se debe esperar de la poesía es la transcripción literal de lemas y proclamas ya conocidos? ¿Estoy entendiendo bien? Y si esos lemas y esas proclamas tuvieran un color ideológico diferente, por ejemplo, nazi, ¿cabría volver a decir Por fin un poema de verdad, comprometido, una verdadera lección de poesía? ¿Qué es entonces la poesía para el conductor del ciclo? ¿La transcripción literal de lemas y proclamas ya conocidos pero, eso sí, que coincidan con su ideología? ¿Hablar del lugar del hombre en el mundo es ombliguismo? ¿Poner en duda la validez de las verdades establecidas es una muestra de falta de compromiso? ¿De falta de compromiso con qué? ¿Con un partido político determinado? Repito: ¿Estoy entendiendo mal? ¿Es compromiso social esto? ¿Es ombliguismo ideológico, político, militante o partidario? ¿Está hablando de que la temática de la lucha social es un imperativo de la poesía? ¿Un imperativo del arte? ¿De que es excluyente? ¿De que la labor del artista tiene un blanco que es el compromiso social y un negro que es el ombliguismo donde, de paso, entra todo lo que él considera que no es compromiso?¿Y si quien habla de la lucha latinoamericana es un empresario que tiene empleados bolivianos en negro o es corruptor de menores, qué hacemos? ¿Y si quien pone en duda la trascendencia trabaja en un comedor comunitario, o está armando una cooperativa de trabajo con gente excluida del sistema o, simplemente, va a entretener a los chicos internados en un hospital?
Conozco a una mujer mapuche que vive en Rosario y que tiene una fuerte militancia en la reivindicación de los derechos de los pueblos originarios. Un día, en Buenos Aires, me crucé con una antropóloga que estaba armando un plan de estudios acerca de la población mapuche en Rosario, y sus dificultades frente a los prejuicios y las diferencias culturales y económicas con la población mayoritaria. Hay que luchar por las minorías, hay mucho trabajo para hacer, hay que integrarlos sin pedirles a cambio que transen con nada, decía la antropóloga. Me entusiasmó mucho su visión, y ofrecí hacer el contacto con Amanda, la mapuche rosarina. Qué bueno, ¿es antropóloga también? No, dije yo, es mapuche. Ah, cierto que vos estás con eso de la literatura… ¿es lingüista tu amiga? No, dije yo, es mapuche y rosarina. Sí, eso ya me lo dijiste, pero ¿a qué se dedica? A trabajar por los derechos de los pueblos originarios, dije yo. Sí, sí, ¿pero desde qué área? ¿Cómo desde qué área? dije yo. Antropología, sociología, lengua… ¿es abogada?
Finalmente, a la antropóloga que iba a hacer un estudio acerca de la problemática de los mapuches en Rosario, no le interesó el teléfono de la mapuche rosarina que trabaja por la resolución de las problemáticas de su gente. Vuelvo a preguntar: ¿Entendí bien? ¿La antropóloga estaba armando un trabajo acerca de los mapuches pero no quería hablar con los mapuches? ¿Quería hacer su trabajo a partir de libros, de ensayos académicos? ¿Eso es lo que, a su criterio, se llama luchar por las minorías, integrarlas sin pedirles a cambio que transen con nada? ¿Es compromiso social esto? ¿Es ombliguismo académico?
Después de tantos años de silenciamiento colectivo bajo apercibimiento de persecución, tortura y asesinato, los años ochenta nos trajeron una brisa de aire fresco, de alivio, de felicidad, de esperanza y, junto con muchas otras cosas, la libertad de expresión. De entrada, a los desacostumbrados les parecía un privilegio, a los místicos una bendición y a los conservadores un escándalo. Y entonces, lentamente, los argentinos fuimos descubriendo que ese decir lo que se piensa tiene diferentes aristas y que no todas las aristas nos repercuten de la misma manera.
Ganaron la calle conceptos como sinceridad brutal, mentira piadosa, manipulación, compromiso, ombliguismo, demagogia, contención, acto fallido, metáfora, contradicción, incoherencia, incontinencia verbal o adicción. Aprendimos que el adicto es el que no habla, que el modo de decir las cosas cambia la reacción del destinatario, que hay verdades que preferimos no decir, que hay mentiras que se vuelven necesarias, que hablar de lo superfluo es una postura tan política como hablar de la corrupción, que hablar de la desnutrición revela un compromiso social. También aprendimos que para Alsogaray, Alfonsín y Altamira eran lo mismo, y que, paradójicamente, para Altamira los que eran lo mismo eran Alsogaray y Alfonsín. Entonces empezamos a reconocer los grises. Y los grises no siempre nos gustan, porque un gris puede ser sensato, pero también puede ser cobarde, conciliador fallido de lo irreconciliable o, lisa y llanamente, falto de compromiso. Mientras que los grises oportunistas se hunden en sus propias contradicciones, los grises sensatos pueden ponernos en jaque, denunciar nuestros prejuicios, derribar nuestros escudos. Un gris sensato puede levantar la mano cuando alguien dice ¿a quién se le ocurre? y defender su postura: A mí se me ocurre, y qué.
Quizás debamos replantearnos algunas cosas. Por ejemplo, qué es el compromiso, si es posible encontrar un compromiso aparente, si el compromiso social está estricta, excluyentemente conectado con la repetición de proclamas, si hay un ombliguismo oculto en ciertas actitudes aparentemente comprometidas con la sociedad. Cuál es la función del arte en este juego, cuál la del artista. Hablo de arte en sentido amplio: pintura, música, literatura, graffiti, historieta, cine, teatro, escultura, fotografía, pintura, danza, plástica y demás. Qué lugar ocupa en esta red la estética (que en la actualidad ha ganado tanto terreno en la frivolidad y en la desintegración del ser) Qué lugar la abstracción y la simbolización (que algunos consideran que están divorciadas del compromiso y casadas con el elitismo) Cuáles son las claves que llevan a creer en el otro, a juzgarlo, a admirarlo. A ver si su decir coincide con su hacer. A ver si su hacer es más importante que su decir.
La mayoría de la gente hace lo que puede a partir de lo que quiere. A partir de que lo queramos, quizás podamos, aunque sea de manera incompleta, encontrar los grises sensatos, despojarnos de fundamentalismos, comprender al otro, juzgar al que haya que juzgar. Y a partir de allí, ojalá, dejemos de defendernos de ataques que no hemos recibido. Mientras tanto, y para empezar, me propongo tachar de mi agenda al conductor del ciclo literario y a la antropóloga. Ya mismo llamo a Amanda y a los poetas denigrados.
Algunos me van a decir que esto también es ombliguismo, ya sé.

De la poesía mística al impresionismo literario. El problema de la inefabilidad / Flavio Crescenzi

De la poesía mística al impresionismo literario. El problema de la inefabilidad.

Por Flavio Crescenzi
(para La Tecl@ Eñe)

"En efecto, lo que revela la experiencia mística es una ausencia de objeto. El objeto se identifica con la discontinuidad y la experiencia mística, en la medida que tenemos fuerza de operar una ruptura de nuestra discontinuidad, introduce en nosotros el sentimiento de la continuidad."
Georges Bataille

I

Para llegar a la unión con lo divino, al menos según los teólogos y tratadistas religiosos, hay tres caminos o vías: la vía purgatoria (que implica el momento de la purificación de los pecados), la iluminativa (que sería el estadio resultante luego del ejercicio ascético) y la unitiva (la perfecta unión con Dios) Esta última vía, quizás la más compleja, es la que conduce al estado beatífico, estado de arrobamiento y plenitud que sólo puede describirse a través de una metáfora: el matrimonio espiritual.
La poesía mística está signada por la carencia, carencia del objeto amado (como bien nos indica Bataille en el epígrafe elegido) y carencia del lenguaje apto para dar cuenta de ello que, no obstante y paradójicamente, duplica el sentimiento de orfandad. Esta suerte de erotismo sagrado estará acompañado por la noción de inefabilidad, inefabilidad que, por otra parte, caracteriza todo hecho poético por ser, justamente, el fenómeno que le da existencia.
Este matrimonio espiritual es, además, autorreflexivo, ya que al objeto deseado, ausente en lo concreto, se lo busca en el interior del sujeto deseante. El místico ama más la huella de Dios en su interior que a Dios mismo, lo que lo transforma en una suerte de onanista espiritual. Echémosle un vistazo a estos versos de Santa Teresa para obtener un ejemplo más o menos digno:


"Aquesta divina unión
del amor con que yo vivo,
hace a Dios ser mi cautivo
y libre mi corazón;
mas causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero
que muero porque no muero."
Las imágenes que encontramos en la poesía mística están relacionadas con la tradición cortesana amatoria del siglo de oro, tradición en que estos poetas, sin lugar a dudas, abrevaron. Lo cierto es que no siempre fueron comprendidos. Sus contemporáneos no vieron con buenos ojos la marcada proliferación de signos inequívocamente eróticos que los poemas de estos místicos presentaban, al punto de tildarlos de herejes en la mayoría de los casos, cuando no, de intentar directamente proscribirlos. Remarcable es la explicación en prosa a la que se vio obligado hacer San Juan de la Cruz para justificar el presunto exceso de sus poemas mayores: "Noche oscura", "Cántico espiritual" y "Llama de amor viva". Podríamos agregar, acordando con Alain Torraine, que la historia de la vida religiosa en nuestro occidente judeocristiano, no es otra que la historia del distanciamiento creciente entre el racionalismo aristotélico transformado por los teólogos y la mística del sujeto perdido en el amor a Dios. La continuidad de la que habla Bataille, esa suerte de completud trascendental, sólo se da en el solipsismo.
"Las palabras no sirven", arriesgan los colmados de tal vida interior que la asumen inefable, y es esta inefabilidad la que los llevará a consagrarse a una técnica o estética de la brevedad, de lo sucinto. Esto calará hondamente en la historia de la poesía occidental y tendrá su apogeo en la poesía pura de cuño simbolista. Este lirismo integrador busca menos las maratones verbales que el silencio primordial, menos el fárrago de la oratoria que la contención expresiva.

II
Para definir el impresionismo literario -en el supuesto caso de que algo así exista- nos vemos forzados a hacer una revisión de los postulados estéticos de su rama pictórica, la más significativa por cierto. Monet es el que, sin proponérselo, le da el nombre a toda una escuela cuando le pone a un cuadro suyo el título de "Impresión". Manet, nombre que a primera "impresión" puede sonar parecido al del pintor antes mencionado, afirmaba que "sólo hay una cosa verdadera, plasmar al primer golpe lo que se ve y no se plasma un paisaje, una marina, una figura: se plasma la impresión que se tiene a una hora del día de un paisaje, de una marina, de una figura."
Sin dudas, el arquetipo de escritor impresionista se establece a partir de Marcel Proust. Este ambicioso y bergsoniano literato en "A la sombra de las muchachas en flor", no casualmente, se detiene en la descripción de los cuadros de un pintor inexistente (un tal Elstir), en cuyo arte se reconocen analogías con las obras de los pintores impresionistas. El impresionismo reproduce las cosas como las percibimos en el primer momento, el único genuino momento, el momento en el que nuestro intelecto no filtra sensaciones, no reduce a conceptos meras apetencias, el momento en donde no necesita todavía explicarnos qué son las cosas y en donde no hemos sustituido la impresión que nos han producido por las nociones que poseemos acerca de ellas.

El concepto de "epifanía", instaurado por Joyce, es otro ejemplo de impresionismo literario. Este recurso o fenómeno es una construcción tardía de origen simbolista, digamos que, la epifanía es un éxtasis, pero un éxtasis sin Dios; no es la "Trascendencia", sino la fatigada trascendencia de las cosas de este mundo. Invítoles a entender lo expuesto en este fragmento también joyceano:

"Una muchacha estaba ante él en medio de la corriente: sola e inmóvil, mirando hacia el mar. Parecía una criatura transformada como por un encanto en un extravagante y hermoso pájaro marino."

Esta epifanía o aparición es promovida por la proyección, saturada de esteticismo, de un "yo" que se dispara queriendo enriquecer todo lo que lo rodea con la belleza crítica, teórica e ideal, que detenta muy a pesar suyo. El impresionismo es una catarsis natural para los enfermos de belleza.
Los impresionistas, ya sean literarios, ya pictóricos, también fueron combatidos por la moral instituida. Max Nordau, expandiendo el análisis lombrosiano, intentó demostrar que no siempre los degenerados son los criminales, prostitutas y lunáticos, sino que, con frecuencia, son autores y artistas. Para Nordau, el degenerado artista moderno (al igual que el criminal) carecía de sentido moral. La impresión es anterior a lo axiológico, es vital y subjetiva simplemente.
La sublimación de la experiencia que, en muchos casos, es sinónimo de deseo, también tendrá sus representantes en el universo de habla hispana. No hay un autor de lengua castellana que comporte tanto aspectos de la poesía mística como del impresionismo literario, siendo, en sí mismo, la síntesis de la dialéctica expuesta en este opúsculo, como Gabriel Miró. La sensualidad, la sensibilidad, el sentimiento de su prosa, forman un mundo sin deformar el nuestro. Es que esos materiales, bien afirmaba Miró, se salvan por una crisis de formaciones: la serie de sonidos significativos, sugestivos y alusivos. La palabra, como la música, al menos para Miró, resucita realidades, las valora y exalta. Es que la palabra, subiendo a la pureza inefable, logra un estado de existencia desconocido, situado más allá de la expresión y sólo por ella sostenida.

III

La inefabilidad es lo que los místicos plantearon como problemática y lo que los impresionistas literarios, no pudiendo resolverla, hicieron un rasgo estilístico. Miró, como dijimos más arriba, es el justo equilibrio entre las dos claras puntas del camino. Miró hace del símbolo algo conspirativo contra el orden declarativo del discurso utilitario. El siguiente fragmento es un válido ejemplo de esto mismo.

"¿Quién recogió las aguas entre sus brazos como una túnica? Únicamente Dios. Ya lo sabe Sigüenza. Sigüenza y muchos quisieran gozar del agua, cogíéndola, ciñéndola, modelándola como una ropa dócil a nuestros dedos. Se lo hace decir a Salomón en sus proverbios, que sea el agua tan infinita en sí misma, tan incorpórea en su cuerpo y la codicia de tenerla y de romperla en su unidad, fugaz y perdurable."

Miró, como todo poeta, quiere aprehender la realidad en una noción plástica y sonriente. Íntimamente, el acoso de la inefabilidad yace en estado de latencia. La búsqueda estética o religiosa, si no son lo mismo en algún punto, no es otra cosa que la búsqueda de alivio y armonía. Pero, no lo olvidemos, y Alejandra Pizarnik así nos lo recuerda en lo que sigue, el problema está presente:

"explicar con palabras de este mundoque partió un barco de mí llevándome".

JUNTADA o FUSIÓN TRIBAL/Wenceslao Maldonado

JUNTADA o FUSIÓN TRIBAL
actitud corporativa de los jóvenes
ante la POESÍA


Por Wenceslao Maldonado
(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: Marcel Duchamp
La Juntada como fuerza de la poesía en los umbrales del siglo XXI, al celebrar los veinte años de APOA.
El martes 1º de diciembre se descubrió en el Rosedal, en lo que se da en llamar actualmente “El Paseo de los Poetas”, una placa con versos de Oliverio Girondo para conmemorar los veinte años de APOA, la Asociación de Poetas Argentinos que en estas dos décadas ha trabajado incansablemente para dar visibilidad a poetas de todas las latitudes de la Argentina.
Y en este marco de celebraciones surgió la feliz idea de reunir a poetas jóvenes, nacidos entre 1979 y 1989 en una amplia “muestra de la nueva poesía argentina” que se dio en llamar La Juntada.
“Existen diferencias bien marcadas con respecto a los poetas noventistas del Siglo XX
”, nos explica Cayetano Zemborain, hasta hace unos días presidente de APOA. Y añade enseguida: “Desde luego que hasta esta altura, puede resultar arriesgado apuntar una tendencia común...”
Pero más allá de querer hablar de características excesivamente definitorias, sí se puede afirmar que en la juventud actual se percibe un fervor de poesía que no recuerdo haber visto en mis cincuenta años de docente, durante los que he acompañado, desde talleres y cátedras de producción de textos y poesía, a adolescentes y jóvenes que se iniciaban en estas lides poéticas.
La Juntada tuvo su lugar de convergencia en el Salón Montevideo de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Por allí pasaron más de cuarenta poetas jóvenes, venidos desde muy diversas provincias (Salta, Jujuy, Chaco, Misiones, Entre Ríos, La Pampa, Santa Fe, Córdoba, Chubut, Río Negro y por supuesto la Provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma), para leer sus poemas entre el 5 y el 7 de octubre pasado.
Debo reconocer que algunas lecturas me llamaron la atención. Hago referencia apenas a unas pocas: Elisa Gagliano de Córdoba, por su lenguaje cortante y atrevido; Jessica Ruidíaz de Margarita Belén, Chaco, porque sus poemas son como un llamado profundo de contención y ayuda para padres y madres que han perdido a un hijo; Florencia Abadi de CABA, por la perfección de sus versos cincelados como miniaturas; Nicolás Antonioli de Florida, Buenos Aires, porque consigue crear un clima de misterio al borde del hermetismo; Martín Pucheta de Gualeguaychú, Entre Ríos, quien maneja con maestría un humor filoso que se revela de pronto como ironía acusadora. Varios de estos nombres aparecen en la reciente antología Última Poesía Argentina (Ediciones en Danza, 2008), fruto de una prolija investigación de años.
Sería irse muy lejos analizar lo que estos poetas de principios del siglo XXI piensan de la poesía como tal. Desde un número de La Guillotina, periódico de APOA, se escuchan esas voces jóvenes de “La Juntada” que se cruzan polifónicamente para responder a seis preguntas sobre el quehacer poético. La pluralidad de ideas enriquece e incentiva. A la pregunta ¿por qué elegiste la poesía para expresarte?, Salvador Marinaro, por ejemplo, responde: “Siempre me han impactado las imágenes, los sonidos y la comunicación con el otro; precisamente, creo que de eso está hecho el poema, una mezcla que embebe de riquezas los tres elementos”. Con su buen humor característico, Martín Pucheta nos dice: “Porque fue un amor a primera oreja.” Y Nicolás Antonioli, con agudeza crítica, opina: “No es algo caprichoso que uno elija. La poesía surge de la imposibilidad de hablar en otros términos que no sean mediante un lenguaje dotado de artificio y en constante fuga. Es imposible atrapar el poema, desnudarlo y decir por qué nos elegimos.”
Este mismo joven poeta, en una columna que le pertenece sobre poesía post – 2000, apunta en una última apreciación sintetizadora de su nota: “La poesía que se inicia ahora, está sumergida, bucea a estas horas en lo inasible, toma como propios todos los elementos de descarte del s. XX, los reutiliza para sus propósitos estilísticos, el poema no está construido por recursos retóricos enlazados sino que son en esencia concreciones retóricas, cada poema por separado actúa como una extensa metáfora que logra bienherir. Esos conceptos y las palabras no han cambiado, lo que cambió es el uso que se le da a esa unidad mínima de conmoción: el verso.”
Lo interesante de todo esto es que lo digan los mismos jóvenes poetas con convicción, con un entusiasmo tal que a veces se parece más a una mística.
La Fusión Tribal y la modalidad autogestiva de creación cooperativa
Este año comencé a participar en las ediciones de la ya famosa FLIA (Feria del Libro Independiente), que se muestra impresionante en su presentación por los adjetivos con los que se autodefine: alternativa, autogestiva, amiga, anárquica, atea, astringente, amorosa... Y en este perfil, trazado por un equipo de jóvenes que viven de otra manera su mística de creatividad poética, se anotan los objetivos de cada encuentro que la FLIA organiza, “encuentro importante para mucha gente que impulsa y genera otra forma de hacer, vivir y consumir cultura”.
Se acaba de realizar en la Boca, en la Gráfica Patricios (Patricios 1941) la 12ª Feria del Libro Independiente con los límites que impuso la lluvia. Durante 2009 vimos cómo el mismo entusiasmo se vivió en la 10ª FLIA (en el estacionamiento de Sociales) en marzo y en la 11ª (en la fábrica IMPA) en el mes de agosto.
Pero estas formas alternativas las he podido ver en otros eventos que continuamente aglutina o incluso genera, como un desborde de riqueza propia, la misma organización de la FLIA. Días atrás se realizó, por ejemplo, una “jornada-encuentro-feria” de editoriales y escritores en la explanada de acceso a la Biblioteca Nacional para ampliar las perspectivas de producción, difusión y distribución, en forma alternativa a las modalidades que ya conocemos de la “industria editorial”. La poesía es siempre parte de la trama viva de todas estas actividades.
Hace un tiempo, me invitó a participar en estos eventos el Rey Larva, todo un personaje de la Comisión de Prensa y Difusión de la FLIA, y cuyo nombre real, Héctor Santos Goñi, no tiene entidad al lado del ocurrente apelativo con el que es conocido por todo el mundo.
Con el Rey Larva he estado, entonces, en las ediciones de la FLIA del 2009, en desfiles de modas literarias y en ciclos poético-musicales de diverso tipo. Y me topo, en una de esas veces, con “LA FUSIÓN TRIBAL”. Se trata de un ciclo de encuentros organizado por Andy Forino, que a su vez se articula con la música y la poesía de “Lugar fuera del tiempo”.
Fue como un golpe intuitivo, lo confieso, antes de que hiciera demasiados cálculos mentales. “Es el nombre que define perfectamente lo que estoy viendo y lo que he visto en actividades parecidas”, me dije. Fusión, claro está, mezcla en la que los elementos originarios no pierden sin embargo su identidad. Ya nos hemos ido acostumbrando a escuchar este sustantivo, sobre todo en producciones musicales recientes. Y además tribal, una manera, me atrevería a decir que sociológicamente cierta, de adjetivar la idea de pertenencia, de acción cooperativa. Un colectivo que brinda el espacio alternativo necesario para crear en forma corporativa.
“La Fusión Tribal” como tal es un espectáculo de especiales características porque da pie a la improvisación artística, y uno puede escuchar música electrónica con los instrumentos analógicos más extraños. Pero además es posible entrar a un mundo en donde la mezcla se realiza también con artes plásticas, obras de diseño, videos y cortos, mientras se desarrollan performances y puestas escénicas de diverso tipo (con bailarines, recitadores y malabaristas) creando la atmósfera propia de la tribu en fusión. Todo me lo explica Andy y es lo que tengo ante los ojos.
En éste y en tantos otros espacios producidos o derivados del espíritu de la FLIA, la fusión tribal aparece, a mi juicio, dando sentido y explicación a una manera corporativa de producir, de crear y también de editar, publicar, publicitar y distribuir POESÍA. Y no me pongo a hacer disquisiciones sobre si todo lo que se produce es “poético” en un sentido amplio; prefiero referirme simplemente al más tradicional de los significados de poesía: hacer versos y escribir poemas.
Y claro, la poesía está siempre presente, a veces leída a gritos como para que la musicalidad de palabras y versos se vaya trenzando armónicamente con imágenes, sonidos y movimientos. Hasta se hacen improvisaciones a dos o tres voces que sacuden con extraña fuerza.
Podría decir que a aquel fervor de los jóvenes de “La Juntada”, más individualizados y personales en su presentación, y posiblemente más fáciles de señalar como generación, se le suma toda esta otra legión de “fusión tribal”, vinculada a un colectivo de creación, pero en el que también se van sumando nombres con voz propia, original e inconfundible.
Cuántos nombres se leen en el catálogo de libros independientes preparado por Pablo Strucchi para EL ASUNTO una meticulosidad creciente que lo convierte en un listado cada día más imprescindible de consulta. Y no digamos nada de la lista increíble de artista de todo tipo, en especial poetas, que pone en mis manos Andy Forino, más de cien nombres, convocados y convocantes de “Lugar Fuera del Tiempo”.
Haciendo un paneo muy a la rápida, y en base a poetas que he llegado a conocer, podría repetir algunos de esos nombres que me quedaron sonando: Sebastián Kirzner (lo vi y escuché improvisando a toda sangre), Ioshua (que actualmente va y viene de Ushuaia tras los pasos de la revista AJÍ), Alelí Manrique (nombre y voz de flor), Julián Mur (cara conocida desde La Juntada y el Bar Bukowski), Celestial Brizuela (como llegada del cielo con pájaros y todo, que escribe, pinta y filma) y muchísimos más, que aparecen, antes que nada, en el gran afiche de la feria y en las cuantiosas editoriales autogestionadas, sostenidas con habilidad artesanal, y que se arremolinan en la gran fiesta de esta Feria de la libertad.

Algunas primeras conclusiones
No está mal rebobinar lo observado hasta aquí, aunque se trate de un panorama rápido y necesariamente provisorio. Pero enumero algunas conclusiones sobre la poesía joven de la primera década del siglo XXI:
1. La poesía es actual. La industria cultural no ha podido asfixiarla. Por suerte, estos jóvenes poetas son la garantía.
2. Podemos hablar de generación en cuanto el arco de tiempo señalado deja sus huellas, explica reacciones y ayuda a comprender opciones y formas de interacción. Pero también es importante que señalemos la articulación en colectivos que implican fidelidades más o menos corporativas y abren un abanico de riqueza plural.
3. Esta forma de reunirse en un colectivo es también una defensa de la propia identidad, el intento de ser independientes y autogestionarse; es, en definitiva, garantía de libertad creativa.

Confieso que estas conclusiones me parecen muy limitadas y mezquinas en exceso. El tiempo, la observación y el compartir experiencias nos irán enseñando.

Mientras tanto, y como para cerrar esta ya muy larga recorrida, es mejor oír lo que nos proponen algunos de estos poetas jóvenes de hoy.

Florencia Abadi escribe en no nace:
de toda la boca
me arrepiento
—lo que no nace
tampoco se reserva su belleza
para otro mundo—
Y a pesar de todo, pareciera que nacen muchas cosas, un amanecer o una nueva corriente, como sugiere Sebastián Kirzner en TROZOS DEL BLOQUE INICIAL: “La etapa es compleja y hasta confusa. Sólo reduciéndola a líneas fundamentales, trozos del bloque inicial, puedo llegar a una síntesis, en el que la nueva corriente se defina, se limite, se suceda, por sus rasgos más evidentes. Ni posmoderno, ni poscolonial, ni posnacional, ni posdictatorial. Comienza a amanecer.”
Con absoluta economía de palabras, Celestial Brizuela en La Intimidad de los Pájaros declara:
Ya no espera el invierno.
Ella
Floreció
.

Y puede ser ésta la imagen con que nos despidamos, imaginando una poesía que sigue brotando y floreciendo, gracias a esta creatividad inagotable de los jóvenes, y que nos hace repetir con el Rey Larva:
...me gusta así la vida,
y voy a bailar los cielos,
sí,
voy a bailar mientras todos nos miran.

WENCESLAO MALDONADO
diciembre de 2009.