08 septiembre 2009

El Estado y sus relatos/ Agustín Gribodo

Civilización y barbarie
Apuntes de una literatura en conflicto
por Agustín Gribodo*


(para La Tecl@ Eñe)


Así como la historia no es monolítica, la literatura tampoco tiene una dirección única ni puede ser comprimida en un corpus de carácter “nacional”. Aunque sí existen características que hacen a la idiosincrasia de un pueblo y que, inexorablemente, se proyectan en el pensamiento y las obras de los artistas.
Y es la literatura la rama del arte que más estrechamente está ligada a la historia de un pueblo, pues por medio de la literatura se pueden desarrollar (en el texto teatral, el cuento, la novela y la poesía épica) líneas de pensamiento que interactúan con los hechos que forman el pasado y el porvenir de ese pueblo, ya sea de manera explícita o alegórica.
De ningún modo –conviene aclararlo– estoy hablando de la “historia novelada”. Lo que se intenta establecer en estos apuntes es la conexión profunda de la literatura con un pueblo, o mejor dicho, con la historia de ese pueblo.

Esteban Echeverría


Las letras argentinas alcanzan su primera expresión de compromiso en El matadero, cuento de Esteban Echeverría escrito hacia 1839 –pero publicado en 1871, dos décadas después de la muerte de su autor, por La revista del Río de la Plata–. Esa es, al fin, la primera obra narrativa que sale del esquema costumbrista descriptivo de ambientes y situaciones pintorescas, esquema que hasta entonces sólo había inquietado con alguna que otra observación social.
Echeverría consigue en El matadero, considerado por muchos el primer cuento argentino, no sólo una verdadera tensión narrativa, sino también un tratamiento en el cual los personajes están al servicio de una situación dramática que testimonia la dicotomía de la época en la que fue escrito: federales y unitarios. Y el modo de exponer estos dos modelos opuestos es tan cruda como precisa: los bárbaros federales, simbolizados en los matarifes, y los civilizados unitarios, personificados en la víctima, un joven culto y de buena presencia. Se puede, entonces, a partir de El matadero, hablar de una representación literaria de la antinomia “civilización y barbarie”.
Con esto no quiero decir que esa dualidad esencial de la Argentina naciera con el advenimiento de Rosas y los caudillos, o con el fusilamiento de Dorrego a manos de Lavalle. Pues, con distintas motivaciones, la división ya venía desde la Colonia y el período revolucionario de las últimas décadas del siglo XVIII y las dos primeras del siglo XIX. Por entonces la dicotomía estaba planteada entre “la seguridad que daba la dependencia comercial de España” y “la orfandad que significaba la incipiente liberación”. Mucho tiempo después, a mediados del siglo XX, estas dos posiciones, a grandes rasgos, darían lugar a términos y expresiones tales como cipayo, gorila, cabecita negra y aluvión zoológico. Reiteración que evidencia la continuidad histórica de la lucha entre “dependencia” y “liberación”. Pero volviendo a la literatura, lo que se busca señalar aquí es que El matadero es la primera expresión “genuinamente literaria” que marca en toda la dimensión social y política la antinomia que caracteriza a nuestro pueblo.
También a la pluma de Echeverría se le debe la pintura de otro ámbito histórico en el que se desarrolla el contraste entre civilización y barbarie. En La cautiva, poema épico publicado en 1837, se muestra la visión del hombre blanco respecto del “problema de la tierra”. Por un lado, la civilización que “toma lo que considera suyo”; por el otro, la barbarie de los aborígenes que pelean por “recuperar lo suyo”. La figura expuesta aquí es el saqueo, el robo. Lo robado es María, la cautiva, el personaje femenino, y el reivindicador será Brian, su esposo; aunque finalmente los dos mueren en la vasta llanura desértica. Para hacer más trágica la historia y mostrar la crueldad de la que son capaces los “salvajes saqueadores”, Echeverría desliza, sobre el final y a modo de golpe bajo, el degüello del hijo de María a manos de los indios.
El problema que surge aquí es establecer quién es el ladrón y quién la víctima del robo. Esto, como no podía ser de otra manera, quedará culturalmente definido desde la perspectiva del hombre blanco y su arrolladora e inevitable “civilización”. No muchas décadas después de la escritura de La cautiva, el despojo quedará legitimizado “bárbaramente” con las campañas al desierto.

Domingo Faustino Sarmiento


Apenas seis años después de que Echeverría escribiera El matadero, se publica la obra más importante de Domingo Faustino Sarmiento: Facundo, que hoy, en la mayoría de las ediciones, lleva por subtítulo la perturbadora y tajante oposición entre civilización y barbarie. Y lo que pretendió ser un libro de denuncia, una suma de textos escritos desde el exilio en Chile y con la urgencia propia de los artículos que periódicamente aparecían en el diario trasandino El Tribuno, terminó siendo una obra esencial de la literatura argentina.
Pero Facundo es una obra inclasificable que excede los fines para los cuales fue escrita. Novela, ensayo, historia, panfleto, estudio sociológico... Todo le cabe a este libro por medio del cual Sarmiento batalla contra Juan Manuel de Rosas, dueño del poder en Buenos Aires. Y la prueba de que esta obra excede las circunstancias históricas del momento en el que fue escrita se encuentra en el título de la primera edición, hecha en Santiago de Chile en 1845: Civilización y barbarie. Sólo como subtítulo aparece: Vida de Juan Facundo Quiroga. En la elección del título, Sarmiento priorizó, como fin esencial de su libro, estudiar y exponer bajo su propia perspectiva la división que hasta ese momento presentaba la historia argentina desde sus orígenes.
La figura de Facundo, al fin y al cabo, simbolizaba, para el escritor sanjuanino, la mitad de esa dicotomía. Y además encarnaba algo así como el álter ego de Juan Manuel de Rosas. Con la inmediatez histórica de ese material, Sarmiento pretendía en última instancia extirpar el supuesto “cáncer” y esbozar un modelo de país, un modelo que estaba lejos de concretarse y que para hacerlo necesitaba no sólo de la caída de Rosas, sino también de un gobierno central que acabara con el caudillismo y orientara los destinos del país.
De ahí que el Facundo tenga un comienzo al mejor estilo literario: “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo!”. Para luego, apenas unas líneas más adelante, recurrir a la moderación del tono ensayístico al decir: “Necesítase, empero, para desatar este nudo que no ha podido cortar la espada, estudiar prolijamente las vueltas y revueltas de los hilos que lo forman y buscar en los antecedentes nacionales, en la fisonomía del suelo, en las costumbres y tradiciones populares, los puntos en que están pegados”.
Sarmiento expresó en Facundo sus ideales políticos porque él fue, qué duda cabe, un hombre político. También lo fueron Echeverría, José Mármol, Juan Bautista Alberdi, Bartolomé Mitre y otros más que, en su conjunto, trascendieron como la Generación del 37. Todos ellos, como característica, compartieron el hecho de ser opositores a Rosas y, en consecuencia, el exilio.
Esta tendencia en la literatura de entonces es más comprensible cuando se alcanza a ver que en el siglo XIX el país todavía no estaba hecho, faltaba un modelo, un esquema de república. Por eso los escritores no tenían alternativa y sus obras estaban cargadas de intenciones políticas, pues había que encontrar el modelo y a la vez organizar el territorio según las bases de ese modelo. Era difícil abstraerse de esa búsqueda: no había espacio ni tiempo para practicar el arte como fin. Y en ese contexto surge Facundo, obra que muestra el apasionado ímpetu de su creador proyectado en una prosa ágil y nerviosa, una prosa que rompe los lazos con una “preceptiva académica” que adormecía las mejores intenciones, una prosa que funda un estilo americano de ver y hacer literatura: una literatura urgente. Tal vez sea ése el mayor mérito del libro.
Juzgar a la distancia los valores de aquellas intenciones políticas cuando se estaban definiendo cuestiones territoriales y constitutivas de un país que aún no había nacido como tal, me parece aventurado. No hay que olvidar que los caudillos, ya sean federales o unitarios, como los intelectuales de la Generación del 37 (muchos de ellos hombres que en su momento tomaron las armas) defendían intereses y, en el mejor de los casos, tenían ideales, algo poco común en la mayoría de los políticos de hoy en día.
Y en esto conviene ser claro: de ningún modo Sarmiento pretendió hacer con Facundo la gran obra literaria. El resultado fue un libro auténtico en el cual el autor describe, con errores y aciertos, lo que para él había sido la historia argentina hasta ese momento. Lo hizo con una descalificación desmedida del gaucho y un ataque feroz al federalismo; una partición tajante, una división absoluta entre negro y blanco, un esquema donde no había espacio para los tonos grises. Fuera de tal maniqueísmo, del modelo de país se encargaron la historia y la posición geográfica privilegiada de la ciudad Buenos Aires, que, con federalismo o sin él, siguió centralizando el poder político y económico. Y por último, del gaucho se ocupó José Hernández, que en su Martín Fierro humanizó y dignificó aquel personaje que en Facundo había sido “barbarizado”.

Arlt, Mallea, Borges, Sabato...


Lo que Sarmiento no sabía, y ni siquiera podía intuir, era que desde el título de aquella primera edición de 1845 (Civilización y barbarie) estaba sentenciando el porvenir de la República Argentina. Porque así como en la vida política la oposición entre rosistas y antirrosistas dominó gran parte del siglo XIX, en el siglo siguiente las posiciones del peronismo y el antiperonismo marcaron a fuego la historia nacional.
Esa dicotomía permanente de los argentinos se trasladó a las letras, que heredaron ciertas tendencias excluyentes. La principal fue la que derivó en el enfrentamiento entre literatura “con un fin social” y literatura “con un fin artístico”. De estas dos maneras de encarar el oficio literario surgieron los grupos de Boedo y Florida.
Más allá de quiénes pertenecieron a un grupo u otro, esa división se proyectó a lo largo de todo el siglo con variados matices. Roberto Arlt criticó duramente a quienes “escribían lindo”, y lo hizo no sólo desde la acidez corrosiva de sus comentarios sino también desde una narrativa cruda y sin concesiones. Eduardo Mallea recurrió, en Historia de una pasión argentina, a la distinción entre “el hombre visible” y “el hombre invisible”, por medio de los cuales simbolizó los dos materiales que constituyen el “ser argentino”: lo visible era la apariencia, la frivolidad, la politiquería de los oportunistas; lo invisible era la honestidad de millones de hombres y mujeres que asumían modesta y calladamente sus oficios. Por otra parte, hacia la década del setenta, se presentó como antípodas a Jorge Luis Borges y a Ernesto Sabato; sobre estas dos maneras de hacer literatura y ver el mundo hasta se han escrito libros de “conversaciones” entre ambos escritores. Tras los años negros de la última dictadura militar surgió el cruce entre los intelectuales que se quedaron y los que se fueron, como si alguna de las dos decisiones hubiera atenuado en algo la tortura y el plomo de la época.
Y así se podría seguir acumulando ejemplos de cómo la dicotomía esencial de los argentinos se refleja en el ámbito literario. En fin, como se dijo al principio de estos apuntes en forma de artículo, existen características que hacen a la idiosincrasia de un pueblo y que, inexorablemente, se proyectan en el pensamiento y las obras de los artistas. Somos lo que somos, aceptarlo no nos hace inferiores..., negarlo sí.


*Poeta


Agosto de 2009