19 julio 2010

La historia de una carencia/Estela Calvo

La historia de una carencia
Por Estela Clavo*

(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: Marc Chagall
“¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? ¿Qué derrotó a la utopía? ¿Por qué, con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionan la utopía? ¿Escribo de causas o escribo de efectos? ¿Escribo de efectos y no describo las causas? ¿Escribo de causas y no describo los defectos?
Escribo la historia de una carencia, no la carencia de una historia”.

Eso dice Castelli, mejor dicho, escribe Castelli pues un cáncer de lengua le ha hecho perder esa preciada parte del cuerpo al orador de la revolución. Eso escribe el Castelli pensado por Rivera en “La revolución es un sueño eterno”.

Y eso que escribe Castelli, formula una pregunta sobre la historia. La historia de Mayo de 1810, la que nos fueron pasando de infancia en infancia, lavada y fragmentada, mutilada y permutada. Esa historia que construye un Moreno periodista fogoso, unos French & Berutti repartiendo cintas celestes y blancas, un Castelli orador, pero no los revolucionarios implacables, autodenominados “infernales”, dispuestos a defender la libertad, a lograr la igualdad, a conseguir la independencia y a intervenir en la economía desde el Estado, incluyendo el grado de violencia que fuera necesario para alcanzar los objetivos. Esa historia que decía que Moreno, ¡pobre Moreno!, se murió en alta mar, pero eludía el detalle de que había sido envenenado; esa que no hablaba de las insalvables diferencias de pensamiento entre unos revolucionarios (Moreno, Belgrano, Castelli, Monteagudo) y los otros (Saavedra y los suyos); esa que no aclaraba cuál fue la línea de Mayo que venció y por qué; que nunca explicó por qué San Martín, el Padre de la Patria, el Santo de la Espada, el vencedor de los españoles y Libertador de tres países, se fue a Francia, viviendo mucho más tiempo en el exilio que en su propia patria…

Todas esas omisiones, elusiones y tergiversaciones cuidadosamente organizadas desde Mitre en adelante, ¿son historia, o se podrían considerar carencia de una historia? Una historia que elimina una parte, solo permite una comprensión a medias, como quien escucha una conversación telefónica de un solo lado, como quien ve una película pero no tiene el sonido, o no sabe leer ni entiende el idioma en la que está hablada. Un relato falso nos deja carentes de una historia. Pero, apenas una nueva época comienza a vislumbrar que hay lagunas, y se empiezan a percibir los restos que son devueltos a la luz como en el Cusco, cuando el terremoto del ‘50 liberó los muros del Corikancha, el gran templo incaico del Sol que yacía atrapado y sepultado bajo la iglesia católica de Santo Domingo, con que la conquista española creyó haber dominado y enterrado al mundo autóctono originario, sus creencias, sus dioses y sus ritos… Apenas esos restos emergen con toda la potencia de la tierra que se sacude... Y se empiezan a descubrir los fragmentos elididos, las voces acalladas, los fantasmas de lo no dicho… entonces la fórmula parece invertirse y abrirse al entendimiento la historia de una carencia. Esto es, empezamos a construir una historia que incluye las marcas de lo faltante, como en esos muros que quedan al descubierto después de la demolición de un edificio, y se nota dónde estuvieron las paredes, cuáles fueron los distintos colores, dónde se apoyaron los muebles y dónde estuvieron los cuadros que dejan percibir su impronta en el color un poco más claro de un rectángulo a cierta altura de la pared.

La historia de una carencia es incompleta, es parcial, fragmentaria, sólo dispone de huellas, pero es poderosa. La Revolución de Mayo ¿no se hace potente para nosotros en tanto historia de lo que no pudo ser? Es una historia que habla de lo callado, dice que lo que fue silenciado, de pronto se vuelve voz en la determinación de otros que rescatan y recuperan. Aquellos que empezaron a poner en cuestión y a buscar las voces que no se escuchaban en el relato monológico en que se forjó la historia oficial, abrieron paso a la carencia. ¿Dónde está lo que no está? ¿Dónde están los indios, esa “ola de bárbaros que -según Roca- ha inundado por espacio de siglos las fértiles llanuras”? … “Ha sido por fin destruida”... se alegra el “prócer” y por largo tiempo esa concepción domina lo que se piensa al respecto. ¿Dónde está el exterminado proyecto de Mayo de 1810 que pretendía una nación igualitaria, distributiva, sin vasallajes hacia el extranjero y modelada en el ideario de la Patria Grande, Sudamericana?

No es historia la que se construye sin voces plurales. En épocas donde una sola voz se escucha y todas las demás se callan, la historia queda reducida a un cuento en el que su autor fuera el autor de todos los cuentos. En Alemania, la historia del nazismo, se escribe de manera distinta al ser contada desde el campo de concentración. En la España de hoy, la pretensión de enjuiciamiento del juez Garzón, por su decisión de avanzar en la investigación de los crímenes del franquismo, sostiene la intención de conservar como historia ese informe oficial que elaboró aquella época, destruyendo archivos y testimonios y confiando en que ninguna revisión futura habría de cuestionar su legitimidad. Pero un trazo proveniente de otro frente, el Guernica de Picasso, (la determinación del pintor de no permitir que el cuadro estuviera en tierra española hasta que…”en España se restablezcan las libertades públicas”, la decisión, en 1971, de que su cuadro fuera destinado “al gobierno de la República española”), produjo en ese tiempo un agujero por el cual lo cercenado, lo callado, la carencia, entraron como una ola de imágenes censuradas, rotas, perturbadoras, que salpicaron el orden instaurado y lo cuestionaron.

Entre nosotros, el bombardeo del 16 de Junio de 1955, fue también uno de esos mojones donde se inscribe la pregunta: ¿dónde están los que no están? ¿Dónde están –en la historia, me refiero- esos 364 muertos “estimados”, que cayeron por efecto de las bombas arrojadas desde los aviones de la marina sobre la ya mítica Plaza de Mayo? Este Guernica criollo no tuvo en ese momento un artista que le diera nombre y existencia como mancha de la historia, y recién en los últimos años se empezaron a propagar en diversos formatos los ecos de ese atropello atroz contra la población civil desguarecida. Historia de una carencia. Esa carencia impidió tomar nota de que, algunos de los que lideraron y ejecutaron esos bombardeos, como el entonces teniente primero de navío Eduardo E. Massera, serían protagonistas, muchos años después, de la siniestra matanza perpetrada por la dictadura militar iniciada en el 76, contra el pueblo argentino.

Más claro en el presente queda que la historia de una carencia es la que escriben Abuelas y Madres en la búsqueda incesante de los que no están y que permite arribar a los juicios contra los represores como continuidad de esa escritura de la carencia. Donde los “desaparecidos” son representación emblemática de esa historia.

Historia de la carencia que es, a su vez, la que permite plasmar figuras de la resistencia, porque lo que resiste es eso que no está y que desde el silencio pulsa por encontrar las voces que lo historicen.

*Dramaturga y Psicóloga - Miembro del Grupo de Teatro Callejero Res o no Res

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