20 julio 2010

¿Somo Gatica? ¿Somos Pipita Higuaín?/ Por Horacio González

¿Somos Gatica? ¿Somos Pipita Higuaín?

Por Horacio González*

(para La Tecl@ Eñe)

Luego de la derrota de la selección, en la televisión pública se comenzó a pasar el film Gatica, de Leonardo Favio. El que quiso ver Paraguay-España tuvo que ir a otro canal. ¿Se trataba de un hecho casual, azares de la programación? ¿O se coló ahí un esbozo de interpretación de lo que estaba sucediendo? ¿Pero qué cosa estaba sucediendo? Las derrotas se sostienen en una vastísima literatura de imprecación y culpabilidad. Nadie goza con ellas, pero hay que saber sufrirlas, sin pensar en “elaborar el duelo” –solución fácil, concepto sedativo- ni dejar de intuir que de ese bache espiritual tarde o temprano se sale. Algunos, creyendo resumir el tema de la caída en un manojo de visiones sobre la escuela del dolor necesario, se reconciliaron con las imágenes de un Maradona titubeante, golpeado. El sentimiento de pérdida es desolador en cuanto ocurre y nadie piensa en un foso profundo del dolor que toda ruina será pasajera.
Sin embargo, una primera pregunta necesaria se refiere a si el fútbol puede generar equivalencias con los derrumbes colectivos de países y sociedades. El fútbol es metáfora, sobretodo en los efectos sentimentales que lo involucran. Pero ninguna metáfora es completa, ninguna ofrece un paralelismo total con su referente. De ahí que los relatores, jugadores y demás opinantes inmediatos luego del 4 a 0 con Alemania, recordaban que… “es un juego”, apenas un juego. No obstante, el fútbol es también un incesante tejido de conversaciones sobre el honor y el escarnio. Es difícil explicar de donde surge el sentimiento de agravio asociado a un mal resultado deportivo, pero en nuestro lenguaje diario habitan nuestros discernimientos y preferencias.
Una abstracción intelectual más o menos obvia nos indica que es posible decir que “no soy Pipita Higuaín” –el relator de la televisión lo decía, “todos somos Pipita”-, pero al mismo tiempo hemos hablado, hemos asociado nuestra lengua –es decir, nuestra capacidad de pensarnos como sujetos-, a un conjunto de valoraciones que “son y no son nuestras”. Al hablar tomamos identidades móviles, que parecen firmes en un momento y luego se diluyen. El fútbol es un juego y una manera de conversar sobre la honra, lo que también implica un juego. En la conversación futbolística podemos apartarnos de esas formas del honor más fácilmente que de otras, pues es evidente que solo una sustitución vicaria, un pobre consuelo que reemplaza a nuestras emociones reales, podría conducirnos a pensar que somos Pipita Higuaín. Pero hay confines de la representación, que a pesar de que hablen de nuestra impotencia espiritual, definen los alcances fugaces de lo que podríamos ser en un punto irreal de nuestras efusiones: entonces, en un momento iluso pero real, en los sueños del lenguaje, es decir, en nuestras ocultas nociones sobre el honor, somos Pipita Higuaín. Por eso, en el habla futbolística, somos vulnerados si se ataca a ese otro fantasmal que en ese momento somos.
¿Somos Gatica? Gatica es un film sobre una doble caída: la de Gatica y la del peronismo. Favio no se detiene en chiquitas. Su sistema alegórico es directo, frontal. Todo se sitúa en el plano sacrificial. Hay caída porque hay redención, pero cada uno elige en qué momento ubicarse. Aquí se cae sin remedio ni rescate. Gatica es testigo privilegiado del folletín sentimental y social de Perón y Evita y a la vez su partiquino esencial. “Dos potencias se saludan”. Da la impresión de que Favio tiene una idea fundamental sobre las agonías, sobre su valor preparatorio sobre una futura vida plena. En ese sentido, su alegorismo es cristiano. Gatica es Cristo con guantes de box, con borrachera, ingenuidad revulsiva, emotividad entendida no como natural derecho al llanto sino como desconocimiento de los golpes del destino. Que llegan.
El programador del Canal 7 quizás ya tenía ese film previsto, quizás surgió de una rápida y nebulosa decisión de querer decir algo sobre una derrota futbolística que sumió a miles y miles de personas en una congoja pública, tan asumida como sorprendente. En eso casos, varias actitudes se presentan. Está la de aquel que tenía críticas sofocadas hacia el desempeño del equipo vencido, y solo entonces pudo desplegarlas a modo de reparación personal. “¿Vieron? las falencias no podían ocultarse más tiempo”. Está la del comprensivo universal, que se guía por la frase piadosa de “no hacer leña del árbol caído”. Están los medidos comentaristas del Canal 7 –sobretodo Diego Latorre, que sorprendió con muy buenos análisis, por momentos cercanos a los de un Marcelo Bielsa, aunque no tan adustos-, y también están los partidarios de una fácil politización del fútbol, lo que el momento político autoriza para los ingenuos, pero que la difícil intransferibilidad del fútbol a cualquier otra circunstancia recomienda para la reflexión más madura. Para éstos últimos, roto un sortilegio, viene el castigo social para un gobierno que parece haber confiado demasiado en la tesis contraria, es decir, que un éxito deportivo se superponía a un clima social militantemente optimista.
Lo cierto es que el fútbol posee una sobrecarga de ilusión que convive muy bien con los sentimientos de los sibaritas del fútbol, que gozan del espectáculo por su significación misma, en la que ven resultados objetivos, fuerzas anímicas extraídas del poder competitivo real, hipótesis pedagógicas probadas, estrategias de movimientos y juegos posicionales que definen cuadros de acción en los que, medidamente, se inserta el pathos efectivo de la acción como un factor más y no como la subjetividad de comando. Marcelo Bielsa, que se mueve entre la retórica de las pasiones y los análisis de la estructura de juego, ha declarado que no prefiere que lo segundo se imponga sobre lo primero en el momento de definir verdaderamente lo que es el juego. Es explicable, entonces, que aún para los temperamentos dados a la reflexión sobre las estructuras, simetrías y órdenes sistémicos del fútbol, sea el factor pasional lo que cuente. Y éste factor lleva al tema de la representación colectiva, el punto de condensación total donde se abre una comunidad hacia su principio constitutivo de carácter honorífico, ya sea la idea de la victoria: in hoc signo vencis, asociado a la idea de la camiseta y su sueño de victoria, o ya sea abstine et sustine, el clásico “domínate y aguanta”, que no tiene el matiz de complicidad resignada y pseudo-amiguista con que este último vocablo suele usarse ahora. Cristianos y paganos dan siempre una provisión de actitudes, frases y simbolismos para los combates modernos.
Un compañero de trabajo, con motivo de que yo hubiera escrito un artículo en Página/12 sobre este mismo tema, en el que afirmo que “no somos Pipita Higuaín” (tomando la expresión que sí usaba un relator deportivo), me observó que cometía un error, pues es obvio que se buscan identificaciones y ésa era válida en un momento como el que se vivía. Yo me refería a que el fútbol puede gustarse y aún sufrirse sin que hubiera imposiciones sustitutas a la experiencia real personal, incluso la que se asocia al júbilo del un gol o a la intuición de una catástrofe deportiva, equiparable a un luto nacional completo. Esta última asociación es la concusión a la que se llega por la vía de imaginar que es toda una comunidad nacional la que está jugando. Por cierto, el misterioso hilo representacional actúa de diversas maneras. Los que se sustraen de su encanto deben rechazar al fútbol como un irracionalismo misticoide y populista, ¿pero es necesario construir una totalidad cohesiva con paralelismos tan extenuantes? Si realmente la programación de la televisión pública quiso comentar con la caída de un ídolo –al proyectar el film de Leonardo Favio Gatica-, el sentimiento que ganó a la población en el instante final del partido con Alemania, entonces un resultado frustrante en las condiciones en que éste se dio, sería un “analizador” –como decían los psicoanalistas- de la composición anímica del tejido comunitario mismo.
Volviendo a Gatica, Favio vio en él el ascenso y la caída de potencias plebeyas, paganas y cristianas, travestidas del demonio popular imbuído de un sentido crístico, trascendental y clonesco. Todo a un tiempo; ése es el milagro del gran cine de Favio. Los elementos redentistas están sostenidos por personajes santificados por sus vidas golpeadas, hechas en soledad o en la penuria del sustento. Cuando logran su victoria encarnan el poder popular, que llega con sus verdades prístinas y su nuevo rostro ingenuo. Los réprobos y mercaderes lo combaten, y nuevamente quedan los hombres de abajo, los deportistas salidos de las filas de un barro popular divinizado, los cantantes tocados por un halo de santidad estilizada por provenir de las márgenes olvidadas de la historia, para sostener un nuevo capítulo hasta que se de otra vez el retorno. Lo fascinante es la caída, momento pedagógico insigne. En ella todo se pone a prueba; lo inconsolable de las vidas desgarradas, el abandono de los oportunistas, la solidaridad pacata de los que a pesar de todo algo esperan, la muerte del ser abandonado que nada tenía para ofrecer sino su gloria y el desperdicio de su gloria.
La gloria es precisamente un ingrediente interno de la vida popular. Es ante la gloria que no hay diferencias de clase o de culturas. Todos pueden ser sujetos de la gloria en la medida en que ella –en su remoto origen helénico y luego cristiano-, se presenta en forma repentina como alimento carismático que repone una igualdad que en otros terrenos falta. Puede no tenerla el millonario y la consigue el hombre de ababjo. Maradona dijo que en el Mundial había hambre de gloria, por parte de muchachos que ya poseían todo lo que querían en materia de dinero y comodidades. De modo que la gloria era el principio general de equiparación paradójica, surgido de doctrinas milenarias respecto a que “el que tiene mucho no tiene nada” y siempre será posible aún teniendo mucho, aspirar a algo más, un surplus que es lo que realmente importan, el camino del cielo, el reconocimiento de los pueblos, el heroísmo profano que conmueve a las multitudes.
Por eso puede haber lazos identificatorios oscuros que representan un problema ya sea que se los tenga sin más (“somos Pipita”), ya sea que se los niegue como si no pasara nada, como si en la formación de comunidades ensoñadas, aunque trabajadas con la filigrana de la publicidad, los grandes negocios y los logos del consumismo universal, no se movieran también los párpados de los pueblos cruzados por mil divisiones existenciales y sociales. Pero no por eso dejan de añorar un momento único de sublimidad, como lo inconmensurable del espíritu que lleva a un más allá de las posibilidades expresivas, todavía con conciencia plena de que ese momento está ocurriendo y no es irracional, aunque tenga el carácter de un punto irrepresentable en el infinito. De ahí que en lo máximo de representación, la representación absoluta (“soy Pipita”), encontramos en un fragmento inesperado de tiempo comunitario, una representación indefinible que mágicamente se presenta como un cometa dadivoso o una catástrofe.
Y al ocurrir la catástrofe se presenta un sentimiento común de angustia que solo un partido del fútbol mundializado puede expresar. No tanto los grandes eventos nacionales –aniversarios, gestas sociales, luchas colectivas-, que se presentan más tenuemente aunque se alojan demorada y largamente en la memoria colectiva. Si bien hay una memoria del fútbol, es más diluida y circunstancial. Hay un juicio sobre lo bello y un juicio sobre lo sublime, se sabe. El primero puede estar despojado de compromisos comunitarios y nacionales, el segundo no. Es así que podemos festejar “la belleza del fútbol” pero ser superados por el sentimiento de que aún siendo bello el equipo que “nos” derrotó, “nos” debemos a la amargura colectiva en razón de que lo sublime de la gesta “de todos” resultó frustrada. O humillada. La expresión surgió por el resultado del partido con Alemania, y es propicia para lo que en los torneos de honor –como es el fútbol- se reavive el lazo de identidad atribuyendo la caída a un rasgo que por ventura podría contener la biografía o la experiencia real de quienes son parte de la nacionalidad de la que es portadora el equipo humillado. El diario Clarín tituló en sus versiones electrónicas “Humillación del equipo” pero luego la sacó, para titular en otras ediciones “En España hablan de humillación argentina”. Es evidente que querían cargar esa humillación a la cuenta de una transferencia a la esfera política (“antiKircher-antiMaradona”). El fracaso futbolístico se transponía hacia otros fracasos, pero luego percibieron que también estaban atados por esa “sublimidad herida”, ese colectivo inclusivo que fue propiamente humillado.
Sería fácil demostrar que esas asociaciones son vanas, pero rasgos enteros de un supuesto “carácter nacional” se deslizan en estos paralelismos. Y siempre se llega al mismo punto: el fútbol de ciudadanos universalizados, con sus planteos filosóficamente habermasianos –perdón por esto- en donde se resguarda tanto lo sistémico como el mundo de vida, en relación al fútbol romantizado, novelizado, de cracks individuales, maradonianos, que confían en genialidades repentinas y sucumben ante la panzerdivisionen de las democracias industriales en crisis. Me confirma la existencia de pensamientos como éstos, la charla con mi amigo Eduardo Grossman en El Británico, un día después de la caída. Escuchando sus finos análisis surge el fútbol como un pensamiento con historia y política, que tanto puede tener valor para una reflexión de las lógicas y dinámicas del desplazamiento humano, como lejanos ya de los que le es inherente, ser un motivo de locura momentánea, llorar por la pérdida como si perdieran batallas o seres queridos, pero saber salir de ese sentimiento no del mismo modo que si aquello otro que es realmente trágico hubiera ocurrido.
Está claro que si las tragedias futbolísticas no son enteramente alegóricas, son por lo menos metonímicas o vinculantes. No deja de tener razón la reflexión sobre modelos de organización y resolución ético-política de la conformación de grupos, tecnologías de la acción y urdimbres operativas. ¿Y si en estos casos fuera más fácil establecer el vínculo con la lógica social imperante en el país? Ardua discusión, que nos llevaría aún más lejos, pero no tanto como si la discusión siguiera con lo que insinuó Canal 7, la televisión pública, al hacer seguir la derrota por el film Gatica. En éste, el punto de fusión entre historia política popular y deporte sacrificial lo encontramos en el lecho de enferma de Evita, que el boxeador visita ante un adusto Perón, que pide silencio con rostro ceñudo. De alguna manera estábamos viendo el Maradona, que Favio aún no ha filmado.

*Sociólogo, docente y ensayista. Actualmente dirige La Biblioteca Nacional

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