07 julio 2011

Medios y Política/ El periodista, el sumidero y la salvación/Por Orlando Barone

El periodista, el sumidero y la salvación*

Este texto forma parte del libro " K " La letra Bárbara”. Periodismo sucio y público sublevado”, de próxima aparición. Agradecemos la gentileza de Orlando Barone al brindarnos como anticipo el presente artículo.

Por Orlando Barone**

Acerca de este oficio humanamente insano alguien me pregunta:
-¿El periodismo siempre fue así?
-¿En qué sentido?
-En el sentido de que de un día para otro los buenos se convierten en malos y viceversa. Solo que son buenos y malos según la ideología del que los juzga.
Prosiguió con otra pregunta cósmica (como acto fallido debería poner “cómica”):
-¿Los periodistas oficialistas ya no son independientes como los periodistas independientes?
El emisor de la pregunta, sin saberlo, padecía el mal del consumidor dependiente. Dependiente de la hipotética idea de independencia que le habían hecho creer le concernía al periodismo auténtico: al que no era oficialista. Es que – y apelo otra vez a una de tantas leyendas que malvenden este oficio- “el periodismo es natural e históricamente opositor al Poder; o sea al oficialismo”. De ahí se establece que los ciudadanos que entusiastamente eligen su Gobierno, apenas elegido ya deben empezar a sentir que lo padecen; porque el periodismo les descubre aunque ya tarde que su elección fue errada. Siempre queda el misterio de a quiénes votaron o no votaron los periodistas. La abstención de franquearse o confesarse en este sentido los protege del ridículo; abstenerse los recubre de un falso halo de jueces eximidos del fracaso. Subsiste entre los periodistas y comunicadores la premeditada conducta de no demostrarle al receptor del mensaje ninguna adhesión personal por un partido político: en fin, se perpetuaría así el criterio clásico de no hacerlo participar de nuestro voto secreto. El periodista al no sincerarse sugiere una posición neutra y además cuenta con esa ventaja: la de no tener que asumir políticamente desaciertos. Porque lo que él vota, el público no lo sabe. Se da por sentado que lectores y oyentes aceptan esta convención hipócrita. ¿ Por qué? Acaso para no interrumpir el mutuo encantamiento entre ambos: mensajero y destinatario. Encantamiento entonces hecho de apariencias y no de sinceridad. De igual modo persiste esta otra pulsión histórica, la de oponerse al oficialismo - “el periodismo está para molestar al Poder”. Es lo que cacarean periodistas que si fueran gallos de gallinero tendrían menos voz que las gallinas. O que los pollitos. Entonces apenas el votante hace el asado la prensa se lo escupe. Y se siente en su salsa. Y cómo no sentirse ensalzados, si quienes más la condimentan son las corporaciones que juzgan sospechosos a todos los gobiernos nacionales y populares. Y vuelta la sociedad a elegir otro Gobierno y nuevamente el periodismo cumpliendo su leyenda vuelve a reprobarlo. Con una observación: la reprobación más tenaz y casi unánime es hacia los gobiernos populares o de izquierda; ya que el periodismo se ejerce con un desbalanceo como el de un boxeador que solo noquea con la mano derecha y la izquierda solo la usa para hacer fintas.
El antioficialismo, común hasta hoy en los grandes medios dominantes, es oficiado por periodistas que graciosamente viven quejándose de que no tienen esa libertad, y entonces hay que creerles y condolecerse de ellos. Se asumen como vacas sagradas y chillan y patalean a dúo y armonía con sus empresas, si estas se sienten hipotéticamente damnificadas por el más tenue airecillo crítico o se las expone en sus negocios y manipuleos informativos con el culo sucio con vista al público.
En beneficio de tantos colegas –calificación de cuerpo, con ínfulas de corporativismo ya que el único colega que debería considerarse es el de humano con humano- prefiero pensar que es más la libertad que deberían estar reclamando interiormente consigo mismos. Esa que por razones de impotencia, deben someter y reprimir cuando tienen que escribir, relatar, sostener lo contrario de eso que piensan y sienten. Cuántos de ellos desde los medios monopólicos –imagino a lo mejor ingenuamente- hubieran tenido en tantos años la pulsión de hablar del ADN de los hijos adoptados de la viuda de Noble; cuántos se atragantan por no poder denunciar a Papel Prensa, a la situación de censura gremial que se vive en sus ámbitos, a poder parar un rato de adulterar u omitir o desvanecer la información que alude a algún buen comportamiento y gestión del gobierno, y a poder confesar su situación. Por ejemplo la de sincerarse y contar cómo son instigados a “instigar” la inseguridad haciendo manar sangre, lágrimas y sed de venganza de las pantallas y redacciones.
En cambio ser considerado oficialista del gobierno -el votado democráticamente- me suena más a elección que a cautividad; y más consecuente con uno que ser lo contrario: un periodista “oficialista” de los poderes económicos. De sus auspiciantes. De aquellos a quienes no votó nadie pero pagan mucho más a sus servidores como si así compensaran el tipo de daño moral que prestarles ese servicio les causa.

¿No habría que alterar el orden de los factores, pero ahora para alterar la regla matemática, alterar el producto? Y empezar a entender que el oficialismo no está, como siempre se supuso, en el no poder -o limitado poder- de un Gobierno, sino en el gran poder del establihsment y de los grandes medios de comunicación. Por lo cual ya hoy el nuevo y auténtico antioficialismo es este que se rebela y enfrenta a ese no confesado “oficialismo” del Poder, disfrazado de ser lo contrario.
Mi caso -si interesara- es el de un perro entrenado por sus dueños para cuidarlo de los enemigos que los dueños le señalan, y que un día se da cuenta que también tiene que desconfiar de aquellos que lo han adiestrado. Tarea que se replica por generaciones. Y de tanto añejo adiestramiento el perro asume natural su comportamiento obediente al amo que le da el alimento.
Perros viejos como yo o ya adultos y pasada la edad de la inocencia hay muchos en los medios hegemónicos; pero siguen creyendo que lo correcto es seguir cumpliendo el mandato de sus dueños. Algunos quizás preferirían no hacerlo. Para consolarse se mienten y creen que le ladran al enemigo y se sienten héroes en lugar de cautivos o mercenarios con mérito. Es el caso del tipo que se refleja en el espejo del ascensor y se ve de un modo siendo de otro, o se ve un semblante apropiado que no tiene, ya que desde la mirada de los otros es todo lo opuesto. Muchos periodistas – es un lastre causado por el ejercicio entusiasta sin introspeccionarse - tienen un concepto de sí mismos formado mirándose en el espejo del ascensor. Contemplándose con photo shop, maquillaje y amnistía de defectos.
Últimamente hay un tipo de periodista que para no responder a uno y otro concepto han decidido ser vírgenes o castos. No copulan con unos ni con otros. Como si les fuera posible. Así se cobijan con un tipo de argumentos como éste que transcribo: “ En el actual escenario, donde el Gobierno y el Grupo Clarín están enfrentados de manera feroz…”.
Remite, no tan levemente, a la “teoría de los dos demonios” en el género del periodismo. Muchos han elegido tratar de estar en un lugar que no es un lugar sino un bote salvavidas inflable en el mar agitado por un tsunami. Un intento candoroso de salvarse en solitario. Pero sostenidos por un gran soporte multimedios.
Entiendo que se pueda leer como un exceso o una ligereza mi anterior calificación del periodismo como “oficio humanamente insano”. Bueno, podría decirse insalubre. No es el único claro. Piénsese
en el del verdugo que prepara el gas de las cámaras letales mientras el condenado está en la celda de al lado y hasta se hizo amigo de él durante toda su condena. Suelo pensar por qué sigue habiendo verdugos en lugar de no haberlos. Y por qué el empleador de verdugos sigue consiguiendo empleados. O si no, está el caso del amanuense contable que mediante una transacción informática saquea “legalmente” una fortuna a favor de un financista hacia un paraíso fiscal desde un país con hambruna donde el financista tiene una factoría de hambre. Si para ciertos empleos se produjera un rechazo unánime no habría quien manejara la llave de cámara de gas o la palanca del tablero de la silla eléctrica ni quien sirviera con su destreza contable para hacer que otros desvalijen a una sociedad o a un fondo de jubilados. Supongo que a esta altura de las revelaciones manchadas de sangre, en gran parte de los medios deberían estar preocupados por la falta de jóvenes principiantes. No se hagan ilusiones. Les sobran periodistas que no le hacen asco a bajar la palanca o a convencerse que en lugar de ser ellos los verdugos son los condenados
los periodistas pagamos altas consecuencias espirituales por trajinar con intereses, con poderes y con mentiras. Si se quiere reemplazar “espirituales” por “psicológicas” está bien. Pero el espíritu dañado es más grave y ominoso. No es que genere stress- padecimiento nada extraordinario- o algún síndrome de sabia ignorancia acerca de sí mismo que suele trasuntarse en la vejez con síntomas invisibles o indiagnosticables, pero no por eso carentes de melancolía. Para no ser pesimista hay periodistas que se salvaron de esa culpa, incluso arriesgando o perdiendo la vida. La excepción/es no hacen la regla; pero un héroe y grande-digamos Rodolfo Walsh, el emblema tan citado que se sostiene aún en la superficial recordación del tatuaje- no explica al estándar obediente, lábil o distraído. No nos justifica a los no Rodolfo Walsh. Creo ahora que sin llegar a héroe ni a víctima, la salvación existe pero a costa de mucho.

(Apuntes de un libro inconcluso)

*El artículo que se publica en la presente edición de La Tecl@ Eñe forma parte del libro " K " La letra Bárbara”. `Periodismo sucio y público sublevado´ (Editorial Sudamericana), de próxima aparición.


** Orlando Barone es periodista y escritor.

1 comentario:

  1. Creo que es un muy buen periodista, me gusta mucho como habla y opina. Cuando puedo intento verlo o leerlo. De hecho recientemente lo he leído desde los hoteles en orlando en los que estaba alojado mientras veraneaba

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