La eficacia comunicativa de
un discurso tiene que tener en cuenta el complejo dispositivo de quién y desde
dónde se emite, para quién, con qué objetivo personal y social. Así, por
ejemplo, uno podría pensar en declaraciones, manifiestos, y por qué no, con
todo lo que implican en la tradición culta y popular, en las consignas. Querer
suplantar una consigna por una suerte de “aforismo”, bien puede interpretarse
como una maniobra “suavizante”, que quiera soslayar una supuesta efectividad
inmediata de la consigna para hacer gala del inocuo “aforismo”
descontextualizado. La elección del género no es inocente: qué se juega en cada
intervención, desde quién o quiénes y cómo, no sólo atañe a los consabidos e
hiperdenunciados discursos de las derechas y neo-derechas, sino que también en
cuanto a la continuidad de un proyecto que desbarate, en todos los planos, la
ideología hegemónica y como tal naturalizada.
Por Susana Cella*
(para La Tecl@ Eñe)
Si bien en el ensayo “Complejo y Complicado”, el poeta cubano José Lezama
Lima en su contraposición de ambos términos, efectúa una interpretación
profundamente ligada a sus adhesiones y rechazos, - Gide, Lutero, entre los
últimos, Racine, Goethe, entre los primeros, en una cosmovisión donde asoman la
serpiente y el ángel para deslindar lo que en ambos términos se valora y se
vitupera-, aun cuando las derivas lezamianas no lleven a la empatía o
aceptación de sus juicios (desde luego media la distancia entre su apreciación
y aquello que puede provocarnos, en nuestra perspectiva, tanto confluencias
como disfluencias), vale sin embargo, volver sobre esos términos, en un sitio
donde la posible sinonimia (complejo/ complicado) queda absolutamente
descartada, para más bien, al colocar ambos términos frente a frente, y en lo
que nos interesa, encontrar no pocas cuestiones que tienen que ver con los
discursos, su emergencia, sus rasgos, su conformación y desde luego, todo esto
relacionado con las significaciones que se desprenden sin que la prevalente sea
lo que podríamos llamar de algún modo, lo explícito. Lo que implica ahondar en
aquello que, implícito, puede ser fuerza más activa que lo declarado.
Ambos términos Complejo/ Complicado,
de algún modo, sirven a modo de epígrafe para ver, desde el elocuente problema
de esta distinción, modalidades que asumen los discursos. Justamente se trata
de recabar, en ese discurrir, en eso que en su atravesamiento y avance, va
configurando un lugar condensado de significaciones que se incorpora a un
conjunto, a un campo no exento de polémicas y sentidos, en todo aquello que en
tanto representaciones por la palabra, plasma imaginarios, suscita
creencias o las desbarata, forja modos
de ver, apreciar, juzgar, interpretar, y actuar. La referencia a lo complejo y
complicado lezamianos, viene a cuento en tanto permite abordar ciertas
oposiciones más bien simplificadoras. Porque, vale aquí, ingresar otro término
(no ligado sino casi opuesto: lo inmediato, directo, fácil) que no es el que
preocupa a la dilucidación de Lezama, en tanto su reflexión más bien apunta a
deslindar lo que podría aparecer como semejante (opaco, no transparente), para
buscar, raigalmente sus implicaciones en lo que se presenta como dificultoso o
arduo, en contraposición con lo complejo.
En un modo ensayístico que va armando su argumentación en base a imágenes,
asociaciones y desplazamientos, con no pocas alusiones culturales, Lezama
apunta a la puesta en movimiento del discurso signado por el “laberinto regado
con el encantamiento de enanos y sirenas” en el complicado, en tanto el
complejo se prepara para “atrapar la respuesta a la voz que lo despertó para
siempre”. Situado en una suerte de “individualismo y orgullo”, enuncia el
complicado su maraña superficial, mientras habría en el complejo la constante
atención a lo que puede manifestársele para lo que su expresión necesita.
Distinción esta de impulsiones que desde luego incide sobre los resultados,
pero además, aporta un espesor imprescindible en lo que a configuraciones de
discursos y efectos se refiere. Otros rasgos discursivos, ingresan entonces en
esta trama, aquí citada justamente para eludir las simplificaciones. Así, por
ejemplo, la tan recurrida de “comprensible” versus “incomprensible”, con una
retahíla de sucedáneos, “fácil” versus “difícil”, “claro” versus “oscuro”, y podría seguir la lista, como un River-Boca
con sus respectivos hinchas.
La literatura ha aportado al uso algunas adjetivaciones que también es
importante citar aquí, por esto de los calificativos más o menos a la ligera. Así,
por ejemplo, un discurso ornamentado, proliferante en palabras y frases más o
menos extensas, suele ser, sin más, “barroco”; en igual simplificación, algo
entre sorpresivo, medio inverosímil o insólito, deviene “surrealista”, o lo
signado por la extrañeza, cierto misterio o absurdo, es “kafkiano”.
Es claro que estos términos comportan rasgos que los hacen propicios para
estas utilizaciones. Por eso, no está demás, hacer algunos comentarios al
respecto, en especial quiero referirme a barroco. La palabra conlleva posibles
etimologías (están en los diccionarios) y una larga historia de valoraciones y
denostaciones, lo cual puede ser prueba de, precisamente, la complejidad del
término. La mera abundancia de elementos constitutivos de un discurso o una imagen,
no implica que tal cosa sea “barroca”. Un ejemplo sencillo: la casi irritante
profusión de elementos del rococó, donde está ausente la apasionada razón
propia del barroco como se ve en un verso de Quevedo, en su tensión
conflictiva, en su poderosa fuerza, no queda deshecha ni mucho menos, a fuerza
a abalorios.
Un discurso que ponga en juego ciertos procedimientos que entrarían en el
conjunto de lo “difícil”, no es en sí barroco, así por ejemplo, la acumulación
de sustantivos abstractos, que, a la inversa, en lugar de dotar al discurso de
una impulsión de sentido fuerte, más bien podría debilitarlo, sumar vaguedades
o peor, obviedades, lo cual es importante considerar en tanto implicancias
ideológicas en lo declarativo. Esto es, acumular términos más o menos
prestigiosos o aceptados como emancipación y otros similares, para
sencillamente eludir la puesta en riesgo de asumir una postura coherente con
ellos. Y cuanto más vacuo sea el nombre, tanto más fácil la maniobra. Lo mismo
podría decirse de enrevesar una frase o tantos otros subterfugios que hacen
semblante de “profundidad”, embarrando las aguas, nomás.
Al contrario, una expresión compleja en tanto sustancial y comprometida
(donde es el hombre completo el que se juega), y concomitantemente el uso de cierta
sintaxis, de términos peculiares o de
algún otro recurso en la cadena discursiva, tienen que ver con una necesidad
expresiva y para decirlo con un término de José Martí, “sincera”. No se trata
de “decorar” ni “complicar” el enunciado, sino que se dice del modo en que se
dice porque dicho de otro modo, no significaría lo mismo, no despertaría las
mismas orientaciones de sentido. Y esto vale para todo enunciado pleno, para
aquello que está en las antípodas de los florilegios y rebuscamientos, remito, como
prueba, a cualquier relato de Juan Rulfo.
Desde luego, los, digamos, géneros discursivos, apelan a procedimientos
diversos relacionados obviamente con su función, su lugar de enunciación, sus
destinatarios. Aunque muy citada, bien se puede acudir a la, de nuevo, compleja
cuestión de las funciones del lenguaje. ¿Qué se juega en una declaración, en lo
que quiere ser una intervención política o ideológica, en una reflexión sobre
un estado de cosas en una coyuntura o en un panorama más general? Vindico una vez
más lo de géneros discursivos, diría, en lo que concierne a la pragmática.

Lo mismo vale para otros géneros discursivos que pretenden una intervención
crítica. El discurso ideológico y político ancla en una palabra comunicativa
que si bien se distingue de la palabra poética (dicho esto en un sentido
general y no de género lírico) bien puede (y ha podido) alimentarse de ella
para lograr una mayor significación/comunicación (ambas cosas puestas en
relación teórico/práctica). Hasta aquí, lo que parece estar destacándose son
las ventajas del aprovechamiento poético de las palabras y los discursos. Lo
que no deja de ser una perspectiva importante, salvo que esto quede en manos de
advenedizos que, como decía Antonio Machado son “pedantones al paño… que no
saben porque no beben el vino de las tabernas” y, siguiendo con Machado, no
tienen la menor idea de quién fue el Marqués del Bradomín, cosa no necesaria,
salvo para quien quiere erigirse en sabiohondo de la literatura, la lengua, la
filosofía, la física nuclear o lo que sea que los medios quieran preguntarle.
En este sentido se ve una coincidencia, más bien soterrada, entre algunos
“representativos” (mediáticamente) del discurso del saber (que serían los
“complicados”) y de los que lo execran en nombre de varios términos y coartadas
entre las que figuran, “el pueblo” o “la gente” (por no hablar del mercado, aun
cuando unos y otros participan del mismo), como si se quisiera establecer un
hiato entre “dotorcitos” y “plebe” (de vieja tradición argentina, rioplatense).
Volveríamos quizá a las polémicas entre cultura popular, cultura de masas,
cultura culta. Sin embargo queda en entredicho dónde se ubica la cultura que
facilita la facilidad, pero parece no hacerse cargo de claros exponentes massmediáticos tipo Tinelli.
Entretanto la otra vertiente, que sin ser elitista (en ese dudoso elitismo
que se pretende “emancipador” o abstracciones por el estilo) parece, en sus
prácticas eviccionar lo popular (con todas sus diversas prácticas y
complejidades en torno de las representaciones e imaginarios) para ejercer en
su faz más negativa algo así como la “representatividad”, que, desde luego, no
es “representación” según lo que las teorías más sutiles del término, y en una
perspectiva intersdisciplinaria, consideran. De más está decir que en estas
consideraciones ni siquiera se tienen en cuenta los cultores de la cultura
culta, en la tradición malleica surística, para decir lo más lejano.
La palabra comunicativa –en los diversos géneros mencionados- se nutre y es
nutrida de la palabra poética. Se alimenta y es alimentada por ella. Lo que nos
lleva a ver qué sucede con la tal palabra poética. Porque en cuanto se
considera, dentro de lo que estaría dentro del campo de la poesía, cualquier
chabacanería o cualquier narración encontramos que la defensa de la
comunicabilidad y estrecha vinculación con cierta referencia llamada inmediata
no son sino efectismos derivados de la cultura massmediática, y así celebrados e impuestos como “tema”, nos
hallamos frente a otro problema. La coartada “populoide” según la cual se
califica de elitista todo aquello que pretenda una actitud crítica para ser
mera reproducción de la ideología dominante no deja de incorporar lo visto como
marginal o revulsivo, en sintonía, podría decirse con una película porno. Bien
políticamente incorrecto, sí, porque la llamada “political correctness” no es
sino “corrección política”, todo lo cual desde luego nos lleva a las
implicaturas ideológicas de “corrección”, nunca a las de justicia, hipocresías
más que conocidas, por otra parte.
Las coartadas ideológicas no solo abarcan esos casos, sino que es posible
hallarlas asimismo en un variado arco de posiciones que pueden sostener u
oponerse a algo, por razones esgrimidas como políticas pero que en realidad
están sustentadas en cuestiones de mera ocupación de espacios. Atender a los
modos en que la ideología se manifiesta en las entonaciones (de lo que se
declara), en lo que puede leerse interlineado en escritos, sean modulaciones
verbales, adjetivaciones, configuraciones de lugares de enunciación,
atribuciones de saber, es fundamental para, en todas sus implicaciones, ver
cómo funcionan los discursos en la sociedad. Tanto los que parecen autodescalificarse
de antemano (valga el remanido ejemplo de Macri con El eternauta), como los que buscan implantarse como expresión
crítica, consensuados unos y otros, tal vez, según esa misma lógica del consenso. ¿Qué se argumenta, qué se
cuestiona, cómo, desde dónde? No son preguntas menores y todas atañen a este
conglomerado variopinto necesitado de interpretaciones más que afinadas por
cuanto implican. En resumen, en este heterogéneo y conocido panorama, se trata
de dilucidar, entre complejo, complicado, fácil y otras tantas definiciones,
los lugares desde dónde se enuncia, en tanto un mismo enunciado vira
ostensiblemente según su colocación. A lo que agregaría que no es de menor
importancia tener en cuenta lo que llamaría
la ideología en las entonaciones. Sólo para decir, que prestemos
atención al modo en que se entona (en lo oral, aquello que se declara), que se
entona por el modo en que se arma, se articula, se destacan los hechos, quien
los relata y cómo, con qué términos, qué adjetivos se usan o no, cuántas palabra huecas, cuántos lugares
comunes se esgrimen, y así siguiendo en una sucesión histórica de la que se
pueden marcar hitos (de hecho se lo hace, 2001, por ejemplo), pero que no fue
sino continuidad de lo que se fue acumulando en las décadas anteriores. Aun si,
luego de la visibilidad de lo acontecido en los ochenta y noventa fuera más que evidente que había que diseñar
otro escenario.
* Poeta y novelista. Profesora titular
de la carrera de Letras, UBA. Colabora habitualmente en la sección libros
de Radar. Tiene a su cargo una sección en la revista Caras y
Caretas y dirige el Departamento de Literatura y Sociedad del Centro
Cultural de la Cooperación.
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