Por Horacio González*
(Especial para La Tecl@ Eñe)
No, no tema lector, esta no es
una clase más del rubro de las asesorías políticas. No se trata de indicarle a
nadie cómo debe escribir y mucho menos qué debe escribir. Solo estoy tratando
de llamar la atención sobre el acto específico de escritura de textos en las
distintas tradiciones políticas. Tengo presente un relato alguna vez leído del
modo en que se escribió el manifiesto liminar de la Reforma Universitaria.
Deodoro Roca se paseaba nerviosamente alrededor de una máquina de escribir
donde un militante iba tecleando las párrafos –parrafadas, se diría-, de un
escrito que cambiaría la historia de una Universidad. Deodoro Roca dictaba,
pero era un dictado libertario. Otros intervenían y se iba gestando la voz
colectiva. El ambiente estaba lleno de humo –se fumaba a discreción, memorables
épocas-; seguramente era un salón lleno de muebles ordinarios que hoy serían
nobles artefactos preservados por un anticuario. Esos muebles importan menos
que lo que allí pasaba en términos de fraseo, de ondulaciones de un vasto
frasear, de la conjunción de notas que, como en la música, iban juntando
sonidos y palabras. Los críticos actuales de la reforma universitaria del año
18 –pues es costumbre que suelen tener muchas autoridades universitarias
actuales- podrán tener razón en observar sus deficiencias posteriores, su
utilización vicaria, el modo en que en nombre de ella se hicieron los convenios
menos autonómicos posibles. Pero se equivocan al olvidar ese hecho de
escritura, subvalorarlo en nombre de otras fuerzas productivas. No: la
escritura es también una fuerza productiva.
El arte de escribir documentos
políticos se ha degradado, pero es una degradación que nos interesa, una
degradación a la vez inevitable y problemática. La tradición socialista
escribió mucho y tiene en El capital
una obra –como a Marx le gustaba denominarla- de carácter científico. ¡El
“socialismo científico”! Se puede decir que el fracaso del socialismo se debió
más a su carácter de ciencia que a su modo de escritura. El capital está escrito con ingenio de un romántico político –son
muchos los estudios que ligan a Marx al romanticismo político-, y con tramos
casi novelísticos que como el del fetichismo de la mercancía ha merecido una
larga atención de la filosofía. Marx es teatral: la mercancía, en su fluir
caprichoso y abstracto, va a ser ejemplificada con la mesonera de Shakespeare, mistress
Quickly, la dueña de la
taberna de la Cabeza del Jabalí, en Enrique IV. Con rapidez, la
tabernera pasa entre los parroquianos, que quizás estiran el brazo para rozar
sus nalgas esquivas y apetitosas. Hoy, esta referencia de Marx peligraría ante
los autores de textos políticos de la izquierda contemporánea. ¿Para qué
referencias literarias? ¿Y si el pueblo no las entiende? Parrafadas no, frases
cortas y movilizantes. Pero peligraría también ante cualquier otra ideología
política menguada, como lo son todas las que actúan como remanentes de un mundo
que ya fue en la era de la llamada “sociedad del conocimiento”.
El mismo Marx temió por la
lectura de El capital. A sus editores
franceses les recomendó editarlo en fascículos, eso sí, sin aliviar el
contenido. Pero se atrevió a sugerirles que comenzaran no por el capítulo
primero, precisamente el de la mercancía, por su alto grado de abstracción,
sino por el 19, en que trataba la acumulación primitiva del capital en
Inglaterra. Este es un capítulo histórico, lleno de vivacidad y de
descripciones elocuentes sobre el “órgano central”, la máquina automática que
absorbe los esfuerzos humanos al punto de hacerlos pasar como su propia
creación. Este capítulo histórico de la historia social inglesa le parecía a
Marx más adecuado para que por allí comenzara la lectura del Capital por parte de la clase obrera
francesa.
Luego, las cosas adquieren una drástica
mutación en épocas de los medios de comunicación de masas, que no eran solo los
periódicos –mundo al que pertenecen tanto Marx, como Mariano Moreno, Lenin y
Bernardo Monteagudo. Ninguno conoció la radio, Lenin apenas la sospechó. El Acorazado Potemkin es algo posterior a
su muerte. Son la radio y la televisión las que proponían un nuevo lenguaje,
volviendo a remotas eras donde no reinaba lo escrito sino sensorialidades directas.
La lengua sentimental, el amor hablado en forma presuntamente “natural”, no
como en Madame Bovary, mientras ocurren escenas paralelas en la que también se
escucha la voz de un rematador de toros. Radio y cine fueron una revolución
pedagógica y pasaron a dominar todo el legado cultural de la humanidad, dejando
en pie sus formalismos y notas de prestigio, pero llamaron a revalorizarlo a
fin de que las nuevas multitudes pudieran “entenderlo”, “comprenderlo”,
masticarlo diluido a fin de que supuestas complejidades no obstaculizaran la
divulgación masiva. El peronismo, de alguna manera, sería enteramente hijo de
ambas tecnologías sino mediaran los escritos de Perón sobre estrategia y
táctica militar, también heredados puntillosamente de antiguos textos europeos.
Una antigua polémica de Roberto Arlt con Rodolfo Ghioldi sacudió al Partido
Comunista argentino en los años 30. Las obreras, decía Arlt, estaban más
atentas a Rodolfo Valentino que a la crítica de la plusvalía. Dos cosas aquí:
Arlt no se equivocaba, y de esa percepción, surgió su extraordinaria
literatura. Pero a la vez, se equivocaba. Porque no era posible pensar la clase
obrera desde esas fantasmagorías de la industria cultural, aunque se hacía
indispensable pensar la industria cultural desde la clase obrera.
La divulgación –o sea los medios de
comunicación como intermediarios- fue el sino característico de la cultura
luego de la Revolución Industrial y las grandes guerras de mediados del siglo
XX. Se estableció un nuevo horizonte de inteligibilidad. O para decirlo de
manera “divulgativa”, los medios se dispusieron a intermediar en la comprensión
de la cultura heredada en su totalidad.
Se elaboró un nuevo canon de dominio público, con criterios como “aburrido”,
“no se entiende”, “no está al alcance de las masas”, etc. Y por parte de los
medios se dio paso a una tesis del conocimiento como hipocresía. Es habitual
escuchar la frase “ayúdenos a pensar”, que pronuncia el locutor de turno cuando
el entrevistado es alguien supuestamente dotado de un conocimiento
especializado. Previamente se le hace saber, con sutileza o no, que la
audiencia está ávida por saber, pero de un modo licuado, derretido. Y el
“doctor” hace caso a la recomendación y busca entre sus recursos, los elementos
más rebajados para hacer honor a su digna tarea de llevar un conocimiento
supuestamente “alto” a los dominios de la población en general, esos anónimos y
atomizados escuchas o espectadores que no tienen rostro ni nombre. El arquetipo
popular, nacional, el “rostro en la muchedumbre”. Todavía la televisión no ha
dado el último paso - lo están dando Internet y los comentarios anónimos que
como un cometa pulverizado de átomos de vileza siguen a los artículos firmados
de los grandes diarios. ¿Cuál sería el último paso? Extraer de sí todo el conocimiento, ya no precisar que de afuera
venga el pobre académico a garantizar con su alicaído título de experto, lo que
de por sí ya sabe decir la persona que surge de la estructura misma de la
lengua televisiva. ¿No fueron preparados para absorberlo todo a partir de su
exterioridad? La televisión, si algo es, acata la fenomenología y sus divinos
inmediatismos.
Es cierto que todo invitado a un
estudio televisivo, proveniente de la llamada Academia, sabe bien que hay que
“comunicar”. Si emplea una palabra “difícil” se muerde la lengua por el yerro
cometido o intenta aclararla como un párvulo sorprendido en infracción. ¿Dijo
“estructura”? Caramba: ¡error! ¡Traduzca! “Estructura”, es decir, un “conjunto
de relaciones”. ¿Un “conjunto de relaciones”? Dígalo más claro para nuestra
numerosa audiencia, doctor. Este… no, no, claro… se trata de que una cosa se
relaciona con otra, y todo es así, un enjambre de cosas. ¿Pero no será
demasiado difícil decir “enjambre”? Pero de cualquier modo no importa lo que diga
el graduado, porque el locutor de turno vigila lo que hay que saber vigilar: el
tiempo de exposición, la imagen del invitado, el indeciso halo que se desprende
de su cuerpo tembloroso que quizás debería sentir cuando da una clase, pero no,
lo siente allí, en el “piso”, como experto invitado “de lujo”, en la tevé. Cada
vez que escucha decir que lo consideran
“invitado de lujo”, duda respecto a si es una cargada o no. ¿Él de lujo?
Si lucha todos los días para ganar el respeto de una escueta camada de escépticos
alumnos, si debe penar para que le publiquen su laborioso trabajo en la revista
de referato para la que trabajosamente elaboró el “abstract” en dos o tres
idiomas ilusorios. “Gracias doctor”, escucha cuando balbucea su última
parrafada, y ahí quizás pueda descubrir que lo que importaba era el último hilo
delgado que tiene la televisión con el conjunto de conocimientos del legado
histórico.
Todavía la tevé no ha llegado a
generar la validación de las certificaciones con que la universidad titula a
sus graduados. Sabemos que ese acto es dudoso, ambiguo, un tanto incierto. Pero
la televisión todavía no se anima a dar esos mismos certificados. Titular con
grados a los que saben, por fin, hablar solo como ella lo hace. Oscar Landi
había denominando “intelectuales de la televisión” a los que salían de esa
cartuja sabiendo exactamente como hablar allí y a qué llamar conocimiento. En
un libro contundente, Bourdieu retrató con mordacidad –y con su propia
presencia en un set de televisión- lo que significaba pensar para ese órgano
fundamental de administración de sentimientos y lenguajes masivos. En verdad,
el intelectual televisivo y el intelectual clásico aún no se encontraron para
el debate final, consagratorio de una u otra estirpe, o acto póstumo de la civilización
tal como la conocimos…, la incógnita de si la traducción de uno al otro dará un
híbrido que trazará un límite de inteligibilidad al conocimiento (que es por
definición lo ilimitado y el juego con lo inteligible y sus fronteras; no lo
sumariamente inteligible), y como consuelo permitirá algunos adecuamientos
donde persistirá el arte del comediante (un Capusotto, aunque no solo él, que
trabaja con los mismos elementos televisivos, ironizándolos), y algún que otro
programa llamado “cultural” intentará traducir con respeto lo que son los
lenguajes que durante tres milenios habló la filosofía, a los ambientes del
set, donde reinan las voces de “¡silencio!”, y la cámara se pasea como un robot
sapiente decidiendo planos, decidiendo enfoques, decidiendo la vida y la muerte
de la imagen en su mecánica omnipotencia. Pero por haber numerosas excepciones,
doy el ejemplo de las clases de literatura argentina de Piglia por el Canal
Público –próximamente podrán verse-, y el recuerdo de una clase de Georg
Steiner sobre Kafka, que en algún momento pudo verse en Canal A.
El doctor aún se gradúa en
medicina, derecho o economía en otros lugares, llamados “altas casas de
estudio”. Pero la televisión ve en ellos un lejano reflejo, utilizable de
momento –“gracias doctor por ayudarnos a pensar”-, aunque luego de dicha esta
frase de escandalosa falsedad, la televisión se pone a meditar si no llegó la
hora de autenticar a sus propios doctores, para no tener más que agradecer que
un extraterrestre les “ayudó a pensar”. Ya todo el pensamiento y el saber
humanos estarían contenidos en el ciclo de la reproducción técnica de la obra
lingüística o la obra de arte. Todo sería “un consumo de contenidos”, concepto
que hasta ahora resume el estado de la cuestión.
Basta escuchar el diálogo de
cualquier locutor de radio con un eventual escucha que ha llamado al programa.
Enseguida se pronuncia su nombre y se actúa una suerte de escucha atenta a sus
sufrimientos, confesiones o amarguras. Edad, barrio de pertenencia, tono de
voz, intimidades más o menos desenfadadas. Compenetración total, gracias mil.
Todo sale al aire, hasta que esta intimidad de sacristía de repente se quiebra
con el sincero desdén del entrevistador, que brota drástico, dando paso brusco
a otro tema, alguna publicidad comercial o la evidencia verdaderamente obvia de
que lo que decía esa voz anónima, que incluso llegaría al llanto, nada
interesaba. Era un simple acto del marketing de la subjetividad avasallada.
Todo esto ha pasado al marketing
político, de modo que casi todo el conjunto de la documentación política
conocida está presa a la cohibición general de la consigna, el slogan, el
pensamiento predigerido, la frase ya escuchada en la televisión, el arquetipo
publicitario que he merecido horas y horas de elaboración en el gabinete
secreto de los publicistas. Pero ¿fue la radio la que inventó la necesidad de
una lengua general uniforme o las revoluciones de masas del siglo XX iniciaron
la carrera por resumir las articulaciones del lenguaje en una o dos consignas
que convirtieran la lengua en pura energía instantánea? Dar vivas y mueras por
el rey o algún sistema político oficial es un hecho bien conocido. El gobierno
de Rosas es recordado entre otras cosas por la profusión de sus soluciones e
invenciones lingüísticas con injurias plenipotenciarias a sus opositores. El
“todo el poder a los soviets” resonó como un latigazo en el corazón militante
de millones de hombres y mujeres, antes que los lingüistas del siglo XX
encontraran el concepto de “acto preformativo”. Pero una cosa es la consigna (o
palabra de orden) que resume como un latigazo hiriente todo un avatar cuya
espesura repentinamente queda fijada en un lema feliz (civilización y barbarie;
alpargatas sí, libros no; todo va mejor con coca cola; el sabor del encuentro;
venga del aire o del sol, del vino o de la cerveza, cualquier dolor de cabeza,
se quita con un geniol) y otra cosa es el pensamiento en acto de escritura, de
reflexión, de argumentación y de búsqueda de sus irresolutas verdades.

Puesto en términos de cierta
astucia teórica, Borges escribió que lo barroco es el momento final en donde un
arte o un conocimiento suelta de una vez todos sus recursos. No parece una
condena, pues como todo en Borges, hay una definición desvariada de las cosas,
donde en la frase descansa un mundo implícito, lleno de alusiones o alegorías
sepultadas, que si no aparecen a luz porque el autor –barroco- las suprimió,
las puso para que en ellas vibren todos los planos soterrados de una historia
cultural. Pero, sin duda, la opción enjuta, la lírica de lo esquelético, no
proviene de la televisión sino de un sencillismo cuya complejidad está también
bañada de milenios de discusión sobre el arte idiomático: cómo, cuándo y porqué
usar alegorías como equivalentes, como planos ocultos, como sugerencias apenas
insinuadas. Por ejemplo, el poeta chaqueño Aledo Meloni, justamente festejado
por su opción descarnada en cuanto al uso de los recursos lingüísticos,
proviene de la alta escuela de la alegoría popular, del canto que brota de las
comparaciones entre la naturaleza y los dioses del amor, como si fuera un
escolio espinoziano. En su conocido “Arbolito del querer”, dice: “De balde busqué tu sombra / arbolito del
querer / tu sombra fue para otro /yo al sol, y muerto de sed”. Suma de
despojamiento, arcaísmo y desesperación tranquila, tratada con un trazo
cortante, una alegoría sucinta que resuelve la situación de un lonjazo poético.
Para producir este efecto de
complementación imposible pero necesaria entre el carozo interno de la claridad
idiomática y los juegos complejos de la cultura (que son una revelación siempre
en estado inminencia, sin que necesariamente se produzcan), no se precisan
divulgadores. En cambio, sí se precisan personas capaces de sorprenderse con la
versatilidad de la lengua, su campo de desperdicios y deshechos que obligan a
elegir en las penumbras de un basural encantado que término usar, qué frase
elaborar, qué nivel ceremonial, erudito, íntimo o soez invocar en cada caso. El
divulgador no está en verdad en un punto intermediario entre lo bajo y lo alto,
como demiurgo que mira hacia abajo con el don divino y hacia arriba con goce
terrenal, sino que en realidad inventa otra lengua, no una tercer lengua, sino
una que le es propia, que presupone la ilusión traductora pero es otra cosa. Otra cosa, que se coloca en
términos de absorber toda la cultura legada y las obras más idiosincrásicas,
con una creación mediadora pero que es un desprendimiento autónomo del juego
cultural y, en sus efectos prácticos, es una esfera dependiente en su totalidad
de los imperativos semánticos, lexicales y gramaticales de los medios de
comunicación de masas.
La vida política, casi en su
conjunto, ha caído en los dominios de estas operaciones mediáticas que se
realizan con las inflexiones recibidas de la cultura y el lenguaje de todas las
épocas. Se escucha en asambleas y núcleos militantes las críticas al
“barroquismo”; se las escucha también en los intelectuales que provienen del
mundo clásico, pudieron leer a Sartre y lo “aplicaron” a “casos argentinos”
–esto es, aun siguen siendo intelectuales de cuño clásico-, pero se sienten en
condiciones de pasar al género televisivo como genios de una doble lengua, que
luego de usada, ya no se sabe si habla el lector de El ser y la nada o el conversador que aquí y allá tomó inflexiones
de Alejandro Fantino, o algún otro, que quizás le pidió “profesor, explique en
dos palabras a Sartre, para que nuestra gente lo entienda, ¿no?”. Desde luego,
hay muchas variedades en el empleo de las fórmulas comunicativas que no son
portadoras de sus propios residuos de elaboración, como los estudiaba Adorno a
propósito de la manera de escribir de Hegel. Su presunta “oscuridad”, provenía
del hecho que incluía en las sentencias definitivas, todos los rastros
irresueltos de su elaboración.
Borges dijo que todo estaba en
estado de borrador. Hegel cumplió con eso de verdad, no como ingenio o ironía
borgeana, y escribió dialécticamente sobre la dialéctica, es decir, fue víctima
de una genial tautología, por la cual tenía que escribir su teoría aun no
consumada con los elementos de esa teoría como si ya estuviese lista. De ahí su
aspecto jazzístico, o si se quiere, el procedimiento por el cual las
variaciones se incluían en el mismo plano que el tema principal, en una
indiferenciación que era un abismo, un problema y a la vez el conocimiento
mismo. Doy dos ejemplos. Contrapuestos, pero valen para la cuestión que trato.
Beatriz Sarlo y José Pablo Feinmann poseen estilos de una diversidad tal, que
los hace muy desemejantes a los efectos de cualquier mención en común, como
ésta, sin duda atrevida. Pero ambos y de muy distinta manera, consiguen ser
estrictos con su propia materia acercándose a un lenguaje singular,
idiosincrásico, el que los caracteriza como estilo perfilado en el tiempo y a
lo largo de numerosos abras, y a pesar de las variaciones de ese estilo según
se esté en el libro, en los diarios y en la televisión, siempre hay un proyecto
de fusión entre las distintas culturas del habla y del pensamiento, en esos
planos que venimos comentando, de lo divulgativo que arrastran las exigencias
clásicas pretelevisivas y permite volver al libro –fuente primera. Porque en el
universo del no-libro (la televisión) introdujeron elementos que la excedían. Lo
mismo ocurriría con lo que llamamos artes visuales. Existen porque introducen
elementos excedentes en la propia televisión, y frecuentemente, en el propio
cine. Claro que si la televisión luego dice “gracias por ayudarnos a pensar”,
se resienten los logros obtenidos, pues lo que debe buscarse no es ayudar a la
llamada “sociedad de conocimiento”, que significa el fin del lenguaje utópico
bajo la batuta del lenguaje técnico de la “red”. Se trata de interrogarla
agudamente, a pesar de algunos bienintencionados que confundirán haiku con
twitter, para poder retornar a la escritura con los signos autodeterminados de
los que ésta siempre debe ser portadora.
¿A que voy con todo esto? A
recomendarle a mis amigos, que se sientan en estado de disposición ante el
lenguaje, cualquiera sea la definición que le demos a lo indefinible de sus
efectos; efectos que nos envuelven: pues “somos” el lenguaje. Si alguna vez
digo que tal o cual documento político es barroco, no es que me equivoque por
usar reprobatoriamente un decisivo concepto de la historia del arte que es el
único que permite pensar el resto de los estilos. Me equivoco porque pienso que
convirtiéndome en un hablador o parrafista que evita las mentadas parrafadas
satisfecho de ser “entendido por las masas”, no hice más que tranquilizar mi
propia conciencia que ya abatió en sí misma las exigencias de descubrimientos
mayores. En la política se dice que hay que “posicionarse”. Esta expresión
significa que puedo hablar luego que
descubrí un lugar físico, un “dispositivo espacial” en donde ubicarme para luego expedirme. Y convertí la lengua en
un acto físico: me abolí a mí mismo como actor de la lengua suponiendo que
amplificaba mis verdades. Y arriesgué todo para descubrir que ni había sido
escuchado ni mi conciencia registraba el paso por ella de la vida digna de la
lengua.
Es que las cosas no eran así. La
propaganda de Geniol es buena, por no
decir buenísima, ahora que ya no lo
tomamos. Su candorosa literalidad es un bofetón creativo por lo inesperado
de sus resoluciones de dulce brutalidad. Ya no es posicionarse sino reírse con
profundo significado ontológico de nuestros propios “dolores de cabeza”. Hablar
no se hace después que calculo los efectos estratégicos de lo dicho. Posicionarse sería así creer que cada
frase tiene referentes en la realidad tan equivalentes y despojados de
residuos, que los efectos son inmediatos y me definen para siempre, o por lo
menos, hasta la próxima frase, que siempre corre el riesgo de ser diferente a
la anterior. Y yo, ingenuo, no me doy cuenta de que no era yo el que decía las
frases, sino que las frases me decían a mí: me decían que yo estaba preso en mi
cárcel invisible de formulismos. Y el archivo de mi vista arrojaba, fatalmente,
como bien lo sabe la televisión y sus imágenes fijas, que a cada momento, no
había otra cosa que dejar el rastro de mis contradicciones, aunque cada vez
creía estar a tono con lo que la coyuntura reclamaba. En cambio, Geniol no corría ese riesgo porque tenía
toda clase de instrumentos cortantes reales clavados en la cabeza de telgopor.
Siempre igual, siempre dolorido y siempre predispuesto a ser igual a su propia
promesa de sosiego.
¡Qué buena época aquella! El
barroquismo de esa cabeza era decisivo y absurdo: convencía con su no buscado
distanciamiento. Pues bien, la claridad viene del aire y del sol, del vino y de
la cerveza, y un dolor de cabeza sería considerar que al acusar de barroco a un documento político me acerco al pueblo
cuando solo consigo tener la tranquilidad comprensible de que le hablo a mis
propios prejuicios. Se escribieron volúmenes enteros para intentar descubrir si
eso está bien o está mal. Revoluciones enteras fracasaron por vacilar ante la
dilucidación de este problema. La claridad –la claridad final, en tanto fuerza
productiva- es barroca. Tiene razón la persona que ha escrito una pequeña burla
a la manera en que (yo: debo incluirme) escribo, en un suplemento periodístico
llamado Ni a palos. Creo que pide ser
claro ante las masas. Ojalá él lo consiga. En cuanto a mí, me resigno a creer
que el lenguaje no es espejo del mundo, no es filosofía de la mente ni signo
definitivo de ninguna referencia fija. Siguiendo las ondas de su movilidad
(frase que ofrezco para la cachada, aunque tiene la dificultad de que ya nace
totalmente ridícula), uno quizás pueda obtener una esquiva pizca de realidad,
como el reciente ejemplo del hincha que de espaldas al partido, está en el para
avalanchas arengando a los demás. Esa función no será la del ángel de la
historia, de espaldas a la catástrofe, pero habla mucho de una forma de
conocimiento: espejo del espejo, abismado en la mirada de los demás, como lo
superfluo del partido pero actor impensado de un reflejo platónico. El Hincha
de Espaldas va mirando el mundo por las sombras que intuye de un gol en la
visión de los ingenuos que ven las jugadas de manera directa. Quizás todavía
toma Geniol.
*Sociólogo, ensayista. Director de la Biblioteca Nacional
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