05 marzo 2012

Cine y Contra-Cultura/Posibilidades revolucionarias del posporno/Por Goyo Anchou





Posibilidades revolucionarias del posporno

Por Goyo Anchou*
(para La Tecl@ Eñe)
Ilustración: Federico Lanzi

El posporno retoma el uso del sexo explícito donde lo dejaron los libertarios sesentistas, haciendo abstracción (o negación o substracción) de lo que surgió en el medio. Hay algo que dice Ultra Violet en su autobiografía “Mis años con Andy Warhol” que me impresiona mucho siempre que lo recuerdo. No lo voy a citar textual, porque presté el libro y nunca lo recuperé, pero es algo así como que una de las mayores decepciones que tuvo su generación es que tanto el uso de las drogas para la expansión de la conciencia, como la liberación de las pantallas al sexo explícito, cambios micropolíticos en las conductas que ellos habían liderado con las mejores de las intenciones durante la década de 1960, se habían convertido con el tiempo en realidades monstruosas. Por un lado el río de cadáveres, cerebros quemados y cuerpos sujetos a la servidumbre de las drogas que luego de veinte años había diezmado no sólo su generación, sino también la siguiente y, preveía (con mucha certeza), las que le iban a seguir a la siguiente; y, por el otro, la estructuración de la industria de la pornografía, que transformaba lo libertario que existía en el uso cinematográfico del sexo explícito en un sistema de opresión. Porque no hay nada más lejano a la provocadora liberación de las costumbres que proponían las películas explícitas de la Factory que la fantasmagórica sucesión de cuerpos masificados en el discurso pornográfico que nos es contemporáneo y que hoy se repite, igual a sí mismo, un millón de veces en la internet.
En las prácticas de la pornografía moderna no hay ninguna invitación hacia el lado salvaje que tarareaba Lou Reed, sino una única reducción de toda práctica, incluso las más extrañas, a la misma neutralidad fría de todos los cuerpos expuestos en una serie infinita de categorías equivalentes. La pornografía, tanto como las drogas, se han convertido en mecanismos de represión de los cuerpos y de las conciencias, y esto, nos cuenta Ultra Violet, es algo que ella, como parte de la generación que lo comenzó todo, no puede perdonarse.
La gramática de producción del posporno tiene necesariamente que ver con el cine guerrilla, en el sentido de que los que nos aventuramos en el género lo hacemos lejos de todo reconocimiento institucional y tenemos que recrear los valores estéticos de nuestra propuesta en relación con los medios de producción que tenemos a nuestra disposición, que afectan necesariamente el discurso. Pero al mismo tiempo, la gramática de recepción del posporno es más cercana al cine de arte tradicional porque, justamente, el chiste del asunto es sacar al sexo del gueto al que los pornógrafos norteamericanos lo relegaron. A los yanquis les encantan los guetos. Así como hacen películas y series para negros, que son exactamente iguales en su necedad a las que hacen con blancos, pero con la única diferencia de que son todos negros los que aparecen, también ponen al sexo en un territorio delimitado, bien diferenciado del resto de su sociedad espectacular, para que las boludeces con Brangelina no resulten contaminadas con el océano de pijas y tetas que se permiten detrás de la valla. Es así cómo la pornografía moderna, por estructurar un apartheid de la representación sexual, es intrínsecamente puritana. La acción posporno se opone a esta separación de las representaciones pero cae en la inanidad general del cine de arte, espectáculo de élites.
En una sociedad de control dominada por las representaciones audiovisuales, que aíslan e inmovilizan a los seres reducidos en una masa, un cine verdaderamente revolucionario debe romper con el espacio tradicional del patio de butacas, ocupado por espectadores inmóviles ante el despliegue lingüístico en la pantalla. El cineasta de guerrilla no sólo tiene que readecuar su discurso de acuerdo a una gramática de producción que genere sus propios valores estéticos, sino también proponer una gramática de recepción dentro de la cual las imágenes proyectadas sean sólo un medio para la generación de situaciones en un espacio a liberar. El cine guerrilla es un cine-acto. En este sentido, la recepción del porno tradicional, el porno anterior a la internet, es más cercana a la de un cine guerrilla prototípico, ya que la película actúa como disparador del acto en la sala, donde los individuos se relacionan entre sí en mayor medida que con los hechos representados en la pantalla.
Es por todo esto que el posporno es una conducta más para-cultural que contra-cultural. La contra-cultura es revolucionaria y plantea la subversión de las estructuras. La para-cultura es reformista y pretende la ampliación de los límites dentro de estas mismas estructuras. Y en tanto el posporno, como propuesta audiovisual, no subvierta la relación alienante que produce espectadores frente a una pantalla, no será nunca revolucionario, ya que, si bien borronea los límites de los guetos dentro del mismo sistema audiovisual, perpetúa la separación entre los espectadores y la acción verdadera, que se aleja representada en la pantalla. En tanto una propuesta posporno siga siendo así de “espectacular”, esto es, que implique una masa de seres prolijamente sentados en sus lugares, en un espacio no liberado, sujeto a los lazos del espectáculo, no veo razón por la cual no sea finalmente aceptado en los mejores salones, cuando los administradores de estos espacios comprendan que no implica ninguna verdadera amenaza al orden general. Es sólo cuestión de tiempo, más ahora que Amalita está muerta. Todo acto, todo lenguaje entendido como acto, tiene un costado político, pero si el posporno alguna vez se institucionaliza es porque ya había perdido la posibilidad revolucionaria.

* Cineasta. Director de “La Peli de Batato” (2011)


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