05 marzo 2012

Ensayo/El Guerrero sin guerra/Por Martín Kohan




EL GUERRERO SIN GUERRA
Por Martín Kohan*
(para La Tecl@ Eñe)

El escritor Martín Kohan analiza en este trabajo cómo se produce, en el caso del Che Guevara, el proceso de sustracción del combate, en el sentido de que nunca pudo realizar la idea de combatir en territorio argentino. El núcleo-eje del texto – que formará parte de un futuro libro de Kohan sobre la historia argentina como historia de guerra- es que la perspectiva argentina despojó a la figura del Che de la épica combatiente para situarlo en el limbo de lo mítico, virando de la figura del guerrillero en permanente estado de movimiento hacia la fijeza de la inmovilidad, la frustación y finalmente, la muerte.

Los dos argentinos más conocidos en el mundo entero, en la segunda parte del siglo XX y hasta la actualidad, son, por orden de aparición, un hombre de guerra y un hombre del deporte: Ernesto Guevara y Diego Maradona. Agregando a una mujer, Eva Perón, se completa este podio de la máxima celebridad universal alcanzada por figuras nacionales. Ningún otro emblema, ninguna otra imagen surgida en tierra argentina, ha circulado tan largamente y más allá de cualquier frontera. La efigie del Che Guevara y el nombre de Maradona han llegado a ser sin dudas signos certeros de esa especie de esperanto que funciona en el interior de la cultura contemporánea. La evidente periferia argentina, su concreta lejanía respecto de casi todo, encuentra así una cierta compensación, acaso un atenuante: en los sitios más remotos y más dispares, en las circunstancias más ajenas y menos esperables, pueden llegar a aparecer y a funcionar esa imagen y ese nombre, una huella de origen argentino ahí (o allá) donde lo argentino no habría de contar, por sí mismo, para nada.


No hace falta detenerse en las evidentes diferencias que separan a un guerrillero vestido de fajina de un futbolista vestido en Versace, al habitante sigiloso de las selvas del continente del habitante brilloso de una farándula sin continente, al argentino que se supera como tal en un afán internacionalista del argentino que tan a menudo oficia de tal, que con tanta constancia ejerce como tal. Por encima o por detrás de estas obvias diferencias, hay no obstante algunas conexiones y hasta algunas superposiciones a las que tal vez valga la pena atender (y que encuentran un indicio impensado en el hecho de que Maradona lleve inscripta en el cuerpo, tatuada en un brazo, una imagen de Guevara).
Los fragores de la guerra han venido perdiendo potencia en su carácter de usina de hazañas y de heroicidades. Hay cada vez menos héroes de guerra y hay cada vez más guerras sin héroes. No importa que se trate de guerras ganadas o perdidas; no es la victoria o la derrota las que habrán de determinar si es posible o imposible erigir figuras heroicas. Un modo particular de la vibración épica parece haber ido abandonando el mundo de las acciones bélicas, que es por cierto donde, desde los griegos, sostenidamente se fundó y se afianzó. Las épicas nacionales, ya en la modernidad, no dejaron de sustentarse en esa clase de vehemencias: las de los campos de batalla. Pero de un tiempo a esta parte se va tornando insoslayable el modo en que las guerras empiezan a ser deficitarias en su función de procurar proezas y heroísmos.
Esa declinación marcial, de la que no hay razones para lamentarse, produjo un desplazamiento del imaginario de las épicas nacionales hacia la esfera también intensa, pero en todo caso incruenta, de las competencias deportivas. Es el deporte, para el caso, lo que toma el relevo y consigue procurarle nuevos héroes a la nación. Ése es el nuevo yacimiento de donde extraer las hazañas y las idolatrías posibles; lo que es propio de una épica se transfiere a estos otros campos, los campos de juego. Proyectando la realización de una película sobre la vida de José de San Martín, Leonardo Favio (que por cierto fue asistente de dirección de Leopoldo Torre Nilsson en la filmación de El santo de la espada, cuando Alfredo Alcón fue San Martín) pensó en convocar a Diego Maradona como actor posible para encarnar al héroe patrio. La verdad es que tenía razón; acertaba al percibir esa llamativa afinidad. Maradona, futbolista de profesión, parece estar más cerca de la frecuencia simbólica del heroísmo nacional de San Martín que cualquier militar argentino de esta época en quien se quiera pensar. La épica nacional ha encontrado en él lo que ninguna guerra (y menos que ninguna, concretamente, la de Malvinas) parece ser capaz de proporcionar en la actualidad. Las diversas necesidades del orgullo patriótico argentino (incluso la más ambiciosa y difícil: derrotar a los ingleses) encuentran su satisfacción por medio de la épica deportiva y gracias a los héroes del deporte. La guerra, en ese rubro, ha perdido su eficacia.
Pero no deja de llamar la atención que sea tan luego el Che Guevara el argentino a quien ha tocado circular en escala planetaria como una suerte de talismán colectivo y a la vez como una piedra de toque de tantas identificaciones. Porque la Argentina se ha pensado en la guerra y como guerra a lo largo de casi todo el siglo XIX: se vio nacida de una guerra y después se vio hacerse en guerras. Pero una vez que se afianzó y estabilizó su institucionalización estatal, viró hacia una falta de guerras que pasó a ser su inflexión prevaleciente. Desde los ’80 en el XIX hasta los ’80 en el siglo XX, esto es desde el afianzamiento del Estado Nación en su versión definitiva hasta la guerra de las Malvinas, transcurren en principio más de cien años sin guerras.
Por supuesto que ese siglo sin guerras no careció de un fuerte protagonismo castrense, sólo que volcado una y otra vez a esa clase de intromisión política que Leopoldo Lugones reclamó y anticipó; y por supuesto que no careció tampoco de diversos nudos de conflictos con violencia (la Semana Trágica de 1919, la Patagonia Rebelde de 1921, los bombardeos golpistas de 1955, los fusilamientos represivos de 1957, etc.) que pueden perfectamente verse designados bajo una retórica de guerra, pero que no responden a una definición de guerra en sentido estricto, en cuanto al enfrentamiento de dos grupos con suficiente poder de fuego que van a dirimir sus conflictos por medio de la lucha armada. No es el caso de una huelga obrera que acaba liquidada a balazos, ni el de un ataque aéreo lanzado sobre una plaza casi inerme. La falta de guerras define este tramo de la historia argentina, al menos hasta 1982, con Malvinas, o en todo caso hasta los años setenta, sobre los que se discute todavía respecto de su tipificación más pertinente. La neutralidad adoptada por la diplomacia argentina tanto en la primera guerra mundial como en la segunda parece ser una expresión, eventualmente vergonzante, de esa disposición a hacerse a un lado de toda clase de instancia bélica. Como si las guerras no fuesen otra cosa que una travesía de dolor necesaria para engendrarse, es decir como si pudiese hablarse de un dolor de guerra tal y como se habla del dolor de parto, la Argentina se imagina a sí misma entregada para siempre a la paz, una vez que ese hacerse como nación se completó. Para el ejército surgió entonces otro orgullo: el de sentirse los salvadores de la patria en la esfera de la política, o bien el de atesorar su prístina bandera invicta, por más que ese invicto se mantuviera a fuerza de no afrontar batallas.
¿Cómo logran conciliarse, en definitiva, esta versión de la nación sin guerras, con la figura cristalizada y masificada del guerrillero heroico argentino? Ya se ha dicho muchas veces que la efigie del Che Guevara que circula para su veneración en banderas de tribuna o en remeras, en pintadas callejeras o en calcomanías ubicuas, se afianzó pagando el precio de su previa despolitización y su previa desideologización. Es tan cierto como evidente que existe ese vaciamiento y suele ser el requisito de tantas idolatrías al uso. Pero a eso debe agregarse, en clave concreta de guerra, un despojamiento correlativo de todo lo atinente al empleo de la violencia armada. A la sustracción mecánica de los contenidos ideológicos y políticos se suma así, y no en menor medida, una sustracción de los aspectos ligados con las acciones concretas de la lucha con armas. El luchador idealista se reconvierte en luchador ideal, es decir eximido de la realidad de la violencia, del matar y el arriesgarse a morir. Alguna imagen fugaz pero también idílica (estoy pensando por ejemplo en lo que se insinúa en la película Tango feroz) llega incluso a diluirlo en una vaga evocación edulcorada de los años sesenta, mezcla extraña de rebeldías diversas por la que una cierta sugestión de hippismo evocado a distancia se proyecta sobre Guevara casi al punto de suponerlo una variante del pacifismo. Como si el hombre de armas tomadas, y no sólo de armas tomar, pudiera verse raramente entreverado con la imagen, también barbada y de pelo largo, de un John Lennon que canta “Give peace a chance”. El Che Guevara ha llegado a convertirse así en una especie de guerrillero sin guerras.
Es interesante notar que una parte de esta cuestión queda inscripta en los textos escritos por el propio Che Guevara. Sobre todo en el movimiento narrativo que puede trazarse entre los diarios de viaje, primero, y los diarios de guerra, más tarde. Los diarios de viaje, notoriamente privilegiados en estos años por las reediciones y las adaptaciones cinematográficas, subrayan las cualidades más bien románticas del típico soñador itinerante. Lanzarse al viaje es lanzarse a la aventura y es también abandonar una vida dada, para inventarse otra distinta. Un Guevara de Kerouac podría desprenderse de esta versión. Pero sabemos que la transformación que esos viajes han de operar sobre él lo lanzan a una conciencia política (a partir de su presencia en Guatemala cuando el derrocamiento de Jacobo Arbenz) y en consecuencia a una acción política (a partir de su contacto con el grupo de Fidel Castro en México) que sellarán el sentido definitivo de esta conversión personal: de viajero en guerrillero. Los diarios de viaje, los diarios de motocicleta, van a transformarse en diarios de guerra.
Lo propio de una experiencia de transformación, al narrarse una vida heroica, es combinar contradictoriamente la idea de que algo nuevo aparece y la idea de que ese algo nuevo ya estaba. El héroe deviene, pero al mismo tiempo ya era. Atraviesa una conversión y una revelación tan decisivas como luminosas; pero luego, retrospectivamente, por medio de una comprensión retroactiva, va a ser posible reconocer ya en el punto de partida aquello que sólo después habría de revelarse, aquello en lo que sólo después habría de convertirse. Por eso pudo escribir Cintio Vitier en la “Introducción” de Diarios de motocicleta, el viaje de 1952: “No podemos ya leer estas páginas sino desde su propio futuro”. Y el padre del Che, Ernesto Guevara Lynch, pudo decir sobre la despedida antes del viaje de 1953: “En este viaje Ernesto Guevara de la Serna ya es el embrión del Che Guevara, combatiente internacional por la libertad de la América irredenta. Pero los amigos y familiares que fuimos a despedirlo lo ignorábamos”.
Hay entonces un complejo juego narrativo de constancia y permanencia, por una parte, y de conversión y novedad, por la otra. Porque es cierto que el viajero se convierte en guerrillero. Pero no es menos cierto que el viajero va a prolongarse en el guerrillero, que va a perdurar en él, que se va a integrar a él, que se va a entrelazar con él. Los dos grandes viajes por América, el de 1952 y el de 1953, van a responder por igual a un acendrado instinto de viajero, a una poderosa pulsión de movimiento y de itinerancia. El propio Guevara detecta, en ese gusto por viajar, todo un destino (“ahora sé, casi con una fatalista conformidad en el hecho, que mi sino es viajar”) o por lo menos una vocación (“allí comprendimos que nuestra vocación, nuestra verdadera vocación, era andar eternamente por los caminos y mares del mundo”) o en todo caso una obsesión (“Me junté de entrada con un buen muchacho guatemalteco, estudiante de ingeniero, se llama Julio Roberto Cáceres Valle y también parece dominado por la obsesión de viajar”). En una carta a su amiga Tita Infante de abril de 1955 habla de “energía vagabúndica” y en una carta al padre, escrita apenas un mes después, de “aspiraciones vagabúndicas”; en una carta a la madre de septiembre de 1955 dice “tu hijo andariego”; y en otra carta a la madre, pero de mayo de 1954, ensaya esta fórmula: “los dos yos que se me pelean dentro, el socialudo y el viajero”. Andar, vagar, viajar: nunca detenerse. Si un trabajo en una mina boliviana, por ejemplo, requiere como mínimo una permanencia de tres meses, lo rechaza. Si para conocer el espíritu de un lugar es preciso pasar en él varios días, más vale renunciar a ese conocimiento. “Siempre tenues”, escribe Ernesto Guevara en el ’52, “sin clavar nuestras raíces en tierra alguna, ni quedarnos a averiguar el sustratum de algo; la periferia nos basta”. Apenas se impone la inmovilidad, hace su aparición el tedio: “Siguen pasando los días abúlicos, mientras nuestra propia inercia contribuye a que nos quedemos en esta ciudad más de lo deseado”; “Pasaron varios días más de encierro que se caracterizaron por un profundo aburrimiento”; “Un día carente en absoluto de movimiento (...). Han pasado varios días sin que suceda nada que cambie este tipo de vida tan pelotudo...”; “Son días sin movimiento ninguno (...). Mi vida transcurre tan exactamente igual que casi no vale la pena contar nada”; etc. Una carta enviada a la tía Beatriz desde México, en diciembre de 1955, ofrece un resumen de esta regla: donde no hay viaje hay tedio: “Yo sigo mi vida, la aburrida y nuevamente estudiantil vida de todos los días, amenizada tan sólo por los esporádicos viajes a los volcanes”.
Lo interesante es que, una vez que los viajes pasan a responder a la lógica de la eficacia política y militar, la movilidad sigue detentando un valor fundamental e intrínseco. Es la cualidad diferencial de la guerra de guerrillas: moverse mucho y siempre. El Che Guevara lo especifica más de una vez en su ensayo teórico sobre el tema: “Característica fundamental de una guerrilla: la movilidad, lo que le permite estar en poco minutos lejos del teatro específico de la acción y en pocas horas lejos de la región de la misma, si fuera necesario”. Y en otro tramo: “Todos los medios favorables, todas las facilidades para la vida del hombre hacen tender a éste a la sedentarización, en la guerrilla sucede todo lo contrario: mientras más facilidades haya para la vida del hombre, más nómada, más incierta será la vida del guerrillero”. Entre las necesidades vitales del guerrillero, el Che Guevara hace constar una en especial: que tenga buenos zapatos. También parque, por supuesto, y armas en buenas condiciones: el guerrillero es un combatiente. Pero como combatiente, es igualmente un caminador. Junto con las buenas armas cuentan los buenos zapatos. El espíritu andariego de los primeros viajes encuentra así su pertinencia militar, su utilidad táctica y práctica para la guerra de guerrillas. La pasión de la movilidad se continúa por otros medios. En Pasajes de la guerra revolucionaria, donde recapitula las notas de la campaña cubana, el Che Guevara puntualiza: “Me limité a recomendarle encarecidamente tres puntos: movilidad constante, desconfianza, vigilancia constante. Movilidad, es decir, no estar nunca en el mismo lugar, no pasar dos noches en el mismo sitio, no dejar de caminar de un lugar para otro”.
El cambio continuo en los medios de transporte confiere a los viajes iniciales una característica fundamental: no sólo son un instrumento de la transformación personal (promueven que el sujeto se convierta en otro que el que era) o de la transformación social (inspiran una conciencia revolucionaria primero, sostienen una acción revolucionaria después), sino que transcurren ellos mismos bajo la ley de la transformación: los viajes mismos se están transformando todo el tiempo. El cambio constante de medios de transporte hace que los viajes conduzcan, antes que a cualquier otra parte, a los viajes mismos, es decir a los puntos que posibilitan que esos viajes puedan proseguir. Contar los viajes y contar las dificultades que obstaculizan los viajes es entonces, en los textos del Che Guevara, una sola y misma cosa. La abundancia de medios de transporte es directamente proporcional a la recurrencia casi maléfica de su defección: en el viaje emprendido en 1952, se pinchan varias veces las ruedas de la moto, se rompe el motor de un camión que los llevaba, los caballos obtenidos son robados y los tienen que devolver. En el viaje siguiente, el que empieza en 1953, se suben a un barco y falta el viento, un camión se rompe, el omnibus pincha la rueda, un tren se pierde y el siguiente se atrasa, faltan carros. Más tarde, ya en los viajes de campaña guerrillera, en los caminos intrincados de Sierra Maestra, el caballo resulta inútil. En África los impedimentos se acrecientan: las lanchas no están listas, faltan botes, la correntada arrastra una balsa, un jeep se queda sin gasolina en pleno trayecto, los barcos se descomponen. En Bolivia se pierde un jeep, les quitan una mula, la camioneta se atasca en un hoyo, se funde el motor de un camión, un jeep se encangreja, los caballos se hunden en la arena, los animales se empacan. A todo esto hay que agregar: que se caen varias veces de la moto, que el camino es malo o es de ripio, que se cansan caminando (en el primer viaje, con Alberto Granados); que las visas se demoran mucho, que hay problemas de salud, que otra vez se cansan caminando, que se pierden, que se complican en la situación política (en el siguiente viaje, con Calica Ferrer); que hay que andar sólo de noche, que los aviones vigilan, que un guía los traiciona, que falla la brújula, que hay que borrar las huellas, que las caminatas agotan, que hay que trasladar heridos, que el Che tiene asma (en Cuba); que impera la fatiga, que hay bombardeos, que los caminos son malos, que los guías tienen miedo y desertan (en el Congo); que el clima es inclemente, que hay que borrar las huellas, que los ríos no dan paso, que los caminos se interrumpen de pronto, que los mapas están mal hechos, que los guías fallan o se van, que comen demasiado, que el asma castiga, que el cansancio es extremo (en Bolivia). Contar un viaje es por momentos ni más ni menos que eso: contar el viaje, estricta y puntualmente el viaje; no las cosas que pasan durante el viaje, ni los sitios a los que se llega gracias al viaje, sino el viaje, el viaje en sí. Los caminos, los medios de transporte y el cuerpo de los viajeros (concebido como motor de marcha) llegan a ser así los verdaderos protagonistas de la narración.
De este modo, y por diversos conductos, las características predominantes en los relatos de viaje (Diarios de motocicleta, del 1952; Otra vez, el viaje de 1953-1956) traspasan y reaparecen como sustrato de los relatos de guerra (Pasajes de la guerra revolucionaria: Cuba, Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo, Diario en Bolivia). Pero eso que permanece a lo largo de los años y a lo largo de los textos no está ahí para estabilizar la fijeza de un sujeto invariante, sino al revés: sirve para dar su más completo sentido al relato de conversión que define la obra en conjunto. Una cifra de ese quiebre producido en lo continuo se aloja en una práctica que Guevara anota en los diarios: su afición por escalar alturas, esos “viajes a los volcanes” que lo van a liberar del tedio y le van a aportar la dosis de intensidad vital que requiere. Pero lo propio del escalamiento de alturas es eso que los emparienta con el espíritu del deporte, o del juego, y eventualmente del arte: bastarse a sí mismos, no precisar una justificación externa. Escalar no es algo útil, no “sirve” para nada, no aporta ningún progreso al viaje; no se avanza, en el sentido práctico del término, nada (“luego de fatigosas horas llegamos a la cima del cerro, de donde, para nuestro desencanto, no se admiraba ningún panorama, los cerros vecinos tapaban todo”). Se escala sin tener un para qué. Escalar resulta ser así el modelo y la síntesis de los viajes con Granados en 1952 y con Calica Ferrer en 1953. Se viaja porque da gusto viajar. No hay otra meta que el hecho mismo de emprender el viaje: recorrer, conocer, vagar, seguir. No se espera encontrar nada particular en ningún sitio en particular.
A propósito de lo que significa escalar, Ernesto Guevara inserta un comentario decisivo en una carta que le escribe a su madre desde México en julio de 1955. Dice así: “Noticias mías propias hay poco que contar salvo que asalté el Popo –así se le llama familiarmente– e hicimos derroche de heroísmo sin poder llegar a la cima, yo estaba dispuesto a dejar los huesos para llegar”. ¿Qué significa exactamente este “derroche de heroísmo” al escalar el volcán Popocatépetl? Es un ensayo de heroísmo: el como-si del heroísmo. Pero de un heroísmo que se malgasta, que se desperdicia. El derroche de heroísmo es ni más ni menos que lo que va a ajustarse cuando el viaje iniciático se convierta en el viaje de la acción política. De ahí en más, el temperamento heroico ya no se va a derrochar: se lo va a aprovechar política y militarmente, se lo hará rendir el fruto intenso de la revolución.
La conversión de los viajes de iniciación en viajes de acción política exige la conversión de su carácter improvisado y errante en uno que sea planificado y dirigido. “Vagar sin rumbo” es una definición que Guevara entrega en Diarios de motocicleta más de una vez. Y en un momento dado especifica: “Así quedó decidido el viaje que en todo momento fue seguido de acuerdo con los lineamientos generales con que fue trazado: Improvisación”. Las cartas enviadas a la madre durante el viaje siguiente dan cuenta de ese estado de zozobra que se logra por andar "sin un rumbo cierto, sin nada seguro". El segundo capítulo de los diarios de la campaña guerrillera en Cuba, tal como se los reorganizó para su publicación definitiva, lleva un título de resonancias literarias: “A la deriva”. Cualquiera de los capítulos de los diarios precedentes, los del año ’52 o los del tramo ‘53-’56, podría haberse llamado así, y habría estado bien. En los Pasajes de la guerra revolucionaria hacer eso mismo ya supone en cambio un problema. Se puede leer el texto entero en esta clave: de qué manera ese viajero errante que era el Che Guevara aprende a ser un viajero con guía y con sentido de la orientación. Apenas comienza el capítulo “A la deriva”, queda claro que el estilo de vagabundear sin rumbo aquí no representa otra cosa que un peligro mayúsculo: “Chao, que era veterano de la guerra española, opinó que esa forma de caminar nos conduciría inevitablemente a caer en alguna emboscada enemiga”. Las cosas cambian prontamente. El conocimiento del terreno, los campesinos, los guías, contribuyen a moverse de ahora en más con previsión y dominio del espacio. No importa que en ocasiones asome algún desconcierto; hay un punto de referencia con el que ya se cuenta y es seguro: “No teníamos siquiera idea de donde estábamos, todo lo que sabíamos es que caminando con el mar a nuestra derecha íbamos hacia el este, es decir, a la Sierra Maestra, el lugar donde teníamos que refugiarnos”.
Las desventuras en el Congo y en Bolivia, el cúmulo casi incontable de complicaciones impensadas y desgracias operativas que se sucedieron en una campaña y en la otra y que derivaron, primero, en un retiro acuciante, y luego, en una emboscada y en muerte, han sido en última instancia una tragedia de la inmovilidad. El héroe andante, el guerrillero nómade, el combatiente en viaje, se encuentra muy a su pesar detenido y demorado en África, o condenado a establecerse y a permanecer en Yuro. Tragedias de la inmovilidad: en la campaña africana las cosas se atascan, se empastan, se traban, y así van condenando a Guevara a la frustración de la inmovilidad. Al llegar, esa circunstancia provoca angustia: “Tras una espera de varios días en Dar es Salaam, la cual no por ser corta fue menos angustiosa para mí, que quería estar dentro del Congo cuanto antes...”. Con el paso de los días, prevalece la ansiedad: ansiedad por ser movilizado al combate. Y en los días finales, cuando el desastre de la operación termina de consumarse, la movilidad llega a ser la condición indispensable para la supervivencia. En un telegrama que remite a Cuba, expresa con dramatismo: “Presión enemiga aumenta y tentativa del bloqueo del lago se mantiene (...). Hay que moverse rápido”. En el Diario en Bolivia, el Che Guevara toma nota, en un martilleo casi maniático, de la falta de novedades que conlleva la quietud: hay en el texto decenas de “Día sin novedades”, o: “Día sin novedad alguna”, o: “No hubo otra novedad”, o: “Aquí sin novedad”, o: “El día pasó sin novedad”, o: “No tengo noticias”. El 18 de noviembre escribe: “Todo transcurre monótonamente”. El 27 de mayo escribe: “Día de holganza y, un poco, de desesperación”. El Che Guevara lleva nota de la falta de novedad con la misma aplicación y con el mismo esmero con que registra el acontecer de los hechos. Con lo que, sorpresivamente, aun en el corazón de la vibración épica de un texto de guerra, se aloja una especie de latido beckettiano: también la ausencia de acontecimiento debe ser expuesta, también la espera y la falta de sucesos debe ser dicha. Pero todo esto admite la terrible advertencia que, a manera de regla o de certeza a preservar, quedaba críticamente registrada en el Congo: “La pasividad es el comienzo de la derrota”.
“Caminamos mal”, anota, sombrío, el Che Guevara en el Diario de Bolivia durante el mes de marzo. Anticipa así el desenlace funesto: no se puede caminar mal y combatir bien (porque la movilidad, como dejó consignado en su Guerra de guerrillas, forma parte de las competencias militares decisivas). Dos indicios del debilitamiento en la movilidad durante la incursión boliviana quedan debidamente anotados en el diario: en diciembre de 1966, hay que vender un jeep para conseguir dinero; en marzo de 1967, hay que comerse un caballo para aplacar el hambre. La situación se agrava, impone urgencias: hay que moverse, hay que moverse: “Luego será preciso retirarse pues la situación se tornaría peligrosa”; “Evidentemente, tendremos que emprender el camino antes de lo que yo creía y movernos”. La inmovilidad forzada se presenta en el diario como una complicación primero, luego como una amenaza, por fin como una sentencia: “No quedaba otra cosa que esperar y eso se hizo”; “el retraso nos impedía marchar como estaba programado”; “El plazo para moverse era hasta las 15 horas, pero Urbano llegó pasada esa hora (...). Nos quedamos en el lugar”. El relato se desliza por fin hacia “una desesperada búsqueda de salida”. Para entonces, cuando el aislamiento es evidente y se instala en el diario un verdadero clima de asfixia, aparece la palabra “angustia” con alguna recurrencia. La ecuación viaje-vida, o la elección juvenil de adoptar una vida de viajes, se revierte trágicamente en esta situación final, donde la imposibilidad de desplazarse es ni más ni menos que una señal de la muerte.



En el Congo habrá salida y en Bolivia no la habrá. Pero tanto en un caso como en el otro, la imposibilidad de moverse, el fin de la itinerancia, sellan la suerte del Che Guevara. Lo decisivo es que el fracaso se decide en la fijeza, y que ese fracaso no es nunca un fracaso en el combate, sino en la negación del combate: en que no resulta posible combatir. La ecuación guerrillera que establece que combatir equivale a moverse, se revierte dramáticamente también en esto otro: no pudiendo ya moverse, no se puede tampoco combatir. Y el Che Guevara defecciona, en África no menos que en Bolivia, no en la lucha, sino en el impedimento de luchar.
“El combate, clímax de la vida del guerrillero”, dejaba dicho en Guerra de guerrillas. En el Congo y en Bolivia este clímax ha de faltar, o se va a ver en todo caso suplido por otros: el del escape angustioso y al filo, el de la muerte por una ejecución cobarde. El diario del Congo fracasa como relato de acción y se resuelve, forzadamente, como relato de la inacción que imponen la quietud y la lejanía respecto del frente donde se pelea. Así por ejemplo queda anotado: “Teníamos que hacer algo para evitar un ocio absoluto”; o también: “la característica fundamental del Ejército Popular de Liberación era la de ser un ejército parásito: no trabajaba, no se entrenaba, no luchaba”; o también: “ya nos acercábamos a los dos meses de estancia allí y todavía no habíamos hecho absolutamente nada”. El hombre de acción se queda sin acción, el hombre de guerra se queda sin guerra. La vital necesidad de moverse, aprendida en los años de viajero latinoamericano, reaparece como necesidad vital, pero ahora literalmente: hay que moverse para salvar la vida.
En el Diario en Bolivia, como quedó dicho, predominan marcadamente las notaciones del tipo: “El día pasó sin novedad” o “Todo transcurre monótonamente”, por sobre ésta que aparece el 23 de marzo: “Día de acontecimientos guerreros”. Los relatos de violencia (relatos de emboscadas, de intercambio de tiros, de resistencia a los bombardeos aéreos) van menguando visiblemente, o entran en el texto pero referidos por otros y no como vivencia propia. Los hechos de armas van quedando relegados a favor de otras clases de lucha: la lucha del movimiento contra el cercamiento; la lucha contra las dificultades para trasladarse en el terreno y ocultarse; la lucha contra el asma, contra las delaciones y contra la desmoralización. Casi no aparece ya el combatiente combatiendo.
Los caminos que se acaban o son malos, los caballos que se hunden en la arena, la yegua que se cansa, el pie que se lastima, la mula que se retoba, el muro de peñascos infranqueables, el río que crece y no da paso, la frecuente desorientación en el terreno: el Diario en Bolivia se agrava como narración de tenor claustrofóbico en la falta de salida, en un peligroso y progresivo encierro. El diario de viaje parece querer imponerse al diario de guerra: los textos de la iniciación del héroe acechan su escritura de los días del final. Pero la falta de guerra, o de ocasiones de un combate franco, se vuelve en definitiva más perceptible que su eventual aparición y su posible presencia; esa falta dice mucho, y acaba por definir el conjunto. El viajero se tragará al guerrillero. Y en el gran relato de guerra que compone la historia argentina, esa falta va a señalar otras faltas, otras guerras que no hubo o no se admiten. Por un lado, un capítulo vacante: el Che Guevara nunca combatió en territorio argentino. Por el otro, una opción todavía en disputa: si la guerra revolucionaria de los años sesenta y setenta tuvo o pudo tener un lugar de significación en la vida política argentina.
*Escritor. Enseña Teoría Literaria en La Universidad de Buenos Aires. En 2007 ganó el Premio Herralde con su novela Ciencias Morales


1 comentario:

  1. alejandro margulis19 mar. 2012 12:06:00

    Excelente artículo de Kohan. Mis felicitaciones por echar un nuevo eje de anàlisis a los tan transitados caminos escritos acerca del Che.

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comentarios