05 marzo 2012

Literatura y Sociedad/El pasado, entre la épica y la ficción/Por María Rosa Lojo




El pasado, entre la épica y la ficción

Por María Rosa Lojo*
(para La Tecl@ Eñe)

En el texto que se presenta en esta edición de la Tecl@ Eñe, la escritora María Rosa Lojo trabaja sobre el relato épico, concepto clave en la discusión cultural y política, desde un enfoque en el que se plantea cómo la nueva novela histórica deconstruye ciertos relatos épicos oficiales


¿Qué hacer con el pasado? ¿Qué recordar y qué olvidar? ¿Qué filiaciones pueden o deben establecerse a partir de su (re)construcción? En este programa básico se debaten, ab initio, el itinerario de una sociedad y la conjugación de su porvenir. Según la manera en que contamos los ya inasibles hechos, sólo alcanzables a través de otros relatos, nos proyectamos hacia adelante, en tanto comunidad y también como individuos.
Los estados nacionales suelen pensar sus orígenes en forma épica. Es más: necesitan hacerlo para constituirse como tales. No ya sólo los nacionalismos chauvinistas o los fascismos, sino cualquier nación (aun sin estado) que alguna vez se propuso ser tal, supo convocar, para constituirse, relatos de gesta, héroes modélicos y fundadores, documentos y monumentos, símbolos de todo tipo capaces de otorgar a sus miembros un certificado de pertenencia, así como una justificación de los actos cometidos y de los que habrían de cometerse, en pro de los intereses de esa nación pasada, presente y futura.

Las arengas y discursos políticos suelen refrendar y utilizar la perspectiva épica. Es un procedimiento casi imprescindible, en la medida en que exhortan a una acción concreta y compacta sobre el mundo. Por eso mismo no resultan demasiado afines a las dudas, ambigüedades y relatividades propias más bien de otros discursos, como la ficción novelesca. Sin embargo, más allá de lo instrumental, en estas ficciones suele hallarse lo más parecido a una sabiduría comprensiva, capaz de hacerse cargo de contradicciones, vacilaciones y desgarramientos.
Desde las crónicas inaugurales de la Conquista, esa ficción convive con la épica y la contamina. (Re) instala la voz del otro, resquebraja las glorias militares y las férreas certezas. Esa voz se escucha en los Anales (llamados durante mucho tiempo La Argentina manuscrita) concluidos hacia 1612 por Ruy Díaz de Guzmán, funcionario de la Corona, nacido en la actual Asunción del Paraguay. Ruy Díaz, nieto de Domingo de Irala, pero también (por más que allí no lo declare) de una de sus siete concubinas aborígenes, tiene el mérito de haber inventado (quizá sobre la base de hechos confundidos en tiempo y espacio), un mito de origen de supervivencia secular: el de Lucía Miranda, la primera cautiva, supuestamente llegada junto a su marido Hurtado en la expedición del piloto veneciano Sebastián Caboto, que funda en 1527 el primer asentamiento español en tierra argentina. Como Elena de Troya, la deseada Lucía, aunque inocente, resulta ser el único motivo de discordia en un horizonte de idílica convivencia interétnica, donde las relaciones entre nativos y conquistadores parecen desplegarse en la mayor armonía, hasta que la mujer blanca despierta la ciega pasión sucesiva de dos hermanos: los caciques timbúes Mangoré y Siripó. Desde el relato historiográfico de nuestros días no sólo se ha puesto en evidencia la falta de toda documentación probatoria sobre los personajes españoles a los que alude el episodio; también es de común dominio el hecho de que las primeras cautivas en nuestro territorio no debieron de ser precisamente blancas (éstas llegarían más tarde), sino las mujeres aborígenes raptadas o dadas como prenda de alianza y moneda de negociación.
No obstante, Ruy Díaz de Guzmán, aunque en funciones oficiales y deseoso de homenajear el noble linaje de su padre don Alonso Riquelme de Guzmán y las hazañas de su abuelo Irala, lleva también dentro de sí la vocación escrupulosamente testimonial de un protohistoriador, y la sensibilidad de un escritor capaz de escuchar las voces de los otros y ponerlas en contrapunto con los discursos “correctos” de su tiempo. Es él, después de todo, quien sabe colocar en boca del mismo Mangoré, los verdaderos motivos de los alzamientos indígenas, aunque éstos se oigan en sordina y en segundo plano, disimulados bajo el argumento de la pasión fatal. Así, le dice Mangoré a su hermano, para convencerlo de atacar el Fuerte Sancti Spiritu: “eran tan señores y absolutos en sus cosas [los españoles], que en pocos días lo supeditarían todo como las muestras lo decían, y si con tiempo no se prevenía este inconveniente, después cuando quisiesen no lo podrían hacer, con lo que quedarían sujetos a perpetua servidumbre.”
La historiografía contaminada de ficción novelesca, y sobre todo, la ficción que saquea la cantera de la Historia para encontrar allí el significado del presente, retomarían durante cuatro siglos este episodio, erosionando, una y otra vez, la distancia épica, los objetivos indiscutibles. De él saldría nuestra primera obra teatral de tema autóctono: el Siripo de Lavardén, cuyo original se perdió en el incendio del Teatro de la Ranchería. En los fragmentos recuperados, provenientes, con toda probabilidad, de refundiciones, la historia se cuenta de manera diferente y –en tiempos independentistas—los personajes indios resultan mucho más héroes que villanos frente a españoles presentados como despiadados y autoritarios.
Entre los eslabones más interesantes de esta larga cadena se hallan dos novelas del año 1860, ambas de autoría femenina, que coinciden en el nombre: las Lucía Miranda de Rosa Guerra y Eduarda Mansilla. Ambas abandonan la mera épica conquistadora. En primer lugar, porque sus protagonistas son mujeres (y las autoras también). En tanto tales, miran la Historia desde otra perspectiva, desde la cual resulta tanto más importante, sobre todo en el complejo relato de Mansilla, la acción de intérprete y educadora que lleva a cabo Lucía. La épica varonil de la guerra y la matanza conduce, antes bien, a la insensible rudeza. En la novela sentimental de Guerra sus inconfesables sentimientos por un “otro”, diferente y quizá por ello más atractivo, instalan a la pudorosa heroína romántica en el borde del adulterio.
Por lo demás, en estas historias se juega el destino de los marginales de una nación perdida bajo las presiones de los imaginarios triunfantes: las mujeres y los aborígenes, que, más allá de guerreros y cautivas, traban, en el devenir de la literatura argentina no canónica, sugestivas alianzas, tanto más intensas cuando se trata de escritoras.
Así, por fuera de la épica y en la fractura del mito, en la colisión de las culturas y sus palabras sagradas, surgen textos como la novela Eisejuaz (1971), de Sara Gallardo, donde la historia de los pueblos originarios y su larga memoria de exclusión vuelven a contarse desde la interioridad de un sujeto escindido y múltiple, en un registro trágico.
Así también otros eventos, como la llamada “Campaña al Desierto” o “Conquista del Desierto”, dejan de leerse bajo el signo propagandístico de la epopeya y se ven en su dimensión de exterminio, de uno y otro lado de la frontera, con muchas víctimas y escasos ganadores, como no se les escapó, incluso, a alguno de sus más lúcidos protagonistas (el comandante Manuel Prado, por ejemplo, y su célebre La guerra al malón) capaces de introducir, en la supuesta epopeya, sus amargos cuestionamientos.
Más allá de las consignas y de las estatuas, las polisémicas ficciones siguen trabajando sobre la memoria crítica, recuperando los sujetos históricos postergados o negados como tales, buceando en el discurso fragmentado de la multiplicidad cultural y lingüística. De ellas depende que, por las fisuras de las épicas clausuradas, emerja, siempre abierto a las (re)interpretaciones, el imaginario de un pasado en construcción.
*Escritora. Periodista Cultural


2 comentarios:

  1. Juan Pablo Neyret6 mar. 2012 19:14:00

    Dos comentarios, amigos de "La Tecl@ Eñe". Uno, mil gracias por publicar este texto de la excepcional María Rosa Lojo. Otro, voté en su encuesta acerca de la edición en papel, lo hice por la opción "Otras" y no pude explicarles el por qué. Soy argentino y vivo en los Estados Unidos, donde acabo de obtener mi Doctorado en Literatura Latinoamericana. Hasta tanto no encuentre un trabajo como profesor, sepan que simplemente no podría, por mis ingresos actuales, solventar el precio y los gastos de envío. Sólo por eso. Ojalá la coyuntura cambie pronto y podamos encontrarnos en el para mí insustituible soporte del papel. Juan Pablo Neyret, Mar del Plata (Argentina), actualmente State College (Pennsylvania, EE.UU.). jpn147@psu.edu (The Pennsylvania State University) y juanpabloneyret@yahoo.com.ar (mi emilio siempre argento). Sigan, no paren, sigan.

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  2. Muchas Gracias Juan Pablo!! Y gracias por dejarnos tu mail para comunicarnos. Le pasamos tu comentario a la autora y te prometemos no parar. Abrazos,

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