05 marzo 2012

Literatura y Cuento/La Ley es la ley/ Por Pablo Urbanyi





La ley es la ley
Por Pablo Urbanyi*






Ottawa, 2 de diciembre de 20...

Querido Alberto;
A pesar de las fechas arbitrarias que fijan los seres humanos, 21 de diciembre en el Norte, aquí, a principios de ese mes, ya estamos en pleno invierno. Los montes que distingo desde la ventana de mi departamento ya están nevados. Pronto estará cubierta la ciudad y habrá que esperar abril del año próximo para que desaparezca.
Sospecho melancolías. Sí, cuando se acerca el invierno y se suma a los otros inviernos que pasé, me pongo melancólico, cada vez más. Como no puedo hacerme el oso polar, meterme en la cueva y dormir, estoy atento a la marcha de la vida, a la marcha del futuro, a los pronósticos de la computadora oráculo-meteorológica que anuncia las toneladas de nieve que caerán y que fallan muchas veces, las temperaturas récords que se batirán, y, de acuerdo a cálculos estadísticos de años anteriores, los muertos por congelamiento que podemos esperar, de la misma manera que esperan los ataúdes en las empresas de pompas fúnebres, bostezando,

Pero, excepción raramente prevista por la estadística, no todos los muertos están bien muertos, alguno que otro puede gozar de buena salud y, milagrosamente, volver a la vida.
Sí, un hombre así, y más si pasó peripecias "interesantes," se puede hacer famoso y de allí, claro, convertirse en un héroe modelo de generaciones. Y si no fue perfecto, siempre se podrá aprender algo de él, aunque sea para hacer lo contrario.
Tal vez porque se acerque otra nevada y yo la huelo como muchos la lluvia, o porque mencioné a los osos, o porque como en un sueño infantil borroneado me gustaría ser uno de esos héroes admirado por las multitudes, me acuerdo de una historia que comenzó a principios del invierno pasado y finalizó con la llegada de la primavera que también pasó, pero que devolvió a un famoso superviviente.
De los nombres de los lugares geográficos no me acuerdo; no retuve los que escuché por televisión y los artículos que leí hablaban del "caso," más que nada en su aspecto judicial. Sé que ocurrió al norte de Canadá, al este de las Montañas Rocosas, el nombre Fort Nelson me suena, probablemente una avanzada de la Policía Montada hoy convertida en museo; pero, de cualquier manera, una región fabulosa y encantada, con montañas, bosques, osos, lagos, patos, ríos, truchas, peligrosa para el que no la conoce y con muy poca población. En fin, tal vez no todos los detalles sean exactos pero trataré que sean verosímiles.
Andy Henderson, 38 años, fue un hombre normal hasta los sucesos que lo lanzaron a la fama. Vivía una vida feliz con su esposa Jane, sus tres hijos, Pete, John y Alice, en una cabaña construida por él mismo, ubicada en un pequeño llano, a cincuenta millas del pueblo en el que trabajaba en las oficinas de la Municipalidad.
Hombre jovial y muy apreciado por sus vecinos, de los que el más cercano vivía a tres millas y al que saludaba con la bocina a la ida y al regreso de su trabajo. Creyente protestante, asistía a misa todos los domingos; no bebía ni fumaba y siempre se levantaba temprano. Sin protestar mucho, menos patalear, emitía su voto cada cuatro o cinco años que si bien podía cambiar el partido político, por suerte, gracia a Dios, no cambiaría el destino del país. Padre atento, esposo fiel, hombre respetadísimo, prácticamente sin defectos (así lo confirmaron los vecinos y los compañeros de trabajo después de su desaparición), tenía por hobby la caza de patos, que bien podía considerarse una sana diversión, una virtud más.
A principios de un diciembre, un viernes a la noche, después de cenar y de haber felicitado a Jane por su deliciosa tarta de manzanas, postre famoso en toda la región y del que Jane estaba orgullosa, le dijo: "Mi querida Jane, el invierno tarda; si mañana hace buen tiempo, voy a salir de caza por última vez este año. )Quieres venir conmigo Pete?" Su hijo mayor, de doce años, exclamó entusiasmado: "Yapííí."
Y con la promesa de que entre las cuatro y cinco de la tarde, hora en que las sombras de las Montañas Rocosas caerían suavemente sobre la cabaña, estarían de vuelta, partieron a la mañana bien temprano ya que había mucho camino que recorrer hasta la laguna de los patos, dos o tres horas para el magnífico jeep de Andy, doble tracción, capaz de "nadar" hasta en un metro de nieve.
A las seis de la tarde todavía no habían vuelto. La explicación más inmediata, la más lógica y certera, era la nevada y la tormenta con vientos furiosos que habían empezado a las tres de la tarde. Ningún vecino recordó una igual y menos en esa época del año; así lo confirmaron las mediciones posteriores: un récord.
Jane, muy inquieta y preocupada, llamó por teléfono a la Policía Montada; el oficial con el que habló, familiarizado con estos casos, la tranquilizó como era su deber; no había que apresurarse, más de una vez el o los perdidos, habían reaparecido con una sonrisa traviesa en los labios, como quienes habían cometido una picardía, y que, de todas maneras, nada se podía hacer en ese momento, dada la magnitud de la tormenta con ráfagas de viento de setenta millas por hora.
Nevó y sopló el viento toda la noche. Jane no pudo dormir y el sueño de sus otros dos hijos, se vio muy perturbado. Amaneció sereno, un hermoso día y el brillo del sol parecía desmentir los veinte grados bajo cero. Jane, no queriendo pasar por histérica, no llamó de nuevo hasta mediodía.
Los caminos de la montaña estaban intransitables. La Policía Montada entró en acción con helicópteros y skidús que llegan a donde no pueden llegar los caballos. Nada, absolutamente nada, ningún rastro ni siquiera el jeep. No era de extrañar, en algunas zonas la nieve acumulada por el viento llegaba hasta los dos o tres metros.
Esa noche, para colmo, nevó otra vez. Al otro día se reanudaron las búsquedas que continuaron por dos semanas, al cabo de las cuales, se dio a Andy Henderson y a su hijo, oficialmente por desaparecidos aunque no muertos. Pero nadie creía que seguirían vivos.
A nivel nacional, una noticia muy breve: algunas tomas de las Montañas Rocosas por televisión, toma del banco vacío de Pete en el colegio, un comentario muy funesto de Jane que "sentía que su tarta de manzanas nunca iba a ser igual" y el comentario del constable local: "se hizo todo lo posible."
Una Navidad triste para Jane y sus hijos, John, y Alice. Gran solidaridad de los vecinos que la llamaban por teléfono todos los días. El pastor de la iglesia la visita y la alienta para que ese año, para Navidad, también haga su tarta de manzanas, que, sin su tarta, la fiesta no sería la misma que los años anteriores.
Año Nuevo. Enero, febrero, marzo y llegó la hora de pensar en las cosas prácticas y la vida que continuaba. La señora Henderson inicia los trámites para cobrar el seguro. Algunos problemas; el señor Andy Henderson, )está muerto, bien muerto? El abogado de Jane se muestra firme, la Compañía de Seguros, comprensiva y sensible, sólo pide tiempo para contar el dinero. Con los quinientos mil dólares ni la señora Henderson ni sus hijos tendrán que preocuparse. Visita personal del gerente de la Empresa de Pompas Fúnebres. Andy Henderson era un hombre maravilloso. Además del seguro para su mujer, había pensado en su estadía en el más allá. Estaba todo pago. Devolución del dinero o, un entierro simbólico o, una espera prudente por si aparecían los cuerpos después del deshielo. No lo habrá dicho, pero quizás a Jane se le ocurrió; los lobos y los huesos desparramados. Tremendo y espantoso.
Abril, el deshielo. Progresa abril. A los finales, cuando ya sólo quedan algunas manchas de nieve en los lugares sombreados y aparecen las primeras flores, de la camioneta de un inspector forestal, demacrados, pálidos, un poco andrajosos, bajan, Andy con barba, Pete que había crecido, con la escopeta.
Jane no lo quiere creer, abraza a Andy y ambos se desmayan, Jane de alegría y Andy por debilidad. Lo cargan en la camioneta y el inspector los lleva al hospital. Los internan en la sala de urgencia y se empieza un chequeo general.
La noticia, esta vez, alegra a la nación; alguien ha vuelto de dónde nunca regresó nadie; los vivos dados por muertos, seguían vivos; un mentís a los pesimistas, El Club de los Optimistas, envía un telegrama: "Lo sabíamos." Los periodistas invaden el hospital; camino a la habitación en donde están el héroe y el heroecito, tropiezan con el jefe de sala; ante las cámaras, el Doctor sonríe como si el fuera el demiurgo de La Resurrección. "Sí, muy débiles pero en perfecto estado de salud. Estoy seguro que con algunas hamburguesas y la famosa tarta, en una semana estarán perfectamente." "Sí, pueden verlos, solamente les pido prudencia."
Y frente a las cámaras, la grabadora, dirigido por una periodista con audífonos, Andy revela el misterio del milagro:
"Habíamos terminado de cazar y con los patos ensartados en un alambre, nos encaminamos hacia el jeep." ")Cuántos?" ")Cuántos qué?" "Los patos" "Ah, seis" "Felicitaciones, continúe." Serían las 3 p.m. cuando empezaron a caer los primeros copos. Yo estaba tranquilo porque con mi poderoso jeep, cubriría con facilidad las 100 millas que nos separaban de casa aunque nevara, pero igual le dije a mi hijo: "Apúrate Pete." Llegamos al jeep y ocurrió lo que jamás me había ocurrido con él: no arrancó. Traté de no perder la cabeza, "No te pongas nervioso Pete." ")Estabas nervioso, Pete?" (cámara sobre Pete) "No" (cámara sobre Andy). También traté de arreglar el jeep; inútil. )Qué hacer? La nieve caía cada vez con más fuerza y soplaba el viento.)Quedarnos ahí y esperar la patrulla de rescate? Por el peligro de que muriéramos congelados, opté por movernos y tratar de llegar al camino o de acercarnos a nuestro destino. Moviéndonos, no nos congelaríamos. "Buena decisión." Arrancamos, la nevada y la tormenta se intensificaron y nuestras botas se hundían en la nieve. A la hora, hora y media, me di cuenta de que estábamos totalmente perdidos y era muy probable que camináramos hacia el Polo Norte, en vez del sur. "(Qué situación! )No se murió de miedo?" Como ve, no. Era otra clase de muerte la que me preocupaba. (Aquí Andy, como reflexionando, se calló). "Me imagino, me imagino, pero continúe que los televidentes están en vilo." Bueno, la cuestión era no parar hasta encontrar a alguien, casi imposible, o algo, algún refugio. Debo confesar que recé. No por mí, yo no le tengo miedo a la muerte y tenía seguro, pero sí por mi hijo. Y Dios escuchó mis rezos. Ya había oscurecido totalmente y ya totalmente congelados, como si Dios lo hubiera puesto delante, topamos con una cabaña. O nos guió hasta allí, lo cierto es que Pete gritó: "Yapíí," y tanteando, encontramos la puerta que estaba abierta y entramos. (Suspiro de Andy). "Increíble, fantástico, un milagro. )Y cómo era la cabaña?"... Y...era una sola habitación, dos camas superpuestas, mantas, una estufa, mesita y dos o tres sillas, velas, fósforos y una despensita con algunas conservas. Pero de todo eso nos enteramos al otro día porque estaba totalmente oscuro y como yo no fumo ni bebo, no llevo fósforos. Esa noche nos limitamos a envolvernos con las mantas y a dormir. Recién al otro día... "Andy, desde estudios centrales me preguntan que había ocurrido con los dos patos." Ay, tuvimos que dejarlos caer en el camino y nos quedamos con la escopeta, la cartuchera y un cuchillo. Y la escopeta nos dio la posibilidad de sobrevivir. Las conservas se nos terminaron en una semana y le ruego al propietario de la cabaña para que se presente que le paguemos los gastos que le ocasionamos. Sí, se nos terminó la comida mientras esperábamos y vigilábamos a alguna patrulla de rescate. "Y no llegaron, qué terrible." No, solamente distinguimos helicópteros en la lejanía pero no nos vieron ni nos oyeron. Nuevamente, )qué hacer? Hacía cada vez más frío y la comida se nos había terminado. Para tomar agua, derretíamos la nieve; de sed no nos íbamos a morir. )Y comer? Mil veces estuve tentado de salir y librarnos a la mano del destino y de Dios. La rabia me consumía pensando que unas cien miserables millas en la era de la comunicación por satélite y los viajes interplanetarios, pudieran ser un impedimento. Es como si algo profundo hubiera cambiado y modificado y las cien millas se hubieran transformado en miles de millas. "Andy, desde estudios me comunican que nos queda poco tiempo. Dejemos las reflexiones filosóficas para más adelante. Concretamente )cómo sobrevivieron?" Con la ayuda de Dios que pude hacer llover maná en el desierto. No nos envió maná pero sí el alimento en forma de un oso. Una osa negra, la más grande que vi en mi vida. Nos turnábamos para vigilar por la ventanita de la cabaña y la descubrió Pete. Me avisó. Miré: era gigante. Se acercaba a la cabaña. Preparé la escopeta. Se acercaba y se acercaba (la periodista transmite e ilustra la emoción con sacudimientos espasmódicos de su cuerpo), llegó, husmeó la puerta, yo rogaba a Dios que no nos oliera: empujó la puerta y recibió dos tiros en la cabeza y dos en el estómago; mi escopeta es automática. Muerta, pesaba como un demonio. Fue imposible... ")Cuántas libras?". Bueno, no lo sé exactamente pero unas cuatrocientas. Fue imposible, repito, llevarla adentro y antes de que se congelara nos pusimos a la tarea de descuartizarla. "No me diga más Andy, sobrevivieron con la carne congelada." Sí. La dejamos afuera y la tapamos con troncos para que los lobos... "Ay, hubo lobos. (Cuántas emociones! Andy, nos quedan quince segundos. )Qué sabor tiene la carne de oso?" Es muy fuerte y... "Diez segundos; )la probaron cruda?". Cuando el fuego..."Cinco segundos; )qué sintió duurante esos meses?" Muchas cosas, yo estaba muy..."Gracias Andy. (La cámara sobre la periodista). Señoras y señores, ustedes han asistido al relato de un milagro de supervivencia que nos recuerda a otros similares. La más reciente la de un grupo de sudamericanos que en los Andes también sobrevivieron con carne congelada, una coincidencia que prueba que..."
Por supuesto, hubo más entrevistas, artículos en los diarios y fotos: fotos de Andy con su familia y la primera cena, en medio de la mesa, una tarta de manzana; fotos con la piel de la osa y Andy y/o Pete, apuntándola con la escopeta; fotos del propietario de la cabaña en las que éste le entregaba a Andy un papel que probaba que Andy nada le debía.
Ya a punto de la cumbre de la gloria definitiva, a punto de firmar los contratos para una película y un libro en el que podría anotar sus reflexiones filosóficas de las que tuvo no pocas durante los cinco meses de "exilio," su fama, su nombre, su credibilidad empezaron a deslizarse por la ladera.
Ebrio de gloria, mareado, en sus declaraciones, metió la pata más de una vez. No sólo volvió a repetir lo de la era de la comunicación por satélites y los viajes espaciales, sino que con espíritu religioso exaltado, llegó a acusar a la humanidad (por el asunto del jeep roto) de confiar más en la técnica que en Dios y descubrió un ateísmo larvado y rampante en la era moderna.
Tal vez no hubiera pasado nada, quizás siguiendo por ese camino, gracias a la película y al libro, habría podido fundar una nueva secta y habría encontrado el sentido pleno de su existencia de la que la humanidad también carecía. No lo sé. Lo cierto es que otros comentarios acerca de los manuales de "Supervivencia," como ser, "Sí, maté a la osa con la página 23", hirieron a no pocos miembros de clubes que quisieron saber si había utilizado alguno.
Nadie comprendía que Andy Henderson había pasado por una prueba extrema. Y esa incomprensión se manifestó en la impopularidad. Pero la verdadera bomba fue lanzada por la "Asociación Protectora de la Vida Salvaje" y la "Asociación Protectora de los Últimos Osos Negros," que hasta ese momento, nadie sabía que existía, salvo sus integrantes, y la que, a costillas de Andy, alcanzó no poca notoriedad. Las dos aunadas, iniciaron un juicio contra Henderson y lo denunciaron públicamente. Cargo: Asesinato de una Osa Negra, hecho mucho más grave que el de un oso, por lo menos así lo confirmaron los telegramas de algunas agrupaciones feministas que se solidarizaron con el juicio.
Matar a un oso negro, animales en extinción, estudiados y numerados, es un delito muy grave. Sobre la base de las primeras declaraciones del propio Andy, esperar a que la osa abriera la puerta, descargar cuatro tiros a boca de jarro, se le acusó de premeditación, intención, sadismo y alevosía.
En el juicio, la defensa de Andy fue dramática; ")Qué quieren?, mi Dios. )Hubiera sido mejor si me hubiera comido a mi hijo o él a mí?" pero no fue convincente. Hubo demasiadas circunstancias en su contra. No se había preparado adecuadamente y arriesgó la vida de su hijo irresponsablemente. Que el jeep se haya descompuesto, era normal, tales cosas ocurren, pero, él,)había llevado mantas, velas, chocolate, luces de bengala, walkie-talkie? No. )Había escuchado el pronóstico meteorológico o confió en sus callos? Tanto hablar mal de la técnica y ni siquiera había llevado una miserable brújula. Otras manchas negras salieron a relucir; cazar patos en esa época, también estaba prohibido; tanto hablar de que no bebía, )qué de la botella de brandy que había en la cabaña? Y finalmente lo más grave y Andy lo tuvo que reconocer; la inocente osa estaba embarazada y sin lugar a dudas (no por nada se los estudia), cuando iba a la cabaña, buscaba un lugar para parir y multiplicarse.
Andy Henderson perdió el juicio y fue condenado a pagar el peso en oro de la osa. Con los derechos de autor de la película y su libro, hubiera podido pagar sin problemas, pero se había convertido "políticamente" en un ser popularmente impopular, en un cadáver político, en una pésima inversión y jamás pudo firmar los contratos.
Pobre Andy, más le hubiera valido comerse a su hijo; la humanidad ya está madura y preparada para el gran dolor y la tragedia; los antecedentes sobran y el episodio de los Andes, recordado por la periodista memoriosa, así como muchos otros, lo hubieran hecho comprensible. No lo sé, quizás sea un problema de oferta y demanda; los seres humanos abundan y los Osos Negros escasean. Sí, Andy habría recibido una lluvia de comprensión, de piedad, de solidaridad, de amor, y habrían escuchado con compasión (con lágrimas en los ojos, todos) el relato de su padecimiento, mientras día a día, iba consumiendo a su hijo. No habría faltado un sacerdote que lo bendijera por la comunión.
Es probable que para vos, Alberto, esta historia sea incomprensible. Para mí es natural. Es que aquí no vivimos en Latinoamérica, aquí la gente es seria y consecuente y trata de no cometer errores políticos como el del pobre Andy. Aquí, ni el presidente de los Estados Unidos, ni el primer ministro de Canadá, matan osos.
Saludos y un abrazo,
Pablo.

* Pablo Urbanyi es escritor y periodista. Nació en Hungría en 1939 y emigró a Argentina a los 7 años, adoptando la nacionalidad del país. Publicó Noche de revolucionarios ( cuentos), Un revólver para Mack (novela policial). Trabajó en el diario La Opinión, como redactor en el suplemento cultural. En 1977 fue obligado a emigrar hacia Canadá, donde reside actualmente. Es autor del blog Los atributos perdidos http://www.pablo-urbanyi.org/blog/ , donde fue publicado el presente texto.


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