05 marzo 2012

Sociedad/Mal de Humores/ Por Marcos Mayer





MAL DE HUMORES
Por Marcos Mayer*
(para Tecl@ Eñe)

Un sobreviviente de Auschwitz criticó a Spielberg porque mostraba en La lista de Schindler a los perros de los comandos nazis con bozal. “No les importaba si sus perros mordían a los judíos”, explicó. La observación no es menor. En Tiburón, Spielberg dio una muestra aguda de realismo al hacer que, una vez destruido el monstruo, una bandada de gaviotas se abalanzara sobre sus restos.
En La lista…, el realismo pareció transformarse en un imposible, no se soportaba que los perros aparecieran con las mandíbulas libres como para hincar los dientes en la carne de las víctimas.
Espacio maldito el de los campos de exterminio, de los cuales no se puede contar más que la desdicha y el desastre, la excesiva realidad del dolor. Las memorias de aquellos lugares reiteran esa pesadumbre y también la incomprensión que desató y desata la lógica de la maquinaria nazi.
Unos sostuvieron que, frente a lo sucedido, no queda sino callar, el mundo ha quedado afectado en lo más básico. Adorno y su célebre sentencia de que luego de Auschwitz ya no pueden escribirse más poemas. Los poemas se han seguido escribiendo, así como se suceden los libros que buscan resolver el enigma de tanta inhumanidad dentro de lo humano.
Otra de las respuestas es el concepto de banalidad del Mal, acuñado por Hanna Arendt en ocasión del juicio a Eichmann en Israel. El acusado no estaba a la altura del Mal del que formaba parte sustancial. El argumento tiene el problema de todas las fórmulas, ser sumario. Es verdad que hay un aspecto práctico de la brutal ceremonia de la muerte desatada por el nazismo. Godard declaró que si alguna vez hacía una película sobre el Holocausto, trataría de burócratas armando listas de muertos.
La banalidad fue uno de los argumentos utilizados en la agitada discusión que se dio en las redes a raíz de la publicación de una historieta de Gustavo Sala en el suplemento No, de Página/12. No parece del todo exacto cuando se trata de generar humor con lo que sea.
La pregunta es casi de cajón en cuanto reportaje se haga a un humorista. ¿hay temas con los que no puede hacer humor? La respuesta suele repetirse, apelando a los desaparecidos o a otras formas de la barbarie. Y con el tiempo esta barrera autoimpuesta se ha convertido en un lugar común. De lo que se trataría en el caso del dibujo de Sala es de cruzar ese límite, cumplir otro mandato obligatorio en lo que se supone es un pensamiento, o un arte sin concesiones: la trasgresión. En un número de Barcelona, en su tira “Los hijitos de puta”, Sala ronda por el lado del aborto ilegal.
Es obvio que se trata de un acto transgresivo destinado a irritar la buena (o mala conciencia) de la clase media -lo que se resume en la idea de una forma de vida “progre”. Es buscar aquellos territorios que no pueden ser tocados. Dicho de otro modo, se los elige porque están vedados al humor. Como si fuera una pulseada al final de la cual se demuestra que nos podemos reír de cualquier cosa, duela a quien le duela.
De hecho, el humor implica una forma de agresión, desde el más convencional que se burla de suegras o borrachos, hasta aquellas expresiones que arremeten contra los personajes del poder o contra la iglesia. Desde este punto de vista, todo en el mundo puede ser atacado y, como hubo en estas discusiones en torno a lo de Sala apelaciones a la libertad de expresión, es saludable que así sea. El problema no es dolor o la irritación que pueda generar un chiste, para eso está.
Lo que vale la pena indagar es dónde se sitúa, qué relación se establece con el objeto de humor.
En la tira de Sala, Hitler se ríe junto al protagonista, David Guetta, tanto del destino de los judíos como de su ignorancia acerca del fin que les espera. Es más, se propende a que esa muerte se transforme en algo útil. El problema pasa de qué al cómo. De hecho ha habido muchos ejemplos de cómo las víctimas se ríen de las desgracias que le acaecen y hay mucho humor judío referido a los campos de concentración. Pero lo que define a esas humoradas es el lugar que ocupan, de qué lado del desastre están. Lo que irrita en el chiste de Sala es que se pone del lado del victimario, última frontera de la llamada trasgresión.

*Periodista

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