05 marzo 2012

Política/Ensayo/Malvinas y memoria, dictadura y democracia/Por Alejandro Kaufman




Malvinas y memoria, dictadura y democracia*

Por Alejandro Kaufman**

¿De qué manera la Guerra de las Malvinas surge en nuestra memoria como significación concerniente al colectivo social argentino?
1. En 1982, el colectivo social argentino emprendió una guerra contra una potencia extranjera. El resultado, la derrota, no puede pensarse ni por un instante en forma independiente, pero el hecho mismo y el modo en que se enuncie constituyen un problema en sí mismos. El poder dictatorial que planeó y condujo la guerra había iniciado un declive político y social frente al cual la recuperación de las Malvinas se presentaba como una distracción y un logro susceptibles de augurarle una continuidad futura.

Según su propio discurso, la dictadura venía de haber vencido en una guerra “sucia” interna, y un eventual triunfo en las Malvinas articularía una serie legitimadora de su poder declinante. La represión exterminadora que constituía uno de los núcleos centrales del proyecto de la dictadura tuvo lugar en forma exitosa desde el punto de vista de la materialidad criminal de sus actos, pero muy rápidamente colocó a la dictadura en un terreno ético político intransitable, careciente de viabilidad institucional y pragmática. La huida hacia adelante que esperaba llevar a cabo con la recuperación de las Malvinas precipitó un desenlace que ya se vislumbraba en aquellos días.
Después de tantos años transcurridos, resulta plausible reflexionar sobre los comportamientos de la dictadura desde una perspectiva analítica. Emprendió un curso bélico sin calcular la posibilidad de una derrota, porque ni siquiera había calculado la eventualidad de una respuesta bélica frente al acto de desembarco en las Islas. Tampoco lo había hecho respecto de la otra gran derrota que se incubaba en aquellos mismos días: la derrota profunda e irreductible que iba a sufrir tarde o temprano como consecuencia de haber investido de descripciones bélicas a un plan criminal de lesa humanidad, impresentable ante la historia como otra cosa que eso que fue: un crimen.
2. La institución social no se define solamente por las denominaciones jurídicas, ideológicas o religiosas con que el colectivo social se autorrepresenta. El criterio analítico que nos permite definir la entidad sociocultural efectivamente existente como colectivo social articulado entre sus integrantes y separado de otros identificados como distintos puede no coincidir con lo que formulen las autorrepresentaciones. Una discrepancia tal constituye por sí misma un problema sociopolítico, eventual causante de graves consecuencias. No resulta gratuito para un colectivo social adherir a una imagen distorsionada, ausente o desmesurada de sí mismo.
Cuando nos referimos a la dictadura de 1976, al Proceso, solemos establecer una distinción, respecto de la cual el antagonista viene a ser la “democracia”. La justeza de esta distinción habrá de depender de la correlación que mantenga con las efectivas aglutinaciones de significaciones que se produzcan de manera distintiva entre la entidad “dictadura” y la entidad “democracia”. En otras palabras, habrán de ser las discontinuidades entre una y otra las que nos habilitarán para establecer semejante distinción. Ello requiere definir los requisitos o condiciones que especifiquen cómo caracterizar la distinción.
3. La condición del crimen contra la humanidad es una primera y definitiva especificación de la que habrá de ser tributaria la distinción entre dictadura y democracia. Como sabemos, no alcanza la institucionalidad democrática para resolver una caracterización de la discontinuidad. Es necesaria pero no suficiente. Una dictadura no necesariamente se asocia a una condición criminal contra la humanidad. Mientras que la institucionalidad democrática tampoco garantiza por sí sola una exención ético política como la que aquí tratamos. Sin embargo, en nuestra historia reciente fue el crimen contra la humanidad perpetrado por la dictadura de 1976 aquello que dio fin al ciclo de los golpes militares. Se produjo una discontinuidad que con anterioridad no había tenido lugar.
4. El vocablo “crimen” contiene en su composición etimológica la noción de “separación”, distinción, discontinuidad. El crimen separa del colectivo social a quien lo comete, y lo confina o excluye del territorio, en el ostracismo o en el exilio: “Desterrado sea aquel que, debido a su osadía, se da a lo que no está bien. ¡Que no llegue a sentarse junto a mi hogar ni participe de mis pensamientos el que haga esto!”[1] Todo esto es sabido. En cambio, la experiencia que se distingue por el acometimiento del crimen contra la humanidad es una novedad histórica, social, cultural y política. El marco analítico que requiere la historia reciente demanda nuevas fórmulas metodológicas y conceptuales.
El crimen contra la humanidad es perpetrado por un colectivo social contra otro, víctima del perpetrador. La guerra también es acto homicida de un colectivo social contra otro. En la guerra, las partes en colisión tienen competencia[2] para cometer homicidio, una contra la otra. Ello no depende de ninguna mensura o vaticinio fáctico, dado que es en el desenvolvimiento violento de la confrontación que se dirime el conflicto. No interviene solamente la fuerza bruta, sino también todo aquello que la condición humana nos confiere frente al otro, todo aquello que posibilite la supremacía de una parte sobre la otra. No es la muerte del otro aquello que define la supremacía, sino la subordinación, la imposición de la voluntad, la coacción, la pérdida de la libertad, y en el límite la muerte misma, como es obvio. Pero la muerte, el homicidio, solo es parte de una confrontación cuya finalidad, claramente especificada e incluso acordada por ambas partes, aunque ese acuerdo sea tácito, es la supremacía, la dominación, el gobierno sobre el otro.
La guerra concluye con la rendición de la otra parte. La rendición, codificada culturalmente desde hace milenios, tiene como premisa el respeto por la vida y el consentimiento a la subordinación, la supremacía del adversario o enemigo.
El crimen contra la humanidad se distingue porque el homicidio se ejerce sobre una víctima inerme, a la que primero se dispone por la fuerza en una condición inapelable de indefensión, ya sea por una derrota previa en el campo de batalla, por el imperio de leyes racistas humillantes o por engaños u omisiones que ocultaron a la víctima la percepción de lo que le esperaba. El exterminio es perpetrado entonces por un colectivo social sobre otro, cuyas características identitarias son definidas por el exterminador. Esa es otra diferencia con la guerra. En la confrontación bélica, como ambos oponentes son soberanos, la integración de cada uno de los colectivos sociales opuestos es definida por ellos mismos, no por sus oponentes. No definimos la composición social del colectivo enemigo, salvo indirectamente como parte del conflicto mismo, a través de alianzas o por otros procedimientos estratégicos, pero sin posibilidad de determinación sobre aquello que solamente el enemigo decide. El exterminador, en cambio, define a su capricho la composición del colectivo destinado al sacrificio. Es por ello que siempre se nos presenta como arbitrario, en mayor o menor medida, porque los comportamientos, elecciones, o prácticas del colectivo social victimizado no intervienen en la configuración de su identidad. La composición del colectivo social victimizado es determinada por el exterminador en forma unilateral. Por ello, en última instancia, el colectivo social victimizado no es siquiera un “colectivo social”, porque no se ha constituido como tal en su devenir sociohistórico. El perpetrador se autodefine identitariamente por contrastación con su víctima colectiva. Los procesos de auto y hétero definición tienen lugar también en las guerras, pero -desde el punto de vista de la configuración efectiva de los colectivos sociales- es solo la autodefinición aquella que prevalece cuando dichos colectivos se establecen como naciones, grupos u otras categorías colectivas.
Entre las razones[3] por las que no se producen movimientos de venganza contra los crímenes contra la humanidad es necesario contabilizar este carácter laxo, disperso, identitariamente heteróclito de los colectivos víctimas de crímenes contra la humanidad. Los sobrevivientes emergen de una condición límite de la existencia como humanos, exentos por la perpetración de que fueron objeto de cualquier otro rasgo, antes del devenir reparatorio al que son acreedores con posterioridad, durante años, entre las mallas del testimonio y la memoria. La venganza individual es un acontecimiento improbable, por parte de un sujeto exento, hasta imaginariamente, de otra cosa que un colectivo de víctimas y sobrevivientes, en el que se suprimió la capacidad humana para el ejercicio de la violencia, entre las demás capacidades humanas puestas en suspenso. El sobreviviente del exterminio está en principio exento de un colectivo que lo sustente en su capacidad –individual y colectiva- para el ejercicio de la violencia. Lleva tiempo, años, recuperar esa capacidad social colectiva.
En el antagonismo unilateral que se produce entre perpetradores y víctimas de crímenes contra la humanidad se verifica el fracaso del proyecto exterminador: no consolida al colectivo social sujeto de la perpetración, sino por el contrario, ejerce efectos dispersivos sobre aquél y finalmente lo separa de la humanidad.
5. La gran pregunta, opacada por la gravedad y densidad que atañe a toda la cuestión del crimen contra la humanidad es, aparte de que “no se repita”, ¿cómo vuelve “a la normalidad” un colectivo social que abarca a perpetradores y víctimas?[4] En nuestra historia reciente se produjo una apuesta, primero, a la lucha de los movimientos de derechos humanos contra la dictadura, y en la postdictadura, por la verdad y la justicia, con énfasis durante muchos años sobre la práctica del castigo. El castigo es caracterizado como una modalidad esencial destinada a la separación de los perpetradores. Sabemos los límites que le conciernen, sobre todo cuando la juridicidad apunta a la caracterización prácticamente exclusiva de los actos atroces.
En términos generales es compartida la percepción de lo limitada que es la persecución de los comportamientos atroces por parte de perpetradores acusados en los tribunales. Hay otras formas de ostracismo practicadas sobre actores esenciales de la perpetración, a través de acciones más indirectas de tipo institucional, profesional, empresarial, mediático. Un relativo consenso aparta a dichos actores de algunas dimensiones de las instituciones públicas y estatales, con limitaciones.
Las mencionadas prácticas de castigo y ostracismo tienen como finalidad establecer una interrupción eficaz respecto de la configuración social en que se verificaron aquellas dos distinciones: colectivo social perpetrador-criminal contra colectivo social victimizado. El resto de la sociedad que consintió en distintos grados, o que fue espectador del horror participa también de un modo adicional: fue un tercer actor, de algún modo sobreviviente, emergente de la operación selectiva llevada a cabo por el colectivo perpetrador. En ese sentido el tercer actor colectivo padece similares efectos disgregatorios: fue el colectivo perpetrador el que lo eximió del exterminio. Sobrevivir a semejante condición no es sin mácula, por el contrario, y no solo por las determinaciones culposas, el colectivo social espectador del horror es víctima del mismo capricho clasificatorio que llevó a otros a ser exterminados. Se trata entonces de los salvados frente a los hundidos, para usar terminología de Primo Levi. Tal como bien decían algunos de los perpetradores argentinos, con otras palabras no muy diferentes, la única forma de “salvarse” del exterminio es perteneciendo al colectivo social exterminador.
6. De manera que la historia reciente consiste también en la construcción de un saber sobre la posterioridad de los exterminios. Qué hacer en una posthistoria para restaurar el lazo social, la convivencia, la participación sociocultural en el marco de un colectivo social que no se constituyó por imperio de una guerra victoriosa sobre otro colectivo, sino que sobrevivió a un exterminio perpetrado por una parte de la población, articulada con el aparato del Estado, desde luego, dado que sin el aparato del Estado no resulta factible el exterminio en las actuales condiciones históricas. Recuérdese aquí lo mencionado más arriba: el exterminio puede suceder a una guerra victoriosa, pero no consiste esencialmente en una masacre de prisioneros de guerra, en tanto que la práctica misma del exterminio define o redefine la composición social del colectivo victimizado.
La posterioridad de los exterminios requiere entonces la institucionalización de discontinuidades susceptibles de separar efectivamente al colectivo social perpetrador del colectivo social sobreviviente, emergente o sucesor histórico de la construcción de identidades en un territorio dado. Si prestamos atención a los últimos veinticinco años de postdictadura podremos analizar la sucesión de acontecimientos productores de discontinuidad en un sinnúmero de ámbitos y situaciones: desde el juzgamiento de las juntas de la dictadura hasta la realización de concursos docentes en las universidades públicas de la institucionalidad democrática, pasando por múltiples acontecimientos y enunciados que han tenido lugar en estos años de todas las formas imaginables, institucionales, narrativas, testimoniales.
7. Hay sin embargo un ámbito sociopolítico que resultó ampliamente exento de cualquier ejercicio de discontinuidad con la dictadura: el de los medios de comunicación hegemónicos. Protagonistas esenciales que fueron de la dictadura, intervinientes y actores en diversos niveles de ingerencia en la perpetración, fueron y son también sujetos fundamentales de la continuidad con la dictadura porque el discurso mediático es artífice de una de las articulaciones nucleares de lo que aglutina a un colectivo social: la construcción y circulación de discurso.
La Guerra de las Malvinas constituye un momento privilegiado de la historia reciente de los medios de comunicación hegemónicos, porque mostraron en su transcurso una creatividad y una voluntad funcional inusitadas, no desmentidas, ni reparadas, ni revisadas, ni objeto de autocrítica con posterioridad. Al contrario, los años de la postdictadura fueron testigos de un prolongado trabajo de conservación de continuidades con la dictadura, de trabajo ideológico político destinado a encubrir complicidades, pero también a proseguir con el proyecto funcional de la dictadura.
Más allá de la precisa valoración con que definamos la implicación de los medios hegemónicos respecto de la dictadura, hay un componente conceptual ineludible en relación con la Guerra de las Malvinas. Mientras que respecto de los acontecimientos del horror emplearon lenguajes incalificablemente perversos, lenguajes que llegaron para quedarse en nuestra sociedad y en nuestra cultura, por otra parte esos lenguajes encubrían el horror y a la vez lo develaban. Fueron constitutivos del modelo socio político y económico que determinó a la dictadura, que durante las décadas anteriores conformaban los programas de los gobiernos de facto, y que después del fin de la dictadura de 1976 lograron por fin instalarse en la discursividad civil. Cierto que no consiguieron todavía instituciones políticas partidarias eficaces, pero lo han sido en medida mucho mayor mediante una ubicua presencia transversal en la vida política de la civilidad argentina. El menemismo fue su consumación. El componente conceptual ineludible que aporta la Guerra de las Malvinas al carácter antagonista de la sociedad que concierne a los medios hegemónicos de comunicación es la mentira sistemática y uniforme sobre el suceso mismo del devenir de la Guerra. El hecho de que la mayor parte de la población fue engañada sobre lo que estaba sucediendo en el campo de batalla podría comprenderse como un acontecimiento impuesto por las circunstancias, como suele suceder en las guerras. En efecto, la guerra no atenta solamente contra la vida, como se sabe, sino, como suele decirse, su primera víctima es la verdad. La guerra no es compatible con una esfera pública liberal, en la que se practiquen los derechos civiles ligados a la expresión y la información. Es perogrullesca una afirmación acerca de que en todos los países en guerra se produce una declinación, debilitamiento o suspensión de la esfera pública y las libertades de expresión e información. Pero nada de ello ocurrió en la Argentina de 1982, porque ya había ocurrido desde 1976. Ya habían desaparecido decenas de periodistas, cerrado innumerables publicaciones, y todo lo demás que harto sabemos sobre las condiciones en que se desenvolvieron los medios de comunicación en la dictadura.
El relato mediático hegemónico sobre lo que sucedía en el campo de batalla estuvo muy lejos de cualquier condición de supervivencia en un contexto adverso, o de un espectro en el que algunas publicaciones fueran adherentes a la dictadura y otras tuvieran un papel más tibio. En cambio de ello se experimentó una uniformidad celebratoria de una inexistente victoria, como bien se sabe. Ese no es tampoco el problema principal: en marcos sociales de represión atroz, como la que se vivió en la dictadura, no hay lugar para expectativa alguna de exención, salvo heroísmos siempre más o menos excepcionales.
El grande y lacerante problema que plantea la adhesión celebratoria y altamente uniforme de los medios hegemónicos hacia la dictadura durante la Guerra de las Malvinas reside en lo que sucedió después, en el transcurso de las décadas siguientes. No sucedió nada digno de ser relatado en el sentido aquí planteado. No hubo discontinuidad. ¿Qué podría o debería haber sucedido en una sociedad en que se les mintió a todos, todo el tiempo, cuando cesó la situación que impuso dicha mentira? En el marco de los medios hegemónicos de comunicación no se verificaron discontinuidades. Fue al revés, se anudaron lazos articuladores entre dictadura y postdictadura, con oscilaciones y vaivenes, alrededor de la reivindicación implícita -por lo general- del proyecto procesista.
8. En la historia argentina reciente no se verifica el negacionismo de los acontecimientos del horror. A diferencia de otras experiencias límite como la del exterminio turco de los armenios o el exterminio nazi de los judíos, los perpetradores y sus cómplices no niegan que ocurrió lo que ocurrió, ni ponen en tela de juicio la dimensión fáctica ni material de los acontecimientos del horror. No niegan las atrocidades. Las interpretan. Las reinterpretan. Configuran y reconfiguran los relatos. Y ello es posible porque los medios hegemónicos de comunicación, a diferencia de lo que sucede en otras partes, participan de la continuidad con los relatos de la dictadura que ellos mismos producían y siguen produciendo. Todo esto ocurre frente a una sociedad exánime, pasiva y conforme con la sucesión de los discursos mediáticos hegemónicos, salvo excepciones numerosas pero insuficientes, al menos en comparación con los avances que se lograron en otros terrenos vinculados con los derechos humanos.
9. Al mentir todo el tiempo a toda la población durante la Guerra de las Malvinas, y al haberse abstenido de construir una discontinuidad, aunque fuera simbólica, parcial o aun criticable, nos encontramos con que algunas de las características singulares de los medios hegemónicos argentinos pueden no entenderse del todo si no es en relación con aquel pecado original de la prensa argentina, consistente, insisto, en una mentira sistemática proferida por todo un espectro de los medios hegemónicos, sin reparación ni rectificación posterior. En una primera instancia, los medios se autodestituyeron de esta manera de su papel social institucional de representación de lo real. Incumplieron su papel social, como lo hicieron otras instituciones. A título de ejemplo señalemos a los bancos que no devolvieron dinero que les fue depositado, médicos y parteras que robaron niños, jueces que sirvieron al horror, políticos que no gobernaron ni legislaron, etc. Obsérvese que, no obstante la crisis extrema del 2001, muchas o todas esas instituciones recuperaron en forma parcial o total, aunque no sin un costo desmesurado, sus metas y destinos en tanto que tales. Y lo hicieron no necesariamente mediante procedimientos de revisión, autocrítica o autodepuración. Hubo cambios de políticas, pero sobre todo modificaciones en los comportamientos que, al perseverar en el tiempo, adquirieron consistencia. Aunque el ejemplo no es trasladable a otras instituciones, lo cierto es que los bancos no desaparecieron para siempre, sino que recuperaron sus depósitos, y el sistema bancario es parte del colectivo social argentino, como antes de la crisis (tanto la del 2001 como también la que tuvo lugar en la dictadura).
10. Los medios hegemónicos de comunicación siguieron dos caminos principales como sendas de la continuidad de la dictadura. En primer lugar, la reducción de la problemática de los derechos humanos y el crimen contra la humanidad a un problema susceptible de una diversidad de opiniones de víctimas y victimarios. Diversidad excluyente de toda violencia, y reducción a la exposición testimonial en un plano de paridad entre torturadores y perpetradores por un lado y víctimas del horror por otro. En una segunda instancia: equiparación indistinta de toda víctima de dolor, duelo, accidentes o crímenes de cualquier naturaleza. “Madres del dolor” en igualdad de términos con “madres de la plaza”. Esta igualación ganó incontable terreno en su arraigo y naturalización en la conciencia colectiva. En segundo lugar, transposición y subsunción sistemática y generalizada de las significaciones políticas, reflexivas o informativas al régimen del entretenimiento, bajo la conducción directa y continua de las mismas figuras mediáticas que realizaron idénticas tareas durante la dictadura.
Tales operaciones de diversión tienen su correlato en un aspecto fundamental: los discursos vigentes predominantes sobre ética periodística y de la información se abstienen de instalar sus cimientos fundacionales en la dictadura, y en cambio los refieren a acontecimientos secundarios, periféricos o incluso anecdóticos acontecidos en la postdictadura. Realizadas por la sociedad y el estado las tareas estratégicas históricas esenciales del movimiento de derechos humanos, y no obstante el largo camino que aun queda por recorrer, un abordaje de la problemática mediática requiere fundar cualquier cimiento deontológico de las profesiones vinculadas con la prensa en el acontecimiento mediático de la mentira institucionalizada, unánime y generalizada durante la Guerra de las Malvinas. Es indispensable introducir discontinuidad con esa experiencia catastrófica para la sociedad civil e iniciar un camino fundacional en el plano de la ética y las buenas prácticas periodísticas. En ese camino, habrá que dejar atrás una idea instalada por la dictadura tanto en las prácticas mediáticas como en el público: no se puede creer en nada de lo que aparece en los medios, sólo se trata de consentir con la agenda que establecen y olvidarlo mediante el recurso del entretenimiento. La sociedad y la política son mosaicos coloreados de sectas a las que adherir o rechazar sin ingerencia en sus matices ni en sus transformaciones. El propio proceso de adhesión o rechazo constituye prácticas de entretenimiento. Esto que resumimos no es ajeno al entorno global. Es que el modo extremo en que los medios hegemónicos se monopolizaron en la postdictadura configuró una esfera mediática que debe ser profundamente revisada si queremos consolidar una sociedad democrática habitable.
11. Así como fue un movimiento social de una creatividad y una energía inusitadas aquello que permitió instalar la problemática de los derechos humanos en la dictadura tardía y en la postdictadura, las reivindicaciones que necesitamos como sociedad respecto de los medios de comunicación hegemónicos habrán de hacerse visibles siempre que sean asumidas por movimientos sociales con similar capacidad y perseverancia en la lucha por una ética de la información social y pública. No es suficiente con que un gobierno que padeció en una etapa de su período institucional las peores consecuencias del régimen mediático vigente haya asumido la consumación de la ley de servicios audiovisuales. Como sucede con el conjunto de la problemática de los derechos humanos, la problemática mediática, que forma parte de aquella, requiere aún una larga tarea política y educativa en la sociedad argentina. La demanda que necesitamos representarnos es porque ciertos parámetros mínimos, aun en la era de la sociedad del espectáculo y los multimedios ultratecnológicos, muevan sus estrechos límites a niveles de coexistencia convivencial mucho mayores de los que estamos acostumbrados. Medios de comunicación industriales, cuyo negocio resida en mayor medida en la prestación de un servicio que en el permanente recurso a la alarma catastrofista y disolvente, sobre la base de la alarma de incendio en el teatro lleno como método de atracción del público.

[1] Sófocles, “Antígona”, en Tragedias, Gredos, Barcelona, 2006. p. 150.
[2] Capacidad ofensiva-defensiva.
[3] Razones que están muy lejos de esclarecerse.
[4] La formulación de este interrogante en el contexto del presente texto da por sentado el carácter disparatado que tiene pretender una “reconciliación”, pero a la vez postula una convivencia inevitable que no puede sino ser aceptada como tal, con todas sus dificultades extremas. Cuando lo profieren los perpetradores, el enunciado de la reconciliación se integra a los desvíos negacionistas. En el caso de algunos sobrevivientes o familiares, habrá que recurrir a indagaciones más profundas sobre el alma humana.

** Docente Universitario, Crítico Cultural y Ensayista
* El presente trabajo fue publicado en el libro La Cuestión Malvinas en el marco del Bicentenario, Observatorio del Parlamento, Cámara de Diputados de La Nación


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