05 marzo 2012

Teatro/ Teatro Comunitario: Una Experiencia que crece/Por Estela Clavo




TEATRO COMUNITARIO: UNA EXPERIENCIA QUE CRECE

Por Estela Calvo*
(para La Tecl@ Eñe)

Varios grupos de Teatro Comunitario cumplirán diez años en el 2012. El fenómeno sigue creciendo y ello se evidencia en los nuevos grupos que se conforman a lo largo del país e incluso en el exterior, donde se siguen generando con el impulso y el entrenamiento brindado por miembros de la Red de Teatro Comunitario local.


Varios grupos de Teatro Comunitario cumplirán diez años en el 2012.
La experiencia iniciada en 1983 por el Grupo de Catalinas Sur y seguida en 1996 por el Circuito Cultural Barracas, se ha replicado, crecido y renovado en la última década y parece no tener fecha de vencimiento, a juzgar por las múltiples producciones que se visualizan.

El fenómeno sigue creciendo y ello se evidencia en los nuevos grupos que se conforman a lo largo del país e incluso en el exterior, donde se siguen generando con el impulso y el entrenamiento brindado por miembros de la Red de Teatro Comunitario local. Valga el ejemplo de Pontelagosocuro, en Ferrara, Italia, un pueblo destruido en la segunda guerra mundial y luego reconstruido en clave moderna, pero borrando de las calles y las casas la memoria de la época anterior al arrasamiento bélico. Allí, un grupo de actores (procedentes del Teatro Núcleo), contando con la gestión de Adhemar Bianchi, iniciaron la primera experiencia italiana de Teatro Comunitario, generando un fenómeno atípico en la Europa anterior al movimiento de Indignados: gente común encontrándose para recuperar de un modo poético, la memoria colectiva y la identidad de un pueblo, desalojando en ese intento, el afán individual de la conquista del éxito y del dinero.

En este marco, la conquista es de la cultura inmanente del pueblo, el éxito es la expresión colectiva, la ruptura del aislamiento y la compensación es un goce ético, estético y social que transforma a la comunidad que lo genera.
Una de las presentaciones logradas por el grupo de Ferrara, consiste en una reconstrucción del día de la Liberación. La unión de tropas y pueblo volviendo de la guerra y del infierno. En esa presentación, se toman las calles por las que pasan los que vuelven acompañados por el pueblo que recibe. Y como en esos juegos de espejos en el que una imagen se reproduce dentro de otra al infinito, el pueblo de hoy se vuelca a las calles a recibirlos, a verlos pasar, aplaudirlos, saludarlos.
Y en ese acto simbólico, que es también festivo, lúdico, poético, algo retorna de un largo exilio: un trazo de la identidad y la memoria de la Bella Italia.
Para ir ahora a una experiencia más cercana, vale destacar el reciente IX Encuentro Nacional de Teatro Comunitario, organizado por cinco grupos de distintos pueblos del Partido de Rivadavia, en Buenos Aires. La grandiosidad de lo logrado por la realización conjunta de esos grupos, se mostró no sólo en la elaboración artística, con momentos de alto nivel, o en el relato de interesantes y conmovedores capítulos de su propia historia, sino en lo que implicó como gestión para producir un evento, sumando y obteniendo la colaboración de un sinfín de instituciones y personas. Y como un resultado que excede al teatro, sorprendió la movilización que se produjo en los pueblos para acciones sociales y culturales sostenidas, como la recuperación de una abandonada estación de trenes instalando allí un centro cultural y social, el establecimiento a través del Presupuesto Participativo de un instituto de oficios, la reconstrucción de edificios históricos en un pueblo abandonado, la conformación de un grupo de mujeres para abordar el tema de la violencia doméstica, o la organización de un grupo de artistas plásticos comunitarios, entre muchas otras iniciativas, surgidas todas ellas de la participación en el teatro comunitario. Como dijo alguien: “si la inundación (referencia a una terrible inundación sufrida hace unos años) nos llegara ahora, nos encontraría de otra manera, organizados y solidarios para hacerle frente”.
De este crecimiento del Teatro Comunitario, son testigos varios libros, algunos discos, numerosas investigaciones llevadas a cabo por alumnos de distintas carreras universitarias: antropología, sociología, comunicación social, historia, y las tesis que allí se gestaron. También los subsidios para obras de teatro que se han obtenido e incluso la creación de categorías específicas en los distintos organismos patrocinantes.
Y a medida que se avanza, en los grupos y en las investigaciones circulan las preguntas: ¿Qué es lo que motiva el desarrollo y crecimiento de este fenómeno? ¿Qué le da fuerza y continuidad a este emprendimiento?
Muchos de estos grupos nacidos al calor del 2001, son parte de esa explosión de formas colectivas que la población inventó como manifiesto y resistencia, construyendo su propio modo de existir… Pero el fenómeno trasciende el hecho puntual de esa crisis y su clave se encuentra probablemente, en algunas de sus particulares características.
El Teatro Comunitario es un hecho artístico elaborado por vecinos, que no sale de las usinas de la creación teatral sino de los talentos más o menos invisibles, más o menos desarrollados que puedan encontrarse en el seno del pueblo. Se trata de descubrir y desplegar decires y saberes de la experiencia colectiva. Azarosamente puede ocurrir que haya en un grupo, un profesional o especialista en algún rubro de los que hacen a la producción teatral, sea actor, director, músico, escenógrafo, etc. En ese caso se aprovechará esa formación específica y tal vez la impronta de ese grupo estará marcada por esa presencia. En otros casos, habrá que recurrir a talleres que entrenen algunas áreas particulares. Pero en todos primará la intención de llegar a la más alta calidad artística que sea posible en las condiciones planteadas. Con mejores o peores resultados, según diversas circunstancias.
Esta forma de hacer teatro desde los saberes propios, esta propuesta de pasar de espectador a actor-hacedor, generador de la obra en todos sus aspectos, pretende desplazar la cultura de la delegación concerniente al neoliberalismo (las decisiones sobre las propias vidas se depositan en otro de mayor poder) para instalar la cultura del protagonismo; un protagonismo que no es individual sino de ese sujeto nuevo representado por un fragmento de la comunidad.
Pero el Teatro Comunitario es también un hecho político en tanto se trata de una praxis colectiva que convoca a los vecinos de un barrio o de un pueblo, a participar en una experiencia de transformación a través de tomar la palabra y narrarse a sí mismos.
En la construcción de su relato, el teatro comunitario cumple una función de rescate de identidades, de encuentros, de comunicación, de historias (del barrio, de la ciudad, de la nación). Rompe con el aislamiento, la uniformidad y la pérdida de diferencias locales, regionales, etc. que propone la cultura liberal globalizada de mercado, y entonces crea y recrea lazos sociales.
Además, es abierto. Quien se acerca a participar se incorpora inmediatamente y pasa a formar parte del elenco y de las demás actividades, lo que hace que todo espectador sea virtualmente parte del grupo y que el grupo nunca esté cerrado, definido totalmente, sino en constante renovación y circulación. No hay selección ni discriminación ni razón alguna por la cual decir “no” a la incorporación de alguien. Tal vez esta sea la condición más contrastante con las pautas sociales actuales: la inexistencia de requisitos (de edad, nacionalidad, estudios, clase social, capacitación, formación, etc.) para ser “parte de”.
ESPACIO PÚBLICO Y TERRITORIALIDAD
Otra característica fundamental del Teatro Comunitario es que se desarrolla en el Espacio Público, exige y crea una territorialidad: la plaza, el barrio. El Teatro Comunitario es callejero (aunque se diferencia del teatro conocido como tal), porque promueve y realiza la ocupación del espacio público como lugar que pertenece a todos y en el cual desarrollar acciones que “provienen de” y se “dirigen a” la comunidad. Por añadidura, la toma del espacio público, el despliegue de actividades comunitarias, vecinales, colectivas, resultan ser una eficaz forma de acción contra la inseguridad. La gente organizada, en la calle, convocando a la participación es el mejor reaseguro contra los hechos de violencia. La toma del espacio público implica una transformación que va de la concepción de lo público como “lugar de nadie” a lo público como “lugar de todos”. Como espacio escénico, el espacio público convoca a la circulación de fantasías, deseos y expectativas de creación y expresión. Ver a un grupo de más de 50 personas ensayando en una plaza, genera ganas, incluye, insta a la participación. Dicho esto viene a cuento una anécdota expresiva de estos conceptos: estaba Res o no Res, grupo de Mataderos ensayando en el Parque Alberdi y el heladero ambulante del barrio, con su bicicleta, hacía una pausa y observaba, sábado a sábado, el ensayo del grupo. Un día, una de las participantes se olvida la letra… ¡y el heladero se la apunta! Mirando y mirando había aprendido fragmentos de la obra… y en ese peculiar modo, era parte de la misma.
Por otro lado, la participación genera vínculos con otras instituciones y produce el entramado de una red donde las instituciones se potencian unas a otras en el rescate de identidades y en la preservación de los símbolos barriales: fechas, historias, personajes, anécdotas, etc.
Cuestión importante del teatro comunitario es que atraviesa barreras generacionales, con lo que deshace el típico circuito de separación tajante entre edades que alimenta la sociedad de consumo y que culmina en instituciones que cristalizan esa división. Todas las edades encuentran un lugar y pueden intercambiar según el grado de flexibilidad personal. Se facilitan y favorecen de tal modo, acciones de transmisión y sucesión generacional. En la misma línea, se crean condiciones de emprendimiento y entretenimiento familiar: a veces son familias enteras o varios miembros de una familia los que participan. ¡Y eso sin mencionar a las parejas y posteriores familias que se inician allí!..
Y sin embargo, no es endogámico… Al ser abierto, todo el tiempo se está en contacto con lo ajeno, lo extraño, con los nuevos que se acercan y se incorporan trayendo otras experiencias. Por lo tanto, no es “todo queda en familia”; hay intercambio permanente con lo externo, atravesamiento de esa frecuente conducta institucional según la cual el nuevo, el recién llegado, el que viene de afuera, se ve como el “otro”, el enemigo.
Se favorece también el aprendizaje y la práctica de gestión democrática a través de la discusión sobre las normas de funcionamiento y el debate sobre cuestiones básicas de toda acción democrática, como la toma de decisiones, el lugar del director, el ejercicio de la autoridad, etc., tópicos que se discuten a través de las situaciones que los ponen en acto.
APERTURAS
Podría postularse que si el Teatro Comunitario, perdura en el tiempo y produce condiciones de subjetivación individual y colectiva es porque se incluye en la tradición de la Cultura Popular, como contrapuesta a esa cultura occidental burguesa que ha ido negando progresivamente la cualidad cultural y la realidad de aquellos procesos que nos relacionan (religan) con el contexto y el medio, como el arte, los sueños, las expresiones de religiosidad, las manifestaciones de lo inconciente. Esto habrá que desplegarlo y corroborarlo. Pero sin entrar ahora en un tema que requeriría otros desarrollos, vale recoger ciertos hilos que se entrelazan en la cultura popular: la ambivalencia -negación y afirmación simultáneas-, que desactivan la contradicción como elemento negativo; la eliminación de los típicos compartimentos estancos de la sociedad capitalista globalizada actual, que generan aislamiento y son parcialmente responsables de la soledad y la depresión que, según lo prefiguran los organismos internacionales de salud, serán las principales enfermedades del siglo XXI. La transgresión y la transmutación; la fiesta y la risa. Estos últimos, dos tópicos esenciales: la fiesta como una forma primordial determinante de la civilización humana y la risa popular, contra toda concepción de superioridad. Puede decirse que la fiesta y la risa no producen de por sí las transformaciones, pero que tampoco las habrá sin este sustrato. Cuando la cultura popular es arrasada e invadida, no hay fuente donde abrevar ni identidad que defender. Pero donde ésta retoma el acto y la palabra, mucho se puede esperar.

* Psicóloga. Dramaturga e integrante del grupo de Teatro Comunitario Res o No Res


1 comentario:

  1. Adriana C. Martorell13 mar. 2012 12:55:00

    ¡Qué buena noticia que cumplan 10 años! qué bueno saber que se extiende y replica. Es muy claro e interesante el análisis de lo que la experiencia aporta y transforma en lo individual y colectivo. Me quedo pensando en lo valioso de un espacio abierto, en el que no se soliciten requisitos para ser “parte de”… ¡eso sí que es revolucionario! Mi más sentida admiración para todos los que han hecho y siguen haciendo, para que esto sea posible

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