29 abril 2011

Arte Poder y Sociedad/Entre la vida, el arte y la política/Zito Lema Vicente

Relaciones: entre la vida, el arte y la política


¿Qué busco con el arte?
Que ocurra la poesía.
¿Qué busco con la poesía?
Que resucite la verdad de la vida.
¿Qué busco con la vida?
Que el temor de la muerte
no oscurezca la conciencia.



Los mecanismos y estímulos de la creación artística, y luego su practica, reclaman la aceptación sin miedo de su poiesis: subvertir el orden del poder, el orden de la no justicia –más aún: destruir su estructura–, para que brille la vida, renacidas sus criaturas en un espacio social de plena humanidad.




Por Vicente Zito Lema*
( para La Tecl@ Eñe)

Foto: Efraín Dávila

I
Para lograr ser lo que es en el deseo, y todavía más en el devenir de la necesidad, el arte –que busca la verdad de la vida y del ser en la belleza–, también se define desde su no ser, con sus rechazos a un orden social perverso y en su negativa a la parodia o al camuflaje de su esencia. (Ya abundan en el campo de la realidad social los bufones y alcahuetes de la Parca).
Por ello, con balbuceos y a dentelladas, marginada y entre silencios, traída y alejada de puerto por un mar siempre cambiante que esconde los rostros y los destinos, en un viaje que se acepta dramático pero nunca trágico, obligada por la relación de fuerzas y el espíritu de la época al uso y el abuso de la blasfemia y el lenguaje atroz para no menguar su eficacia, la creación artística encara –quemando sus naves– a un poder tan cruel como implacable (hablamos, finalmente, de la personificación metafórica de un imperio y a la par de una multiplicación de acciones dominantes que cubren toda la trama social), que se sostiene sin temblor en un sistema de reproducción material de la existencia cuya naturaleza es la antropofagia. (El bocado más preciado por el poder es la cabeza del diferente y su comida habitual es el cuerpo marchito de los pobres de toda pobreza.)
Tal sistema no permite al espíritu crítico de un artista, que devela la verdad, otra opción que el enfrentamiento a cara de perro o la sumisión.

II
La muerte y el destierro, la locura y el suicidio la marginación y el silencio, integran, históricamente, la suerte del artista que da pelea; así como la sumisión y la complicidad se enmascaran en los discursos del pragmatismo, la “pureza del arte” y el arte como finalidad, o tras los dones de la objetividad del “buen decir”, el equilibrio de las formas estéticas o la contemplación serena y sensible, sin descartar el merodeo nihilista y el el servilismo acrítico a los instrumentos de la técnica, paradigma del consumismo sin fin.
Arrojándose al vacío en un salto sin red y sin un pérfido paracaídas, dando otra completa vuelta de tuerca a los imperativos éticos de la realidad, como un niño o un desesperado que se animan a iluminar al lado oscuro de la luna, el arte de la verdad continúa rescatando la belleza –la no bella, convulsiva y exasperada belleza- entre los pliegues más atroces y opacados de la cotidianidad social. Su escenario es la vida y sus personajes rememoran la historia sufriente, en una ceremonia de agonías con sueños y pesadillas, hasta producir la conciencia y obtener la plena humanidad. (Hay un verdadero salto, una poética, que va de la cantidad –el dolor– a la calidad del gozo social y el bien público, construidos con tejido amoroso).

III
En tanto proceso de trabajo libre, el arte se desencadena a partir de un suceso de la realidad social (como espacio intervenido por las subjetividades), que conmociona profundamente al artista creador, y que podemos ver como la primera chispa de un fuego que deberá mantenerse vivo. (La realidad social también la integran los sueños, pura materia humanizada, sin olvidar que el acontecer onírico es aquí revelación que nos alerta, paradójicamente “nos despierta”.)
En la calidad del impacto inicial que recibe el artista está el origen y a la vez el destino de la obra, sin perjuicio de los avances y retrocesos, hasta concretar una existencia que en el arte nunca será definitiva.
Hay una sensibilidad y una intuición. Hay una conciencia crítica movida por una suerte de otredad, una exterioridad con forma de imagen, historia, sueño o relato que supera los recelos y defensas y al fin nos envuelve. (Jacobo Fijman nos diría caminando por los patios del hospicio: “hemos entrado en la piel del otro”).

IV
La conciencia abre el camino para la revelación de la trama, en tanto sólo será posible modificar lo que previamente se conoce. (O sea que atribuimos al arte una capacidad de instrumentación de la conciencia para conocer y operar en el espacio de lo real y ante la magnitud de lo espiritual).
El suceso de la realidad que nos cuestiona hace a lo general y es en principio ajeno, hasta que nuestra conciencia lo vuelve público y luego interior (lo internaliza). La imagen, la voz del mundo exterior se detiene y se reproduce en un nuevo sujeto, en un instante de lo absoluto; lo que pasó nos pasa, y seguirá pasando, actuando en nosotros en un movimiento de alegorías y símbolos que compromete la totalidad del ser (con su campo de ideas y sus experiencias). También la subjetividad entra en juego, alterada a partir de la identificación y la proyección, entre otros mecanismos del psiquismo, y lanza al artista a cumplir con lo específico de su tarea: La conversión de lo siniestro en maravilloso, como bien lo sintetizara Enrique Pichon Rivière.

V
Los mecanismos y estímulos de la creación artística, y luego su practica, reclaman la aceptación sin miedo de su poiesis: subvertir el orden del poder, el orden de la no justicia –más aún: destruir su estructura–, para que brille la vida, renacidas sus criaturas en un espacio social de plena humanidad, donde la obligación de ser sobre el no ser del otro (una naturaleza condenada perpetuamente a matar o morir) sea enterrada, así como la luz entierra las pesadillas y maldiciones del pasado.

VI
El artista de la verdad descubrirá con tristeza, y paradójicamente con entusiasmo y esperanza, a partir del vínculo amoroso que establece con su obra, que en estos tiempos de anomia con crecientes sospechas y frágiles certezas, que desafían la propia existencia social, el arte tiene por límites las felonías de la vida, pero que a la vez esos límites pueden ser trasgredidos, y en la trasgresión ocurrir una pasión feliz.
El artista de la verdad se sostiene en la loca creencia que el bien siempre será bello, aunque la belleza more hoy en los desiertos espinosos de la pobreza y el bien apenas pueda ser escuchado desde el silencio que impone el lenguaje del mal.



VII


El arte de la verdad en la belleza no tiene por fundamento ni fin el entretenimiento, tampoco la didáctica escolar; no es pasto para diletantes, ni cuerpo para la pornografía, no sirve para la propaganda alienante del poder, ni calma a los desesperados (incita a la rebelión), ni endulza la mala conciencia (la desnuda), no es elitista sino social, y es romántico y es utópico, aceptando los desafíos que las palabras provocan. Apela a un espíritu fraternal aún en la diferencia, sin usuras ni especulaciones secundarias, económicas o narcisistas. Quien trabaje en la verdad del arte sentirá como propio el dolor ajeno (en especial el del sufriente entre los sufrientes, por pobre, por excluido, por diferente...), y su práctica como artista y ciudadano lo identificará con la defensa de la condición humana (de su esencia, que es la dignidad del ser), y sin que por ello el sujeto creador renuncie a su ideología o a sus prácticas políticas. Por el contrario, las pone a prueba y las afianza ante el desafío de libertad que provoca el verdadero arte y ante las instancias éticas que el artista tendrá siempre presente, incluso el artista que necesite por un instante cerrar los ojos ante el mundo y dialogar con su Dios o con su alma. (Aunque aquí cabe la duda de si es posible hablar con Dios o con el alma con los ojos cerrados; si hablar con Dios y nuestra alma no es también hablar con el mundo, tal vez de cara al cielo, pero siempre en la historia de las formaciones sociales.) El arte de la verdad recibe a su receptor y lo involucra, pero así mismo va en su búsqueda (del sufriente viene y hacia él va). En su viaje se compromete con lo público y no con lo privado y aspira a ser legitimado por quienes son su primer razón de ser, sabiendo que para ello tendrá incluso que enfrentar y transgredir el orden vigente, su legalidad y sus valores, tan bien resumidos por Aristóteles: la esclavitud es justa y los esclavos son necesario; y luego: la justicia es la ley sin pasiones.



VIII


El arte de la verdad se presenta contestatario ante estos pensamientos, que desnudan la razón de ser histórica de la clase social en el poder y que hoy se prolongan en paradigmas maquillados, o simplemente en enunciados desnudos en su perversión. Para nuestro arte, justicia es pasión en acción que humaniza con belleza la vida. Por ello deberá destruir, como condición de una creación superior, el sistema que necesita de la esclavitud y la pobreza. He aquí, otra cuestión: ¿en estas aguas, puede declararse neutral el arte sin ahogarse?Tenemos una certeza: la vida sin el arte no tiene sentido. O mejor: el arte le da sentido a la vida. O mejor aún: el arte es nuestra única certeza cuando se humilla la vida. Tenemos una sospecha: que un poder al servicio del poder, a través de un arte por el arte, pueda sustituir desde la vida a la vida. (La vida fetichizada).Tenemos una esperanza: que el arte de la verdad nos permita dar cuenta, con palabras limpias, sin temblor, de la última pregunta, la que vale:


¿qué has hecho con la vida


en el tiempo de la muerte,


cuando los cuerpos devoraban a los cuerpos


y las almas enterraban a las almas;


o apenas fue un sueño que amabas la poesía


como si fuera la niña de tus ojos


en tus ojos sin lágrimas...?


IX


El arte de la verdad se plantea su relación con la política.Nuestro punto de partida resulta directo: todo arte de una manera u otra es político. La diferencia está en que hay un arte político por acción y otro lo es por omisión. Que hay artistas que lo admiten y que trabajan desde esa realidad, y hay artistas que lo niegan y hasta lo reniegan. El arte de la verdad entiende la inocencia del arte, pero sospecha (Nietzsche) de la inocencia de los artistas, en tanto apelan a la emoción pero también trabajan con la razón; nunca hay un delirio o una presencia total del inconsciente, siempre hay un momento donde la realidad se constituye en el desafío de la verdad. El arte es movimiento: mueve conductas. El arte es espacio: modifica el espacio previo de la realidad. El arte es poder: genera un sistema de medida original (la estética), y desde allí lo que es ya no será. En tanto agente de movimiento y espacio, en tanto poder, el arte encara su relación con las otras esferas de poder, consumidas hoy en la política. Hablamos entonces de una relación en el campo de lo real, entre el arte y la política. Hay un proceso de creación en el arte que comprende lo que se dice y cómo se dice, para quién se dice y por qué se dice. También hay una síntesis de estas tensiones y contradicciones, latentes y manifiestas, apolíneas y dionisíacas, eróticas y tanáticas, que permiten dar a luz la obra de arte. Este discurso complejo del arte abarca múltiples planos de la realidad social, al operar sobre la subjetividad de seres concretos, de carne, hueso y sueños, unidos en la trama de la cultura por pura necesidad. No hay arte sin artista que le de vida. Este artista, en cualquiera de sus manifestaciones, especialmente las públicas (y el arte es en esencia público, siempre hay un vínculo, amoroso o siniestro, con el otro y lo otro) queda incluido, históricamente, en los sistemas de organización y reproducción de la vida social. El artista es un ser de pasiones. De grandes pasiones, que rechaza la indiferencia y jamás queda ajeno a las profundas conmociones de la vida, que lo involucran como totalidad en su tiempo histórico.



X


Tampoco hay arte sin la obra de arte. Desde el momento de su aparición pública el poder la registra, toma contacto con ella.Podrá despreciarla, pero sin mayores escrúpulos intentará sacarle rédito. El poder articula su estrategia en el arte, frente a los efectos públicos de la obra y partir de la responsabilidad del artista, y en esa estrategia integra los estímulos, los premios, las críticas, la adjudicación de espacios y también los castigos. (Destruye, y cuando no puede, pervierte, cambia de sentido el fenómeno artístico) El arte de la verdad en sus prácticas subversivas reconoce que el poder siempre pone en tensión lo peor y lo mejor de la criatura humana, y que el artista tiene el deber de estar alerta y en actitud crítica, aún en los escasos tiempos históricos en que el poder se humaniza. Las relaciones con el poder (como totalidad) se agravan, hasta tornarse insoportables, en un régimen autoritario y frente a estructuras como la del capitalismo en su faz cada vez más tardía y salvaje, que acentúa su esencia depradadora. Ante semejantes estructuras de inhumanidad que nos atormentan, pero mucho más nos desafían, porque no son naturales ni eternas, el arte de la verdad en la belleza no deja de ocupar su humilde lugar. Sus armas son simbólicas, nunca falsas. Y su humildad se potencia entre otras humildades, semejantes en planificar dialécticamente, la esperanza, por más que nuestros dientes están mellados.



XI


Una cuestión a modo de final: si las reglas de la muerte ordenan hoy nuestras vidas, si cada momento profundo de la vida se pague con la muerte, si hasta la felicidad del inocente demanda la tristeza final en la mirada de otro, ¿qué más puede hacer un artista fuera de rebelarse y subvertir el orden del mundo?


Golpean en nuestra puerta.



*Vicente Zito Lema es poeta, periodista y docente universitario.

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